Juan 15 Yo soy la auténtica Vid, y Mi Padre es el Viñador

Juan 15: Yo soy la auténtica Vid, y Mi Padre es el Viñador

-Yo soy la auténtica Vid, y Mi Padre es el Viñador. Él poda todos los sarmientos que no dan ningún fruto en Mí, y limpia todos los que sí dan fruto, para que den más.

Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Manteneos en Mí de la misma forma que Yo Me mantengo en vosotros; porque, lo mismo que un sarmiento no puede dar ningún fruto por sí mismo si no se mantiene en la vid, así tampoco vosotros a menos que os mantengáis en Mí. Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. La persona que se mantiene en Mí y en quien Yo Me mantengo, da mucho fruto; porque no podéis hacer nada separados de Mí. Al que no se mantiene en Mí se le desecha como sarmiento seco; y esos se recogen después y se echan al fuego para que ardan. Si os mantenéis en Mí y Mis palabras se mantienen en vosotros, pedid lo que queráis, y se os concederá. Es precisamente por el hecho de que deis tal fruto y de que os comportéis como discípulos Míos como es glorificado Mi Padre. Como Me ha amado el Padre, así os he amado Yo. Manteneos en Mi amor. Como Yo he cumplido los mandamientos de Mi Padre, Me mantengo en Su amor.

Jesús, como en otras ocasiones, elabora en este pasaje figuras e ideas que eran parte de la herencia religiosa de la nación judía. Una y otra vez en el Antiguo Testamento, Israel se representa como la parra o la viña de Dios. «La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel» (Isa_5:1-7 ). «Yo te planté de pura cepa,» es el mensaje de Dios a Israel por medio de Jeremías (Jer_2:21 ). Ezequiel 15 compara a Israel a una vid cuya madera no sirve nada más que para el fuego, y Eze_19:10-14 con una parra en medio de la viña, que luego es arrojada al desierto. «Israel es una frondosa parra» Hos_10:1 ). «Te trajiste una vid de Egipto» Psa_80:8 ). La vid había llegado a ser de hecho el símbolo de la nación de Israel. Era el emblema que aparecía en las monedas de los Macabeos. Una de las glorias del templo era la gran vid de oro que había en la fachada del lugar santo. Muchos grandes hombres habían considerado un gran honor ofrendar oro para un manojo de uvas o aun para una sola uva de aquella vid. La vid era una pieza especial de la imaginería judía, y el mismísimo símbolo de Israel.

Jesús Se llama «la auténtica Vid.» La punta de esa palabra aléthinós -verdadera, real, genuina- es la siguiente. Es curioso que el símbolo de la vid no se usa nunca en el Antiguo Testamento sino unido a la idea de degeneración. La punta de la alegoría de Isaías es que la viña se ha vuelto silvestre. Jeremías dice que Dios se queja de que la nación que Él plantó de pura cepa se ha vuelto cepa borde.

Es como si Jesús dijera: «Creéis que porque pertenecéis a la nación de Israel sois sarmientos de la verdadera vid de Dios; pero la nación es una vid degenerada, como dijeron todos vuestros profetas. Pero la auténtica Vid de Dios soy Yo. Por el hecho de ser judíos no os vais a salvar. Lo único que os puede salvar es estar unidos vitalmente conmigo, porque Yo soy la auténtica Vid de Dios y, por tanto, tenéis que ser sarmientos unidos a Mí.» Jesús estaba estableciendo el principio de que el verdadero camino a la salvación de Dios no es tener sangre judía, sino tener fe en Él. Ninguna cualificación externa puede poner a una persona en la debida relación con Dios; sólo la amistad de Jesucristo puede hacerlo.

LA VID Y LOS SARMIENTOS

Cuando Jesús trazó la alegoría de la vid sabía de lo que estaba hablando. La vid se cultivaba y se cultiva todavía en toda Palestina, más o menos como en España, aunque más en terrazas. Es una planta que requiere mucha atención si se quiere obtener un fruto de calidad. El terreno tiene que estar perfectamente limpio, y las plantas se separan convenientemente para que se puedan desarrollar. Se suelen podar los sarmientos en el invierno reduciendo la cepa a su mínima expresión. Algunas veces se poda la cepa a menos de un metro de altura, dejándole brazos radiales que se atan a tutores hasta que se hacen resistentes, que son los que producen los sarmientos, y estos el fruto; otras veces se apoyan las varas en espalderas o en árboles. Y, desde luego, a veces como parras, que se hacen muy frondosas a la puerta de las cabañas. Pero siempre requieren una buena preparación y un buen cuidado del suelo. No se deja que la vid dé fruto los tres primeros años, para que desarrolle conservando toda su energía. Ya adulta produce dos tipos de sarmientos, unos que dan fruto y otros que no. Los que no van a dar fruto se cortan bien atrás para que no vuelvan a brotar ni esquilmen la fuerza de la planta. La vid no puede dar buen fruto a menos que se la pode drásticamente-y Jesús lo sabía muy bien.

Además, la madera de la vid tiene la curiosa particularidad de que no sirve para nada. Es demasiado fibrosa y poco compacta. En ciertas épocas del año, establecía la ley, se tenían que llevar al templo ofrendas de madera para los fuegos de los altares; pero no se consideraban aceptables las cepas. Lo único que se podía hacer con los sarmientos de la poda o con las cepas que se arrancaban era una fogata, para que no trajeran miseria -plagas-a los árboles. En España se usa para leña en las casas de los pueblos o para encender los hornos. Este es otro detalle que añade verosimilitud a la alegoría de Jesús.

Jesús dice que así son Sus seguidores. Algunos de ellos son estupendos sarmientos productores Suyos, y otros son chupones que no dan ningún fruto. ¿En quién estaba pensando Jesús al hablar de los sarmientos estériles? Se pueden dar dos respuestas.

La primera es que estaba pensando en los judíos. ¿No era esa la lección que habían dado los antiguos profetas? La mayoría de los judíos se negaron a escuchar a Jesús y a aceptarle; por tanto, eran sarmientos estériles y secos. La segunda es que estaba pensando en algo más general que incluye a los cristianos cuyo cristianismo es pura profesión sin práctica -c omo se definen muchos: creyentes, pero no practicantes. Estaba pensando en los cristianos inútiles: todo hojas, pero nada de fruto. Y estaba pensando en los cristianos que se vuelven apóstatas, que oyeron el mensaje y lo aceptaron y lo abandonaron convirtiéndose en traidores al Maestro al Que se habían comprometido a servir.

Así es que hay tres maneras en que podemos ser sarmientos improductivos. Podemos negarnos a escuchar a Jesucristo. O podemos escucharle, y luego confesarle de labios para fuera, sin acciones. O podemos aceptarle como Maestro y luego, en vista de las dificultades que se nos presentan o el deseo de vivir nuestra vida, Le abandonamos. Es uno de los principios fundamentales del Nuevo Testamento que la inutilidad invita al desastre. El sarmiento improductivo acaba en el fuego.

LA VID Y LOS SARMIENTOS

Este pasaje nos dice mucho acerca de mantenernos en Cristo. ¿Qué quiere decir eso? Es verdad que hay un sentido místico en el que el cristiano está en Cristo y Cristo en él. Pero hay muchos -puede que la mayoría- que no tienen nunca esta experiencia mística. Si nos encontramos entre ellos, no debemos acomplejarnos. Hay una manera mucho más simple de considerarlo y experimentarlo que está abierta a todos.

Usemos una analogía humana. Todas las analogías son imperfectas, pero tenemos que hacer uso de las ideas de que disponemos. Supongamos que una persona es débil. Ha caído en una tentación; ha hecho un lío de su vida. Está deslizándose hacia un estado de degeneración mental, moral y física. Ahora supongamos que tiene un amigo o amiga de carácter fuerte y amable y amante, que la rescata de su degradación. Sólo hay una manera en la que puede mantener su reforma y mantenerse en el buen camino: manteniéndose en constante contacto con quien le ha otorgado su amistad y ayuda. Si pierde el contacto, todas las probabilidades apuntan a que sus debilidades se le impondrán otra vez. Las viejas tentaciones le saldrán al paso otra vez, y caerá. Su salvación depende de que se mantenga en contacto constante con el carácter fuerte que es su apoyo.

Muchas veces una persona derrotada por el vicio o por la vida ha ido a vivir con otra que le ha ofrecido ayuda. Mientras se mantuvo en aquel hogar y compañía, todo parecía ir bien; pero cuando saltó la barrera otra vez y se fue a lo suyo, cayó. Tenemos que mantenernos en contacto con el bien para derrotar al mal. Robertson de Brighton fue un gran predicador. Había allí un comerciante que tenía una tiendecita; en la trastienda conservaba una foto de Robertson, que era su héroe y su inspiración. Siempre que tenía la tentación de hacer algo que no estaba bien del todo, se metía corriendo en la trastienda y miraba la foto y se le iba la tentación. Cuando le preguntaron a Kingsley el secreto de su vida, refiriéndose a D. F. Maurice decía: «Tuve un amigo.» El contacto con la integridad le hizo íntegro.

Mantenernos en Cristo es algo así. El secreto de la vida de Jesús era Su constante contacto con Dios; con frecuencia se retiraba a algún lugar solitario a encontrarse con Él. Debemos mantenernos en contacto con Jesús. No podremos hacerlo a menos que nos lo propongamos. Por ejemplo: orar por las mañanas, aunque sea sólo un momento, es tomar un antiséptico que nos dura todo el día: porque no podemos salir de la presencia de Cristo a tocar cosas malas. Para unos pocos de nosotros, permanecer en Cristo será una experiencia mística que no se podrá expresar con palabras. Para la mayor parte de nosotros, será un constante contacto con Él. Querrá decir organizar la vida, y la oración, y el silencio, de tal manera que no haya nunca un día que nos olvidemos de Él.

Por último, fijémonos en que aquí se establecen dos cosas acerca del buen discípulo. Primera, que enriquece su propia vida; su contacto con Jesús le hace fructífero. Segunda, que da gloria a Dios. El ver una vida así hace que la gente piense en Dios. Dios es glorificado cuando llevamos mucho fruto y nos mostramos discípulos de Jesús. La mayor gloria de los cristianos es dar gloria a Dios con nuestra vida y conducta.

LA VIDA DEL PUEBLO ESCOGIDO DE JESÚS

Juan 15:11-17

-Os he dicho estas cosas para que tengáis Mi alegría, y vuestra alegría llegue al colmo. Aquí tenéis Mis instrucciones: Que os améis los unos a los otros como os he amado Yo. Nadie puede llegar en su amor más allá de dar la vida por un amigo: vosotros sois Mis amigos, si hacéis lo que Yo os mando. No digo que sois Mis esclavos, porque un esclavo no sabe lo que su señor tiene entre manos; digo que sois Mis amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he recibido de Mi Padre. No habéis sido vosotros los que Me habéis escogido a Mí, sino que he sido Yo el Que os he escogido a vosotros, y os he comisionado para que salgáis a producir fruto, y del que permanece. Así lo he hecho para que el Padre os dé todo lo que Le pidáis en Mi nombre. Estas son Mis instrucciones: que os améis los unos a los otros.

La idea clave de este pasaje es lo que dice Jesús de que no han sido Sus discípulos los que Le han escogido a Él, sino Él a Sus discípulos. No hemos sido nosotros los que hemos escogido a Dios, sino Dios Quien, en Su gracia, Se ha acercado a nosotros con la llamada y la invitación de Su amor.

De este pasaje podemos sacar una lista de las cosas para las que Jesús nos ha escogido y llamado.

(i) Nos ha escogido para la alegría. Por muy difícil que sea el camino cristiano es, tanto por su recorrido como por su destino, un camino de alegría. Siempre hay alegría en hacer lo que es debido. El cristiano es una persona alegre, un sonriente caballero de Cristo. Un cristiano lúgubre es una contradicción en términos; y nada ha producido más daño al Cristianismo en toda su historia que su identificación con las togas negras y las caras largas. Es verdad que el cristiano es un pecador, pero un pecador redimido; y de ahí su alegría. ¿Cómo puede dejar de ser feliz una persona que camina por los senderos de la vida con Jesús?

(ii) Nos ha escogido para el amor. Jesús nos envía al mundo para que nos amemos los unos a los otros. A veces vivimos como si se nos hubiera echado al mundo para competir, o para discutir, o hasta para pelearnos los unos con los otros. Pero el cristiano ha de vivir de tal manera que muestre lo que quiere decir amar a sus semejantes. Aquí Jesús hace otra de Sus grandes proclamas. Si Le preguntáramos: «¿Qué derecho tienes Tú a exigirnos que nos amemos unos a otros?» Su respuesta sería: «Nadie puede llegar a mostrar más amor que dando la vida por sus amigos: y eso es lo que Yo he hecho.» Muchos les han dicho a los demás que se amaran, cuando toda la vida de los que lo decían era una demostración de que eso era lo último que hacían o harían ellos. Jesús nos dejó un mandamiento que El mismo fue el primero en cumplir. Por eso nos dice: «Como Yo os he amado.»

(iii) Jesús nos ha llamado para que seamos Sus amigos. Dijo a los Suyos que ya no los iba a llamar más esclavos, sino amigos. Ahora bien: ese dicho sería aún más glorioso para los que Se lo oyeron por primera vez que para nosotros. Dulos, el esclavo, el siervo de Dios, no era un título vergonzoso, sino del mayor honor. Moisés fue dulos de Dios (Deu_34:5 ); y lo mismo Josué (Jos_24:29 ), y David (Psa_89:20 ). Era un título que Pablo se sentía orgulloso de usar (Tit_1:1 ), lo mismo que Santiago (Jam_1:1 ). Los más grandes del pasado tenían a gala el ser duloi (plural), esclavos de Dios. Y Jesús dice: «Yo tengo algo todavía mejor para vosotros: ya no vais a ser esclavos, sino amigos.» Cristo, desde que vino al mundo, nos ofrece una confianza con Dios que ni los mayores del pasado se atrevieron a soñar.

La idea de ser amigo de Dios tiene su trasfondo. Abraham fue el amigo de Dios (Isa_41:8 ). En Sabiduría 7:27 se dice que la Sabiduría hace a los humanos amigos de Dios. Pero esta frase se ilumina con la costumbre que se seguía en las cortes del emperador romano y de los reyes orientales. En ellas había un grupo muy selecto de personas que se llamaban los amigos del rey, o los amigos del emperador. En cualquier momento tenían acceso al magnate; hasta se les permitía ir a su dormitorio al amanecer. Hablaba con ellos antes que con sus generales, gobernadores o consejeros políticos. Los amigos del rey eran los que tenían la más estrecha e íntima relación con él.

Jesús nos llama para que seamos Sus amigos y los amigos de Dios. Ese es un ofrecimiento tremendo. Quiere decir que ya no tenemos que mirar a Dios anhelantemente desde lejos. No somos como los esclavos, que no tienen el menor derecho a entrar a la presencia de su amo; ni como las multitudes, que sólo consiguen vislumbrar al rey cuando pasa en alguna ocasión especial. Jesús nos ha introducido en esta intimidad con Dios, Que ya no es para nosotros un extraño inasequible, sino nuestro Amigo íntimo.

LA VIDA DEL PUEBLO ESCOGIDO DE JESÚS

Juan 15:11-17 (conclusión)

(iv) Jesús no nos escogió sólo para otorgarnos una serie de privilegios tremendos. Nos llamó para que fuéramos Sus socios. Un esclavo no puede ser nunca un socio; la ley griega le definía como una herramienta viva. Su amo no compartía con él sus pensamientos. El esclavo tenía que hacer lo que se le mandara, sin discusión ni demora. Pero Jesús dijo: «Vosotros no sois Mis esclavos, sino Mis socios. Os he dicho todo lo que hay, lo que estoy tratando de hacer y por qué. Os he dicho todo lo que Dios Me ha dicho.» Jesús nos ha hecho el honor de hacernos Sus socios en Su obra. Nos ha comunicado Su pensamiento, y nos ha abierto Su corazón. La gran opción que se nos presenta es aceptar. o rehusar colaborar con Jesús en la obra de llevarle el mundo a Dios.

(v) Jesús nos escogió como Sus embajadores. «Yo os he escogido d ijo- para enviaros.» No nos ha escogido para que vivamos una vida retirada del mundo, sino para que Le representemos en el mundo. Cuando venía un caballero a la corte del rey Arturo de la leyenda, no venía a pasar el resto de su vida en fiestas y banquetes, sino que se llegaba al rey y le decía: «Envíame a alguna gran empresa que pueda hacer por la caballería y por ti.» Jesús nos escogió, primero, para que viniéramos a Él, y luego, para que saliéramos al mundo. Y ese debe ser el esquema y ritmo diario de nuestra vida.

(vi) Jesús nos escogió para que fuéramos Su publicidad. Nos escogió para que nos pusiéramos a dar fruto, y un fruto que resistiera la prueba del tiempo. La manera de extender el Cristianismo es siendo cristianos. La manera de traer a otros a la fe cristiana es mostrarles el fruto de la vida cristiana. Jesús nos envía, no a hacer cristianos a base de discutir, y menos a base de meter miedo, sino atrayéndolos con nuestro ejemplo; viviendo de tal manera que el fruto sea tan maravilloso que otros lo quieran para sí mismos.

(vü) Jesús nos escogió para que fuéramos miembros privilegiados de la familia de Dios. Nos escogió para que el Padre nos diera todo lo que Le pidiéramos en Su nombre. Aquí nos encontramos otra vez ante uno de esos grandes dichos acerca de la oración que debemos entender rectamente. Si lo pensamos superficialmente, suena como si el cristiano pudiera pedir lo que le diera la gana, y recibirlo. Ya hemos pensado en esto; pero no nos vendrá mal hacerlo otra vez. El Nuevo Testamento establece ciertas leyes sobre la oración.

(a) La oración tiene que hacerse con fe (Jam_5:15 ). Está claro que Dios no se compromete a contestar cuando la oración no es más que un formulismo, una repetición rutinaria de cosas que no se sienten, un cumplimiento -«cumplo y miento»religioso. Cuando la oración es de pena no puede ser efectiva. No tiene sentido pedirle a Dios que nos cambie si no creemos que es posible cambiar. Para pedir con efectividad hay que tener una fe inalterable en el amor todopoderoso de Dios.

(b) La oración tiene que hacerse en el nombre de Cristo. No podemos pedir cosas que sabemos que Jesús no aprueba. No podemos pedir que se nos entregue alguna persona o cosa prohibida; no podemos pedir que se haga realidad alguna ambición personal cuando eso supone que alguien tenga que sufrir por ello. No podemos pedir la venganza de nuestros enemigos en el nombre de Uno Que es amor. Siempre que tratemos de convertir la oración en algo que nos permita realizar nuestras ambiciones y satisfacer nuestros deseos tiene que ser ineficaz por fuerza, porque no es oración.

(c) La oración debe incluir siempre: «Hágase Tu voluntad.» Cuando oramos debemos empezar por darnos cuenta de que nunca sabemos más que Dios. La esencia de la oración no es pedirle a Dios: «Cambia Tu voluntad», sino «Haz Tu voluntad.» A menudo, la oración auténtica debe ser, no que Dios nos envíe las cosas que nosotros queremos, sino que nos capacite para aceptar lo que Él quiera enviarnos.

(d) La oración nunca debe ser egoísta. Casi de pasada, Jesús dijo una cosa muy esclarecedora. Dijo que, si dos personas estuvieran de acuerdo en pedir algo en Su nombre, se les concedería (Mat_18:19 ). No debemos tomar esto con un literalismo mecánico, porque entonces querría decir que, si podemos hacer que muchas personas se pongan de acuerdo en lo que van a pedir, lo conseguirían. Lo que quiere decir es que nadie debe orar pensando exclusivamente en sus propias necesidades y preferencias. Para poner un ejemplo muy simple: el que va de vacaciones puede que pida que no llueva, cuando el granjero está pidiendo lluvia. Cuando oramos, debemos preguntarnos, no sólo si lo que pedimos es para nuestro bien, sino si lo es también para los demás. La tentación que nos puede asaltar cuando oramos es no tener en cuenta absolutamente a nadie más que a nosotros mismos.

Jesús nos ha escogido para que seamos miembros privilegiados de la familia de Dios. Podemos y debemos llevarle todo a Dios en oración; pero, cuando lo hayamos hecho, debemos aceptar la respuesta que Dios nos envíe en Su perfecta sabiduría y perfecto amor. Y cuanto más amemos a Dios, tanto más fácil nos resultará.

EL ODIO DEL MUNDO

Juan 15:18-21

-Si el mundo os odia, daos cuenta de que a Mí Me odió antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero os odia porque no sois del mundo, sino que Yo os he escogido sacándoos del mundo. Tened presente lo que os he dicho: el siervo no es más que su señor; si Me persiguieron a Mi; también os perseguirán a vosotros; y si recibieron Mi palabra, también recibirán la vuestra. Pero todo esto os lo harán por causa de Mi nombre, porque no conocen al Que Me ha enviado.

Juan siempre ve y dice las cosas en blanco y negro, sin medias tintas. Para él hay dos grandes entidades: la Iglesia y el mundo. Y no hay contacto ni entendimiento entre las dos. Hay que definirse, porque no se puede pertenecer más que a una, y no hay término medio.

Además, tenemos que recordar que, cuando Juan estaba escribiendo, la Iglesia estaba amenazada de persecución constantemente. Se perseguía a los cristianos sencillamente por llamarse así en recuerdo de Cristo. El Cristianismo era ilegal. Un magistrado no tenía que preguntar nada más que si una persona era cristiana para condenarla a muerte. Juan estaba hablando de una situación que existía de la manera más clara y angustiosa.

De una cosa no cabe duda: ningún cristiano que sufriera persecución podía decir que no se le había advertido. En este tema Jesús había sido totalmente explícito. Les había dicho a los suyos de antemano lo que podían esperar. « Os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por Mi causa, para que les deis testimonio a ellos… Y el hermano delatará al hermano para que le maten, y el padre a su hijo, y los hijos se rebelarán contra sus padres para que los ajusticien; y todos os odiarán por causa de Mi nombre» (Mar_13:9-13 ; cp. Mat_10:1722 ; 23-29; Luk_12:2-9 ; 51-53).

Cuando Juan escribía esto, ya hacía tiempo que se había desatado el odio. Tácito hablaba de los que eran «odiados por sus crímenes, a los que la chusma llama cristianos.» Suetonio había hablado de «una raza de personas que pertenecen a una nueva y nefasta superstición.» ¿Por qué ese odio tan virulento?

El gobierno romano odiaba a los cristianos porque los consideraba personas desafectas al régimen. La postura del gobierno era bien simple y comprensible: el imperio era vasto; se extendía desde el Éufrates hasta Gran Bretaña, de Alemania al Norte de África. Incluía toda clase de gentes y de países. Había que encontrar alguna fuerza unificadora que soldara toda esa masa heterogénea, y se encontró en el culto al emperador.

Ahora bien: el culto al césar no se impuso desde arriba, sino que surgió entre la misma gente. En tiempo remoto había habido una diosa Roma -el espíritu de Roma. Es fácil comprender que la gente pensara que el emperador simbolizaba el espíritu de Roma; representaba a Roma, encarnaba a Roma, el espíritu de Roma habitaba en él. Sería un grave error creer que los pueblos sometidos aborrecían el gobierno romano; en su mayor parte le estaba profundamente agradecidos, porque Roma había traído la justicia, la liberación de reyes caprichosos, la paz y la prosperidad. Los montes quedaron limpios de bandoleros, y los mares de piratas. La pax romana, la paz romana se extendía por todo el mundo civilizado.

Fue en Asia Menor donde la gente empezó a pensar en el césar, el emperador, como el dios que personificaba a Roma; y eso, por gratitud por las bendiciones que había traído Roma. Al principio, los emperadores lamentaron y desanimaron esa tendencia; insistieron en que no eran más que hombres y no se los debía adorar como a dioses; pero vieron que no podían detener aquel movimiento. Al principio aquello se limitaba a los enfervorizados habitantes del Asia Menor, pero pronto se extendió por todo el imperio. Y entonces el gobierno vio que podía usar aquello como la fuerza unificadora que necesitaba. Así es que llegó el tiempo en que, una vez al año, todos los habitantes del imperio tenían que quemar una pizca de incienso a la divinidad del césar. Al hacerlo se demostraba que se era un ciudadano leal de Roma. Después de hacerlo, se recibía un certificado que decía que se había cumplido con la normativa.

Era esta una práctica y una costumbre que hacía que todos se sintieran parte del imperio romano, y que garantizaba su lealtad. Ahora bien, Roma era la esencia de la tolerancia: después de quemar la pizca de incienso y decir «César es Señor,» uno podía ir a adorar al dios que le diera la gana, siempre que su culto no escandalizara la decencia -que tenía la manga bien ancha- ni alterara el orden público.

Pero eso era precisamente lo que los cristianos no harían jamás: no llamaban «Señor» nada más que a Jesucristo. Se negaban a someterse y, por tanto, el gobierno romano los consideraba desleales y peligrosos.

El gobierno perseguía a los cristianos porque, para ellos, no había más Señor que Jesucristo. Les vino la persecución por poner a Cristo por encima de todos los poderes de este mundo. Siempre llega la persecución al que hace tal cosa.

No era sólo que el gobierno perseguía a los cristianos: la gente ignorante y supersticiosa también los odiaba. ¿Por qué? Porque se creían algunas calumnias que se habían divulgado acerca de los cristianos. No hay duda de que los judíos eran responsables, por lo menos hasta cierto punto, de esas calumnias. Y resultaba que tenían influencia en el gobierno. Daremos dos ejemplos. El actor favorito de Nerón, Alituro, y la impúdica emperatriz Popea, eran simpatizantes de la religión judía. Los judíos susurraban sus calumnias al gobierno, calumnias que sabían muy bien que no tenían base, entre ellas cuatro:

(i) Se decía que los cristianos eran revolucionarios. Ya hemos visto una de las causas de esa sospecha. Era inútil que los cristianos dijeran que eran los mejores ciudadanos del imperio: el hecho era que se negaban a quemar incienso al emperador y decir «César es Señor.»

(ii) Se decía que eran caníbales. Esto procedía de las palabras de la Santa Cena: «Esto es Mi cuerpo» y «Esta es Mi sangre.» Sobre la base de estas palabras, no era difícil diseminar entre la gente ignorante, dispuesta a creer lo peor, que los cristianos celebraban banquetes canibalescos. No nos sorprende que esta calumnia despertara el odio en los que la creyeran.

(iii) Se decía que practicaban la inmoralidad más flagrante. Su comida común semanal se llamaba Agapé, la Fiesta del Amor. Cuando los cristianos se encontraban donde fuera, se saludaban con el beso de la paz. No sería difícil a los que encontraban fácil el atribuir malicia aun a lo más santo que la Fiesta del Amor era una orgía sexual, y que el beso de la paz era su santo y seña.

(iv) Se decía que eran incendiarios. Tal vez a la esperanza de la Segunda Venida de Cristo abscribían algo de la imaginería del Día del Señor en el Antiguo Testamento que predecía la destrucción del mundo por fuego. «Los elementos ardiendo serán desHechos, y la Tierra y las obras que en ella hay serán quemadas» (2Pe_3:10 ). Cuando se produjo el incendio que devastó Roma, el propio Nerón, para desviar las sospechas de muchos de que él había sido el causante, les echó las culpas a los que predicaban que el fin del mundo vendría con fuego.

(v) Aún había otra acusación, con ciertos visos de similitud. Era que los cristianos dividían las familias, deshacían los hogares y separaban los matrimonios. En cierto sentido, eso pasaba. Cristo no vino a traer paz donde no se Le recibiera, sino espada (Mat_10:34 ). A veces una mujer se convertía y su marido no. A menudo los hijos se hacían cristianos, pero no sus padres. Entonces, a veces se dividían las familias.

Con estas y otras calumnias no nos sorprende que bastara saber que una persona era cristiana para que se la odiara.

Tales fueron las causas del odio del mundo a los cristianos en los primeros tiempos; pero sigue siendo verdad que el mundo aborrece a los cristianos. Como ya hemos dicho, por la palabra mundo Juan se refiere a la sociedad humana que se organiza sin contar con Dios. No puede por menos de haber una escisión entre los que ven en Dios la realidad suprema de la vida y los que Le consideran como totalmente irrelevante. En cualquier caso, el mundo tiene ciertas características que son siempre parte de la situación humana.

(i) El mundo sospecha de los que son diferentes de la mayoría. Eso se ve en las cosas más simples. Una de las cosas más corrientes del mundo en Inglaterra hoy en día es el paraguas; pero, cuando Jonas Hanway trataba de introducirlo e iba caminando calle abajo debajo de uno, le ponían perdido tirándole barro y toda clase de porquerías. En los primeros tiempos de la popular organización británica de la Boys› Brigade, los chicos que marchaban de uniforme por las calles recibían un tratamiento semejante. Los que son diferentes, ya sea por la ropa, por las ideas o por el color de la piel, automáticamente les caen mal a los demás, que los consideran extravagantes, locos, o un escándalo o un peligro público, y se les hace la vida imposible.

(ii) Al mundo le resultan especialmente repelentes los que, con su manera de vivir, le condenan por su manera de vivir. Es realmente peligroso ser buenas personas. El ejemplo clásico es la que le cayó a Arístides de Atenas. Le llamaban Arístides el Justo; y, sin embargo, le desterraron. Cuando le preguntaron a uno de los ciudadanos por qué había votado que le desterraran, contestó: «¡Porque ya estoy harto de que no hagan más que llamarle el Justo!» También por eso mataron a Sócrates; le llamaban el tábano humano: siempre estaba haciendo que la gente pensara e hiciera examen de conciencia, y a la gente le fastidiaba aquello hasta tal punto que acabaron por matarle. Es peligroso tener un nivel de vida superior al del mundo. Ahora, hasta puede ser peligroso cumplir demasiado bien en el trabajo o tener buenos modales.

(iii) Para decir lo peor: el mundo siempre mira con suspicacia a los que no siguen la corriente. Le encantan las etiquetas que facilitan el tener a todos encasillados. El que no se somete a las modas, se busca problemas; le pasa lo que a la gallina que es diferente de las demás por el color o por lo que sea: que las otras la picotean a muerte.

La demanda esencial del Evangelio es el coraje de ser diferente. Eso será peligroso, pero no se puede ser cristiano si no se asume ese riesgo; porque tiene que haber diferencia entre el que es del mundo y el que es de Cristo.

CONOCIMIENTO Y RESPONSABILIDAD

Juan 15:22-25

-Si Yo no hubiera venido a hablarles, no serían culpables de pecado; pero, tal como son las cosas, no tienen excusa. La persona que Me odia, odia también a Mi Padre. Si no hubiera hecho entre ellos lo que no ha hecho nadie nunca, no serían culpables de pecado; pero, tal como son las cosas, Nos han visto y oído tanto a Mí como a Mi Padre. Pero todo ha sucedido para que se cumpliera lo que está escrito en la ley que ellos tienen: «Me han aborrecido sin motivo.»

Aquí vuelve Jesús al pensamiento que, según el Cuarto Evangelio, nunca está lejos de Su mente: la convicción de que el conocimiento y el privilegio conllevan responsabilidad. Hasta la venida de Jesús, la humanidad nunca había tenido posibilidad de conocer realmente a Dios; nunca había oído claramente Su voz, ni se le había presentado la clase de vida que Él quiere que vivamos. Apenas se podía culpar a nadie por ser como era. Hay cosas que se le permiten a un niño que no se le tolerarían a un adulto, y es porque el niño no tiene conocimiento. Hay cosas que se le pueden consentir a alguien que no ha recibido una buena educación, pero no a uno que haya tenido todos los beneficios de un hogar cristiano. No se espera la misma clase de conducta de un salvaje que de un civilizado. Cuantos más conocimientos se tienen y más privilegios se han disfrutado, es natural que se exija una mayor responsabilidad.

Jesús hacía dos cosas. Primero, exponía el pecado. Decía lo que ofende a Dios y cómo quiere Dios que nos conduzcamos. Presentaba el verdadero camino. Y segundo, proveía el remedio para el pecado; y esto en un doble sentido: abrió el camino para el perdón de los pecados pasados, y proveyó el poder que capacita para vencer al pecado y vivir una vida nueva. Estos fueron algunos de los privilegios y el conocimiento que Jesús trajo a la humanidad.

Supongamos que una persona está enferma; que consulta a un médico, y este diagnostica la enfermedad y prescribe la cura. Si esa persona no hace caso del diagnóstico y se niega a aplicarse la prescripción, no le puede echar la culpa a nadie más que a sí misma si se muere o queda en una situación que hace de la vida un sufrimiento continuo. Eso era lo que los judíos habían hecho. Como dice Juan, no hicieron más que lo que se había predicho en las Escrituras que harían. Dos veces había dicho el salmista: «Me han aborrecido sin motivo» Psa_35:19, y 69:4).

Todavía nos es posible hacer lo mismo. No hay muchas personas que sean declaradamente hostiles a Cristo, pero sí hay muchas que viven como si Cristo no hubiera venido, y simplemente pasan de Él. Pero nadie podrá experimentar la auténtica vida en este mundo o en el venidero si prescinde del Señor de la Vida.

TESTIMONIO DIVINO Y HUMANO

Juan 15:26-27

-Cuando venga el Ayudador, al Que Yo os mandaré desde el Padre (Me refiero al Espíritu de la Verdad, Que procede del Padre), Él será Mi testigo. Y vosotros también seréis Mis testigos, porque habéis estado conmigo desde el principio.

Aquí nos reproduce Juan dos ideas que están íntimamente relacionadas en su corazón y entrelazadas en su pensamiento.

La primera es el testimonio del Espíritu Santo. ¿Qué quiere decir con eso? Ya tendremos ocasión de volver a ello dentro de poco; pero, de momento, veámoslo de la siguiente manera. Cuando se nos cuenta la historia de Jesús y Se nos presenta Su figura, ¿qué es lo que nos hace comprender que esta y no otra es la verdadera imagen del Hijo de Dios? La reacción de la mente humana, la respuesta del corazón humano es la obra del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo dentro de nosotros Quien nos mueve a responder a la invitación de Jesucristo.

La segunda es el testimonio de Cristo que dan los creyentes. «Vosotros -les dijo Jesús a Sus discípulos- también seréis Mis testigos.» Hay tres elementos en el testimonio cristiano.

(i) El testimonio cristiano viene de una larga comunión e intimidad con Cristo. Los discípulos eran Sus testigos porque habían estado con Él desde el principio. Un testigo es una persona que dice: «Esto es verdad, y yo lo sé.» No puede haber testimonio sin experiencia personal. Sólo podemos testificar de Cristo si hemos estado con Él.

(ii) El testimonio cristiano viene de una convicción interior. El acento de la íntima convicción personal es uno de los más inconfundibles del mundo. Apenas ha empezado a hablar, y ya sabemos si esa persona cree de veras lo que dice o no. No puede haber testimonio eficaz de Cristo sin esta convicción interior que viene de la intimidad personal con Cristo.

(iii) El testimonio cristiano sale al exterior. Un testigo no es sólo una persona que sabe que algo es verdad, sino que también está dispuesta a decirlo. El testigo cristiano es la persona que no sólo conoce a Cristo, sino que quiere que otros también Le conozcan.

Es nuestro privilegio y tarea el ser testigos de Cristo en el mundo; y no podemos serlo sin conocimiento personal, íntima convicción y testimonio de nuestra fe hacia fuera.

Juan 15:1-27

15.1 La vid es una planta prolífica; una sola vid produce muchas uvas. En el Antiguo Testamento, las uvas simbolizaban la capacidad de Israel de llevar fruto haciendo la obra de Dios en la tierra (Psa_80:8; Isa_5:1-7; Eze_19:10-14). En la comida de Pascua, el fruto de la vid simbolizaba la bondad de Dios para con su pueblo.

15.1ss Cristo es la vid y Dios es el labrador que cuida de los pámpanos para lograr que produzcan fruto. Los pámpanos son todos los que se declaran seguidores de Cristo. Los pámpanos fructíferos son los verdaderos creyentes que mediante su unión viva con Cristo llevan mucho fruto. Pero a los que se tornan improductivos, a los que se arrepienten de seguir a Cristo después de comprometerse superficialmente, se les separará de la vid. Ser improductivos es como estar muertos, por lo cual los cortarán y los echarán fuera.

15.2, 3 Jesús establece una diferencia entre dos tipos de poda: (1) quitar, y (2) limpiar las ramas. Las ramas que llevan fruto se limpian a fin de promover el crecimiento. En otras palabras, a veces Dios debe disciplinarnos para fortalecer nuestro carácter y nuestra fe. Pero las ramas que no llevan fruto se quitan del tronco porque no solo son inútiles, sino que a menudo afectan el resto del árbol. Las personas que no llevan fruto para Dios o que intentan bloquear los esfuerzos de los que lo siguen, serán cortados de su poder vitalizador.

15.5 El fruto no se limita a ganar almas. En este capítulo, la oración respondida, el gozo y el amor se mencionan como fruto (15.7, 11, 12). Gal_5:22-24 y 2Pe_1:5-8 describen frutos adicionales: cualidades del carácter cristiano.

15.5, 6 Permanecer en Cristo significa: (1) creer que El es el Hijo de Dios (1Jo_4:15), (2) recibirlo como Señor y Salvador (Joh_1:12), (3) hacer lo que Dios dice (1Jo_3:24), (4) seguir creyendo en el evangelio (1Jo_2:24), y (5) relacionarse en amor con la comunidad de creyentes (Joh_15:12).

15.5-8 Muchos tratan de ser personas buenas y sinceras que hacen lo que es debido. Pero Jesús dice que la única manera de llevar una vida buena de veras es permanecer cerca de El, como un pámpano unido a la vid. Separados de Cristo, nuestros esfuerzos no llevan fruto. ¿Recibe usted el alimento y la vida que ofrece Cristo, la vid? Si no los recibe, se está perdiendo algo extraordinario que da el Señor.

15.8 Cuando una vid lleva «mucho fruto», Dios se glorifica, pues cada día envía el sol y la lluvia para hacer crecer los cultivos, y alimenta cada plantita y la prepara para que florezca. ¡Qué momento de gloria para el Señor de la cosecha cuando esta se lleva a los almacenes, madura y lista para su uso! ¡El es quien hizo que sucediese! Esta analogía de la agricultura muestra cómo Dios se glorifica cuando la gente establece una buena relación con El y comienza a «llevar mucho fruto» en sus vidas.

15.11 Cuando todo va bien, nos sentimos jubilosos. Cuando se presentan las dificultades, nos hundimos en depresión. Pero el verdadero gozo trasciende las olas agitadas de las circunstancias. El gozo viene de una firme relación con Jesucristo. Cuando nuestras vidas están entrelazadas con la de Cristo, El nos ayuda a atravesar la adversidad sin hundirnos en depresiones debilitantes y administrar la prosperidad sin trasladarnos a alturas engañosas. El gozo de vivir con Jesucristo cada día nos mantendrá equilibrados a pesar de los altibajos de nuestras circunstancias.

15.12, 13 Debemos amarnos unos a otros como nos amó Jesús, y El nos amó tanto que dio su vida por nosotros. Tal vez no sea necesario que demos nuestra vida por otro, pero existen otras formas de practicar el amor sacrificial: escuchar, ayudar, alentar, dar. Piense en alguien en particular que necesite hoy esta clase de amor. Déle todo el amor que pueda y luego trate de dar un poco más.

15.15 Como Jesucristo es Señor y Amo, debiera llamarnos siervos; pero nos llama amigos. Cuánto consuelo y seguridad nos da que el Señor nos haya escogido como amigos de Cristo. Como El es Señor y Amo, le debemos nuestra obediencia plena. Pero por sobre todo, Jesús nos pide que le obedezcamos por amor.

15.16 Jesús tomó la primera decisión: amar y morir por nosotros, invitarnos a vivir con El para siempre. Nos toca a nosotros la siguiente decisión: aceptar o rechazar su oferta. Sin la decisión de El, no nos quedaría alternativa.

15.17 Los cristianos recibirán bastante odio del mundo; entre nosotros lo que debemos darnos es amor y apoyo. ¿Permite usted que un problema pequeño le impida amar a otro creyente? Jesús le ordena amarlo y le dará la fortaleza necesaria para hacerlo.

15.26 Una vez más Jesús ofrece esperanza. El Espíritu Santo da fortaleza para soportar el odio y la maldad irracionales de nuestro mundo y la hostilidad que muchos tienen para con Cristo. Esto resulta muy consolador para los que deben enfrentar la persecución.

15.26 Jesús usa dos nombres para referirse al Espíritu Santo: Consolador y Espíritu de verdad. La palabra Consolador trasmite el concepto de la ayuda, aliento y fortalecimiento que recibimos del Espíritu. Espíritu de verdad señala hacia la obra de enseñanza, iluminación y rememoración. El Espíritu Santo ministra a la mente y al corazón, y ambas dimensiones son importantes.

Juan 15:1-6

Menester es tener en cuenta que estos versículos contienen una parábola, que debemos interpretar según la regla aplicable a todas las parábolas de nuestro Señor. Esa regla es que lo que principalmente ha de notarse es la lección general que cada una enseña, sin estirar y torcer los detalles indebidamente para exprimirles un significado que tal vez no entraña. Los errores en que han incurrido los cristianos por haber descuidado esta regla han sido numerosos y graves.

De estos versículos se infiere, primeramente, que la unión entre Jesucristo y los creyentes es muy estrecha. El es la «Vid» y ellos los « sarmientos..

La unión que existe entre el ramo de la vid y el tronco principal es de lo más estrecha que puede concebirse. De ella depende la vida, la fuerza, el vigor, la lozanía y la fertilidad del ramo. Separado este de aquella se marchita y se seca. La savia que afluye del tronco es lo que alimenta las hojas, los botones, las flores y la fruta.

Tan estrecha y tan real como esta unión es la que existe entre Jesucristo y los creyentes. Por sí mismos estos no tienen ni vida, ni vigor, ni fuerza espirituales.

La fuente de su actividad religiosa es Jesucristo. Lo que son, lo que sienten, lo que hacen–todo es debido a la gracia y el poder que él les comunica. Unidos al Señor por medio de la fe y ligados a él misteriosamente por el Espíritu, hacen su peregrinación en este mundo y lidian, don buen éxito contra todos sus enemigos.

De estos versículos se desprende, en segundo lugar, que así como hay cristianos verdaderos, los hay también falsos. Hay sarmientos en la vid que parecen ligados a la cepa, y que sin embargo no producen fruto alguno. Hay hombres que parecen ser miembros del cuerpo de Cristo, y no obstante en el postrero día tal vez resultará que su unión no había sido vital.

En todas las iglesias hay cristianos que han hecho profesión de fe y cuya unión con Jesucristo es, sin embargo, solamente aparente. Algunos de ellos se han unido por medio del bautismo; otros han ido más allá y comulgan con regularidad y discurren en voz alta sobre materias religiosas; mas todos ellos carecen del único elemento esencial. A pesar de todos los oficios divinos a que han concurrido, de los sermones que han oído, de los sacramentos de que han participado, en su corazón no ha penetrado ni la gracia divina, ni la fe, ni el influjo del Espíritu Santo. Es que no están unificados con Jesucristo; es que parecen vivir, pero en realidad están muertos.

Con mucha propiedad se simboliza a los cristianos de esta laya por medio de los sarmientos de una vid que no produce fruto alguno. Inútiles y feos como son, lo que puede hacerse con esos sarmientos es cortarlos y arrojarlos al fuego. Nada absorben del tronco, y nada producen por el lugar que ocupan. Así sucederá en el último día con los pseudo-cristianos. Su fin, si no se arrepienten, será terrible. Serán separados de los verdaderos creyentes, y arrojados, como ramos marchitos e inútiles, en el fuego eterno. Cualesquiera que hayan sido sus ideas en esta vida, en la otra se apercibirán de que hay un gusano que nunca muere y un fuego que nunca se apaga.

De estos versículos so colige, en tercer lugar, que los frutos del Espíritu ofrecen la única prueba satisfactoria de que un hombre dado sea verdadero cristiano.

El discípulo que «permanece» en Jesucristo, como el pámpano que permanece en la vid, siempre producirá fruto.

El que desee saber lo que fruto significa en este caso obtendrá prontamente una respuesta. El arrepentimiento ante Dios, la fe en nuestro Señor Jesucristo, la santidad de vida–he aquí lo que en el Nuevo Testamento se llama fruto, he aquí lo que distingue al que es vástago viviente de la verdadera vid. Donde eso falta es en vano querer encontrar gracia latente o vida espiritual. En donde no hay fruto no hay vida.

La verdadera gracia nunca está ociosa, nunca permanece indiferente o se amortece. Es un engaño suponer que somos miembros vivientes de Jesucristo, si no imitamos el ejemplo que él nos legara. El Espíritu de vida en Cristo Jesús se dará a conocer en la conducta diaria de aquellos que están penetrados de su influjo. El Maestro mismo dijo: «Todo árbol se conoce por su fruto..

Inferimos, por último, de estos versículos, que Dios aumenta menudo la santidad de los verdaderos creyentes por medio de sus visitaciones. Escrito está: «Todo pámpano que lleva fruto, lo limpia (ó le poda), para que lleve más fruto..

El sentido de estas palabras es bien claro. Así como el viñador segrega y poda los ramos de una vid fructífera, a fin de que de más fruto, así Dios purifica y santifica a los creyentes por medio de las circunstancias de que los rodea.

Para expresarnos en lenguaje más claro, el sufrimiento y el infortunio es el medio de que hace uso la Providencia para purificar a los cristianos. Por medio del sufrimiento los hace él poner en juego las virtudes pasivas, y manifestar si pueden sobrellevar las penalidades que les envíe, así como obedecer los preceptos que les imponga. Por medio del sufrimiento los separa del mundo; los acerca a Jesucristo; los induce a leer la Biblia y a orar; los obliga a conocer sus propios corazones y los hace ser humildes. Ese es el procedimiento por el cual los limpia y los hace más fructíferos. Así, a lo menos, lo prueban las vidas de los justos de todos los siglos.

Aprendamos, pues, a tener paciencia en los días da duelo y de pesar. Recordemos la doctrina contenida en el pasaje de que tratamos, y no nos quejemos ni murmuremos cuando nos sobrevengan desgracias. Nuestros sufrimientos no son para nuestro daño, sino para nuestro bien. «Dios nos castiga para lo que es provechoso, a fin de que participemos de su santidad.» Heb_12:1G.

Juan 15:7-11

Los creyentes difieren mucho entre sí. En algunos respectos todos son semejantes: todos sienten pesar a causa de sus pecados; todos confían en Jesucristo; todos se arrepienten y se esfuerzan en ser rectos en su conducta; todos, en fin, poseen la gracia divina, ejercen la fe, y experimentan el cambio de corazón.

Pero difieren mucho en el grado en que poseen esas prendas. Unos son más felices y más religiosos que otros, y gozan de mayor influjo en el mundo.

Ahora bien, ¿qué incentivos presenta nuestro Señor a su pueblo para que aspire a la más elevada santidad de vida? Esta es una cuestión de grandísimo interés para todo espíritu piadoso. ¿Quién hay que no quisiera ser siervo útil y dichoso de nuestro Señor Jesucristo? El pasaje que tenemos a la vista aclara este asunto de tres modos.

En primer lugar nuestro Señor dijo: «Si permaneciereis en mí, y mis palabras permanecieren en vosotros, todo lo que quisiereis pediréis y os será hecho.» Es esta una promesa explícita acerca de la validez y buen éxito de la oración en general. Y ¿con qué condición? Con la condición de que permanezcamos en Jesucristo y de que sus palabras permanezcan en nosotros.

Permanecer en Jesucristo es estar en constante comunión con él–es confiar en él, fincar en su gracia nuestras esperanzas, abrirle nuestros corazones, y acudir a él como a la fuente de donde mana toda nuestra fuerza espiritual. Sus palabras permanecen en nosotros cuando tenemos constantemente presentes sus preceptos, y arreglamos a ellos nuestras acciones, nuestra conducta, nuestra vida.

Los cristianos de esa clase no orarán en vano. Todo lo que pidan lo obtendrán, siempre que lo que pidan sea del agrado de Dios. Por eso Lutero, el reformador alemán, y Latimer, el mártir inglés, oraron muchas veces con buen éxito. Y respecto de Juan Knox la reina María decía que le temía más a sus oraciones que a un ejército de veinte mil hombres. Escrito está: «La oración eficaz del justo puede mucho..

Nuestro Señor dijo, en segundo lugar: «En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto; así seréis mis discípulos.» El significado de esta promesa es, en nuestro concepto, que la fructuosídad de la vida cristiana no solo contribuye a la gloria de Dios, sino que nos presenta a nosotros mismos la prueba más concluyente de que somos discípulos de Jesucristo.

Tener certidumbre de que somos cristianos, y de que por tanto nuestra salvación eterna está asegurada, es uno de los más grandes privilegios que resultan de la religión. En todo asunto de importancia, y sobre todo en lo que concierne al porvenir de nuestras almas, no hay nada peor que la duda. El que desee, pues, saber cual es el medio más eficaz de obtener esa certidumbre tan apetecida, debe examinar detenidamente las palabras de que tratamos. Que se esfuerce por producir abundantes frutos en sus palabras, en sus modales, en su conducta, en su vida. Si así lo hiciere, el Espíritu le testificará en su corazón que es un ramo viviente de la verdadera vid, y su conducta manifestará al mundo que es verdadero hijo de Dios.

Nuestro Señor dijo, en tercer lugar: «Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor.» El hombre para quien es un sagrado deber de conciencia el obedecer los preceptos de Jesucristo, es el que experimentará en su alma el amor de Jesucristo hacia él.

Mas no vayamos a dar una inteligencia errada a las palabras, «si guardareis mis mandamientos.» Estrictamente hablando, no hay quien pueda guardar los mandamientos. Nuestras mejores acciones son imperfectas y defectuosas, y cuando hayamos llegado al grado más alto de religiosidad podremos aún decir con razón: « Apiádate, ¡oh Dios! de nosotros, que somos pecadores.» Sin embargo, es preciso no irnos al otro extremo, pensando que no podemos hacer nada.

Mediante la gracia de Dios podemos adoptar los preceptos del Evangelio como regla de nuestra conducta, y manifestar diariamente que deseamos agradar a nuestro Señor Jesucristo. Si así lo hiciéremos, nuestro benignísimo Maestro nos dispensará sus bendiciones y nos dejará ver su risueño rostro.

Aquel cristiano será por lo general más feliz que es comedido en sus palabras, que refrena su genio y ajusta sus acciones a los principios de la religión. El que lleve una vida que no esté en armonía con sus votos jamás experimentará el gozo y la paz del creyente sincero. Por eso nuestro Señor dijo: «Estas cosas os he hablado para que mi gozo permanezca en vosotros..

Juan 15:12-16

Llaman nuestra atención en este pasaje tres puntos de grande importancia. Las palabras que nuestro Señor empleó acerca de cada uno de ellos son sobremanera instructivas.

Debemos observar primeramente lo que nuestro Señor dice acerca del amor fraternal. Aunque ya había tocado ese punto en la primera parte de su discurso, vuelve ahora a ocuparse de él. Quiero así darnos a entender que no podemos exagerar el valor de de su virtud ni hacer esfuerzos demasiado grandes por practicarla.

Mándanos amarnos los unos a los otros. «Este,» dijo, «es mi mandamiento.» Es un deber de conciencia el poner en práctica esa virtud. De la misma manera que no nos es dado desentendernos de los preceptos del Monte Sinaí, no nos es dado desentendernos de ella.

El amor que él recomienda es el más puro y elevado: «Amaos los unos a los otros como yo os amé.» No debemos menospreciar ni al más débil ni al más ignorante discípulo. Es de nuestro deber amarlos a todos con ese amor verdadero que va siempre acompañado de actos de bondad, de abnegación y de sacrificio. El que no puede o no procura amar así, desobedece los preceptos de su Maestro.

Las palabras que quedan citadas deben impulsarnos a hacer un escrupuloso examen de conciencia. De nada nos servirá tener opiniones acertadas acerca de las doctrinas cardinales y poseer habilidad para tomar parte en las controversias que se susciten, si no hemos sido animados del amor cristiano. Sin ejercer la caridad podremos acaso jactarnos de ser miembros de la iglesia; mas, como dice el apóstol, seremos tan solo «como metal que resuena, o platillos que retiñen.» 1Co_13:1. El cristiano que no es amoroso no se encuentra en estado de penetrar en la celeste morada.

Observemos, en segundo lugar, lo que dice nuestro Señor respecto de la relación que existe entre él y los creyentes. Estas son sus palabras: «Ya no os llamaré siervos,…. mas os he llamado amigos.» Este es, a la verdad, un privilegio glorioso. Conocer a Jesucristo, seguirle, amarlo, obedecerle, trabajar en su viña, combatir en sus filas–todo esto es de no poca consideración. Pero que a unos pecadores como nosotros se nos llame amigos suyos, es algo que nuestro débil entendimiento no alcanza a comprender. El Rey de reyes y el Señor de señores no solo se compadece de los le oreen en él, y los salva, sino que los llama «amigos.» No es, pues, extraño que San Pablo dijera que «el amor de Jesucristo sobrepuja a todo entendimiento..

Que esta expresión aliente a los cristianos a dirigirse frecuentemente al Redentor por medio de la oración. ¿Por qué hemos de temer el abrir nuestros corazones y revelar nuestros secretos al hablar con ese Ser misericordioso que nos llama amigos? «El hombre de amigos,» dice Salomón, «se mantiene en amistad.» Pro_18:24 Nuestro gran Maestro no abandonará a sus amigos. Desdichados e infelices como somos, no nos desechará, más nos acogerá bajo su protección y nos protegerá hasta el fin. David jamás olvidó a Jonatan, y el Hijo de David jamás olvidará a su pueblo.

Juan 15:17-21

El pasaje que acabamos de transcribir empieza con una nueva exhortación acerca del amor fraternal. Por tercera vez nuestro Señor cree necesario llamar la atención de sus discípulos a esta bella virtud. Rara a la verdad debe de ser la verdadera caridad, cuando se la menciona tan repetidas veces. En el caso de que tratamos es digna de notarse la relación en que se la hace aparecer. Se la hace aparecer en contraste con el odio del mundo.

Se nos manifiesta, primeramente que lo que a los cristianos espera en este mundo es el odio y la persecución. Si los discípulos esperaban ser recompensados con el cariño y la gratitud de los hombres, sus esperanzas serian dolorosamente burladas.

Los hechos, hechos tristes, han suministrado en todas las edades pruebas abundantes de que la advertencia de nuestro Señor no fue inmotivada. Los apóstoles y sus compañeros eran perseguidos por donde quiera que fueran. Solo uno o dos de ellos murieron tranquilamente en sus lechos. Los creyentes han sido siempre perseguidos durante los diez y ocho siglos de la era cristiana. Sirvan si no de ejemplo las atrocidades cometidas por los papas y los emperadores romanos, por la inquisición española y por la reina María. Aún el día de hoy las almas piadosas tienen que sufrir persecución diariamente; pues ¿qué otra cosa son el ridículo, la befa, la calumnia y el baldón que los no convertidos lanzan contra ellas? Importa mucho que comprendamos bien todo esto. Nada hay tan perjudicial como la costumbre de alimentar falsas esperanzas. Persuadámonos de que la naturaleza humana jamás cambia, de que «el ánimo carnal es enemistad contra Dios,» y contra su pueblo. Estemos convencidos de que, por puros y sinceros que los cristianos sean, los malos siempre los aborrecerán, así como aborrecieron a su inocente Maestro.

En este pasaje se nos presentan, además, dos razones que deben s a sufrir con paciencia las persecuciones de este mundo. Ambas son poderosas y dan mucho en qué pensar.

Por una parte, la persecución es el cáliz que Jesús mismo libó. Perfecto como era en todo–en su carácter, en sus palabras, en sus hechos; infatigable como era en bien hacer, ninguno fue jamás tan aborrecido como Jesús hasta el último día de su vida terrenal. Escribas y sumos sacerdotes, fariseos y saduceos, Judíos y gentiles–todos se unieron para escarnecerlo y hacerle oposición, y no suspendieron sus ataques basta que no le hubieron dado la muerte.

Tomemos, pues, en consideración que solo estamos pasando por el mismo trance por el cual pasó nuestro Maestro, y participando de la herencia que él nos legó. ¿Merecemos mejor tratamiento? ¿Somos acaso mejores que él? No consintamos tan impíos pensamientos. Apuremos tranquilamente el cáliz que nuestro Padre celestial nos presenta, y recordemos constantemente estas palabras: «No es el siervo mayor que su señor..

Por otra parte, la persecución es útil en cuanto por ella se sabe si somos verdaderos hijos de Dios, si tenemos un tesoro en el cielo, si realmente hemos nacido de nuevo, si poseemos la gracia divina y somos herederos de la gloria. «Si fuerais del mundo, el mundo amarla lo que es suyo..

Fortifiquemos nuestra mente con esta consoladora idea cuando nos veamos abrumados por el odio del mundo. Sin duda, se necesita mucha paciencia, tanto más cuanto nuestra conciencia nos dice que somos inocentes. Mas, a pesar de todo, no olvidemos que eso es un síntoma favorable, por cuanto indica que dentro de nosotros empezamos a experimentar la eficaz operación del Espíritu Santo. Además, en todo caso, podemos asirnos de esta admirable promesa: «Bienaventurados sois cuando os maldijeren y os persiguieren, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo. Regocijaos y alegraos; porque vuestro galardón es grande en los cielos..

Hacia los que persiguen a los demás por sus convicciones religiosas no debemos sentir sino profunda compasión. A menudo hacen, como dijo nuestro Señor, por ignorancia. «No conocen al que me ha enviado.» a semejanza de nuestro divino Maestro y el siervo Esteban, oremos por los que nos persiguen y calumnian. Esas persecuciones rara vez redundan en daño nuestro, y bien muchas veces nos hacen más adictos a la Biblia y nos acercan más a Cristo y al trono de la gracia, en tanto que nuestra intercesión, si fuere atendida en lo alto, acaso acarree bendición a sus almas

Juan 15:22-27

En estos versículos nuestro Señor Jesucristo aclara tres asuntos de grande importancia, que son difíciles de suyo, y acerca de los cuales podemos incurrir en muchos errores.

Es de observarse lo que nuestro Señor dijo respecto de la desatención de los privilegios religiosos. Manifestó a los discípulos que si él no hubiera dicho y hecho en presencia de los judíos cosas que nadie había dicho o hecho antes, no habrían tenido ellos pecado, es decir, no habrían pecado tan gravemente como lo habían hecho, puesto que no tenían como excusar su incredulidad habiendo visto sus obras y oído sus preceptos. ¿Qué otros medios se podrían haber empleado para convencerlos? Ningunos, absolutamente ningunos. Pecaron voluntariamente, a despecho de la luz que resplandecía en torno suyo, y por lo tanto vinieron a ser los mas culpables de los hombres.

En cierto sentido los privilegios religiosos son peligrosos. Si no nos encaminan hacia el cielo, nos sumen más profundamente en el oscuro abismo, pues aumentan en mucho nuestra responsabilidad. «A cualquiera que fue dado mucho, mucho será vuelto a demandar de él.» Luk_12:48. El que, viviendo en un país lo donde circula la Biblia en el idioma patrio y se predica el Evangelio en su pureza, cree que en el día del juicio final se le juzgará del mismo modo que a los habitantes de la China o de Patagonia, se engaña gravemente. El mero hecho de haber poseído conocimientos y no haberlos aprovechado, será uno de los mayores pecados de que se le acusará. «El siervo que entendió la voluntad de su señor y no se apercibió, será azotado mucho.» Luk_12:47.

Es de notarse, en seguida, en que términos se refiere nuestro Señor al Espíritu Santo.

En primer lugar, da claramente a entender que es Persona, pues dice que es el Consolador que ha de venir, y que es un ser que procede del Padre y que da testimonio. Ahora bien, tales términos no pueden aplicarse, como pretenden algunos, a un mero influjo o afección interna del hombre. Interpretarlos así seria obrar en contradicción con el sentido común, y torcer el sentido de voces de clara significación. La razón y la justicia nos obligan a reconocer que nuestro Señor aludió a ese ser a quien se nos ha enseñado a adorar como la tercera persona de la Trinidad.

En segundo lugar, nuestro Señor dice que el Espíritu Santo es un ser a quien el Padre ha de enviar, y que procede del Padre. Estas son, evidentemente, palabras muy profundas, tan profundas que no alcanzamos a sondearlas. El mero hecho de que por algunos siglos la iglesia oriental y la occidental de la cristiandad han diferido en cuanto a su significado, debiera hacernos disertar sobre ellas con modestia a la par que con reverencia. Esto, a lo menos, es claro: que existe una relación íntima entre el Espíritu, el Padre y el Hijo. No podemos explicar por qué se nos diga que el Espíritu procede del Padre y ha de ser enviado por el Hijo; mas sí podemos tranquilizar nuestra mente con las siguientes palabras de un credo antiguo: «En esta Trinidad ninguna de las Personas fue antes o después que otra, y ninguna es inferior o superior a otra.» «Tal como es el Padre así es el Hijo y así el Espíritu Santo.» Y sobre todo podemos tranquilizarnos con la verdad de que, en todo lo que concierne a la salvación de nuestras almas, todas las tres personas de la Trinidad cooperan igualmente. El Dios trino fue quien dijo, «Criemos,» y el Dios trino es quien dice «Salvemos..

Es digno de observarse, finalmente, en que términos habla i nuestro Señor de las funciones especiales de los apóstoles. He aquí cómo se expresa: «Vosotros también daréis testimonio..

Estas palabras quieren decir mucho y son muy instructivas.

Por ellas los once supieron qué era lo que debían esperar durante su vida. Tendrían que dar testimonio de hechos que muchos rehusarían creer y de verdades que repugnarían a los hombres no convertidos. Muchas veces se verían solos, como pequeño rebaño, en medio de una gran multitud. Ni deberían extrañar cuando se vieran perseguidos, aborrecidos y atacados, o cuando se dudase de la verdad de sus enseñanzas. Su deber seria dar testimonio, ya les creyesen los hombres o no. Haciéndolo así sus nombres serian registrados en lo alto, en el libro de los recuerdos de Dios; y el Juez universal les daría una corona inmarcesible de gloria.

Antes de terminar este pasaje será bueno observar que todo cristiano tiene, en cierto sentido, que cumplir el mismo deber que Jesús encomendó a los apóstoles. Todos tenemos obligación moral de dar testimonio acerca del Redentor. Jamás debemos avergonzarnos de defender su causa y de declarar nuestra fe en las verdades del Evangelio. En donde quiera que estemos, ya sea en la ciudad o en el campo, en público o en privado, en nuestra patria o en el extranjero– en todas partes y en toda oportunidad debemos dar a conocer quién es nuestro Maestro, y cuál es nuestro credo.

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