Juan 14 La promesa de la Gloria

Juan 14: La promesa de la Gloria

-No dejéis que se os angustie el corazón: creed en Dios y creed en Mí. Hay muchas habitaciones en la casa de Mi Padre; si no fuera así, ¿os habría dicho Yo que voy a prepararos un sitio? Una vez que haya ido y os haya preparado alojamiento, vendré otra vez para llevaros conmigo, para que estéis donde Yo esté.

Al cabo de muy poco, se les iba a hundir la vida a los discípulos de Jesús. Su mundo se les iba a colapsar, y el caos los iba a cercar. Entonces no les quedaría más que aferrarse desesperadamente a Dios con entera confianza. Como había dicho el salmista: «¡Si no creyese que tengo de ver la bondad del Señor en la tierra de los vivientes!» (Psa_27:13 . R-V.09 añadía en cursiva para aclarar el sentido: hubiera yo desmayado). «Pero mis ojos miran hacia Ti, oh Señor Dios; en Ti busco refugio, ¡no me dejes indefenso!» (Psa_141:8 ). Hay momentos en que tenemos que creer y aceptar aunque no podamos entender nada. Si, en la hora más oscura, creemos que, de alguna manera, hay un propósito en la vida, y que es un propósito de amor, hasta lo insoportable se hace soportable, y hasta en lo más denso de las tinieblas hay un rayo de luz.

Jesús añade algo. No dice solamente: «Creed en Dios.» Dice también: «Creed en Mí.» Si el salmista podía creer en la bondad final de Dios, mucho más nosotros. Porque Jesús es la prueba de que Dios está dispuesto a dárnoslo todo. Como decía Pablo: «Si Dios mismo no escatimó ni el dar a Su propio Hijo, sino que Le entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo vamos a pensar que no nos dará generosamente con El todas las cosas?» (Rom_8:32 ). Si creemos que tenemos el retrato de Dios en Jesús, entonces, a la vista de un amor tan maravilloso, llega a ser, no fácil, pero sí posible, aceptar hasta lo que no podemos entender, y mantener una fe serena en medio de las tormentas de la vida.

Jesús siguió diciendo: «Hay muchas habitaciones en la casa de Mi Padre.» Con “la casa de Mi Padre» quería decir el Cielo. Pero, ¿qué quería decir cuando dijo que había muchas habitaciones en el Cielo? La palabra para habitaciones es en el original mona¡, y sugiere tres cosas.

(i) Los judíos mantenían que en el Cielo hay diferentes grados de bendición que se concederán a las personas conforme a la bondad y fidelidad que hayan mostrado en la Tierra. En el Libro de los secretos de Enoc se dice: «En el mundo venidero hay muchas mansiones preparadas para los seres humanos: para los buenos, buenas; y malas para los malos.» La alegoría compara el Cielo con un palacio inmenso con muchas habitaciones, cada una asignada a cada persona conforme haya merecido en la vida.

(ii) El escritor griego Pausanias usa la palabra mona¡ con el sentido de etapas en el camino. Si es así como debemos tomarla aquí, quiere decir que hay muchas etapas en el camino al Cielo, y también en el mismo Cielo hay progreso y desarrollo. Por lo menos algunos de los primeros pensadores cristianos lo creían así. Orígenes era uno de ellos. Decía que, después de la muerte, el alma iba a un lugar que se llamaba el Paraíso, que estaba todavía en la Tierra. Allí recibía instrucción y preparación; y, cuando estaba lista, el alma ascendía al aire. Allí pasaba por varias mona¡, etapas, que los griegos llamaban esferas y los cristianos cielos, hasta que, por último llegaba al Reino celestial. Al hacer todo aquello, el alma seguía a Jesús Que, como dijo el autor de Hebreos, «ha pasado los cielos» (4:14). Ireneo habla de cierta interpretación de la frase que explica que la semilla que se siembra produce a veces ciento por uno, a veces sesenta y a veces treinta (Mat_13:8 ). Hay una diferencia en producción y, por tanto, en recompensa. Algunas personas serán consideradas dignas de pasar toda la eternidad en la presencia de Dios; otras se elevarán hasta el paraíso, y otras serán ciudadanas de “la ciudad». Clemente de

Alejandría creía que había grados de gloria, recompensas y estados en relación con el nivel de santidad que hubiera alcanzado cada persona en esta vida.
Aquí hay algo muy atractivo. Hay un sentido en que el alma se resiste a lo que podríamos llamar un Cielo estático. Hay algo atractivo en la idea de un progreso que prosigue hasta en los lugares celestiales. Hablando en términos puramente humanos e inadecuados, a veces pensamos que nos deslumbraría el excesivo esplendor si se nos introdujera inmediatamente a la misma presencia de Dios. Pensamos que, hasta en el Cielo, necesitaremos ser purificados y ayudados hasta que podamos contemplar la mayor gloria.

(iii) Pero también puede ser que el sentido sea muy sencillo y encantador. «Hay muchas habitaciones en la casa de Mi Padre» puede que quiera decir sencillamente que en el Cielo hay sitio para todos. Las casas terrenales a menudo se abarrotan de personas; las posadas y los hoteles terrenales tienen que poner muchas veces el cartel de «Completo», «No hay habitaciones libres.» Pero en la casa del Padre celestial no pasa eso, porque el Cielo es tan grande como el corazón de Dios y hay sitio para todos. Jesús está diciéndoles a Sus amigos: “No tengáis miedo. La gente puede que os cierre las puertas de sus casas; pero nunca seréis excluidos del Cielo.»

Hay otras grandes verdades en este pasaje.

(i) Nos habla de la honestidad de Jesús. “Si no fuera así, ¿os habría dicho Yo que voy a prepararos un sitio?» Nadie podrá jamás reclamar que le proselitizaron fraudulentamente con promesas fantásticas para que se hiciera cristiano. Jesús les dijo claramente a Sus posibles seguidores que los cristianos tenemos que despedirnos para siempre de la comodidad Luk_9:57-58 ). Les advirtió acerca de la persecución, el odio, los oprobios que tendrían que soportar (Mat_10:16-22 ). Les habló de la cruz que tendrían que sufrir (Mat_16:24 ), aunque también les habló de la gloria que hay al final del camino cristiano. Sincera y honradamente dijo a todos lo que podían esperar, tanto de dolor como de gloria, si se apuntaban como seguidores Suyos. Jesús no era uno de esos políticos que tratan de sobornar a la gente con promesas de un camino fácil; lo que quería era desafiarlos a alcanzar la grandeza.

(ii) Nos habla de la misión de Jesús. Él les dijo: «Voy a prepararos un sitio.» Uno de los grandes pensamientos del Nuevo Testamento es que Jesús va delante de nosotros, y nos abre el camino para que sigamos Sus huellas. Una de las grandes palabras que se usan para describir a Jesús es la palabra prodromos (Heb_6:20 ), que Reina-Valera traduce por precursor. Hay dos usos de esta palabra que iluminan el cuadro que contiene. En el ejército romano, los prodromoi eran las tropas de reconocimiento. Se adelantaban al cuerpo del ejército para trazar el camino y asegurarse de que el resto de la tropa podía seguir adelante. El puerto de Alejandría tenía un acceso muy peligroso. Cuando llegaban los grandes navíos que transportaban grano, se les mandaba una barcaza piloto para que los guiara por el canal hasta las aguas seguras. Aquella barcaza piloto se llamaba prodromos. Pasaba primero para que los demás pudieran pasar sin peligro. Eso es lo que ha hecho Jesús.

Ha abierto el camino que conduce al Cielo y a Dios para que Le sigamos a salvo.

(iii) Nos habla del triunfo final de Jesús. Él dijo: «Volveré.» La Segunda Venida de Jesús es una esperanza sobre la que no se suele predicar mucho; y lo curioso es que los cristianos, o la pasan por alto, o no piensan en otra cosa. Es verdad que no podemos decir ni el día ni la hora cuando sucederá, ni cómo sucederá; pero una cosa es segura: la Historia se dirige a una meta. Sin un clímax quedaría incompleta. La consumación de la Historia será el triunfo de Jesucristo. Y Él ha prometido que el día de Su triunfo recibirá en Su Reino a Sus amigos.

(iv) Jesús dijo: «Donde Yo esté, allí estaréis también vosotros.» Aquí tenemos una gran verdad dicha de la manera más sencilla. Para el cristiano, el Cielo es donde está Jesús. No tenemos por qué especular acerca de cómo es el Cielo. Nos basta con saber que estaremos ya siempre con Jesús. Cuando amamos a alguien con todo el corazón, sólo estamos vivos cuando estamos en su compañía. Eso nos pasa con Cristo. En este mundo, nuestro contacto con Él es impreciso, porque vemos la realidad como a través de un espejo imperfecto y espasmódico, porque somos pobres criaturas y no podemos vivir siempre en las alturas. Pero la mejor definición del Cielo es el estado en que estaremos siempre con Jesús.

EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDa

Juan 14:4-6

-Ya sabéis el camino adonde Yo voy – siguió diciéndoles Jesús.

-Señor, ¡si no sabemos adónde vas! ¿Cómo vamos a saber el camino? -Le dijo Tomás; y Jesús le dijo:

-Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. No se puede llegar al Padre nada más que pasando por Mí.

Una y otra vez Jesús les había dicho a Sus discípulos adónde se iba; pero, por lo que se ve, no Le habían entendido. «Estaré con vosotros un poco más de tiempo, y luego volveré al Que Me envió» (Joh_7:33 ). Jesús les había dicho claramente que iba al Padre Que Le había enviado, con el Que era una misma cosa; pero ellos todavía no sabían de qué viaje se trataba. Y menos todavía se habían enterado de cuál sería el camino, que Jesús les había dicho que pasaba por la Cruz.

Para entonces, los discípulos ya estaban totalmente confusos. Había uno entre ellos que nunca podía decir que entendía lo que no entendía, que era Tomás. Era demasiado honrado y tomaba las cosas demasiado en serio para darse por satisfecho con piadosas vaguedades. Tenía que estar seguro; así es que expresó sus dudas, y lo maravilloso es que fue su confesión de no haber entendido lo que dio origen a una de las revelaciones más gloriosas que Jesús hizo nunca a Sus discípulos. Nadie debería avergonzarse de sus dudas; porque es sorprendentemente y benditamente cierto que, en las cosas espirituales, el que busca, al %n encontrará.

Jesús le dijo a Tomás: «Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida.» Eso nos parece una gran afirmación; pero aún lo sería más para un judío que la oyera por primera vez. En ella, Jesús tomó tres de las grandes concepciones básicas de la religión judía, e hizo la tremenda declaración de que en Él se habían hecho realidad.

Los judíos hablaban mucho del camino por el que había que andar, y de los caminos de Dios. Moisés le dijo al pueblo de parte de Dios: «No os apartéis a diestra ni a siniestra. Andad en todo el camino que el Señor vuestro Dios os ha mandado» (Deu_5:32-33 ). Y Moisés le dijo al pueblo: «Porque yo sé que después de mi muerte ciertamente os corromperéis y os apartaréis del camino que os he mandado» (Deu_31:29 ). También había dicho Isaías: «Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él» (Isa_30:21 ). En el glorioso nuevo mundo habría una calzada y camino que se llamaría Camino de Santidad, por la que no irían los inmundos, y el mismo Señor estaría con ellos; y los viandantes, aunque fueran sencillos, no se perderían, ni los atacarían las fieras (Isa_35:8 ). La oración del salmista era: «Enséñame, oh Señor, Tu camino» (Psa_27:11 ). Los judíos hablaban del camino de Dios por el que hay que ir. Jesús dijo: «Yo soy el Camino.»

¿Qué quería decir? Figuraos que nos encontramos en un pueblo desconocido y preguntamos por unas señas. Supongamos que la persona a la que hemos preguntado nos dice: «Tome la primera a la derecha, y la segunda a la izquierda; cruce la plaza, pase la iglesia, tome la tercera a la derecha y la carretera que usted busca es la cuarta de la izquierda.» Lo más probable es que nos perdamos a mitad de camino. Pero supongamos que esa persona nos dice: «Vengan ustedes. Yo los llevaré.» En ese caso, esa persona es para nosotros el camino, y no nos podemos perder. Eso es lo que Jesús hace por nosotros. No Se limita a darnos consejos y direcciones, sino que nos lleva de la mano, y nos fortalece y nos guía cada día. No se limita a indicarnos el camino; Él es el camino.

Jesús dijo también: «Yo soy la Verdad.» El salmista había dicho: «Enséñame, oh Señor, Tu camino; caminaré yo en Tu verdad» (Psa_86:11 ). «Porque Tu misericordia está delante de mis ojos, y ando en Tu verdad» (Psa_26:3 ). «Escogí el camino de la verdad» (Psa_119:30 ). Muchos nos habían dicho la verdad, pero ninguno llegó a encarnarla.

Hay una cosa de suprema importancia acerca de la verdad moral. El carácter de un profesor no afecta a su enseñanza de geometría o de gramática latina. Pero si se trata de un profesor de ética, su carácter influye decisivamente. Un adúltero que enseñara la necesidad de la fidelidad conyugal, un avaro que tratara del valor de la generosidad, un orgulloso que hablara de la belleza de la humildad, un violento que defendiera la calma, un sádico que exhortara al amor… no tendrían mucho éxito. La verdad moral no se transmite sólo con palabras; tiene que mostrarse en el ejemplo. Y es ahí donde el mejor maestro humano se quedará corto. Ningún maestro ha sido la perso- nificación de la verdad que enseñaba -más que Jesús. Muchos podrán decir: «Yo os enseño la verdad;» pero sólo Jesús pudo decir: «Yo soy la verdad.» Lo más tremendo de Jesús es que la verdad moral no encuentra en Él simplemente su mejor expositor, sino su mejor realizador.

Jesús dijo también: «Yo soy la vida.» El autor de Proverbios había dicho: «Porque el mandamiento es lámpara, y la enseñanza es luz; y camino de vida las reprensiones que te instruyen» (Pro_6:23 ). «Camino a la vida es guardar la instrucción» (Pro_10:17 ). «Me mostrarás la senda de la vida» (Psa_16:11 ). En último análisis, lo que la humanidad está siempre buscando es la vida. No busca tanto el conocimiento en sí, sino lo que hace que la vida valga la pena. Cierto novelista pone en boca de uno de sus personajes, que está enamorado: «Yo no sabía lo que era la vida hasta que la vi en tus ojos.» El amor le había descubierto la vida. Eso es lo que hace Jesús. La vida con Jesús es la auténtica.

Hay una manera de decir todo esto que incluye todas estas verdades. Jesús dijo: «No se puede llegar al Padre nada más que pasando por Mí.» Él es el único Camino que conduce al Padre. Solamente en Jesús podemos ver cómo es Dios; y Él es el único que puede conducirnos a la presencia de Dios sin vergüenza ni temor.

LA VISIÓN DE DIOS

Juan 14:7-11

Jesús continuó diciéndoles:

-Si me hubierais reconocido a Mí habríais conocido también a Mi Padre. Desde ahora en adelante estáis empezando a conocerle, porque Le habéis visto.

-Señor -Le dijo Felipe-, déjanos ver al Padre, y ya no Te pedimos nada más.

 

-Con todo el tiempo que llevo con vosotros, ¿y todavía no Me has reconocido, Felipe? -le contestó Jesús-. ¡El que Me ha visto a Mí ha visto al Padre! ¿Cómo puedes decir: Muéstranos al Padre? ¿Es que no crees que Yo estoy en el Padre y el Padre en Mí? Las palabras que Yo os hablo no tienen en Mí su origen, sino que es el Padre Que está en Mí el Que hace Sus propias obras. Creedme que Yo estoy en el Padre, y el Padre en Mí. Y si no lo podéis creer porque Yo os lo digo, creedlo por las mismas obras.

 

Bien puede ser que para el mundo antiguo esto fuera lo más alucinante que dijo Jesús. Para los griegos, Dios era esencialmente El Invisible; y los judíos estaban seguros de que a Dios nadie Le había visto jamás. Pero Jesús les dijo: «Si me hubierais reconocido a Mí habríais-conocido también a Mi Padre.»

Entonces Felipe pidió lo que le parecería un imposible. Tal vez estaba pensando en aquel tremendo día del pasado cuando Dios le reveló Su gloria a Moisés (Exo_33:12-32 ). Pero aun aquel gran día, Dios le dijo a Moisés: «Verás Mis espaldas; mas no se verá Mi rostro.» En tiempos de Jesús, los creyentes estaban fascinados y oprimidos por la idea de la trascendencia de Dios y de la distancia y diferencia insalvables entre Dios y la humanidad. Jamás se les habría ocurrido pensar que podían ver a Dios. Y entonces Jesús dijo con suprema sencillez: «¡El que Me ha visto a Mí, ha visto al Padre!»

Ver a Jesús es ver cómo es Dios. Un escritor reciente dice que Lucas «domesticó a Dios;» es decir, que Lucas nos muestra a Dios en Jesús tomando parte en las cosas más íntimas y hogareñas. Cuando vemos a Jesús, podemos decir: «Este es Dios viviendo nuestra vida.» Si es así, podemos decir de Dios las cosas más hermosas.

(i) Dios Se introdujo en un hogar ordinario y en una familia normal y corriente. En el mundo antiguo se habría creído que, si Dios había de venir al mundo, vendría como rey a un palacio real con todo el poder y la majestad que el mundo considera grandeza; pero en Jesús, Dios santificó de una vez para siempre el nacimiento humano y el humilde hogar de la gente sencilla.

(ii) Dios no tuvo vergüenza en hacer el trabajo humano. Vino al mundo como un obrero. Jesús fue el carpintero de Nazaret. Nunca nos daremos cuenta suficientemente de lo maravilloso que es que Dios entienda nuestro trabajo cotidiano. Él sabe lo difícil que es muchas veces ganarse la vida y ajustarse a un salario, tratar con ciertos clientes y con los morosos. Conoció por propia experiencia las dificultades de la convivencia en el seno de una familia numerosa y los problemas que nos asedian en el trabajo de cada día. Según el Antiguo Testamento, el trabajo excesivamente duro e improductivo es una consecuencia del pecado (Gen_3:19 ); pero en el Nuevo Testamento el trabajo ordinario se reviste de gloria porque Dios lo ha asumido en Jesús.

(iii) Dios sabe lo que es sufrir la tentación. La vida de Jesús nos presenta, no la serenidad, sino la lucha de Dios. Era fácil imaginarse a Dios viviendo en una serenidad y paz que no podían alterar las tensiones de este mundo; pero Jesús nos muestra a Dios pasando por todas nuestras angustias. Dios no es como un general que dirige a su ejército desde una posición cómoda y segura, sino que está con nosotros en primera línea.

(iv) En Jesús vemos a Dios amándonos. Cuando hay amor, se siente el dolor. Si nos pudiéramos mantener absolutamente distantes; si pudiéramos organizar la vida de tal manera que nada ni nadie nos importara, no habría tal cosa como tristeza, dolor o ansiedad. Pero en Jesús vemos a Dios preocupándose intensamente, anhelando relacionarse con la humanidad, sintiendo entrañablemente por y con las personas, amándolas hasta el punto de llevar en Su corazón las heridas del amor.

(v) En Jesús vemos a Dios en la Cruz. No hay nada más increíble en el mundo. Es fácil imaginarse a un dios que condena a la gente; y más aún a un dios que, si las personas se le oponen, las elimina. Nadie habría soñado con un Dios que eligió la Cruz para salvar a la humanidad.

«¡El que Me ha visto ha visto al Padre!» Jesús es la Revelación de Dios, por mucho que esa Revelación inunde la inteligencia humana de sorpresa y de admiración increíble.

Jesús pasa a decir otra cosa. La absoluta unicidad de Dios era algo que los judíos nunca podrían olvidar. Los judíos eran monoteístas a ultranza. El peligro de la fe cristiana es colocar a Jesús como una especie de dios secundario; pero el mismo Jesús insistía en que lo que Él decía y hacía no era el producto de Su propia iniciativa y capacidad, sino que lo decía y hacía el mismo Dios. Sus palabras eran la voz de Dios hablando a la humanidad; Sus obras eran el resultado del poder de Dios fluyendo a través de Él para alcanzar a las personas. Él era realmente el canal por el que Dios venía a la humanidad.

Vamos a tomar dos analogías sencillas e imperfectas de la relación entre maestro y alumno. El doctor Lewis Muirhead decía del gran expositor cristiano A. B. Bruce que «la gente venía a ver en el hombre la gloria de Dios.» Un maestro tiene la responsabilidad de transmitir algo de la gloria de su asignatura a sus alumnos; y el que enseña acerca de Jesucristo puede, si es lo bastante consagrado, transmitir la visión y la presencia de Dios a sus estudiantes. Eso es lo que hacía A. B. Bruce; y, en un grado infinitamente mayor, es lo que hacía Jesús. El vino a transmitir a la humanidad la gloria y el amor y la presencia y la visión de Dios.

Y aquí tenemos otra analogía. Un profesor transmite a sus estudiantes, no sólo lo que sabe, sino, principalmente, lo que es, algo de sí mismo. Muchas veces descubrimos en el joven investigador o profesor la impronta del que fue clave en su formación; y lo mismo en el joven predicador, no sólo las ideas, sino también los gestos y formas de expresión del pastor al que ha amado y bajo cuyo ministerio se ha formado, hasta tal punto que a veces nos parece estar escuchando o viendo ministrar al pastor anterior. Y eso se nota tanto más cuanto más estrecha y entrañable haya sido la relación entre el profesor y el estudiante, o entre el pastor y el creyente. Y esto resulta mucho más fácil de detectar, como es natural, en el caso de padres y madres e hijos e hiSantiago

Esa fue y es la influencia de Jesús, pero en un grado incalculablemente mayor. Él trajo a la humanidad el acento y el mensaje y la mente y el corazón de Dios.

Debemos recordar de cuando en cuando que Dios está en todo. No fue una expedición que Él escogiera la que hizo Jesús al mundo. No lo hizo para suavizar el duro corazón de Dios. Vino porque Dios Le envió, porque de tal manera amó al mundo. Detrás de Jesús, y en Él, estaba Dios.

Jesús siguió haciendo una declaración y ofreciendo una prueba basada en Sus palabras y en Sus obras.

(i) Él proponía que se Le sometiera a la prueba de lo que decía. Es como si Jesús dijera: «Cuando Me escucháis a Mí, ¿es que no os dais cuenta en seguida de que lo que estoy diciendo es la verdad de Dios?» Las palabras de los genios son autoevidentes. Cuando leemos a un gran poeta no podemos decir en la mayoría de los casos por qué es tan bueno y por qué nos conquista el corazón. Puede que analicemos su técnica; pero, a fin de cuentas, hay algo que desafía al análisis pero que se puede reconocer inmediatamente. Eso y más es lo que nos sucede con las palabras de Jesús. Cuando las oímos o leemos, no podemos por menos de decirnos: «¡Si todo el mundo viviera de acuerdo con estos principios, qué diferente sería el mundo! Y si yo pudiera vivir de acuerdo con estos principios, ¡qué diferente sería yo!»

(ii) Él proponía que se Le sometiera a la prueba de sus obras. Le dijo a Felipe: «Si no podéis creer en Mí por lo que Yo os digo, sin duda os dejaréis convencer por lo que Yo puedo hacer.» Esa era la misma respuesta que Jesús le envió a Juan el Bautista cuando éste Le envió mensajeros que Le preguntaran si era Él, Jesús, el Mesías, o si tendrían que seguir esperando a otro. «Id -les dijo Jesús-, y contadle a Juan lo que está sucediendo, y eso le convencerá» (Mat_11:1-6 ). La prueba definitiva de que Jesús es el Que es es que ningún otro ha conseguido jamás hacer buenos a los que eran malos.

Lo que Jesús le dijo a Felipe fue, en resumen: «¡Escúchame! ¡Mírame! ¡Y cree en mí!» Y todavía, la manera de llegar a ser cristiano no es discutir acerca de Jesús, sino escucharle y mirarle. Si así lo hacemos, Su impacto personal nos obligará a creer que Él es el Salvador del mundo, y nuestro propio y suficiente Salvador personal.

LAS TREMENDAS PROMESAS

Juan 14:12-14

-Esto que os digo es la pura verdad-siguió diciéndoles Jesús a Sus discípulos-: el que crea en Mí hará las obras que Yo hago, y aun mayores que éstas; porque Yo voy al Padre, y haré todo lo que pidáis en Mi nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si pedís alguna cosa en Mi nombre, Yo la haré.

No es fácil encontrar promesas que sean mejores que las dos de este pasaje. Pero son de tal naturaleza que debemos tratar de entenderlas. Si no, la vida nos desilusionará.

(i) La primera es que Jesús dijo que Sus discípulos harían lo que Él hacía, y aun mayores cosas. ¿Qué quería decir?

(a) Está fuera de toda duda que la Iglesia Primitiva tenía poder para realizar curaciones. Pablo enumera entre otros dones que se daban en la Iglesia el de sanidad(] Corintios 12:9, 28, 30). Santiago exhortaba a que, cuando un cristiano estuviera enfermo, llamará a los ancianos de la iglesia para que oraran por él ungiéndole con aceite, y sanaría (Jam_5:14 ). Pero está claro que no era eso solo lo que quería decir Jesús; porque, aunque se pudiera decir que la Iglesia Primitiva hacía las mismas cosas que Jesús, no se podría decir que las hacía aún mayores

(b) Conforme ha ido pasando el tiempo, la humanidad ha ido conquistando la enfermedad. Los médicos y los cirujanos tienen poderes que el mundo antiguo habría considerado mi- lagrosos y hasta divinos. Los cirujanos con sus nuevas técnicas, los médicos con sus nuevos tratamientos y medicinas maravillosas pueden realizar ahora las curas más sorprendentes. Aún queda mucho camino por recorrer; pero, una tras otra, se han ido abatiendo las fortalezas del dolor.

Lo más sorprendente de todo esto es que ha sido el poder y la influencia de Jesucristo lo que lo ha producido. ¿Por qué habíamos de esforzarnos en salvar a los débiles, a los enfermos y a los moribundos, a todos los que tienen el cuerpo dañado o la mente trastornada? ¿Por qué los intelectuales y los científicos se han sentido movidos, y hasta impulsados, a dedicar sus vidas y esfuerzos, muchas veces hasta arruinando su salud y perdiendo su vida, para encontrar curas para la enfermedad y remedios para el sufrimiento? La indudable respuesta es que, aunque no se dieran cuenta de ello, Jesús era el Que les estaba diciendo por medio de Su Espíritu: « Hay que ayudar y curar a estas personas. Tenéis que hacerlo. Es vuestra responsabilidad y vuestro privilegio el hacer todo lo que podáis por ellos.» Es el Espíritu de Cristo el Que ha estado impulsando la conquista de la enfermedad; y, en consecuencia, se pueden hacer cosas ahora que en tiempos de Jesús ni siquiera se habrían creído posibles.

(c) Pero todavía no hemos llegado al fondo. Recordad lo que Jesús hizo en los días de Su carne. No predicó nunca fuera de Palestina. Durante Su vida en la Tierra, el Evangelio no llegó ni a Europa. Él no conoció nunca la degradación moral de Roma. Aun Sus adversarios de Palestina eran hombres religiosos; los escribas y fariseos dedicaban sus vidas a la religión tal como ellos la entendían, y sin duda creían y practicaban la pureza de vida. No fue en Su tiempo cuando el Evangelio salió por un mundo en el que el matrimonio no se respetaba, el adulterio no era ni siquiera un pecado convencional y en los vicios más degradantes florecían como en una selva tropical.

Fue a ese mundo al que salieron los primeros cristianos, y lo ganaron para Cristo. Cuando el Cristianismo se convirtió en una cuestión de Números e influencia y cambio de poderes, los triunfos del mensaje de la Cruz fueron todavía mayores que los de Jesús en los días de Su carne. Era de una regeneración moral y de una victoria espiritual de lo que Cristo estaba hablando. Y Él dijo que aquello sería porque El iba al Padre. ¿Qué quena decir con eso? Pues que, en los días de Su carne, estaba limitado a Palestina; pero, después de morir y resucitar, fue liberado de las limitaciones de espacio y tiempo, y Su Espíritu pudo obrar poderosamente por todas partes.

(ii) En Su segunda promesa, Jesús dice que cualquier oración que se haga en Su nombre será concedida. Esto es al-go que nos interesa supremamente entender. Fijémonos con cuidado que Jesús no dijo que todo lo que pidiéramos se nos concedería, sino que todas las oraciones que hiciéramos en Su nombre se nos concederían. La prueba de una oración es: ¿Puedo hacerla en el nombre de Jesús? Nadie podría, por ejemplo, pedir una venganza, una ambición, algún objetivo indigno de un cristiano en el nombre de Jesús. Cuando oramos, debemos preguntarnos siempre: «¿Podemos hacer esta petición honradamente en el nombre de Jesús? La oración que supera esa prueba y que, al final dice, «Hágase Tu voluntad», siempre se contesta afirmativamente. Pero la que se basa en el yo no puede esperar que Dios la conceda.

EL AUXILIADOR PROMETIDO

Juan 14:15-17

-Si me amáis, guardad mis mandamientos; y Yo Le pediré al Padre que os dé otro Ayudador Que se quede con vosotros indefinidamente; Me refiero al Espíritu de la Verdad. El mundo no Le puede recibir, porque ni Le ve ni Le conoce; pero vosotros sí Le conocéis, porque está entre vosotros y estará dentro de vosotros.

Para Juan no hay más que una manera de demostrar el amor, y es la obediencia. Fue en Su obediencia como Jesús Le demostró al Padre que Le amaba; y en la nuestra como debemos demostrarle a Jesús nuestro amor. C. K. Barret dice: «Juan no deja nunca que el amor se convierta en un sentimiento de emoción. Su expresión es siempre moral, y se manifiesta en la obediencia.» Conocemos muy bien a los que hacen protestas de amor pero que, al mismo tiempo, producen dolor o angustia a los que pretenden aMarcos Hay jóvenes que dicen que aman a sus padres, y sin embargo les causan preocupaciones y ansiedad. Hay maridos que dicen que aman a sus mujeres, y esposas que dicen que aman a sus maridos, pero que, por su falta de consideración, mal genio o egoísmo, le hacen la vida imposible a su pareja. Para Jesús, el verdadero amor no es nada fácil. Se muestra sólo en la obediencia.

Pero Jesús no nos deja luchar solos en la vida cristiana. Dijo que nos mandaría otro Auxiliador. La palabra griega es paraklétos, que es imposible de traducir. La versión ReinaValera, y la de Scío, la traducen por Consolador, palabra que, aunque hay que reconocer que ha cambiado con el uso, no es una buena traducción. José María Bover, Valedor y Paráclito; y en nota, Abogado o Defensor. La Nueva Biblia Española pone abogado. Estudiando esta palabra podemos captar algo de las riquezas de la doctrina del Espíritu Santo. Literalmente quiere decir alguien que es llamado al lado de uno -como abogado « advocátus. Pero es el porqué es llamado lo que le da a la palabra distintas asociaciones. Los griegos la usaban en muchos contextos. Un paraklétos podía ser una persona llamada como abogada para defender a un acusado, y al que se le va a imponer una pena; podría también tratarse de un experto al que se llama para que aconseje en una situación difícil; o alguien a quien se llama para ayudar, por ejemplo, a una compañía de soldados que se encuentra deprimida y desanimada, infundiéndole nuevo ánimo. Siempre el paraklétos es alguien que se llama para que ayude en tiempos de dificultad o necesidad. Confortador, que es la palabra que se usa en las biblias clásicas inglesas desde Wycliff, sería en tiempos una buena traducción porque conservaba el sentido latino derivado de fortis, que quiere decir valiente; y un confortador, por consiguiente, era alguien que infundía valor a personas derrotadas o acobardadas o desanimadas (confortar = «dar vigor, espíritu y fuerza»; consolar = «aliviar la pena o aflicción de alguien,» D R.A E.). No cabe duda que el Espíritu Santo es Consolador; pero, no limitemos Su actividad lastimosamente. A menudo hablamos de poder con algo, y de no poder más. Esa es precisamente la labor del Espíritu Santo: suprime nuestra incapacidad y nos capacita para poder con la vida. El Espíritu Santo transforma una situación desesperada en una vida victoriosa.

Así es que Jesús está diciendo: «Os encargo una dura tarea y os mando a una misión difícil; pero voy a enviaros a Alguien, el Paraklétos, Que os guiará a lo que debéis hacer y os capacitará para hacerlo.»

Jesús prosiguió diciendo que el mundo no puede reconocer al Espíritu. Por mundo se entiende la parte de la humanidad que vive como si no hubiera Dios. La punta de las palabras de Jesús es que no se puede ver más que lo que se está preparado para ver. Un astrónomo ve mucho más en los cielos que uno que no lo es. Un botánico ve mucho más que otro cualquiera en un seto. Uno que entiende algo de arte ve mucho más en un cuadro que otro que no entienda nada. Uno que sepa algo de música sacará mucho más de un concierto que otro que no sepa nada. Siempre lo que vemos o experimentamos depende de lo que ya aportamos a la experiencia o a la contemplación. Una persona que ha eliminado a Dios de su vida nunca Le puede ver ni oír. No podremos recibir el Espíritu Santo a menos que esperemos Su venida con anhelante expectación y oración.

El Espíritu Santo no entra en ningún corazón rompiendo la puerta; espera a que se Le abra. Cuando pensamos en las maravillas que puede hacer el Espíritu Santo en nuestra vida, no nos cuesta apartar un tiempo en el ajetreo de la vida para aguardar Su venida en silencio.

EL CAMINO A LA COMUNIÓN Y A LA REVELACIÓN

Juan 14:18-24

No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros. Dentro de un poquito, el mundo dejará de verme definitivamente; pero vosotros sí Me veréis, porque Yo estaré vivo, y vosotros también. En aquel día sabréis que Yo estoy en el Padre y vosotros en Mí tanto como Yo en vosotros. El que de veras Me ama es el que se entera de Mis mandamientos y los cumple. Mi Padre amará a la persona que Me ame, y Yo también la amaré y Me revelaré a ella.

Entonces Le preguntó Judas, no el Iscariote sino otro:

-¿Por qué es eso de que Te vas a revelar a nosotros, pero no al mundo?

-La persona que Me ame -le contestó Jesús-, hará caso de Mi palabra; y el Padre la amará, y vendremos a ella y moraremos con ella. La persona que no Me ame, tampoco hará caso de Mis palabras. Esto que Me estáis oyendo no es cosa Mía, sino que pertenece al Padre Que Me envió.

Ahora ya los discípulos no podían por menos de sentirse acechados por augurios de tragedia. Pero Jesús les dijo: «No os dejaré desvalidos.» La palabra en griego es órfanos, de la que viene la española con el mismo sentido: literalmente sin padre; pero también se aplicaba a situaciones de desamparo y falta de protección; se usa de los discípulos o estudiantes privados de la presencia y enseñanza de un querido maestro. Platón dice que, cuando murió Sócrates, sus discípulos pensaban que se tendrían que pasar el esto de la vida como niños abandonados o privados de un padre, y no sabían qué hacer. Pero Jesús les dijo a Sus discípulos que ese no sería su caso. «Volveré a vosotros,» les dijo.

Se refería a Su Resurrección y a Su presencia espiritual. Los discípulos Le verían, porque Él estaría vivo y ellos también. Lo que Él quería decirles era que ellos estarían espiritualmente vivos. De momento estaban confundidos y apabullados por el presentimiento de la inminente tragedia; pero llegaría el día en que se les abrirían los ojos -y entonces Le verían de veras. Eso fue exactamente lo que les sucedió cuando Jesús resucitó. Su resurrección cambió la desesperación en esperanza, y fue entonces cuando reconocieron, sin la menor sombra de duda, que Él era el Hijo de Dios.

En este pasaje Juan sigue barajando algunas ideas que nunca están lejos de su pensamiento.

(i) Primero y principalmente, está el amor. Para Juan el amor es la base de todas las cosas. Dios ama a Jesús; Jesús ama a Dios; Dios ama a la humanidad; Jesús ama a la humanidad; la humanidad ama a Dios por medio de Jesús; los seres humanos se aman unos a otros; el Cielo y la Tierra, la humanidad y Dios, las personas entre sí… todo está enlazado con el vínculo del amor.

(ii) Una vez más Juan subraya la necesidad de la obediencia, que es la única prueba del amor. Fue a los que Le amaban a los que Se apareció Jesús cuando resucitó, no a los escribas y fariseos y los demás adversarios.

(iii) Este amor obediente y confiado conduce a dos cosas. La primera, a la seguridad absoluta. El día del triunfo de Jesús, los que hayan estado unidos a Él por el amor obediente estarán a salvo en un mundo que se hunde. La segunda, a una Revelación cada vez más plena. La Revelación de Dios es algo costoso. Siempre tiene una base moral; es a la persona que cumple Sus mandamientos a la que Se revela Cristo. Una persona mala jamás podrá recibir la Revelación de Dios. Puede que Dios la use; pero no puede tener comunión con Él. Dios sólo se revela a los que Le buscan. Y es sólo a la persona que, a pesar de sus fracasos, se eleva hacia Dios, a la que Dios desciende. La comunión con Dios y la Revelación de Dios dependen del amor; y el amor depende de la obediencia. Cuanto más obedecemos a Dios, mejor Le entendemos; y la persona que anda por Sus caminos no puede por menos de caminar con Él.

EL LEGADO DE CRISTO

Juan 14:25-31

-Os he dicho estas cosas aprovechando que estoy todavía con vosotros. El Ayudador, Que es el Espíritu Santo al Que el Padre mandará en Mi nombre, os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho. Os dejo la paz, Mi paz. Yo no os la doy como la da el mundo. No dejéis que se os inquiete o atemorice el corazón. Me habéis oído deciros: Me voy, y vuelvo a vosotros. Si Me amáis, os alegraréis de que Me voy con Mi Padre; porque el Padre es más grande que Yo. Y os he dicho esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis. Ya no os diré mucho más, porque viene el príncipe de este mundo, que no tiene nada que ver conmigo. Su intervención no hará más que hacer que el mundo se dé cuenta de que Yo amo al Padre y hago lo que el Padre Me ha mandado. Venga, levantaos; vámonos.

Este es un pasaje lleno de verdades hasta rebosar. En él Jesús nos habla de cinco cosas.

(i) Nos habla de Su Colega, el Espíritu Santo, y nos dice un par de cosas básicas acerca de Él.

(a) El Espíritu Santo nos enseñará todas las cosas. Hasta el fin de su camino, el cristiano es un aprendiz; porque hasta el fin de su camino el Espíritu Santo le guía a mayores y mayores profundidades de la verdad de Dios. El creyente cristiano no tiene disculpa para tener una mente cerrada. El cristiano que piensa que ya no tiene más que aprender es un cristiano que ni siquiera ha empezado todavía a entender lo que quiere decir la doctrina del Espíritu Santo.

(b) El Espíritu Santo nos recordará lo que ha dicho Jesús. Esto quiere decir dos cosas. l.- En materia de fe, el Espíritu Santo nos trae a la mente constantemente las cosas que dijo Jesús. Tenemos la obligación de pensar; pero tenemos que confrontar todas nuestras conclusiones con las palabras de Jesús. No es tanto la verdad lo que tenemos que descubrir, porque Él ya nos dijo la verdad; lo que tenemos que descubrir es lo que quiere decir esa verdad. El Espíritu Santo nos salva de la arrogancia y del error en nuestro pensar. 2.- El Espíritu Santo nos mantendrá a salvo en materia de conducta. Casi todos nosotros tenemos esta clase de experiencia de la vida: estamos tentados a hacer algo que está mal y, a punto de hacerlo, nos vuelve a la mente un dicho de Jesús, el versículo de un Salmo, el recuerdo de Jesús, las palabras de alguien a quien amamos y admiramos o la enseñanza que recibimos cuando éramos pequeños. En el momento de peligro, estas cosas aparecen sin que sepamos cómo en nuestra mente: es la acción del Espíritu Santo.

(ii) Jesús habla de Su don, el don de Su paz. En el Antiguo Testamento la palabra para paz es shalóm, que nunca quiere decir simplemente la falta de problemas, sino todo lo que contribuye a nuestro bienestar total y bien supremo. La paz que el mundo nos ofrece es la de la evasión, la que viene de evitar los problemas o de no arrostrar las responsabilidades. La paz que Jesús nos ofrece es la de la victoria: ninguna experiencia de la vida nos la puede quitar, ni ningún pesar ni peligro ni sufrimiento nos la puede ensombrecer. Es independiente de todas las circunstancias exteriores.

(iii) Jesús habla de Su destino: vuelve a Su Padre; y dice que, si Sus discípulos Le aman de veras, se alegrarán. Iba a ser liberado de las limitaciones de este mundo, y a ser restituido a Su gloria. Si captamos de veras la verdad del Evangelio, nos alegraremos siempre que los que amamos se vayan para estar con Dios. Eso no es decir, desde luego, que no debemos sentir la punzada de la separación y de la pérdida temporal; pero, pese al dolor y a la soledad, debemos alegrarnos de que, después de las dificultades y pruebas de la Tierra, los que arpamos han ido a algo mejor. No debemos nunca ver con malos ojos el que hayan entrado en su descanso; porque debemos recordar que han entrado, no en la muerte, sino en la verdadera vida.

(iv) Jesús habla de Su lucha. La Cruz era Su batalla final con los poderes del mal; pero Jesús no tenía miedo, porque sabía que el mal no tenía ningún poder decisivo sobre El. Iba a la muerte con la seguridad, no de la derrota, sino de la victoria definitiva.

(vi) Habla de Su vindicación. De momento la humanidad no vería en la Cruz nada más que humillación y vergüenza; pero llegaría la hora cuando vería Su obediencia a Dios y Su amor a la humanidad. Las mismas cosas que eran la clave de la vida de Jesús encontraron su suprema expresión en la Cruz.

Juan 14:1-31

14.1-3 Las palabras de Jesús muestran que el camino a la vida eterna, a pesar de ser invisible, es seguro. Es tan seguro como lo es su confianza en Jesús. El ya ha preparado el camino a la vida eterna. El único asunto que tal vez quede sin resolver es su voluntad de creer.

14.2, 3 Hay unos pocos versículos en las Escrituras que describen la vida eterna, pero estos pocos están llenos de promesas. Aquí Jesús dice: «Voy, pues, a preparar lugar para vosotros», y «vendré otra vez». Podemos aguardar con expectativa la vida eterna porque Jesús la ha prometido a todo aquel que cree en El. Aunque los detalles de la eternidad se desconozcan, no es necesario que temamos porque Jesús está haciendo los preparativos y pasará la eternidad con nosotros.

14.5, 6 Este es uno de los pasajes más básicos e importantes de las Escrituras. ¿Cómo conoceremos el camino hacia Dios? Unicamente a través de Jesús. El es el camino porque es a la vez Dios y Hombre. Al unir nuestras vidas a la de El, nos unimos con Dios. Confíe que Jesús lo llevará al Padre y que todos los beneficios de ser hijo de Dios serán suyos.

14.6 Por ser el camino, Jesús es nuestra senda al Padre. Por ser la verdad, es la realidad de todas las promesas de Dios. Por ser la vida, une su vida divina a la nuestra, tanto ahora como eternamente.

14.9 Jesús es la imagen visible, tangible, del Dios invisible. Es la revelación completa de lo que es Dios. Jesús explicó a Felipe, el que deseaba ver al Padre, que conocerlo a El equivalía a conocer a Dios. La búsqueda de Dios, de la verdad y de la realidad, conducen a Cristo. (Véanse también Col_1:15; Heb_1:1-4.)

14.12, 13 Jesús no dice que sus discípulos harían milagros más asombrosos. ¿Qué milagro puede ser más asombroso que la resurrección? Más bien significaba que los discípulos, obrando mediante el poder del Espíritu Santo, llevarían el evangelio del Reino de Dios desde Palestina hasta todo el mundo.

14.14 Cuando Jesús dice que podemos pedir lo que sea, debemos recordar que nuestra petición debe ser en su nombre; es decir, de acuerdo con el carácter y la voluntad de Dios. Dios no concederá peticiones contrarias a su naturaleza o a su voluntad, y no podemos usar su nombre como fórmula mágica para satisfacer nuestros deseos egoístas. Si seguimos a Dios con sinceridad y procuramos hacer su voluntad, nuestras peticiones estarán en línea con lo que El desea y las concederá. (Véanse también 15.16; 16.23.)

14.15, 16 Jesús pronto iba a dejar a sus discípulos, pero seguiría con ellos. ¿Cómo podía ser esto? El Consolador, el Espíritu mismo de Dios, vendría después que Jesús se marchase para cuidar y guiar a los discípulos. El poder regenerador del Espíritu vino sobre los discípulos antes de la ascensión de Jesús (20.22) y se derramó sobre los creyentes en Pentecostés (Hechos 2), poco después que Jesús ascendiese al cielo. El Espíritu Santo es la presencia misma de Dios en nosotros y en todos los creyentes, que nos ayuda a vivir como Dios quiere y a edificar la Iglesia de Cristo sobre la tierra. Por fe podemos apropiarnos del poder del Espíritu cada día.

14.16 La palabra que se traduce Consolador combina las ideas de consuelo y consejo. El Espíritu Santo es una persona poderosa que está de nuestra parte, obrando por nosotros y con nosotros.

14.17ss Los siguientes capítulos enseñan estas verdades acerca del Espíritu Santo: estará con nosotros para siempre (14.16); el mundo en general no puede recibirlo (14.17); mora con nosotros y está en nosotros (14.17); nos enseña (14.26); nos recuerda las palabras de Jesús (14.26; 15.26); nos convence de pecado, nos muestra la justicia de Dios y anuncia que Dios juzgará la maldad (16.8); nos guía a la verdad y nos comunica las cosas que vendrán (16.13); glorifica a Cristo (16.14). El Espíritu Santo se ha mantenido activo entre las personas desde el principio de los tiempos, pero después de Pentecostés (Hechos 2) vino a vivir en todos los creyentes. Hay muchas personas que no se percatan de las actividades del Espíritu Santo; pero a quienes oyen las palabras de Cristo y entienden el poder del Espíritu, El les da una manera totalmente nueva de ver la vida.

14.18 Cuando Jesús dijo: «vendré a vosotros», lo decía de verdad. Aunque Jesús ascendió al cielo, envió al Espíritu Santo a vivir en los creyentes, y tener al Espíritu Santo equivale a tener a Jesús mismo.

14.19-21 A veces la gente quisiera conocer el futuro a fin de prepararse para lo que ha de ser. Dios no ha querido darnos este conocimiento. Solo El sabe lo que sucederá, pero nos dice todo lo que tenemos que saber para prepararnos para el futuro. Cuando vivimos según sus normas, El no nos abandonará; vendrá a nosotros, estará en nosotros y se nos manifestará. Dios sabe lo que sucederá y, como El estará con nosotros en todo momento, no debemos temer. No es necesario que conozcamos el futuro para tener fe en Dios: debemos tener fe en El para estar seguros acerca del futuro.

14.21 Jesús dijo que sus seguidores demuestran amor por El al obedecerlo. El amor no es solo bellas palabras; es compromiso y conducta. Si ama a Cristo, demuéstreselo obedeciendo lo que dice en su Palabra.

14.22, 23 Como los discípulos seguían esperando que Jesús estableciese un reino terrenal y derrocase a Roma, les resultaba difícil entender por qué no le decía al mundo en general que El era el Mesías. Sin embargo, no todos podían entender el mensaje de Jesús. Desde Pentecostés, el evangelio del Reino se ha proclamado en el mundo entero y aun así no todos son receptivos al mismo. Jesús guarda las revelaciones más profundas de su persona para quienes lo aman y le obedecen.

14.26 Jesús prometió a los discípulos que el Espíritu Santo los ayudaría a recordar lo que El les enseñó. Esta promesa asegura la validez del Nuevo Testamento. Los discípulos fueron testigos de la vida y las enseñanzas de Jesús, y el Espíritu Santo los ayudó a recordar sin omitir sus perspectivas individuales. Podemos confiar en que los Evangelios narran muy bien lo que Jesús enseñó e hizo (véase 1Co_2:10-14). El Espíritu Santo puede ayudarnos de la misma manera. Al estudiar la Biblia, podemos confiar que El plantará la verdad en nuestra mente, nos convencerá de la voluntad de Dios y nos la recordará cuando nos apartemos de ella.

14.27 El resultado final de la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas es una paz profunda y duradera. A diferencia de la paz del mundo, cuya definición suele ser ausencia de conflicto, esta paz es una confiada seguridad en cualquier circunstancia; con la paz de Cristo, no tenemos por qué temer al presente ni al futuro. Si su vida está cargada de tensión, permita que el Espíritu Santo lo llene de la paz de Cristo (véase Phi_4:6-7 para saber más respecto a experimentar la paz de Dios).

14.27-29 El pecado, el temor, la inseguridad, la duda y muchas otras fuerzas están en guerra en nosotros. La paz de Dios entra a nuestros corazones a fin de frenar estas fuerzas hostiles y ofrecer consuelo en lugar de conflicto. Jesús dice que nos dará esa paz si estamos dispuestos a aceptarla.

14.28 En su condición de Dios el Hijo, Jesús se somete voluntariamente a Dios el Padre. En la tierra, Jesús también se sometió a muchas de las limitaciones físicas de su humanidad (Phi_2:6).

14.30, 31 A pesar de que Satanás, el príncipe de este mundo, no pudo vencer a Jesús (Mateo 4), muchas veces tuvo la arrogancia de intentarlo. El poder de Satanás solo existe porque Dios le permite actuar. Pero como Jesús está libre de pecado, Satanás no tiene autoridad sobre El. Si obedecemos a Jesús y nos alineamos bien con los propósitos de Dios, Satanás no puede ejercer autoridad sobre nosotros.

14.31 «Levantaos, vamos de aquí» sugiere que los hechos de los capítulos 15-17 tal vez sucedieron camino al huerto de Getsemaní. Otro punto de vista es que Jesús pedía a sus discípulos que se preparasen para dejar el aposento alto, pero en realidad no lo hicieron hasta 18.1.

Juan 14:1-3

En este pasaje se nos ofrece, primeramente, un eficaz remedio contra una enfermedad muy antigua. La turbación de corazón es la enfermedad: el remedio es la fe.

La turbación de corazón es uno de los achaques más comunes. Ninguna clase social, ninguna raza está exenta de él. Debido en parte, a causas externas, en parte a causas internas; ya a afecciones del cuerpo, ya a afecciones de la mente; ora a lo que amamos, ora a lo que temernos, la peregrinación de la vida es afanosa.

Aun los mejores cristianos tienen que apurar muchos cálices de amargura antes de llegar a la gloria.

La fe en nuestro Señor Jesucristo es el mejor bálsamo para los corazones atribulados. Creer con más firmeza, y confiar en sus promesas de una manera más absoluta–he aquí la receta que el Maestro recomendó a sus discípulos. Es bien seguro que los miembros de la pequeña compañía que se participó de la última cena habida creído ya. Ellos habían probado la sinceridad de su fe abandonándolo todo por Jesucristo. Sin embargo, ¿qué les dijo nuestro Señor? Les dijo lo que les había encarecido desde el principio: que creyeran, que creyeran en él.

No olvidemos jamás que hay varios grados de fe, y que existe una gran diferencia entre los creyentes firmes y los creyentes débiles. La fe más débil une el hombre a Cristo de tal manera que aquel puede salvarse, y por lo tanto no es de despreciarse; pero no le comunica esa tranquilidad interna que siente el que posee una fe firme. El defecto de los creyentes débiles es que sus ideas son vagas y sus percepciones confusas. No comprenden con claridad qué creen y porqué creen. Como Pedro en el lago, necesitan fijarse más en Jesús y menos en las olas y en el viento. Escrito está: « Guardarás paz, paz; porque en ti se ha confiado.» Isa_26:3.

En estos versículos, en segundo lugar, se nos presenta en breves palabras una descripción del cielo.

El cielo es la «mansión del Padre,» la mansión del Dios al cual se refirió Jesús cuando dijo: «Voy a mi Padre y a vuestro Padre.» El cielo es, en una palabra, un hogar: el hogar de Cristo y de los cristianos. Esta es una expresión dulce y tierna. El hogar, como es bien sabido, es el lugar donde se nos ama por puro afecto, y no a causa de nuestros dotes o de nuestros bienes; el lugar donde se non ama hasta el fin, donde jamás nos olvidan y siempre nos dan la bienvenida. Los creyentes en esta vida son peregrinos en tierra extraña. En la vida venidera habitarán en su hogar.

El cielo es un lugar de muchas moradas, de moradas duraderas, permanentes, eternas. Allí habrá asilo para toda clase de de creyentes, para los pequeños así como para los grandes; para los más débiles así como para los más firmes. Solo los pecadores impenitentes y los incrédulos obstinados quedarán fuera.

El cielo es un lugar donde Jesucristo mismo estará presente. «Para que donde Yo estoy, vosotros también estéis.» No, no estaremos solos y abandonados: nuestro Salvador, nuestro Hermano mayor, nuestro Redentor, que nos amó y dio su vida en rescate de las nuestras, estará para siempre con nosotros. En cuánto a qué cosas y a quiénes veremos en el cielo, no podemos en este mundo formarnos una idea adecuada. Pero podemos sí estar ciertos de que veremos a Cristo.

En este pasaje se nos presenta, por último, una razón sólida en qué fundar nuestras esperanzas de futuras bendiciones. Nuestro espíritu de incredulidad nos arrebata muchas veces el consuelo que acerca del cielo debiéramos tener, y nos hace decir entre nosotros: « Ojalá que pudiéramos pensar que todo es cierto: mucho nos tememos de que no seremos recibidos en el cielo.» Examinemos lo que Jesús nos dice para alentarnos.

Una de sus expresiones es esta: «Yo voy a aparejaros el lugar.» El cielo está preparado para un pueblo escogido: Cristo mismo lo ha preparado. Lo ha preparado yendo antes de nosotros como nuestro Jefe y nuestro Representante, y adquiriéndolo para todos los miembros de su cuerpo místico. Como Precursor nuestro ha ascendido llevando «cautiva la cautividad,» y ha erigido su trono en la morada de gloria. Lo ha preparado llevando nuestros nombres, en calidad de sumo sacerdote, hasta el santo de los santos y previniendo a los ángeles de nuestra llegada. Los que entren en el cielo verán que ni son desconocidos, ni se extraña su presencia.

Otra expresión consoladora es la siguiente: «Vendré otra vez y os tomaré a mí mismo.» a la manera que José fue a encontrar a Jacob, así Jesús vendrá a convocar a su pueblo y a conducirlo a su eterna mansión. Muy consolador es el pensar en la primera venida de Cristo, cuando habitó en el mundo y sufrió por los pecadores; ¡pero no es menos consolador el imaginarnos su segundo advenimiento, cuando descenderá a resucitar y a premiar a los justos!

Juan 14:4-11

Es de notarse en estos versículos cuánto mejor habla Jesús de los creyentes de lo que ellos hablan de sí mismos. El les dijo a sus discípulos que sabían a donde iba él, y conocían el camino. Y sin embargo Tomas exclama al punto: «No sabemos a dónde vas, ni conocemos el camino.» Esta contradicción, que es más aparente que real, exige una explicación.

Es verdad que, bajo cierto punto de vista, los conocimientos de los discípulos eran muy pequeños. Sabían muy poco antes de la crucifixión y de la resurrección, en comparación con lo que debían haber sabido y con lo que supieron el día de Pentecostés. Grande y sorprendente era su ignorancia acerca del fin que se había propuesto nuestro Señor al Teñir a la tierra, y acerca del verdadero significado de su pasión y muerte. Se habría podido decir con razón que no sabían sino en parte, y que eran niños en inteligencia.

Y sin embargo, bajo otro punto de vista los conocimientos de los discípulos eran vastos. Ellos sabían más que la gran mayoría de la nación judía, y aceptaban verdades que los escribas y fariseos rechazaban de un todo. Comparados con los que los rodeaban eran hombres ilustrados, en el sentido más elevado de la palabra. Sabían y creían que su Maestro era el Mesías prometido, el Hijo del Dios vivo; y que creer en él era dar el primer paso hacia el cielo. Todo mérito es relativo: en vez de menospreciar a los discípulos a causa de su ignorancia, cuidemos de no formar un juicio errado acerca de su saber. Sabían más de lo que ellos mismos se figuraban.

Observemos, en segundo lugar, qué gloriosos títulos se dio a si mismo nuestro Señor. «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida,» dijo él. Acaso el hombre no alcanzará jamás a comprender de lleno estas palabras. Cualquiera examen que de ellas se haga tiene por fuerza que ser muy somero.

Jesucristo es « el camino»–el camino que conduce al cielo. No es solamente guía, maestro y legislador como Moisés; sino también el camino por el cual podemos acercarnos a Dios. Por medio de la expiación hecha en la cruz, El abrió el camino que conduce al árbol de la vida y que había sido cegado cuando cayeron Adán y Eva.

Jesucristo es «la verdad,» es decir, toda la esencia de esa religión verdadera que exige el entendimiento humano. Sin él los paganos más sabios anduvieron a tientas en medio de las tinieblas, y no llegaron jamás a conocer a Dios. Antes de su venida aun los mismos judíos veían la verdad espiritual como al través de oscuro prisma, y no percibían con claridad el significado de los símbolos, emblemas y ceremonias cíe la ley Mosaica. Cristo es la verdad y satisface todo deseo, todo anhelo, toda aspiración de la mente humana.

Jesucristo es «la vida:» mediante El es que el pecador puede recibir el perdón y obtener un título para recibir el don de la vida eterna. El es, además, la fuente de la vida espiritual y de la santidad del creyente, y por él es que éste tiene seguridad de su resurrección. El que cree en Cristo tiene vida eterna. él que se adhiere a la vid, producirá mucho fruto. El que confía en él, aunque, estuviere muerto, vivirá.

Notemos, en tercer lugar, cuan expresamente excluye Jesucristo todo medio de salvación que no sea d señalado en el Evangelio. «Nadie viene al Padre,» dijo El, «sino por mí..

De nada sirve al hombre ser inteligente, ilustrado, amable, caritativo, de buen corazón, y celoso en materias religiosas, si no se acercare a Dios implorando la mediación de su Hijo. Dios es tan santo que a sus ojos todos los hombres son culpables, y el pecado es en sí mismo tan malo que ningún hombre puede expiarlo. Es preciso que haya entre Dios y nosotros un medianero, un redentor–de lo contrario no podremos jamás ser salvos. No hay sino un Juez de paz entre la tierra y el cielo: el Hijo crucificado de Dios. El que entrare por la puerta que él abre se salvará; pero al que rehusare entrar por ella la Biblia no ofrece esperanza alguna. Sin derramamiento de sangre no hay remisión.

Debemos notar, por último, cuan estrecha y misteriosa es la unión de Dios Padre y Dios Hijo. Por cuatro veces se nos repite esta verdad en palabras inequívocas. «Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais.» «El que me ha visto, ha visto al Padre.» «Yo soy en el Padre, y el Padre en mí.» «El Padre que está en mí, él hace las obras..

Expresiones como estas son profundamente misteriosas. No es posible sondear su significado, nuestro entendimiento no alcanza a comprenderlo, el lenguaje humano no alcanza a expresarlo. No pudiendo explicar, debemos contentarnos con creer; no pudiendo interpretar, debemos contentarnos con admirar y reverenciar. Bástenos saber que el Padre es Dios, y el Hijo es Dios, y que, sin embargo, son uno en sustancia, aunque distintos en persona.

No obstante, debe consolarnos la verdad de que Jesucristo es verdadero Dios de verdadero Dios, igual en todo al Padre y Uno con él. El que nos amó hasta el extremo de derramar su sangre por nosotros en la cruz, no es mero hombre como nosotros, mas es Dios sobre todos, bendito para siempre. Aunque nuestros pecados fueren como la grana, él puede emblanquecerlos como la nieve.

Juan 14:12-17

En estos versículos se nos presenta un ejemplo que demuestra hasta que punto se compadecía nuestro Señor de sus discípulos por su debilidad. Percibiendo que estaban afligidos y angustiados ante la perspectiva de quedar solos en el mundo, les hizo tres promesas que debieron llenarlos de consuelo.

La primera tenía referencia a las obras que los cristianos pueden hacer. «El que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará, y mayores que estas hará; porque yo voy a mi Padre..

No creemos que estas palabras puedan ser aplicadas primariamente a los milagros que obraron los apóstoles después de la ascensión de Jesús. Los hechos contradirían esa opinión, puesto que no sabemos, por ejemplo, que apóstol alguno resucitara a un hombre de cuatro días de muerto. A lo que nuestro Señor aludió fue a la difusión del Evangelio que seria más extensa en tiempo de los apóstoles que en sus días, y al mayor número de conversiones que en consecuencia tendrían lugar. Que así sucedió lo sabemos por los hechos que se nos narran en los Actos de los Apóstoles. Ninguno de los sermones que Jesucristo predicó convirtió a tres mil personas en un solo día, como sucedió el de Pentecostés. «Mayores obras,» en breve, significa un número más crecido de conversiones. No cabe en lo posible ejecutar sobre la tierra una obra mayor que la de convertir una alma.

Admiremos la misericordia de nuestro Maestro en permitir que sus siervos tuvieran tan buen éxito; convenzámonos de que no es necesario para que su reino progrese que él esté siempre presente do una manera visible; estemos seguros de que nada hay imposible para el creyente en tanto que nuestro Señor interceda por él en el cielo; y trabajemos con fe y con esperanza aunque nos sintamos débiles y desamparados como los discípulos.

La segunda promesa es relativamente a lo que los cristianos pueden obtener por medio de la oración. Nuestro Señor dijo: «Todo lo que pidiereis en mi nombre, esto haré….» «Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré..

Estas palabras ofrecen un grande estímulo para el cumplimiento del sencillo pero importante deber de la oración. Ellas deben ser una fuente de consuelo para el que diariamente se postre ante Dios y le ore de todo corazón. Acaso esas plegarias sean débiles e imperfectas; mas si son ofrecidas en el nombre de Jesucristo, no son ofrecidas en vano. El es el Abogado y Medianero que tenemos con el Padre; y, si imploramos su intercesión, es seguro que cumplirá la promesa que nos ha hecho. Esto, por supuesto, es así siempre que lo que pidamos sea para bien de nuestras almas, y no para mero provecho temporal. «Todo,» y «algo,» en los versículos citados no incluyen riqueza y felicidad mundanas, cosas que siendo a veces para nuestro mal, nos son rehusadas por nuestro Señor.

¿Por qué es que muchos cristianos verdaderos obtienen tan pocas bendiciones? ¿Por qué es que en su marcha hacia el cielo riegan el camino de lágrimas y están constantemente llenos de zozobra y de temor? La contestación es sencilla: es que no piden a Dios lo que necesitan. La falta de vehemencia en los deseos sea la causa de la falta de entusiasmo en los hechos. Aquel servirá más a Jesucristo y se distinguirá más por su piedad que ora a Dios con perseverancia y con fervor.

La tercera promesa se refiere al Espíritu Santo. Nuestro Señor dijo: «Yo rogaré al Padre, el cual os dará otro Consolador..

De que esta sea la primera vez que se mencione al Espíritu Santo como don especial que Jesucristo concede a los creyentes, no vayamos a suponer que no fuera concedido a los justos del Antiguo Testamento. Lo que sí es cierto es que el Espíritu ejerció mayor influjo sobre los creyentes cuando empezó el reinado del Evangelio, y esa es la promesa que entraña el pasaje citado. Es, pues, útil examinar lo que acerca de El se nos dice.

Se nos dice indirectamente que es persona. Para aplicar las palabras en cuestión a un mero influjo o fuerza interior seria necesario torcer su significado.

Que es el Espíritu de verdad. Su función especial es aplicar la verdad a los corazones de los cristianos, guiar a estos hacia ella y santificarlos por su poder.

Que el mundo no lo recibe, porque no lo conoce. El hombre, en su estado natural, hace irrisión de sus operaciones. La convicción, el arrepentimiento, la fe, la esperanza, el temor y el amor que produce interiormente–todo esto es precisamente lo que el mundo no puede comprender de la religión cristiana.

Que los creyentes lo conocen porque está en ellos. Ellos saben qué sentimientos infunde y qué frutos produce, aunque no puedan explicar del todo su naturaleza o determinar al principio de donde provienen. Pero son lo que son, (criaturas trasformadas, luz del mundo, en comparación con los impenitentes) mediante la morada del Espíritu en sus corazones.

Dios concede su Santo Espíritu a la iglesia para que habitando con ella hasta el segundo advenimiento de nuestro Señor Jesucristo, provea entre tanto a todas las necesidades de los creyentes.

Estas son verdades de la mayor importancia. Cualquiera doctrina acerca de la iglesia, del clero, o de los sacramentos que tienda a ofuscar la gracia del Espíritu o a reducirla a una mera forma, debe rechazarse como error de funestas consecuencias. No estemos tranquilos hasta que no tengamos una convicción íntima de que ese Espíritu mora en nosotros. «Si algún no tiene el Espíritu de Cristo el tal no es de él.» Rom_8:9.

Juan 14:18-20

En este pasaje se nos enseña que él segundo advenimiento de Cristo es para especial consuelo de los creyentes. «No os dejaré huérfanos: yo vendré a vosotros..

Ahora bien, ¿á qué venida de Jesús se refirió? Justo es confesar que este es un punto sobre el cual los cristianos han tenido muchas disputas. Muchos hay que creen que se refiere a su venida al mundo cuando resucitó. Otros piensan que alude a su venida invisible hacia los corazones de su pueblo por medio de la gracia del Espíritu Santo. Otros a su venida espiritual el día de Pentecostés. Es de dudarse que alguna de estas opiniones pueda apoyarse en el sentido de la palabra «vendré..

Nosotros creemos que la voz citada se refiere al segundo advenimiento del Señor, al fin del mundo. La promesa es amplia, universal, hecha a los creyentes de todos los siglos, y no a los apóstoles solamente. Es semejante al anuncio que los ángeles hicieron a los discípulos después de la ascensión: «Este Jesús que ha sido tomado arriba de vosotros al cielo, así vendrá, como le habéis visto ir.» Es semejante a la promesa con la cual termina el libro de la Revelación: « Ciertamente vengo en breve.» Rev_22:20.

También se nos enseña en el pasaje arriba trascrito que la vida de Jesucristo garantiza la vida de los creyentes.

Entre Jesucristo y el verdadero cristiano existe una unión misteriosa pero indisoluble. El hombre que se adhiere a él por medio de la fe, queda en tan íntima relación con él como un miembro del cuerpo está relacionado con la cabeza. Siempre que Cristo viva él también vivirá. Para que muriera seria necesario que Cristo pudiese ser arrebatado del cielo y entregado a la muerte. Pero siendo Cristo Dios, esto es imposible que suceda. «Cristo habiendo resucitado de los muertos, ya no muere: la muerte no se enseñoreará más de él..

La vida de Cristo garantiza la continuación de la vida espiritual de los creyentes. Estos no caerán del todo, mas perseverarán hasta el fin. La naturaleza divina de que son partícipes, subsistirá para siempre. El germen incorruptible que existe dentro de ellos no será jamás destruido ni por el diablo ni por el mundo.

La vida de Cristo garantiza la resurrección de los creyentes. Así como él se levantó otra vez de entre los muertos, porque la muerte no pudo detenerlo un instante más del tiempo señalado, los cristianos también resucitarán el día que él los llame de sus tumbas. La victoria que ganó Jesús cuando hizo a un lado la piedra que lo cubría y salió del sepulcro, fue una victoria ganada para gloria de él y provecho de su pueblo.

El mundo en su indiferencia no alcanza a estimar en su debido valor los privilegios del cristiano, y no puede comprender por qué mi fortaleza es tan grande y por qué sus esperanzas acerca de la vida de ultratumba son tan risueñas. Y ¿por qué es? Porque está invisiblemente unido a un Salvador invisible que mora en los cielos. Cada hijo de Dios está imperceptiblemente ligado a la Roca de los Siglos. Cuando ese trono sea desquiciado, y solo entonces, debemos desesperar.

En este pasaje se nos enseña, finalmente, que los creyentes no tendrán pleno y perfecto conocimiento de las cosas divinas sino hasta el segundo advenimiento.

Nuestro Señor dijo: «Aquel día» (el de Su venida) « vosotros conoceréis que yo soy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros..

En esta vida no nos es dado saber sino muy poco. La caída de nuestro padre Adán ha corrompido nuestros entendimientos, nuestras conciencias, nuestros corazones y nuestras voluntades. Aun después de la conversión no percibimos la verdad sino como al través de oscuro prisma; y en ningún punto son nuestras ideas tan confusas como en lo que respecta a nuestra unión con Cristo, y a la de Cristo con el Padre.

Mas es un pensamiento que llena de alegría y de consuelo el de que cuando nuestro Señor venga otra vez los restos de nuestra ignorancia serán disipados.

Resucitados de entre los muertos, sacados de la oscuridad de este mundo, sin ser ya tentados por el demonio o por la carne, los creyentes se verán a sí mismos como han sido vistos y se conocerán como han sido conocidos.

Juan 14:21-26

En estos versículos se nos enseña que la mejor prueba de amor hacia Cristo es el guardar sus mandamientos.

El verdadero creyente no es el que puede disertar largamente o con lucidez sobre materias religiosas, sino el que obedece la voluntad de Cristo y sigue en el camino de la justicia. Los buenos sentimientos y los buenos deseos son inútiles si no van acompañados de las buenas acciones. Aun más, pueden hasta ser perjudiciales al alma, puesto que la conciencia, satisfecha con ellos, no se apercibe de la falta de éstas. Impresiones pasivas, esto es, impresiones que no conducen a la acción, paralizan y matan el corazón. La vida y los hechos son los que manifiestan si determinada persona posee o no la gracia. El hombre, que esté de veras iluminado por el Espíritu, seguirá una vida santa. Un ansioso cuidado acerca de nuestra índole, de nuestras palabras, de nuestros hechos, un esfuerzo constante de ajustar nuestra conducta a loa preceptos del Sermón en el Monte–he aquí la mejor prueba de que amamos a Cristo.

Mas es preciso no torcer el significado de ese pensamiento. No vayamos a suponer que si guardamos los mandamientos del Redentor nos hacemos por ese mismo acto merecedores de la salvación. Nuestras mejores obras están llenas de defectos. Cuando hayamos hecho todo lo que esté a nuestro alcance, seremos aún «siervos débiles e inútiles.» «Por gracia sois salvos por medio de la fe….no por obras.» Efes. 2:8. Pero mientras defendemos una verdad no debemos olvidar otra. La fe en Jesucristo debe ir acompañada de la obediencia a su santa voluntad. Lo que el Maestro ha unido no es dado al discípulo separar.

En estos versículos se nos enseña también que hay galardones reservados para los que aman a Cristo y manifiestan ese amor por medio de la obediencia a sus preceptos. Tal, por lo menos, parece ser el significado de las siguientes palabras que pronunció nuestro Señor: «Mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos con él morada..

Desde luego se comprende que el entendimiento humano no alcanza a a abarcar todo el significado de estas profundas palabras. Más no debemos vacilar en creer que la santidad de vida acarrea muchos bienes, y que aquel halla más gozo en su vida religiosa que como Enoch y Abrahán, se acerca más a Dios. La mayor parte de los cristianos ignoran cuánto puede participarse en la tierra de la bienaventuranza del cielo. «El secreto de Jehová a los que le temen: y su concierto, para hacerles saber.» «Si alguno oyere mi voz y me abriere la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo.» Psa_25:14; Rev_3:20.

Enséñasenos, por último, en estos versículos, que parte de la, obra del Espíritu Santo es enseñar y recordar. Escrito está: «El Consolador os enseñará todas las cosas, y os recordará lo que os he dicho..

Circunscribir esta promesa, como lo hacen algunos, a los once discípulos, es un modo mezquino y poco satisfactorio de interpretar las Escrituras. Es más prudente y más en armonía con el carácter del último discurso de nuestro Señor, el aplicar la promesa a todos los creyentes, en todas partes del mundo.

Nuestro Señor sabe cuan grande es, por naturaleza, nuestra ignorancia y nuestro descuido acerca de las cosas espirituales; por eso prometió que cuando partiera de este mundo no faltaría a su pueblo quien, le enseñase y le trajese a la memoria las verdades eternas de la religión.

Si tenemos convicción de que somos ignorantes en lo espiritual, y de que solo sabemos a medias; si deseamos entender con más claridad las doctrinas del Evangelio, imploremos diariamente la ayuda del Espíritu que ilumina. El puede alumbrar nuestro camino y allanar todas las dificultades.

Si nuestra memoria es defectuosa en la recordación de las cosas espirituales; si olvidamos con facilidad lo que leemos y oímos acerca de los preceptos y doctrinas de la religión, oremos diariamente implorando el auxilio del Espíritu Santo. El puede traer a nuestra memoria toda verdad espiritual, todo deber religioso, y prepararnos para la enunciación de toda buena palabra y la ejecución de toda buena obra.

Juan 14:27-31

Antes de seguir adelante en nuestro examen del Evangelio de San Juan, debemos notar una particularidad en el final del capítulo de que hemos venido ocupándonos, es a saber: la frecuencia con que nuestro Señor usó la expresión, «mi Padre» o «el Padre.» Encontrárnosla cuatro veces en los últimos cinco versículos, y nada menos que veintidós veces en todo el capítulo.

Qué razón motivara ese uso es una cuestión muy profunda. Quizá cuanto menos cavilemos acerca de ella es mejor. Nuestro Señor jamás habló por hablar, y no hay duda que fue con algún alto designio que empleó la expresión citada. ¿No podemos con reverencia hacer la suposición de que quisiera imprimir fuertemente en la mente de sus discípulos la idea de la unidad del Hijo con el Padre? Raras veces, a la verdad, se adscribió nuestro Señor a sí mismo tanto poder para consolar a su iglesia, como hizo en último discurso. ¿No había, por lo tanto, cierta conveniencia en que recordase continuamente a sus discípulos que siempre que otorgaba bendiciones era uno con el Padre, y que sin el Padre no hacía nada? Notemos en este pasaje cuál fue el último legado que Cristo dio a su pueblo. He aquí sus palabras: «La paz os dejo: mi paz os doy: no como el mundo la da, yo os la doy..

La paz: he aquí el don particular que Jesucristo concede: no es la riqueza, ni la opulencia, ni la prosperidad temporal, pues estas son de dudoso provecho, y muchas veces acarrean más males que bienes, sirviendo de rémora a nuestro progreso espiritual. La paz de conciencia que el hombre experimenta cuando siente interiormente que sus pecados han sido perdonados y que ha sido reconciliado con Dios, es una bendición mucho mayor. Y esa paz pertenece a todos los creyentes, ya sean ricos o pobres, nobles o plebeyos.

Jesucristo la llama «mi paz.» Es a él a quien toca darla, porque la compró con su sangre, y el Padre lo ha señalado para que la conceda a un mundo que agoniza en el pecado. Así como se comisionó a José para que repartiera trigo a los hambrientos egipcios, el Hijo de Dios fue comisionado en los consejos eternos de la Trinidad para que diese paz a la humanidad.

Jesucristo no da la paz como el mundo la da. El concede una paz que al mundo no le es dado proporcionar, y eso no de mal grado, con parsimonia, ni por corto tiempo, pues tiene más voluntad de dar que el mundo tiene de recibir. Lo que concede es para toda la eternidad, y en mayor abundancia de lo que podemos pensar o pedir.

Debemos observar también cuan perfecta es la santidad de Jesucristo. Dijo él: «Viene el príncipe de este mundo, mas no tiene nada en mí..

De estas palabras no puede hacerse sino una sola interpretación. Nuestro Señor, quería dar a entender a sus discípulos quo Satanás, el príncipe de este mundo, estaba para hacerle el último y más violento ataque. Sí, ese espíritu maligno estaba concentrando todas sus fuerzas para un asalto más terrible. Iba a presentarse con toda su malicia a tentar al segundo Adán en el Jardín de Getsemaní, y en la cruz del Calvario. Mas nuestro Señor mismo manifestó que no encontraría mal en él; que no tenía ningún lado vulnerable que le pudiera herir; que había cumplido la voluntad de su Padre y que había acabado la obra que se le había encomendado.

Notemos en qué se diferencia Jesús de los demás seres humanos: El ha sido el único en quien Satanás no ha podido encontrar mal ninguno. Tentó este adversario a Adán y a Eva, y los encontró débiles. Tentó a Noé, a Abran, a Moisés, a David y a todos los santos, y los encontró llenos de faltas. Tentó a Cristo, pero no pudo vencerlo, porque El era un Cordero sin culpa y sin mancha, quo iba a ser ofrecido por todo un mundo pecador.

Rindamos gracias a Dios por habernos enviado un Salvador tan perfecto, un Salvador cuya justicia es sin tacha, cuya vida es sin mancha. En cuanto a nosotros, nuestro ser y nuestras acciones son imperfectas, y si todas nuestras esperanzas estuvieran fincadas en nuestra propia rectitud, razón tendríamos para desesperar del porvenir. Más nuestro Sustituto es perfecto y sin pecado. Por lo tanto podemos decir como el victorioso apóstol: «¡Quién Acusará a los escogidos de Dios!» Jesucristo ha muerto por nosotros, y sufrido en nuestro lugar. El Padre nos ve unidos a él, indignos como somos, y por amor suyo se complace.

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