Juan 13 La realeza del servicio

Juan 13: La realeza del servicio

Antes de celebrar la Pascua, Jesús, plenamente consciente de que Le había llegado la hora en que debía salir de este mundo y volver al Padre, aunque siempre había amado a los Suyos que estaban en el mundo, decidió mostrarles Su amor de una manera que llegó al colmo.

La cena estaba en marcha; y el diablo ya le había metido en el corazón a Judas Iscariote hijo de Simón que traicionara a Jesús. Sabiendo Jesús que el Padre había dejado todas las cosas en Sus manos, y que había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se despojó de Su túnica exterior, tomó una toalla y se la ciñó alrededor de la cintura. Luego echó agua en una palangana, y se puso a lavarles los pies a Sus discípulos y -a secarlos con la toalla que se había ceñido.

Cuando llegó a Pedro, este Le dijo:

-¡Señor! ¿Pero es que me vas a lavar los pies?

-Tú no sabes ahora lo que estoy haciendo -le contestó Jesús-, pero ya lo entenderás más tarde.

-¡No me lavarás los pies jamás! -exclamó Pedro. Y Jesús le dijo:

-Si no te lavo, no vas a tener parte conmigo.

-¡Señor!, si es así Le contestó Pedro-, no me laves sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Y Jesús le dijo:

-El que está bañado no necesita más que le laven los pies. Con eso le basta para estar completamente limpio. Y vosotros ya estáis limpios… aunque no todos.

Jesús sabía quién era el que se había propuesto traicionarle, y por eso fue por lo que dijo: « No todos estáis limpios.» Así que, cuando acabó de lavarles los pies, y Se puso otra vez la túnica, volvió a ocupar Su lugar a la mesa, y les dijo:

-¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros Me llamáis «Maestro» y «Señor», y hacéis bien, porque eso es lo que soy. Pues si Yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros; porque os he dado ejemplo para que, lo que Yo os he hecho, os lo hagáis también vosotros unos a otros. Esto que os digo es la pura verdad: el siervo no es más que el señor, ni el mensajero más que el que le envía. Pues sabéis estas cosas, ¡benditos vosotros si las hacéis! ,

Tendremos que estudiar este pasaje en más de un aspecto; pero primero vamos a considerarlo en conjunto.

Pocos incidentes evangélicos nos revelan tan claramente como este el carácter de Jesús y la maravilla de Su amor.

Cuando pensamos en lo que Jesús podría haber llegado a ser y en lo que podría haber llegado a hacer, nos damos cuenta mejor de la maravilla de lo que fue y de lo que hizo.

(i) Jesús sabía que tenía todo en Sus manos. Sabía que estaba cerca la hora de Su humillación, pero también sabía que Su hora de exaltación estaba cerca. Tal conocimiento podría haberle llenado de orgullo; y, sin embargo, sabiendo que el poder y la gloria eran Suyos, lavó los pies de Sus discípulos. En el momento en que podía haber sentido un orgullo supremo, dio ejemplo de la suprema humildad. Así es siempre el amor. Cuando alguien se pone enfermo, la persona que le ama le prestará los servicios más humildes, y se deleitará haciéndolo, porque el amor es así. Algunas personas se creen demasiado importantes para hacer cosas humildes. Jesús no era así. Sabía que era el Señor de todo, y les lavó los pies a Sus discípulos.

(ii) Jesús sabía que había venido de Dios y que volvía a Dios. Podría haber sentido algo de desprecio hacia las personas y las cosas de este mundo. Podría haber pensado que ya había cumplido de sobra con el mundo, porque estaba de camino de vuelta a Dios. Fue precisamente entonces, cuando estaba más cerca de Dios, cuando Jesús llegó al límite de Su servicio a los Suyos. El lavar los pies de los huéspedes en una fiesta era el menester de los esclavos. Los discípulos de los rabinos se suponía que prestaban a sus maestros servicios personales; pero no habrían soñado en llegar a tal humillación. Lo maravilloso de Jesús es que, el estar más cerca de Dios, lejos de apartarle de los seres humanos, le acercaba aún más a ellos.

Siempre es verdad que no hay nadie que esté más cerca de las personas que el que está más cerca de Dios. T. R. Glover decía de algunos intelectuales presumidos: «Creían que eran muy religiosos, cuando en realidad no eran más que unos cursis.» Cuenta la leyenda de Francisco de Asís que, en su juventud, había sido muy rico; entonces, sólo lo mejor era bastante bueno para él. Pero estaba inquieto, y no tenía paz en su alma. Cierto día iba cabalgando solo fuera de la ciudad, cuando vio a un leproso que era una masa de llagas, un espectáculo horrible. Lo normal habría sido que Francisco se hubiera apartado lo más posible de aquella horrible piltrafa humana; pero algo se movió en su interior: desmontó del caballo y se fundió en un estrecho abrazo con el leproso. En aquel momento, el leproso se transformó en Jesús. Cuanto más cerca estemos de la humanidad doliente, más cerca estaremos de Dios.

(iii) Jesús también sabía esto. Era consciente de que pronto sería traicionado. Tal conocimiento le podría haber inspirado odio y amargura; pero hizo que el corazón le fluyera con más amor que nunca. Lo más maravilloso es que, cuanto más le hería la humanidad, más la amaba. Es tan fácil y tan natural tener resentimiento por las ofensas recibidas y amargarse por los insultos y las injurias; pero Jesús se enfrentó con la peor injuria y la más horrible deslealtad con la mayor humildad y con el amor más sublime.

Hay aún más en el trasfondo de este pasaje de lo que nos cuenta el propio Juan. Si volvemos al relato que nos hace Lucas de la última Cena, nos encontramos el detalle trágico: «Entonces los discípulos se pusieron a discutir a cuál de ellos había que considerar como el más importante» (Luk_22:24 ). Aun a la vista de la Cruz, los discípulos seguían discutiendo cuestiones de primacía y de prestigio.

Puede que aquella discusión produjera la situación que hizo que Jesús actuara de esta manera. Las carreteras de Palestina no estaban ni empedradas ni limpias. En tiempo seco se hundían los pies en el polvo, y cuando llovía, en el barro. El calzado más corriente eran las sandalias, que apenas eran suelas que se sujetaban a los pies con correas. Poco protegían del polvo y el barro de las carreteras. Por esa razón, siempre había grandes tinajas de agua a la puerta de las casas; y allí estaba un siervo con una palangana y una toalla, dispuesto a lavarles los pies a los huéspedes a medida de entraban. Pero en la pequeña compañía de los amigos de Jesús no había siervos. Los deberes que los esclavos llevarían a cabo en círculos más acomodados, los compartirían entre sí, o los harían por turnos. Pero es posible que la noche de la última Cena se habían enzarzado en tal estado de competitividad que ninguno de ellos estaba dispuesto a hacerse responsable de que hubiera palanganas y toallas para que se lavara los pies la compañía al llegar; y Jesús remedió la omisión de la manera más sencilla.

Hizo lo que ninguno de los de Su compañía estaba dispuesto a hacer. Y después, les dijo: «Ya veis lo que he hecho. Decís que soy vuestro Maestro y vuestro Señor; y tenéis razón, porque lo soy; y, sin embargo, estoy dispuesto a hacer esto por vosotros. Seguro que no creéis que un discípulo merece más honores que su maestro, ni un servidor más que su señor. Está claro que si Yo hago esto, vosotros deberíais estar dispuestos a hacerlo también. Os he dado ejemplo de cómo debéis comportaros entre vosotros.»

Esto debería hacernos pensar. Muy a menudo, hasta en las iglesias, hay problemas porque a alguno no se le respeta el puesto. Con cierta frecuencia, hasta los dignatarios eclesiásticos se dan por ofendidos porque no se les otorgan las primacías a las que su puesto les da derecho. Aquí tenemos la lección de que no hay más que una clase de grandeza: la del servicio. El mundo está lleno de personas que se plantan en su dignidad cuando deberían estar de rodillas a los pies de sus hermanos. En todas las esferas de la vida lo que estropea el esquema de las cosas es el deseo de eminencia y la indisposición a tomar un puesto subordinado. A un jugador se le excluye un día del equipo, y ya se niega a jugar nunca más. A un policía que aspira a más se le pasa en un puesto al que creía tener más derecho que nadie, y se niega a aceptar otro puesto inferior. Un miembro del coro al que no se le deja cantar un solo, ya no quiere seguir cantando. En cualquier sociedad puede suceder que se olvide a alguien involuntariamente y, o explota de rabia, o se reconcome de rencor. Cuando estemos tentados a pensar en nuestra dignidad, o prestigio, o derechos, recordemos al Hijo de Dios con una toalla y una palangana, arrodillándose a los pies de sus discípulos para lavárselos.

Para ser realmente grande uno tiene que tener esta humildad regia que le hace tanto rey como servidor de la humanidad. En El querido capitán, de Donald Hankey, hay un pasaje que describe cómo el querido capitán se preocupaba de sus hombres después de una marcha. «Todos sabíamos instintivamente que era superior a nosotros, de una madera más noble… Supongo que, por eso mismo, podía ser tan humilde sin perder la dignidad. Porque también era humilde, si es esa la palabra, creo que sí. Ningún problema nuestro era demasiado insignificante para que él se encargara. Cuando empezábamos las marchas, por ejemplo, y nos dolían los pies y se nos llenaban de ampollas, como nos solía pasar al principio, se habría pensado que se trataba de sus propios pies por el trabajo que se tomaba. Por supuesto que después de la marcha había inspección de pies. Eso era de rutina. Pero para él no era una mera cuestión de rutina. Entraba en nuestra habitación y, si alguno tenía un pie dolorido, se arrodillaba en el suelo y lo miraba tan cuidadosamente como si hubiera sido un médico. Luego recetaba, y los remedios siempre estaban a mano, porque nos los traía el sargento. Si había que pinchar las ampollas, corrientemente lo hacía él mismo en el momento, para asegurarse de que se hacía con una aguja bien limpia y que no se dejaba entrar ninguna suciedad. No lo hacía con afectación, ni para causar efecto; sino, sencillamente, porque consideraba que nuestros pies eran importantes y que nosotros éramos bastante descuidados. Por eso consideraba que era mejor encargarse personalmente de la cosa. Sin embargo, a nosotros nos parecía que había algo casi religioso en el cuidado que tenía de nuestros pies. Parecía tener un toque de Cristo, y nosotros le queríamos y honrábamos más por ello.» Lo curioso es que es al que se humilla así -como Cristo- al que la gente honra como a un rey, y cuyo recuerdo atesora.

LA LIMPIEZA ESENCIAL

Ya hemos visto que, en Juan, tenemos siempre que esperar un doble sentido: el que aparece en la superficie, y el que hay debajo de la superficie. Este relato no cabe duda de que tiene un segundo sentido. A la vista está la lección dramática e inolvidable acerca de la humildad. Pero hay aquí más que eso.

Hay un detalle muy difícil de entender. Al principio, Pedro se niega a dejar a Jesús que le lave los pies. Jesús le dice que, a menos que acepte este lavado, no podrá tener parte con El. Entonces Pedro suplica que, no sólo le lave los pies, sino también las manos y la cabeza; pero Jesús le dice que basta con lavarle los pies. La frase difícil, que es además la que tiene un significado profundo, es: «El que está bañado no necesita más que le laven los pies.»

No cabe duda de que aquí se hace referencia al Bautismo cristiano. «A menos que seas lavado, no puedes tener parte en Mí», es una manera de decir: «A menos que pases por la puerta del Bautismo, no tienes parte en la Iglesia.»

La lección es la siguiente. Era costumbre que, antes de ir a una fiesta, la gente se bañara. Cuando llegaban a la casa del convite, no tenían que bañarse otra vez; lo único que necesitaban era que les lavaran los pies. El lavado de los pies era la ceremonia que precedía a la entrada en la casa en la que iban a ser huéspedes. Era lo que podríamos llamar el lavado de entrada en la casa. Así que Jesús dijo a Pedro: «Lo que necesitas no es lavarte de cuerpo entero. Eso lo puedes hacer por ti mismo. Lo que necesitas es el lavado que marca la entrada en la familia de la fe.»

Esto explica otra cosa. Pedro, al principio, va a negarse a dejar que Jesús le lave los pies. Jesús le dice que, si se niega, no tendrá parte en Él. Es como si Jesús dijera: «Pedro, ¿vas a ser tan orgulloso como para no dejarme que te haga esto? Si lo eres, vas a perderlo todo.»

En la Iglesia Primitiva, como en la actual, la entrada era el bautismo; este era, como si dijéramos, el lavado de entrada. Esto no es decir que una persona no se puede salvar a menos que sea bautizada en agua. Pero sí quiere decir que, si puede ser bautizada y es demasiado orgullosa para entrar por esa puerta, su orgullo la excluye de la familia de la fe.

Las cosas son diferentes ahora, por lo menos en algunas iglesias. En los primeros tiempos eran hombres y mujeres adultos los que se presentaban al bautismo, porque venían directamente del paganismo al Evangelio. Ahora, en muchas iglesias, también, bautizamos a los niños. Pero, en este pasaje, Jesús traza el cuadro del lavado que equivale a la entrada en la Iglesia, y nos dice que no debemos ser tan orgullosos como para no someternos al bautismo.

LA VERGÜENZA DE LA DESLEALTAD Y LA GLORIA DE LA FIDELIDAD

Juan 13:18-20

-No lo digo por todos vosotros -continuó diciéndoles Jesús-, porque Yo sé la clase de hombres que he escogido. Todo está sucediendo para que se cumpla la Escritura: «El que come mi pan ha levantado contra Mí su calcañal.» Os lo digo ahora antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que Yo soy el Que soy. Esto que os digo es la pura verdad: EL que reciba al que Yo envíe, Me recibe a Mí; y el que Me reciba a Mí, recibe al Que Me envió.

En este pasaje se hace hincapié en tres cosas.

(i) La crueldad brutal de la deslealtad de Judas se describe gráficamente de forma que resulta especialmente impactante para la mente oriental. Jesús hace una cita del Psa_41:9 . La referencia, en conjunto, dice lo siguientes: «Hasta el amigo entrañable en el que yo confiaba, que participaba de mi mesa, ha levantado el calcañar contra mí.» En Oriente, «comer pan con alguien» o «comer a la mesa de alguien» era una señal de amistad y de relación leal. 2Sa_9:7; 2Sa_9:13 dice que David le concedió a Mefiboset: «…y tú comerás siempre pan a mi mesa» (R-V.09), cuando habría podido eliminarle por ser descendiente de Saúl.1Ki_18:19

LA ÚLTIMA APELACIÓN DEL AMOR

Juan 13:21-30

Después de decir aquello, Jesús se angustió en espíritu y declaró solemnemente:

-Os digo la pura verdad: uno de vosotros Me va a traicionar.

A eso los discípulos se pusieron a mirarse unos a otros; porque no tenían ni idea acerca de quién estaba hablando. Uno de Sus discípulos al que Jesús amaba estaba reclinado con la cabeza en Su pecho. Entonces Pedro le hizo una seña para que Le preguntara a Jesús de quién se trataba. El discípulo que estaba reclinado con la cabeza en el pecho de Jesús Le preguntó:

-Señor, ¿quién es?

-Es al que le voy a mojar un trozo de pan en el plato y dárselo.

A eso cogió un pedazo de pan, lo mojó en la salsa y se lo dio a Judas Iscariote hijo de Simón. Y, después de tomar aquel bocado, Satanás entró en él. Jesús le dijo:

-Date prisa con lo que vas a hacer.

Ninguno de los otros comensales comprendió por qué se lo decía. Algunos creyeron que, como Judas llevaba la caja, Jesús le había dicho que comprara lo que necesitaban para la fiesta; o que le había dicho que diera algo para los pobres.

Así es que aquel hombre tomó el bocado y salió en seguida y era de noche.

Cuando visualizamos esta escena, surgen ciertas cosas sumamente dramáticas.

La traición de Judas aparece en todo su horror. Tiene que haber sido un actor consumado y un perfecto hipócrita. Una cosa está clara: si los otros discípulos hubieran sabido lo que Judas se traía entre manos, no habría salido con vida de aquella habitación. Judas tiene que haber estado fingiendo un amor y una lealtad que engañaron a todos excepto a Jesús. No era sólo un villano descarado; era un credomado hipócrita. Aquí hay una advertencia. Exteriormente podemos engañar a la gente; pero no se pueden esconder cosas a los ojos de Cristo.

Y hay más. Cuando comprendemos debidamente lo que estaba sucediendo, podemos descubrir que hubo una apelación tras otra a Judas. La primera: la organización de los puestos en aquella cena. Los judíos no se sentaban a la mesa: se reclinaban. La mesa era un bloque sólido, bajo, con una especie de sofás alrededor. Todo tenía una forma como de U, y el lugar del anfitrión era el centro. Los comensales se reclinaban sobre el lado izquierdo, descansando sobre el codo izquierdo y dejándose el brazo derecho libre para alcanzar la comida. Colocados de esa manera, la cabeza de cada uno estaba literalmente sobre el pecho del que estuviera reclinado a su izquierda. Jesús ocuparía el lugar del anfitrión, en el centro del único lado hábil de la mesa baja. El discípulo al que Jesús amaba tiene que haber estado a Su derecha; porque, cuando se apoyaba con el codo en la mesa, tenía la cabeza sobre el pecho de Jesús.

Nunca se menciona el nombre del discípulo al que Jesús amaba. Algunos han pensado que sería Lázaro, porque se nos dice que Jesús le amaba (Joh_11:3 , S y 36). Algunos han pensado que sería «el joven rico» anónimo, porque Jesús le amó cuando le vio (Mar_10:21 ), y se ha supuesto que, por fin, lo dejó todo para seguir a Jesús. Algunos han pensado que no era una persona de carne y hueso, sino la figura ideal de cómo debería ser el perfecto discípulo. Pero la opinión general y tradicional siempre ha sido que el discípulo amado no era otro que el mismo Juan; y no tenemos por qué dudarlo.

Pero es el sitio de Judas el que merece un interés especial. Está claro que Jesús podía hablarle tan privadamente que los otros no se enteraban. En ese caso, sólo puede haber estado en un sitio: tiene que haber sido ala izquierda de Jesús, de tal manera que, lo mismo que la cabeza de Juan se apoyaba en el pecho de Jesús, así también la de Jesús se apoyaba en el pecho de Judas. Lo revelador es que el sitio a la izquierda del anfitrión era el de máximo honor, y se le reservaba al amigo más íntimo. Antes de colocarse todos para la cena, Jesús tiene que haberle dicho a Judas: «Judas, ven a sentarte a mi lado esta noche; quiero tenerte cerca para poder hablar contigo.» Esa invitación era ya una llamada de amor.

Pero hay más. El que el anfitrión ofreciera a un invitado un bocado o una pieza especial de la fuente era señal de una amistad especial. Cuando Booz quería dar muestras de su aprecio por Rut, la invitó a que se acercara y mojara su trozo de pan en el vino (Rth_2:14 ). T. E. Lawrence contaba que, cuando se sentaba con los árabes en las tiendas, a veces el jefe árabe cortaba una pieza selecta de carnero del animal entero que tenían delante y se la pasaba a él (¡lo que era a veces una distinción incómoda para un paladar occidental, porque tenía que comérselo todo dando señales de disfrutarlo!). Cuando Jesús le pasó la pieza a Judas, aquello era otra vez una señal de especial aprecio. Y advertimos que, hasta cuando Jesús lo hizo, los demás no se dieron cuenta de lo que significaban Sus palabras; lo que muestra bien a las claras que Jesús tenía costumbre de hacerlo, y nadie se dio por sorprendido. Probablemente Judas ya había sido objeto de muestras de especial afecto por parte de Jesús.

Aquí está la tragedia. Una y otra vez Jesús llamó a la puerta de aquel negro corazón, y una y otra vez Judas lo mantuvo cerrado. ¡Que Dios nos libre se llegar a ser tan impermeables a las llamadas de Su amor!

LA ÚLTIMA APELACIÓN DEL AMOR

Así que este drama trágico continuó hasta el final. Una y otra vez Jesús le demostró a Judas Su afecto. Una y otra vez Jesús trató de salvarle de lo que estaba planificando hacer.

Y entonces, de pronto, llega el momento crucial: el momento en que el amor de Jesús admite su derrota. «Judas -le dijo, date prisa con lo que te propones hacer.» No había razón para más aplazamientos. ¿Para qué seguir llamando inútilmente cuando la tensión iba en aumento? Si había de hacerse, cuanto antes mejor.

Los discípulos seguían sin comprender nada. Creían que Jesús estaba mandando a Judas a cumplir con las obligaciones de la fiesta. Era la ocasión más especial para hacer algo por los pobres. También en nuestro tiempo, se acostumbra en muchas iglesias hacer una colecta especial en los cultos de comunión para los necesitados. Así que los discípulos creyeron que Jesús mandaba a Judas a hacer la contribución acostumbrada para que también los pobres pudieran celebrar la Pascua.

Cuando Judas recibió el trozo de comida, el diablo entró en él. Es terrible que, lo que se pretendía que fuera una llamada al amor se convirtiera en la dinámica del odio. Eso es algo que el diablo puede hacer. Puede tomar las cosas más agradables y retorcerlas hasta que se convierten en agentes del infierno. Puede tomar el amor, y convertirlo en lujuria; o la piedad, y convertirla en beatería; o la disciplina, en crueldad sádica; o la confianza, en complicidad culpable. Debemos estar en guardia en nuestra vida para que el diablo no convierta las cosas buenas en otras que contribuyan a sus propósitos.

Judas salió… y era de noche. Juan tiene una habilidad especial para henchir las palabras de sentido espiritual. Era de noche porque hacía tiempo que se había puesto el Sol y estaba oscuro; pero aquí se insinúa otra noche. Siempre es de noche cuando una persona se aleja de Cristo para seguir sus propios planes. Siempre es de noche cuando se escucha la llamada del mal en lugar de la del bien. Siempre es de noche cuando el odio apaga la luz del amor. Siempre es de noche cuando le volvemos la espalda a Jesús.

Si nos mantenemos en íntima relación con Cristo, andamos en la luz; si Le volvemos la espalda, entramos en la oscuridad y andamos a oscuras. Se nos ofrecen los dos caminos: el de la luz, y el de la oscuridad. Que Dios nos dé sabiduría para escoger correctamente… porque, en la oscuridad, uno siempre se pierde.

LA GLORIA CUÁDRUPLE

Juan 13:31-32

Después que salió Judas, dijo Jesús:

Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre, y Dios ha sido glorificado en Él; y ahora, Dios se va a glorificar en Él, y Le glorificará en seguida.

Este pasaje nos habla de las cuatro dimensiones de la gloria. (i) La gloria de Jesús había llegado, y era la Cruz. La tensión había desaparecido; las dudas que podía haber habido se habían resulto definitivamente. Judas había salido y la Cruz era inminente.

Aquí nos encontramos con algo que es de la misma contextura de la vida. La mayor gloria que da la vida se obtiene en el sacrificio. En las guerras, la gloria suprema corresponde, no a los que sobreviven, sino a los que pierden la vida.

En medicina, no es a los médicos que hacen una fortuna a los que se recuerda, sino a los que dedican -dan- sus vidas para que otros reciban la sanidad. Es la más elemental lección de la Historia que son los que han hecho los mayores sacrificios los que han recibido la mayor gloria.

(ii) En Jesucristo, Dios ha sido glorificado. Fue la obediencia de Jesús lo que dio gloria a Dios. Sólo hay una manera de demostrar que se ama y admira a un líder, y es obedeciéndole -si es necesario, hasta las últimas consecuencias. La única manera que tiene un niño de honrar a sus padres es obedeciéndolos. Jesús nos dejó el ejemplo supremo de lo que es dar a Dios el supremo honor y la suprema gloria, cuando obedeció a Dios hasta la muerte, y muerte de cruz.

(iii) En Jesús, Dios se glorificó a Sí mismo. Parecerá extraño que la suprema gloria de Dios dependa de la Encarnación y de la Cruz. No hay gloria como la de ser amado. Si Dios hubiera permanecido aislado y mayestático, sereno e inconmovible, inasequible a la angustia e invulnerable al dolor, habría habido personas que Le habrían temido, y aun admirado; pero no Le habrían amado. La ley del sacrificio no es sólo una ley de la Tierra, sino del Cielo y de la Tierra. Es en la Encarnación y en la Cruz donde se despliega la suprema gloria de Dios.

(iv) Dios glorificará a Jesús. Aquí está la otra cara de la realidad. En aquel momento, la Cruz era la gloria de Jesús; pero habrían de seguirla la Resurrección, la Ascensión y el triunfo final de Cristo, que es a lo que se refiere el Nuevo Testamento cuando habla de la Segunda Venida. Jesús halló en la Cruz Su propia gloria. Pero llegó el día, y el día llegará, cuando esa gloria se le mostrará a todo el mundo y a todo el universo. La vindicación de Cristo debe seguir a Su humillación; Su entronización debe seguir a Su crucifixión; a la corona de espinas debe seguir la corona de gloria. Es la campaña de la Cruz; pero el Rey aún ha de entrar en un triunfo que todo el universo contemplará.

EL MANDAMIENTO DE LA DESPEDIDA

Juan 13:33-35

-Hijitos -les siguió diciendo Jesús a Sus discípulos-, no voy a estar con vosotros más que un poco más; y, como les dije a los judíos, os lo digo a vosotros ahora: No podéis ir adonde Yo voy. Os doy un nuevo mandamiento: que os améis unos a otros; que también vosotros os améis entre vosotros como Yo os he amado; en esto es en lo que todos reconocerán que sois discípulos Míos: si existe este amor entre vosotros.

Jesús estaba dándoles a Sus discípulos Su mandamiento de despedida. Le quedaba poco tiempo; si aún necesitaban oír Su voz, tenía que se entonces. Él iba a hacer un viaje en el que ninguno podía acompañarle; iba a ponerse en camino, y tenía que ir Él solo. Y, antes de marcharse, les dio el mandamiento de que se amaran entre sí como Él los había amado. ¿Qué quiere decir eso para nosotros, en nuestras relaciones con nuestros semejantes? ¿Cómo amó Jesús a Sus discípulos?

(i) Los amó sin el menor egoísmo. Hasta en el amor humano más noble hay algo de egoísmo. A menudo pensamos -puede que inconscientemente- en lo que vamos a sacar. Pensamos en la felicidad que disfrutaremos, o en la soledad en que quedaremos si el amor falla o se nos niega. A menudo estamos pensando: ¿Qué me reportará este amor? Por detrás de todo, es nuestra felicidad lo que estamos buscando. Pero Jesús no pensaba nunca en Sí mismo. Su único deseo era darse a Sí mismo y todo lo que tenía por los que amaba.

(ii) Jesús amaba a Sus discípulos sacrificialmente. No había límite a lo que su amor pudiera llegar o dar. Ninguna demanda era excesiva. Si el amor quería decir la Cruz, Jesús la aceptaba. A veces cometemos el error de pensar que el amor está para darnos la felicidad. A fin de cuentas, así es; pero también puede traer dolor, y demandar una cruz.

(iii) Jesús amaba a Sus discípulos comprensivamente. Conocía íntima y totalmente a Sus discípulos. No conocemos a una persona a menos que hayamos convivido con ella. Si se trata de un encuentro casual, la vemos en su mejor momento. Es después de vivir con ella cuando conocemos sus rarezas y debilidades. Jesús había convivido con Sus discípulos día tras día durante muchos meses y sabía todo lo que había que saber de ellos -y, sin embargo, los amaba. A veces decimos que el amor es ciego. No hay tal, porque el amor que es ciego pronto se queda en nada, como no sea en desilusión y desencanto. El amor verdadero tiene los ojos bien abiertos. Ama, no lo que se imagina, sino lo que es. El corazón de Jesús es lo bastante grande como para amarnos tal como somos.

(iv) Jesús amaba a Sus discípulos perdonándolos. El primero de la compañía Le negaría. Todos Le abandonarían cuando más los necesitaba. Nunca, en toda Su vida, Le comprendieron realmente. Eran ciegos e insensibles, lentos para aprender y faltos de comprensión. Al final, todos se portaron como unos cobardes. Pero Jesús nunca les tuvo rencor; no tenían fallo que Él no pudiera perdonar. El amor que no ha aprendido a perdonar no puede hacer más que marchitarse y morir. Somos pobres criaturas; y hay una especie de fatalidad en las cosas que nos hace herir más a los que más nos aman. Por esa misma razón todo amor duradero ha de edificarse sobre el cimiento del perdón; porque, sin perdón, está destinado fatalmente a morir.

LA LEALTAD VACILANTE

Juan 13:36-38

-Señor, ¿adónde Te vas? -Le preguntó Pedro.

Adonde Yo voy -le contestó Jesús- tú no Me puedes seguir ahora; ya Me seguirás después.

-Señor -Le dijo Pedro-, ¿por qué no Te puedo seguir ahora? ¡Daré la vida por Ti!

-¿Conque darás la vida por Mí? -le contestó Jesús-. Te diré la pura verdad: antes que cante el gallo Me habrás negado tres veces.

¿Qué diferencia había entre Judas y Pedro? Judas traicionó a Jesús, y Pedro, cuando Jesús le necesitaba más, Le negó por tres veces, hasta con juramentos y blasfemias; sin embargo, mientras que el nombre de Judas ha pasado a la Historia como el símbolo de la vergüenza más negra, Pedro ha dejado el suyo a la mayor dignidad que se conoce en la historia de la Iglesia. Hay algo infinitamente atrayente en la persona de Pedro. La diferencia consiste en que la traición de Judas fue deliberada; la llevó a cabo a sangre fría; debe de haber sido el resultado de una idea y una planificación concienzuda; y, por último, rehusó impasiblemente la invitación más entrañable. Pero la negación de Pedro no tuvo nada de deliberada. Jamás pensó hacerlo; se vio arrastrado en un momento por la debilidad y por las circunstancias. Por un momento su voluntad fue demasiado débil, pero su corazón no le traicionó.

Hay siempre una diferencia abismal entre un pecado calculado fría y deliberadamente, y el que arrastra involuntariamente a una persona en un momento de debilidad o de pasión. Sencillamente, no se pueden comparar el pecado a sabiendas, y el que le sobreviene a uno cuando está tan debilitado o tan inflamado que apenas se da cuenta de lo que hace. ¡Que Dios nos salve a nosotros de hacerle daño deliberadamente a Él o a cualquiera de los que nos aman!

Hay algo muy entrañable en la relación entre Jesús y Pedro.

(i) Jesús conocía a Pedro en toda su debilidad. Sabía lo impulsivo y lo inestable que era; sabía que tenía el hábito de hablar con el corazón antes de pensárselo con la cabeza. Conocía bien la fuerza de su lealtad y la debilidad de su voluntad. Jesús sabía cómo era Pedro.

(ii) Jesús sabía que Pedro Le amaba. Hiciera Pedro lo que hiciera, Jesús sabía que Le amaba. Ojalá nosotros nos diéramos cuenta de que, a menudo, cuando alguien nos desilusiona, nos falla, nos ofende o nos hiere, no es la misma persona que nos ama la que lo hace. La verdadera persona no es la que nos falla o nos ofende, sino la que nos ama. Lo auténtico no es su fallo, sino su amor. Jesús lo sabía de Pedro, porque le amaba. Nos ahorraríamos muchas desilusiones desgarradoras y muchos rompimientos trágicos si recordáramos el amor soterraño y perdonáramos el fallo de un momento.

(iii) Jesús conocía, no sólo al Pedro que era, sino al que podría llegar a ser. Sabía que, de momento, Pedro no podría seguirle; pero estaba seguro de que llegaría el día en que él también seguiría el mismo camino rojo hacia el martirio. La grandeza de Jesús está en que Él ve al héroe cuando no es más que un cobarde; Él tiene el amor de ver lo que podemos ser, y el poder para ayudarnos a alcanzarlo.

Juan 13:1-38

13.1 Jesús sabía que uno de sus discípulos lo traicionaría, otro le negaría y todos lo abandonarían durante un tiempo. Aun así, «a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin». Dios nos conoce completamente, así como Jesús conocía a sus discípulos (2.24, 25; 6.64). Conoce los pecados que hemos cometido y los que nos faltan por cometer. A pesar de eso, nos ama. ¿Cómo responde usted ante esta clase de amor?

13.1ss Los capítulos 13-17 nos cuentan lo que dijo Jesús a sus discípulos la noche antes de su muerte. Todas estas palabras las expresó una noche en la que, contando únicamente con la presencia de los discípulos, les dio las últimas instrucciones a fin de prepararlos para su muerte y resurrección, sucesos que cambiarían sus vidas para siempre.

13.1-3 Si desea más información acerca de Judas Iscariote, véase su perfil en Marcos 14.

13.1-17 Jesús fue el siervo modelo y mostró su disposición de servicio a sus discípulos. Lavar los pies de los huéspedes era una tarea que debía llevar a cabo un sirviente de la casa cuando llegaban los invitados. Pero Jesús se colocó una toalla a la cintura, del modo que lo haría el más humilde de los esclavos, para luego lavar y secar los pies de sus discípulos. Si incluso El, Dios hecho carne, está dispuesto a servir, nosotros sus seguidores también debemos ser siervos, dispuestos a servir de cualquier modo que glorifique a Dios. ¿Está usted dispuesto a seguir el ejemplo de servicio de Cristo? ¿A quién puede servir hoy? Hay una bendición especial para los que no solo están de acuerdo en que el servicio humilde es característico de Cristo, sino que también van más allá y lo cumplen (13.17).

13.6, 7 Imagínese que usted es Pedro que observa a Jesús lavar los pies de los demás, y que este va acercándosele cada vez más. A Pedro debe haberle confundido que su Maestro estuviera realizando tareas de esclavo. Todavía no comprendía la enseñanza de Jesús de que para ser un líder, debía ser un siervo. Este no es un pasaje agradable para los líderes a los que les cuesta servir a los que están bajo su dirección. ¿Cómo trata a los que trabajan bajo sus órdenes, sean estos hijos, empleados o voluntarios?

13.12ss Jesús no lavó los pies de sus discípulos con el único fin de promover la amabilidad entre ellos. Tenía una meta mucho mayor que era extender su misión sobre la tierra después que El se marchara. Estos hombres tendrían a su cargo la tarea de ir por el mundo sirviendo a Dios, sirviéndose los unos a los otros y a todas las personas a las que llevasen el mensaje de salvación.

13.22 Judas no era un traidor obvio. Al fin y al cabo, era a quien los discípulos le confiaban el dinero (12.6; 13.29).

13.26 A menudo se señalaba de esta manera al que era el invitado de honor en una comida.

13.27 La parte que le tocó a Satanás en la traición a Jesús no elimina la responsabilidad de Judas. Desilusionado porque Jesús hablaba de morir y no de establecer su Reino, es posible que Judas haya tenido la intención de obligar a Jesús a usar su poder para probar que era el Mesías. O quizás Judas, al no entender la misión de Jesús, ya no creía que este fuese el escogido de Dios. Sea cual fuere el pensamiento de Judas, Satanás imaginó que la muerte de Jesús acabaría con su misión y obstaculizaría el plan de Dios. Al igual que Judas, no sabía que la muerte de Jesús, desde un principio, era la parte más importante del plan de Dios.

13.27-38 Juan describe estos pocos momentos de manera clara y detallada. Vemos que Jesús sabía con exactitud lo que acontecería. Sabía lo que pasaría con Judas y con Pedro, pero no cambió la situación, ni dejó de amarlos. Asimismo, Jesús sabe muy bien lo que hará usted con el fin de lastimarlo. Pero aun así lo ama incondicionalmente y le perdonará cuando usted se lo pida. Judas no entendió esto y su vida acabó de manera trágica. Pedro lo comprendió y, a pesar de sus faltas, su vida acabó de manera victoriosa porque nunca disminuyó su fe en Aquel que lo amaba.

13.34, 35 Jesús dice que si nuestro amor es semejante al suyo será una demostración de que somos sus discípulos. ¿Ve la gente disputar por pequeñeces, celos y división en su iglesia? ¿O sabe que son seguidores de Jesús al ver el amor que se tienen?

13.34 Amar a otros no era un mandamiento nuevo (véase Lev_19:18), pero amar a otros de la misma manera que Cristo amó a otros era revolucionario. Ahora debemos amar a otros basándonos en el amor sacrificial de Jesús por nosotros. Tal amor no solo llevará a los inconversos a Cristo, sino también mantendrá a los creyentes fuertes y unidos en un mundo hostil a Dios. Jesús fue un ejemplo viviente del amor de Dios, del mismo modo que debemos nosotros ser ejemplos del amor de Jesús.

JUAN

Ser amado es la motivación más poderosa en el mundo. Nuestra capacidad de amar, con frecuencia, la modela nuestra experiencia de amar. Por lo general amamos a otros en la medida en que nos aman.

Algunas de las más grandes declaraciones acerca de la naturaleza del amor de Dios las escribió un hombre que experimentó el amor de Dios en una forma muy particular. Juan, discípulo de Jesús, expresó su relación con el Hijo de Dios autodenominándose «el discípulo a quien amaba Jesús» (Joh_21:20). A pesar de que el amor de Jesús se expresa con claridad en todos los Evangelios, en el de Juan es el tema central. Debido a que en su propia experiencia el amor de Jesús fue intenso y personal, Juan se mantuvo sensible a las palabras y acciones de Jesús que ilustran cómo Aquel, que es amor, ama a otros.

Jesús conocía a Juan de manera total y lo amó de igual forma. Tanto a él como a su hermano Jacobo los apodó «Hijos del trueno», quizás a partir de la ocasión cuando ambos pidieron permiso a Jesús para mandar a que descendiera fuego del cielo (Luk_9:54) sobre una aldea que no quiso recibir a Jesús y a los discípulos. En este Evangelio y en sus cartas vemos el gran amor de Dios, mientras que el trueno de la justicia de Dios emerge de las páginas del Apocalipsis.

Jesús nos confronta a cada uno de nosotros así como lo hizo con Juan. No podemos conocer la profundidad del amor de Dios a menos que estemos dispuestos a enfrentar el hecho de que El nos conoce completamente. De otra manera somos necios al creer que El debe amar a las personas por lo que fingen ser, no a los pecadores que en realidad lo son. Juan y los demás discípulos nos convencen de que Dios quiere y está dispuesto a aceptarnos tal como somos. Creer en su amor es una gran motivación para el cambio. Su amor no se nos da a cambio de nuestros esfuerzos, su amor nos libera para vivir realmente. ¿Ha aceptado usted ese amor?

Puntos fuertes y logros :

— Antes de seguir a Cristo, fue uno de los discípulos de Juan el Bautista

— Uno de los doce discípulos y, con Pedro y Jacobo, integra un círculo íntimo, el más cercano a Jesús

— Escribió cinco libros del Nuevo Testamento: el Evangelio de Juan; 1, 2, y 3 de Juan; y Apocalipsis

Debilidades y errores :

— Con Jacobo, tenía la tendencia de desatar cólera y egoísmo

— Pidió un lugar privilegiado en el reino de Jesús

Lecciones de su vida :

— Los que descubren lo mucho que son amados están en la capacidad de amar mucho

— Cuando Dios cambia una vida, no echa a un lado las características personales, sino que les da un uso eficaz en su servicio

Datos generales :

— Ocupación: Pescador, discípulo

— Familiares: Padre: Zebedeo. Madre: Salomé. Hermano: Jacobo

— Contemporáneos: Jesús, Pilato, Herodes

Versículos clave :

«Hermanos, no os escribo mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio; este mandamiento antiguo es la palabra que habéis oído desde el principio. Sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en El y en vosotros, porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya alumbra» (Joh_2:7-8).

La historia de Juan se narra a través de los Evangelios, Hechos y Apocalipsis.

13.35 El amor es más que una simple sensación de afecto: es una actitud que se revela en nuestras acciones. ¿Cómo podemos amar a otros de la manera que Jesús nos ama a nosotros? Ayudando cuando no resulta conveniente, sacrificándonos cuando duele, dedicando energía al bienestar de otros en lugar del propio, recibiendo heridas de otros sin quejarnos ni contraatacar. Es difícil amar así. De ahí que la gente nota cuando usted lo hace y sabe que ha recibido poder de una fuente sobrenatural. La Biblia ofrece una hermosa descripción del amor en 1 Corintios 13.

13.37, 38 Pedro dijo con orgullo a Jesús que estaba dispuesto a morir por El. Pero Jesús le rectificó. Sabía que esa misma noche Pedro negaría conocer a Jesús a fin de protegerse (18.25-27). En nuestro entusiasmo, es fácil hacer promesas, pero Dios sabe hasta dónde llega nuestro compromiso. Pablo nos dice que no tengamos un concepto más elevado de nosotros que el que debemos tener (Rom_12:3). En lugar de jactarse, demuestre su compromiso paso a paso al crecer en conocimiento de la Palabra de Dios y en su fe.

Juan 13:1-5

Con el pasaje que se acaba de citar empieza una de las partes más interesantes del Evangelio de San Juan. En cinco capítulos sucesivos este evangelista relata dichos y hechos que Mateo, Marcos y Lucas no mencionan. Jamás podremos manifestarnos suficientemente reconocidos de que el Espíritu Santo los haya hecho trasmitir para nuestro conocimiento. En todos los siglos se ha considerado el contenido de estos capítulos como una de las partes más valiosas de la Biblia. El ha nutrido, fortalecido y consolado a todo cristiano sincero. Examinémoslo, pues, con señalada veneración.

En estos versículos se nos enseña primeramente cuan constante é incansable es d amor que Jesucristo tiene para con su pueblo. Escrito está que «como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.» Sabiendo como sabia perfectamente que unas pocas horas más tarde lo iban a abandonar vergonzosamente é iban a dar a conocer su debilidad y flaqueza, el bendito Maestro no dejó por un momento de amar a sus discípulos. Los defectos de éstos no agotaron su paciencia; los amó hasta el fin.

El amor de Jesucristo hacia los pecadores es la esencia, el meollo, por decirlo así, del Evangelio. Que nos amara en manera alguna y se ocupara del bien de nuestras almas; que. nos amara antes de que nosotros lo amáramos a él, o de que siquiera lo conociéramos; que nos amara hasta el punto de venir al mundo a salvarnos, asumiendo nuestra naturaleza, tomando sobre sí nuestros pecados y muriendo por nosotros en la cruz–todo esto es maravilloso en verdad. a ese amor nada hay entre los hombres que pueda comparársele. El hombre, encerrado en la mezquindad de su egoísmo, no puede comprenderlo plenamente. Es uno de los tesoros que aun los ángeles de Dios anhelan columbrar; una de las verdades que los predicadores y maestros debieran proclamar con tesón y ardor no interrumpidos.

Más, el amor de Jesucristo hacia los justos aunque de naturaleza algo distinta, no es menos maravilloso. Que sobrelleve todas sus flaquezas, durante su peregrinación terrenal ; que no se canse de sus inconsecuencias y deslices; que no deje de perdonarlos y de olvidar sus extravíos, y que nunca se siente inclinado a arrojarlos de sí y abandonarlos a su propia suerte–todo esto es admirable en verdad. Su compasión nunca se agota, su amor sobrepuja todo entendimiento.

Que nadie que desee ser salvo vacile en acudir a Cristo. El más grande pecador puede acercarse a El sin temor y pedirle con confianza el perdón de sus pecados. Que nadie que haya acudido a él vacile en continuar bajo su amparo, imaginándose que lo arroje de sí y lo deje en su anterior estado a causa de sus desvíos. La Escritura no da apoyo alguno a tales temores. Jesucristo no despide a ningún siervo porque sus servicios sean imperfectos. a quien él recibe, siempre conserva a su cargo: a quien ama al principio, ama al fin. Jamás faltará a la siguiente promesa, la cual es aplicable tanto a los justos como a los pecadores: «Al que a mí viene, no le echo fuera.» Joh_6:37.

En estos versículos se nos enseña, en segundo lugar, que en el corazón de un individuo que haya hecho profesión de fe, puede también anidarse la deslealtad más inicua. Escrito está que el diablo había puesto en el corazón de Judas que entregase a su Señor.

Y no olvidemos que ese Judas era uno de los doce apóstoles. Había sido escogido por el mismo Jesucristo junto con Pedro, Santiago, Juan y los otros compañeros. Por tres años había gozado de la sociedad de Cristo, había presenciado sus milagros, oído su predicación y recibido muchas pruebas de su misericordia. Hasta él mismo había predicado y obrado milagros en nombre de Jesucristo; y cuando nuestro Señor envió sus discípulos de dos en dos, Judas Iscariote debió de formar pareja con alguno. Y sin embargo ese hombre fue más tarde poseído del demonio y tomó precipitadamente el camino de la destrucción.

No hay en toda la costa inglesa un faro para prevenir a los navegantes contra los escollos que pueda compararse a Judas Iscariote como escarmiento de los cristianos. La vida de ese traidor nos manifiesta hasta que punto puede llegar un hombre en manifestaciones religiosas, y sin embargo resultar ser un hipócrita consumado. También nos demuestra cuan inútiles son los más elevados privilegios a menos que los apreciemos en su debido valor y sepamos aprovecharlos debidamente.

Pidamos diariamente a Dios que nos haga sinceros, francos y leales en nuestras prácticas religiosas. Acaso nuestra fe sea débil, nuestras esperanzas confusas, nuestros conocimientos deficientes, nuestras faltas frecuentes, numerosas nuestras culpas. Mas, a todo trance, seamos sinceros y sin doblez. Digamos como el débil y culpable Pedro: «Señor, tú sabes todas las cosas: tú sabes que te amamos.» Joh_21:17.

Juan 13:16-20

Si queremos penetrarnos bien del significado de estos versículos, es preciso que notemos cuidadosamente qué lugar ocupan en el capítulo. Se hallan a continuación del pasaje en que se nos describe el lavatorio, y están hasta cierto modo enlazados con el solemne precepto de que los discípulos debían hacer lo que Cristo había hecho.

Enséñasenos, en primer lugar, que los cristianos no deben avergonzarse jamás de hacer lo que Jesucristo ha hecho. «De cierto, de cierto os digo: El siervo,» etc.

Es indudable que nuestro Señor en su omnisciencia percibió que empezaba a despertarse en el ánimo de los discípulos cierta repugnancia a ejecutar actos serviles como el que le habían visto a él ejecutar. Engreídos todavía con la antigua esperanza de presenciar la inauguración de un espléndido dominio temporal, y recónditamente enorgullecidos de ser contados en el círculo de los amigos de nuestro Señor, esos pobres Galileos se asombraron ante la idea de lavarse los pies unos a los otros. No podían creer que el servicio del Mesías envolvía actos de esa naturaleza. Todavía no alcanzaban a comprender la sublime verdad de que la verdadera grandeza del cristiano consiste en hacer bien a los demás. Por ese motivo era necesario que nuestro Señor les dirigiera algunas palabras de amonestación. Si El había condescendido en ejecutar un acto humilde, sus discípulos no debían vacilar en hacer otro tanto.

Todos estamos inclinados a mirar con repugnancia toda obra que apareje alguna molestia o sacrificio, o que nos haga rozar con los que nos son inferiores, y por lo regular la trasladamos o otras personas y nos excusamos diciendo que no es asunto de nuestra incumbencia. Cuando experimentemos tales sentimientos, nos será provechoso recordar las palabras y el ejemplo de nuestro Señor sobre ese particular. Hacemos mal en creer que nos rebajamos con tratar con cariño a los que sean de más humilde condición, y en abstenernos de hacer un bien porque la persona protegida sea indigna o ingrata. Ese no fue el espíritu de Aquel que a Judas Iscariote lavó los pies lo mismo que a Pedro. El que no puede descender a imitar el ejemplo de Jesucristo revela muy poco amor y muy poco humildad.

En estos versículos se nos enseña también, cuan mutiles son los conocimientos religiosos cuando no van seguidos de la práctica. Leemos estas palabras: «Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hiciereis.» Nuestro Señor advirtió así indirectamente a sus discípulos que jamás serian felices en su servicio si contentándose tan solo con saber sus deberes, no los practicaban.

Nada es más común que oír a los hombres decir respecto de una doctrina dada que ya la saben, en tanto que continúan siendo tan incrédulos o desobedientes como antes. Parecen lisonjearse con la idea de que hay algo meritorio o expiatorio en los conocimientos, aunque no vayan seguidos del cambio de corazón o la enmienda de vida. Empero todo pasa muy al contrario de esto. Saber lo que debemos ser, creer y ejecutar, y sin embargo permanecer indiferentes, nos hace más culpables ante los ojos de Dios. Saber que los cristianos han de ser humildes y tiernos de corazón, y ser al mismo tiempo orgullosos y egoístas, nos hará sumergir más hondamente en el mal, a menos que nos apercibamos de nuestro estado y nos arrepintamos. La práctica, en una palabra, es el alma misma de la religión. «El pecado, pues, está en aquel que, sabiendo hacer lo bueno, no lo hace.» Jam_4:17.

Por supuesto no debe mirarse con desprecio el saber. Por él, en cierto sentido, es que empieza la verdadera fe a apoderarse del corazón del hombre. En tanto que no conozcamos a Dios o a Jesucristo, en tanto que ignoremos lo que es el pecado, la gracia, el arrepentimiento, nos encontraremos en un estado tan lamentable como los paganos. Pero es preciso guardarnos de dar al saber más importancia de la que merece. Como ya queda dicho, es completamente inútil, religiosamente hablando, a menos que produzca en el hombre un cambio de conducta, una mutación de voluntad. a la verdad, el saber sin la práctica solo nos pone al nivel de Satanás. «Los demonios,» dice Santiago, «creen y tiemblan..

En estos versículos se nos enseña, además, en que consiste la verdadera dignidad da los discípulos de Jesucristo. Acaso el mundo los menosprecie y ridiculice porque éstos se afanan más por ejecutar actos de caridad y de humildad que por tomar parte en los quehaceres y goces del mundo. Mas el divino Maestro les manda que recuerden cuál es su misión y que no se descorazonen. Son los enviados de Dios y no tienen por qué abatirse. Las siguientes fueron sus palabras: « De cierto, cíe cierto os digo, que el que recibe a quién yo enviare, a mí recibe; y el que a mí recibe, recibe al que me envió..

Estas palabras son muy consoladoras. La doctrina que ellas expresan debiera infundir ánimo en el corazón de todos los que se dedican a hacer bien a sus semejantes, y especialmente a los que socorren a los pobres, o trabajan por la reforma de los malos. Cierto es que obras de esta naturaleza no acarrean mucha alabanza de los hombres, y que los que so dedican a su ejecución reciben a menudo el estigma de fanáticos y encuentran con oposición de parte de los demás.

Que perseveren sin embargo en bien hacer y tomen aliento de las palabras de que venimos hablando. Que no se abatan si los hombres del mundo se ríen de ellos y los desprecian. Vendrá un día en que oirán estas palabras: « Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino aparejado para vosotros desde la fundación del mundo.» Mat_25:34.

Juan 13:21-30

Estos versículos tratan de un asunto que es doloroso de suyo: ese asunto es la última escena que tuvo lugar entre Jesús y Judas, y las últimas palabras que el Maestro dirigió al discípulo. Jamás volvieron a verse en la tierra, excepto la vez que se encontraron en el jardín, cuando nuestro Señor fue aprehendido. Poco tiempo después el divino Maestro y el desleal discípulo habían muerto. Jamás volverán a verse corporalmente hasta que suene la trompeta, y los muertos resuciten, y empiece el juicio, y se abran los libros. ¡Qué encuentro tan terrible será aquel! Notemos primeramente cuánto tuvo que sufrir nuestro Señor por nuestras almas. Se nos refiere que después de lavar los pies de los discípulos se turbó en espíritu y dijo: « Uno de vosotros me ha de entregar..

No es fácil formar una idea adecuada de lo intenso de los padecimientos de nuestro Señor durante los tres últimos años que vivió en la tierra. Su crucifixión y muerte fueron apenas el complemento de sus sufrimientos. Pero, debido en parte a la incredulidad de los Judíos y al odio de los fariseos, y en parte a la falta de firmeza de sus propios discípulos, El fue a la verdad, «varón de dolores, experimentado en flaquezas.» Isa_53:3.

Pero el sufrimiento a que hemos aludido fue excepcional. Fue el pesar acerbo del Maestro al ver convertido en apóstata y traidor a uno de los apóstoles que había escogido. Que Jesús había previsto ese pesar no puede revocarse a duda, pero el pesar no fue menos profundo por haber sido previsto. Además, no hay nada que mortifique tanto como el desagradecimiento. Un poeta inglés ha dicho: «La ingratitud del hijo punza tanto Como el colmillo de la serpiente fiera..

La rebelión de Absalón afligió a David más que ninguna otra desgracia, y la traición de Judas fue causa de uno do los dolores más agudos del Hijo de David.

Notemos en seguida cuan maligno y poderoso es nuestro grande adversario. Al principio del capítulo se nos dice que puso en el corazón de Judas la intención de traicionar al Señor. En este pasaje se nos dice que entró en el. Primero sugiere, luego manda; y una vez que ha entrado en un hombre se apodera completamente de su ser y lo domina como un tirano.

Procuremos no desentendernos de los ardides de Satanás, quien todavía recorre la tierra en busca de víctimas para devorar. Está en nuestro camino, cerca de nuestro lecho y espía todos nuestros movimientos. El único modo de ponernos a salvo de su formidable brazo es resistiendo sus primeros ataques. Do nuestra conducta en tales circunstancias todos somos responsables. Potente como es, no alcanza a hacernos daño alguno si imploramos el auxilio de ese Ser más poderoso que mora en los cielos, y si empleamos en nuestra defensa los medios que él ha señalado. Uno de los infalibles principios del Cristianismo es que si resistimos al diablo él huirá de nosotros. Jam_4:7.

Cuando un hombre empieza a contemporizar con el maligno es difícil predecir hasta dónde irá a parar. Muchos creen que es una cosa de poca monta el dar asilo a los primeros pensamientos pecaminosos y el permitir que Satanás nos lisonjee é inocule en nuestro corazón malos deseos. En tales momentos y bajo tales circunstancias es que empieza muchas veces la caída de los mortales. El que permite que Satanás le inspire malos pensamientos muy pronto se verá arrastrado de malas costumbres. Feliz el que, creyendo en la existencia del diablo, vela y ora diariamente para ser preservado de sus tentaciones.

Notemos, por último, hasta qué grado de endurecimiento puede llegar un apóstata. Cualquiera espectador se hubiera imaginado que al contemplar la turbación de nuestro Señor, y al oír sus palabras de admonición, Judas habría sentido remordimientos de conciencia. Mas no sucedió así. Cualquiera hubiera pensado que cuando Jesús dijo que hiciera pronto lo que iba a hacer, el desleal discípulo se habría detenido en su camino y se habría avergonzado de abrigar intenciones tan depravadas. Mas nada fue parte a conmoverlo. Como si hubiera estado completamente destituido de conciencia, se separó de nuestro Señor y se fue a llevar a afecto su plan atroz.

Causa espanto el pensar cuánto podemos endurecernos si obramos en oposición a nuestros conocimientos y a nuestras convicciones. Podemos volvernos tan insensibles como aquellos a quienes se les han paralizado los miembros, y hacernos ajenos del temor, la vergüenza, y el remordimiento. Examinemos constantemente nuestros corazones y no cedamos ante las primeras tentaciones. Aquel es el cristiano más fuerte que reconoce más su debilidad y exclama : «Sostenme y seré salvo.» Psa_119:117.

Juan 13:31-38

Al fin nuestro Señor quedó solo con sus once discípulos. El traidor, Judas Iscariote, había salido del cuarto y se había ido a perpetrar el negro crimen. Libre ya de su desagradable compañía, nuestro Señor abrió su corazón ante su pequeño rebaño de una manera más completa de lo que antes lo había hecho. Siendo esa la postrera vez que les hablaba antes de que empezase su pasión, les dirigió un discurso que, en cuanto a lo conmovedor, no tiene igual en la Biblia.

En estos versículos se nos manifiesta cuánta gloria atrajo la escena de la crucifixión a Dios Padre y a Dios Hijo. No se puede menos que colegir que fue a esa escena que aludió Jesús cuando dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él.» Sus palabras equivalen a las siguientes: «La hora de la crucifixión está próxima; mi misión acá en la tierra ha terminado; mañana va a tener lugar un acontecimiento, que por dolor que cause a vosotros los que me amáis, es para mi Padre y para mí un gran motivo de gloria..

Estas palabras eran recónditas y misteriosas, y no es de asombrarnos que los once discípulos no las comprendieran. En la agonía de la muerte en la cruz, en la ignominia y humillación que vieron en perspectiva, en el hecho de estar Jesús clavado a un leño en desnudez y en medio de dos ladrones–en todo esto no parecía que hubiese gloria alguna. Bien al contrario, era ese un acontecimiento que llenaría a los apóstoles de pena, desaliento y tristeza. Y sin embargo, las palabras de nuestro Señor fueron ciertas.

La escena de la crucifixión atrajo gloria al Padre, haciendo resplandecer su sabiduría, su fidelidad, su santidad y su amor. Probó su sabiduría en cuanto que designó un medio por el cual podía ser justo y sin embargo justificador de los pecadores. Probó su fidelidad en cuanto guardó su promesa de que la simiente de la mujer quebrantaría la cabeza de la serpiente. Probó su santidad en cuanto exigió que nuestro gran Sustituto cumpliese en nuestro lugar con los requisitos de una ley quebrantada. Probó su amor en proveer como Mediador, «Redentor y Protector nuestro a su co-eterno Hijo.

La escena de la crucifixión atrajo gloria al Hijo, haciendo resplandecer su compasión, su paciencia y su poder. Nos hizo conocer su compasión en cuanto sufrió en nuestro lugar y compró nuestra redención al precio de su propia sangre, Nos dio a conocer su paciencia en cuanto no murió de muerte natural sino se sometió voluntariamente a tantos padecimientos y agonías como la mente humana no alcanza a concebir, y eso cuando con una palabra pudo haber llamado al Padre y a los ángeles para salir de ese terrible trance. Nos dio a conocer su poder en cuanto sobrellevó el peso de todas las trasgresiones del mundo, y venciendo a Satanás, le arrebató su víctima.

En estos versículos se nos da a conocer, en segundo lugar, citan grande importancia dio Jesús a la virtud del amor fraternal. Casi tan pronto como el falso apóstol se hubo separado do sus fieles compañeros, pronunció él este precepto: «Amaos los unos a los otros.» Inmediatamente después de haber hecho el triste anuncio de que pronto partiría de su lado dijo: « Amaos los unos a los otros.» Lo llamó un nuevo mandamiento, no porque no lo hubiera dado antes, sino porque iba a ser más dignamente acabado, iba a ocupar un lugar más prominente y a ser confirmado con un ejemplo más noble que antes. Aun más, iba a ser la enseña y divisa del cristiano en todo el mundo. «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos hacia los otros..

Cuidemos de que esta virtud cristiana tan bien conocida no exista solo como una mera teoría en nuestra mente, más practiquémosla en nuestras vidas. De todos los preceptos dados por el Salvador no ha quizá uno que se repita tanto y se practique tan poco como el de que nos ocupamos. Empero, si nuestras protestas de amor y caridad para con todos los hombres son sinceras, debiéramos manifestarlo así en nuestra índole y nuestras palabras, en nuestro comportamiento y nuestra conducta, en casa y fuera de ella, y, en fin, en todas las situaciones de la vida. Especialmente, debiéramos manifestarlo así en nuestras relaciones con los demás cristianos, a quienes hemos de mirar como hermanos, procurando hacer todo aquello que pueda contribuir a su felicidad y evitando como horrible pecado la envidia, el odio y la malevolencia hacia ellos.

La causa de Cristo haría más rápidos progresos sobre la tierra es esta sencilla ley fuera más generalmente acatada. No hay nada que el mundo reconozca con más facilidad y tenga en mayor estima que la caridad. Hombres que no pueden entender las doctrinas del Cristianismo ni la teología, pueden formar una apreciación debida de los actos de caridad. Si no existieran otras razones, por el bien solo de los que no pertenecen al gremio de la iglesia debiéramos practicar esa virtud.

En estos versículos se nos enseña, finalmente, cuan ignorante de sí mismo es a veces el creyente. Simón Pedro manifestó que estaba pronto a morir por su Maestro, pero el Señor le contestó que esa noche misma le negaría tres veces. Todos sabemos lo que sucedió después. El Maestro tenía razón: Pedro estaba equivocado.

Todos somos más débiles de lo que pensamos, y es difícil predecir cuan profundamente nos sumergiríamos en el mal si nos viéramos expuestos a fuertes tentaciones. Nos imaginamos a veces, como Pedro, que hay actos atroces que nos seria imposible ejecutar. Miramos con cierta desdeñosa compasión a los que se extravían, y nos lisonjeamos con la idea de que nosotros, a lo menos, no nos habríamos conducido así. Esa suposición es hija de la ignorancia. Aun después de que hemos sido trasformados por el Espíritu de Dios, todavía queda en nuestros corazones la semilla del pecado, y si nosotros nos descuidamos o si Dios nos priva por algún tiempo de su gracia, esa semilla germina y la planta crece con asombrosa rapidez. Bien podemos imaginarnos como Pedro que podemos hacer maravillas por la causa, de Cristo, pero a semejanza de él tendremos que convencernos, después de una dolorosa experiencia, que nos falta la fuerza de acción. «El que se piensa hallar firme, mire no caiga.» 1Co_10:12.

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