Juan 12: La prodigalidad del amor

Categorías: Juan y Nuevo Testamento.

 Cuando faltaban seis días para la Pascua, Jesús fue a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Y allí Le hicieron una cena; Marta se encargaba de servir, y Lázaro era uno de los que estaban ala mesa con Jesús.

Entonces María trajo una libra de perfume de nardo puro muy costoso, y ungió los pies de Jesús, secándolos luego con sus cabellos. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Pero Judas Iscariote, uno de los discípulos de Jesús, el que más tarde le traicionaría, dijo:

-¿Por qué no se vendió ese perfume por trescientos denarios, para dárselos a los pobres?

Eso lo decía, no porque le importaran los pobres, sino porque era un ladrón, y estaba a cargo de la caja, y sisaba de lo que se metía en ella. Pero Jesús dijo:

-Dejadla que me rinda este honor anticipándose a mi funeral. A los pobres siempre los tendréis a vuestra disposición; pero a Mí, no.

Ya hemos visto en otras ocasiones que muchos intérpretes creen que ciertas partes del evangelio de Juan están fuera de su sitio. Algunos sospechan que eso es lo que ha pasado aquí. Moffatt, por ejemplo, lo imprimió en el siguiente orden: versículos 19-29; 1-18 y 30; 31-42. Aquí seguimos el orden de la versión Reina-Valera y de todas las otras españolas; pero si el lector quiere seguir el capítulo en el orden sugerido, verá la relación de los Hechos y del pensamiento más claramente.

Jesús estaba llegando al final de su vida en la Tierra. El ir a Jerusalén para la Pascua fue una acción del más extraordinario valor, porque las autoridades ya le habían proclamado fuera de la ley (Joh_11:57 ). Tan considerable era el gentío que llegaba a Jerusalén para la Pascua que no podían todos conseguir alojamiento en la ciudad, y Betania era uno de los lugares fuera de los límites de la ciudad que la ley establecía como aptos para admitir el exceso de peregrinos.

Cuando Jesús llegó a Betania, sus amigos le organizaron una cena. Debe de haber sido en la casa de Marta y María y Lázaro; porque, ¿en qué otra casa iba a estar Marta sirviendo sino en la suya?

Fue entonces cuando a María se le desbordó el corazón de amor. Tenía una libra de perfume de nardo muy costoso. Tanto Juan como Marcos lo describen con el adjetivo pistikós Mar_14:3 ). Lo curioso es que no se sabe exactamente lo que quiere decir esa palabra. Hay cuatro posibilidades. Puede que derive del adjetivo pistós, que quiere decir fiel, de confianza; así que pistikós podría querer decir genuino. También podría venir del verbo pinein, que quiere decir beber; y podría querer decir líquido. Puede que fuera una «marca registrada», en cuyo caso deberíamos traducirlo por nardo pístico. También puede que venga de una palabra que quiere decir pistacho y sería un perfume que se extraía de ese fruto seco o de su árbol. Lo que sí es seguro es que era una clase de perfume muy apreciada y cara. Con este perfume, María ungió los pies de Jesús. Judas, mezquinamente, interpretó su acción como un derroche innecesario. Jesús le atajó diciéndole que a los pobres siempre se les podía dar dinero, pero la amabilidad que se había tenido con El tenía que ser entonces, porque más adelante ya no habría oportunidad.

Aquí tenemos toda una serie de bocetos de personajes.

(i) Tenemos a Marta. Estaba sirviendo a la mesa. Amaba a Jesús; era una mujer práctica: su manera natural de mostrar amor era con la labor de sus manos. Marta daba siempre todo lo que podía. Muchísimos grandes hombres han llegado a ser lo que fueron gracias al cuidado cariñoso de alguna persona así que tenían en el hogar. Es tan posible servir a Jesús en la cocina como en el púlpito o en cualquier otro lugar.

(ii) Tenemos a María. Por encima de todo, amaba a Jesús; y aquí, en su gesto, vemos tres características del amor.

(a) Vemos el exceso del amor. María trajo lo más precioso que tenía, y se lo gastó todo en Jesús. El amor no es amor si calcula meticulosamente el precio. Da su todo, y lo único que lamenta es no tener todavía más que dar. O›Henry, el maestro de la narración corta, tiene una historia conmovedora que se llama El Don de los Magos. Una pareja americana joven, Della y Jim, eran muy pobres pero estaban muy enamorados. Cada uno tenía una sola cosa que era su posesión exclusiva. El cabello de Della era su gloria. Cuando se lo soltaba, casi le servía de túnica. Jim tenía un reloj de oro que había sido de su padre y era su orgullo. Era el día antes de Navidad, y Della no tenía más que un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Fue, y vendió su pelo por veinte dólares, con los que le compró a Jim una pulsera de platino para su precioso reloj. Cuando Jim llegó a casa por la noche y vio la cabecita trasquilada de Della, se quedó estupefacto. No era que no le gustara, ni que la amara menos por eso; porque estaba más preciosa que nunca. Despacito, él le entregó a ella su regalo: era un juego de peines de concha de tortuga muy caros, para su precioso pelo… y había vendido su reloj de oro para comprarlos. Cada uno le había dado al otro todo lo que tenía. El amor verdadero no tiene otra manera de dar.

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