Juan 11 De camino a la Gloria

Juan 11: De camino a la Gloria

 Hubo un tal Lázaro, que procedía de Betania, la aldea donde vivían María y su hermana Marta, que se puso enfermo. María fue la que ungió al Señor con un ungüento aromático y le secó los pies con sus cabellos; y el que se puso enfermo era su hermano Lázaro. Así es que las hermanas Le enviaron recado a Jesús en estos términos: «Señor, fíjate: el que amas está enfermo.»

Cuando Jesús recibió el mensaje, dijo:

-Esta enfermedad no va a resultar fatal; más bien ha sucedido por causa de la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por este medio.

Jesús amaba a Marta, y a su hermana, y a Lázaro.

Una de las cosas más preciosas del mundo es tener una casa y un hogar al que uno puede ir en cualquier momento, y encontrar descanso y comprensión y paz y amor. Eso era doblemente cierto en el caso de Jesús, porque Él no tenía un hogar suyo propio; no tenía donde reclinar la cabeza Luk_9:58 ). En el hogar de Betania encontró algo de todo eso. Había allí tres personas que Le amaban; y allí podía encontrar descanso de las tensiones de la vida.

El mayor regalo que nadie puede hacer es dar comprensión y paz. El tener alguien al que uno puede acudir en cualquier momento sabiendo que no se reirá de nuestros sueños ni malentenderá nuestras confidencias es lo más maravilloso del mundo. Es una posibilidad para todos nosotros el tener un hogar así. No hace falta mucho dinero, ni requiere una hospitalidad exquisita. Sólo se necesita un corazón comprensivo. Nadie puede tener nada mejor que ofrecer a sus semejantes que « el don del reposo para unos pies cansados,» como ha dicho alguien; y eso era lo que Jesús encontraba en la casa de Betania en la que vivían Marta y María y Lázaro.

El nombre Lázaro quiere decir Dios es mi ayuda, y es el mismo que Eleazar. Lázaro se puso enfermo, y sus hermanas Le enviaron recado a Jesús para notificárselo. Es encantador comprobar que el mensaje de las hermanas no incluía la petición de que Jesús fuera a Betania. Sabían que no era necesario; sabían que, con hacerle saber que tenían una necesidad, bastaría para hacerle ir. Agustín se fijó en este detalle, y dijo que era suficiente que Jesús lo supiera. Porque no es posible amar a una persona y desertarla en la necesidad. C. F. Andrews nos cuenta de dos amigos que sirvieron juntos en la Primera Guerra Mundial. Uno de ellos fue herido, y se quedó desamparado en tierra de nadie. El otro, con peligro de la vida, fue a rastras adonde estaba para ayudarle; y cuando le alcanzó, el herido levantó la mirada y dijo sencillamente: «Sabía que vendrías.» Es maravilloso saber que el simple hecho de nuestra necesidad atrae a nuestro lado a Jesús en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando Jesús llegó a Samaria sabía que, le pasara lo que le pasara a Lázaro, El tenía poder para resolverlo. Pero, en un principio, se limitó a decir que aquella enfermedad se había presentado para la gloria de Dios y Suya. Ahora bien: eso era cierto en dos sentidos, y Jesús lo sabía. (i) La curación permitiría sin duda a la gente ver la gloria de Dios en acción. (ii) Pero había algo más. Una y otra vez en el Cuarto Evangelio, Jesús habla de Su gloria en relación con la Cruz. Juan nos dice en 7:39 que el Espíritu no había venido todavía porque Jesús todavía no había sido glorificado, es decir, porque aún no había muerto en la Cruz. Cuando acudieron a El los griegos, Jesús dijo: « Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado» (Joh_12:23 ). Y era de la Cruz de lo que estaba hablando, porque inmediatamente dijo que el grano de trigo tiene que caer en la tierra y morir para llevar fruto. En Joh_12:16 , Juan dice que los discípulos se acordaron de estas cosas después que Jesús fue glorificado, es decir, después de Su muerte y resurrección.

Está claro en el Cuarto Evangelio que Jesús veía la Cruz como Su suprema gloria y como Su camino a la gloria. Así que, cuando dijo que la curación de Lázaro Le glorificaría, estaba dando muestras de que sabía perfectamente bien que el ir a Betania y devolverle la salud, y la vida, a Lázaro, era dar un paso que Le conduciría a la Cruz. Y así fue.

Con los ojos abiertos Jesús aceptó la Cruz para ayudar a Su amigo. Sabía el precio, y estaba dispuesto a pagarlo.

Cuando nos viene alguna prueba o aflicción, especialmente si es en consecuencia de nuestra fidelidad a Cristo, lo veríamos en una luz totalmente diferente si nos diéramos cuenta de que la cruz que tenemos que asumir es nuestra gloria y el camino a una gloria aún más grande. Para Jesús, no había otro camino a la gloria que el que pasaba por la Cruz; y así debe ser siempre también para Sus seguidores.

BASTANTE TIEMPO, PERO NO DEMASIADO

Juan 11:6-10

Ahora bien: después de enterarse Jesús de que Lázaro estaba enfermo, se quedó donde estaba otros dos días, pasados los cuales les dijo a Sus discípulos:

-Volvamos a Judasa otra vez.

-Pero, Rabí -Le contestaron ellos-, las cosas han llegado a un punto que los judíos estaban buscando la manera de apedrearte; ¿y sugieres que volvamos allá?

-¿No tiene el día doce horas? -les contestó Jesús-. Si uno anda de día, no tropieza, porque tiene la luz de este mundo. Pero, si se anda de noche, se tropieza, porque no se tiene luz.

Puede que encontremos extraño que Jesús se quedara otros dos días enteros donde estaba después de recibir la noticia de la enfermedad de Lázaro. Los comentaristas han sugerido diversas razones para explicar este retraso.

(i) Se ha sugerido que Jesús esperó para que, cuando llegara a Betania, Lázaro ya estuviera muerto sin lugar a duda.

(ii) Por tanto, se ha sugerido que Jesús esperó porque el retraso haría mucho más impresionante el milagro que se proponía realizar. La maravilla de resucitar a un hombre que llevaba cuatro días muerto sería mucho mayor.

(iii) La verdadera razón por la que Juan nos cuenta la historia de esta manera es que él nos presenta siempre a Jesús tomando la iniciativa por Su cuenta, no por imposición de nadie ni de las circunstancias. Cuando convirtió el agua en vino en Caná de Galilea (Joh_2:1-11 ), Juan nos presenta a María acudiendo a Jesús y contándole el problema; y la primera respuesta de Jesús fue: « No te preocupes por eso. Déjame resolverlo a Mi manera.» Entra en acción, no porque Le convencen u obligan otros, sino siempre por propia iniciativa. Cuando Juan nos relata que los hermanos de Jesús trataron de desafiarle para que fuera a Jerusalén (Joh_7:1-10 ), nos presenta a Jesús, primero, rehusando ir a Jerusalén; y luego, yendo cuando Él lo decidió por Sí. Juan se propone siempre hacernos ver que Jesús hacía las cosas, no obligado por nada, sino porque lo decidía por Sí mismo y en Su momento. Eso es lo que vemos aquí también. Es una advertencia para nosotros. Muchas veces quisiéramos que Jesús interviniera de cierta manera y cuando nosotros decimos; hemos de aprender a dejarle intervenir como y cuando Él decida.

Por último, cuando Jesús anunció la vuelta a Judasa, Sus discípulos se sorprendieron y espantaron. Se acordaban de que, la última vez que había estado allí, los judíos habían estado buscando la manera de matarle. El volver a Judasa entonces les parecía, como se puede comprender, la manera más segura de cometer suicidio.

Entonces Jesús dijo algo que encierra una gran verdad de valor permanente: «¿No tiene el día doce horas?» Esta pregunta implica tres grandes verdades.

(i) Un día no puede terminar antes de tiempo. Tiene doce horas que transcurren no importa lo que suceda. La duración del día es fija, y nada lo acortará o alargará. En la economía de Dios del tiempo, cada persona tiene su día, corto o largo.

(ii) Si el día tiene doce horas, hay tiempo suficiente para lo que una persona tiene que hacer, sin andarse con prisas.

(iii) Pero, aunque haya doce horas en el día, hay sólo doce horas. No se pueden prolongar; y, por tanto, no hay que perder el tiempo. Hay bastante tiempo, pero no demasiado. Hay que «redimir el tiempo» (Eph_4:16 ; Col_4:5 ).

La leyenda del doctor Fausto ha cristalizado en muchas obras literarias y otras. En el drama de Marlowe, Fausto hace un pacto con el diablo: durante veinticuatro años, el diablo está a su servicio, y le concede todos sus deseos; pero al final de aquel tiempo, el diablo se quedará con su alma. Cuando han pasado los veinticuatro años y llega la última hora, Fausto se da cuenta del mal negocio que ha hecho. Querría que el tiempo se parara, «que esa hora fuera un año, un mes, una semana, un día completo, para darle una oportunidad de arrepentirse y salvar su alma; pero las estrellas siguen moviéndose, el tiempo corre, el reloj lo mide, el diablo vendrá y Fausto será condenado.» No hay nada en el mundo que pueda darle a Fausto más tiempo. Ese es uno de los más amenazadores Hechos de la vida. El día tiene doce horas, y sólo doce. No hay que precipitarse, pero tampoco demorarse. Hay suficiente tiempo en la vida, pero no hay tiempo que perder.

EL DÍA Y LA NOCHE

Jesús pasa a desarrollar lo que acaba de decir del tiempo. Dice que si una persona anda a la luz del día, no tropieza; pero, si trata de andar de noche, va dando traspiés.

Juan dice una y otra vez cosas que tienen un doble sentido: uno que está en la superficie y es verdad, y otro más escondido que es más verdad todavía. Así hace aquí.

(i) Hay un sentido en la superficie que es perfectamente cierto y que debemos tener en cuenta. El día judío, como el romano, se dividía en doce horas iguales que iban desde la salida hasta la puesta del Sol. Eso quiere decir, desde luego, que la duración de la hora variaba en proporción con el día y la estación del año. En la superficie, Jesús estaba diciendo sencillamente que uno no tropieza a la luz del Sol; pero, cuando llega la oscuridad, no se puede ver el camino. Por supuesto que entonces no había iluminación en las calles, y menos en las zonas rurales. En la oscuridad y con los medios de entonces era muy peligroso viajar.

Jesús está diciendo que una persona tiene que terminar su jornada laboral durante el día, porque llega la noche y no se puede seguir trabajando. El deseo natural de todo el mundo es llegar al final del día con el trabajo diario terminado. El estrés y la prisa de la vida se deben sencillamente al hecho de que tratamos de recuperar lo que debíamos haber hecho antes. Todos deberíamos usar el capital de tiempo del que disponemos sin disiparlo en inútiles extravagancias, por muy agradables que nos parezcan, para no quedar nunca en deuda de tiempo al final de cada día.

(ii) Pero por debajo de la superficie hay otro sentido. ¿Quién puede oír o leer la frase la luz del mundo sin pensar en Jesús? Una y otra vez Juan usa las palabras la oscuridad y la noche para describir la vida sin Cristo, dominada por el mal. En su dramático relato de la última cena, Juan nos dice que Judas salió para hacer los últimos preparativos de su traición. «Así que, después de recibir el bocado, salió inmediatamente; y era de noche» (Joh_13:30 ). La noche es el tiempo cuando una persona se aparta de Cristo para entregarse al mal.

El Evangelio se basa en el amor de Dios; pero, nos guste o no, también contiene una seria advertencia. Cada persona tiene sólo un cierto tiempo para hacer las paces con Dios mediante Jesucristo; y, si no lo hace, le espera el juicio. Por eso dice Jesús: «Acaba tu tarea principal; acaba la labor de restablecer la relación con Dios mientras tienes la luz del mundo; porque llega la hora en que, para ti también, se te echará encima la oscuridad, y será demasiado tarde.»

Ningún evangelio está tan seguro de que Dios ama al mundo como el de Juan; pero tampoco hay ningún otro tan seguro de que se puede rechazar ese amor. Tiene dos notas: la gloria de llegar a tiempo, y la tragedia de llegar demasiado tarde.

UNO QUE NO SE RETIRA

Juan 11:11-16

Después de decir aquello, prosiguió diciéndoles:

-Nuestro amigo Lázaro está durmiendo; pero voy a despertarle.

-Señor -Le dijeron los discípulos-, si puede dormir, se pondrá mejor.

Jesús se refería al sueño de la muerte, pero ellos pensaban que hablaba del sueño natural. Así que Jesús les dijo claramente:

-Lázaro ha muerto; y, por causa de vosotros, Me alegro de no haber estado allí, porque todo está diseñado para que vosotros lleguéis a creer. Pero vayamos hacia él.

A eso Tomás (cuyo nombre significa «Mellizo»), dijo:

-¡Vamos nosotros también a morir con Él!

Juan usa aquí su forma habitual de contar las conversaciones de Jesús. En el Cuarto Evangelio, las conversaciones de Jesús siempre siguen el mismo esquema: Jesús dice algo que parece muy sencillo; se le malentiende, y Él explica más claro lo que quería decir. Ya lo vimos en Su conversación con Nicodemo acerca del nuevo nacimiento (Joh_3:3-8 ); y con la Samaritana, sobre el agua de la vida (Joh_4:10-15 ).

Aquí Jesús empezó diciendo que Lázaro estaba durmiendo. A los discípulos aquello les pareció una buena noticia, porque no hay mejor medicina que el sueño. Pero la palabra dormir tenía a menudo un sentido más profundo y serio. Jesús dijo también de la hija de Jairo que estaba dormida (Mat_9:24 ); al final del relato del martirio de Esteban se nos dice que se quedó dormido (Act_7:60 ). Pablo habla de los hermanos que ya habían muerto como «los que durmieron en Jesús» (1Th_4:13 ); y de los testigos de la Resurrección que ya se habían quedado dormidos (1Co_15:6 ). Así es que Jesús tuvo que decirles claramente que Lázaro se había muerto; y entonces siguió diciéndoles que, por el bien de ellos, era una buena cosa, porque daría lugar a un acontecimiento que los fortalecería más en la fe.

La prueba definitiva del Evangelio consiste en ver lo que Jesucristo puede hacer. Las palabras puede que no consigan convencer; pero no hay razonamientos que se le puedan oponer a la intervención de Dios. Es un hecho indiscutible que el poder de Cristo convierte al cobarde en un héroe, al vacilante en una persona segura, al egoísta en un servidor de los demás. Sobre todo, es un hecho histórico innegable que el poder de Cristo convierte a los malos en buenos.

Eso es lo que supone una responsabilidad tan tremenda para el cristiano individual. El propósito de Dios es que cada uno de nosotros sea una prueba viviente de Su poder. Nuestra tarea no consiste en recomendar a Cristo de palabra -porque contra eso siempre habrá argumentos, y siempre se podrá poner detrás de una prueba verbal cristiana Q E.D., quod erat demonstrandum, eso habría que demostrarlo-, sino el demostrar con nuestras vidas lo que Cristo ha hecho por nosotros. Sir John Reith dijo una vez: «No me gustan las crisis; pero sí las oportunidades que aportan.» La muerte de Lázaro supuso una crisis en la vida de Jesús, y Él se alegraba, porque Le daba una oportunidad de demostrar, de la manera más sorprendente, lo que Dios puede hacer. Todas las crisis deberían ser para nosotros algo así.

En aquella situación, los discípulos habrían podido negarse a seguir a Jesús; pero una voz solitaria se dejó oír. Todos creían que el volver a Jerusalén era jugarse la vida, y no daban el paso al frente. Pero entonces se oyó la voz de Tomás: «¡Vamos nosotros también a morir con Él!»

Todos los judíos de entonces tenían dos nombres: el hebreo, para la familia y el círculo más íntimo, y el griego, para todo lo demás. Tomás es el nombre hebreo y Dídimo (R-V) el griego, y los dos quieren decir lo mismo, Mellizo. En los evangelios apócrifos se urdieron algunas leyendas en torno a Tomás, y hasta se llegó a decir que era el mellizo de Jesús.

En esta ocasión, Tomás desplegó la mejor clase de valor. En su corazón, como dice R. H. Strachan, «no había una fe expectante, sino una desesperación leal.» Pero a una cosa estaba decidido: Viniera lo que viniera, él no se retiraba.

Gilbert Frankau cuenta que un oficial amigo suyo en la guerra de 1914-1918 tenía que elevarse en un globo para indicar a la artillería si sus proyectiles caían demasiado cerca o lejos del blanco. Era una de las misiones más peligrosas que se podían encomendar. Como el globo estaba atado, era un blanco fijo para los cañones y aviones enemigos. Gilbert Frankau dice que su amigo, «cada vez que se subía al globo aquel estaba con los nervios de punta; pero no se rajó.»

Esta es la más elevada clase de valor. No es que no se tenga miedo. Cuando no se tiene miedo es lo más fácil del mundo hacer lo que sea. El verdadero valor es darse cuenta perfectamente del peligro, tener miedo y, sin embargo, hacer lo que se debe. Así era Tomás aquel día. No debemos nunca avergonzarnos de tener miedo; pero sí de dejar que el miedo nos impida hacer lo que sabemos en lo más íntimo que debemos hacer.

UNA FAMILIA EN DUELO

Juan 11:17-19

Así que, cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro ya llevaba cuatro días en la tumba. Betania está cerca de Jerusalén, a menos de tres kilómetros. Muchos de los judíos habían ido a casa de Marta y María a darles el pésame por la muerte de su hermano.

Para visualizar esta escena tenemos que ver primero cómo era un duelo judío. Por lo general en Palestina, debido al clima, se enterraban los muertos lo antes posible. Hubo un tiempo cuando un entierro era sumamente caro: se usaban para ungir el cuerpo los mejores perfumes y especias; el cadáver se vestía con ropas de lujo, y se le enterraba con toda clase de objetos de valor. A mediados del siglo I, todo esto se había convertido en un gasto insoportable. Naturalmente, en esos casos nadie quería ser menos que los vecinos; y eso hacía que los envoltorios y ropas y tesoros que se dejaban en la tumba costaran cada vez más. El asunto llegó a convertirse en una carga que nadie quería alterar, hasta que el famoso rabino Gamaliel le dejó dispuesto que le enterraran envuelto en un sudario de la tela más ,sencilla, y así contribuyó a poner fin al despilfarro de los funerales. Hasta hoy en día se bebe una copa en los entierros judi a la memoria de rabí Gamaliel II, que rescató a los judíos

aquellas ostentaciones funerarias. Desde su tiempo, el cadáver se envolvía en una mortaja de hilo, que a veces recibía el bonito nombre de «traje de viaje».

Todos los que podían asistían al funeral. Los más posibles se suponía que, por cortesía o por respeto, se sumaban a la comitiva hasta el cementerio. Una curiosa costumbre era que las mujeres iban delante; se decía que, como había sido una mujer la que con su primer pecado había traído la muerte al mundo, debían ser ellas las que dirigieran el cortejo fúnebre hasta la tumba. Al pie de la tumba se hacían a veces discursos en memoria de la persona difunta. Se esperaba de todos que expresaran su profunda condolencia y, al retirarse de la tumba, se formaban dos filas largas por entre las que pasaban los familiares más próximos. Pero había esta norma tan prudente: no había que fastidiar a los que estaban de duelo con conversaciones vanas e intempestivas. Se los dejaba en paz, en su trance, con su dolor.

En la casa de duelo se observaban ciertas costumbres. Mientras estaba el cadáver allí, estaba prohibido comer carne o beber vino, ponerse las filacterias o dedicarse a ninguna clase de estudio. No se preparaba comida en la casa; y no se podía comer nada en presencia del cadáver. Tan pronto como este se sacaba, se ponían al revés todos los muebles, y los que estaban de duelo se sentaban en el suelo o en taburetes.

Al volver de la tumba se servía una comida que habían preparado los amigos de la familia. Consistía en pan, lentejas y huevos duros, que, por su forma, simbolizaban la vida que va rodando hacia la muerte.

El duelo duraba siete días, de los que los tres primeros se pasaban llorando. Durante los siete días estaba prohibido ungirse, ponerse zapatos, dedicarse a ninguna clase de estudio o de negocios y ni siquiera lavarse. A la semana de duelo seguían treinta días de luto riguroso.

Así es que, cuando Jesús se sumó a los que había en la casa de Betania, encontró lo que se esperaría en una casa en duelo. Era un deber sagrado ir a expresar condolencia a los familiares y amigos del difunto. El Talmud dice que el que visite a los enfermos librará su alma de la gehena; y Maimónides, el gran polígrafo Judasoespañol de la Edad Media, declaró que visitar a los enfermos es la más importante de todas las buenas obras. Las visitas de simpatía a los enfermos y a los que estaban de duelo eran una parte esencial de la religión judía. Cierto rabino, explicando el texto de Deu_13:4 : «En pos del Señor vuestro Dios andaréis,» dijo que ese texto nos manda imitar las cosas que la Escritura dice que Dios hace. Dios vistió a los desnudos (Gen_3:21 ); visitó a los enfermos (Gen_18:1 ); consoló a los que estaban de duelo (Gen_25:11 ); y enterró a los muertos (Deu_34:6 ). En todas estas acciones debemos imitar a Dios.

El respeto a los muertos y la condolencia con los que están de duelo eran algo esencial para los judíos. Al marcharse de la tumba, se volvían y decían: «¡Ve en paz!»; y nunca mencionaban el nombre del difunto sin decir: «Que en paz descanse.» Hay algo muy conmovedor en la manera que tenían los judíos de mostrar condolencia con los afligidos. Fue a una casa llena de gente así a la que llegó Jesús aquel día.

LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA

Juan 11:20-27

Así que, cuando Marta se enteró de que Jesús venía de camino, Le salió al encuentro; pero María se quedó sentaba en la casa. Marta Le dijo a Jesús:

-¡Señor, si hubieras estado aquí no se habría muerto mi hermano! Aun como están las cosas, yo sé que lo que Le pidas a Dios, Te lo concederá.

-Tu hermano resucitará -le dijo Jesús.

-Sí, ya lo sé -Le contestó Marta- que resucitará en la resurrección, el último día.

 

-Yo soy la Resurrección y la Vida -le dijo Jesús-. El que crea en Mí, vivirá aunque haya muerto; y todos los que estén vivos y crean en Mí, no morirán nunca. ¿Lo crees tú?

 

-Sí, Señor -Le contestó Marta-; yo estoy convencida de que Tú eres el Ungido de Dios, el Hijo de Dios, el Que había de venir al mundo.

En esta historia, también, Marta es todo un personaje. Cuando Lucas nos habla de Marta y María (Luk_10:38-42 ), nos presenta a Marta como la mujer de acción, y a María como la que más bien se sentaba tranquila. Así aparecen aquí. Tan pronto como les anunciaron que Jesús venía de camino, Marta salió a Su encuentro, porque no podía estarse quieta; pero María se quedó esperándole.

Cuando Marta llegó adonde estaba Jesús, el corazón se le salía por los labios. Aquí tenemos una de las expresiones más humanas de toda la Biblia; porque Marta habló, en parte con un reproche que no se podía guardar para sí, y en parte con una fe que nada podía hacer vacilar. «¡Señor -Le dijo-, si hubieras estado aquí no se habría muerto mi hermano!» En sus mismas palabras podemos leer su pensamiento. Marta habría querido decir: «Cuando recibiste nuestro recado, ¿por qué no viniste en seguida? Lo has dejado para demasiado tarde.» Pero tan pronto como se le escaparon esas primeras palabras, las siguieron otras que eran las de la fe, una fe que desafiaba los Hechos y la experiencia. «Aun a pesar de todo -dijo movida por una esperanza desesperada-, aun a pesar de todo, yo sé que Dios Te dará lo que Le pidas.» «Tu hermano resucitará» -le dijo Jesús. «Sí, ya lo sé -le contestó Marta- que resucitará en la resurrección general el Día del Juicio.»

Ahora bien: ésa era una cosa extraordinaria. Una de las cosas que más nos extrañan de la Escritura es el hecho de que los santos del Antiguo Testamento no tenían prácticamente ninguna fe en una vida real después de la muerte. En los primeros tiempos, los Hebreos creían que el alma de una persona, buena o mala, iba al Seol, que a veces se traduce erróneamente por infierno; pero no era un lugar de tortura, sino la tierra de las sombras. Todos iban a parar allí, donde llevaban una especie de vida vaga, sombría, sin fuerza ni alegría. Esta es la creencia que se refleja en la mayor parte del Antiguo Testamento. «Porque en la muerte no hay memoria de Ti; en el Seol, ¿quién Te alabará?» (Psa_6:5 ). «¿Qué provecho hay en mi muerte cuando descienda a la sepultura? ¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará Tu fidelidad?» (Psa_30:9 ). El salmista habla de «los asesinados que yacen en la tumba, como aquellos de los que ya ni Te acuerdas más, porque Te los arrebataron de las manos» (Psa_88:5 ). «¿Será contada en el sepulcro Tu misericordia -pregunta-, o Tu fidelidad en el Abadón? ¿Serán reconocidas en las tinieblas Tus maravillas, y Tu justicia en la tierra del olvido?» (Psa_88:10-12 ). «No alabarán los muertos al Señor, ni cuantos descienden al silencio» (Psa_115:17 ). El Predicador dice lúgubremente: «Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría» (Ecc_9:10 ). La creencia pesimista de Ezequías es que «El Seol no Te exaltará, ni Te alabará la muerte; ni los que descienden al sepulcro esperarán en Tu fidelidad» (Isa_38:18 ). Después de la muerte estaba la tierra del silencio y del olvido, donde la sombras de los que vivieron están separadas tanto de la humanidad como de Dios. Como escribió J. E. McFadyen: «Hay pocas cosas más maravillosas que esta en la larga historia de la religión: que a lo largo de los siglos ha habido personas que han vivido vidas nobles, cumpliendo con sus obligaciones y soportando sus aflicciones, sin esperar ninguna recompensa futura.»

Muy de tarde en tarde en el Antiguo Testamento, alguien dio un arriesgado salto de fe. El salmista clama: «Mi cuerpo también mora seguro. Porque Tú no me entregas al Seol, ni dejas a tu piadoso ver el hoyo. Tú sí me muestras el sendero de la vida; en Tu presencia hay plenitud de gozo, a Tu diestra hay placeres para siempre» (Psa_16:9-11 ). «Yo estoy constantemente contigo; Tú me sostienes firmemente la mano derecha. Tú me guías con Tu consejo, y después me recibirán en la gloria» (Psa_73:23-24 ). El salmista estaba convencido de que ni siquiera la muerte podía deshacer una relación real con Dios. Pero en esa etapa era un desesperado salto de fe más que una convicción firme.

Finalmente, en el Antiguo Testamento encontramos en Job el Everest que pocos consiguieron escalar. En medio de todos sus desastres, Job exclama:

Y, como fiador, yo veré… ¡a Dios!;

a Quien mis ojos verán, y no los de un extraño.

(Job_14:7-12 ; siguiendo la traducción de J. E. McFadyen).

Aquí está la auténtica semilla de la fe en la inmortalidad. La historia de los judíos está llena de desastres, cautiverios, esclavitud y derrota. Sin embargo, el pueblo judío tenía la convicción inconmovible de ser el pueblo escogido de Dios. Esta Tierra no lo había presenciado nunca, ni lo presenciaría; inevitablemente, por tanto, invocaban al nuevo mundo para deshacer los entuertos del viejo. Llegaron a ver que, si se había de realizar plenamente el propósito de Dios, y de cumplir Su justicia, si Su amor habría de satisfacerse alguna vez, se necesitaban otro mundo y otra vida. Como dice Galloway, al que cita McFadyen: «Los enigmas de la vida se volverían un poco menos abrumadores si pudiéramos descansar en la convicción de que este no es el último acto del drama humano.» Fue precisamente ese sentimiento el que condujo a los Hebreos a la convicción de que había otra vida por venir.

Es verdad que, en los días de Jesús, los saduceos todavía se negaban a creer en ninguna vida después de la muerte. Pero los fariseos y la gran mayoría de los judíos sí creían. Decían que, en el momento de la muerte, los dos mundos, el del tiempo y el de la eternidad, se encontraban y se besaban. Decían que los que morían veían a Dios, y se negaban a llamarlos los muertos; los llamaban los vivos. Cuando Marta contestó a la pregunta de Jesús, dio testimonio de la cima más elevada de la fe que había escalado su nación.

Cuando Marta declaró su fe ortodoxa judía sobre la vida por venir, Jesús dijo de pronto algo que le daba a esa fe una nueva realidad y un nuevo significado. «Yo soy la Resurrección y la Vida -le dijo Jesús-. El que crea en Mí, vivirá aunque haya muerto; y todos los que estén vivos y crean en Mí, no morirán nunca.» ¿Qué quería decir exactamente? El pensamiento de toda una vida no bastaría para revelar todo su contenido; pero debemos intentar captar todo lo que podamos.

Una cosa está clara, y es que Jesús no estaba pensando en términos de la vida física; porque, hablando humanamente, no es verdad que los que creen en Jesús no se mueren nunca. Los cristianos experimentan la muerte física tanto como los que no lo son. Debemos buscar un significado más que físico.

(i) Jesús estaba pensando en la muerte del pecado. Estaba diciendo: «Aunque una persona esté muerta en el pecado; aunque, por sus pecados, haya perdido todo lo que hace que la vida merezca llamarse vida, Yo puedo hacer que vuelva a estar viva otra vez.» Es un hecho que eso es totalmente cierto. A. M. Chirgwin cita el ejemplo de Tokichi Ishii, que tenía un expediente criminal casi sin paralelo. Había matado a hombres, mujeres y niños con una crueldad bestial. Eliminaba sin piedad a todos los que se interpusieran en su camino. Por fin, se encontraba en la cárcel esperando la ejecución. Allí le visitaron dos señoras canadienses que trataron de hablarle a través de las rejas, pero él se limitaba a mirarlas con el ceño de una fiera enjaulada. Por último tuvieron que abandonar; pero le dejaron una biblia. Él empezó a leerla; y, una vez que empezó, ya no pudo parar. Siguió leyendo hasta que llegó al relato de la Crucifixión, y a las palabras de Jesús: « ¡Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen!»; y esa oración del Señor le quebrantó el empedernido corazón. «Me detuve -contó después- con el corazón atravesado peor que si hubiera sido con un clavo de cinco pulgadas. ¿Diré que fue por el amor de Cristo? ¿O por Su compasión? No sé como llamarlo; lo único que sé es que creí, y que desapareció la dureza de mi corazón.» Más tarde, cuando el condenado fue al patíbulo, ya no era el endurecido hosco animal que había sido antes, sino un hombre radiante y sonriente. El asesino había nacido de nuevo; Cristo le había dado una nueva vida.

No es imprescindible que suceda de una manera tan dramática. Una persona puede volverse tan egoísta que esté muerta para las necesidades de los demás. Uno puede llegar a ser tan insensible que esté muerto para los sentimientos de otros. Se puede llegar a estar tan involucrado en la falta de honradez y de dignidad que se está muerto para el honor. Hay quienes se sumen de tal manera en la inercia que están espiritualmente muertos. Pero Jesucristo puede resucitarlos. El testimonio de la Historia es que ha resucitado a millones y millones de personas así, y Su toque no ha perdido su antiguo poder.

(ii) Jesús estaba pensando también en la vida venidera. Él trajo la certeza de que la muerte no es el final. Las últimas palabras de Eduardo III el Confesor fueron: «No lloréis. Yo no me voy a morir. Al dejar la tierra de los que mueren, confío en ver las bendiciones del Señor en la tierra de los que viven.» Llamamos a este mundo da tierra de los vivientes; pero sería más correcto llamarlo la tierra de los murientes. Por Jesucristo sabemos que vamos de camino, no hacia el ocaso, sino hacia el amanecer; sabemos que la muerte es una puerta en el firmamento, como ha dicho Mary Webb. En el sentido más auténtico, no vamos de camino hacia la muerte, sino hacia la vida.

¿Cómo sucede esto? Sucede cuando creemos en Jesucristo. ¿Y qué quiere decir eso? Creer en Jesús quiere decir aceptar todo lo que ha dicho Jesús como la verdad absoluta; y jugarnos la vida con entera confianza en que es así. Cuando hacemos eso, entramos en dos nuevas relaciones.

(a) Entramos en una nueva relación con Dios. Cuando creemos que Dios es como nos ha dicho Jesús, llegamos a estar absolutamente seguros de Su amor, y de que es, por encima de todo, un Dios redentor. El miedo a la muerte se desvanece, porque morir es ir con el gran Amador de las almas humanas.

(b) Entramos en una nueva relación con la vida. Cuando aceptamos el camino de Jesús; cuando tomamos Sus mandamientos como nuestra ley, y cuando nos damos cuenta de que Él está siempre dispuesto a ayudarnos a vivir como Él nos manda, la vida se convierte en algo totalmente nuevo. Está revestida de un nuevo encanto, una nueva delicia, una nueva fuerza. Y cuando hacemos nuestro el camino de Jesús, la vida se convierte en una cosa tan preciosa que no podemos concebir que se acabe quedando incompleta.

Cuando creemos en Jesús, cuando aceptamos lo que Él nos dice acerca de Dios y acerca de la vida y nos jugamos el todo por el todo a que es verdad, resucitamos de veras, porque somos liberados del miedo que caracteriza a la vida sin Dios; somos liberados de la frustración que caracteriza a la vida sometida al pecado; somos liberados de la vacuidad de la vida sin Cristo. La vida se eleva de la muerte del pecado para llegar a ser algo tan auténtico que no puede morir, y que no encuentra en la muerte más que la transición a una vida superior.

LA EMOCIÓN DE JESÚS

Juan 11:28-33

Después de decir aquello, Marta se fue a llamar a su hermana María; y le dijo, sin dejar que las otras personas se enteraran:

-Ha llegado el Maestro, y quiere verte.

En cuanto lo oyó, María se levantó aprisa y se dirigió al lugar donde estaba Jesús. Él no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde le había encontrado Marta. Entonces los judíos que estaban en la casa haciendo duelo con María, cuando la vieron levantarse aprisa y salir, la siguieron, pensando que se iba a llorar a la tumba.

Cuando María llegó adonde estaba Jesús y Le vio, se arrodilló a Sus pies.

-¡Señor -Le dijo-, si hubieras estado aquí, mi hermano no se habría muerto!

Cuando Jesús la vio llorar, y a los judíos que habían venido con ella también llorando, Se conmovió profundamente en Su espíritu de tal manera que no pudo reprimir un gemido, y tembló movido por una profunda emoción.

Marta volvió a la casa, a decirle a María que había llegado Jesús. Quería darle la noticia en secreto, sin que los visitantes se enteraran, porque quería que María tuviera unos instantes a solas con Jesús antes de que el gentío los rodeara haciéndoles imposible una conversación privada. Pero, cuando los visitantes vieron a María levantarse de prisa y salir, supusieron inmediatamente que se dirigiría a la tumba de Lázaro. Era costumbre, sobre todo entre las mujeres, ir a llorar a la tumba siempre que les era posible. El saludo de María fue exactamente el mismo que el de Marta. Si Jesús hubiera llegado a tiempo, Lázaro estaría vivo todavía.

Jesús vio llorar a María y a todos los que estaban en el duelo con ella. Debemos recordar que aquello no sería simplemente que se les saltaban las lágrimas, sino más bien lamentos y chillidos histéricos; porque la manera judía de considerar un duelo era que, cuanto más incontrolado el lloro, tanto mayor honor se confería al difunto.

Aquí nos encontramos con un problema de traducción. La palabra que muchas traducciones, entre ellas la Reina-Valera, traducen por se estremeció en espíritu, viene del verbo embrimasthai, y se encuentra otras tres veces en el Nuevo Testamento. Se usa en Mat_9:30 , donde Jesús le encargó rigurosamente (R-V) a los ciegos que no divulgaran el hecho de que les había devuelto la vista. Se usa en Mar_1:43 : «le encargó rigurosamente» al leproso que no publicara el que Jesús le había curado. Y se usa en Marcos 14: S, donde los espectadores murmuraban contra la mujer que había ungido la cabeza de Jesús con un ungüento costoso, porque pensaban que aquella acción de amor era un derroche injustificado. En cada uno de estos ejemplos, la palabra contiene una cierta severidad, casi ira. Quiere decir más bien reprender, dar una orden rigurosa. Los que quieran tomarlo así traducirían: «Jesús se conmovió de ira en Su espíritu.»

¿Por qué de ira? Se ha sugerido que aquel despliegue de lágrimas de los visitantes judíos no era más que hipocresía; que esa comedia de duelo despertaba la indignación de Jesús. Es posible que eso fuera verdad de los visitantes, aunque no se nos indica que fueran insinceros; pero sin duda no era verdad de María, y apenas puede considerarse correcto aquí el interpretar embrimasthai como implicando ira. La traducción de Reina-Valera (1909 y 1960) nos parece descolorida para esta palabra tan poco frecuente, y no hace justicia a toda la fuerza del original. Se podría decir: «Dio escape a tal angustia de espíritu que hacía que todo Su cuerpo Se le conmocionara de temblores.» Así llegaríamos más cerca del significado original. En griego clásico embrimasthai quiere decir bufar un animal. Aquí debe querer decir que se apoderó de Jesús una emoción tan incontrolable que le arrancó gemidos del corazón.

Aquí tenemos una de las cosas más preciosas del Evangelio. Tan profundamente entró Jesús en el dolor humano que la angustia Le oprimía y estrujaba el corazón. «En toda angustia de ellos Él fue angustiado» (Isa_63:9 ).

Pero aún hay más. Para cualquier griego que leyera esto -y debemos recordar que fue escrito para los de cultura griega-, ésta sería una descripción sorprendente e increíble. Juan había escrito todo su evangelio sobre el tema de que en Jesús vemos la Mente de Dios. Para los griegos, la principal característica de Dios era lo que llamaban apatheía, que quiere decir la absoluta incapacidad de sentir cualquier emoción.

¿Cómo llegaron los griegos a atribuirle a Dios tal característica? Lo razonaban de la siguiente manera. Si podemos sentir pena o gozo, alegría o tristeza, eso quiere decir que algo fuera de nosotros nos puede afectar. Ahora bien: si una persona o cosa nos afecta, eso quiere decir que, a lo menos por un momento, tiene poder sobre nosotros. Nada ni nadie puede tener un efecto así sobre Dios; y eso quiere decir que Dios es esencialmente incapaz de sentir absolutamente ninguna emoción. Los griegos creían en un Dios aislado, desapasionado e impasible.

¡Qué imagen tan distinta nos da Jesús de Dios! Nos presenta a un Dios Cuyo corazón se estruja de angustia por la angustia de Su pueblo. Lo más grande que hizo Jesús fue traernos la noticia de un Dios Que no es insensible.

LA VOZ QUE DESPIERTA A LOS MUERTOS

Juan 11:34-44

-¿Dónde le pusisteis? -les preguntó Jesús.

-Ven a verlo -Le contestaron. Jesús se echó a llorar, y los judíos dijeron:

-¡Fijaos cómo le quería!

Algunos de ellos dijeron:

-¿No habría podido Éste, Que le abrió los ojos al ciego, haber hecho que no se muriera Lázaro?

Otra vez surgió un gemido de angustia de lo más íntimo de Jesús. Fue a la tumba. Era una cueva, y habían puesto una piedra para cerrarla. Jesús dijo:

-¡Quitad la piedra!

Marta, la hermana del difunto, Le dijo a Jesús:

-Señor, a estas alturas el hedor de la muerte le habrá invadido, porque lleva cuatro días en la tumba.

Pero Jesús le contestó:

-¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

Así que quitaron la piedra. Jesús elevó la mirada y dijo:

-Padre, gracias por haberme oído. Yo ya sabía que Tú Me oyes siempre; pero lo he dicho por los que están aquí alrededor, porque quiero que sepan que Tú Me has enviado.

Inmediatamente después de decir aquello, gritó con todas Sus fuerzas:

-¡Lázaro, sal de ahí!

Y el que había estado muerto salió, con las piernas y los brazos sujetos con vendas, y con la cara tapada con un paño. Y Jesús les dijo:

-¡Desenvolvedle para que pueda moverse por sí mismo!

Aquí llegamos a la última escena del drama. Una vez más se nos muestra la figura de Jesús conmocionado de angustia al compartir la angustia del corazón humano. Para los lectores griegos, esa breve frase, «Jesús lloró», sería lo más alucinante de toda la alucinante historia. Que el Hijo de Dios pudiera llorar les parecería increíble.

Debemos conservar en la mente el cuadro de una tumba palestina corriente. Sería, o una cueva natural, o un hueco hecho en la roca. Tendría una entrada en la que se colocaba el féretro al principio. Más al fondo habría una cámara, de unos dos metros de largo, dos y medio de ancho y poco más de alto. Tendría unos ocho espacios cortados en la roca, tres a cada lado y dos enfrente de la entrada, en los que se ponían los cadáveres. Los cuerpos se envolvían en una mortaja, pero los brazos y las piernas se cubrían aparte con una especie de vendas, y la cabeza también se cubría por separado. La tumba no tenía puerta; pero delante de la entrada había una ranura por la que se deslizaba una piedra grande para sellar la tumba.

Jesús pidió que quitaran la piedra. A Marta no se le ocurría nada más que una razón para abrir la tumba: que Jesús quería ver el rostro de su amigo por última vez. Marta no podía comprender aquel deseo, que no daría ningún consuelo. Advirtió que Lázaro ya llevaba cuatro días en la tumba. La razón era que los judíos creían que el espíritu de los muertos revoloteaba por la tumba cuatro días, buscando una ocasión para entrar en el cuerpo otra vez. Pero después de cuatro días, el espíritu ya se había ido; porque el rostro del difunto estaba tan descompuesto que ya no se podía ni reconocer.

Entonces Jesús dio la orden que hasta la muerte era impotente para resistir, y Lázaro salió. Es alucinante figurarse aquel cuerpo vendado pugnando por salir de la tumba. Jesús les dijo que le desenvolvieran de todos aquellos paños mortuorios, y le dejaran moverse con libertad.

Hay ciertas cosas que debemos notar.

(i) Jesús oró. El poder que fluía por Él no tenía su origen en Él, sino en Dios. «Los milagros -decía Godet- son simplemente oraciones contestadas.»

(ii) Jesús buscaba sólo la gloria de Dios. No hizo aquello para glorificarse a Sí mismo. Cuando Elías tuvo su épica contienda con los profetas de Baal, oró: «Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo reconozca que Tú eres el único Dios» (1Ki_18:37 ).

Todo lo que hacía Jesús era debido al poder de Dios y diseñado para la gloria de Dios. ¡Qué diferente de nosotros! Hacemos las cosas en nuestro propio poder, y para nuestro prestigio. Posiblemente habría más maravillas en nuestras vidas también si dejáramos de actuar por nosotros mismos y Le diéramos a Dios el lugar central que Le corresponde.

TRÁGICA IRONÍA

Juan 11:45-53

Entonces, muchos de los judíos que habían venido a hacerle compañía a María en el duelo y que vieron lo que había hecho Jesús, creyeron en Él. Pero otros fueron a informar a los fariseos de lo que había hecho Jesús.

En consecuencia, los principales sacerdotes y los fariseos reunieron el sanedrín, y dijeron:

-¿Qué vamos a hacer? ¡Porque este Hombre hace muchas señales! Si Le dejamos seguir así, van a creer todos en Él, y van a venir los Romanos y nos van a quitar nuestra posición y a destruir nuestra nación.

Uno de ellos, que se llamaba Caifás y que era el sumo sacerdote aquel año, les dijo:

-Vosotros no tenéis ni idea. No consideráis que nos conviene más que muera un Hombre por el pueblo, en vez de que toda la nación perezca.

Aquello que dijo, no es que se le había ocurrido a él; sino que, como era el sumo sacerdote aquel año, estaba en realidad profetizando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación judía, sino para reunir en una sola cosa a todos los hijos de Dios que estaban dispersos.

A partir de aquel día conspiraron para matarle.

Las autoridades judías se nos retratan aquí gráficamente. El maravilloso suceso de Betania los obligó a intervenir; era imposible seguir dejando actuar a Jesús, porque todo el pueblo acabaría por seguirle. Así es que se reunió el sanedrín para resolver aquella situación.

En el sanedrín estaban tanto los fariseos como los saduceos. Los fariseos no eran un partido político; su único interés era vivir de acuerdo con la ley en todos sus detalles, y no les importaba quién los gobernaba, con tal de que les permitiera seguir su obediencia meticulosa a la ley. Por otra parte estaban los saduceos, que eran intensamente políticos. Eran el partido aristocrático y rico; y eran el partido colaboracionista: con tal que se les permitiera retener sus riquezas, comodidades y posición de autoridad, estaban dispuestos a colaborar con Roma. Todos los principales sacerdotes eran saduceos. Y está claro que eran ellos los que dominaban el sanedrín. Es decir: que fueron los saduceos los que lo dijeron todo.

Juan nos los retrata con unas pocas pinceladas magistrales. Primero, eran declaradamente descorteses. Josefo dice de ellos (La guerra de los judíos 2:8,14) que «el comportamiento de los saduceos entre sí era bastante rudo, y su relación con sus iguales era tan áspera como con los extranjeros.» «Vosotros no tenéis ni idea», dijo Caifás (versículo 49). «Sois estúpidos y tenéis la cabeza vacía.» Aquí tenemos la arrogancia innata y avasalladora de los saduceos en acción; este era exactamente su carácter. Su arrogancia despectiva está en contraste implícito con los acentos de amor de Jesús.

Segundo, la única cosa que interesaba realmente a los saduceos era retener su poder y prestigio político y social. Lo que temían era que Jesús consiguiera muchos seguidores y provocara un conflicto con el gobierno. Los Romanos eran tolerantes en muchas cosas; pero, con un imperio tan extenso que gobernar, no podían permitir desórdenes civiles, que siempre sofocaban con mano firme y cruel. Si Jesús fuera el causante de un desorden civil, Roma se echaría encima con todo su poder, y no cabía la menor duda de que los saduceos perderían su posición de autoridad. Nunca se les ocurrió preguntarse si Jesús tendría o no razón. Su única pregunta era: «¿Qué efecto puede tener en nuestra posición y comodidad y autoridad?» Juzgaban las cosas, no a la luz de principios éticos, sino a la de sus propios intereses. Todavía sigue habiendo personas que anteponen su carrera a la voluntad de Dios.

Aquí encontramos un tremendo ejemplo de ironía dramática. Algunas veces, un personaje de teatro dice algo cuyo significado no comprende, pero el público sí. Eso es lo que se llama ironía dramática. Así es que los saduceos insistían en que había que eliminar a Jesús, porque si no los Romanos se les echarían encima y les quitarían sus privilegios. El año 70 d C. los Romanos, cansados de la testarudez judía, sitiaron Jerusalén, y la convirtieron en un montón de ruinas, llagando hasta a pasar simbólicamente el arado por el área del templo. ¡Qué diferentes podrían haber sido las cosas si los judíos hubieran aceptado a Jesús! Los mismos pasos que dieron para salvar a su nación la condujeron a la ruina. Esta destrucción tuvo lugar en el año 70 d C.; el evangelio de Juan se escribió hacia el año 100 d C.; y todos los que lo leyeran descubrirían la ironía dramática en las palabras de los saduceos.

Entonces el sumo sacerdote Caifás dijo aquellas palabras de doble filo: «Si tuvierais dos dedos de frente -les dijo-, llegaríais a la conclusión de que es mucho mejor que muera un Hombre por la nación antes que toda la nación perezca.» Los judíos creían que, cuando el sumo sacerdote buscaba el consejo de Dios para la nación, Dios hablaba por medio de él. En la antigua historia, Moisés escogió a Josué como su sucesor en la dirección de Israel. Josué habría de tener una parte en su honor; y, cuando necesitara el consejo de Dios, iría al sumo sacerdote Eleazar: «Y se pondrá delante del sacerdote Eleazar, y le consultará…; por el dicho de él saldrán, y por el dicho de él entrarán» (Num_27:18-21 ). El sumo sacerdote había de ser el canal de la palabra de Dios al líder o a la nación. Eso era Caifás en aquel día.

Aquí tenemos otro ejemplo tremendo de ironía dramática. Lo que Caifás quería decir era que era mejor que muriera Jesús que que hubiera problemas con los Romanos. Era verdad que Jesús había de morir para salvar a la nación -pero no en el sentido que decía Caifás. Era verdad de una manera mucho más maravillosa. Dios puede hablar por los medios menos imaginables. Algunas veces puede mandar Su mensaje por medio de alguien que ni siquiera sabe lo que está diciendo. Puede usar hasta las palabras de un hombre malo.

Jesús había de morir por la nación de Israel, y también por todo el pueblo de Dios esparcido por todo el mundo. La Iglesia Primitiva hizo un uso muy hermoso de estas palabras. El primer libro de liturgia de la Iglesia Cristiana se llamó La Didajé, La Doctrina de los Doce Apóstoles, y se escribió poco después del año 100 d C. Cuando se partía el pan en la Santa Cena se debía decir: «Como este pan estuvo esparcido por las montañas, y llegó a ser uno, que Tu Iglesia sea reunida de los fines de la Tierra en Tu Reino» (Didajé 9:4). Algún día los miembros dispersos de la Iglesia estarán unidos en un solo Cuerpo. Eso es algo que debemos pensar cuando vemos el pan partido en la Mesa del Señor.

JESÚS, FUERA DE LA LEY

Juan 11:54-57

En vista de aquello, Jesús ya no andaba abiertamente entre los judíos, sino que se retiró de ellos a un lugar al borde del desierto, a un pueblo que se llamaba Efraín, y se quedó allí con Sus discípulos.

Ahora bien, la fiesta judía de la Pascua iba a ser poco después; y muchos de las zonas rurales subían a Jerusalén antes de la fiesta de la Pascua para purificarse. Andaban buscando a Jesús; y cuando se encontraban en el templo, hablaban entre sí y se decían:

-¿Qué pensáis? ¿Es tan seguro que es imposible que venga a la fiesta?

A todo esto, los principales sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes que si alguien sabía dónde estaba Jesús, que se lo comunicara, para que Le echaran mano.

Jesús no jugaba con el peligro innecesariamente. Estaba dispuesto a entregar Su vida, pero no a malgastarla temerariamente antes de terminar Su obra. Así es que se retiró a un pueblo que se llamaba Efraín, que estaba cerca de Belén, en el país montañoso al Norte de Jerusalén (2Ch_13:19 ).

Para entonces ya empezaba Jerusalén a llenarse de gente. Antes de participar en ninguna fiesta, los judíos tenían que purificarse ritualmente; y la impureza se podía contraer al tocar un numero considerable de cosas y personas. Muchos de los judíos, por tanto, se adelantaban para llegar a la ciudad a tiempo para hacer las ofrendas necesarias y realizar las abluciones para estar seguros de que estaban ritualmente limpios. La ley decía: «Todos los varones tienen que purificarse antes de la fiesta.»

Estas purificaciones se llevaban a cabo en el templo. Requerían tiempo; y, mientras esperaban, los judíos se reunían en grupitos expectantes. Sabían lo que pasaba. Sabían de la contienda de voluntades entre Jesús y las autoridades; y la gente siempre está interesada en el Que se enfrenta valientemente con riesgos imprevisibles. Se preguntaban si aparecería en la fiesta; y concluyeron que no Le sería posible. Este Carpintero galileo no podía arrostrar todo el poder de la jerarquía eclesiástica y política judía.

Pero habían infravalorado a Jesús. Cuando llegara Su hora para aparecer, no habría poder en la Tierra que se lo impidiera. Martín Lutero fue uno de esos que no hacen caso de las advertencias de las almas timoratas que tratan de impedir que sean lo que consideran demasiado lanzados. Él seguía el camino que consideraba correcto «pese a todos los cardenales, papas, reyes y emperadores, con todos los demonios y el infierno.» Cuando le citaron para que se presentara a la dieta de Worms para retractarse de sus ataques a los abusos de la Iglesia Católica Romana, le advirtieron insistentemente del peligro. Su respuesta fue: «Iré aunque haya tantos demonios en Worms como tejas en sus tejados.» Cuando se le dijo que el duque Jorge le metería preso, contestó: «¡Iré aunque lluevan duques Jorge!» No era que Lutero fuera un temerario -porque a menudo le temblaban la voz y las rodillas cuando hacía esas declaraciones-;pero tenía un valor que conquistaba el miedo. El cristiano no teme a las consecuencias de hacer lo que debe, sino a las de no hacerlo.

Por los últimos versículos del capítulo sacamos la impresión de que, para este tiempo, Jesús ya estaba catalogado como un fuera de la ley. Puede que las autoridades judías hubieran ofrecido una recompensa por la información que condujera a Su detención, y que eso fuera lo que buscaba, y obtuvo, Judas. A pesar de todo, Jesús fue a Jerusalén. Y no furtivamente, por las callejuelas escondidas; sino abiertamente, y de tal manera que atrajo la atención de todo el mundo. Se podrá decir lo que se quiera de Jesús; pero hay que inclinarse de admiración ante Su valor, que desafiaba a la muerte. En aquellos últimos días de Su vida se comportó como el más valeroso fuera-de-la-ley de todos los tiempos.

Juan 11:1-57

11.1 El pueblo de Betania estaba ubicado unos tres kilómetros al este de Jerusalén en el camino a Jericó. Estaba lo bastante cerca de Jerusalén para que Jesús y sus discípulos estuviesen en peligro, pero a suficiente distancia para no atraer la atención prematuramente.

11.3 Cuando su hermano se agravó, María y Marta acudieron a Jesús pidiendo ayuda. Creían que podía brindarles ayuda porque habían visto sus milagros. Nosotros también sabemos de los milagros de Jesús por las Escrituras y las vidas cambiadas que hemos tenido ocasión de ver. Cuando tenemos necesidad de ayuda extraordinaria, Jesús ofrece recursos extraordinarios. No debiéramos vacilar en pedirle ayuda.

11.4 Cualquier prueba que deba enfrentar un creyente puede en última instancia glorificar a Dios porque El puede sacar cosas buenas de cualquier situación mala (Gen_50:20; Rom_8:28). Cuando vienen las dificultades, ¿murmura, protesta y culpa a Dios, o ve en sus problemas la oportunidad de honrarlo?

11.5-7 Jesús amaba a esta familia y a menudo les visitaba. Conocía su dolor, pero no respondió enseguida. Su demora tenía un propósito específico. El tiempo de Dios, en especial sus demoras, tal vez nos haga pensar que no responde o no lo hace como quisiéramos. Pero El suplirá nuestras necesidades de acuerdo con su programa y propósito perfectos (Phi_4:19). Aguarde con paciencia el tiempo de Dios.

11.9, 10 Día simboliza el conocimiento de la voluntad de Dios, y noche, la ausencia de este conocimiento. Cuando avanzamos en oscuridad, es probable que tropecemos.

11.14, 15 Si Jesús hubiese estado durante los momentos finales de la enfermedad de Lázaro, es posible que lo hubiese sanado en lugar de dejarlo morir. Pero Lázaro murió para que el poder de Jesús sobre la muerte pudiese mostrarse a sus discípulos y a otros. La resurrección de Lázaro era una demostración esencial del poder de Cristo, y la resurrección es una creencia fundamental de la fe cristiana. Jesús no solo se levantó de entre los muertos (10.18), sino que tiene poder para levantar a otros.

11.16 A menudo recordamos a Tomás como «el que dudaba», porque dudó de la resurrección de Jesús. Pero aquí demostró amor y valor. Los discípulos conocían los peligros de ir a Jerusalén con Jesús e intentaron convencerlo para que desistiese de hacerlo. Tomás sencillamente expresó lo que sentían todos. Al fracasar sus objeciones, estuvieron dispuestos a ir e incluso morir con Jesús. Tal vez no entendían bien por qué Jesús iba a morir, pero eran leales. Existen peligros desconocidos al realizar la obra de Dios. Es sabio considerar el alto costo que implica ser discípulo de Cristo.

11.25, 26 Jesús tiene poder sobre la vida y la muerte, así como para perdonar pecados. Esto se debe a que El es el Creador de la vida (véase Joh_14:6). Aquel que es la vida sin duda puede restaurar la vida. Todo aquel que cree en Cristo tiene una vida espiritual que la muerte no conquistará ni disminuirá de manera alguna. Cuando logramos comprender su poder y hasta qué punto es verdaderamente maravillosa la oferta que nos hace, ¡cómo hemos de hacer otra cosa que no sea entregar nuestras vidas a El! Para quienes creemos, qué maravillosa es la seguridad y la certeza que tenemos: «Porque yo vivo, vosotros también viviréis» (Joh_4:19).

11.27 A Marta se le conoce especialmente por haber estado demasiado ocupada para sentarse a hablar con Jesús (Luk_10:38-42). Pero aquí la vemos como una mujer de gran fe. Su declaración es exactamente la respuesta que desea Jesús de nosotros.

11.33-38 Juan enfatiza el hecho de que contamos con un Dios que se interesa por nosotros. Este retrato contrasta con el concepto griego de Dios que era popular en aquel entonces: un Dios sin emociones que no se involucra con los humanos. Aquí vemos muchas de las emociones de Jesús: compasión, indignación, tristeza, incluso frustración. Con frecuencia expresó sus emociones profundas y nunca debiéramos temer revelarle nuestros verdaderos sentimientos. El los entiende, pues los experimentó. Sea sincero y no trate de ocultarle nada a su Salvador. A El le interesa.

11.35 Cuando Jesús vio a los que lloraban y se lamentaban, lloró también. Quizás se identificó con el dolor de ellos, o es posible que la incredulidad lo haya preocupado. Sea cual fuere el caso, Jesús demostró su inmenso interés en nosotros al llorar junto a nosotros cuando sufrimos.

11.38 En esa época las tumbas solían ser cuevas cavadas en la piedra caliza de la ladera de una colina. Muchas veces las tumbas eran de tamaño suficiente para que las personas caminasen dentro. En una tumba se colocaban varios cuerpos. Después del sepelio, se colocaba una gran piedra frente a la entrada de la tumba.

11.44 Jesús resucitó a otros de la muerte, incluyendo a la hija de Jairo (Mat_9:18-26; Mar_5:41-42; Luk_8:40-56) y al hijo de una viuda (Luk_7:11-15).

11.45-53 A pesar de encontrarse frente a frente con el poder de la deidad de Jesús, algunos no quisieron creer. Estos testigos no solo rechazaron a Jesús: también tramaron su muerte. Estaban tan endurecidos que preferían rechazar al Hijo de Dios antes que reconocer que estaban equivocados. Cuídese del orgullo. Si permitimos que crezca, puede conducirnos a un pecado enorme.

11.48 Los líderes judíos sabían que si no detenían a Jesús, los romanos los castigarían. Roma concedía libertad parcial a los judíos mientras se mantuviesen tranquilos y obedientes. Los milagros de Jesús a menudo provocaban disturbios. Los líderes temían que el desagrado de Roma causase mayores dificultades a su nación.

11.51 Juan veía en la declaración de Caifás una profecía. Dios usó a Caifás, en su calidad de sumo sacerdote, para explicar la muerte de Jesús a pesar de que Caifás no se daba cuenta de lo que hacía.

Juan 11:1-6

El capítulo de que empezamos a ocuparnos es uno de los más notables del Nuevo Testamento. Por su grandeza y su sencillez, por lo conmovedor y solemne de algunas de sus líneas, no hay en la literatura sagrada nada que le exceda. En si se nos describe el milagro que no se registra en ninguno de los otros Evangelios, presenta un prueba concluyente del poder divino y del carácter compasivo y tierno de nuestro Señor. Como Dios hace que los sepulcros mismos entreguen a los que en ellos moran: como hombre se apiada de nosotros en nuestro dolor. Propio y conveniente era que la victoria de Betania precediera a la escena del Calvario.

En estos versículos se nos enseña que los verdaderos cristianos están expuestos a enfermarse como cualquiera otra clase de personas.

Se nos cuenta que Lázaro de Betania era persona a quien Jesús amaba y hermano de dos piadosas mujeres bien conocidas. Sin embargo, Lázaro se enfermó de muerte. Jesús, que tenía poder sobre todas las enfermedades, pudo sin duda haber impedido la de su amigo, si lo hubiese tenido a bien; más, al contrario, permitió que Lázaro se enfermase y sufriese dolor, y languideciese y tuviese agonías como cualquiera otro hombre.

Las enfermedades, cualquiera que sea su carácter, tienen, por su misma naturaleza, que se gravosas al cuerpo y al alma. El cuerpo y el espíritu tienen entre si tan íntima relación que lo que mortifica y debilita al uno no puede menos que mortificar y debilitar al otro. Mas preciso es recordar que el hecho de que nos sobrevenga alguna enfermedad no es señal de que Dios esté airado con nosotros; muchas veces nos sobrevienen dolencias para el bien de nuestras almas. De este modo apartamos nuestros afectos de este mundo, y los contraemos a las cosas celestiales; leemos mas nuestra Biblia y oramos con más fervor; sometemos nuestra paciencia a prueba y nos convencemos de cuan importante es tener esperanza en Jesucristo; nos acordamos de cuando en cuando, que no vamos a vivir para siempre, y nuestros corazones se preparan para el gran cambio. Tengamos pues paciencia y buen ánimo cuando nos postre alguna enfermedad y estemos convencidos de que nuestro Señor nos ama tanto cuando estamos enfermos como cuando gozamos de buena salud.

En estos versículos se nos enseña, en segundo lugar, que Jesucristo es el mejor amigo que el cristiano tiene en tiempo de necesidad. Cuando Lázaro e enfermó, sus hermanas enviaron inmediatamente a buscar a Jesús, a fin de comunicarle lo ocurrido. Bello, conmovedor y sencillo fue el recado que le enviaron. No le suplicaban que viniese, o que obrase un milagro mandando que desapareciese la enfermedad. Solo le mandaron decir: «El que amas está enfermo,» y no agregaron nada más, en la confianza que considerase más acertado. He aquí la verdadera fe y la verdadera humildad de los hijos de Dios. He aquí la voluntad humana piadosamente sometida. Los siervos de Cristo, cualquiera que sea el siglo y cualquiera el clima en que vivan, harán bien en seguir este excelente ejemplo. Cierto es que cuando aquellos a quienes amamos se enferman, es de nuestro deber el usar todos los medios razonables a fin de conseguir su reposición. No debemos ahorrar esfuerzo para solicitar los mejores médicos y ayudar a la naturaleza en su gran lucha contra la enfermedad. Más en todos nuestros pasos hemos de tener presente que el Protector más sabio y más hábil está en el cielo, a la diestra del Padre. Como en infortunado Job, nuestro primer acto debe ser el hincar la rodilla en actitud de adoración. Como Exequias, debemos exponer ante Dios nuestras necesidades. Como las santas hermanas de Betania, debemos enviar una súplica a Cristo.

En estos versículos se nos enseña, en tercer lugar, que Jesucristo ama a todos los que son verdaderos cristianos. Se nos dice que Jesús amaba a Marta, y a su hermana, y a Lázaro. Según parece, estas tres personas eran de carácter algún tanto distinto. De Marta se nos dice en un pasaje que estaba cuidadosa y se encontraba turbada con muchas cosas, en tanto que María se sentaba a los pies de Jesús y oía su palabra. De Lázaro no se nos refiere nada peculiar. Sin embargo, todos tres eran amados de nuestro Señor.

Debemos de tener esto presente cuando queramos formar opinión de los méritos de los cristianos. Es menester que no olvidemos que hay diversidad de caracteres y que la gracia de Dios no cambia a los creyentes de tal manera que todos parezcan vaciados en el mismo molde. Concediendo que el cimiento sobre el cual estriba el carácter cristiano es siempre el mismo, y que todos los hijos de Dios se arrepienten, creen, son rectos, hacen fervorosas oraciones y aman las Escrituras, es preciso tomar en cuenta la variedad de sus índoles y modos de ser. No debemos, pues, menospreciar a otros porque no son exactamente como nosotros. Las flores de un jardín difieren mucho entre sí, y sin embargo, el jardinero les tiene afición a todas. Los niños de una familia pueden ser muy distintos en su presencia y en sus modales, y sin embargo, los padres ejercen para con todos ellos el mismo cuidado. Hay diversos grados y especies de gracia.

Pero los íntimos y más débiles discípulos son amados de Jesús.

En estos versículos se nos enseña finalmente, que Jesús sabe cual es la ocasión mas oportuna para hacer algo por su pueblo. Cuando supo él que Lázaro estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba al recibir la noticia. A la verdad, demoró su viaje adrede, y no vino a Betania hasta que Lázaro había estado cuatro días en el sepulcro. Sin duda sabía bien lo que estaba pasando; pero no tomó medidas ningunas hasta que no se presentó la oportunidad que él creyó era la más propicia. En obsequio de la iglesia y del mundo, para el bien de sus amigos y enemigos se guardó de apresurarse.

Los hijos de Dios debieran examinar con atención la lección que de aquí se desprende. Nada contribuye tanto a que sobrellevemos con paciencia las penalidades de la vida, como la convicción íntima de que todo lo que acontece en torno nuestro ha sido guiado por una sabiduría perfecta. Hagamos por creer que todo lo que nos sucede no solo está bien hecho, sino que ha sido hecho del mejor modo posible, al tiempo más oportuno y empleando el mejor medio.

Naturalmente todos nos afanamos en el día de prueba. Cuando alguno de nuestros deudos se enferme nos sentimos inclinados a decir como Moisés: «Te ruego, oh Dios, que lo sanes ahora.» Nombre. 12.13. Nos olvidamos de que Jesucristo es omnisciente y no puede errar. El que posee verdadera fe está en el deber de decir: «Mi suerte está en tus manos. Haz conmigo como tu quieras, en la manera que quieras, lo que tu quieras y cuando quieras. Que no se haga mi voluntad sino la tuya..

Dejemos este pasaje con la resolución fija de confiar completamente en Jesucristo en todo lo que tiene referencia a este mundo, tanto en lo público como lo privado. Los asuntos de las naciones, de las familias y de los individuos son todos dirigidos por él. Cuando nos enfermamos es porque él sabe que es para nuestro bien; cuando tarda en socorrernos es, sin duda, por sabias razones. La mano que fue clavada a la cruz no hiere sin necesidad, ni nos hace aguardar por capricho.

Juan 11:7-16

Es digno de notarse en este pasaje cuan misteriosos son los medios que a veces usa Jesucristo para guiar a su pueblo. Se nos cuenta que, cuando hizo saber su resolución de regresar a Judea, sus discípulos se sorprendieron sobremanera, puesto que ese era el lugar en el cual poco antes los judíos habían intentado apedrearlo: volverse allá era, en su concepto, arrojarse en medio del peligro. Estos tímidos galileos, no podían percibir que ese paso, sobre ser prudente, era necesario.

Sucesos como este frecuentemente tienen lugar a nuestra vista. Los siervos de Jesucristo se ven frecuentemente tan perplejos y angustiados como esos discípulos. Se encuentran de repente como forzados participantes en actos cuyo objeto no pueden percibir: se les llama a llenar puestos ante los cuales su ánimo naturalmente desmaya y que, si de ellos hubiera dependido, jamás habrían elegido. La senda que tienen que seguir no es la de su preferencia. Por entonces no perciben que bienes pueden de ello resultar.

En tales momentos el cristiano debe poner en ejercicio su fe y su paciencia; convencido de que su Maestro, que sabe mejor que camino debe seguir, lo conduce por la vía recta a las mansiones de los justos; y de que las circunstancias en que se encuentra son precisamente las más calculadas para promover su virtud y poner un dique a sus pecados dominantes. Lo que en la vida presente no entiende lo comprenderá después. Si los doce discípulos no hubieran sido llevados otra vez a Judea, no habrían presenciado el glorioso milagro de Betania. Si a los cristianos se les permitiera escoger su propia senda, dejarían de aprender centenares de lecciones acerca de Jesucristo y sus méritos, lecciones que aprenden en el camino que Dios les señala. Recordemos esto. Puede llegarse el día en que tengamos que emprender en el valle de la vida una peregrinación que nos disguste. Cuando ese día llegue, pongámonos en camino de buen ánimo, en la persuasión de que todo irá bien.

Debemos notar, en segundo lugar, con cuánta ternura se refiere Cristo a la muerte de los creyentes. He aquí cómo anunció la muerte de Lázaro: «Lázaro nuestro amigo duerme..

Todo cristiano tiene en el cielo un Amigo de un poder infinito y de un amor sin límites. Tiene un Protector que jamás le falta, porque jamás se duerme y vela sobre él continuamente. Los amigos de este mundo son a menudo amigos de la prosperidad, y nos abandonan, como los arroyos que se secan en el estío, cuando tenemos mayor necesidad; mas el Hijo de Dios nos profesa una amistad que es más fuerte que la muerte y alcanza más allá del sepulcro. El amigo de los pecadores es un Amigo más amoroso que un hermano.

La muerte de los verdaderos cristianos es un sueño: no es el aniquilamiento. Es un cambio solemne y milagroso, sin duda, mas no es tal que deba mirarse con alarma. Ellos no tienen por qué estar con zozobra acerca del estado futuro de sus almas, pues sus pecados han sido lavados en la sangre de Jesucristo. Para el hombre el aguijón más agudo de la muerte es el convencimiento do que sus pecados no han .sido perdonados. Mas los cristianos no tienen nada que temer: pronto resucitarán, renovados y glorificados, a la imagen cíe su Señor. La sepultura misma ha sido sometida al poder divino, y tiene que entregar sus moradores sanos y salvos, tan luego como Jesucristo los llame. Tengamos esto presente cuando aquellos a quienes amamos exhalen el último suspiro, o cuando nosotros mismos recibamos aviso de que nuestro fin se acerca. No olvidemos que el Señor mismo yació en el sepulcro, y que así como él se levantó victorioso de ese frío lecho, así también sucederá con su pueblo.

Para el hombre mundano la muerte tiene por fuerza que ser un trance terrible, mas el que tiene la fe del cristiano puede decir: «En paz ¡Me acostaré y asimismo dormiré; porque tú, Jehová, solo me harás estar confiado..

Debemos notar, por último, hasta qué punto conserva el creyente su Índole natural después de la conversión. Cuando Tomas vio que Lázaro estaba muerto, y que Jesús, a despecho de todo peligro, había determinado volver a Judea, dijo: «Vamos también nosotros, para que muramos con él.» Ese no fue sino el lenguaje de un hombre afanoso y desesperanzado que no podía ver en el horizonte sino negros nubarrones. El mismo apóstol que más tarde no podía creer que su Maestro hubiese resucitado, y quo pensó que las nuevas eran demasiado felices para ser ciertas, fue precisamente el que creyó que si volvían a Judea ¡todos tendrían que morir! Hechos como este son muy instructivos, y sin duda han sido historiados para provecho nuestro. Ellos nos demuestran que la gracia de Dios, en la conversión, no trasforma al hombre de tal manera que no deje vestigio alguno de su genio natural. Los de natural sanguíneo no dejan de ser del todo sanguíneos; los de ánimo apocado no dejan de ser de ánimo apocado al pasar de la muerte a la vida y hacerse verdaderos cristianos. No debemos esperar que todos los hijos de Dios sean iguales. Cada árbol del bosque es peculiar en su forma y en su modo de crecer, y sin embargo, desde lejos no se ve sino un conjunto uniforme de follaje y de verdura. Cada miembro de la iglesia de Cristo tiene sus inclinaciones peculiares, y no obstante todos son guiados por el mismo Espíritu y aman al mismo Señor. Las hermanas Marta y María y los apóstoles Pedro, Juan y Tomas fueron desemejantes entre sí en muchos respectos. Mas había algo que era común a todos: amaban a Cristo y se contaban en el número de sus amigos.

Juan 11:17-29

La sencillez de este pasaje es tan sublime que casi se daña con toda exposición humana. Comentarlo parece como sobredorar el Oro o pintar los lirios. Sin embargo, él arroja rayos de luz sobre un asunto que jamás podremos estudiar en demasía, es a saber: el verdadero carácter del pueblo de Cristo. Los retratos que de los cristianos nos presenta la Biblia son fieles imágenes. En ellos vemos a los justos tales como son.

En primer lugar se nos enseña qué extraña mezcla de virtud y debilidad se encuentra aun en los corazones de los verdaderos creyentes. De esto encontramos un ejemplo singular en las palabras de Marta y de María. Ambas de estas santas mujeres tuvieron fe suficiente para decir: « Señor, si hubieras estado aquí, nuestro hermano no hubiera muerto.»No obstante esto, ninguna de ellas parece haberse acordado que la muerte de Lázaro no había dependido de la muerte de Jesucristo, y que, si lo hubiera tenido a bien, nuestro Señor habría impedido su muerte con una palabra, sin haber venido a Betania. Marta supo lo suficiente para decir: « Mas sé que también ahora, todo lo que pidieres a Dios, te lo dará.» Más no pudo penetrar más allá. Sus enturbiados ojos no podían percibir que El que delante de ella estaba tenia las llaves de la vida y de la muerte, y que en su Maestro habitaba «toda la plenitud de la divinidad corporalmente.» Vio, es cierto, pero como al través de oscuro prisma. Conoció, pero solo en parte. Creyó, pero su fe estaba mezclada con mucha incredulidad. Sin embargo, tanto Marta como María eran verdaderas hijas de Dios, y fieles cristianas.

Muchos y muy graves son los errores en que se incurre a causa de no comprender debidamente el carácter del cristiano. Hombres ha habido que han arrojado oprobio sobre sí mismos, solo porque han pretendido encontrar en sus corazones una elevación de sentimientos que no puede encontrarse acá en la tierra.

Desengañémonos; los creyentes no son en este mundo ángeles perfectos, sino solo pecadores convertidos. Es cierto que han sido renovados, trasformados y santificados; empero, son todavía pecadores, y continuarán siéndolo hasta que mueran. A semejanza de Marta y de María, su fe está a menudo mezclada con mucha incredulidad, y su virtud rodeada de mucha debilidad. Raro, a la verdad, será encontrar el creyente que no necesite hacer la siguiente petición: «Creo, Señor: ayuda mi incredulidad.» Mar_9:24.

Enséñasenos en segundo lugar, cuan grande es la necesidad que muchos creyentes tienen de poseer nociones claras acerca de la persona, los atributos y el poder de Jesucristo. Este es un punto presentado de una manera prominente en las bien conocidas palabras quo nuestro Señor dirigió a Marta. En respuesta a la vaga expresión de fe qué salió de los labios de esta, nuestro Señor proclamó una gran verdad diciendo: «Yo soy la resurrección y la vida. Yo, tu Maestro, tengo en mis manos las llaves de la vida y de la muerte.» Y luego le repitió esa lección, que sin duda ella había oído a menudo, pero que nunca alcanzó a comprender de un todo: «El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y todo aquel que vive y cree en mí no morirá eternamente..

Muchos cristianos hay que se quejan de que la religión no les presenta consuelo alguno perceptible, y de que no experimentan el sosiego interior que desearan.

Que tales personas sepan que las nociones indefinidas y vagas acerca de Jesucristo son a menudo la causa de toda su inquietud. Menester es que se esfuercen por percibir con más claridad el gran Ser sobre el cual descansa su fe. Menester es que se posesionen con más acierto de la grandeza de su amor y su poder, y de la abundancia de las riquezas que ha atesorado para ellos aun en este mundo.

Ruborizarnos debiéramos de que habiendo llevado por tanto tiempo el nombre de cristianos, sepamos tan poco acerca de Cristo. ¿Qué razón nos asiste para sorprendernos de que la religión nos preste tan poco consuelo? Que baste con haber sido negligentes en el pasado; y que en adelante hagamos todo lo posible por «conocer a Cristo y el poder de su resurrección.» Filip. 3:10. Si los verdaderos cristianos procuraran saber, como dice San Pablo, «cual sea la anchura, y la longitud, y la profundidad, y la altura, y conocer el amor de Cristo quo sobrepuja a todo entendimiento,» quedarían admirados de los descubrimientos que harían. Pronto verían como Agar que junto a ellos había pozos de agua de los cuales no tenían conocimiento alguno. Pronto reconocerían que pueden experimentarse desde acá en la tierra más placeres celestiales de los que ellos tenían idea.

Juan 11:30-37

Este pasaje hace resaltar de una manera admirable el carácter compasivo de nuestro Señor Jesucristo; pues nos presenta a Aquel que forma un Dios con el Padre y que es Hacedor de todas las cosas, tomando parte en los pesares del hombre y derramando lágrimas de dolor.

Es de notarse primeramente, cuan grandes son las bendiciones que Dios concede a los que ejecutan actos de bondad y de ternura.

Según parece la casa de Marta y de María estaba llena de visitantes cuando llegó Jesús. Puede tomarse como cosa cierta que muchos de esos visitantes no sabían nada de la vida espiritual de esas santas mujeres; que estaban en completa ignorancia acerca de su fe, su esperanza y su amor hacia Cristo. Mas se condolieron de de ellas en su pesar y fueron a ofrecerles todo el consuelo que podían. Con motivo de tan laudable conducta fueron abundantemente premiados, pues presenciaron el más grande milagro que jamás hiciera Jesús. Para muchos de ellos ese fue el día de su natalicio espiritual. La resurrección del cuerpo de Lázaro motivó la resurrección espiritual de ellos. ¡Cuan pequeños son los acontecimientos de que a veces depende la vida eterna! Ya nos apercibamos de ello o no, es provechoso para nuestras almas el condolernos de los que estén agobiados por el dolor y por la tristeza. Visitar a los huérfanos y a las viudas, llorar con los que lloran, tomar parte en los pesares de nuestros semejantes, y procurar aliviarlos–ninguno de estos actos puede expiar el pecado y conducirnos al cielo. Sin embargo, ejercen un influjo benéfico en nuestro corazón, y por lo tanto no debemos tenerlos en poco. Tal vez pocos son los que se han apercibido del hecho de que el secreto de la infelicidad de muchos hombres es que viven solo para el «Yo,» en tanto que el secreto de la felicidad de otros es que procuran fomentar el bien de sus semejantes. No fue por pasar el tiempo que Salomón escribió estas palabras: «Mejor es ir a la casa de luto que a la casa de convite.» «El corazón de los sabios, en la casa de luto; mas el corazón de los insensatos en la casa del placer.» Ecles. 7: Mat_2:4. Con demasiada frecuencia se olvida aquel dicho de nuestro Señor: «Y cualquiera que diere a uno de estos pequeñitos un jarro de agua fría solamente, en nombre de discípulo, de cierto os digo, que no perderá su galardón.» Mat_10:42.

Debemos notar, también, cuan profunda y cuan tierna es la compasión que el corazón de Jesucristo abriga para con su pueblo.

Cuando nuestro Señor vio a María y a los judíos llorando, gimió en espíritu y se turbó. Aun más, expresó sus emociones de una manera visible, pues «lloró.» él sabía bien que la tristeza de la familia de Betania se tornaría bien pronto en gozo, y que en el transcurso de unos pocos minutos Lázaro seria devuelto a sus hermanas. Más, aunque sabía todo esto, ¡lloró! El llorar y el guardar duelo consume la salud y nos hacen conocer la debilidad de nuestros cuerpos mortales. Pero esos actos no son malos de suyo. Aun el Hijo de Dios lloró. Jamás debemos ruborizarnos de experimentar sentimientos profundos. Permanecer fríos é indiferentes en presencia de la desgracia no es prueba de virtud. El Salvador en quien los creyentes confían es compasivo y tierno. él se apiada de nosotros en nuestro desamparo. Cuando en la hora de la angustia tornamos a El los ojos y le abrimos nuestros corazones, él sabe lo que sufrimos y puede dolerse de nosotros.

Tengamos esto presente en el curso de la vida, y no vacilemos en seguir las huellas de nuestro Maestro. Esforcémonos por ser hombres de corazón tierno y de espíritu compasivo. Lloremos con los que lloran y regocijémonos con los que se regocijan. Bueno seria para la iglesia y para el mundo si hubiera más cristianos de ese carácter. ¡La iglesia seria más atractiva y el mundo más feliz!

Juan 11:38-46

En estos versículos se nos refiere la historia del milagro más maravilloso que hizo nuestro Señor. La descripción está hecha en un lenguaje tan sencillo que no es posible aclararla más por medio de ningún comentario. Pero las palabras que entonces pronunció nuestro Señor son sobremanera interesantes y merecen especial atención.

Notemos, en primer lugar, lo que nuestro Señor dijo concerniente a la piedra que cubría el sepulcro de Lázaro. Cuando hubo llegado al sepulcro dijo a los circunstantes. «Quitad la piedra..

Ahora bien ¿por qué dijo nuestro Señor estar palabras? Era sin duda tan fácil para él mandar que la piedra se moviera sin tocarla como llamar a un cadáver que yacía en el sepulcro. Pero eso no era su modo de proceder. En ese, como en otros muchos casos, él quiso dejar al hombre algo que hacer. En ese como en otros casos enseñó la gran lección de que su poder omnipotente no destruye la responsabilidad humana. Aún cuando iba a resucitar un muerto, no quería que los hombres estuvieses ociosos.

Este es un asunto de grande importancia. Cuando trabajamos por el bien espiritual de los demás, cuando instruimos a nuestros niños en la religión, cuando en nuestra conducta diaria procuramos practicar la justicia y la piedad ­cuando intentamos todo esto nos encontramos débiles y flacos. «Sin Cristo no podemos hacer nada.» Más, no obstante, es preciso que recordemos que el Señor espera que hagamos todo lo que podamos. «Quitad la piedra.» Nos dice todos los días.

Cuidemos de no permanecer en la indolencia por hacer alarde de humildad. Esforcémonos cada día en hacer todo lo que esté a nuestro alcance, seguros de que Cristo nos ayudará y nos concederá su bendición.

Notemos, en segundo lugar, las palabras que nuestro Señor dirigió a María, cuando ella se opuso a que se quitase la piedra del sepulcro esa santa mujer le falto la fe cuando estaban al descubrir el sepulcro en donde yacía su hermano. Creía que todo sería en vano. «Señor,» dijo ella, «hiede ya.» Entonces pronunció nuestro Señor esas solemnes palabras de reconvención: «¿No te he dicho que si creyeres, verás la gloria de Dios?.

No es improbable que nuestro Señor aludiera en esa pregunta al mensaje que había enviado a Marta y a María cuando su hermano se enfermó. Pero es quizá más probable que quisiera recordar a Mareta el precepto tantas veces repetido acerca del deber de creer.

Es como si hubiera dicho: «María, María, tu estás olvidando la gran doctrina de la fe, que siempre te he inculcado. Cree, y todo irá bien. No temas; mas cree..

¡Cuan expuestos no estamos a que nos falte la fe a la hora de la prueba! ¡Cuán fácil no es decantar la fe en los días de salud y de prosperidad, y cuán difícil no es practicarla en los días de la adversidad, en los días de tinieblas profundas, cuando ni el sol, ni la luna, ni la estrellas resplandecen! Recordemos las palabras de nuestro Señor y pidamos a Dios nos conceda tanta fe, que cuando nos sobrevengan las desgracias, las suframos con paciencia y creamos que todo está bien hecho.

Notemos, en tercer lugar, las palabras que nuestro Señor dirigió a Dios Padre cuando la piedra fue quitada del sepulcro. Helas aquí: «Padre, gracias te doy porque me has oído. Y yo sabía que siempre me oyes, más por causa del pueblo que está alrededor lo dije, para que crean que tú me has enviado..

Estas palabras son del todo distintas de las que los profetas o los apóstoles emplearon cuando obraron milagros. No son en realidad una oración sino más bien una alabanza. Implica evidentemente que hay entre el Padre y el Hijo una comunicación constante y misteriosa, comunicación que el hombre no alcanza a explicar o concebir. No hay duda que nuestro Señor quiso enseñar a los judíos que entre él y el Padre había una unión completa, unión que se manifestaba en todo lo que él hacía y en todo lo que enseñaba.

Que sea pues uno de los principios establecidos de nuestra religión que el Salvador a quien nos hemos acogido no es nada menos que eterno Dios, un Ser a quien el Padre siempre oye, un Ser que en todos sus actos obra de consuno con Dios. Muy consolador es para el cristiano poseer ideas claras acerca de la dignidad del mediador, y poder decir como el Apocalipsis: «Yo se a quien he creído, y estoy cierto que es poderosos para guardar mi depósito para aquel día..

Notemos, por último, las palabras que nuestro Señor le dirigió a Lázaro cuando lo levantó del sepulcro. Luego que hubo orado a su Padre clamó a gran voz: «Lázaro, ven fuera.» Al sonido de esa voz la reina del terror soltó al cautivo, y el que antes estaba muerto salió del sepulcro.

Es imposible ponderar lo grande de este milagro. La mente del hombre no alcanza a abarcar la magnitud del acto. A la luz del día y en presencia de muchos testigos hostiles ¡un muerto de cuatro días fue vuelto a la vida instantáneamente! Fue esa una prueba concluyente de que nuestro Señor ejercía dominio sobre el mundo material: un cadáver ya corrompido fue vivificado. Fue esa también una prueba concluyente de que nuestro Señor tenía dominio absoluto sobre el mundo de los espíritus: una alma que había dejado su morada terrenal fue llamada del Paraíso para que se uniera otra vez al cuerpo. Con razón afirma la iglesia evangélica que el que podía hacer tales obras era «Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos.» Rom. 9.5 Al terminar la consideración de este pasaje no podemos menos de reconocer que contiene mucho de consolador. Es consoladora la idea de que el Salvador de los pecadores, de cuya misericordia depende la felicidad de nuestras almas, tiene poder infinito en el cielo y en la tierra. Es consoladora la idea de que, por sumergido que un hombre esté en el cieno del pecado, Jesucristo los puede levantar y convertir, diciéndole a él como dijo a Lázaro: «Ven fuera.» No menos consoladora es la idea de que, cuando nosotros mismos bajemos a la tumba bajaremos con la condición plena de que resucitaremos otra vez. La voz de Aquel que llamó a Lázaro penetrará hasta nuestro sepulcro mandándonos salir.

Juan 11:47-57

Los últimos versículos del capítulo once de San Juan nos presentan un lúgubre cuadro de la naturaleza humana. Al separarnos de Jesucristo y del sepulcro de Betania y al volver los ojos hacia Jerusalén y hacia los gobernantes de los judíos, podemos con razón decir: «Señor, ¿qué especie de ser es el hombre?.

Es de observarse en estos versículos cuan tremenda es la maldad del corazón humano en su estado natural. Se había obrado un gran milagro a corta distancia de Jerusalén. Un hombre que había estado muerto cuatro días había sido resucitado en presencia de muchos testigos. El hecho había sido palpable, y nadie podía negarlo; y, a despecho de todo, los príncipes de los sacerdotes y los fariseos no querían creer que el que había hecho ese milagro debía ser reconocido como Mesías. «Este hombre,» confesaron ellos, «hace muchos milagros.» Más en lugar de ceder en vista de las pruebas que de su divinidad tenían, se sumergieron más hondamente en la maldad, y conspiraron, para matarlo. ¡Grande, á. la verdad, es el poder de la incredulidad! Guardémonos de pensar que los milagros tengan por sí mismos la virtud de convertir el alma y de hacer al hombre cristiano. Esa idea es un engaño completo.

Imaginar, como lo hacen algunos, que si presenciasen alguna cosa maravillosa en apoyo del Evangelio, se dejarían de vacilar y se dedicarían a servir a Jesucristo, es meramente un sueño vano. Lo que nuestras almas necesitan es la gracia del Espíritu y no milagros. Los judíos de los días de nuestro Señor sirven de prueba ante el mundo de que pueden verse prodigios y portentos, y todavía permanecer endurecido como piedra.

La incredulidad del hombre es una enfermedad más profundamente arraigada de lo que generalmente se cree. Resiste la lógica de los hechos, el raciocinio, la sanción pública. Nada puede vencerla sino la gracia de Dios. Si nosotros creemos, debemos dar fervientes gracias a nuestro Padre celestial; mas no debemos sorprendernos si muchos de nuestros semejantes estuvieren tan endurecidos como los judíos.

Observemos, también, cuan crasa es la ignorancia con que los enemigos de la religión obran y raciocinan, Los príncipes de los judíos se dijeron: «Si no intervenimos con este Jesús, nos perderemos. Si no lo contenemos y ponemos fin a sus milagros, los romanos tomarán parte y destruirán nuestra nación.» Los sucesos posteriores probaron que los que así hablaron estaban tan errados en juicio como eran miopes en el modo de ver los acontecimientos futuros. Se precipitaron como locos por el camino que se habían escogido, y precisamente lo mismo que tanto temían tuvo lugar. No dejaron en sosiego a nuestro Señor, más lo crucificaron y le dieron muerte. Y ¿qué sucedió entonces? Que la misma calamidad que querían evitar les sobrevino: los ejércitos romanos vinieron, destruyeron a Jerusalén y se llevaron cautiva a toda la nación.

Al cristiano que esté bien versado en la historia seria superfluo recordarle que los anales de la iglesia registran muchos otros sucesos análogos. Los emperadores romanos persiguieron a los cristianos durante los tres primeros siglos, y creyeron que era de su deber no dejarlos en libertad. Pero cuanto más los perseguían tanto más crecía su número. La sangre de los mártires fue la semilla de la iglesia. Los romanistas ingleses persiguieron a los protestantes en los tiempos de la reina María, pensando que la verdad estaba en peligro si los dejaban en entera libertad. Mas cuántos más quemaban, tanto más estrecha hacían la adhesión del pueblo a las doctrinas de la Reforma. En una palabra, constantemente se están cumpliendo en este mundo las siguientes palabras del Salmo segundo: «Estarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán en uno contra Jehová y contra su ungido.» Pero «El que mora en los cielos se reirá: el Señor se burlará de ellos..

Debemos observar, finalmente, cuánta importancia dan los hombres malos a las ceremonias externas, en tanto que sus corazones están llenos de pecado. Se nos dice que muchos judíos subieron a Jerusalén antes de la pascua para purificarse. Es de temerse que muchos de ellos no se cuidaban de la pureza del corazón. Se afanaban por cumplir con los lavatorios, los ayunos y demás prácticas ascéticas que formaban la esencia de la religión que prevalecía entre ellos en la época que nuestro Señor estuvo sobre la tierra; y sin embargo, pocos días después se prestaron ansiosos a derramar sangre inocente, dando muerte a su Mesías.

Por desgracia no es raro que estos extremos se toquen en la misma persona. La experiencia nos enseña que una mala conciencia procura buscar sosiego manifestando celo por la causa de la religión, en tanto que descuida los puntos más cardinales de la fe. Precisamente las mismas personas que están prontas a ir de Seca en Meca a fin de purificarse exteriormente, son a menudo las que no vacilarían en ayudar a crucificar a Jesucristo si tuvieran la oportunidad. Esta aserción parecerá sorprendente, mas se apoya en hechos indisputables. En las ciudades donde se observa hoy la cuaresma con más rigor es precisamente donde se cometen, en el carnaval que se sigue, los actos más escandalosamente inmorales. En algunas partes del mundo cristiano, los hombres que observan de una manera más estricta las semanas de ayuno, y los que más valor dan a la absolución del sacerdote, son los que, después de pasada esa temporada de ascetismo, ¡no vacilan en asesinar! Convenzámonos de ello: una religión que consiste principalmente de exterioridades no tiene valor alguno ante los ojos de Dios. La pureza que Dios exige no es la pureza que resulta de lavatorios y ayunos y de un ascetismo espontáneo, sino la pureza del corazón. Las ceremonias pueden satisfacer a algunos hombres, mas no promueven la verdadera piedad. En el Sermón en el Monte es donde se encuentra la divisa del reino de Cristo: « Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios,» Mat_5:8; Col_2:23.

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