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Jesús promete la venida del Espíritu Santo

Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis. En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo? Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió. Os he dicho estas cosas estando con vosotros. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo. Habéis oído que yo os he dicho: Voy, y vengo a vosotros. Si me amarais, os habríais regocijado, porque he dicho que voy al Padre; porque el Padre mayor es que yo. Y ahora os lo he dicho antes que suceda, para que cuando suceda, creáis. No hablaré ya mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí. Mas para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago. Levantaos, vamos de aquí. Juan 14: 15-31

El auxiliador prometido

Para Juan no hay más que una manera de demostrar el amor, y es la obediencia. Fue en Su obediencia como Jesús Le demostró al Padre que Le amaba; y en la nuestra como debemos demostrarle a Jesús nuestro amor. C. K. Barret dice: «Juan no deja nunca que el amor se convierta en un sentimiento de emoción. Su expresión es siempre moral, y se manifiesta en la obediencia.» Conocemos muy bien a los que hacen protestas de amor pero que, al mismo tiempo, producen dolor o angustia a los que pretenden amar. Hay jóvenes que dicen que aman a sus padres, y sin embargo les causan preocupaciones y ansiedad.

Hay maridos que dicen que aman a sus mujeres, y esposas que dicen que aman a sus maridos, pero que, por su falta de consideración, mal genio o egoísmo, le hacen la vida imposible a su pareja. Para Jesús, el verdadero amor no es nada fácil. Se muestra sólo en la obediencia.

Pero Jesús no nos deja luchar solos en la vida cristiana. Dijo que nos mandaría otro Auxiliador. La palabra griega es paraklétos, que es imposible de traducir. La versión ReinaValera, y la de Scío, la traducen por Consolador, palabra que, aunque hay que reconocer que ha cambiado con el uso, no es una buena traducción. José María Bover, Valedor y Paráclito; y en nota, Abogado o Defensor. La Nueva Biblia Española pone abogado. Estudiando esta palabra podemos captar algo de las riquezas de la doctrina del Espíritu Santo. Literalmente quiere decir alguien que es llamado al lado de uno -como abogado « advocátus.

Pero es el porqué es llamado lo que le da a la palabra distintas asociaciones. Los griegos la usaban en muchos contextos. Un paraklétos podía ser una persona llamada como abogada para defender a un acusado, y al que se le va a imponer una pena; podría también tratarse de un experto al que se llama para que aconseje en una situación difícil; o alguien a quien se llama para ayudar, por ejemplo, a una compañía de soldados que se encuentra deprimida y desanimada, infundiéndole nuevo ánimo.

Siempre el paraklétos es alguien que se llama para que ayude en tiempos de dificultad o necesidad. Confortador, que es la palabra que se usa en las biblias clásicas inglesas desde Wycliff, sería en tiempos una buena traducción porque conservaba el sentido latino derivado de fortis, que quiere decir valiente; y un confortador, por consiguiente, era alguien que infundía valor a personas derrotadas o acobardadas o desanimadas (confortar = «dar vigor, espíritu y fuerza»; consolar = «aliviar la pena o aflicción de alguien,» D.R.A.E.). No cabe duda que el Espíritu Santo es Consolador; pero, no limitemos Su actividad lastimosamente. A menudo hablamos de poder con algo, y de no poder más. Esa es precisamente la labor del Espíritu Santo: suprime nuestra incapacidad y nos capacita para poder con la vida. El Espíritu Santo transforma una situación desesperada en una vida victoriosa.

Así es que Jesús está diciendo: « Os encargo una dura tarea y os mando a una misión difícil; pero voy a enviaros a Alguien, el Paraklétos, Que os guiará a lo que debéis hacer y os capacitará para hacerlo.»

Jesús prosiguió diciendo que el mundo no puede reconocer al Espíritu. Por mundo se entiende la parte de la humanidad que vive como si no hubiera Dios. La punta de las palabras de Jesús es que no se puede ver más que lo que se está preparado para ver. Un astrónomo ve mucho más en los cielos que uno que no lo es. Un botánico ve mucho más que otro cualquiera en un seto.

Uno que entiende algo de arte ve mucho más en un cuadro que otro que no entienda nada. Uno que sepa algo de música sacará mucho más de un concierto que otro que no sepa nada. Siempre lo que vemos o experimentamos depende de lo que ya aportamos a la experiencia o a la contemplación. Una persona que ha eliminado a Dios de su vida nunca Le puede ver ni oír. No podremos recibir el Espíritu Santo a menos que esperemos Su venida con anhelante expectación y oración.

El Espíritu Santo no entra en ningún corazón rompiendo la puerta; espera a que se Le abra. Cuando pensamos en las maravillas que puede hacer el Espíritu Santo en nuestra vida, no nos cuesta apartar un tiempo en el ajetreo de la vida para aguardar Su venida en silencio.

El camino a la comunión y a la revelación

No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros. Dentro de un poquito, el mundo dejará de verme definitivamente; pero vosotros sí Me veréis, porque Yo estaré vivo, y vosotros también. En aquel día sabréis que Yo estoy en el Padre y vosotros en Mí tanto como Yo en vosotros. El que de veras Me ama es el que se entera de Mis mandamientos y los cumple. Mi Padre amará a la persona que Me ame, y Yo también la amaré y Me revelaré a ella. Entonces Le preguntó Judas, no el Iscariote sino otro: -¿Por qué es eso de que Te vas a revelar a nosotros, pero no al mundo? -La persona que Me ame -le contestó Jesús- , hará caso de Mi palabra; y el Padre la amará, y vendremos a ella y moraremos con ella. La persona que no Me ame, tampoco hará caso de Mis palabras. Esto que Me estáis oyendo no es cosa Mía, sino que pertenece al Padre Que Me envió.

Ahora ya los discípulos no podían por menos de sentirse acechados por augurios de tragedia. Pero Jesús les dijo: «No os dejaré desvalidos.» La palabra en griego es órfanos, de la que viene la española con el mismo sentido: literalmente sin padre; pero también se aplicaba a situaciones de desamparo y falta de protección; se usa de los discípulos o estudiantes privados de la presencia y enseñanza de un querido maestro. Platón dice que, cuando murió Sócrates, sus discípulos pensaban que se tendrían que pasar el esto de la vida como niños abandonados o privados de un padre, y no sabían qué hacer. Pero Jesús les dijo a Sus discípulos que ese no sería su caso. «Volveré a vosotros,» les dijo.

Se refería a Su Resurrección y a Su presencia espiritual. Los discípulos Le verían, porque Él estaría vivo y ellos también.

Lo que Él quería decirles era que ellos estarían espiritualmente vivos. De momento estaban confundidos y apabullados por el presentimiento de la inminente tragedia; pero llegaría el día en que se les abrirían los ojos -y entonces Le verían de veras. Eso fue exactamente lo que les sucedió cuando Jesús resucitó. Su resurrección cambió la desesperación en esperanza, y fue entonces cuando reconocieron, sin la menor sombra de duda, que Él era el Hijo de Dios.

En este pasaje Juan sigue barajando algunas ideas que nunca están lejos de su pensamiento.

(i) Primero y principalmente, está el amor. Para Juan el amor es la base de todas las cosas. Dios ama a Jesús; Jesús ama a Dios; Dios ama a la humanidad; Jesús ama a la humanidad; la humanidad ama a Dios por medio de Jesús; los seres humanos se aman unos a otros; el Cielo y la Tierra, la humanidad y Dios, las personas entre sí… todo está enlazado con el vínculo del amor.

(ii) Una vez más Juan subraya la necesidad de la obediencia, que es la única prueba del amor. Fue a los que Le amaban a los que Se apareció Jesús cuando resucitó, no a los escribas y fariseos y los demás adversarios.

(iii) Este amor obediente y confiado conduce a dos cosas. La primera, a la seguridad absoluta. El día del triunfo de Jesús, los que hayan estado unidos a Él por el amor obediente estarán a salvo en un mundo que se hunde. La segunda, a una revelación cada vez más plena. La revelación de Dios es algo costoso. Siempre tiene una base moral; es a la persona que cumple Sus mandamientos a la que Se revela Cristo. Una persona mala jamás podrá recibir la revelación de Dios. Puede que Dios la use; pero no puede tener comunión con Él. Dios sólo se revela a los que Le buscan. Y es sólo a la persona que, a pesar de sus fracasos, se eleva hacia Dios, a la que Dios desciende. La comunión con Dios y la revelación de Dios dependen del amor; y el amor depende de la obediencia. Cuanto más obedecemos a Dios, mejor Le entendemos; y la persona que anda por Sus caminos no puede por menos de caminar con Él.

El legado de Cristo

-Os he dicho estas cosas aprovechando que estoy todavía con vosotros. El Ayudador, Que es el Espíritu Santo al Que el Padre mandará en Mi nombre, os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho. Os dejo la paz, Mi paz. Yo no os la doy como la da el mundo. No dejéis que se os inquiete o atemorice el corazón. Me habéis oído deciros: Me voy, y vuelvo a vosotros. Si Me amáis, os alegraréis de que Me voy con Mi Padre; porque el Padre es más grande que Yo. Y os he dicho esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis. Ya no os diré mucho más, porque viene el príncipe de este mundo, que no tiene nada que ver conmigo. Su intervención no hará más que hacer que el mundo se dé cuenta de que Yo amo al Padre y hago lo que el Padre Me ha mandado. Venga, levantaos; vámonos.

Este es un pasaje lleno de verdades hasta rebosar. En él Jesús nos habla de cinco cosas.

(i) Nos habla de Su Colega, el Espíritu Santo, y nos dice un par de cosas básicas acerca de Él.

(a) El Espíritu Santo nos enseñará todas las cosas. Hasta el fin de su camino, el cristiano es un aprendiz; porque hasta el fin de su camino el Espíritu Santo le guía a mayores y mayores profundidades de la verdad de Dios. El creyente cristiano no tiene disculpa para tener una mente cerrada. El cristiano que piensa que ya no tiene más que aprender es un cristiano que ni siquiera ha empezado todavía a entender lo que quiere decir la doctrina del Espíritu Santo.

(b) El Espíritu Santo nos recordará lo que ha dicho Jesús. Esto quiere decir dos cosas.

l.- En materia de fe, el Espíritu Santo nos trae a la mente constantemente las cosas que dijo Jesús. Tenemos la obligación de pensar; pero tenemos que confrontar todas nuestras conclusiones con las palabras de Jesús. No es tanto la verdad lo que tenemos que descubrir, porque Él ya nos dijo la verdad; lo que tenemos que descubrir es lo que quiere decir esa verdad. El Espíritu Santo nos salva de la arrogancia y del error en nuestro pensar.

2.- El Espíritu Santo nos mantendrá a salvo en materia de conducta. Casi todos nosotros tenemos esta clase de experiencia de la vida: estamos tentados a hacer algo que está mal y, a punto de hacerlo, nos vuelve a la mente un dicho de Jesús, el versículo de un salmo, el recuerdo de Jesús, las palabras de alguien a quien amamos y admiramos o la enseñanza que recibimos cuando éramos pequeños. En el momento de peligro, estas cosas aparecen sin que sepamos cómo en nuestra mente: es la acción del Espíritu Santo.

(ii) Jesús habla de Su don, el don de Su paz. En el Antiguo Testamento la palabra para paz es shalóm, que nunca quiere decir simplemente la falta de problemas, sino todo lo que contribuye a nuestro bienestar total y bien supremo. La paz que el mundo nos ofrece es la de la evasión, la que viene de evitar los problemas o de no arrostrar las responsabilidades. La paz que Jesús nos ofrece es la de la victoria: ninguna experiencia de la vida nos la puede quitar, ni ningún pesar ni peligro ni sufrimiento nos la puede ensombrecer. Es independiente de todas las circunstancias exteriores.

(iii) Jesús habla de Su destino: vuelve a Su Padre; y dice que, si Sus discípulos Le aman de veras, se alegrarán. Iba a ser liberado de las limitaciones de este mundo, y a ser restituido a Su gloria. Si captamos de veras la verdad del Evangelio, nos alegraremos siempre que los que amamos se vayan para estar con Dios. Eso no es decir, desde luego, que no debemos sentir la punzada de la separación y de la pérdida temporal; pero, pese al dolor y a la soledad, debemos alegrarnos de que, después de las dificultades y pruebas de la Tierra, los que arpamos han ido a algo mejor. No debemos nunca ver con malos ojos el que hayan entrado en su descanso; porque debemos recordar que han entrado, no en la muerte, sino en la verdadera vida.

(iv) Jesús habla de Su lucha. La Cruz era Su batalla final con los poderes del mal; pero Jesús no tenía miedo, porque sabía que el mal no tenía ningún poder decisivo sobre El. Iba a la muerte con la seguridad, no de la derrota, sino de la victoria definitiva.

(v) Habla de Su vindicación. De momento la humanidad no vería en la Cruz nada más que humillación y vergüenza; pero llegaría la hora cuando vería Su obediencia a Dios y Su amor a la humanidad. Las mismas cosas que eran la clave de la vida de Jesús encontraron su suprema expresión en la Cruz.

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