Jesús narra la parábola del tesoro escondido

Jesús narra la parábola del tesoro escondido

El reino de los cielos es como un tesoro escondido en un terreno. Un hombre encuentra el tesoro, y lo vuelve a esconder allí mismo; lleno de alegría, va y vende todo lo que tiene, y compra ese terreno. Mateo 13:44

Aunque esta parábola nos suena extraña, les sonaría perfectamente natural a los que vivían en Palestina en tiempos de Jesús; y aun en nuestro tiempo, a las gentes del Oriente les parecerá un tema muy actual.

En el mundo antiguo había bancos, pero la gente común no los podía usar. Lo más frecuente era que usara el campo como el lugar más seguro para guardar sus más preciadas posesiones. En la Parábola de los Talentos, el siervo inútil escondió su talento en la tierra para no perderlo (Mateo 25:25). Los rabinos tenían un dicho proverbial de que no había más que un lugar seguro para guardar el dinero: la tierra.

Esto era todavía más real en una tierra en la que el jardín de cualquiera podía convertirse en un campo de batalla de la noche a la mañana. Palestina fue probablemente el país en que se dieron más batallas en el mundo antiguo; y, cuando la marea de la guerra amenazaba con anegarla, lo que casi todo el mundo hacía era esconder lo que tuviera de valor en la tierra antes de emprender la huida, con la esperanza de volver algún día y recuperarlo. Josefo menciona « el oro y la plata y todos los muebles valiosos que tenían los judíos, y que depositaron bajo tierra ante las fortunas inciertas de la guerra.»

Thomson nos cuenta en La tierra y el libro, que se publicó por primera vez en 1876, el caso del descubrimiento de un tesoro que él conoció personalmente en Sidón. Había en aquella ciudad una famosa avenida con acacias. Unos obreros, cavando en uno de los jardines de dicha avenida, descubrieron varios cacharros de cobre llenos de monedas de oro. Tenían la intención de quedárselas; pero eran tantos los que se creían con derecho a una parte, y estaban tan indeciblemente emocionados que se descubrió su secreto y el gobierno local se hizo cargo. Todas las monedas eran del tiempo de Alejandro Magno y de su padre Felipe. Thomson sugiere que, cuando Alejandro murió inesperadamente en Babilonia, se recibió la noticia en Sidón, y algún gobernador macedonio enterró aquellas monedas con la intención de apropiárselas en el caos que sin duda seguiría a la muerte de Alejandro. Thomson añade que hay personas que se dedican al negocio de buscar tesoros escondidos; y que viven en una tensión tan constante que se da el caso de que se desmayan cuando encuentran una sola moneda. Cuando Jesús refirió esta parábola hablaba de algo que les sonaría muy familiar e interesante a los habitantes de Palestina y del Oriente en general.

Se podría pensar que Jesús pone como ejemplo en esta parábola a un hombre culpable de una práctica más que dudosa, porque escondió otra vez su hallazgo en vez de dar parte al dueño de la finca o a las autoridades, y dio pasos para quedárselo él. A eso se pueden decir dos cosas. La primera que, aunque Palestina estaba en tiempos de,1esús bajo el dominio de Roma y sus leyes, en las cosas ordinarias, menudas y cotidianas era la ley tradicional judía laque se aplicaba; y, en cuanto a los tesoros escondidos, la ley rabínica judía era muy clara: « ¿Qué hallazgos pertenecen al que los encuentre, y de cuáles tiene éste que dar parte? Estos son los que pertenecen al que los encuentra.

Si uno encuentra fruta caída, o dinero caído… eso le pertenece al que lo encuentre.» Así que, legalmente, este hombre tenía derecho a lo que se había encontrado.

Y segunda: hasta aparte de eso, cuando se trata de una parábola, no hay que fijarse tanto en los detalles; las parábolas tienen una lección especial, y todo lo demás es secundario. En esta parábola, el tema es el gozo del descubrimiento, que hace que el hombre esté dispuesto a renunciar a todo lo demás para que el tesoro le pertenezca sin lugar a dudas. Ningún otro detalle de la parábola tiene importancia.

(i) La lección de esta parábola es, primero, que el hombre se encontró con algo de valor inmenso, no tanto por casualidad, sino en medio de su trabajo cotidiano. Es verdad que dio con ello inesperadamente, pero fue cuando estaba ocupado en sus quehaceres habituales. Y es legítimo deducir que estaba cumpliendo con su deber con diligencia y eficacia, porque tiene que haber estado cavando bien hondo, y no meramente arañando la superficie, para haberse encontrado con aquel tesoro. Sería una pena que fuera solo en las iglesias, en los lugares que se consideran santos y en las ocasiones que se tienen por religiosas, donde pudiéramos encontrarnos con Dios y sentirnos cerca de Él.

Hay un dicho de Jesús que no se encuentra en los evangelios pero que suena a auténtico: «Levanta la piedra, y Me encontrarás; tala la madera, y estaré en ella.» Cuando el albañil está trabajando la piedra o el carpintero la madera, allí está Jesucristo con ellos. La verdadera felicidad y satisfacción, el sentir a Dios y la presencia de Cristo se han de encontrar en el trabajo cotidiano hecho con honradez y a conciencia. El hermano Lorenzo, gran santo y místico, pasó la mayor parte de su vida laboral en la cocina del monasterio entre cacharros, y pudo decir: «Sentía a Jesucristo tan cerca de mí en la cocina como en el santísimo sacramento.» Y Teresa de Jesús, si no citaba al hermano Lorenzo por lo menos coincidía totalmente con él cuando decía, animando a sus monjas a las labores cotidianas: «También entre los pucheros anda el Señor.»

(ii) La lección de esta parábola es, segundo, que merece la pena cualquier sacrificio para entrar en el Reino. ¿Qué quiere decir entrar en él Reino? Cuando estudiamos la Oración Dominical (Mateo 6:10), encontramos que podíamos decir que el Reino de Dios es un estado social en la Tierra en el que la voluntad de Dios se hace tan perfectamente como en el Cielo. Por tanto, entrar en el Reino es aceptar y hacer la voluntad de Dios. Así que vale la pena, cualquier pena, hacer la voluntad de Dios.
De pronto, como el que descubre un tesoro escondido, puede que se nos presente, en algún momento de iluminación, la convicción de cuál es la voluntad de Dios para nosotros. Aceptarla puede suponer renunciar a algunos objetivos y ambiciones que apreciamos mucho, abandonar ciertos hábitos y maneras de vivir que son difíciles de renunciar, asumir una disciplina y una autonegación que no son fáciles ni mucho menos; en una palabra: tomar nuestra cruz y seguir a Jesús. Pero no hay otra manera de conseguir la paz en la mente y en el corazón en esta vida y la gloria en la vida por venir. Sin duda vale la pena renunciar a todo para aceptar y hacer la voluntad de Dios.

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