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Jesús narra la parábola de las diez vírgenes

Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle! Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan. Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas. Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta. Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir. Mateo 25: 1-13

Si miramos esta parábola con ojos occidentales nos parecerá muy poco natural y muy peregrina. Pero, de hecho, cuenta una historia que podría haber sucedido en cualquier tiempo en un pueblo de Palestina, y que podría suceder ahora.

Una boda era una gran ocasión. Todo el pueblo salía a acompañar a la pareja a su nuevo hogar, e iban por el camino más largo posible para recibir las felicitaciones de los más posible. « Todo el mundo -decían los judíos- entre los 6 y los 60 seguirá el tambor del matrimonio.» Los rabinos estaban de acuerdo en que uno debía hasta interrumpir el estudio de la Ley para participar de la alegría de una fiesta de boda.

Lo interesante de esta historia depende de una costumbre judía que es muy diferente de las nuestras. Cuando se casaba una pareja, no se iban de luna de miel, sino se quedaban en casa.

Durante una semana tenían la puerta abierta á los que los quisieran visitar; los amigos los trataban, y hasta se dirigían a ellos, como príncipe y princesa. Era la semana más dichosa de la vida. A las celebraciones de esa semana estaban invitados sus amigos más íntimos; así es que no fue solamente la ceremonia, sino toda una semana de fiesta lo que se perdieron las chicas simples por no estar preparadas.

El relato de cómo se lo perdieron todo está perfectamente de acuerdo con aquellas costumbres. El Dr. J. Alexander Findlay cuenta lo que él mismo vio en Palestina: « Cuando estábamos acercándonos á la entrada de un pueblo de Galilea -escribe-, vi a diez chicas alegremente vestidas, y que iban tocando alguna clase de instrumentos, que venían bailando por la carretera delante de nuestro coche. Cuando pregunté qué estaban haciendo, el guía me dijo que iban a hacerle compañía a la novia hasta que llegara el novio. Pregunté si tendríamos ocasión de ver la boda; pero el movió negativamente la cabeza mientras decía: «Puede que sea esta noche, o mañana por la noche, o dentro de quince días; eso no se sabe nunca de seguro.» Y entonces pasó a explicar que una de las mayores suertes que se podían tener en una boda de clase media en Palestina era encontrarse con el cortejo nupcial descansando, y que el novio llegara inesperadamente, a veces en medio de la noche; es verdad que la opinión pública espera que mande un mensajero por la calle gritando: «¡Atención, que viene el novio!» Pero eso puede suceder a cualquier hora; de modo que el cortejo nupcial tiene que estar preparado para salir a la calle a cualquier hora a recibir al novio cuando se le ocurra llegar… Otros detalles importantes son que a nadie se le permite estar en la calle cuando anochece sin una lámpara, y también que, una vez que ha llegado el novio, y se ha cerrado la puerta, los que lleguen tarde a la ceremonia ya no pueden entrar.» Así es que el drama de la parábola de Jesús se representa exactamente en el siglo XX. Aquí no tenemos ninguna historia imaginaria, sino un gajo de la vida de una aldea de Palestina.

Como tantas parábolas de Jesús, esta tiene un sentido inmediato y local, y también un sentido más amplio y universal.

En su significado inmediato, iba dirigida a los judíos. Ellos eran el pueblo elegido de Dios; toda su historia debiera haber sido una preparación para la venida del Hijo de Dios; deberían haber estado preparados para cuando Él viniera. Pero, por el contrario: estaban totalmente desprevenidos, y por tanto se encontraron excluidos. Aquí tenemos, en forma dramática, la tragedia de la falta de preparación de los judíos. Pero la parábola tiene al menos dos advertencias universales.

(i) Nos advierte que hay ciertas cosas que no se pueden obtener en el último minuto. Es demasiado tarde para un estudiante el preparar los exámenes la noche antes. Es demasiado tarde para una persona el adquirir la habilidad o el carácter, si no los posee anticipadamente, cuando se le presenta la oportunidad de un buen trabajo. También es fácil dejar las cosas para tan tarde que ya no nos podemos preparar para encontrarnos con Dios. Cuando María de Orange estaba muriendo, su capellán trató de hablarle del camino de la salvación. Ella contestó: «No he dejado esa cuestión para esta hora.» Llegar, demasiado tarde es siempre una tragedia.

(ii) Nos advierte que hay ciertas cosas que no se pueden pedir prestadas. A las chicas simples les resultó imposible conseguir aceite prestado cuando descubrieron que les hacía falta. No se puede recibir prestada una relación con Dios. Cada cual debe poseerla por sí. No se puede pedir prestado un carácter. Se tiene que llevar puesto. No podemos estar viviendo siempre de prestado del capital espiritual que han reunido otros: Hay ciertas cosas que tenemos que ganarnos o adquirir por nosotros mismos, porque no nos las pueden prestar otros.

No hay toque de difuntos más cargado de remordimiento que el sonido de las palabras «¡Demasiado tarde!»

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