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Jesús aparece a los discípulos en Jerusalén

Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas. He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto. Lucas 24: 44-49

El énfasis de Lucas sobre la Gran Comisión está en consonancia con su tema: Cristo, el Hijo del Hombre, lo cual muestra el equilibrio entre la humanidad y la divinidad de Jesús. La belleza y la singularidad de su carácter, tanto divino como humano, se revela en el hecho de que éste, quien es divino, trae al hombre pecador al Dios santo. En su vida de perfección y santidad, Jesús refleja compasión por la humanidad sufriente y manchada con el pecado, quebrantada, enferma, maltratada y adolorida. Nuestro cumplimiento de la Gran Comisión requiere de compasión y de profundo interés humano en una amplitud mundial. El estilo de Jesús —sensitivo y accesible— constituye un llamado a sus seguidores a responder con prontitud a su mandamiento y a hacerlo con su compasión. Ninguna frontera geográfica, ninguna barrera del pecado, y ningún interés particular en cuanto a raza, política o economía, nunca deberá restrigir nuestros esfuerzos de anunciar y propagar el evangelio.

Jesús no sólo los envía como testigos , sino promete que con la ayuda del poder del Espíritu Santo llevarán a cabo la misión. Pero no habrían de comenzarla mientras no recibieran la promesa.

En cinco referencias en el NT, Jesús encarga directamente a sus discípulos ir y predicar el evangelio a todo el mundo –Mateo 28:18-20; Marcos 16:15-18; Lucas 24: 45-48; Juan 20: 21-23; Hechos 1:8). Aquí, la Gran Comisión está precedida por su promesa del derramamiento del Espíritu Santo. El dotar de poder para la evangelización a nivel mundial está ligado inseparablemente a esta promesa. Obviamente, se necesita recibir este poder si es que la gente habrá de hacer suyo plenamente el evangelio. Pero, antes que eso, hay otro asunto que espera resolución. El Espíritu Santo ha venido para convencernos de que debemos ir. Necesitamos poder para servir con efectividad, para sanar a los enfermos y para liberar a quienes estén poseídos de espíritus inmundos. Debemos recibir el primer ungimiento del Espíritu Santo, o sea, poder para actuar, para ir. Entonces, el Señor nos dará:

  1. poder para buscar a los perdidos;
  2. autoridad para declarar con energía a Jesús como el Hijo de Dios; y
  3. poder para establecer su Iglesia, localmente y a lo largo y ancho del mundo. Son muy claras las fronteras para la expansión de la predicación del evangelio: «… y me seréis testigos en Jerusalén –local–, en toda Judea –nacional–, en Samaria –transcultural– y hasta «lo último de la tierra» –internacional–. El último mandamiento dado por Jesús aquí en la tierra pone de manifiesto el poder y la voluntad de Dios para cumplir con la obra de la evangelización mundial.

Se hace hincapié en el secreto del poder. Tenían que esperar en Jerusalén hasta que viniera sobre ellos el poder de lo Alto. Hay ocasiones en las que los cristianos parece que están perdiendo el tiempo, esperando pasivamente. Pero la acción sin preparación, a menudo falla. Hay un tiempo para esperar en Dios, y un tiempo para trabajar para Dios.

Hasta en medio de tareas apremiantes y problemas agobiantes es menester buscar un tiempo para esperar en Dios. No es un tiempo perdido, porque cuando nos apartamos un momento de las tareas y preocupaciones recibimos de lo Alto las fuerzas para cumplirlas y asumirlas.

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