Numeros-1

Introducción al libro de Números

El tema, el propósito y el pacto

El tema de Números es que la victoria está determinada por la obediencia. Para poder disfrutar de la bendición divina el pueblo de Dios debe avanzar por fe en el carácter y las promesas divinas.

El propósito del libro es histórico porque narra los 38 años desde la entrega de la ley hasta las vísperas de la entrada a Canaán (del segundo mes del año segundo de la salida de Egipto, al décimo mes del cuadragésimo año); preparatorio, en cuanto que el pueblo que instruye al pueblo en el orden que debían de guardar en su marcha y preparación para la conquista; pedagógico, ya que registra los acontecimientos que determinaron la muerte de la generación que salió de Egipto como un preventivo para la generación que entrará a Canaán. La historia de Números es muy selectiva, porque se pasan por alto los años de peregrinación y desobediencia.

Todo el libro de Números gira en torno del tema de la tierra prometida en el pacto de Dios con Abraham (32:11). El aspecto condicional de este pacto es subrayado con el hecho de que la generación que salió de Egipto no pudo disfrutar de la bendición de la tierra debido a desobediencia (14:23).

Moisés intercede por el pueblo ante Dios sobre la base de las promesas (10:16) del pacto y el amor leal (misericordia), (Nm. 14:18-19) que garantiza el cumplimiento del compromiso pactal. A pesar de la tenaz desobediencia de Israel, Dios lo lleva a la tierra prometida en fidelidad a las promesas del pacto.

La fecha

El último versículo del libro de Números dice, «Estos son los mandamientos y estatutos que mandó Jehová por medio de Moisés a los hijos de Israel en los campos de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó» (36:13). Esto implica que el el viaje a través del desierto había sido completado y que Israel estaba a punto de entrar a la tierra de Canaán.

El paso del Jordán ocurrió 40 años después del Éxodo (cf. Jos. 5:6), un evento que debe ser datado en el 1446 a.C. Así que el libro de Números debe ser datado por el 1406, obviamente antes de la muerte de Moisés, que también ocurrió ese año. (Eugene H. Merril, Numbers, The Bible Knowledge Commentary, Pág. 215).

Los números en Números

Algunos eruditos han cuestionado la credibilidad de los números registrados en los dos censos de Números (Caps. 1-4 y 26). Las áridas condiciones del desierto del Sinaí difícilmente permitirían la sobrevivencia de una multitud tan grande como la de 600.000 varones adultos, más sus mujeres y sus hijos, por un período de cuarenta años. Si, por lo tanto, estas estadísticas acerca del números de los hombres de guerra relacionados con cada una de los Doce Tribus va a ser aceptada como teniendo alguna base histórica, debemos de alguna manera redicir el total a un número mucho menor que 2 millones de gente y alcanzar una aproximación dentro de los límites de una posibilidad histórica. Escritores como G. Mendenhall…, John Bright…, y R.E.D. Clark… sugieren que la palabra «millares» se lea simplemente como «clan». R.K. Harrison…, a pesar de su posición generalmente conservadora, sacrifica la certeza histórica de estos números, sugiriendo que sólo tienen un valor relativo en relación con el tamaño comparativo de las diversas tribus.

La palabra «miles» o «millares» es el hebreo ´elep, que puede tener alguna relación original con la palabra para «toro». Aunque no existe un solo caso claro de ´elep con el significado de «familia» o «clan» que pueda ser hallado en todas las Escrituras hebreas (así Brown, Driver-Briggs, Lexicon, Págs. 48-49), sin embargo el nombre relacionado ´allup significa «jefe», «comandante de un millar de guerreros»; y existen algunos otros pasajes que pueden usar el plural ´alapim en el sentido de una subdivisión de una tribu (cf. Koehler-Baumgartner, Lexicon, Pág. 57). Esta es una base muy tenue sobre la 176 cual erigir una teoría que permita la reducción; pero si en estos capítulos de censo en Números uno pudiera traducir ´alapim como «un complejo familiar» o «clan», entonces quizá el número total de hombres de guerra israelitas podría ser rebajado hasta unos 30.000. Esto involucraría un mucho menor número de bocas qué alimentar y cuerpos que sostener durante los muchos años de las peregrinaciones del desierto. Así va el argumento.

No obstante, existen algunas dificultades fatales que hacen esta historia insostenible. En primer lugar, sucede siempre que después de que el número ´alapim es citado, es seguido por el número me´olot («cientos») como la siguiente unidad menor; y luego es seguido por las decenas y los dígitos en orden descendente. Así, el primer registro que se da es el de los varones adultos de la tribu de Ruben (Nm. 1:12): shishshah we´arba´im ´elep wa mesh me´ot (lit., «seis y cuarenta miles y cinco cientos». Siendo este el caso, no hay forma que ´elap en este número total pueda significar 46 clanes (o familias) y 500.

Claramente el número propuesto es 46.500. Que tal es la intención del autor hebreo es hecho absolutamente cierto por el total del «dinero del rescate» levantado de la población de varones de Israel de acuerdo a Éxodo 38:25: «100 talentos y 1.775 siclos». Cada hombre debía contribuir medio siclo; el talento tenía 3000 siclos. Por lo tanto, 100 talentos y 1.775 siclos hace exactamente 603.550 medios siclos (representando el mismo número de varones, de acuerdo con Nm. 2:32). Este total es confirmado por Ex. 12:37: «como seiscientos mil hombres de a pie». Por lo tanto, no ha habido error de traducción, ni manipulación alguna demostrable en la transmisión.

La objeción de que los recursos naturales del Sinaí nunco podrían haber sostenido a dos millones de personas o más por un período de de cuarenta años de peregrinaciones es absolutamente válida. Pero pasa completamente por alto lo que el Pentateuco hace abundantemente claro: Israel no recibió su comida ni su bebida a través de los recursos naturales del terreno del Sinaí. Se dice que esta multitud fue suplida de forma milagrosa con el maná del cielo y con el agua de la roca, a través de toda la peregrinación por el desierto. El Dios que guió a los israelitas en la nube de humo fue quien les suplió de nutrición por medio de Su intervención sobrenatural. Aparte de esto, 30.000 hubieran perecido de hambre y de sed en ese desierto igual de rápido que 600.000; y es es bastante inútil hacer a un lado el elemento milagroso por la mera reducción de los números.

La credibilidad de las huestes hebreas en exceso de dos millones de almas ha sido puesta en duda por algunas autoridades sobre la base del notablemente pequeño número de primogénitos registrado en Números 3:42-43: «Contó Moisés, como Jehová le mandó, todos los primogénitos de los hijos de Israel. Y todos los primogénitos varones, conforme al número de sus nombres, de un mes arriba, fueron ventidós mil doscientos setenta y tres». Muy obviamente deberían de haber habido muchos más primogénitos en la congregación de Moisés, siendo, como eran, más de 600.000 hombres. Pero esta aparente dificultad desaparece cuando las circunstancias del incidente son examinadas cuidadosamente.

Fue aparentemente en el segundo año del viaje en el desierto (cf. Nm. 1:1), después de que el censo de las Doce Tribus y de la tribu de Leví hubo sido completado, que el Señor ordenó a Moisés numerar a todos los primogénitos de los no levitas y determinar cuántos más de ellos había que el número de levitas mismos. El propósito de esto fue calcular cuán grande era la suma de la ofrenda del rescate que debía ser dada para la obra del Señor, para compensar por el hecho de que los levitas sumaban menos que el 10 por ciento de toda la población de varones de Israel. Ya que habían 22.000 levitas (Nm. 3:39), pero 22.273 varones primogénitos no levitas (vr. 43), esto significaba que una ofrenda de 22.273 veces cinco siclos tenía que ser levantada para el número en exceso de no levitas.

(Esto es en realidad el origen del así llamado impuesto del templo, que todavía se observa a nivel mundial en el judaísmo hoy).

Delizsch (Keil y Delizsch, Pentateuch, 3:9-13) señala que este requisito sólo se aplicaba a los bebés nacidos después del inicio del Éxodo; nunca tuvo la intención de ser retroactivo. Bueno, entonces, de un total de 603.550 varones, habrían habido en cuestión de un año un total de 19.000 nuevos matrimonios. Si algunos de estos permitieron dos períodos de gestación, el número probable de nacimientos de bebés varones sería de 22.000 o unos pocos más. Esto concuerda muy bien con el número exacto de 22.273.

Otra base para postular una población pequeña de hebreos en Gosén es el registro de Éxodo 1:15, que dos parteras fueron suficientes para atender todos los casos de obstetricia en la comunidad. Esta observación es válida. Mucho más que dos parteras hubiera sido necesarias para atender a una población de más de dos millones. Pero en verdad este hecho habría sido igualmente obvio para un autor del siglo octavo a.C. (tal como el supuesto «Elohísta») que para nosotros. Dos parteras difícilmente habrían sido capaces tampoco de atender a 30.000 varones, sus mujeres y sus hijos. Muy claramente Séfora y Fúa servían como superintendentes administrativas sobre el gremio obstetra de toda la comunidad hebrea. Es difícilmente concebible que todo el conjunto de parteras habrían informado personalmente ante el rey mismo; por el contrario, el rey mantenía control de sus actividades por medio de sobreveedores aprobados. Esto está bastante en línea con lo que sabemos de la estructura altamente burocrática del gobierno del antiguo Egipto. Sus documentos se refieren a los sobreedores (el término egipcio era imy-r, «el que está en la boca» de su empleador o supervisor) para casi cada oficio, o habilidad conocida en la sociedad egipcia. Todos eran responsables de informar y de tomar órdenes del gobierno del distrito en que servían. Esto hace el completamente inválido argumento basado en el pequeña número de parteras.

Otra dificultad que ha sido propuesta en contra de una congregación de más de dos millones es la derivada de la cantidad de tiempo necesario para que tan grande multitud pudiese moverse de un punto a otro en su viaje tal como se dice que lo hicieron en la narrativa del Pentateuco. ¿Cómo, por ejemplo, pudo semejante horda de gente haber cruzado el Mar Rojo (o «Mar de Cañas», como el hebreo lo pone) tan rápido como Éxodo14:21-24 parece sugerir? …

…Esto parece imposible si ellos hubieran tenido que mentenerse sobre un camino pavimentado de alguna clase mientras avanzaban. Pero en esta situación difícilmente habría habido camino alguno (¿qué razón de ser habría tenido un camino que llevara hacia el mar?); y ellos tuvieron que cruzar directamente sobre terreno no pavimentado desde el punto en que habrían puesto el campamento para pasar la noche. Su movimiento sería exactamente como el de un ejército avanzando ha la batalla contra una hueste enemiga: su línea de frente se habría extendido por tres o cinco kilómetros mientras se movían juntos de manera simultánea, con todo un su ganado. Por lo tanto, poco tiempo habría sido perdido esperando en la cola. Toda la multitud simplemente se movió hacia adelante… Si esta fue la manera en que fue hecho, entonces no hay problema de tiempo que resolver.

La misma observación se aplica a los viajes de día en día de los israelitas durante los cuarenta años de peregrinaciones. Si hubieran estado alineados en una larga columna al acampar, muchas horas habrían pasado antes de que los últimos empezaran a moverse después de que la vanguardia hubiera empezado el viaje. Pero sabemos por Nm.

2:3-31 que acamparon en una formación cuadrada… Así, estaban distribuídos como una enorme fuerza expedicionaria, con un centro, dos alas, una vanguardia, y una retaguardia…

Considerable escepticismo ha sido articulado por la erudición racionalista con respecto de la historicidad de ejércitos tan grandes como los referidos en subsecuentes períodos en la historia de Israel. Por ejemplo, en la batalla de Maresa (II Cr. 14:8-12), el rey Asa de Judá se dice que enfrentó a Zera el etíope con 580.00 hombres contra la hueste

invasora de 1.000.000. O, de nuevo, en días de David, las Diez Tribus tenían 800.000 hombres de guerra y Judá 500.000, lo que hacían un total de 1.300.000 para el ejército en pié temprano en el siglo décimo a.C. El rey Peka de Israel mató a 120.000 hombres de Judé en una sola batalla y llevó 200.000 más cautivos, en el reinado de Acaz (II Cr. 28:6-8). Los eruditos modernos tienden a arrojar dudas sobre estos grandes números, sientiendo que especialmente el cronista era dado a exageraciones frecuentes en su celo por glorificar el pasado de Israel.

En respuesta a estas acusaciones de desconfianza estadística, hacemos las siguientes observaciones.

1. El autor antiguo, viviendo a pocos cientos de años de los eventos que describe –o aún más, escribiendo como un contemporáneo– tiene muchas más probabilidades de estar en posesión de los hechos que un escéptico moderno quien está separado de los hechos por tres mil años o más.

2. El criterio moderno de probabilidad o improbabilidad, si está fundado en la presuposición de que lo inusual nunca sucede, es virtualmente inútil. Si la historia nos enseña algo, nos enseña que la mayoría de los eventos mayores del pasado sucedieron porque lo improbable o infrecuente realmente sucedió.

3. Deducciones basadas en las observaciones y la experiencia recientes pueden llevar a resultados completamente falsos. No es seguro asumir a partir de las condiciones climáticas que han prevalecido en la Tierra Santa desde en año 500 d.C. que la tierra nunca fue fértil ni pudo haber sostenido a una población numerosa en tiempos anteriores. Le evidencia arqueológica y geológica parece indicar que los promedios de precipitación han fluctuado bastante marcadamente desde el trecer milenio a.C. El diario del tiempo llevado por Claudio Ptolomeo en Alejandría, Egipto, durante el siglo primero d.C. muestra que en su tiempo la sequía de verano era más corta que en el presente, con mucha mayor actividad tormentosa y un viento del norte más prevalente que en el presente (cf. Danis Baly, Geography of the Bible,…). Las indicaciones son que condiciones secas y calurosas prevalecieron desde el 4500 al 3500 a.C.; un tiempo más fresco y húmedo prevaleció desde el 3500 al 2300; seguido por 300 años de sequía (como lo testifica el descenso de Abraham a Egipto). Una mayor precipitación prevaleció del 2000 en adelante, aunque un incremento en la actividad humana ha oscurecido la evidencia de la extensión real de la fluctuación de un siglo a otro (ibid., Pág. 68). Pero variables tales como estas señalan que la descripción frecuente del Canaán del siglo quince como una «tierra que fluye leche ymiel» apunta a un nivel de precipitación más alto en el tiempo de Moisés que en el de Abraham. Entre más fértil y productiva se convirtió la tierra arable, mayor era la población que podía sostener.

4. Otras fuentes antiguas atestiguan del uso de ejércitos muy grandes cuando proyectos militares de magnitud especial estaban siendo llevados a cabo. Los registros egipcios son de poca ayuda en relación con esto, porque aparte de la inscripción de Uni de la Sexta Dinastía… que declara que el rey Pepi I envió a Asia una fuerza expedicionaria de «muchos diez miles», los Faraones se contentaban con la lista de los prisioneros tomados del enemigo. Aun Tutmoses III en su registro de la batalla de Megido (al. 1468 a.C.) falla en mencionar el tamaño de los ejércitos involucrados… Lo mismo es verdad de Ramesés II y su registro de auto exaltación de la batalla de Cades, en la que detuvo el avance hacia el sur de los hititas; simplemente se refiere a tres divisiones separadas de ejércitos que se vieron involucradas en el conflicto… En lo que respecta a los registros asirios, los reyes asirios nunca parecen referirse al tamaño de sus propias fuerzas armadas, sino que en su mayor parte se contentan con circunscribirse al número de enemigos muertos o tomados prisioneros… De las tropas persas no hay números para nada en la inscripción de la Roca Behistun de Darío I (al. 495 a.C.).

En lo que respecta a los hstoriadores griegos, Herodoto (Historia 7) declara que cuando Jerjes, rey de Persia, revisó sus tropas para la invasión de Grecia, «todo el ejército de tierra junto fue contado como llegando a 1.700.000 hombres». A este total se llegó contando 10.000 soldados a la vez, hasta que todos los hombres hubieron sido contados. El total de fuerzas navales incluía 1.207 trirremos, con contingentes especificados de Egipto, Chipre, Fenicia y muchas otras áreas marítimas. En lo que respecta a los contingentes involucrados en las campañas de Alejandro el Grande, el mayor conflicto en el que probablemente se vió involucrado fue la batalla de Gaugamela en 331 a.C. Arriano estimó la infantería de Darío III en 1.000.000, mas 40.000 de caballería. Alejandro lo derrotó con 40.000 de infantería y 7.000 de caballería…. De estos registros aprendemos que aun un ejército como el de Zera el etíope no era increíble en modo alguno en cuanto al tamaño de una fuerza invasora mayor (cf. II Cr. 14:9). Del número de prisioneros reportados por los asirios, concluímos que existía una población bastante numerosa en Palestina durante los siglos octavo y séptimo a.C. Es por lo tanto un error hacer inferencias a partir de restos arqeuológicos –como algunos eruditos han hecho– que indican una población comparativamente escasa en el Cercano Oriente durante este período. Un descubrimiento muy interesante de las excavaciones recientes de Ebla incluye un juego de tablillas cuneiformes… uno de las cuales lista los superintendetes y prefectos de las cuatro divisiones mayores de la ciudad capital misma en el 2400 a.C. De estos datos la población calculada de Ebla es de unos 260.000… Esto hace bastante creíble la población implicada de Nínive en los días de Jonás: «120.000 que no saben distinguir entre su mano derecha y su mano izquierda» (Jonás 4:11)– e.d., infantes y niños pequeños. Esto indicaría un total de cerca de 1.000.000 de habitantes en la Gran Nínive solamente.

Todas estas referencias antiguas a una población muy numerosa parecen quitar cualquier base firme para el escepticismo de los críticos modernos que cuestionan la exactitud de las cifras dadas en el Antiguo Testamento. Al mismo tiempo, es digno de notar que los registros históricos hebreos parecen casi únicos entre la literatura existente del Antiguo Cercano Oriente en dar el número de los soldados involucrados en las varias invasiones y batallas allí registradas… (Gleason L Archer, Encyclopedia of Bible Difficulties,

El problema de la guerra

Un problema que tiene que ser abordado en la exposición de Números en particular, y del Pentateuco en general, es el de la guerra. Este problema, desde luego, no es particular al Penteteuco, sino tiene que ver con todo el Antiguo Testamento. Sin embargo, es en el Pentateuco donde aparecen las semillas del conflicto. Mucha de la descripción es hecha desde una perspectiva militar. El cuadro del pueblo de Israel saliendo de Egipto es el de un ejército en movimiento. El número de los israelitas es dado en términos de los hombres de guerra (Ex. 12:37), los cuales van armados (13:18), y su campamento es comparado al egipcio como el de un ejército frente a otro (14:19-20). Cuando Dios define la formación que Isael debe guardar al acampar y al marchar, es una formación militar, con su centro, vanguardia, retaguardia y flancos (Nm. 1:3, 20, 22, etc.; 2:1-31; 10:11-28). El pueblo es llamado «las huestes de Jehová» (Ex. 12:41) y Dios lo llama «mis ejércitos» (Ex. 7:4), las victorias de Israel quedaban registradas en «el libro de las batallas de Jehová» (Nm. 21:14), los ataques del enemigo son vistos como un desafío a Dios mismo (Ex. 17:16), por lo que se promete que «Jehová vuestro Dios va con vosotros, para pelear contra vuestros enemigos para salvaros» (Dt. 20:4; cf. Ex. 14:14). De esta manera Dios hace honor a Su título de «varón de guerra» (Ex. 15:3) y a Su nombre de «Jehová de los ejércitos» (I Cr. 11:9), quizá como una referencia a Su comandancia de las huestes de Israel (cf. 1 S. 17:45) o las celestiales (I R. 22:19).

Pero tal atmósfera militar no debe de ser causa de sorpresa. La revelación divina viene en un tiempo y en un lugar específicos. Para hacerse comprensible, debe de ser dada en los términos que los hombres viviendo entonces puedan comprender. En todo el mundo del antiguo Cercano Oriente la actividad militar estaba vinculada a la intervención de la deidad. Dios se da a conocer a sí mismo no sólo a Su pueblo, sino a las naciones, en hechos salvadores en beneficio de Su pueblo.

El problema de la guerra, pues, debe ser visto desde la perspectiva de lo que Dios es, de lo que Dios hace y de los propósitos que tiene para Su pueblo escogido. Para esto debe recurrirse al contexto que Génesis da para el conflicto entre el bien y el mal, entre la bendición y la maldición, entre el pecado y la salvación, entre la condenación y la redención. Al crear el universo Dios introdujo la bendición; pero la Caída acarreó la maldición. Dios elige a un hombre para levantar un pueblo por cuyo medio reintroducir la bendición a todas las naciones de la tierra. El problema de la guerra no debe de ser aislado de este marco de referencia. Tanto las ramificaciones teológicas, como las revelatorias y las éticas del problema hallan su respuesta en él.

Teológicamente el tema de la guerra parece estar en conflicto con el amor y la benevolencia de Dios. Revelatoriamente, parece que existe conflicto entre el Dios del Antiguo Testamento y el Dios del Nuevo.

Éticamente, parece difícil hallar explicación a la masacre de pueblos enteros y el despojo de su propiedad por otro pueblo.

El problema parece agravarse cuando se enfoca la forma específica de la guerra de la conquista de la Tierra Prometida, porque fue una guerra total. Pero antes de llegar a cualquier conclusión, una serie de puntualizaciones deben hacerse para poner esta guerra santa en su contexto bíblico. En primer lugar, en las Escrituras la acción general se atribuye a la intervención directa de Dios: «Tú con tu mano echaste a las naciones, y los plantaste a ellos; afligiste a los pueblos y los arrojaste. Porque no se apoderaron de la tierra por su espada, ni su brazo los libró; sino tu distra, y tu brazo, y la luz de tu rostro, porque te complaciste en ellos» (Sal. 44:1-4).

En segundo lugar, debía ser una guerra de exterminio: «Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra en la cual entrarás para tomarla, y echado de delante de ti a muchas naciones, al heteo, al gergeseo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo, siete naciones mayores y más poderosas que tú, y Jehová tu Dios las haya entregado delante de ti, y las hayas derrotado, las destruirás del todo; no harás con ellas alianza, ni tendrás de ellas misericordia… Mas Jehová tu Dios las entregará delante de ti, y él las quebrantará con grande destrozo, hasta que sean destruidas.» (Dt. 7:1-2, 23).

En tercer lugar, a diferencia de la guerra santa (jihad) de los musulmanes, el propósito primario de la guerra de conquista no es misionero sino judicial: «Pero de las ciudades de estos pueblos que Jehová tu Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con vida, sino que los destruirás completamente… como Jehová tu Dios te ha mandado; para que no os enseñen a hacer según todas sus abominaciones que ellos han hecho para sus dioses, y pequéis contra Jehová vuestro Dios» (Dt. 20:16-18). En conexión con esto Dios hace una advertencia a Su pueblo: «No pienses en tu corazón cuando Jehová tu Dios los haya echado de dalante de ti, diciendo: Por mi justicia me ha traído Jehová a poseer esta tierra; pues por la impiedad de estas naciones Jehová las arroja de delante de ti. No por tu justicia, ni por la rectitud de tu corazón entras a poseer la tierra de ellos, sino por la impiedad de estas naciones Jehová tu Dios las arroja de delante de ti, y para confirmar la palabra que Jehová juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob» (Dt. 9:4-5).

El propósito judicial de la conquista es repetido para que no quede ninguna duda al respecto: «Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas, y por estas abominaciones Jehová tu Dios echa estas naciones delante de ti… Porque estas naciones que vas a heredar, a agoreros y a adivinos oyen; mas a ti no te ha permitido esto Jehová» (Dt. 18:12, 14). Uno de los aspectos más notables de la justicia divina en el Antiguo Testamento es la retribución taliónica. La justicia retributiva da el pago a una acción de manera proporicional. A la luz de esto, una deducción que se puede hacer es que las naciones despojadas por Israel habrían a su vez despojado igualmente a otras naciones.

En cuarto lugar, hay que recordar que esta intervención divina en un juicio de exterminio no es la única que las Escrituras presentan. Ya antes Dios había juzgado a las ciudades de la llanura del Jordán por medio de fuego (Gn. 18) y aun a la humanidad entera por medio del Diluvio (Gn. 6). Pero estos juicios divinos son solamente el presagio de otros aun mayores que están por venir, la revelación de los cuales nos es dada no tanto en el Antiguo, sino más en el Nuevo Testamento (Mt. 12:20-24; II P. 3:1-13). La únic diferencia es que la justicia en la guerra de la conquista fue aplicada usando a otra nación.

Posteriormente Dios hará lo mismo con otras naciones (cf. Habacuc). El punto es que Dios es un Dios santo y justo. Nuestra pecaminosidad nos impide acercarnos al concepto de la grandeza de Su santidad y Su justicia. Pero indirectamente podemos tener una idea aproximada de la magnitud de la ofensa que el pecado significa para Dios por la magnitud del juicio que Dios derrama sobre el mismo. En quinto lugar, el juicio de Dios no es ni inmediato ni injusto. Así como la santidad y la justicia divinas son grandes, su paciencia y su misericordia también lo son. Más de cuatrocientos años antes de la conquista de Canaán, Dios había dicho a Abraham, «Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos ños. Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza… Y en la cuarta generación volverán acá; porque aú no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí» (Gn. 15:113-14, 16). El exterminio de la conquista vino porque aquellas naciones no aprovecharon los más de cuatrocientos años de oportunidad que Dios les dió para que se arrepintieran. Sin embargo, aun a la misma hora del juicio la puerta de la oportunidad permaneció abierta para quien sí quiso recibir misericordia (cf. Jos. 2; 6:22-25).

Finalmente, la conquista de la Tierra Prometida debe de ser estudiada desde la perspectiva más amplia de la soberanía y el amor divinos. Dios es el Creador y el Sustentador del universo y él dirige el movimiento de las naciones con propósitos amorosos: «Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros» (Hch. 17:26-27). Canaán estába localizada en el centro geográfico del mundo antiguo y Dios quiso erradicar de allí a los cananeos para que a partir de allí fuese irradiada no la maldición por la promoción del pecado, sino la bendición por la difusión de la fe.

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