Introducción al Apocalipsis de Juan

El libro extraño

Cuando un estudiante del Nuevo Testamento se embarca en el estudio del Apocalipsis le da la impresión de que se encuentra en otro mundo. Aquí tenemos algo totalmente diferente del resto del Nuevo Testamento. El Apocalipsis es no solo diferente, sino también notoriamente difícil de entender para el hombre moderno. En consecuencia, se ha abandonado muchas veces como totalmente ininteligible, y algunas veces se ha convertido en el terreno reservado de los excéntricos religiosos, que lo usan para trazar el calendario celestial de lo por venir, o encuentran en él evidencias para sus propias excentricidades. Un comentador abrumado decía que El Apocalipsis tiene tantos enigmas como palabras; y otro, que para estudiar El Apocalipsis hace falta estar loco, o querer estarlo.

Lutero le habría negado con gusto al Apocalipsis el derecho a formar parte del Nuevo Testamento. Juntamente con Santiago, Judas, Segunda de Pedro y Hebreos, lo relegó a una lista separada al final de su Nuevo Testamento. Declaraba que no hay en él más que figuras y visiones que no se encuentran en ningún otro lugar de la Biblia. Se quejaba de que, a pesar de la oscuridad de su tema, el autor había tenido la osadía de añadir amenazas y promesas a los que desobedecieran o guardaran sus palabras, como si hubiera alguien que las pudiera entender. En Apocalipsis ni se enseña ni se reconoce a Cristo; y no se percibe en él la inspiración del Espíritu Santo. Zuinglio estaba igualmente en contra del Apocalipsis. « Con el Apocalipsis -escribe- no tenemos nada que ver, porque no es un libro de la Biblia… No tiene el aroma de la boca ni de la mente de Juan. Puedo, si quiero, no estar conforme con sus testimonios.» Muchos han hecho hincapié en la ininteligibilidad del Apocalipsis, y no pocos han discutido su derecho a formar parte del Nuevo Testamento.

Por otra parte hay algunos en cada generación que aman este libro. T. S. Kepler cita y hace suyo el veredicto de Philip Carrington: « En el caso del Apocalipsis nos encontramos con un artista mayor que Stevenson o Coleridge o Bach. San Juan tiene mejor sentido de la palabra idónea que Stevenson; mejor dominio de la belleza ultraterrena y sobrenatural que Coleridge, y un sentido más rico de la melodía y el ritmo y la composición que BacK.. Es la única obra maestra de arte puro que encontramos en el Nuevo Testamento… Su plenitud y riqueza y armónica diversidad lo. colocan muy por encima de las tragedias griegas.»

Ya contamos con que este libro nos resultará difícil y alucinante; pero sin duda nos resultará también que valía la pena enzarzarnos con él en la lucha hasta que nos dé su bendición y nos descubra sus riquezas.

La literatura apocalíptica

Debemos tener presente en nuestro estudio del Apocalipsis que, aunque único en el Nuevo Testamento, es sin embargo el representante de una clase de literatura que fue de lo más corriente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Apocalipsis es la transcripción de su nombre en griego, Apocálypsis, que significa Revelación. Entre el Antiguo y el Nuevo Testamento se desarrolló una gran masa de lo que llamamos Literatura apocalíptica, producto de una esperanza judía inextinguible. Los judíos no podían olvidar que eran el pueblo escogido de Dios. Para ellos aquello implicaba la certeza de llegar algún día a la supremacía mundial. En su primera historia esperaban la llegada de un rey de la dinastía de David que reuniría la nación y la conduciría a la grandeza. Había de brotar un vástago del tocón de Isaí (Isaías 11:1,10). Dios había de suscitar a David un renuevo justo (Jeremías 23:5). Algún día, el pueblo de Israel serviría a David, su rey (Jeremías 30:9). David sería su pastor y su rey (Ezequiel 34:23; 37:24). El tabernáculo de David volvería a levantarse (Amós 9:11); de Belén vendría un gobernador que sería grande hasta los fines de la tierra (Miqueas 5:2-4).

Pero toda la historia de Israel había dado el mentís a esas esperanzas. Después de la muerte de Salomón, el reino, bastante pequeño para empezar, se dividió en dos bajo Roboam y Jeroboam y perdió su unidad para siempre. El reino del Norte, con su capital en Samaria, desapareció en el último cuarto del siglo VIII a.C. ante el asalto de los asirios, y ya no volvió a aparecer en la Historia, y sus diez tribus se perdieron. El reino del Sur, con su capital en Jerusalén, fue reducido a la esclavitud y al destierro por los babilonios en la primera parte del siglo VI a.C. Luego estuvo sometido a los persas, los griegos y los romanos. La Historia era para los judíos un catálogo de desastres por los que se iba haciendo claro que ningún libertador humano podría rescatarlos.

Las dos edades

El pensamiento judío se adhería con determinación a la convicción de ser el pueblo escogido de Dios, pero tenía que ajustarse a los hechos de la Historia. Y lo hizo desarrollando un esquema propio de la Historia. Los judíos dividían la historia del tiempo en dos edades. Estaba esta edad presente, que era absolutamente e irremediablemente mala, que acabaría en una destrucción total. Así es que los judíos esperaban el fin de las cosas tal como son ahora. Y estaba la edad por venir, la edad de oro de Dios, en la que todo sería paz, prosperidad y justicia, y el pueblo escogido de Dios sería vindicado por fin y ocuparía el lugar que le correspondía por derecho propio.

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