Introducción-a-las-cartas-a-Timoteo-y-Tito

Introducción a las cartas a Timoteo y Tito

1 y 2 Timoteo y Tito siempre se ha considerado que formaban un grupo aparte de cartas, diferentes de las otras de Pablo. La diferencia que está más a la vista es que, juntamente con la pequeña carta a Filemón, se les escribieron a personas, mientras que todas las otras cartas paulinas iban dirigidas a iglesias. El Canon de Muratori, que fue la primera lista oficial de los libros del Nuevo Testamento, dice que fueron escritas «por sentimiento y afecto personal.» Son cartas privadas más que públicas.

Cartas Eclesiásticas

Pero muy pronto se empezó a ver que, aunque estas son cartas personales y privadas, tienen un significado y una importancia muy por encima de la situación inmediata. En 1 Timoteo 3:15 se expresa su objetivo: Pablo le dice a Timoteo que le escribe «para que sepas cómo debe uno comportarse en la Casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo.» Así que llegó a verse que estas cartas no tienen solo un significado personal, sino también lo que se podría llamar un significado eclesiástico. El Canon de Muratori dice de ellas que, aunque son cartas personales escritas por afecto personal, «se siguen considerando como algo santo en el respeto de la Iglesia Católica y en la organización de la disciplina eclesiástica.» Tertuliano decía que Pablo había escrito «dos cartas a Timoteo y una a Tito, acerca del estado de la Iglesia (de ecclesiastico statu). » No es pues sorprendente que el primer nombre que se les dio fuera Cartas Pontificales, es decir, escritas por el pontifex, el sacerdote, el responsable de la Iglesia.

Cartas pastorales

Poco a poco llegaron a adquirir el nombre por el que se las sigue conociendo -Las Epístolas Pastorales. Escribiendo sobre 1 Timoteo, Tomás de Aquino, en 1274, decía: «Esta carta es como si dijéramos una regla pastoral que el Apóstol dirigió a Timoteo.» En su introducción a la segunda carta escribe: «En la primera carta le da instrucciones a Timoteo acerca del orden eclesiástico; en esta segunda carta trata del cuidado pastoral, que debe ser tan grande como para llegar a aceptar el martirio por causa del cuidado del rebaño.» Pero este título, Las Epístolas Pastorales, no llegó a asignárseles a estas cartas hasta el año 1726, cuando el gran investigador Paul Anton dio una serie de conferencias famosas sobre ellas bajo ese título.

Así es que estas cartas tratan del cuidado y la organización del rebaño de Dios; les dicen a los miembros cómo deben comportarse en el seno de la familia de Dios, dando instrucciones acerca de cómo ha de administrarse la casa de Dios, de qué clase de personas deben ser los responsables y los pastores de las Iglesias, y cómo hay que enfrentarse con las amenazas que ponen en peligro la fe y la vida cristiana.

El crecimiento de la iglesia

El interés supremo de estas cartas está en que nos ofrecen, una descripción del crecimiento de la Iglesia en su primera edad.

En aquellos primeros días era una isla en un mar de paganismo. Sus miembros eran la primera generación de cristianos convertidos del paganismo. Era muy fácil recaer en las prácticas de la vieja vida. La atmósfera contaminada seguía a su alrededor. Es de lo más significativo que los misioneros nos dicen que, de todas las cartas del Nuevo Testamento, las Epístolas Pastorales son las que hablan más directamente a la situación de las iglesias jóvenes. La situación que tratan se está presentando de nuevo en la India, en África, en la China todos los días. No pierden nunca su interés, porque en ellas vemos, más que en ninguna otra parte del Nuevo Testamento, los problemas que asediaban a la Iglesia Primitiva en su crecimiento.

El trasfondo eclesiástico de las pastorales

Estas cartas han presentado problemas desde el principio a los investigadores del Nuevo Testamento. Hay muchos que creen que, tal como han llegado hasta nosotros, no pueden venir directamente de la mano y de la pluma de Pablo. Que esto no responde a ninguna actitud moderna se puede ver por el hecho de que Marción que, aunque era un hereje, fue el primero que trazó una lista de los libros del Nuevo Testamento y no incluyó las Pastorales entre las cartas de Pablo. Veamos qué es lo que ha hecho a tantas personas dudar de la autoría paulina.

En ellas nos encontramos con una descripción de la Iglesia como una organización considerablemente desarrollada. Tiene ancianos (1 Timoteo 5:17-19; Tito 1:5-6); obispos, superintendentes o supervisores (1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:7-16); diáconos (1 Timoteo 3:8-13). De 1 Timoteo 5:17s deducmos que para entonces los ancianos eran responsables asalariados. Los ancianos que gobernaran bien debían ser tenidos por dignos de un doble sueldo, y se exhorta a las iglesias a recordar que el obrero es digno de su salario. Hay por lo menos el principio de una orden de viudas que llegó a ser muy importante más tarde en la Iglesia Primitiva (1 Timoteo 5:3-16). Está claro que había una estructura eclesiástica bastante elaborada, demasiado elaborada argüirían algunos, para dos días tempranos en que Pablo vivió y trabajo.

Los días de los credos

También se pretende que en estas cartas podemos ver surgir el tiempo de los credos. La palabra fe, cambia de significado: en los primeros días era siempre fe en una Persona; es la relación personal de amor y confianza y obediencia más íntima posible con Jesucristo. Más adelante llegó a ser fe en un credo; llegó a ser la aceptación de ciertas doctrinas. Se dice que en las Epístolas Pastorales podemos ver cómo se produjo ese cambio. Posteriormente se llegó a abandonar la fe, y a rendir pleitesía a doctrinas de demonios (1 Timoteo 4:1). Un buen siervo de Jesucristo debe nutrirse de las palabras de la fe y la buena doctrina (1 Timoteo 4:6). Los herejes son personas que tienen la mente corrompida, réprobos en lo tocante a la fe (2 Timoteo 3:8). Tito tiene la obligación de exhortar a los miembros para que sean sanos en la fe (Tito 1:13).

Esto aparece muy claramente en una expresión que es característica de las Pastorales. Se exhorta a Timoteo a retener «la verdad que se te ha confiado» (1 Timoteó 1:14). La palabra para lo que se te ha confiado es parathéké. Parathéké quiere decir un depósito que se le confía a un banquero o a otra persona para que lo conserve a salvo. Es esencialmente algo que hay que devolver sin que haya sufrido el más mínimo cambio. Es decir, se hace hincapié en la ortodoxia. En vez de ser una relación personal íntima con Jesucristo como era en los días emocionantes y palpitantes de la Iglesia Original, le fe se ha convertido en la aceptación de un credo. Hasta se mantiene que en las Pastorales tenemos ecos de los credos más antiguos: Dios Se ha manifestado en la carne, ha sido justificado por el Espíritu,
. ha sido visto por los mensajeros, ha sido predicado a los gentiles, ha sido creído en el mundo, ha sido recibido arriba en la gloria (1 Timoteo 3:16).

Esto suena al fragmento de un credo que se recita. Acuérdate de Jesucristo, descendiente de David, resucitado de los muertos, como se predica en mi Evangelio (2 Timoteo 2:8). Eso suena a una frase de un credo conocido.

Dentro de las Pastorales hay sin duda indicios de que el día de la insistencia en la aceptación de un credo había comenzado, y de que los días de la emoción del descubrimiento personal de Cristo estaban empezando a declinar.

Una herejía peligrosa

Está claro que en la primera línea de la situación contra la que se escribieron las Epístolas Pastorales había una herejía peligrosa que amenazaba la salud de la Iglesia Cristiana. Si podemos distinguir las líneas principales de esa herejía puede que consigamos identificarla.

Se caracterizaba por un intelectualismo especulativo. Producía discusiones (1 Timoteo 1:4); sus adeptos proliferaban en discusiones (1 Timoteo 6:4); se discutían cuestiones necias e insensatas (2 Timoteo 2:23); había que evitar sus necias cuestiones (Tito 3:9). La palabra que se usa en cada caso para cuestiones o discusiones es ekzétésis, que quiere decir discusión especulativa. Esta herejía se ve que era el terreno de juego de los intelectuales, o más bien los seudointelectuales, de la iglesia.

Se caracterizaba por el orgullo. El hereje es orgulloso, aunque en realidad no sepa nada de nada (1 Timoteo 6:4). Hay indicaciones de que estos intelectuales se consideraban por encima de los cristianos ordinarios; de hecho, puede que hasta dijeran que la Salvación completa estaba fuera del alcance de la gente normal y corriente, y solo abierta para ellos. A veces las Epístolas Pastorales hacen hincapié en la palabra todos de una manera de lo más significativa. La gracia de Dios que trae Salvación, se ha manifestado a todos los hombres (Tito 2: I1). Es la voluntad de Dios que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:4). Los intelectuales trataban de reservar las bendiciones más grandes del Evangelio para unos pocos escogidos; pero la verdadera fe subraya el amor universal de Dios.

Había en el seno de esa herejía dos tendencias opuestas. Una era la tendencia al ascetismo. Los herejes trataban de establecer leyes alimentarias especiales, olvidando que todo lo que Dios ha hecho es bueno (1 Timoteo 4: 4s). Catalogaban muchas cosas como impuras, olvidando que todas las cosas son limpias para los limpios (Tito 1:15). No es imposible que consideraran el sexo como algo inmundo, y que menospreciaran el matrimonio; y hasta que trataran de persuadir a los que ya estaban casados a separarse, porque en Tito 2:4 se hace hincapié en los deberes naturales de la vida matrimonial como vinculantes para el cristiano.

Pero esta herejía también conducía a la inmoralidad. Los herejes hasta invadían las casas particulares y se llevaban a las mujercillas débiles e insensatas por malos caminos (2 Timoteo 3:6). Profesaban conocer a Dios, pero Le negaban con sus obras (Tito 1:16). Se dedicaban a embaucar a la gente y a hacer dinero con su falsa enseñanza. Para ellos la piedad era rentable económicamente (1 Timoteo 6:5); enseñaban y engañaban por dinero (Tito 1:11).

Por una parte esta herejía conducía a un ascetismo nada cristiano; y por la otra producía una igualmente no cristiana inmoralidad.

Se caracterizaba también por palabras y mitos y genealogías. Estaba llena de charla seudopiadosa, y de controversias inútiles (1 Timoteo 6:20). Producía genealogías interminables, y mitos y fábulas (1 Timoteo 1:4; Tito 1:14, y 3:9).

Por lo menos de alguna manera y hasta cierto punto estaba relacionada con el legalismo judío. Entre sus adeptos estaban los de la circuncisión (Tito 1:10). Los herejes aspiraban a ser maestros de la Ley (1 Timoteo 1:7). Insistían en las fábulas judías y en los mandamientos de hombres (Tito 1:14).

Por último, estos herejes negaban la resurrección del cuerpo. Decían que cualquier resurrección que una persona hubiera de experimentar, ya había tenido lugar (2 Timoteo 2:18). Probablemente esto es una referencia a los que mantenían que la única resurrección que experimentaba el cristiano era una resurrección espiritual, cuando moría con Cristo y surgía de nuevo con Él en la experiencia del Bautismo (Romanos 6:4).

Los principios del gnosticismo

¿Hay alguna herejía conocida que encaje en todos estos datos? Sí, y es el gnosticismo. Su idea fundamental era que la materia es esencialmente mala, y sólo el espíritu es bueno. Esa creencia básica tenía ciertas consecuencias.

Los gnósticos creían que la materia es tan eterna como Dios; y que, cuando Dios creó el mundo, tuvo que usar esta materia esencialmente mala. Eso quería decir que, para ellos, Dios no podía ser el Creador directo del mundo. A fin de poder tocar esta materia corrompida, Dios tuvo que producir una serie de emanaciones -ellos las llamaban eones- cada una de ellas más distante de Dios mismo que la anterior, hasta que por último hubo una emanación o un eón tan distante de Dios que pudo manejar la materia y crear el mundo. Entre el hombre y Dios se extendía una larga serie de emanaciones, cada una con su nombre y genealogía. Así es que el gnosticismo tenía literalmente un sinnúmero de fábulas y genealogías. Si uno había de llegar a Dios alguna vez, debía, como si dijéramos, ascender esta escala de emanaciones; para lo cual necesitaba una especie muy especial de conocimiento que incluyera todas las consignas que le permitieran pasar de una etapa a otra. Solamente de una persona del más elevado calibre espiritual se podía esperar que adquiriera este conocimiento tan extraordinario y que supiera todas esas consignas para llegar a Dios.

Además, si la materia era totalmente mala, el cuerpo también lo era. De ahí surgían dos actitudes opuestas. O bien el cuerpo tenía que someterse al más estricto ascetismo, en el que las necesidades del cuerpo se eliminaran en la medida de lo posible, y sus instintos, especialmente el sexual, se destruyeran lo más posible; o se podía mantener que, puesto que era malo, no importaba lo que se hiciera con el cuerpo; y se les podía dar rienda suelta a sus instintos y deseos. Por tanto, los gnósticos llegaron a ser, o bien ascetas, o personas para quienes la moralidad había dejado de tener ninguna relevancia.

Todavía más, si el cuerpo era malo, estaba claro que no podía haber tal cosa como resurrección. Lo que los gnósticos esperaban no era la resurrección del cuerpo, sino su destrucción.

Todo esto encaja exactamente con la descripción que obtenemos en las Epístolas Pastorales. En el gnosticismo tenemos el intelectualismo, la arrogancia intelectual, las fábulas y las genealogías, el ascetismo y la inmoralidad, el rechazo a esperar la posibilidad de una resurrección del cuerpo, que eran partes integrantes de la herejía contra la que se escribieron las Epístolas Pastorales.

Un elemento de esa herejía no se ha podido encajar todavía en su sitio: el judaísmo y el legalismo de los que hablan las Epístolas Pastorales. También eso encuentra su lugar. Algunas veces, el gnosticismo y el judaísmo iban de la mano. Ya hemos dicho que los gnósticos insistían en que era necesario un conocimiento muy especial para ascender por la escala de los eones hasta Dios, y que algunos de ellos insistían en que para la vida buena era esencial un ascetismo estricto. Algunos judíos pretendían que eran precisamente la Ley judía y las reglas dietéticas de los judíos lo que proveía ese conocimiento especial y ese ascetismo necesario; así que había veces que el judaísmo y el gnosticismo iban de la mano. Está suficientemente claro que la herejía que sirve de trasfondo a las Epístolas Pastorales era el gnosticismo. Algunos han usado ese hecho para tratar de demostrar que Pablo no puede haber tenido nada que ver con estas epístolas; porque, dicen ellos, el gnosticismo no surgió hasta mucho después de Pablo. Es totalmente cierto que los grandes sistemas formales del gnosticismo conectados con nombres tales como los de Valentino y Basílides no surgieron hasta el siglo II; pero estas grandes figuras no tuvieron que hacer nada más que sistematizar lo que ya estaba allí. Las ideas básicas del gnosticismo estaban en la atmósfera que rodeaba a la Iglesia Primitiva hasta en los días de Pablo. Es fácil notar la atracción que ejercería, y también que, si se les hubiera permitido florecer sin resistencia, podrían haber convertido el Cristianismo en una filosofía especulativa y haberlo arruinado. A1 enfrentarse con el gnosticismo, la Iglesia estaba arrostrando uno de los peligros más graves que hayan amenazado nunca a la fe cristiana.

El lenguaje de las epístolas pastorales

El argumento de más peso contra la autoría paulina de las Epístolas Pastorales es un hecho que resulta muy claro en griego, pero no tanto en una traducción española. El número total de las palabras de las Epístolas Pastorales es 902, de las cuales 54 son nombres propios; y de estas 902 palabras, no menos de 306 no se encuentran en ninguna otra de las cartas de Pablo. Es decir, que más de una tercera parte de las palabras de las Epístolas Pastorales no se encuentran en las otras cartas de Pablo. De hecho, 175 palabras de las Epístolas Pastorales no aparecen en ningún otro lugar del Nuevo Testamento; aunque es justo decir que hay 50 palabras en las Epístolas Pastorales que se encuentran en las otras cartas de Pablo aunque no en ningún otro lugar del Nuevo Testamento.

Además, cuando las otras cartas de Pablo y las Epístolas Pastorales tratan el mismo asunto lo presentan de maneras diferentes, usando otras palabras y frases para expresar la misma idea.

También, muchas de las palabras favoritas de Pablo faltan en las Epístolas Pastorales. Las palabras para Cruz (staurós) y para crucificar (staurún) aparecen 27 veces en las otras cartas paulinas, pero ni una sola en las Epístolas Pastorales. Eleuthería y derivadas que tienen que ver con libertad aparecen 29 veces en las otras cartas y nunca en las Epístolas Pastorales. Hyiós, hijo y hyiothesía, adopción, aparecen 46 veces en las otras cartas de Pablo y nunca en las Epístolas Pastorales. Además, en griego hay muchas más palabras que en español de las que llamamos partículas y enclíticas. Algunas veces no indican más que el tono de la voz; cualquier frase griega está unida con la anterior por una de ellas; y suelen ser intraducibles. De estas partículas y enclíticas hay 112 que usa Pablo en conjunto 932 veces y nunca en las Epístolas Pastorales.

Aquí hay indudablemente algo que hay que explicar. El vocabulario y el estilo hacen difícil aceptar que Pablo escribiera las Epístolas Pastorales en el mismo sentido que las otras cartas.

Las actividades de Pablo en las pastorales

Pero tal vez la más clara dificultad de las Epístolas Pastorales está en que nos presentan a Pablo realizando actividades para las que no hay sitio en su vida tal como la conocemos por el Libro de los Hechos. Está claro que había llevado a cabo una campaña en Creta (Tito 1: S). Y se propone pasar un invierno en Nicópolis, que está en Epiro (Tito 3:12). En la vida de Pablo tal como la conocemos no encajan esa campaña y ese invierno. Pero bien puede ser que precisamente aquí nos tropecemos con la solución del problema.

¿Salió libre pablo de su prisión romana?

Resumamos. Ya hemos visto que la organización de la Iglesia en las Epístolas Pastorales es más elaborada que en las otras cartas paulinas. Hemos visto que el énfasis en la ortodoxia suena a la segunda o tercera generación de cristianos, cuando la emoción del gran descubrimiento se va disipando, y la Iglesia lleva camino de convertirse en una institución. Ya hemos visto que se presenta a Pablo llevando a cabo una misión o misiones que no encajan en el esquema de su vida tal como lo tenemos en Hechos. Pero Hechos no aclara lo que le sucedió a Pablo en Roma. Termina diciéndonos que vivió dos años enteros en una especie de libertad vigilada, predicando el Evangelio sin dificultades (Hechos 28:30s). Pero no nos dice el resultado de su juicio ante el César, si Pablo salió en libertad, o fue ejecutado. Es verdad que más bien se hace suponer que terminó con su muerte; pero hay una corriente de tradición que no debemos ignorar que dice que terminó con su liberación, y que no fue hasta dos o tres años después cuando fue detenido de nuevo, y esa vez sí terminó su detención con su ejecución final hacia el año 67 d.C.

Consideremos esta cuestión, que es del mayor interés. Primero, está claro que cuando Pablo estuvo preso en Roma no consideraba imposible quedar en libertad; de hecho, más bien parece que la esperaba. Cuando escribió a los filipenses, les dijo que les enviaba a Timoteo, y continuó: « Y confío en el Señor que yo mismo os visitaré dentro de poco» (Filipenses 2:24). Cuando escribió a Filemón devolviéndole al fugitivo Onésimo, dice: «Al mismo tiempo, prepárame el cuarto de los huéspedes, porque espero que por vuestras oraciones os seré concedido» (Filemón, 22). Está claro que contaba con la posibilidad de la libertad, llegara esta o no. Segundo, recordemos el plan que le era tan querido a su corazón. Antes de ir a Jerusalén en aquel viaje en que fue arrestado escribió a la iglesia de Roma mencionándole sus planes de visitar España: «Espero veros de paso cuando vaya a España» «Iré a España pasando por ahí» (Romanos 15:24,28). ¿Pudo Pablo realizar aquel proyecto? Clemente de Roma, cuando escribió a la iglesia de Corinto alrededor del año 90 d.C. dijo que Pablo había predicado el Evangelio en el Este y en el Oeste; que había enseñado a todo el mundo (es decir, el Imperio Romano) la justicia; y que llegó al extremo (terma, el término) del Oeste antes de su martirio. ¿Qué quiso decir Clemente con el extremo de Occidente? Hay muchos que defienden que no quería decir más que Roma; porque es verdad que alguien que escribiera en el Este de Asia Menor consideraría que Roma era el límite de Occidente. Pero Clemente estaba escribiendo en Roma; y es difícil que para nadie que estuviera en Roma el límite del Oeste pudiera querer decir otra cosa que España. Y parece que Clemente creía que Pablo había llegado a España.

El más grande de los historiadores de la Iglesia Primitiva fue Eusebio. En su relato de la vida de Pablo escribe: «Lucas, que escribió Los Hechos de los Apóstoles, acabó su historia en este punto, después de relatar que Pablo había pasados dos años enteros en algo así como libertad vigilada, y había predicado la Palabra de Dios sin restricciones. Así que después de hacer su defensa, se dice que el Apóstol fue enviado otra vez en su ministerio de predicación, y que al llegar por segunda vez a Roma sufrió el martirio» (Eusebio, Historia Eclesiástica 2.22.2). Eusebio no especifica nada acerca de España, pero sí conocía el detalle de que Pablo había obtenido la libertad después de su primer encarcelamiento en Roma.

El Canon de Muratori, la primera lista de libros del Nuevo Testamento que ha llegado a nosotros, describe el esquema de Lucas cuando escribió Hechos: «Lucas le relató a Teófilo los acontecimientos de los que había sido testigo presencial, y también en otro lugar declara evidentemente el martirio de Pedro -probablemente se refiere a Lucas 22: 31 s- pero omite el viaje de Pablo de Roma a España.»

En el siglo V, dos de los grandes padres de la Iglesia Cristiana estaban seguros de ese viaje. Crisóstomo dice en su sermón sobre 2 Timoteo 4:20: «San Pablo, después de su estancia en Roma, partió para España.» Jerónimo dice en su Catálogo de Escritores que Pablo «fue puesto en libertad por Nerón para que pudiera predicar el Evangelio de Cristo en el Oeste.»

No hay duda de que una cierta corriente de tradición mantenía que Pablo había llegado a España.

Este es un asunto en el que tendremos que hacer nuestra propia decisión. La única cosa que nos hace dudar de la historicidad de esa tradición es que en la misma España no hay ni ha habido nunca ninguna tradición fidedigna de que Pablo predicara y trabajara en ella, ni relatos acerca de él, ni lugares relacionados con su nombre. Sería de lo más extraño que se hubiera olvidado totalmente el recuerdo de tal visita. Y bien podría ser que toda esta tradición acerca de la liberación de Pablo y su viaje al Oeste hubieran surgido como una deducción natural de su intención expresa de visitar España (Romanos 15:24,28). La mayor parte de los investigadores del Nuevo Testamento no creen que Pablo quedara libre después de su juicio ante Nerón; el consenso general de opinión es que su única liberación le vino con la muerte.

Pablo y las epístolas pastorales

Entonces, ¿qué podemos decir de la relación de Pablo con estas cartas? Si podemos aceptar la tradición de su liberación y de su vuelta a la predicación y la enseñanza, y de su muerte tan tarde como en el año 67 d.C., bien podríamos creer que proceden de su mano tal como han llegado hasta nosotros. Pero, si no aceptamos esa premisa -y la evidencia está en general en contra- ¿hemos de decir que no tienen ninguna relación con Pablo?

Debemos recordar que el mundo antiguo no consideraba estas cosas como nosotros. No le parecería mala nadie que se publicara una carta bajo el nombre de un gran maestro, si se estaba seguro de que la carta contenía lo que ese maestro habría dicho en las mismas circunstancias. Para el mundo antiguo era natural y digno el que un discípulo escribiera en nombre de su maestro. A nadie le habría parecido mal el que uno de los discípulos de Pablo saliera al frente de una situación nueva y amenazadora con una carta con el nombre de Pablo. El considerarlo como un plagio es malentender la mentalidad del mundo antiguo. ¿Hemos de pasarnos completamente al otro extremo, y decir que lo que pasó fue que algún discípulo suyo publicó estas cartas en nombre de Pablo años después de su muerte, y en un momento en que la Iglesia estaba mucho más organizada que durante su vida?

Tal como nosotros lo vemos, la respuesta es que no. Es increíble que algún discípulo pusiera en boca de Pablo la afirmación de ser el primero de los pecadores (1 Timoteo 1: 15); su tendencia habría sido subrayar la santidad de Pablo, no hablar de su pecado. Es increíble que ninguno que escribiera en nombre de Pablo le diera a Timoteo el consejo paternal de tomar un poco de vino por causa de su salud (1 Timoteo 5:23). La totalidad de 2 Timoteo 4 es tan personal y tan henchida de intimidad y de detalles cariñosos, que nadie sino Pablo lo hubiera podido escribir.

Entonces, ¿dónde está la solución? Bien puede ser que sucediera algo así. Es absolutamente obvio que se perdieron muchas cartas de Pablo. Aparte de sus grandes cartas públicas, debe de haber mantenido una constante correspondencia privada de la que no ha llegado hasta nosotros nada más que la pequeña Carta a Filemón. Bien puede ser que en días posteriores hubiera algunos fragmentos de la correspondencia de Pablo en posesión de algún maestro cristiano. Este maestro veía la iglesia de su tiempo y de Éfeso amenazada por todas partes. La amenazaba la herejía por dentro y por fuera. Tenía la amenaza de abandonar sus propios niveles elevados de pureza y verdad. La calidad de sus miembros y el nivel de sus ministros se estaban degenerando. Tenía en su posesión breves cartas de Pablo que decían exactamente las cosas que hacía falta decir, pero en el estado en que estaban, eran demasiado cortas y fragmentarias para publicarlas. Así es que las amplió y suplementó y las hizo supremamente relevantes a la situación contemporánea y las envió por toda la Iglesia.

En las Epístolas Pastorales todavía seguimos escuchando la voz de Pablo, con su intimidad personal característica; pero creemos que la forma de las cartas se debe a algún maestro cristiano que convocó la ayuda de Pablo cuando la Iglesia de su tiempo necesitaba la dirección que solamente Pablo le podía dar.

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