Introducción a la carta de Judas

Introducción a la carta de Judas

La carta difícil y arrumbada

Bien se puede decir que para la mayoría de los lectores modernos la breve Carta de Judas es una empresa más sorprendente que provechosa. Hay dos versículos que todo el mundo conoce -la sonora y magnífica doxología con la que termina: A Aquel Que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de Su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y poder, ahora y por todos los siglos. Amén.

Pero, aparte de estos dos versículos, Judas es mayormente desconocida y rara vez leída. La razón de su dificultad es que se escribió desde un trasfondo de pensamiento, el desafío de una situación, en imágenes y con citas, que nos resultan totalmente extrañas. Está fuera de toda duda que impactaría a los que la leyeran por primera vez como un martillazo. Sería como la llamada de un toque de trompeta a defender la fe. Moffatt llama a Judas una cruz flamígera para levantar las iglesias.» Pero, como J. B. Mayor, uno de sus grandes editores, ha dicho: «Al lector moderno le resulta más curiosa que edificante, salvo su principio y su final.» Esta es una razón más que suficiente para emplearnos en el estudio de Judas; porque, cuando entendemos el pensamiento de Judas y desentrañamos la situación en la que estaba escribiendo, su carta adquiere el mayor interés para la historia de la Iglesia Primitiva, y nada le falta de relevancia para la de hoy. Ha habido tiempos en la historia de la Iglesia, y especialmente en sus avivamientos, cuando Judas no estaba lejos de ser el libro más relevante del Nuevo Testamento. Empecemos por establecer sencillamente la sustancia de la carta sin esperar a resolver sus dificultades.

Saliendo al encuentro de la amenaza

Judas había tenido la intención de escribir un tratado sobre la fe que todos los cristianos compartimos; pero tuvo que dejar a un lado esa tarea en vista de la aparición de personas cuya conducta y pensamiento eran una amenaza para la Iglesia Cristiana (versículo 3). En vista de esta situación, la necesidad perentoria no era la de exponer la fe, sino la de convocar a los cristianos en su defensa. Algunos que se habían introducido en la iglesia se aplicaban a fondo a convertir la gracia de Dios en una excusa para la más flagrante inmoralidad, y negaban al único Dios verdadero y al Señor Jesucristo (versículo 4). Estos hombres eran inmorales en su conducta y heréticos en su doctrina.

Las advertencias

Judas organiza sus advertencias contra tales hombres. Que tengan presente la suerte de los israelitas. Habían sido sacados a salvo de Egipto, pero no se les permitió entrar en la Tierra Prometida a causa de su incredulidad (versículo 5). Hace referencia a Números 13:26 -14:29. Aunque uno haya recibido la gracia de Dios, puede perder la salvación eterna si se desvía a la desobediencia y a la incredulidad. Algunos ángeles que poseían la gloria del Cielo vinieron a la Tierra y corrompieron con su concupiscencia a las mujeres mortales (Génesis 6:2); y ahora están aprisionados en el abismo de oscuridad esperando el juicio (versículo 6). El que se rebele contra Dios tendrá que arrostrar el juicio. Las ciudades de Sodoma y Gomorra se habían entregado a la concupiscencia y al vicio contra la naturaleza de tal manera que su destrucción por fuego es una advertencia para todos los que se descarríen de manera parecida (versículo 7).

La vida malvada

Estos hombres son visionarios de sueños malvados; contaminan su carne; hablan mal de los ángeles (versículo 8). Ni siquiera el arcángel Miguel se atrevía a proferir maldición contra los ángeles malvados. Se le había encargado enterrar el cuerpo de Moisés. El diablo había tratado de impedírselo y reclamar el cuerpo para sí. Miguel no dijo nada en contra del diablo, ni siquiera en tales circunstancias, sino dijo sencillamente: « ¡Que el Señor te reprenda!» -(versículo 9). Hay que respetar a los ángeles, aunque sean malos y hostiles. Estos hombres malvados condenan todo lo que no entienden, y las cosas espirituales sobrepasan su comprensión. De lo único que entienden es de instintos carnales, y se gobiernan por ellos como hacen los animales irracionales (versículo 10).

Son como Caín, el asesino cínico y egoísta; son como Balaam, cuyo único deseo era la ganancia material, y que condujo al pueblo de Israel a pecar contra Dios; son como Coré, que se rebeló contra la autoridad legítima de Moisés, y se le tragó la tierra como castigo por su desobediencia arrogante (versículo 11).

Son como la rocas ocultas que pueden hacer naufragar un barco; tienen su propia camarilla en la que se asocian con personas como ellos, destruyendo así la comunión cristiana; engañan a otros con sus promesas, como las nubes que prometen la lluvia largo tiempo esperada, pero que pasan de largo; son como árboles estériles y sin raíz, que no producen fruto; como la rociada de espuma de las olas que arroja algas y restos de naufragios a las playas, así espumajean sus obras desvergonzadas; son como las estrellas errantes que se niegan a mantenerse en su órbita y que están condenadas a perderse en la oscuridad infinita (versículo 13). Hace mucho tiempo, el profeta Henoc había descrito a estas personas y profetizado su destrucción divina (versículo 15).

Murmuran contra toda autoridad y disciplina auténticas como los hijos de Israel murmuraron contra Moisés en el desierto; están descontentos con la suerte que Dios les ha asignado; sus concupiscencias son lo único que gobierna sus vidas; su habla es arrogante y orgullosa; son pelotilleros que adulan para sacar partido (versículo 16).

Palabras a los fieles

Después de fustigar a los malvados con el torrente de sus invectivas, Judas se dirige a los fieles. Deberían haber esperado todo esto, porque los apóstoles de Jesucristo ya habían anunciado de antemano que surgirían hombres malos (versículos 18 y 19). Pero el deber del verdadero cristiano es edificar su vida sobre la base de la santísima fe, aprender a orar en el poder del Espíritu Santo; recordar las condiciones del pacto al que nos ha llamado el amor de Dios, y esperar la misericordia de Jesucristo (versículos 20 y 21).

En cuanto a los falsos pensadores y los de vida perdida -algunos de ellos puede que se salven con piedad, mientras están todavía dudando al borde de sus malos caminos; a otros hay que rescatarlos como a astillas del fuego; y en toda su obra de rescate, el cristiano debe tener aquel santo temor que le hará amar al pecador pero odiar el pecado, evitando contaminarse de los males de los que trata de salvar (versículos 22 y 23).

Y todo el tiempo estará con él el poder de ese Dios Que puede guardarle de caer, y conducirle con pureza y gozo a Su presencia (versículos 24 y 25).

Los herejes

¿Quiénes eran los herejes a los que.Judas critica tan duramente, y cuáles sus creencias y forma de vida? Judas no nos lo dice claro nunca; él no era ningún teólogo, sino, como dice Moffatt, « un líder de la Iglesia, sencillo y honrado.» «Denuncia más que describe» la herejías que ataca. No trata de discutir ni de refutar, porque escribe como el «que sabe cuándo la ardiente indignación es más elocuente que la discusión.» Pero de la carta misma podemos deducir tres cosas sobre estos herejes.

(i) Eran antinomistas. El antinomismo -de ariti y nomos, ley- es la «doctrina que enseña, en nombre de la supremacía de la gracia, el indiferentismo con respecto a la ley» (Enciclopedia Larousse). Los antinomistas han existido en todas las épocas de la Iglesia. Son personas que pervierten la gracia. Su posición es que la ley ha terminado, y ellos están bajo la gracia. Las prescripciones de la ley puede que se les apliquen a otros, pero ya no se les aplican a ellos. Pueden hacer, literalmente, lo que les dé la gana. La gracia es suprema; puede perdonar cualquier pecado; cuanto más se peque, más oportunidades se le dan a la gracia para sobreabundar (Romanos 5:20ss). El cuerpo no tiene ninguna importancia; lo que importa es el interior de la persona.

Todas las cosas pertenecen a Cristo, y, por tanto, todas las cosas les pertenecen a ellos. Así es que para ellos no hay nada prohibido.

Por tanto, los herejes de Judas convierten la gracia de Dios en una excusa para la inmoralidad más flagrante (versículo 4); hasta practican vicios desvergonzados contra la naturaleza como hacían los de Sodoma (versículo 7). Corrompen la carne, y no lo consideran ningún pecado (versículo 8). Dejan que los instintos animales gobiernen sus vidas (versículo 10). Con sus maneras sensuales, hay peligro de que hagan naufragar las fiestas del amor de la iglesia (versículo 12). Son sus propios deseos malos los que dirigen sus vidas (versículo 16).

La negación de Dios y de Jesucristo

(ii) Acerca del antinomismo y la inmoralidad flagrante de los herejes a los que condena Judas no cabe la menor duda. Las otras dos faltas de las que los acusa no son tan fáciles de detectar. Los acusa de que, como dice la versión Reina- Valera›95 «niegan a Dios, el único Soberano, y a nuestro Señor Jesucristo,» y añade en una nota: «Otra posible traducción: A nuestro único soberano y señor, Jesucristo» (versículo 4). La doxología final se dirige al « al único y sabio Dios,» una frase que se encuentra también en Romanos 16:27; 1 Timoteo 1:17, y cp. 6: I5). La reiteración de la palabra único es significativa. Si Judas habla acerca de nuestro único Soberano y Señor, y del único Dios, es natural suponer que habría quienes cuestionaran la unicidad de Jesucristo y de Dios. ¿Podemos trazar una línea de pensamiento parecida en la Iglesia Primitiva y, en caso afirmativo, coincide con cualquier otra evidencia que la misma carta pueda suplir?

Como sucede tan a menudo en el Nuevo Testamento, nos encontramos frente a ese tipo de pensamiento que llegó a conocerse como gnosticismo. Su idea básica era que este es un universo dualista, con dos principios eternos. Desde el principio del tiempo ha habido siempre espíritu y materia. El espíritu es esencialmente bueno; la materia, esencialmente mala. De esa materia corrompida se creó el mundo. Ahora bien: Dios es puro espíritu, y por tanto no podía manejar esta materia esencialmente mala. ¿Cómo se pudo efectuar la creación? Dios produjo una serie de eones o emanaciones, sucesivamente cada vez más lejos de Él. A1 final de esta larga cadena hubo un eón, ya lo bastante distante de Dios para poder tocar la materia, que fue el que se encargó de la creación del mundo.

Esto no era todo lo que creían los gnósticos. Conforme los eones de la serie se iban alejando más y más de Dios cada vez Le conocían menos; y se iban haciendo más y más hostiles a Dios. El eón creador, al final de la serie, era al mismo tiempo ignorante y totalmente hostil a Dios.

Al llegar a ese punto, los gnósticos dieron otro paso: identificaron al verdadero Dios con el Dios del Nuevo Testamento; y al dios ignorante y hostil, con el del Antiguo Testamento. Para ellos, el Dios de la creación era distinto del dios de la revelación y de la redención. El Cristianismo, por otra parte, cree en el único Dios: el Dios de la Creación, y de la Providencia, y de la Redención.

Esta era la explicación que daban los gnósticos del pecado. Tenía su origen en el hecho de que la creación había surgido, en primer lugar, de una materia mala; y, en segundo lugar, la había producido un dios ignorante, y de ahí que existieran el pecado y el sufrimiento y la imperfección.

Esta línea de pensamiento gnóstica tenía un resultado curioso, pero perfectamente lógico. Si el dios del Antiguo Testamento era ignorante del verdadero Dios y hostil a El, debe deducirse de ahí que las personas a las que aquel dios ignorante perseguía eran en realidad buenas personas. Está claro que el dios hostil también sería hostil a las personas que eran los verdaderos siervos del verdadero Dios. Por tanto los gnósticos, por así decirlo, ponían el Antiguo Testamento patas arriba, y consideraban a sus héroes villanos, y a sus villanos héroes. Había hasta una secta de gnósticos llamados los ofitas —del griego ofzs, serpiente- porque adoraban ala serpiente del Edén; y algunos que consideraban a Caín, y a Coré, y a Balaam como grandes héroes. A esos mismos se refiere Judas poniéndolos como trágicos y terribles ejemplos de pecado.

Así es que podemos dar por sentado que los herejes a los que ataca Judas eran gnósticos que negaban la unicidad de Dios, que consideraban que el Dios de la creación era diferente del Dios de la redención, que veían en el Antiguo Testamento a un dios ignorante del verdadero Dios y Su enemigo, y que, por tanto, ponían el Antiguo Testamento patas arriba para considerar pecadores a los verdaderos siervos del verdadero Dios, y a Sus santos como siervos del dios hostil.

Estos herejes no solamente negaban la unicidad de Dios, sino también a «nuestro único Soberano y Señor Jesucristo.» Es decir, negaban la unicidad de Jesucristo. ¿Cómo encaja eso con las ideas gnósticas que nos son conocidas? Ya hemos visto que, según las creencias gnósticas, había una serie de eones entre Dios y el mundo. Los gnósticos consideraban a Jesucristo como uno de estos eones, no como nuestro único Soberano y Señor; era solamente uno entre muchos mediadores entre Dios y el hombre, aunque pudiera ser el más elevado y el más próximo a Dios.

Tenemos todavía otra referencia a estos herejes de Judas, que también encaja perfectamente en lo que sabemos de los gnósticos. En el versículo 19, Judas los describe como « los que introducen divisiones.» Los herejes introducían alguna especie de distinciones de clase entre los miembros de la Iglesia. ¿Cuáles eran esas distinciones?

Ya hemos visto que entre Dios y el hombre decían que se extendía una interminable serie de eones. El objetivo del hombre debe ser llegar al contacto con Dios. Para alcanzar su fin, el alma tiene que atravesar esta serie interminable de eslabones entre Dios y el hombre. Los gnósticos mantenían que para conseguirlo se requería un conocimiento muy especial y esotérico. Tan profundo era ese conocimiento que eran muy pocos los que podían alcanzarlo.

Los gnósticos, por tanto, dividían a los miembros de la Iglesia en dos clases: los pneumatikoi y los psyjikoi. El pneuma era el espíritu humano, lo que le hace semejante a Dios; y los pneumatikoi eran personas espirituales, cuyos espíritus eran tan desarrollados e intelectuales que podían ascender la larga escala y llegar hasta Dios. Estos pneumatikoi, los gnósticos pretendían que estaban tan equipados intelectual y espiritualmente que podían llegar a ser tan buenos como Jesús -Ireneo dice que algunos de ellos creían que los pneumatikoi podían llegar a ser mejores que Jesús, y alcanzar la unión directa con Dios.

Por otra parte, la psyjé era simplemente el principio de la vida física. Todos los seres vivos tenían psyjé. Era algo que el hombre compartía con la creación animal y aun vegetal. Los psyjikoi eran gente ordinaria; tenían la vida física, pero su pneuma estaba sin desarrollar, y eran incapaces de alcanzar nunca la sabiduría intelectual que les permitiría escalar el largo camino hacia Dios. Los pneumatikoi eran una minoría reducida y selecta; los psyjikoi eran la inmensa mayoría de gente vulgar y corriente.

Es fácil ver que esta clase de creencias producía inevitablemente una cursilería y un orgullo supuestamente espirituales. Introducía en la Iglesia la peor especie de distinción de clases.

Así que los herejes que ataca Judas eran hombres que negaban la unicidad de Dios, y Le desdoblaban en un dios ignorante y creador, y un Dios verdaderamente espiritual; que negaban la unicidad de Jesucristo, y Le veían como uno de los eslabones entre Dios y el hombre; que suscitaban distinciones de clase dentro de la Iglesia, y limitaban la comunión con Dios a unos pocos intelectuales.

La negación de los ángeles

(iii) Además se implica que estos herejes negaban e insultaban a los ángeles. Se dice que «rechazan la autoridad, e injurian a los gloriosos» (versículo 8). Las palabras «autoridad» y «los gloriosos» describen rangos de la jerarquía judía de los ángeles. El versículo 9 hace referencia a la historia de La asunción de Moisés, en la que se dice que a Miguel se le encomendó la tarea de enterrar el cuerpo de Moisés. El diablo trató de impedírselo y de reclamar el cuerpo. Miguel no hizo ninguna acusación contra el diablo ni le dirigió palabras insultantes; solamente dijo: « ¡Que el Señor te reprenda!» Si el arcángel Miguel, en tales circunstancias, no dijo nada contra el príncipe de los ángeles malos, está claro que nadie puede hablar mal de ellos.

Las creencias judías acerca de los ángeles eran muy elaboradas. Cada nación tenía su ángel protector; cada persona, cada niño tenía su ángel. Todas las fuerzas de la naturaleza, el viento y el mar y el fuego y todas las demás, estaban bajo el control de ángeles. Hasta se podía decir: «Cada brizna de hierba tiene su ángel.» Está claro que los herejes atacaban a los ángeles. Es probable que dijeran que los ángeles eran los servidores del dios creador ignorante y hostil, y que un cristiano no debe tener nada que ver con ellos. No podemos estar totalmente seguros de lo que subyace bajo todo esto; pero a todos sus errores los herejes añadían el desprecio de los ángeles; y para Judas esto era sin duda reprobable.

Judas y el Nuevo Testamento

Ahora debemos examinar las cuestiones acerca de la fecha y el autor de Judas. Judas tuvo algunas dificultades para entrar en el Nuevo Testamento; es uno de los libros cuya posición estuvo mucho tiempo insegura y que fueron tardíos en obtener una plena aceptación como parte del Nuevo Testamento. Resumamos brevemente las opiniones de los grandes padres e investigadores de la Iglesia Primitiva.

Judas estaba incluido en el Canon de Muratori, compuesto hacia el año 170 d.C., y que se puede considerar como la primera lista semioficial que ha llegado hasta nosotros de los libros aceptados por la Iglesia. La inclusión de Judas resulta extraña si recordamos que el Canon de Muratori no incluía en su lista Hebreos y Primera de Pedro. Pero a partir de entonces se habla largo tiempo de Judas con dudas. A mediados del siglo III, Orígenes la conocía y usaba, pero era plenamente consciente de que había muchos que ponían en duda su derecho a ser Escritura. Eusebio, el gran erudito de mediados del siglo IV, hizo un examen exaustivo de la posición de varios libros que estaban en uso, y clasificó Judas entre los libros discutidos.

Jerónimo, el traductor de la Vulgata, tenía sus dudas acerca de Ju4as, y nos da las razones para las dudas que se tenían. Lo extraño de Judas es la forma en que cita como autoridades libros que estaban fuera del Antiguo Testamento. Usa como Escritura algunos libros que se escribieron entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, y que no se consideraron nunca como Escritura. Aquí tenemos dos ejemplos determinados. La referencia en el versículo 9 a Miguel discutiendo con el diablo sobre el cuerpo de Moisés está tomada del libro apócrifo La Asunción de Moisés. En los versículos 14 y 15 Judas confirma su posición con una cita de una profecía, como era costumbre de todos los autores del Nuevo Testamento; pero la cita de Judas está tomada del Libro de Henoc, que él parece considerar Escritura. Jerónimo nos dice que Judas tenía la costumbre de usar libros que no eran de la Escritura como si lo fueran, cosa que hacía que algunas personas lo aceptaran con reservas; y hacia el fin del siglo III en Alejandría era precisamente de esa misma acusación de la que Dídimo le defendía. Lo más extraño de Judas es probablemente eso de usar libros que no eran de la Escritura como los otros autores del Nuevo Testamento usaban a los profetas; y en los versículos 17 y 18 hace uso de un dicho de los apóstoles que no se ha podido identificar. Judas; pues, fue uno de los libros ,que tuvieron que esperar más tiempo para asegurarse su lugar en el Nuevo Testamento; pero para el siglo IV ya parece que lo tenía seguro.

La fecha

Hay claras indicaciones de que Judas no es un libro muy temprano. Habla de «la fe que ha sido una vez dada a los santos» (versículo 3), refiriéndose, al parecer, a un tiempo pasado, desde un presente en el que había un cuerpo de doctrinas que se consideraban ortodoxas. En los versículos 17 y 18 exhorta a sus lectores a recordar las palabras de los apóstoles del Señor Jesucristo. Eso suena a un tiempo cuando los apóstoles ya no estaban entre ellos, y la Iglesia recordaba su pasada enseñanza. La atmósfera de Judas es la de un libro que mira hacia atrás.

Ya hemos mencionado el hecho de que nos parece que Segunda de Pedro hace uso de Judas considerablemente. Se puede ver que su segundo capítulo tiene una relación indiscutible con Judas. Es bastante seguro que uno de ellos tomó prestado del otro. Por razones de carácter general, es mucho más probable que el autor de Segunda de Pedro incorporara la totalidad de Judas en su obra que que Judas tomara, sin razón aparente, una sección de Segunda de Pedro. Ahora bien, si creemos que Segunda de Pedro la usa, Judas no puede ser muy tardía, aunque no sea tampoco muy temprana.

Es verdad que Judas recuerda como pasado el tiempo de los apóstoles; pero también es verdad que, con la probable execepción de Juan, todos los apóstoles habrían muerto hacia el año 70 d.C. Tomando juntamente el hecho de que Judas es posterior a los apóstoles y el de que Segunda de Pedro la usa, una fecha entre los años 80 y 90 parece razonable.

El autor de Judas

¿Quién era el Judas, o Judá, que escribió esta carta? Se identifica como «siervo de Jesucristo y hermano de Santiago.» En el Nuevo Testamento hay cinco que se llamaban Judas.

(i) Está el Judas de Damasco en cuya casa estaba orando Saulo después de su conversión en el camino de Damasco (Hechos 9:11).

(ii) Está Judas Barsabás, una de las autoridades de los concilios de la Iglesia que, juntamente con Silas, fue portador a Antioquía de la decisión del Concilio de Jerusalén cuando se abrió la puerta de la Iglesia a los creyentes gentiles (Hechos 15:22,27,32). Este Judas era también profeta (Hechos 15:32).

(iii) Está Judas Iscariote. Ninguno de estos tres se ha considerado en serio que pudiera ser el autor de esta carta.

(iv) Está el segundo Judas del grupo apostólico. Juan le llama « Judas, no el Iscariote» (Juan 14:22). En la lista que nos da Lucas de los Doce figura un apóstol al que la versión ReinaValera llama « Judas hermano de Jacobo» (Lucas 6:16; Hechos 1:13). Si hubiéramos de depender solamente de la versión Reina-Valera creeríamos que teníamos aquí un serio candidato a la autoría de esta carta.; y, de hecho, Tertuliano llama al autor «el apóstol Judas.» Pero en el original griego a este se le llama simplemente «Judas de Santiago.» Este es un modismo muy corriente en griego, y casi siempre quiere decir, no «hermano de» sino «hijo de;» así que «Judas de Santiago» no es en la lista de los Doce «Judas, el hermano de Santiago,» sino «Judas, el hijo de Santiago,» como muestran todas las traducciones más recientes.

(v) Está el Judas que era ehermano de Jesús (Mateo 13:35; Marcos 6:3). Si alguno de los Judas del Nuevo Testamento fue el autor de esta carta, tiene que haber sido este, porque sólo él podría ser llamado en verdad «el hermano de Santiago.»

¿Se ha de tomar esta breve carta como de Judas el hermano del Señor? En ese caso merecería un interés especial. Pero existen objeciones.

(i) Si Judas para usar la forma de su nombre con la que estamos más familiarizados- era hermano de Jesús, ¿Por qué no lo dice? ¿Por qué se identifica como «Judas, el hermano de Santiago» y no como «Judas, el hermano del Señor?» Sin duda es una explicación suficiente el decir que se resistía a aplicarse un título tan honorable. Aun siendo cierto que era hermano de Jesús, prefería, por humildad, llamarse Su siervo; porque Jesús era, no sólo su hermano, sino también su Señor. Además, Judas el hermano de Santiago no es probable que saliera nunca de Palestina. La Iglesia que conocía sería la de Jerusalén, de la que Santiago era la cabeza indiscutible. Si estaba escribiendo a las iglesias de Palestina, su relación con Santiago sería la que se subrayara más naturalmente. Después de pensarlo un poco, nos sorprendería más el que Judas se llamara «el hermano de Jesús» más bien que « el siervo de Jesucristo.»

(ii) Se ha objetado a que Judas se llamara siervo de Jesucristo, lo que equivaldría a llamarse apóstol. «Siervos de Dios» era el título de los profetas del Antiguo Testamento. «Porque no hará nada el Señor Dios sin revelar Su secreto a Sus siervos los profetas» (Amos 3: 7). Lo que había sido un título profético en el Antiguo Testamento se convirtió en un título apostólico en el Nuevo Testamento. Pablo se identifica como siervo de Jesucristo (Romanos l:l; Filipenses 1:1). Se le llama el siervo de Dios en las Epístolas Pastorales (Tito l: l ), y ese mismo título se lo aplica Santiago (Santiago 1:1). Se concluye por tanto que al llamarse «siervo de Jesucristo» Judas está aplicándose el título de apóstol.

A esto se le pueden dar dos respuestas. La primera, que el título «siervo de Jesucristo» no está confinado a los Doce, porque se lo da Pablo a Timoteo (Filipenses l:1). La segunda, que aun cuando se considerara un título apostólico en el sentido más amplio de la palabra, encontramos a los hermanos del Señor asociados con los Once después de la Ascensión (Hechos 1:14), y Judas, como Santiago, bien puede haber figurado entre ellos; y se nos dice que «los hermanos de Jesús» eran importantes en la obra misionera de la Iglesia (1 Corintios 9:5). La evidencia de que disponemos tiende a demostrar que Judas, el hermano de nuestro Señor, fue uno de los miembros del círculo apostólico; y, por tanto, el título «siervo de Jesucristo» se le puede aplicar perfectamente.

(iii) Se discute que el Judas de Palestina que era hermano de Jesús pudiera escribir el griego de esta carta, porque sería arameo-parlante. Ese no es un razonamiento conclusivo. Judas conocería probablemente el griego, porque era la lingua franca del mundo antiguo, que casi todo el mundo conocía y usaba además de su lengua materna. El griego de Judas es áspero y vigoroso. Puede haber estado dentro de la capacidad de Judas el escribirlo por sí mismo; y si no, usaría a algún ayudante y traductor como hizo Pedro con Silvano.

(iv) También se puede argüir que la herejía que ataca Judas es el gnosticismo, y que este era una manera griega de pensar más bien que judía- ¿y a santo de qué se puso el Judas de Palestina a escribir a los griegos? Pero es un hecho sorprendente acerca de esta herejía que es lo opuesto del judaísmo ortodoxo. La regla de toda la vida judía era la Santa Ley; la creencia básica de la religión judía era que no hay más que un solo Dios; la creencia judía en los ángeles se había desarrollado considerablemente. No es ni mucho menos difícil de suponer que, cuando algunos judíos entraran en la fe cristiana, se pasaran al otro extremo. Es fácil imaginar que un judío que hubiera sido toda la vida un siervo de la Ley, que descubriera de pronto la gracia, se entregara al antinomismo como reacción contra su anterior legalismo; y reaccionara de manera parecida contra la fe judía tradicional en un Dios único y en ángeles. Es de hecho fácil ver en los herejes a los que ataca Judas a judíos que habían entrado en la Iglesia Cristiana más bien como renegados del judaísmo que como cristianos verdaderamente convencidos.

(v) Por último, se podría objetar que, si se hubiera sabido que esta carta era obra de Judas el hermano de Jesús no habría tardado tanto en entrar en el Nuevo Testamento. Pero antes del final del siglo I la Iglesia era mayoritariamente gentil, y a los judíos se los consideraba enemigos y calumniadores de la Iglesia. Durante la vida de Jesús, Sus hermanos habían sido Sus enemigos; y bien podría haber sucedido que una carta tan judía como Judas tuviera que vencer mucha resistencia para ser incluida en el Nuevo Testamento, aunque su autor fuera hermano de Jesús.

Judas, el hermano de Jesús

Si esta carta no es obra de Judas, el hermano de Jesús, ¿cuáles son las alternativas que se sugieren? En general, podemos considerar dos.

(i) Esta carta es la obra de un hombre llamado Judas, de quien no se sabe nada más. Esta teoría se enfrenta con una doble dificultad. Primera, tenemos la coincidencia de que este Judas era también el hermano de Santiago. Segunda, es difícil explicar por qué una carta tan breve llegó a tener ninguna autoridad si era la obra de un desconocido.

(ii) Esta carta es seudónima. Es decir, la escribió cualquier otra persona, pero se le atribuyó a Judas. Esa era una práctica corriente en el mundo antiguo. Entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento se escribieron docenas de libros que se atribuyeron a personajes como Moisés, Henoc, Baruc, Isaías, Salomón y muchos otros. A nadie le parecía que aquello estuviera mal. Pero debemos advertir dos cosas acerca de Judas.

(a) En el caso de tales publicaciones, el nombre al que se atribuía un libro era famoso; pero Judas, el hermano de nuestro Señor, fue un casi desconocido; no se le contaba entre las grandes figuras de la Iglesia Primitiva. Se cuenta que en los días del emperador Domiciano hubo un intento deliberado de asegurarse de que el Cristianismo no se extendiera. Llegaron noticias a las autoridades romanas de que algunos de la familia de Jesús vivían todavía; entre ellos los nietos de Judas. Los romanos consideraron la posibilidad de que pudiera surgir alguna rebelión en conexión con esas personas, y dieron órdenes de que comparecieran ante los tribunales romanos. Cuando así lo hicieron, se vio que se trataba de trabajadores de manos encallecidas, y se los despidió como personas sin importancia e inofensivas. Está claro que Judas era casi un desconocido, y no existía razón alguna para atribuirle un libro a una persona a la que nadie conocía.

(b) Cuando se escribía un libro seudónimo, no se dejaba al lector en ninguna duda en cuanto a la persona a la que se le atribuía. Si esta carta se hubiera publicado como obra de Judas el hermano del Señor, se le habría mencionado en el título de manera que nadie pudiera confundirle con otro; y, sin embargo, de hecho, no se presenta nada claramente quién es el autor.

Judas es típicamente judía. Sus referencias y alusiones son tales que solamente un judío las podría entender. Es sencilla y tosca, gráfica y pictórica. Está claro que es la obra de un pensador sencillo, y no de un teólogo. Le encaja bien a Judas el hermano de nuestro Señor. Se atribuye a su nombre, y no es fácil imaginar por qué se le iba a atribuir a menos que él fuera su verdadero autor. Es nuestra opinión que esta breve carta es realmente obra de Judas el hermano de Jesús.

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