Introducción a Corintios

Introducción a Corintios

Las cartas de Pablo son el conjunto de documentos más interesante del Nuevo Testamento; y eso, porque una carta es la forma más personal de todas las que se usan en literatura. Demetrio, uno de los antiguos críticos literarios griegos, escribió una vez: « Cada uno revela su propia alma en sus cartas. En cualquier otro género se puede discernir el carácter del escritor, pero en ninguno tan claramente como en el epistolar» (Demetrio, Sobre el estilo, 227). Es precisamente porque disponemos de tantas cartas suyas por lo que nos parece que conocemos tan bien a Pablo. En ellas abría su mente y su corazón a los que tanto amaba; en ellas, aun ahora podemos percibir su gran inteligencia enfrentándose con los problemas de la Iglesia Primitiva, y sentimos su gran corazón latiendo de amor por los hombres, aun por los descarriados y equivocados.

El enigma de las cartas

Por otra parte, muchas veces no hay nada más difícil de entender que una carta. Demetrio (Sobre el estilo, 223) cita a Artemón, el editor de las cartas de Aristóteles, que decía que una carta es en realidad una de las dos partes de un diálogo, y como tal debería escribirse. En otras palabras: leer una carta es como escuchar un lado de una conversación telefónica. Por eso a veces nos es difícil entender las cartas de Pablo: porque no tenemos las otras a las que está contestando, y no conocemos la situación a la que se refiere nada más que por lo que podemos deducir de su respuesta. Antes de intentar entender cualquiera de las cartas que escribió Pablo debemos hacer lo posible para reconstruir la situación que la originó.

Las cartas antiguas

Es una lástima que las cartas de Pablo se llamen epístolas. Son, en el sentido más corriente, cartas. Una de las cosas que más luz han aportado a la interpretación del Nuevo Testamento ha sido el descubrimiento y la publicación de los papiros. En el mundo antiguo, el papiro era el antepasado del papel, en el que se escribían casi todos los documentos. Se hacía con tiras de la corteza de una planta que crecía en las orillas del Nilo. Las tiras se colocaban unas encima de otras y se abatanaban, de lo que resultaba algo parecido al papel de estraza. Las arenas del desierto de Egipto eran ideales para la conservación de los papiros, que eran de larga duración siempre que no estuvieran expuestos a la humedad. Los arqueólogos han rescatado centenares de documentos -contratos de matrimonio, acuerdos legales, fórmulas de la administración- y, lo que es más interesante: cartas personales. Al leerlas nos damos cuenta de que siguen una estructura determinada, que también se reproduce en las cartas de Pablo. Veamos una de esas cartas antiguas, que resulta ser de un soldado que se llamaba Apión a su padre Epímaco, diciéndole que ha llegado bien a Miseno a pesar de la tormenta.

«Apión manda saludos muy cordiales a su padre y señor Epímaco. Pido sobre todo que usted se encuentre sano y bien; y que todo le vaya bien a usted, a mi hermana y su hija y a mi hermano. Doy gracias a mi Señor Serapis por conservarme la vida cuando estaba en peligro en la mar.

En cuanto llegué a Miseno recibí del César el dinero del viaje, tres piezas de oro; y todo me va bien. Le pido, querido Padre, que me mande unas líneas, lo primero para saber cómo está, y también acerca de mis hermanos, y en tercer lugar para que bese su mano por haberme educado bien, y gracias a eso espero un ascenso pronto, si Dios quiere. Dé a Capitón mis saludos cordiales, y a mis hermanos, y a Serenilla y a mis amigos. Le mandé un retrato que me pintó Euctemón. En el ejército me llamo Antonio Máximo. Hago votos por su buena salud. Recuerdos de Sereno, el de Agato Daimón, y de Turbo, el hijo de Galonio» (G. Milligan, Selections from the Greek Papyri, 36).

¡No podría figurarse Apión que estaríamos leyendo la carta que le escribió a su padre 1,800 años después! Nos muestra lo poco que ha cambiado la naturaleza humana. El mozo está esperando un ascenso. Era devoto del dios Serapis. Serenilla sería la chica con la que salía. Y le ha mandado a los suyos el equivalente de entonces de una foto.

Notamos que la carta tiene varias partes: (i) Un saludo. (ii) Una oración por la salud del destinatario. (iii) Una acción de gracias a un dios. (iv) El tema de la carta. (v) Finalmente, saludos para unos y recuerdos de otros. En casi todas las cartas de Pablo encontramos estas secciones, como vamos a ver:

(i) El saludo: Romanos 1:1; 1 Corintios 1:1; 2 Corintios 1:1; Gálatas 1:1; Efesios 1:1; Filipenses 1:1; Colosenses l:ls; 1 Tesalonicenses 1:1; 2 Tesalonicenses 1:1.

(ii) La oración: en todas sus cartas Pablo pide la gracia de Dios para las personas a las que escribe: Romanos 1:7; 1 Corintios 1:3; 2 Corintios 1:2; Gálatas 1:3; Efesios 1:2; Filipenses 1:3; Colosenses 1:2; 1 Tesalonicenses 1:2; 2 Tesalonicenses 1:2.

(iii) La acción de gracias: Romanos 1:8; 1 Corintios 1:4; 2 Corintios 1:3; Efesios 1:3; Filipenses 1:3; Colosenses 1:2; 1 Tesalonicenses 1:3; 2 Tesalonicenses 1:3.

(iv) El tema de la carta: de lo que trata cada una.

(v) Saludos especiales y recuerdos personales: Romanos 16; 1 Corintios 16:19; 2 Corintios 13: 13; Filipenses 4:21s; Colosenses 4:12-15; 1 Tesalonicenses 5:26.

Las cartas de Pablo siguen el modelo de todo el mundo. Deissmann dice de ellas: «Son diferentes de las otras que encontramos en las humildes hojas de papiro de Egipto, no en cuanto cartas, sino en cuanto cartas de Pablo.» No son ejercicios académicos ni tratados teológicos, sino documentos humanos escritos por un amigo a sus amigos.

La situación inmediata

Con unas pocas excepciones, Pablo escribió todas sus cartas para salir al paso de una situación inmediata, y no como tratados elaborados en la paz y el silencio de su despacho. Si se había producido una situación peligrosa en Corinto, Galacia, Filipos o Tesalónica, Pablo escribía una carta para solucionarla. No estaba pensando en nosotros, sino solamente en aquellos a los que escribía. Deissmann dice: «Pablo no estaba pensando en añadir unas pocas composiciones nuevas a las ya existentes epístolas judías; y menos en enriquecer la literatura sagrada de su nación …No tenía la menor idea del lugar que sus palabras llegarían a ocupar en la historia universal; ni siquiera de que se conservarían en la generación siguiente, y mucho menos de que llegaría el día en que se consideraran Sagrada Escritura.»

Debemos recordar siempre que una cosa no tiene que ser pasajera porque se escribió para salir al paso de una situación inmediata. Todas las grandes canciones de amor del mundo se escribieron para una persona determinada, pero siguen viviendo para toda la humanidad. Precisamente porque Pablo escribió sus cartas para salir al paso de un peligro amenazador o de una necesidad perentoria es por lo que todavía laten de vida. Y es precisamente porque las necesidades y las situaciones humanas no cambian por lo que Dios nos habla por medio de ellas hoy.

La palabra hablada

De una cosa debemos darnos cuenta en estas cartas. Pablo hacía lo que la mayoría de la gente de su tiempo: no escribía él mismo las cartas, sino que las dictaba a un amanuense, y añadía al final su firma, a veces con algunas palabras más.

(Conocemos el nombre de uno de los que escribieron para Pablo: en Romanos 16:22, Tercio, el amanuense, introduce su propio saludo antes del final de la carta). En 1 Corintios 16:21 Pablo dice: «Esta es mi firma, mi autógrafo, para que estéis seguros de que esta carta os la mando yo.» (Ver también Colosenses 4:18; 2 Tesalonicenses 3:17).

Esto explica un montón de cosas. Algunas veces es difícil entender a Pablo porque sus frases no terminan nunca, la gramática se quiebra y se enreda la construcción. No debemos figurárnosle sentado tranquilamente a su mesa de despacho, puliendo cuidadosamente cada frase; sino más bien recorriendo de un lado a otro la habitación, «tartamudeando su poderoso griego polémico» como decía Unamuno, mientras su amanuense se daba toda la prisa que podía para no perder ni una palabra.

Cuando Pablo componía sus cartas, tenía presentes en su imaginación a las personas a las que iban destinadas, y se le salía del pecho el corazón hacia ellas en torrentes que se atropellaban en su ansia de comunicar y ayudar.

La grandeza de corinto

Una ojeada al mapa nos mostrará que Corinto estaba diseñada para la grandeza. La parte Sur de Grecia es casi una isla. Por el Oeste, el golfo de Corinto hace una incisión tierra adentro, y lo mismo el golfo de Arenas por el Este. Todo lo que queda para unir las dos partes de Grecia, como una cintura de avispa, es el istmo de Corinto, de menos de ocho kilómetros de ancho. En esa estrecha lengua de tierra está Corinto. Tal posición hacía inevitable que fuera uno de los centros comerciales del mundo antiguo.

Todo el tráfico de Atenas y el Norte de Grecia a Esparta y el Peloponeso no tenía más remedio que pasar por Corinto.

Pero no era solamente el tráfico del Norte al Sur de Grecia el que tenía que pasar por Corinto por necesidad; sino que también la mayor parte del que iba del Este al Oeste y viceversa del Mediterráneo prefería pasar por Corinto. La punta más meridional de Grecia era el cabo Malea o Kavomaliás. Era proverbialmente arriesgado el rodear el cabo Malea. Había dos refranes griegos que expresaban lo que se pensaba de él: «El que rodee Malea, que se olvide de su casa;» y «Si vas a rodear Malea, haz el testamento.»

En consecuencia, los marineros tenían dos opciones:

(a) Remontar el golfo de Arenas y, si el barco era pequeño, sacarlo del agua, deslizarlo sobre rodillos hasta el otro lado del istmo y botarlo otra vez. El istmo se llamaba Diolkos, que quería decir «el lugar donde se hace el arrastre.» La idea es la misma que encierra el nombre escocés Tarbert, que quiere decir el lugar en el que la tierra es tan estrecha que se puede arrastrar un barco de un lago a otro.

(b) Si no era posible hacer eso por el tamaño del barco, se desembarcaba todo el cargo, se transportaba a través del istmo, y se cargaba otra vez en otro barco al otro lado. Ese trasbordo a través del istmo por donde está ahora el canal de Corinto le ahorraba a los barcos una travesía de doscientas millas rodeando el cabo Malea, el más peligroso del Mediterráneo; pero, naturalmente, cualquiera de estas opciones costaba un dinero considerable, que iba a engrosar la riqueza de Corinto.

Es fácil comprender la tremenda importancia comercial que tenía Corinto. El tráfico Norte-Sur no tenía otra alternativa que pasar por él; y con mucho a la mayor parte del comercio Este-Oeste del Mediterráneo también le convenía pasar por Corinto. Alrededor de Corinto se apiñaban otras tres poblaciones: Laqueo, al Oeste del istmo, Cencreas, al Este, y Esqueno, a corta distancia. Escribe Farrar: «Los objetos de lujo llegaban fácilmente a los mercados que visitaban todas las naciones del mundo civilizado: el bálsamo de Arabia, los dátiles de Fenicia, el marfil de Libia, las alfombras de Babilonia, los tejidos de pelo de cabra de Cilicia, la lana de Licaonia y los esclavos de Frigia.»

Corinto, como la llama Farrar, era la «Feria de las Vanidades» del mundo antiguo. La llamaban «el puente de Grecia»; alguien la llamó « el salón de Grecia.» Se dice que, si uno está en Picadilly Circus de Londres, al cabo de poco tiempo se habrá encontrado con todos los ingleses; pues Corinto era el Picadilly Circus del Mediterráneo. Para atraer aún a más gente, en Corinto de celebraban los juegos ístmicos, sólo superados por los olímpicos. Era una ciudad rica y populosa y uno de los más importantes centros comerciales del mundo antiguo.

La corrupción de Corinto

Corinto tenía otra cara. Por un lado tenía fama de prosperidad comercial; pero, por el otro, era la guarida de todo lo malo.

Los griegos habían acuñado el verbo korinthiázesthai, « corintiarse» , vivir como los corintios, es decir, disipadamente. Esta palabra pasó al inglés y, en los tiempos de la Regencia, a los jóvenes ricos y disolutos que cometían toda clase de excesos los llamaban corinthians. Aelian, un escritor griego tardío, nos dice que si alguna vez salía un corintio en una obra teatral haría el papel de un borracho. El mismo nombre de Corinto era sinónimo de una corrupción que tenía su base en la ciudad y era conocida en todo el mundo antiguo. Por encima del istmo se elevaba la colina de la Acrópolis en la que estaba el gran templo de Afrodita, la Venus griega, la diosa del amor. Había adscritas a ese templo mil sacerdotisas, que eran en realidad una especie de prostitutas sagradas, que bajaban de la Acrópolis todas las tardes para cumplir su «ministerio» por las calles de Corinto. Había un proverbio que decía: « No todo el mundo se puede permitir un viaje a Corinto.» Además de esos vicios públicos, florecían otros muchos más recónditos que habían llegado con los viajeros y los marinos desde tierras remotas, de tal manera que Corinto llegó a ser sinónimo, no sólo de riqueza y de lujo, sino también de borrachera, libertinaje y degradación.

La historia de Corinto

La historia de Corinto se divide naturalmente en dos partes. Era una ciudad muy antigua. El historiador griego Tucídides sostiene que fue en Corinto donde se construyeron los primeros trirremes o barcos de guerra. Dice una leyenda que fue en Corinto donde se construyó el Argo, el barco en que Jasón navegó por los mares buscando el vellocino de oro. Pero la desgracia sobrevino a Corinto en 146 a.C. Los romanos se habían lanzado a conquistar el mundo. Cuando trataron de conquistar Grecia, Corinto era el líder de la oposición. Pero los griegos no pudieron resistir frente a los disciplinados romanos, cuyo general, Lucio Mummio, tomó Corinto y la redujo a un montón de ruinas.

Pero un lugar con la posición geográfica de Corinto no podía permanecer devastado mucho tiempo. Casi exactamente cien años después, en el año 46 a.C., Julio César la reedificó, y Corinto renació de sus cenizas, ahora como colonia romana; y más, como capital de la provincia romana de Acaya, que incluía a casi toda Grecia.

En aquel tiempo, que era el de Pablo, tenía una población muy mezclada. (i) Había veteranos romanos a los que Julio César había instalado allí. Cuando un soldado romano había cumplido su tiempo, se le concedía la ciudadanía y se le enviaba a alguna ciudad de reciente fundación, donde se le daban tierras para que fuera un colono. Estas colonias romanas se encontraban por todas partes, y su base eran los veteranos cuyo servicio los había hecho acreedores a la ciudadanía. (ii) Cuando se reedificó Corinto volvieron los comerciantes, porque su ubicación todavía le daba una supremacía comercial.

(iii) Había muchos judíos entre la población. La ciudad reedificada les ofrecía oportunidades comerciales que no tardaron en aprovechar.

(iv) Había algunos fenicios y frigios y otros orientales desperdigados entre la población, con sus costumbres exóticas y sus hábitos histéricos. Farrar habla de « la población mestiza de aventureros griegos y burgueses romanos, con algunas muestras de fenicios; era una masa de judíos, soldados jubilados, filósofos, mercaderes, navegantes, libertos, esclavos, comerciantes, artesanos, buhoneros y traficantes de toda clase de vicios.» Farrar caracteriza a Corinto como « una colonia sin aristocracia, sin tradiciones y sin ciudadanos bien establecidos.»

Acordaos del trasfondo de Corinto, de su fama de riqueza y de lujo, de borrachera, inmoralidad y vicio, y luego leed 1 Corintios 6:9-10:

¿Es que no os habéis enterado de que los inicuos no ‹ van a heredar el Reino de Dios? No os engañéis, que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los sensuales, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los bandoleros… heredarán el Reino de Dios. ¡Y eso es lo que erais algunos!

En este lecho del vicio, en el lugar menos imaginable de todo el mundo griego, fue donde Pablo realizó algunas de sus obras señeras, y donde obtuvo el Evangelio algunos de sus más señalados triunfos.

Pablo en Corinto

Pablo se quedó en corinto más que en ninguna otra ciudad de las que visitó, con la excepción de Efeso. Había salido de Macedonia a riesgo de su vida, y había cruzado a atenas, donde tuvo poco éxito. De allí pasó a corinto, donde se quedó dieciocho Meses. Nos damos cuenta de lo poco que sabemos realmente de su obra cuando vemos que aquellos dieciocho meses se Comprimen en diecisiete versículos en el relato de lucas (hechos 18:1-17).

Cuando llegó a Corinto, pablo se alojó con Aquila y Prisquilla. Tuvo mucho éxito con su predicación en la sinagoga. Con la llegada de Timoteo y Silas desde Macedonia, redobló sus esfuerzos; pero los judíos se le opusieron tan tenazmente que tuvo que retirarse de la sinagoga, alojándose en casa de un tal Justo, que vivía al lado. Su converso más representativo fue Crispo, que era nada menos que el moderador de la sinagoga; y también tuvo buenos resultados entre la gente de la ciudad.

En el año 52 d.C. llegó Galión como nuevo gobernador romano de Corinto. Era famoso por su simpatía y amabilidad. Los judíos trataron de aprovecharse de su carácter y de que era nuevo, y le trajeron a Pablo a juicio acusándole de enseñar cosas contrarias a la ley de ellos. Pero Galión, dando ejemplo de justicia. romana imparcial, se negó a tomar parte en el asunto.

Después de aquello Pablo dio por terminada su labor en Corinto y se marchó a Siria.

La correspondencia de Pablo con Corinto

Fue cuando estaba en Éfeso, en el año 55 d.C., cuando Pablo, al saber que las cosas no iban del todo bien en Corinto, le escribió a aquella iglesia. Es muy posible que la correspondencia de Pablo con la iglesia de Corinto no esté colocada en el debido orden en el Nuevo Testamento. Debemos tener presente que la colección de las cartas de Pablo no se hizo hasta el año 90 d.C. aproximadamente. En muchas iglesias no tendrían más que una parte, escrita en hojas sueltas de papiro, y el hacer la colección completa y .colocarla en orden tiene que haber sido una tarea considerable. Parece que, cuando se reunieron las cartas a los corintios, no se descubrieron todas ni se colocaron por el orden en que fueron escritas. Vamos a intentar reconstruir lo que pasó.

(i) Hubo una carta antes de 1 Corintios. En 1 Corintios S: 9, Pablo escribe: «Os escribí en una carta que no os asociarais con los inmorales.» Está-claro que se refiere a una carta previa que, o se ha perdido, o se encuentra, por lo menos en parte, en algún lugar dentro de una de las dos que conocemos. Algunos estudiosos creen que está en 2 Corintios 6:14 – 7:1. Es verdad que ese pasaje se refiere al tema al .que Pablo hace referencia. Parece que no enlaza bien con el contexto; y, si quitamos esos versículos, hay incluso una mejor continuidad. Los estudiosos llaman a esa carta La carta previa. (En el original, las cartas no estaban divididas en capítulo y versículos. Los capítulos no se dividieron hasta el siglo XIII, y los versículos hasta el XVI, razón por la cual sería todavía más difícil colocar las páginas en un cierto orden).

(ii) A Pablo le llegaron noticias de los problemas de Corinto por varios conductos.

(a) Por medio de los de la casa de Cloe (1 Corintios 1:11), que le trajeron noticias de las contiendas que estaban dividiendo la iglesia.

(b) Esteban, Fortunato y Acaico le trajeron noticias cuando le visitaron en Éfeso (1 Corintios 16:17). Con su información personal completaron la que Pablo ya había recibido de otras fuentes.

(c) Pablo había recibido una carta de la iglesia de Corinto consultándole algunas cuestiones. En 1 Corintios 7..1, Pablo empieza: «En relación con los asuntos que me habéis consultado en vuestra carta…» En respuesta a todo esto, Pablo escribió 1 Corintios y la envió probablemente con Timoteo, según se deduce de 1 Corintios 4:17.

(iii) El resultado de la carta fue que las cosas se pusieron todavía peor; y, aunque no tenemos datos de esto, podemos deducir que Pablo hizo una visita a Corinto. En 2 Corintios 12:14 escribe: «Estoy dispuesto a haceros una tercera visita.» En 2 Corintios 13: 1-2 dice otra vez que va a verlos por tercera vez. Ahora bien: si iba a haber una tercera visita, es lógico suponer que hubo una segunda. No tenemos noticias nada más que de una vez que Pablo fuera a Corinto, la que se nos cuenta en Hechos 18:1-17. No se hace ninguna referencia a una segunda visita; pero Corinto estaba a dos o tres días de navegación desde Éfeso.

(iv) Aquella segunda visita tampoco hizo ningún bien. Las cosas estaban muy exacerbadas, y lo siguiente fue una carta sumamente severa. Leemos acerca de ella en ciertos pasajes de 2 Corintios. En 2:4, Pablo escribe: « Me costó mucho dolor y angustia de corazón y lágrimas el escribiros.» En 7:8 escribe: «Porque, aunque os puse muy tristes con mi carta, no lo siento, aunque entonces lo sentí en el alma; porque veo que esa carta os ha afligido, pero sólo por un poco de tiempo.» Aquella carta fue el resultado de mucha angustia, una carta tan severa que a Pablo le daba pena haberla mandado.

Los estudiosos la llaman La carta severa. ¿Se ha perdido? Está claro que no puede ser 1 Corintios, que no se escribió con lágrimas y angustia. Cuando Pablo escribió 1 Corintios está claro que las cosas estaban bastante en control. Ahora bien: si leemos 2 Corintios de un tirón, nos encontramos con algo que nos sorprende. En los capítulos 1 al 9, todo se ha resuelto, hay una reconciliación completa y son amigos otra vez; pero en el capítulo 10 hay un cambio brusco de tono. Los capítulos 10 al 13 de 2 Corintios son el grito más desgarrador que Pablo escribiera jamás. Dejan ver que le habían ofendido, e insultado, y despreciado como nunca antes o después. Se habían burlado de su apariencia, de su manera de hablar, de su vocación de apóstol y hasta de su honradez.

Casi todos los estudiosos están de acuerdo en que La carta severa se encuentra en los capítulos 10 al 13 de 2 Corintios, que se colocaron indebidamente cuando se reunieron las cartas de Pablo. Si queremos restaurar el orden cronológico de la correspondencia de Pablo con Corinto hemos de leer los capítulos 10 al 13 antes que los primeros nueve de 2 Corintios.

Sabemos que Pablo mandó la carta severa con Tito (2 Corintios 2:13; 7:13).

(v) Pablo estaba preocupado por esa carta. No podía esperar hasta que volviera Tito con la respuesta, así que se puso en camino para encontrarse con él (2 Corintios 2:13; 7:5, 13). Se encontraron en algún lugar de Macedonia, y Pablo se enteró por Tito de que ya todo estaba bien; y, probablemente en Filipos, se sentó y escribió los que son ahora los nueve primeros capítulos de 2 Corintios, la carta de la reconciliación. Stalker ha dicho que las cartas de Pablo levantan el tejado de las iglesias, como hacía «el diablo cojuelo», y nos permiten ver lo que pasaba en el interior. De ninguna de ellas es eso más cierto que de las que escribió a los corintios. Aquí vemos lo que debe de haber sido « la preocupación de todas las iglesias» para el apóstol Pablo (2 Corintios 11:28). Aquí vemos a Pablo como pastor, sobrellevando en el corazón los dolores y los problemas de su rebaño.

Antes de estudiar las cartas en detalle, pongamos la correspondencia de Pablo con la iglesia de Corinto en forma tabular.

(i) La carta previa, que es posible que se encuentre en parte en 2 Corintios 6:14 – 7:1.

(ii) Llegada de los de Cloe, de Esteban, Fortunato y Acaico y de la carta de la iglesia de Corinto a Pablo. (iii) Pablo escribe 1 Corintios en contestación y la manda con Timoteo.

(iv) La situación empeora, y Pablo hace una segunda visita personal a Corinto que es un fracaso tal que casi le rompe el corazón.

(v) En consecuencia, Pablo escribe La carta severa, que es casi seguro que se encuentra en los capítulos 10 al 13 de 2 Corintios, y que Pablo envía con Tito.

(vi) Incapaz de esperar la respuesta, se adelanta al encuentro de Tito, que tiene lugar en Macedonia. Pablo recibe la noticia de que todo está bien; y, probablemente desde Filipos, escribe 2 Corintios 1-9, La carta de la reconciliación. Los primeros cuatro capítulos de 1 Corintios tratan del estado de división en que se encontraba la iglesia del Señor en Corinto. En lugar de estar unida en Cristo estaba dividida en facciones y grupos rivales que se adscribían a nombres de diferentes siervos de Dios. La enseñanza de Pablo es que estas divisiones habían surgido porque los cristianos corintios daban demasiada importancia a la sabiduría y al conocimiento humano y demasiado poca a la soberana gracia de Dios. De hecho, con toda su supuesta sabiduría, eran todavía espiritualmente menores de edad. Se creían muy sabios, pero no eran más que bebés en Cristo.

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