I Corintios 7: Sobre el matrimonio, a los casados

En la sección que va desde el principio del capítulo 7 hasta el final del 15, Pablo se propone tratar de una serie de problemas que le ha consultado la iglesia corintia. Empieza esta sección diciendo: «En relación con lo que me escribisteis acerca de…» En lenguaje moderno diríamos: «Contestando a vuestra carta…». El capítulo 7 trata de una serie de problemas en relación con el matrimonio. Aquí tenemos el índice de las áreas en las que la iglesia corintia pidió y obtuvo consejo de Pablo.

Versículos 1 y 2: Consejo a los que pensaban que los cristianos no se deben casar.

Versículos 3-7: Consejo a los que insisten en que los casados también se deben abstener de relaciones sexuales dentro del matrimonio.

Versículos 8 y 9: Consejo a los solteros y a las viudas.

Versículos 10 y 11: Consejo a los que piensan que los casados se deben separar.

Versículos 12-17: Consejo a los que creen que, en el caso de un matrimonio en el que uno de los cónyuges es cristiano y el otro no, debe disolverse.

Versículos 18 y 24: Directrices para vivir la vida cristiana en cualquier estado en que la persona se encuentre.

Versículos 25 y 36-38: Consejo en relación con las vírgenes.

Versículos 26-35: Exhortación a no dejar que nada interfiera en la concentración del servicio de Cristo porque el tiempo es corto y Él volverá muy pronto.

Versículos 38-40: Consejo a los que desean casarse otra vez.

Debemostener siempre presentes dos hechos al estudiar este capítulo.

(i) Pablo estaba escribiendo a Corinto, que era la ciudad más inmoral del mundo. Viviendo en un lugar así, era mucho mejor pasarse de estricto que de tolerante.

(ii) Lo que domina en todas las respuestas que da Pablo es la convicción de que la Segunda Venida de Cristo estaba para suceder casi inmediatamente. Esta expectación no se cumplió; pero Pablo estaba convencido de que estaba dando consejos para un tiempo limitado. Podemos estar seguros de que en muchos casos su consejo habría sido diferente si hubiera pensado en una situación permanente en vez de temporal. Ahora vamos a estudiar el capítulo en detalle.

En relación con vuestra carta, y la sugerencia de que sería lo mejor para un hombre no tener relación con una mujer: Para no caer en la fornicación, que cada cual tenga su esposa, y cada mujer su marido. Ya hemos visto que el pensamiento griego tenía una clara tendencia a despreciar el cuerpo y las cosas del cuerpo; y que esa tendencia podía desembocar en una posición en la que se dijera: « El cuerpo no tiene la menor importancia; por tanto podemos hacer con él lo que nos dé la gana, porque es indiferente el que dejemos que sus apetitos tengan plena satisfacción.» Pero esa misma tendencia podía desembocar en el punto de vista opuesto. Podía decirse: «El cuerpo es malo; por tanto, debemos tenerlo bien sujeto; debemos anularlo lo más posible, negándole todos los instintos y deseos que le son naturales.» Aquí Pablo está refiriéndose a esta segunda actitud. Los cristianos de Corinto, o por lo menos algunos de ellos, habían sugerido que, si se iba a ser cristiano en el sentido más pleno de la palabra, había que renunciar a todas las cosas físicas, entre ellas el matrimonio.

La respuesta de Pablo es absolutamente práctica. Dice en efecto: «Acordaos de dónde estáis viviendo. Daos cuenta de que vivís en Corinto, donde no se puede ni recorrer una calle sin que os asalte la tentación. Tened presente vuestra misma constitución física y los sanos instintos que os ha dado la naturaleza. Estaréis mejor casados que expuestos a caer en pecado.»

Esto suena a un concepto bastante bajo del matrimonio. Parece como si Pablo aconsejara casarse para evitar males mayores.

De hecho, está enfrentándose honradamente con los hechos de la vida y estableciendo una regla que es universalmente válida.

Nadie debiera embarcarse en una forma de vida para la que no está equipado por naturaleza; nadie debería emprender un camino en el que se viera expuesto a toda clase de tentaciones. Pablo sabía muy bien que no estamos hechos todos lo mismo.

«Examínate a ti mismo -nos dice-, y escoge la clase de vida en la que puedes vivir mejor la vida cristiana, y no intentes adoptar un estándar que no te resulte natural, porque te resultaría imposible y funesto siendo tú como eres en la realidad.»
Socios en el matrimonio

Que el marido le dé a la mujer todo lo que le es debido, y viceversa. La mujer no puede disponer de su cuerpo a su capricho, porque se debe al marido; e igualmente el marido se debe a la mujer. No os neguéis mutuamente vuestros legítimos derechos, a menos que sea de común acuerdo y por un tiempo limitado. Eso lo podéis hacer para tener tiempo para la oración, y después volver a la relación normal; debéis mantener la relación normal para no dar a Satanás oportunidad de tentaros porque os resulte imposible controlaros. Pero os doy este consejo más como concesión que como norma. Quisiera que todos fuerais como yo; pero cada uno tiene un don específico de Dios, unos uno y otros otro.

Este pasaje surge de la sugerencia de los cristianos corintios de que los esposos cristianos, a fuer de cristianos, tienen que abstenerse de la relación matrimonial en absoluto. Esta es otra manifestación de la línea de pensamiento que considera el cuerpo y sus instintos como esencialmente malos. Pablo expone un principio supremamente grande. El matrimonio es una asociación.

El marido no puede actuar con total independencia de la mujer, ni la mujer del marido. Deben actuar siempre de acuerdo.

Ninguno debe considerar al otro simplemente como un instrumento para su propia gratificación. La relación matrimonial en su totalidad, tanto en lo físico como en lo espiritual, es algo en lo que ambos deben encontrar su gratificación y plena satisfacción de todos sus deseos. Por un tiempo especial de disciplina, para dedicarse más consagradamente a la oración, puede que sea conveniente apartarse de todo lo corporal; pero debe ser de común acuerdo y sólo durante cierto tiempo, porque si no genera situaciones en las que se da ocasión a la tentación.

De nuevo parece que Pablo minimiza el matrimonio. Su consejo, dice, no propone la situación ideal, sino hace una concesión a la debilidad humana. Preferiría que todos hicieran lo que él. ¿Qué hacía él? Lo podemos deducir.

Podemos estar bastante seguros de que Pablo, en un tiempo, estuvo casado.

(i) Por razones generales. Era rabino, y aseguraba no haber fallado en el cumplimiento de ninguno de los deberes que imponía la ley judía tradicional, uno de los cuales era el matrimonio. El que no se casara y tuviera hijos se decía que «había matado su posteridad» y «reducido la imagen de Dios en el mundo.» Siete se decía que estaban excomulgados del Cielo, y el primero de la lista era « Un judío que no tenga mujer; o que, aunque la tenga, no tenga hijos.» Dios había dicho: «Llevad fruto y multiplicaos;» y, por tanto, no estar casado ni tener hijos era ser culpable de haber faltado a un mandamiento positivo de Dios.

La edad normal de casarse era los dieciocho años, por todo lo cual es sumamente improbable el que un judío tan devoto y ortodoxo como era Saulo no estuviera casado.

(ii) Más particularmente hay evidencia de que estaba casado. Debe de haber sido miembro del sanedrín, porque dice haber dado su voto contra los cristianos (Hechos 26:10); y no podría haberlo sido sin estar casado, porque se suponía que los casados eran más piadosos.

Puede que la mujer de Pablo hubiera muerto; pero es más probable que le abandonara y se deshiciera su hogar cuando se hizo cristiano. De todas maneras renunció a ese derecho entre tantos otros y no se casó otra vez. No habría podido llevar aquella clase de vida viajera y arriesgada si hubiera estado casado. Su deseo de que otros fueran como él surgía exclusivamente del hecho de que él esperaba la Segunda Venida en seguida; había tan poco tiempo que no se debía dejar interferir a los lazos terrenales y las cuestiones físicas. No es que Pablo menospreciara el matrimonio, sino que insistía en que había que estar dispuesto para la venida de Cristo.
El vinculo que no se debe romper

A los solteros y a las viudas les digo que estaría bien si se pudieran quedar como yo; pero si les resulta imposible la continencia, que se casen, porque es mejor casarse que estarse consumiendo de pasión. A los casados les transmito esta orden, que no es mía sino del Señor: Que la mujer no se separe de su marido; y, si se separa, que se quede sin casar o se reconcilie con su marido; y que el marido no se divorcie de su mujer. A los otros les digo, pero no como un mandamiento del Señor sino como cosa mía: Si la esposa de un hermano no es creyente, pero está conforme con vivir con él, que no se divorcie; y si el marido de una hermana no es creyente, pero está de acuerdo en vivir con ella, que no se divorcie; porque el marido incrédulo queda incluido en el círculo de la fe por medio de su mujer, y la mujer incrédula mediante su marido creyente. De no ser así, vuestros hijos no estarían en el pueblo de Dios; y de esta manera, están apartados para Dios. Si el cónyuge que no es creyente se quiere separar, que se separe; porque en tal caso el hermano o la hermana no están servilmente obligados. Es al ambiente de la paz al que Dios nos ha llamado.

Esposa: ¿Tú qué sabes si conseguirás que tu marido sea salvo? O marido: ¿Tú qué sabes si conseguirás que se salve tu mujer?

Este pasaje trata de tres clases diferentes de personas.

(i) Los que no están casados o han enviudado. En las condiciones de una edad que Pablo creía que se estaba aproximando a su fin, estarían mejor si se quedaran como estaban. Pero, de nuevo, les advierte que no jueguen con la tentación ni se pongan en situación de peligro. Si tienen una naturaleza normalmente apasionada, que se casen. Pablo siempre estaba seguro de que ningún cristiano debe imponerle a otro ningún determinado curso de acción. Todo depende en cada caso de la persona en cuestión.

(ii) Los que están casados. Pablo prohíbe el divorcio sobre la base de la prohibición de Jesús (Marcos 10:9; Lucas 16:18). Si ya ha tenido lugar la separación, prohibe que se casen otra vez. Esto puede parecer muy duro; pero en Corinto, con su laxitud característica, era mejor no bajar el listón para que no entrara en la iglesia.

(iii) Creyentes casados con no creyentes. Aquí Pablo tiene que dar su parecer, pues no hay ningún mandamiento específico del Señor al respecto. El trasfondo parece ser que había algunos en Corinto que declaraban que un creyente no debe vivir con un incrédulo; y que, en el caso de que uno de los cónyuges se haga cristiano y el otro no, deben separarse lo más pronto posible.

De hecho, una de las quejas principales que tenían los paganos contra los cristianos era precisamente que el cristianismo dividía las familias y era un agente de desintegración en la sociedad. « Se inmiscuyen en cuestiones domésticas» era una de las primeras acusaciones que se presentaron contra los cristianos (1 Pedro 4:15). A veces los cristianos asumían una postura bien elevada. «¿Quiénes fueron tus padres?» -le preguntaron los jueces a Luciano de Antioquía. «Soy cristiano -contestó él-, y los únicos parientes de un cristiano son los santos.»

No cabe duda que los matrimonios mixtos producirían problemas. Tertuliano escribió un libro acerca del tema en el que describe al marido pagano que está furioso con su mujer cristiana porque, «con el achaque de visitar a los hermanos va de calle en calle a las cabañas de otros hombres, especialmente pobres… Y él no le quiere permitir que pase fuera de casa toda la noche porque se celebra una vigilia ola Semana Santa… O dejarla que se introduzca en las cárceles para besar las cadenas de los mártires, o hasta cambiar un beso con cualquiera de los hermanos.» (En la Iglesia Primitiva se saludaban con el ósculo santo o beso de la paz). Es verdad que a uno le cuesta no estar un poco de acuerdo con el marido pagano. Pablo trata de este problema con una suprema sabiduría práctica. Se daba cuenta de la dificultad y procuraba no exacerbarla.

Decía que si los dos no se pueden poner de acuerdo en vivir juntos, que no se les obligue a mantener « lo que es más espantoso todavía: -la soledad de dos en compañía.» Si querían separarse porque la convivencia les resultaba insoportable, había que dejarlos. Ningún cristiano ha sido llamado a llevar una vida de esclavitud. Pablo tiene dos grandes cosas que decir que tienen un valor permanente.

(i) Tiene la preciosa idea de que el cónyuge que no es creyente es consagrado por medio del que sí es creyente. Los dos han llegado a ser una sola carne o persona; y lo maravilloso del caso es que no es el paganismo lo que se contagia, sino la gracia del Evangelio lo que se comparte y obtiene la victoria. Hay algo en el Cristianismo que se transmite a todos los que entran en contacto con él, por cualquier medio que sea. El niño que nace en un hogar cristiano, y aun en uno en el que sólo uno de los esposos es cristiano, nace en la familia de Cristo. En la compañía de un creyente con uno que no lo es, lo que más debemos tener en cuenta no es que el cristiano entra en contacto con el mundo del pecado, sino que el no creyente llega a estar en contacto con el reino de la gracia de alguna manera.

(ii) Y Pablo tiene también la idea igualmente encantadora de que la asociación del matrimonio puede ser el medio para que el cónyuge no creyente reciba la salvación. Para Pablo, la evangelización empezaba en casa. Había que mirar al cónyuge no creyente, no como un foco de infección que había que evitar con repulsión, sino como otro hijo u otra hija que había que ganar para Dios. Pablo sabía que es maravillosamente cierto que muchas veces se llega al amor de Dios por el camino del amor humano.
Sirviendo a Dios donde él nos ha colocado

Lo único que hace falta es que cada uno se comporte como Dios le ha asignado en aquello a lo que le ha llamado. Así es como yo ordeno las cosas en todas las iglesias. ¿Fue llamado alguno que ya estaba circuncidado? Pues que no se descircuncide. ¿Fue llamado alguno que no estaba circuncidado? Pues que no se circuncide. Lo que importa no es el estar circuncidado, ni tampoco el no estarlo, sino el vivir como Dios manda siempre y en todo. Que cada uno se quede en la condición en que se encontraba cuando Dios le llamó. ¿Dios te llamó cuando eras esclavo? No te angusties por ello -aunque, por supuesto: si se te presenta la oportunidad de quedar libre, no la desperdicies. Porque el que fue llamado en el Señor cuando era esclavo, es un liberto del Señor; y lo mismo el que fue llamado siendo libre, es un esclavo de Cristo. Habéis sido comprados por un precio: ¡No os hagáis esclavos de nadie! Hermanos: Que cada cual siga siendo para Dios lo que era cuando fue llamado.

Pablo establece una de las primeras reglas del Cristianismo: « Sé un cristiano dondequiera que estés.» Debe de haber sucedido ya entonces que, cuando una persona se hacía cristiana, le habría gustado romper con su trabajo y con el círculo en el que se movía, y empezar una nueva vida. Pero Pablo insistía en que la función del Cristianismo no era darle a una persona una vida nueva, sino en hacer nueva su vieja vida. Que el judío siguiera siendo judío, y el gentil gentil; la raza y sus marcas no imponían diferencias esenciales. Lo realmente diferente era la clase de vida que vivía. Los filósofos cínicos habían insistido en que un hombre verdad no puede ser esclavo por naturaleza, aunque lo sea por condición social. Un hombre falso no puede ser libre, sino que es siempre un esclavo. Pablo les recuerda que, esclavo o libre, un cristiano es esclavo de Cristo, Que le ha comprado al precio de Su sangre.

Aquí hay todo un cuadro en la mente de Pablo. En el mundo antiguo le era posible a veces a un esclavo comprar su libertad con gran esfuerzo. Ep el poco tiempo libre de que disponía, se encargaba de otras tareas y ganaba unas pocas monedas. Su amo tenía derecho hasta a reclamar una comisión de esas pobres ganancias; pero el esclavo iba depositando cada monedita que ganara en el templo de algún dios. Cuando, al cabo de los años, había reunido el precio total de su liberación en el templo, llevaba allí a su amo, el sacerdote le entregaba el dinero y entonces, simbólicamente, el esclavo pasaba a ser propiedad de aquel dios y, por tanto, libre de servir a ningún hombre. Eso era lo que Pablo tenía aquí en mente: El cristiano ha sido comprado por Cristo; y, por tanto, cualquiera que fuere su condición social, es libre de todos los hombres porque es propiedad de Cristo.

Pablo insiste en que el Evangelio no hace que uno se salte todas las barreras y se ponga en contra de todo lo habido y por haber; sino le hace, dondequiera que esté, conducirse como esclavo de Cristo. Hasta el trabajo más humilde que se hace, ya no para los hombres, sino para Cristo, se convierte en algo noble y digno. Decía George Herbert: Todo en Ti ya tiene parte; nada es ya tan mezquino que al hacerlo por Tu causa no sea brillante y limpio. Lo que se hace en Tu nombre, hasta el más pobre servicio que con amor se Te ofrece, es más que humano, divino. Lo que Dios toma por Suyo no es menos de lo que he dicho.
Sabio consejo sobre un problema difícil

No os puedo transmitir ningún mandamiento del Señor en relación con las vírgenes; así es que me limito a daros mi opinión, como de uno que ha sido objeto de la misericordia del Señor y que es de fiar… Si alguien considera que su conducta con su virgen no es como es debido, si descubre que sus pasiones son demasiado fuertes y si cree que deberían casarse, que cumpla su deseo. No hace nada malo; que se casen. Pero si uno está seguro y firme en su idea, y si no hay nada que de obligue sino que está en perfecto control para seguir adelante con su intención, y si ha hecho la decisión de mantener virgen a la suya, hace bien. Resumiendo: el que casa a su virgen actúa rectamente, y el que no la casa, mejor.

Los versículos 25 al 38, aunque forman un párrafo, realmente tratan de dos cosas, y será más sencillo estudiarlos separadamente. Los versículos 25 y 36 al 38 se refieren al problema de las vírgenes; mientras que los versículos de entre medias dan la razón para aceptar el consejo que se extiende por todo el capítulo. La sección En relación con las vírgenes siempre ha supuesto un problema. Se han propuesto tres explicaciones.

(i) Se la ha considerado sencillamente como un consejo dirigido a los padres en relación con el matrimonio de sus hijas solteras, pero no parece tratarse de eso; y es difícil comprender por qué usa Pablo la palabra virgen si quería decir sencillamente hija; y el que un padre hablara de su virgen cuando se refería a su hija es sumamente extraño.

(ii) Se ha sugerido que se trataba de un problema que llegó a ser agudo en tiempo posterior y del que se trató ‹en más de un concilio eclesiástico, llegándose a una prohibición. Se sabe que posteriormente existía la costumbre de que un hombre y una mujer vivieran juntos, compartiendo la misma casa y hasta la misma cama. La idea era que, si podían mantener la disciplina de compartir la vida espiritual con intimidad, pero sin dejar que el cuerpo interviniera en su relación, era algo especialmente meritorio. Podemos entender la idea que subyacía en ello: el intento de limpiar la relación humana de toda pasión sexual; pero está claro que resultaría una práctica bien difícil y que, en ocasiones, debe de haber conducido a situaciones insostenibles. En esas relaciones se llamaba a la mujer la virgen del hombre. Puede que hubiera surgido esa costumbre en la iglesia de Corinto.

En tal caso, y creemos que de eso se trataba, Pablo está diciendo: « Si puedes mantener esa situación, eso sería lo mejor; pero si lo has intentado y encuentras demasiada tensión para tu naturaleza humana, interrúmpelo y cásate, sin considerarlo un fracaso espiritual.»

(iii) Aunque creemos que esta es la interpretación correcta de este pasaje, hay otra variante que merece atención. Se ha sugerido que había hombres y mujeres en Corinto que habían celebrado la ceremonia nupcial, pero que habían decidido no consumar el matrimonio y vivir en absoluta continencia para dedicarse por entero a la vida espiritual. Habiendo hecho eso, podría ser que descubrieran que lo que habían programado los sometía a un estrés excesivo. En tal caso, Pablo les diría: «Si podéis mantener vuestro voto, no cabe duda que haréis bien; pero si no podéis, admitidlo con franqueza y entrad en la relación matrimonial normal sin remordimientos.»

Esa relación nos parece anormal y peligrosa, y de hecho lo era, y a su debido tiempo la Iglesia la desautorizó. Pero, dada la situación, el consejo de Pablo es indudablemente un consejo sabio. Realmente dice tres cosas:

(i) La autodisciplina es una cosa excelente. Cualquier manera de domar la naturaleza hasta tener las pasiones en perfecto control es positivamente buena; pero no está incluido entre los deberes cristianos el eliminar los instintos humanos naturales. Lo cristiano es usarlos para la gloria de Dios.

(ii) Lo que Pablo dice realmente es: «No hagas de tu religión algo antinatural.» Eso, en el último análisis, es lo que hacen los frailes y las monjas y los ermitaños. Consideran necesario el eliminar los sentimientos humanos naturales para ser verdaderamente religiosos; consideran necesario el separarse de la vida natural de hombres y mujeres a % de servir a Dios. Pero el Cristianismo no estuvo nunca diseñado para abolir la vida normal, sino para glorificarla.

(iii) Por último, Pablo dice: «No hagas una agonía de tu religión.» Coilie Knox cuenta que, cuando era joven, tendía a encontrar la religión tensa y estresante; y dice que un muy querido capellán fue a él un día, le puso la mano en el hombro y le dijo: «Joven Knox, no hagas una agonía de tu religión.» Nadie debe estar avergonzado del cuerpo que Dios le ha dado, del corazón que Dios le ha puesto en el cuerpo o de los instintos que, por creación de Dios, residen en él. El Cristianismo le enseñará, no a eliminarlos, sino a usarlos de tal manera que la pasión sea limpia, y el amor humano la cosa más ennoblecedora de todo el mundo de Dios.
Queda poco tiempo

Creo que esto es lo más recomendable en vista de la crisis presente; es decir, que cada cual se quede como está.

¿Estás vinculado a una mujer? No trates de desatar el vínculo. ¿Estás libre de ligaduras matrimoniales? Pues no busques esposa. Pero, si te casas, no creas que has cometido un pecado. Los que se casen tendrán problemas con las cosas corporales, y yo querría evitároslos. Esto sí os digo, hermanos: Ya queda poco tiempo; tan poco que, en lo porvenir, los que tengan mujer deberán vivir como si no; los que se lo pasan bien, como si no; los que compran, como si no tuvieran seguridad de nada; los que usan el mundo, como si no tuvieran ninguna relación con él; porque las apariencias de este mundo se están desvaneciendo. Quiero que estéis sin ansiedad. El que se queda sin casar, que se preocupe de las cosas del Señor; que lo único que le preocupe sea cómo agradar a Dios. El que se case, tendrá que preocuparse de las cosas de este mundo, y de cómo darle gusto a su mujer. También hay una diferencia notoria entre la mujer casada y la soltera. La soltera, que se preocupe de las cosas del Señor; sea su finalidad el dedicarse al Señor tanto con su cuerpo como con su espíritu. La que está casada debe preocuparse de las cosas de este mundo, de cómo agradar a su marido. Es para ayudaros para lo que digo todo esto. No os quiero echar la soga al cuello. Lo único que pretendo es que viváis una vida como es debido, y que sirváis al Señor sin distracciones.

En varios sentidos, es una lástima que Pablo no empezara el capítulo con esta sección, porque tiene el corazón de toda su posición en todo ello. A lo largo de todo el capítulo debemos de haber sentido que estaba minimizando el matrimonio. Parecía una y otra vez como si estuviera dejando el matrimonio como una especie de concesión para evitar la fornicación; como si no fuera más que un mal menor.

Ya hemos visto que los judíos glorificaban el matrimonio, y lo consideraban un deber sagrado. Había solamente una razón válida, según la tradición judía, para no casarse, y era para dedicarse al estudio de la Ley. Rabí Ben Azzai se preguntaba: « ¿Por qué debo casarme? Estoy enamorado de la Ley. Que sean otros los que se encarguen de la supervivencia de la raza humana.» En el mundo griego, el filósofo estoico Epicteto no se casó nunca. Decía que estaba haciendo mucho más por el mundo como maestro, que si hubiera traído al mundo dos o tres mocosos. « ¿Cómo se puede esperar de uno cuya misión es enseñar a la humanidad que viva corriendo siempre para encontrar algo con que calentar agua para el baño del bebé?»

Pero ese no era el punto de vista judío, ni es el cristiano. Ni tampoco fue el punto de vista final del apóstol Pablo. Años más tarde, cuando escribió la Carta a los Efesios, había cambiado; porque allí usa la relación matrimonial de un hombre y una mujer como un símbolo de la que hay entre Cristo y la Iglesia (Efesios 5:22-26). Cuando escribía a los Corintios, su perspectiva estaba dominada por el hecho de que esperaba la Segunda Venida de Cristo inminentemente. Lo que enseña son disposiciones para un tiempo de crisis. « ¡Queda poco tiempo!» Cristo iba a volver tan pronto, creía Pablo, que había que dejarlo todo de lado en un esfuerzo tremendo para concentrarse en la preparación de tal acontecimiento. Había que abandonar las actividades humanas más importantes y las relaciones humanas más queridas si amenazaban con interrumpir o relajar esa concentración. Nadie debe tener lazos que le retengan cuando Cristo le llame a levantarse e ir. Se debe pensar sólo en agradarle sólo a Cristo. Si Pablo hubiera pensado que él y sus convertidos estaban viviendo en una situación que no iba a ser terminal, no habría escrito lo que escribió.

Para cuando escribió Efesios ya se había dado cuenta de la permanencia de la situación humana, y consideraba el matrimonio la relación más preciosa, la única que era vagamente comparable con la relación entre Cristo y Su Iglesia.

Para nosotros debe ser siempre verdad que el hogar es el lugar que nos ofrece dos cosas. Es el lugar donde encontramos la oportunidad más noble para vivir la vida cristiana; y la lástima es que es muchas veces el lugar en el que reclamamos el derecho a ser tan chinches y críticos y fastidiosos como podemos, y a tratar a los que nos aman como no nos atreveríamos a tratar a ningún extraño. Y también es el lugar de cuyo reposo y dulzura sacamos la fuerza para vivir más y más como debemos vivir en el mundo.

Pablo en este capítulo no veía el matrimonio como el estado más perfecto, porque creía que la vida tal como la conocemos duraría sólo unos días; pero más adelante lo vio como la relación más maravillosa que puede haber en la Tierra.
Casarse otra vez

Una casada está vinculada a su marido mientras este viva; pero, después de muerto, ella se puede casar con quien quiera, siempre que sea cristianamente. A mí me parece que sería más feliz si se quedara viuda y creo que yo también tengo el Espíritu de Dios.

De nuevo Pablo mantiene su punto de vista consecuente: el matrimonio es una relación que sólo la muerte puede interrumpir. Un segundo matrimonio es perfectamente permisible para las viudas; pero Pablo aconsejaría más bien en contra. Ya sabemos que estaba hablando desde una situación de crisis en la que creía que se encontraban. En muchos sentidos, un segundo matrimonio es el mejor cumplido que se le puede dedicar al cónyuge difunto; eso decía don Cipriano Tornos: Que honraba a su primera mujer dando testimonio de que le había ido tan bien con ella que no podía por menos de desear seguir compartiendo la vida con una compañera. Casarse después de haber perdido el primer cónyuge es reconocer que la vida ha quedado sumida en una soledad insoportable. Lejos de ser una falta de respeto, debe considerarse un honor para con el/la cónyuge que se ha perdido.

Pablo establece una condición: «Con tal que sea en el Señor.» Es decir: debe ser un matrimonio entre cristianos. En caso contrario, es raro que un segundo matrimonio valga la pena. Hacía mucho que Plutarco había establecido que « un matrimonio no puede ser feliz a menos que marido y mujer tengan la misma religión.» El amor más elevado se produce cuando los dos se aman y su amor está santificado por su común amor a Cristo; porque entonces, no sólo viven juntos, sino oran juntos; y la vida y el amor se combinan en un acto continuo de culto a Dios.

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