Pequeñas grandes historias

Pequeñas grandes historias

Entregando el otro pié. En cierta ocasión, al tomar un tren en el interior de la India, Gandhi tropezó con el escalón y se le cayó la sandalia del pie derecho.

En ese mismo instante, el tren se puso en marcha, y no pudo recuperarla.

Delante de todos los presentes, se quitó la sandalia del pie izquierdo, y la tiró por la ventana.

“¿Por qué ha hecho eso?,” le preguntó un oficial inglés.

“Una sandalia sola no sirve para nada, ni a mí ni a quien se encuentre la que se me ha caído. Ahora, por lo menos esa persona se podrá quedar con el par”.

En un mercado de Rio.

Un padre de la Iglesia de Copacabana esperaba pacientemente su turno para comprar carne en el supermercado, cuando una mujer intentó colarse en la fila.

Comenzó entonces un festival de agresiones verbales por parte de los otros parroquianos, a los que la mujer respondía con idéntica vehemencia.

Cuando el clima se hizo insoportable, alguien gritó: “Eh, señora, Dios la ama”.

“Fue impresionante,” cuenta el padre. “En un momento en el que a todos los movía el odio, alguien habló de amor. En ese mismo momento, la agitación desapareció como por encanto. La mujer se dirigió a su lugar correcto en la fila, y los parroquianos se disculparon por haber reaccionado tan agresivamente”.

Nunca es tarde.

Joyce es una fotógrafa australiana, especializada en vida salvaje.

“Cuando cumplí 60 años, pensé que la vida había terminado para mí,” cuenta.

“Mis hijos ya estaban crecidos, y mis nietos ya no me tenían en cuenta. Un día, decidí acompañar a mi hijo en un viaje al desierto central de Australia.

Acampamos, y como no había nada que hacer, ni nadie cerca, decidí emborracharme por primera vez en mi vida. Después de la segunda copa, tomé una cámara de video y me puse a filmar.

Filmé el cielo, la tienda, todo lo que me apetecía. Pero estaba tan borracha, que me caí al suelo con la cámara. Me quedé allí unos instantes, y me fijé en una fila de hormigas caminando a mi lado.

Era como si pudiese oír sus pasos, como si aquello fuese parte de un mundo en el que nunca había reparado. Filmé las hormigas caminando y descubrí mi vocación”.

Cuando conversamos, hace ya algunos años, Joyce tenía 71 años.

Actuar o hablar…

Albert Schweitzer (1875-1965), médico y filósofo, viajó a África en 1913, decidido a dedicar el resto de su vida a trabajar junto a las tribus de Gabón.

Un año después de su viaje estalló la Primera Guerra Mundial y fue requerido por representantes del movimiento pacifista.

Le pedían que volviera a Europa, con el fin de ayudarles a combatir en la guerra.

“Estoy haciendo lo posible por ayudar,” respondió Schweitzer. “Estoy aquí, luchando contra la miseria”.

“Pero, ¿y la humanidad?,” preguntó la comisión de representantes.

“Esta es la humanidad,” respondió Schweitzer, señalando a sus enfermos.

“Esto es lo que puedo hacer, y representa más que los discursos sobre paz. Si alivio el dolor de algunos pocos, toda la raza humana se sentirá mejor”

Paulo Cohelo

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