Los cuatro elementos

Los cuatro elementos

La clase estaba más llena de lo habitual. Podía notarlo. También más callada. La vuelta a la normalidad se realizaba lentamente, pero a todos nos costaba. Y mucho.

En poco tiempo habíamos pasado de los terribles incendios que cercaron los pueblos de alrededor durante días, al terremoto que los hizo temblar de lleno, seguido por las temidas réplicas que se produjeron en medio de las anunciadas tormentas, acompañadas por vientos huracanados.

Visión apocalíptica para los más religiosos, natural aunque extraordinaria para el resto. Era el primer día de clase tras las forzadas vacaciones. Todos habíamos perdido algo, si no a alguien, pero tras cada acontecimiento la vida sigue.

La escuela, uno de los más destacados edificios del pueblo, se había mantenido en pie, robusta, como queriendo demostrar su valía y necesidad.

La iglesia, en cambio, situada a menos de dos manzanas, yacía resquebrajada, mostrando enormes grietas en sus aparentemente sólidos muros. Estaríamos una buena temporada sin misas, sermones, plegarias y oraciones, que de poco habían servido.

El maestro llegó puntual, como siempre.

En su saludo pudimos sentir que su voz expresaba alegría por vernos allí, sobretodo a algunos, y sorpresa al comprobar que estábamos esperándole, sentados, atentos a lo que tenía que decirnos aquel día.

Sin la necesidad de pronunciar ni una sola vez la palabra que más veces escuchábamos, se acercó a su mesa y dejó sobre ella cuatro pequeños vasos vacíos de cristal transparente, uno al lado del otro.

En silencio, llenó uno de ellos con agua, en otro depositó un puñado de tierra que traía en una bolsita, en el siguiente introdujo una pequeña vela encendida y el cuarto lo dejó tal como estaba.

— Buenos días a todos. Me alegro de volver a veros. ¿Quién puede decirme qué contienen estos vasos? – dijo, mientras los acercaba hasta el borde de la mesa con la palma de la mano.

De inmediato, cosa rara, surgieron respuestas, acertadas en su mayor parte. Uno de los vasos tenía, en efecto, tierra. Otro, claramente, agua. El tercero, una vela, pero en realidad representaba al fuego. Y para el último, muchos dijeron que no contenía nada, que estaba vacío.

— Aire – dije yo, desde el final de la clase donde estaba sentado, cuando las voces se apagaron.

— Exacto – respondió el maestro

— Este vaso está lleno aire. Que, junto al contenido de los otros, forman los cuatro elementos. Seguro que han oído hablar de ellos.

Todos asintieron. Esos vasos guardaban ínfimas partes de lo que en los últimos días habían vivido y sufrido. Fuego e incendios, terremotos en la tierra, lluvias inundando de agua las calles, gélido viento azotando el aire.

El silencio volvió, mientras las mentes se llenaban de recientes recuerdos.

— No los temáis – continuó el maestro -, pero sí, respetadlos, como a todo lo relacionado con la naturaleza, de la cual formamos parte. A menudo creemos que lo controlamos todo, también a los elementos, sin ser conscientes de su grandeza. Pues la conjunción de estos cuatro elementos forma cuanto podéis ver, o notar. Quizá también sentir.

Cogió uno de los vasos, y lo adelantó al resto.

— Aire. Invisible e imprescindible. Aviva el fuego, da fuerza al agua y dispersa la tierra.

Hizo lo mismo con los otros, uno a uno.

Entre vaso y vaso hacía una pausa, dejando que la imaginación de quienes allí estábamos nos mostrara lo que sus palabras decían.

— Agua. Esencia de vida. Capaz de apagar el fuego, viajar por el aire y moldear la tierra.

— Tierra. Firmeza y robustez. Contiene fuego en su interior, absorbe el agua para crear vida y detiene al viento, calmando el aire.

— Fuego. Purificador. Calienta incluso el aire más gélido, evapora el agua y crea nuevas tierras.

Con estas palabras, el maestro nos hizo ver lo grandiosos que eran los contenidos de aquellos pequeños vasos. Valorar su utilidad y, sobretodo, ser conscientes de su poder.

— Estos son los cuatro elementos esenciales, únicos, y unidos a todo lo que nos rodea. Ahora, me gustaría que lo pensaran bien, y me dijesen con cuál de ellos se identifican más.

En seguida hubo manos levantadas, y voces que reclamaban atención.

— ¡Con el fuego! – decían algunos – Porque es capaz de arrasar con todo, y muy útil en nuestras vidas.

— ¡Agua! – exclamaban otros – Apaga la sed cuando estamos sedientos, llena de vida la tierra y limpia todo lo sucio.

— ¡La tierra! Porque vivimos en ella, nos da comida y refugio.

No escuché a nadie elegir al aire como símbolo.

Quizá porque ver un vaso vacío les hacía relacionarlo con la nada.

Puede que porque, al igual que pasa tantas veces, aquello que no se ve no se valora, por mucho que sepamos de su importancia.

— Y tú, ¿cuál eliges? – me preguntó el maestro, una vez que la clase hubo recuperado la calma. Con las voces y gritos no me dí cuenta que había llegado hasta mi lado.

— Aire – afirmé -. Porque es el único de los cuatro que tampoco ustedes pueden ver, aun sin ser ciegos. Porque está ahí, siempre, aunque casi nunca nos demos cuenta de ello. Y porque es tan necesario, esencial y valioso que apenas podemos vivir unos segundos sin él.

Ignoro la cara que pusieron mis compañeros tras escucharme, pero antes de que el profesor siguiera preguntando, se oyeron de nuevo respuestas.

— ¡A mí también me gusta más el aire!

— ¡Y a mí!

— ¡A mí también!

No pude evitar sonreír al reconocer muchas de las voces, cambiando de opinión.

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