Hechos 8: Estragos en la iglesia

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Por aquel tiempo se produjo un brote de violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén, y todos menos los apóstoles se esparcieron por las tierras de Judea y de Samaria. Unos hombres piadosos llevaron a enterrar el cuerpo de Esteban, y le rindieron el tributo póstumo del duelo. Saulo inició un ataque despiadado contra la Iglesia. Iba de casa en casa sacando a la fuerza tanto a hombres como a mujeres para meterlos en la cárcel. Los que se dispersaron fueron anunciando la Buena Noticia por todo el país.

La muerte de Esteban fue la señal para que estallara una persecución que obligó a los cristianos a esparcirse para buscar una cierta seguridad en distritos más remotos del país. En este pasaje encontramos dos detalles especialmente interesantes.

(i) Los apóstoles se mantuvieron en su sitio. Otros habrían huido, pero ellos arrostraron los peligros que pudieran presentárseles. Y esto por dos razones.

(a) Eran hombres de valor. Conrad nos cuenta que, cuando era un joven marino y estaba aprendiendo a pilotar un barco de vela, se le presentó una terrible tempestad. El hombre mayor que le estaba enseñando le dio un sencillo consejo: «Ponle siempre la proa al viento, siempre la proa.» Los apóstoles estaban decididos a presentarle la proa a todos los peligros que acecharan.

(b) Eran hombres buenos. Los mirarían como fuera por ser cristianos, pero tenían algo que inspiraba respeto. Se dice que una vez se le hizo una acusación maliciosa a Platón, y su única respuesta fue: «Viviré de tal manera que todos podrán comprobar que eso es una mentira.» La belleza y el poder de las vidas de los apóstoles eran tan impresionantes que hasta en medio de la persecución se temía ponerles la mano encima.

(ii) Saulo, dice la versión Reina-Valera, «asolaba la Iglesia.» La palabra que se usa en el original denota una crueldad brutal. Se usa acerca de un jabalí salvaje que destroza una viña, y de una fiera que descuartiza un cuerpo. El contraste entre el hombre que estaba asolando la Iglesia en este capítulo y el que en el siguiente se rindió a Cristo es intensamente dramático.

En samaria

Los que se dispersaron fueron anunciando la Buena Noticia por todo el país. Felipe bajó a un pueblo de Samaria, y les anunció al Mesías. La gente prestaba atención ansiosamente como un solo hombre a lo que les decía Felipe, escuchando sus palabras y viendo las manifestaciones del poder de Dios que realizaba; porque los espíritus inmundos salían dando chillidos de muchos a los que habían tenido dominados, y muchos que estaban paralíticos o cojos se curaban. Había una alegría extraordinaria en aquella población.

También estaba allí uno que se llamaba Simón, que tenía alucinados a todos los de Samaria con sus trucos de magia antes de que Felipe viniera, y pretendía ser una persona importante. La gente de todas las edades y clases sociales le tomaba muy en serio, y decía de él: «Este hombre es el mismísimo poder de Dios que se puede llamar Grande.» Y le hacían mucho caso, porque hacía mucho tiempo que los tenía embaucados con su magia.

Tanto hombres como mujeres se bautizaban cuando tomaban la decisión de creer la Buena Noticia que les daba Felipe acerca del Reino de Dios y del Señor Jesucristo. El mismo Simón hizo su decisión de creer y, después de bautizarse, estaba siempre con Felipe, y se maravillaba de ver las cosas que sucedían, que eran señales inequívocas del poder de Dios en acción.

Cuando los cristianos se diseminaron, Felipe, que había sido elegido como uno de los Siete, llegó a Samaria y se puso a predicar el Evangelio. Este acontecimiento es especialmente sorprendente porque era un hecho que los judíos no se trataban con los samaritanos (Juan 4:9).

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