Hechos 6: Los primeros obreros

Por aquel entonces, como el número de los creyentes no dejaba de crecer, los judíos de cultura griega se quejaron de los judíos de Palestina, porque decían que descuidaban a sus viudas en la distribución de la ayuda diaria. Entonces los Doce convocaron a todos los creyentes, y les dijeron: -No está bien que nosotros descuidemos la predicación de la Palabra de Dios para ocupamos de servir las mesas. Así que, hermanos, escoged de entre vosotros a siete hombres de buen testimonio, que tengan madurez espiritual y también sentido práctico, y los pondremos a cargo de esta responsabilidad; así nosotros estaremos más libres para consagrarnos plenamente a la oración y a la predicación del Evangelio. La congregación aceptó esta sugerencia con agrado, y eligieron a Esteban -hombre lleno de fe y del Espíritu Santo-, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Pármenas y a Nicolás -converso al judaísmo natural de Antioquía. Esta fue la candidatura que presentaron a los apóstoles, que oraron por ellos y los consagraron mediante la imposición de manos. A todo esto, el Evangelio se iba propagando, y el número de los creyentes se multiplicaba extraordinariamente en Jerusalén; también se habían convertido muchos sacerdotes.

A medida que la Iglesia iba creciendo empezaron a presentarse los problemas propios de una institución. Ninguna nación ha tenido un sentido de responsabilidad comparable a Israel en lo referente a los menos afortunados.

En la sinagoga se tenía la costumbre de que dos miembros se daban una vuelta por el mercado y por las casas particulares los viernes por la mañana y hacían una colecta en dinero y en especie, y por la tarde se la llevaban a los necesitados. Los que se encontraban temporalmente en necesidad recibían lo suficiente para ir tirando; y los que no podían mantenerse recibían lo suficiente para catorce comidas, es decir, dos diarias durante toda la semana. El fondo para esta distribución se llamaba la kuppah o cesta; y además se hacía otra colecta diariamente de casa en casa para los que estaban en necesidad perentoria, y a esta la llamaban tamhui o bandeja.

Está claro que la Iglesia Cristiana adoptó esta costumbre. Pero había una separación entre los judíos que se reflejaría también en la Iglesia. Por una parte estaban los judíos de Palestina, que hablaban tradicionalmente arameo y que presumían de no tener influencias extranjeras en sus costumbres. Y por otra parte estaban los judíos de la diáspora -es decir, que vivían en otros países-, que tal vez habían venido a Jerusalén para la fiesta de Pentecostés y habían descubierto a Cristo. Muchos de éstos llevarían generaciones fuera de Palestina, y no hablarían ya más que griego. Y lo malo era que los judíos que hablaban arameo se consideraban superiores y miraban por encima del hombro a los judíos de la diáspora. Es de temer que algo de esto perduraría en la Iglesia, y surgió la queja -posiblemente justificada- de que las viudas de los judíos griegos no recibían la ayuda diaria como las de los judíos palestinos. Los Doce consideraban que no debían mezclarse en ese asunto, y propusieron la elección de los Siete.

Es sumamente interesante comprobar que los primeros obreros que se nombraron en la Iglesia no fueron elegidos para hablar, sino para realizar un servicio práctico.

Surge un campeón de la libertad

Esteban, lleno de gracia y de poder, daba públicamente maravillosas muestras del poder de Dios en acción. Algunos miembros de la Sinagoga de los Libertos, como se la llamaba, y de las de los de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban, pero no tenían manera de defenderse ante la sabiduría inspirada con que él hablaba.

En vista de aquello recurrieron a la calumnia, y sobornaron a unos para que dijeran que le habían oído blasfemar contra Moisés y contra Dios. Así es que soliviantaron a la gente, a los gobernadores y a los expertos en la Ley, e hicieron que se le echaran encima y le trajeran a rastras al Sanedrín; y entonces presentaron testigos falsos que dijeron: – ¡Este tipo no hace más que hacer declaraciones encaminadas a desacreditar el Templo y la Ley de Moisés! ¡Y hasta le hemos oído decir que ese Jesús de Nazaret destruirá este lugar y trastocará todas las costumbres que nos legó Moisés!

Todos los que estaban en aquella sesión del Sanedrín se quedaron mirando fijamente a Esteban, y les parecía que tenía el rostro de un ángel.

La elección de aquellos siete hombres tuvo resultados duraderos. En principio, el gran enfrentamiento había comenzado. Los judíos se habían considerado siempre el pueblo escogido de Dios; pero interpretaban la elección de una manera indebida, pensando que habían sido escogidos para un privilegio especial, y creyendo que Dios no tenía ningún interés en los demás pueblos. En un caso extremo, se llegó a decir que Dios había creado a los gentiles para usarlos como leña en el infierno. Una interpretación más benigna mantenía que algún día los gentiles serían los siervos de Israel. Jamás se les ocurrió pensar que habían sido elegidos para prestar un servicio a fin de que todos los hombres entraran en la misma relación con Dios que ellos gozaban.

Este fue el principio de muchos problemas. Todavía no se trataba de admitir a los gentiles, sino de los judíos de cultura griega. Ni uno solo de los Siete tenía nombre hebreo; y uno de ellos, Nicolás, era un gentil que se había convertido al judaísmo.

Esteban tenía la visión de un mundo para Cristo. Para los judíos había dos cosas que eran especialmente sagradas: el templo, en el que se ofrecían a Dios los únicos sacrificios y el único culto que le era aceptable, y la Ley, que no cambiaría jamás. Pero Esteban decíá que el Templo sería desfasado, y que la Ley no era más que una etapa anterior al Evangelio; y que el Cristianismo se extendería por todo el mundo. La carrera de Esteban sería corta; pero él fue el primero que comprendió que el Cristianismo no era exclusivamente para los judíos, sino para todo el mundo.

La defensa de Esteban

Cuando Oliver Cromwell estaba programando la educación de su hijo Richard, dijo: «Me gustaría que supiera un poco de historia.» Y fue a la lección de la Historia a la que Esteban apeló. Viendo claro que la mejor defensa es el ataque, hizo una panorámica a vista de pájaro de la Historia del pueblo judío, y citó algunas verdades que condenaban a su nación:

(i) Vio que los hombres que habían representado un papel verdaderamente grande en la historia de Israel habían sido los que habían obedecido el mandamiento de Dios: «¡Sal de donde estás!» Con ese espíritu aventurero contrastaba Esteban implícitamente el espíritu de los judíos de su tiempo, cuyo único deseo era dejar las cosas como estaban y considerar a Jesús y a sus seguidores como innovadores peligrosos.

(ii) Insistió en que la gente había dado culto a Dios mucho antes de que existiera el Templo, que los judíos consideraban el lugar más sagrado. La insistencia de Esteban en que Dios no habita en templos de fabricación humana era algo que no les gustaba.

(iii) Esteban insistió en que, cuando los judíos crucificaron a Jesús estaban simplemente colocando la clave a la política que siempre habían seguido; porque a lo largo de su historia habían perseguido a los profetas y traicionado a los líderes que Dios les había suscitado.

Estas eran verdades difíciles de reconocer para los que se creían el pueblo escogido de Dios, y no nos sorprende que se enfurecieran cuando las oyeron. Prestemos atención a estos puntos al estudiar la defensa de Esteban.

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