Hechos 5 Problemas en la Iglesia

Hechos 5: Problemas en la Iglesia

Por el contrario, un cierto Ananías, que estaba casado con una tal Safira, vendió una propiedad y entregó a los apóstoles una parte del producto de la venta; pero, de acuerdo con su mujer, se reservó otra parte. Ananías – le dijo Pedro-: ¿Cómo es que has dejado que Satanás te indujera a pretender engañar al Espíritu Santo quedándote con una parte de lo que te han dado por la propiedad? Antes de venderla, ¿es que no era toda tuya? Y después, ¿es que no eras totalmente libre para hacer lo que quisieras con el producto? ¿Cómo se te metió tal cosa en la cabeza? No es a los hombres a los que has tratado de engañar, sino a Dios. Cuando Ananías estaba escuchando a Pedro, le dio un colapso y se murió. Todos los que estaban escuchando se quedaron aterrados. Los más jóvenes se levantaron, amortajaron el cuerpo y se lo llevaron a enterrar. Al cabo de unas tres horas se presentó allí Safira, que no sabía lo que había sucedido. -Dime – le dijo Pedro- : ¿No fue por tanto por lo que vendisteis el terreno? -Sí – respondió la mujer-, exactamente. -Entonces – siguió diciéndole Pedro-, ¿por qué os habéis puesto de acuerdo los dos para ver hasta dónde os dejaba llegar el Espíritu Santo? Fíjate, las pisadas que se oyen a la puerta son las de los que han enterrado a tu marido, que van a hacer lo mismo contigo. En aquel mismo momento la mujer cayó al suelo y se murió a los pies de Pedro. Cuando entraron los jóvenes en la habitación se la encontraron muerta, y se la llevaron a enterrar al lado de su marido. Toda la Iglesia y todos los que se enteraron de lo que había sucedido se sintieron embargados de temor.

Esta es la historia más tremenda del Libro de los Hechos. No hay por qué suponer que se produjo un milagro; pero sí es verdad que nos revela la atmósfera que prevalecía en la Iglesia Primitiva. Se cuenta del rey Eduardo I de Inglaterra que una vez se puso furioso hablando con uno de sus cortesanos, y éste cayó muerto de miedo literalmente. Esta historia nos muestra dos cosas de la Iglesia Primitiva: lo que las mentes humanas podían esperar, y el respeto extraordinario que tenían a los apóstoles.

Fue en esa atmósfera donde la reprensión de Pedro produjo ese resultado.

Esta es una de las historias que demuestran la honradez a ultranza de la Biblia. Habría sido muy fácil omitirla, porque es una prueba de que también en la Iglesia Primitiva había cristianos que dejaban mucho que desear; pero la Biblia se niega a presentarnos un cuadro idealizado de nada. Una vez, un pintor de la corte hizo un retrato de Oliver Cromwell, que tenía muchas berrugas en la cara. El pintor, tratando de agradar al gran hombre, omitió aquellos detalles desagradables. Pero Cromwell, al ver el cuadro, dijo: «¡Llévatelo, y píntame con berrugas y todo!» Una de las grandes virtudes de la Biblia es que retrata a sus personajes «con berrugas y todo». Hay algo que nos anima en esta historia, porque nos descubre que hasta en sus momentos originales la Iglesia era una mezcla de bueno y malo.

Pedro insiste en que el pecado es contra Dios. Haremos bien en recordarlo, especialmente en ciertos contextos.

(i) Un fallo en la diligencia es un pecado contra Dios. Absolutamente todo lo que contribuye a la salud, la felicidad y el bienestar de la humanidad es algo que se hace para Dios, por muy humilde que sea. Antonio Stradivarius, el gran fabricante de violines, decía: « Si mi mano no cumpliera, yo estaría robándole a Dios.» Una consigna digna de imitar.

(ii) Un fallo en el uso de los talentos es un pecado contra Dios. Dios nos los ha confiado. Los tenemos en depósito, y somos responsables ante Dios del uso que hagamos de ellos.

(iii) Un fallo en la verdad es un pecado contra Dios. Cuando nos deslizamos hacia la falsedad, estamos pecando contra la dirección del Espíritu Santo en nuestro corazón.

El atractivo del cristianismo: Hechos 5:12-16

Los apóstoles eran el instrumento para que el poder de Dios realizara muchas obras maravillosas y prodigiosas entre la gente. El lugar de reunión de los cristianos era el pórtico de Salomón. El resto de la gente tenía miedo de asociarse con ellos, pero todos los miraban con mucho respeto. El número de los que creían en el Señor se iba multiplicando, tanto hombres como mujeres. Se llegaba hasta el punto de sacar a los enfermos a las calles en camillas o esterillas para que, cuando pasaba Pedro, su sombra cayera sobre ellos. Gran gentío venía de los pueblos de alrededor de Jerusalén trayendo a sus enfermos y a los atormentados por los espíritus inmundos, y todos se ponían buenos.

Aquí tenemos como un retrato en miniatura de lo que sucedía en la Iglesia Primitiva.

(i) Se nos dice dónde se reunía. Su punto de contacto era la columnata de Salomón, una de las dos que rodeaban el recinto del Templo. Los primeros cristianos asistían fielmente a la casa de Dios, porque querían conocer mejor a Dios y recibir su poder en su vida.

(ii) Se nos dice cómo se reunía la iglesia. Los cristianos originales se reunían donde todo el mundo pudiera verlos. Se sabía lo que había pasado con los apóstoles, y lo que podía pasarles; pero ellos estaban decididos a mostrarles a todos a Quién pertenecían y por qué se mantenían firmes.

(iii) Se nos dice que la Iglesia Primitiva era maravillosamente eficaz. Sucedían cosas. Eran los días, que esperamos que vuelvan, en los que el ministerio de sanidad de la Iglesia estaba bien a la vista; pero la Iglesia siempre existe para hacer que los malos se hagan buenos, y la gente acudirá siempre a una iglesia en la que las personas cambian para bien.

Este pasaje acaba con una referencia a los atormentados por espíritus inmundos. En el mundo antiguo todas las enfermedades se atribuían a los espíritus. Los egipcios, por ejemplo, creían que el cuerpo humano se puede dividir en muchas partes, y que en cada una de ellas puede haber un espíritu malo. A menudo se creía que esos espíritus malos eran los espíritus de personas malas que ya habían muerto y seguían llevando a cabo su malvada obra.

Otra vez arresto y juicio: Hechos 5:17-32

A eso el sumo sacerdote y sus adeptos, es decir, la secta de los saduceos, estaban que se morían de envidia; así es que prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero, por la noche, un ángel del Señor abrió las puertas de la cárcel y los sacó de allí. Y les dijo: – Id a hacer acto de presencia en el Templo, y decidle a la gente todo lo relativo a esta nueva manera de vivir. Los apóstoles hicieron lo que se les dijo, y fueron al Templo al rayar la mañana y se pusieron a enseñar. Cuando llegaron el sumo sacerdote y sus secuaces, convocaron una reunión del Sanedrín, es decir, del senado judío en pleno, y mandaron traer a los presos. Pero los guardias del Templo, cuando fueron a buscarlos, se encontraron con que no estaban allí. Cuando volvieron, informaron: -Hemos encontrado la cárcel debidamente cerrada, y a los guardias en sus puestos delante de las puertas; pero, cuando hemos abierto, no hemos encontrado a nadie dentro. Cuando el jefe de la policía del Templo y los sumos sacerdotes oyeron aquello se quedaron alucinados. Pero entonces llegó uno diciendo: – ¡Los que metisteis en la cárcel están ahí en medio del Templo enseñando a la gente! Entonces el jefe de la policía del Templo se dirigió al lugar con su guardia y trajeron a los apóstoles; pero sin hacer uso de la fuerza, porque tenían miedo a que la gente los apedreara. Así es que los trajeron y los presentaron ante el Sanedrín. Y el sumo sacerdote les preguntó: -¿Es que no os prohibimos terminantemente que siguierais hablando de esa persona? ¡Habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina, y nos estais echando las culpas de la muerte de ese hombre! -Tenemos que obedecer a Dios más que a los hombres -contestaron Pedro y los demás apóstoles-. Vosotros matasteis a Jesús en la cruz, ¡pero el Dios de nuestros antepasados le ha resucitado! Dios le ha exaltado a su diestra como Jefe supremo y Salvador, y ofrece a Israel por medio de Él la posibilidad de arrepentirse para que se le perdonen los pecados. Nosotros garantizamos personalmente que esto es verdad, y lo mismo hace el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen.

El segundo arresto de los apóstoles era inevitable. El Sanedrín les había prohibido terminantemente que siguieran impartiendo enseñanza acerca de la persona de Jesús, y ellos habían desobedecido abiertamente esa orden. La cuestión era doblemente seria para el Sanedrín: los apóstoles eran no sólo herejes, sino alborotadores en potencia. Palestina siempre estaba a punto para una conflagración; y, si aquello no se atajaba, podría originarse un levantamiento popular. Y eso era lo último que querían los sacerdotes y los saduceos, porque haría que intervinieran los romanos.

Puede que no fuera un milagro la liberación de los apóstoles. La palabra ánguelos tiene dos sentidos: puede querer decir un ángel, pero también un mensajero humano. Aun en este segundo caso, el agente de la liberación habría sido un ánguelos del Señor, y su intervención un milagro de la providencia divina cuando una solución humana parecía imposible.

En el relato de los acontecimientos que siguieron a la liberación se reflejan claramente las cualidades de aquellos hombres de Dios.

(i) Eran hombres de valor. La orden de volver a predicar en el Templo le sonaría inaceptable a cualquier persona sensata. Obedecer esa orden era asumir un riesgo insensato. ¡Pero la cumplieron! (ii) Eran hombres de principios, y su principio prioritario era que, en todas las circunstancias, obedecer a Dios era lo más importante. No se preguntaban: «¿Es seguro este curso de acción?», sino: «¿Es esto lo que Dios quiere que hagamos?»

(iii) Tenían una idea clara de su misión. Sabían que eran testigos de Cristo. Un testigo es esencialmente alguien que dice lo que sabe de primera mano. Sabe por propia experiencia que lo que dice es verdad. Y es imposible detener a un hombre así, porque es imposible detener la verdad.

Un aliado inesperado: Hechos 5:33-42

Cuando los del Sanedrín oyeron a los apóstoles decir aquello se pusieron furiosos y querían matarlos. Pero uno de los fariseos, que se llamaba Gamaliel y era respetado por todos como maestro de la Ley, se levantó en medio del Sanedrín, pidió que sacaran a los apóstoles un momento, y dijo: – Israelitas: Miraos bien lo que vas a hacer en el caso de estos hombres. No hace mucho que se presentó Teudas pretendiendo que era el Mesías, y se le unieron unos cuatrocientos hombres; pero le mataron, y todos sus seguidores se dispersaron y el asunto quedó en nada. Y después se presentó el galileo Judas en los días del censo, y convenció a algunos para que se rebelaran con él; pero él también fue eliminado, y se dispersaron todos los que habían creído en él. En la situación presente os aconsejo que no os metáis con estos hombres y que los dejéis en paz; porque, si lo que pretenden y hacen no es más que una cosa humana, se desvanecerá; pero, si procede de Dios, no podréis con ellos. Tened cuidado, no sea que resulte que estáis luchando contra Dios.

El consejo de Gamaliel se aceptó. Trajeron otra vez a los apóstoles, les dieron una paliza y les prohibieron hablar en nombre de Jesús, y los soltaron.

Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de que se creyera que merecían algún castigo por su relación con Jesús. Y todos los días, tanto en el Templo como de casa en casa, siguieron enseñando y anunciando la buena noticia de que Jesús era el Mesías.

Los apóstoles encontraron una ayuda inesperada la segunda vez que tuvieron que presentarse ante el Sanedrín: el fariseo Gamaliel. Los saduceos eran ricos colaboracionistas que estaban siempre tratando de mantener su prestigio; pero los fariseos no tenían ambiciones políticas. Su nombre significa «Los Separados», y es verdad que se habían separado de la vida ordinaria para consagrarse a cumplir la ley tradicional en sus más mínimos detalles. Se dice que nunca fueron más de seis mil, y eran respetados por su austeridad.

A Gamaliel no sólo se le respetaba: se le quería. Era un hombre amable, mucho más tolerante que sus compañeros. Entre otras cosas, era uno de los pocos fariseos que no consideraban la cultura griega como pecaminosa. Era uno de los pocos a los que se otorgaba el título honorífico de «Rabbán». Le llamaban « La hermosura de la Ley». Cuando murió, se dijo: «Desde que ha muerto Rabbán Gamaliel ya no se respeta la Ley; y la pureza y la abstinencia murieron con él.»

Cuando parecía probable que el Sanedrín recurriera a medidas violentas para eliminar a los apóstoles, intervino Gamaliel. La doctrina de los fariseos combinaba la soberanía de Dios con el libre albedrío. Creían que todo está en las manos de Dios, pero que el hombre es responsable de sus hechos. «Todo está previsto -decían-, pero hay libertad de elección.» Así que la advertencia de Gamaliel era que tenían que tener cuidado, no fuera que haciendo uso de la libertad se encontraran en oposición a Dios. Si aquello no era cosa de Dios, acabaría en nada de todas formas. Y dio dos ejemplos.

En primer lugar citó a Teudas. En aquel tiempo se produjo una sucesión de líderes revolucionarios que se presentaban como libertadores y hasta como Mesías. No sabemos nada de este Teudas. Hubo uno de ese nombre unos años después, que se llevó a la gente al Jordán prometiéndoles que dividiría las aguas para que pasaran en seco; pero pronto acabaron con él. Teudas era un nombre bastante corriente, así es que se referiría a otro.

El segundo ejemplo era Judas. Se había rebelado en los días del censo que mandó hacer Cirenio en el año 6 para organizar los impuestos. Judas mantenía que Dios es el único Rey de Israel; y, por tanto, era a Dios al único que había que pagar tributo. Todos los otros impuestos eran impíos, y era blasfemia pagarlos. Judas intentó levantar una revolución, pero fracasó.

El Sanedrín aceptó el consejo de Gamaliel, y los apóstoles quedaron libres otra vez. Salieron gozosos de la tribulación por dos razones.

(i) Se les había presentado una oportunidad de demostrar su fidelidad a Jesús. En los primeros años de la revolución rusa se respetaba y honraba al que pudiera mostrar las señales de las cadenas en las muñecas o del látigo en la espalda, porque había sufrido por la causa. Valiente-por-laVerdad, de El Peregrino, decía con sano orgullo: «Las señales y cicatrices llevo conmigo.»

(ii) Era una buena oportunidad para compartir la experiencia de Cristo. Los que participaran de la
Cruz también participarían de la corona.

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