Hechos 3 Se realiza una obra notable

Hechos 3: Se realiza una obra notable

Pedro y Juan se dirigían al Templo a las 3 de la tarde, que era una de las horas de oración. Y había a la puerta que se llama la Hermosa un hombre cojo de nacimiento, al que llevaban y dejaban allí todos los días para que pidiera limosna de todos los que entraban en el Templo.

Cuando vio que Pedro y Juan estaban a punto de entrar, les pidió una limosna. Pedro entonces le miró fijamente, y lo mismo hizo Juan.

-¡Fíjate en nosotros! – le dijo Pedro. El cojo fijó en ellos toda su atención, esperando que le dieran algo.

-No tengo ni plata ni oro -le dijo Pedro-, pero te doy lo que tengo: ¡En el Nombre del Mesías Jesús de Nazaret, ponte en pie y echa a andar!

Y le agarró de la mano derecha para levantarle. Al cojo se le fortalecieron los pies y los tobillos en el acto, se puso en pie de un salto y empezó a andar por allí; luego entró con ellos al Templo andando por su propio pie, dando saltos y alabando a Dios. Y todos los que le veían andar y alabar a Dios le reconocían como el que se sentaba a pedir limosna en la puerta Hermosa del Templo, y se quedaban asombrados y alucinados de lo que le había sucedido.

El día se consideraba que empezaba a las 6 de la mañana y terminaba a las 6 de la tarde. La hora tercia eran las 9 de la mañana; la sexta, el mediodía, y la novena, las 3 de la tarde; y estas tres eran las tres horas especiales de oración para los devotos judíos. Estaban de acuerdo en que la oración es eficaz a cualquier hora; pero consideraban que era doblemente preciosa cuando se hacía en el Templo. Es interesante notar que los apóstoles seguían observando las costumbres y los hábitos en que habían sido instruidos. En esta ocasión, era la hora de la oración, y Pedro y Juan iban al Templo como otros muchos. Ahora tenían una fe nueva, pero no la usaban como disculpa para dejar de cumplir la ley. Eran conscientes de que la nueva fe y la antigua disciplina podían y debían estar en armonía.

En Oriente era costumbre que los mendigos se pusieran a pedir limosna a la entrada de los templos y altares. Tales lugares se consideraban idóneos, lo mismo que ahora; porque, cuando la gente va a dar culto a Dios, está más dispuesta a ser generosa con sus semejantes desvalidos. El famoso poeta vagabundo galés W. H. Davies nos dice que uno de sus amigos nómadas le contó que, cuando llegaba a un pueblo, buscaba la torre de la iglesia con la cruz, y empezaba a pedir por allí cerca, porque había descubierto por experiencia que allí era más generosa la gente. El amor a Dios y al prójimo deben ir juntos.

Este incidente nos coloca cara a cara con la cuestión de los milagros en la era apostólica. Hay algunas cosas que conviene decir acerca de ellos:

(i) Esos milagros tuvieron lugar. Más adelante -en el capítulo 4, versículo 16-,leemos que el Sanedrín sabía muy bien que tenía que aceptar el milagro, porque no podía negarlo. Los enemigos del Cristianismo habrían sido los primeros en exponer la falsedad de los milagros si ese hubiera sido el caso; pero ni siquiera lo intentaron.

(ii) ¿Por qué dejaron de producirse? Se han hecho algunas sugerencias: (a) Hubo un tiempo en que los milagros eran necesarios. Eran, por así decirlo, las campanas que llamaban a la gente a la Iglesia Cristiana. Entonces se necesitaban como garantía de la verdad y del poder del Evangelio en su ataque inicial al mundo. (b) En aquel tiempo se daban dos circunstancias especiales: la primera, que había hombres apostólicos vivos que habían tenido una relación personal irrepetible con Jesucristo; y la segunda, que existía una atmósfera de expectación en la que la gente estaba dispuesta a creer en lo imposible, y esa fe se extendía como una inundación. Estas dos circunstancias unidas tuvieron efectos absolutamente únicos.

(iii) Pero la verdadera pregunta no es: «¿Por qué han dejado de producirse los milagros?»; sino: «¿Han dejado realmente de producirse?» Es un hecho universal que Dios no hace por los hombres lo que éstos pueden hacer por sí mismos. Dios ha revelado una nueva verdad y un nuevo conocimiento a los hombres, que siguen obrando milagros mediante esa revelación.

Como dijo cierto médico: «Yo pongo la venda, pero Dios es el que sana las heridas.» Hay milagros por todas partes, si hay ojos creyentes que los saben ver. Jesucristo discernía la obra de su Padre en la naturaleza y en la vida; sabía que Dios no ha dejado de actuar. Si bien está más allá de nuestra comprensión lo que se ha llamado « la economía del milagro», para la fe Dios está siempre presente, siempre en control, y lleva adelante su plan de amor para el bien de sus criaturas de una manera que no siempre podemos discernir ni comprender. Sus caminos no son nuestros caminos (Isaías 55:8).

El crimen de la cruz

Mientras el que había sido cojo seguía agarrado a Pedro y Juan, llegó corriendo toda la gente, alucinada, adonde ellos estaban, que era el pórtico de Salomón.

Cuando Pedro los vio, se puso a decirles: – ¡Israelitas! ¿Qué es lo que os sorprende tanto? ¿Y por qué os quedáis ahí mirándonos, como si hubiéramos hecho que este pudiera andar gracias a nuestro poder o a nuestra religiosidad? Esto ha sido posible porque el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha glorificado a su Siervo Jesús, a Quien vosotros repudiasteis y entregasteis a Pilato, aunque él había decidido soltarle. Así renegasteis del Santo y del Justo, pidiendo que se pusiera en libertad, en vez de a Él, a un asesino. Vosotros sois culpables de la muerte del Que ha abierto el camino de la vida; pero Dios le ha resucitado, y nosotros somos testigos de ello. Es el Nombre de Jesús y la fe en ese Nombre lo que le ha dado nuevas fuerzas a este hombre al que estáis viendo y conocéis. La fe que inspira ese Nombre es lo que le ha dado a este hombre la perfecta salud que todos podéis comprobar. En este pasaje resuenan tres de las notas características de la predicación cristiana original:

(i) Los primeros predicadores cristianos siempre subrayaban el hecho fundamental de que la Crucifixión fue el mayor crimen de la Historia humana. Siempre que la mencionan, había en sus voces un tono de horror. Jesús fue el Santo y el Justo, a Quien debería haber bastado ver para amar. El mismo gobernador romano se dio cuenta de que aquella crucifixión era una injusticia flagrante. Se escogió para la libertad a un violento criminal, y se mandó a la cruz al Que no había hecho más que el bien. Los primeros predicadores trataban de impactar los corazones de sus oyentes para que reconocieran el horrible crimen de la Cruz. Es como si dijeran: «¡Fijaos en lo que puede hacer e hizo el pecado!»

(ii) Los primeros predicadores siempre hacían hincapié en la vindicación de la Resurrección: en ella, Dios había dado su aprobación a la obra de Jesucristo. Es un hecho que, sin la Resurrección, la Iglesia no habría existido. La Resurrección era la prueba de que Jesucristo es indestructible y Señor de la vida y de la muerte. Era la prueba definitiva de que la obra de Cristo era la obra de Dios y, por tanto, nada podría hacerla fracasar.

(iii) Los primeros predicadores siempre insistían en el poder del Señor Resucitado. Nunca se presentaban a sí mismos como la fuente, sino sólo como canales del poder. Eran conscientes de sus limitaciones; pero también de que no había límites a lo que el Señor Resucitado podía hacer con y por medio de ellos. Ahí radica el secreto de la vida cristiana. Mientras el cristiano no piensa más que en lo que él puede hacer y ser, no cosecha más que fracaso y temor; pero cuando piensa en « no yo, sino Cristo en mí», tiene paz y poder.

Las notas de la predicación

Ahora bien, hermanos – siguió diciendo Pedro-, sé que no sabíais lo que os hacíais, y lo mismo vuestros gobernantes. Pero Dios ha cumplido de esta manera lo que había anunciado de antemano por boca de todos sus profetas: que el Mesías había de padecer. Así que, arrepentíos y convertíos para que se os perdonen vuestros pecados y Dios nos envíe del Cielo tiempos de consolación y al Mesías que Dios ha destinado, que no es otro que Jesús, Que debe permanecer en el Cielo hasta que llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas que ha anunciado Dios por medio de sus santos profetas que ha habido desde la antigüedad. Porque ya les dijo Moisés a nuestros antepasados: «El SEÑOR vuestro Dios os suscitará un Profeta que saldrá de entre vuestros hermanos, como hizo conmigo. Hacedle caso en todo lo que os diga; porque todos los que no Le crean serán desarraigados del pueblo. » Y todos los profetas que han hablado de parte de Dios de Samuel en adelante, también han anunciado este tiempo presente. Vosotros sois los descendientes de aquellos profetas, y los beneficiarios del Pacto que hizo Dios con nuestros antepasados cuando le dijo a Abraham: «Tu Descendiente será la bendición de todos los pueblos de la Tierra.» Así es que a vosotros ha sido a los primeros que Dios, después de resucitar a su Siervo, Le ha enviado para que os bendiga, para que cada uno de vosotros se convierta dejando su mal camino.

En este breve pasaje resuenan casi todas las notas de la predicación cristiana original:

(i) Empieza con una nota de misericordia y de advertencia combinadas. Fue la ignorancia la- causa de que los judíos perpetraran el horrible crimen de la Crucifixión; pero la ignorancia ya no se puede justificar, y no puede ser excusa para seguir rechazando a Jesucristo. Esta nota de la aterradora responsabilidad del conocimiento resuena en todo el Nuevo Testamento. «Si fuerais ciegos, no tendríais culpa; pero como decís: «Vemos», vuestra culpabilidad se mantiene» (Juan 9:41). «Si Yo no hubiera venido a decírselo, no tendrían pecado; pero ahora ya no hay excusa para su pecado» (Juan 1 S: 22). «El que sabe lo que debe hacer, y falla, ese es el que peca» (Santiago 4:17). Haber visto la plena luz de la revelación de Dios es el mayor de los privilegios; pero es también la más terrible de las responsabilidades.

(ii) La obligación que este conocimiento conlleva es la de arrepentirse y convertirse. Las dos cosas van juntas. Arrepentirse podría querer decir simplemente cambiar de idea, y es más fácil cambiar de idea que cambiar de vida. Pero este cambio de idea debe conducir a dejar el camino viejo y emprender uno nuevo, que es lo que quiere decir la conversión.

(iii) Este arrepentimiento tendrá ciertas consecuencias. Afectará al pasado; los pecados serán borrados. Esta es una palabra muy expresiva. Antiguamente se escribía en papiro, y la tinta no contenía ácidos; así es que no afectaba al papiro como la tinta moderna, sino se secaba encima simplemente. Para borrar la escritura no había más que limpiarlo con una esponja húmeda: así es como borra Dios el pecado de una persona. Afectará también al futuro; traerá tiempos de consuelo. Vendrá algo a la vida que aportará fuerza en la debilidad y descanso en la fatiga.

(iv) Pedro pasa a hablar de la Segunda Venida de Cristo. Eso quiere decir, entre otras cosas, que la Historia tiene una meta.

(v) Pedro insiste en que todo lo que ha sucedido había sido anunciado de antemano. Los judíos se negaban a aceptar la idea de que el Escogido de Dios tuviera que sufrir; pero Pedro insiste en que, si escudriñaran sus Escrituras, la encontrarían allí.

(vi) Pedro les recuerda su privilegio nacional. En un sentido muy especial, los judíos eran el pueblo escogido de Dios. De ahí que fuera a ellos a los primeros que se anunció el Evangelio.

(vii) Finalmente, expone la ineludible verdad de que ese especial privilegio conlleva una responsabilidad especial también. Es el privilegio, no de un honor especial, sino de un servicio especial.

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