Hechos 28: Bienvenidos a Malta

Categorías: Hechos y Nuevo Testamento.

Cuando llegamos a tierra a salvo nos enteramos de que aquella isla se llamaba Malta. Los nativos dieron muestras de una amabilidad fuera de lo corriente. Como se había puesto a llover y hacía frío, encendieron una hoguera y nos invitaron a acercarnos. Pablo había recogido un manojo de ramas secas y lo echó al fuego; pero al calor salió una víbora y se le enganchó en la mano. Cuando los nativos la vieron colgándole de la mano se dijeron entre sí: No cabe duda de que ese hombre es un asesino; porque, aunque ha escapado del mar, la justicia no le deja vivir. Pero Pablo se sacudió el animal en el fuego, y eso fue todo. La gente estaba esperando que empezara a hincharse o que cayera muerto de repente, y estuvieron observándole un buen rato; pero al ver que no le pasaba nada, cambiaron de parecer y empezaron a decir que era un dios.

El mar arrojó a las costas de Malta a Pablo y todos sus compañeros de viaje. La antigua versión de la Biblia ReinaValera (1909) parece un poco descortés con los malteses al llamarlos bárbaros. Es verdad que en griego se los llama barbaroi (versículos 2 y 4); pero para los griegos los bárbaros eran simplemente los que hablaban bar-bar, es decir, una lengua ininteligible, y no la bella lengua griega. La revisión de 1960 se acerca más al sentido original al llamarlos los naturales, o, como hemos puesto aquí, los nativos.

Este pasaje nos ilumina el carácter de Pablo desde diversos ángulos.

(a) Por una parte, nos da el detalle cordial y sencillo de que era un hombre que no podía estar sin hacer nada; así es que se puso a recoger leña para ayudar a mantener la fogata. Una vez más comprobamos que las visiones y experiencias espirituales no le habían hecho perder el sentido práctico; y más todavía: que aunque era un gran hombre no se le caían los anillos por ayudar en cosas pequeñas. Se cuenta de Booker Washington que recorrió cientos de kilómetros en su juventud para ir a una de las pocas universidades de los Estados Unidos que admitían a estudiantes negros. Cuando llegó, le dijeron que las clases estaban completas. Se ofreció para los trabajos más humildes, y le aceptaron; y cumplió sus tareas tan fielmente que no mucho después le aceptaron como estudiante, y con el tiempo llegó a ser el mayor investigador y administrador de su pueblo. Sólo los que son interiormente mezquinos rechazan las tareas humildes.

(b) Además, vemos a Pablo como un hombre sosegado y tranquilo. En uno de sus manojos de ramas secas iba dormida una víbora, que se despertó al calor de la lumbre y se le enganchó en una mano. No parece que Pablo se la sacudiera antes de que le picara e inoculara su veneno mortal; pero en cualquier caso, resolvió el problema como si no hubiera pasado nada. Los malteses lo consideraron un milagro; pero Pablo lo tomó con la mayor naturalidad.

Ayuda y sanidad

Las tierras de alrededor eran propiedad del principal magistrado de la isla que se llamaba Publio, que nos recibió amablemente y nos dio hospitalidad tres días. Y sucedió que el padre de Publio estaba en cama, enfermo de una fiebre constante y de disentería. Pablo fue a hacerle una visita, oró por él imponiéndole las manos, y se puso bien. Cuando se supo lo que había ocurrido, otras personas de la isla que estaban enfermas acudieron también y fueron curadas. El resultado fue que nos colmaron de honores, y nos proveyeron de todo lo que podíamos necesitar cuando zarpamos de allí.

Parece que el jefe de la isla de Malta era un título, y Publio es probable que fuera el representante de Roma en aquella parte de la isla. Su padre estaba enfermo, y Pablo pudo ejercer el don de sanidad y devolverle la salud. Pero el versículo 9 ofrece una posibilidad interesante: dice que los demás que estaban enfermos vinieron y fueron sanados. La palabra que se usa quiere decir recibir tratamiento médico; y hay estudiosos que creen que esto puede querer decir, no sólo que vinieron a Pablo, sino también a Lucas, que los ayudó como profesional de la medicina. En este caso, esta pasaje nos daría la primera descripción que tenemos de un médico misionero.

Hay aquí un detalle impresionante. Pablo hacía uso del don de sanidad para devolver a otros la salud, y sin embargo él tenía que seguir sufriendo siempre el aguijón en su carne. Muchas personas han ayudado a otras con un don del que ellas mismas no podían disfrutar. Beethoven, por ejemplo, dio al mundo la música inmortal que él mismo no podía escuchar, porque era sordo.

Es una de las maravillas de la gracia que tales personas no se vuelven amargadas, y se contentan con ser para los demás canales de una bendición que ellas mismas no pueden disfrutar.

Así llegamos a Roma

A los tres meses nos embarcamos en una nave alejandrina que había invernado en la isla, que tenía de mascarón de proa a los mellizos Cástor y Pólux. Tocamos en Siracusa y nos detuvimos tres días; luego fuimos costeando hasta Regio, y al otro día se levantó un vientecillo del Sur, y en dos días llegamos a Puteoli. Allí encontramos a algunos miembros de la comunidad cristiana que nos invitaron insistentemente para que nos quedáramos con ellos una semana. Así es como llegamos a Roma. Los miembros de la comunidad cristiana habían tenido noticias acerca de nosotros, y salieron a recibirnos al Foro de Apio y a Las Tres Tabernas. Al verlos Pablo dio gracias a Dios y se animó considerablemente.

A los tres meses, Pablo y sus compañeros de viaje consiguieron pasajes para Italia en otro carguero de trigo alejandrino que había invernado en Malta. El aquel tiempo los barcos tenían mascarones de proa. Dos de los dioses favoritos de los marineros eran los mellizos de la mitología griega, Cástor y Pólux; y esta nave tenía talladas sus imágenes en la proa. Esta última parte de la navegación fue tan próspera como desastrosa había sido la anterior.

Puteoli era el puerto de Roma. Pablo sentiría la emoción de encontrarse en el umbral de la capital del mundo. ¿Qué le tendría reservado al humilde tejedor de tiendas la mayor ciudad del mundo? Al Norte estaba el puerto de Miseno en el que estaba estacionada la flota romana; al ver los navíos de guerra en la distancia, uno no podía por menos de impresionarse por el tremendo poderío de Roma. Cerca estaba Bajas, que era la «Marbella de Italia», con sus playas abarrotadas y las velas de colores de los yates de los romanos ricos. Puteoli, con sus muelles, supermercados y barcos, sería más bien la «Barcelona del mundo antiguo».

Pero lo que más le estrujaría el corazón a Pablo sería enfrentarse con Roma casi solo. Y entonces sucedió algo maravilloso: el Foro de Apio está a 70 kilómetros de Roma, y Las Tres Tabernas a 50, en la Vía Apia que unía a la costa con Roma. Allí le salieron al encuentro algunos representantes de la comunidad cristiana de Roma. La palabra griega es la que se usa para indicar la delegación de una ciudad que sale a recibir a un general o a un rey o a un conquistador. Salieron a recibir a Pablo como uno de los grandes de la. Tierra; y él al verlos dio gracias a Dios y se animó considerablemente. ¿Qué fue concretamente lo que le animó? Seguramente el darse cuenta de que no estaba solo ni mucho menos.

El cristiano no está nunca solo.

(i) Es consciente de que tiene una nube invisible de testigos con él y a su alrededor.

(ii) Es consciente de que forma parte de una comunidad que se extiende por toda la Tierra.

(iii) Es consciente de que, esté donde esté, allí está Dios. (iv) Tiene la certeza de que su Señor Resucitado está con él.

Rechazo de los judíos

Cuando llegamos a Roma, a Pablo le permitieron vivir por su cuenta, con un soldado que le vigilara. A los tres días invitó a los responsables locales de los judíos a que vinieran a verle; y, cuando se presentaron, les dijo: -Hermanos, aunque yo no había hecho nada en contra de la nación judía ni en desacuerdo con nuestras costumbres ancestrales, me entregaron a los romanos en Jerusalén. Cuando los romanos me interrogaron, me querían dejar en libertad, porque no había nada en mi vida ni en mi conducta que mereciera la pena de muerte; pero los judíos se opusieron a que se me diera la libertad, y yo no tuve más remedio que apelar al César, pero no porque tenga nada contra mi nación. Es únicamente porque me mantengo firme en la esperanza que comparte todo Israel por lo que llevo esta cadena, y por eso he pedido que se me concediera veros y hablaros.

A nosotros -le respondieron- no nos han llegado cartas de Judea referentes a ti; ni nos ha traído ningún miembro de la comunidad judía que haya venido por aquí ningún informe ni rumor de que hayas estado involucrado en ninguna cuestión criminal. Creemos que es lo más correcto escucharte exponer tus opiniones. Lo único que sabemos acerca de esa secta es que todo el mundo está en contra de ella.

Así es que quedaron para otro día, y vinieron a su alojamiento todavía más que la vez anterior. Pablo les expuso su testimonio personal del Reino de Dios desde la mañana hasta la noche, demostrando sus afirmaciones con argumentos- sólidos y tratando de persuadirlos para que aceptaran a Jesús con citas de la Ley de Moisés y de los Profetas.

Algunos de ellos se convencieron de lo que les dijo; pero otros se negaron a aceptarlo. Estaban muy lejos de estar de acuerdo entre sí; así es que Pablo les dijo por último: – ¡Bien dijo el Espíritu Santo a vuestros antepasados por medio del profeta Isaías: « Ve a este pueblo y diles: – «Es verdad que vais a oír, – pero no lo es menos que no vais a entender nada – del sentido de lo que se os diga; – es verdad que vais a ver, – pero no vais a daros ni cuenta – de lo que quiere decir lo que veáis. « – La inteligencia se le ha embotado a este pueblo a fuerza de no usarla, – y se han hecho los sordos, – y han cerrado los ojos aposta, -para no ver con sus ojos – ni oír con sus oídos, – ni entender con sus mentes, – y convertirse y encontrar en Mí su curación. » Quiero que sepáis que el poder salvador de Dios ha sido enviado a los gentiles, y ellos sí escucharán.

Cuando les dijo eso, los judíos se marcharon discutiendo acaloradamente entre sí.

Hay algo inmensamente maravilloso en el hecho de que, hasta el final, dondequiera que fuera, Pablo empezaba con los judíos. Llevaban más de treinta años haciendo todo lo posible para crearle problemas, deshacerle el trabajo y hasta matarle; y a pesar de todo sigue siendo a ellos a los que ofrece el mensaje en primer lugar. Si hay algún ejemplo de esperanza invencible y de amor a toda prueba, son los de Pablo predicando en primer lugar a los judíos hasta en Roma.

A1 final llega a la conclusión que se implica en la cita de Isaías. Es que esto también es la Obra de Dios: el que los judíos rechazaran a Jesús fue lo que les abrió la puerta a los gentiles. Hay un propósito en todo; al timón de todas las cosas está la mano del Piloto invisible. La puerta que se cerraron los judíos se abrió a los gentiles; y eso no es el final, porque alguna vez, al final del día, habrá un rebaño y un Pastor.

Abiertamente y sin problemas

Pablo estuvo dos años completos viviendo a sus expensas y recibiendo las visitas de todos los que iban a verle. Todo ese tiempo siguió proclamando el Reino de Dios e impartiendo enseñanza sobre todo lo concerniente al Señor Jesucristo con libertad y valentía, y sin que nadie hiciera nada para impedírselo.

Pablo es Pablo hasta el final del día. La versión ReinaValera oscurece un punto: dice que «Pablo quedó dos años enteros en su casa de alquiler» (1909) o «en una casa alquilada» (1960); pero el sentido es que vivió a sus propias expensas, es decir, ganándose la vida. Aun cuando estaba preso, proveyó sus necesidades con sus propias manos; y tampoco estuvo ocioso en otros sentidos: fue entonces cuando escribió las cartas a los Filipenses, Efesios, Colosenses y a Filemón. Tampoco estuvo nunca totalmente solo: Lucas y Aristarco habían venido con él, y Lucas estuvo con él hasta el final (2 Timoteo 4:11). Timoteo también estaba con él a menudo (Filipenses 1:1; Colosenses 1:1; Filemón 1). Alguna vez estuvo con él Tíquico (Efesios 6:21). Tuvo la compañía de Epafrodito una temporada (Filipenses 4:18). Y Marcos también estuvo con él alguna vez (Colosenses 4:10).

Aquellos dos años no fueron una pérdida de tiempo. Pablo les dice a los Filipenses que todo lo que ha sucedido ha contribuido en la extensión del Evangelio (Filipenses 1:12). Eso fue especialmente así porque le conocían como preso en toda la Guardia Pretoriana (Filipenses 1:13). Vivía en una casa particular, pero había un soldado con él día y noche (Hechos 28:16).

Estos soldados del cuartel general formaban parte de las tropas selectas del Emperador, y pertenecían a lo que se llamaba la Guardia Pretoriana. Aquellos dos años muchos de los soldados pasarían largos días y noches con Pablo; y muchos de ellos volverían de su día de guardia llevando a Cristo en el corazón.

El Libro de los Hechos llega a su fin con un grito de victoria. En griego sin problemas es una sola palabra que suena como un grito de victoria. Es el clímax de la historia de Lucas. A veces nos preguntamos por qué no nos dice lo que pasó con Pablo, si le ejecutaron o soltaron. La razón es que, probablemente, ese no era su propósito. A1 principio de su segundo libro, Hechos, nos da el plan de su obra al decirnos que Jesús mandó a sus seguidores que dieran testimonio de Él en Jerusalén, y por toda Judea y Samaria y hasta lo más remoto de la Tierra -(Hechos 1:8). La historia que empezó en Jerusalén más de treinta años antes, termina en Roma. No es nada menos que un milagro de Dios. La Iglesia, que al principio de Hechos se contaba en decenas, ahora incluye a miríadas. La historia del Crucificado de Nazaret se ha extendido por todo el mundo en campaña de conquista, y en este punto se está predicando en Roma, la capital del mundo, abiertamente y sin problemas. El Evangelio ha llegado al centro del mundo y se sigue proclamando: Lucas ha dado fin a su tarea.

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