Hechos 22: La defensa de la experiencia

Categorías: Hechos y Nuevo Testamento.

Cuando todo aquel alboroto terminó, Pablo mandó llamar a los que habían creído y les pidió que no dejaran de confiar en Jesús. Luego se despidió de ellos, y fue a la provincia de Macedonia. Pablo iba de lugar en lugar, animando a los miembros de las iglesias de esa región. De allí se fue a Grecia, país donde se quedó tres meses. Estaba Pablo a punto de salir en barco hacia la provincia de Siria, cuando supo que algunos judíos planeaban atacarlo. Entonces decidió volver por Macedonia. Varios hombres lo acompañaron: Sópatro, que era hijo de Pirro y vivía en la ciudad de Berea; Aristarco y Segundo, que eran de la ciudad de Tesalónica; Gayo, del pueblo de Derbe; y Timoteo, Tíquico y Trófimo, que eran de la provincia de Asia. Todos ellos viajaron antes que nosotros y nos esperaron en la ciudad de Tróade. Cuando terminó la fiesta de los panes sin levadura, Pablo y los que estábamos con él salimos en barco, desde el puerto de Filipos hacia la ciudad de Tróade. Después de cinco días de viaje, llegamos y encontramos a aquellos hombres, y nos quedamos allí siete días. El domingo nos reunimos en uno de los pisos altos de una casa, para celebrar la Cena del Señor. Había muchas lámparas encendidas. Como Pablo saldría de viaje al día siguiente, estuvo hablando de Jesús hasta la media noche. Mientras Pablo hablaba, un joven llamado Eutico, que estaba sentado en el marco de la ventana, se quedó profundamente dormido y se cayó desde el tercer piso. Cuando fueron a levantarlo, ya estaba muerto. Pero Pablo bajó, se inclinó sobre él, y tomándolo en sus brazos dijo: «¡No se preocupen! Está vivo.» Luego, Pablo volvió al piso alto y celebró la Cena del Señor, y siguió hablándoles hasta que salió el sol. Después continuó su viaje. En cuanto a Eutico, los miembros de la iglesia lo llevaron sano y salvo a su casa, y eso los animó mucho. Pablo había decidido ir por tierra hasta Aso, pero nosotros tomamos un barco para recogerlo allá. Cuando llegamos, él se nos unió en el barco y nos fuimos al puerto de Mitilene. Al día siguiente, el barco pasó frente a la isla Quío, y un día más tarde llegamos al puerto de Samos, porque Pablo no quería pasar a Éfeso ni perder mucho tiempo en la provincia de Asia. Lo que deseaba era llegar lo más pronto posible a la ciudad de Jerusalén, para estar allá en el día de Pentecostés. Seguimos navegando, y un día después llegamos al puerto de Mileto. Estando en la ciudad de Mileto, Pablo mandó llamar a los líderes de la iglesia de Éfeso para hablar con ellos. Cuando llegaron, les dijo: «Ustedes saben muy bien cómo me he portado desde el primer día que llegué a la provincia de Asia. Aunque he sufrido mucho por los problemas que me han causado algunos judíos, con toda humildad he cumplido con lo que el Señor Jesús me ha ordenado. Nunca he dejado de anunciarles a ustedes todas las cosas que les ayudarían a vivir mejor, ni de enseñarles en las calles y en sus casas. A los judíos y a los que no son judíos les he dicho que le pidan perdón a Dios y crean en nuestro Señor Jesucristo. Ahora debo ir a Jerusalén, pues el Espíritu Santo me lo ordena. No sé lo que me va a pasar allá. A dondequiera que voy, el Espíritu Santo me dice que en Jerusalén van a meterme a la cárcel, y que van a maltratarme mucho. No me preocupa si tengo que morir. Lo que sí quiero es tener la satisfacción de haber anunciado la buena noticia del amor de Dios, como me lo ordenó el Señor Jesús. Estoy seguro de que no volverá a verme ninguno de ustedes, a los que he anunciado el mensaje del reino de Dios. Por eso quiero decirles que no me siento responsable por ninguno de ustedes, pues ya les he anunciado los planes de Dios. No les he ocultado nada. Ustedes deben cuidarse a sí mismos, y cuidar a los miembros de la iglesia de Dios. Recuerden que el Espíritu Santo los puso como líderes de la iglesia, para que cuiden a todos los que Dios salvó por medio de la sangre de su propio Hijo. Cuando yo muera, vendrán otros que, como si fueran lobos feroces, atacarán a todos los de la iglesia. También algunos, que ahora son seguidores de Jesús, comenzarán a enseñar mentiras, para que todos en la iglesia los sigan y los obedezcan. Por eso, tengan mucho cuidado. Recuerden los consejos que les he dado durante tres años, a pesar de tantos problemas y dificultades. Ahora le pido a Dios que los cuide con mucho amor. Su amoroso mensaje puede ayudarles a ser cada día mejores. Si lo obedecen, Dios cumplirá las promesas que ha hecho a todos los que ha elegido para ser su pueblo. Nunca he querido que me den dinero ni ropa. Ustedes bien saben que con mis propias manos he trabajado, para conseguir todo lo que mis ayudantes y yo hemos necesitado para vivir. Les he enseñado que deben trabajar y ayudar a los que nada tienen. Recuerden lo que nos dijo el Señor Jesús: “Dios bendice más al que da que al que recibe.” Cuando Pablo terminó de hablar, se arrodilló con todos los líderes y oró por ellos. Todos comenzaron a llorar, y abrazaron y besaron a Pablo. Estaban muy tristes porque Pablo les había dicho que jamás lo volverían a ver. Después, todos acompañaron a Pablo hasta el barco.

¡Hermanos y padres: Prestadme atención y dadme oportunidad de defenderme ante vosotros! -empezó a decirles Pablo, y la gente guardó silencio al oírle hablar en hebreo-. Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia pero criado en esta ciudad y educado en la escuela de Gamaliel con todo el rigor que requiere nuestra Ley ancestral, y tomo tan en serio como vosotros las cosas de Dios. He sido perseguidor del Camino hasta tal punto que hubiera querido acabar con todos los que lo siguen; he cargado de cadenas y metido en la cárcel tanto a hombres como a mujeres, de lo cual pueden dar testimonio el Sumo Sacerdote y todos los ancianos del Sanedrín, que me dieron cartas de presentación para los hermanos judíos de Damasco, adonde me dirigí para traer a todos los del Camino que hubiera allí para castigarlos en Jerusalén. Pero cuando estaba llegando al final de mi viaje, hacia el mediodía y cerca de Damasco, de pronto me rodeó una luz intensísima del cielo que me hizo caer a tierra. Y entonces oí una voz que me decía: «¡Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Y yo le dije: «¿Quién eres Tú, Señor?» Y me dijo: «Yo soy el Jesús de Nazaret al Que tú estás persiguiendo.» Mis compañeros de viaje vieron la luz, pero no oyeron la voz que me hablaba a mí. «¿Qué tengo que hacer ahora, Señor?», le pregunté; y me contestó: «Levántate, entra en Damasco y allí se te dirá lo que te corresponde hacer.»

La defensa de Pablo ante la multitud sedienta de su sangre no consistió en razonamientos, sino en la exposición de su experiencia personal; y eso es algo que no se puede discutir. Esta defensa es una paradoja; Pablo hace hincapié en dos cosas:

(i) Su identidad con los que le estaban escuchando. Pablo era judío, y nunca lo olvidaba (2 Corintios 11:22; Filipenses 3:4s). Era de Tarso, una gran ciudad y uno de los grandes puertos del Mediterráneo en la desembocadura del río Cidno, y el final de la carretera que venía del lejano Éufrates a través de toda Asia Menor. Era una de las grandes ciudades universitarias del mundo antiguo. Pablo era un rabino, educado « a los pies» -es decir, en la escuela- de aquel Gamaliel que había sido « la gloria de la Ley» y que había muerto hacía cosa de cinco años. Había sido perseguidor del nuevo Camino movido por su celo por la religión tradicional de Israel. En todo esto Pablo estaba completamente identificado con su audiencia de aquel día.

(ii) Hace hincapié en lo que le distingue de su audiencia. La diferencia fundamental era que Pablo veía a Cristo como el Salvador de toda la humanidad, y a Dios como el Que ama a todos los hombres. Su audiencia creía que Dios no amaba más que al pueblo judío. Querían monopolizar los privilegios de Dios exclusivamente para ellos, y consideraban blasfemo al que quisiera extenderlos a los demás pueblos. La diferencia era que Pablo se había encontrado con Jesús cara a cara.

Pablo estaba identificado con los que le escuchaban en un sentido, pero en otro estaba diametralmente separado de ellos. Así sucede con todos los cristianos: vivimos en el mundo, pero Dios nos ha separado y consagrado para una tarea especial.

Pablo prosigue con su biografía

-El resplandor de aquella luz me había dejado ciego, así es que mis compañeros me tuvieron que llevar de la mano hasta Damasco. Allí, un cierto Ananías que era un fiel cumplidor de la Ley y a quien apreciaban mucho todos los judíos que residían en Damasco, vino adonde yo estaba y se puso a mi lado. «Hermano Saulo» -me dijo-, «¡recibe otra vez la vista!» Y en aquel momento recuperé la vista y le pude ver. Y me dijo: «El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad y veas y oigas al Justo, porque vas a ser su testigo ante los hombres de lo que has visto y oído.

Así que, ¡no te detengas! ¡Invoca su Nombre, bautízate y queda limpio de tus pecados!» Cuando volví a Jerusalén, una vez estaba yo orando en el Templo cuando tuve un éxtasis. Vi a Jesús, y le oí decirme: «¡Date prisa, sal de Jerusalén lo más rápido posible, porque no van a creer lo que les digas de Mí!» Y yo le dije: «Señor; ellos saben que yo iba por ahí de sinagoga en sinagoga prendiendo y apaleando a los que creían en Ti; y saben que, cuando matamos a tu mártir Esteban, yo estaba presente y completamente de acuerdo con todo, guardando la ropa de los que le mataron.» Entonces me dijo: «¡Ve, porque te voy a mandar lejos a los gentiles!»

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