Hebreos 9 La gloria del tabernáculo

Hebreos 9: La gloria del tabernáculo

Ahora bien: el primer tabernáculo también tenía su liturgia y santuario, que eran un símbolo terrenal de realidades celestiales. Porque el primer tabernáculo estaba preparado con el candelabro y la mesa de los panes de la proposición en lo que se llamaba el Lugar Santo. Detrás de la segunda cortina estaba la parte del tabernáculo que se llamaba el Lugar Santísimo. Se accedía a él por el altar de oro del incienso, y allí estaba el Arca del Pacto, cubierta de oro por todas partes, que contenía una urna de oro con maná, la vara de Aarón que reverdeció y las Tablas del Pacto. Por encima del Arca estaban los querubines gloriosos que daban sombra al propiciatorio; pero no es éste el lugar para hablar de todas estas cosas en detalle.

El autor de Hebreos ha estado tratando de Jesús como el Que nos introduce en el mundo de la realidad. Ha hecho uso de la idea de que, en este mundo, no tenemos más que copias imperfectas de lo que es verdaderamente real. El culto que puede ofrecer la humanidad no es más que una sombra fantasmagórica del Culto real que sólo puede ofrecer Jesús, el verdadero Sumo Sacerdote. Pero, aunque está pensando en eso, se retrotrae con el pensamiento al tabernáculo -no el templo, téngase en cuenta-. Recuerda conmovido su belleza; se detiene a considerar cariñosamente sus preciosos componentes. Y la idea que sobresale entre todas es: Si el culto terrenal era tan hermoso, ¿cómo será el verdadero Culto? Si todas esas cosas preciosas del tabernáculo eran sólo una sombra de la realidad, ¡cuán superior será la belleza de la realidad misma! No se detiene en los detalles del tabernáculo; sólo alude a algunos de sus tesoros. Era todo lo que necesitaba de momento, porque sus lectores conocían todas las glorias del tabernáculo y las
tenían bien grabadas en la memoria. Pero nosotros no las conocemos tan bien; así es que, veamos cómo era la belleza del tabernáculo terrenal, teniendo siempre presente que era sólo un pálido reflejo de la realidad.

La descripción principal del tabernáculo del desierto se encuentra en Éxodo 25-31 y 35-40. Dios le dijo a Moisés: «Hazme un santuario para que more entre ellos» (Éxodo 25:8). Se construyó con las ofrendas voluntarias de la gente (Éxodo 25:1-7), que dio con tal generosidad que hubo que decirle que ya no hacía falta más (Éxodo 35:5-7).

El atrio del tabernáculo tenía 50 metros de largo por 25 de ancho (calculando que el codo tenía medio metro aproximadamente; más exactamente se calcula que eran 45 cm.). Estaba rodeado con una valla de cortina de lino torcido, de dos metros y medio de altura. El lino blanco se usaba para el Lugar Santísimo que rodeaba la presencia de Dios. Sostenían la cortina veinte columnas en cada uno de los lados Norte y Sur, y diez en los lados Este y Oeste. Las columnas descansaban en basas de bronce y tenían capiteles de plata. Había sólo una entrada, al Este, de diez metros de ancho por dos y medio de alto. Estaba hecha de lino fino torcido con azul, púrpura y carmesí. En el Atrio había dos cosas: el altar de bronce, cuadrado, de dos metros y medio de lado por metro y medio de altura, de madera de acacia recubierta de bronce; encima tenía una reja de bronce sobre la que se colocaban los sacrificios; y tenía cuatro cuernos en las cuatro esquinas a los que se ataban las víctimas. Estaba la fuente de bronce, que se hizo «de los espejos de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de Reunión» (Éxodo 38:8). (No existían en aquellos tiempos espejos de vidrio). No se nos dan las medidas de la fuente, en la que se bañaban los sacerdotes antes de llevar a cabo sus deberes sagrados.

El tabernáculo mismo estaba construido con cuarenta y ocho vigas de madera de acacia de 5 metros de alto por 75 centímetros de ancho. Estaban recubiertas de oro puro, y se apoyaban en basas de plata. Estaban unidas por fuera por medio de barras de madera, y por una barra que les pasaba por el centro. El tabernáculo estaba dividido en dos partes. La primera -los terceras partes del total- era el Lugar Santo; la parte interior -e1 otro tercio- era un cubo de 5 metros de lado que era el Lugar Santísimo. Cinco pilares de bronce sostenían el velo que había delante del Lugar Santo, que estaba hecho de lino torcido azul, púrpura y carmesí. En el Lugar Santo había tres cosas.

(i) El Candelabro de Oro. Estaba colocado en el lado Sur; hecho de un talento de oro puro labrado a martillo; sus siete lamparillas se alimentaban con aceite de oliva puro, y siempre estaban encendidas.

(ii) En el lado del Norte estaba La Mesa de los Panes de la Proposición. Estaba hecha de madera de acacia cubierta de oro, y tenía un metro de largo, setenta y cinco centímetros de ancho y noventa centímetros de alto. Sobre ella se colocaban todos los sábados doce panes, en dos filas de seis, hechos con la harina más pura, que sólo los sacerdotes podían comer cuando se colocaban nuevos el sábado siguiente.

(iii) Estaba El Altar del Incienso. Era de madera de acacia recubierta de oro, de medio metro cuadrado por un metro de alto, y en él se quemaba incienso todas las mañanas y tardes, lo que simbolizaba las oraciones del pueblo que se elevaban al Cielo. Delante del Lugar Santísimo estaba El Velo de azul, púrpura, carmesí y lino torcido con querubines bordados. Sólo el sumo sacerdote entraba en el Lugar Santísimo, sólo una vez al año, el Día de la Expiación, y sólo después de una preparación elaboradísima. En el Lugar Santísimo estaba El Arca del Pacto, en la que se guardaban tres cosas: la urna de oro que contenía maná, la vara de Aarón que reverdeció y las Tablas de la Ley. Estaba hecha de madera de acacia recubierta de oro por dentro y por fuera. Tenía dos codos y medio de largo, codo y medio de ancho y codo y medio de alto. Recordamos que se calcula que el codo tendría 45 centímetros. La cubierta se llamaba El Propiciatorio, y sobre ella había dos querubines de oro con las alas extendidas. Era allí donde estaba la misma presencia de Dios, porque Él había dicho: «De allí Me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el propiciatorio, de entre los dos querubines que están sobre el Arca del Testimonio» (Éxodo 25:22).

En toda esta belleza estaba pensando el autor de Hebreos… sin olvidar que era sólo una mera sombra de la realidad. Tenía en mente otra cosa de la que había de hablar otra vez: un israelita no podía pasar de la puerta del atrio del tabernáculo; los sacerdotes y los levitas sí podían entrar en el atrio; sólo los sacerdotes podían entrar en el Lugar Santo; y el sumo sacerdote era el único que podía entrar en el Lugar Santísimo. Todo era muy hermoso; pero las personas corrientes no podían acercarse a la presencia de Dios. Jesucristo quitó la barrera y abrió de par en par el acceso a la presencia de Dios para toda la humanidad.

El único acceso a la presencia de Dios

Una vez preparadas todas estas cosas, los sacerdotes no hacen más que entrar ininterrumpidamente en la primera parte del tabernáculo para llevar a cabo los diferentes actos de culto; pero en la segunda parte, el sumo sacerdote es el único que entra, y sólo una vez al año y no sin sangre, que ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo. Así daba a entender el Espíritu Santo que todavía no estaba abierto el acceso al Lugar Santísimo mientras siguiera en pie el primer tabernáculo. Ahora bien: el primer tabernáculo está por la era presente, según cuya liturgia se ofrecen sacrificios que no pueden perfeccionar la conciencia de los que ofrecen ese culto; y que, como está basado en comidas y bebidas y diversas clases de abluciones, no son más que ordenanzas materiales, establecidas hasta el tiempo en que llegue el nuevo orden de cosas.

Sólo el sumo sacerdote podía entrar en el Lugar Santísimo, y eso sólo el Día de la Expiación. El autor de Hebreos está aquí pensando en las ceremonias de ese día tan especial. No tenía que describírselas a sus lectores porque las conocían muy bien. Para ellos eran las ceremonias más sagradas del mundo. Tenemos que tener en mente su desarrollo y sentido si queremos entender el pensamiento de nuestro autor. La principal descripción del Día de la Expiación está en Levítico 16.

En primer lugar debemos preguntarnos: ¿qué sentido tenía el Día de la Expiación? Como ya hemos visto, la relación entre Israel y Dios era la del Pacto. El pecado por parte de Israel interrumpía esa relación, y todo el sistema sacrificial existía para hacer expiación por el pecado y restaurar la relación perdida. Pero, ¿qué sucedía si quedaban algunos pecados por los que no se había hecho expiación? ¿Y qué sucedía si ni siquiera se era consciente de esos pecados? ¿Qué sucedería si el mismo altar hubiera quedado profanado? Es decir, ¿qué pasaría si todo el sistema sacrificial no estuviera cumpliendo su misión?

El Día de la Expiación se resume en Levítico 16:33, 34: Y hará la expiación por el santuario santo, y el tabernáculo de reunión; también hará expiación por el altar, por los sacerdotes y por todo el pueblo de la congregación. Y esto tendréis como estatuto perpetuo, para hacer expiación una vez al año por todos los pecados de Israel.

Era un gran acto general de expiación por todos los pecados. Era un gran día, en el que todo el pueblo y todas las cosas se limpiaban, para que pudiera continuar la relación entre Dios e Israel. Con ese fin, era un día de humillación. « Afligiréis vuestras almas» (Levítico 16:29), que era otra manera de decir que ayunaran. Toda la nación ayunaba ese día, hasta los niños; y los judíos realmente devotos se preparaban para ese día ayunando los diez anteriores. El Día de la Expiación es diez días después del día de Año Nuevo del calendario judío, que es a primeros de septiembre del nuestro. Era con mucho el día más importante del año, para el sumo sacerdote especialmente.

Veamos, entonces, lo que sucedía en él. Por la mañana muy temprano, el sumo sacerdote se purificaba con un baño. Se ponía las santas vestiduras impresionantes que sólo usaba ese día, que se nos describen en Exodo 28 y 33: los pantalones de lino fino y la toga larga que le llegaba hasta los pies, tejida de una pieza; el manto del efod, largo, todo de azul oscuro, con una orla en la que se alternaban granadas de azul, púrpura y carmesí con campanillas de oro; sobre este manto se ponía el efod, que era probablemente una especie de túnica de lino, bordada en púrpura, carmesí y oro, con un cinto elaborado. Llevaba en los hombros las dos piedras de ónice en las que estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel, seis en cada una. Llevaba sobre la túnica el pectoral, de un palmo cuadrado, con doce piedras preciosas en las que estaban grabados los nombres de las tribus de Israel. De esta manera llevaba el sumo sacerdote al pueblo sobre sus hombros y sobre su corazón. En el pectoral estaban los Urim y Tumim, que se ha traducido por luces y perfecciones (Éxodo 28:30), pero que no se sabe exactamente qué eran; sólo que el sumo sacerdote los usaba cuando quería consultar la voluntad de Dios. En la cabeza llevaba una mitra alta, de lino fino, en la cual había una lámina de oro sujeta con una cinta azul en la que estaba grabado: «santidad al Señor.» Nos podemos figurar el aspecto deslumbrador que tendría el sumo sacerdote ese su gran día. El sumo sacerdote empezaba por hacer lo que se hacía todos los días. Quemaba el incienso de la mañana, hacía el sacrificio de la mañana, y se encargaba de recortar las mechas de las lámparas del Candelabro de los siete brazos, uno de los grandes símbolos de Israel. Luego se pasaba a la primera parte del ritual especial de ese día. Todavía con sus ropas solemnes, sacrificaba un becerro y siete corderos y un carnero (Números 29:7, 8). Entonces se quitaba las ropas solemnes, se lavaba otra vez y se ponía la ropa sencilla de lino blanco. Se le traía un becerro que él había comprado con su propio dinero; colocaba las manos en la cabeza del becerro a la vista de todo el pueblo, y confesaba su propio pecado y el de su casa: «Ah, Señor Dios, he cometido iniquidad; he cometido transgresión; he pecado, yo y mi casa. Oh Señor, Te suplico que cubras las iniquidades, transgresiones y pecados que he cometido, cometiendo transgresión y pecado delante de Ti, yo y mi casa, como está escrito en la Ley de Tu siervo Moisés: «Porque ese día, Él cubrirá (hará expiación) para ti dejándote limpio. De todas tus transgresiones delante del Señor serás limpiado.»

Se dejaba un momento el becerro ante el altar; y entonces se procedía con una de las ceremonias únicas del Día de la Expiación. Se presentaban dos machos cabríos, y una urna con dos suertes: una estaba marcada Para Jehová; y la otra Para Azazel -que algunas veces se traduce por chivo expiatorio.

Se echaban las suertes, y se colocaba cada una en la cabeza de cada macho cabrío. Un trozo de tela escarlata, como una lengua, se ponía en el cuerno del macho cabrío para Azazel; y se dejaban los dos un momento. Entonces el sumo sacerdote se volvía hacia el becerro que estaba delante del altar, y lo mataba haciendo una incisión en el cuello y echando la sangre en un cacharro que tenía un sacerdote; había que estar moviendo el cacharro para que no se coagulara la sangre. Entonces llegaba el primero de los grandes momentos: el sumo sacerdote cogía carbones encendidos del altar y los ponía en el incensario; luego cogía incienso, y lo ponía en un recipiente especial; luego entraba en el Lugar Santísimo para quemar el incienso en la presencia de Dios. Estaba estipulado que no debía permanecer más tiempo del necesario « para no hacer que se aterrara el pueblo.» La gente estaba esperando, conteniendo literalmente el aliento; y cuando salía de la presencia de Dios todavía con vida, el suspiro general de alivio producía una ráfaga de aire.

Cuando salía el sumo sacerdote del Lugar Santísimo, cogía el cuenco de la sangre del becerro, volvía a entrar en el Lugar Santísimo y rociaba siete veces por arriba y otras siete por abajo. Salía, mataba el macho cabrío marcado para Jehová, entraba con su sangre otra vez al Lugar Santísimo y rociaba otra vez. Entonces salía, mezclaba las sangres del becerro y del macho cabrío y rociaba siete veces los cuernos del altar del incienso y el mismo altar. Lo que quedaba de la sangre se ponía al pie del altar del holocausto. Así se purificaban el Lugar Santísimo y el altar de cualquier contaminación que pudieran tener.

Y entonces llegaba la ceremonia más conmovedora: se traía el chivo expiatorio; el sumo sacerdote le imponía las manos y confesaba su pecado y el pecado del pueblo, y el chivo era conducido al desierto, « a tierra deshabitada», cargado con los pecados del pueblo, y allí se le soltaba para que se marchara lo más lejos posible, o quedara a merced de las fieras.

Luego, el sumo sacerdote se volvía al becerro y al chivo muertos, y los preparaba para el sacrificio. Todavía vestido de lino leía la Escritura: Levítico 16; 23:27-32, y repetía de memoria Números 29:7-11. Entonces oraba por el sacerdocio y por el pueblo. Una vez más se lavaba con agua y se ponía las vestiduras solemnes. Sacrificaba primero un cabrito por los pecados del pueblo; luego hacía los sacrificios normales de la tarde; luego sacrificaba las partes ya preparadas del becerro y del macho cabrío. A continuación se lavaba otra vez, se quitaba las vestiduras solemnes, se ponía las de lino blanco, y entraba por cuarta y última vez en el Lugar Santísimo para retirar el incensario que había estado ardiendo allí todo el tiempo. De nuevo se lavaba, se ponía las vestiduras solemnes, quemaba la ofrenda de incienso de la tarde, recortaba las mechas de las lamparillas del candelabro y daba por terminado su trabajo del día. Por la noche daba una fiesta para celebrar que había estado en la presencia de Dios y seguía vivo.

Ese era el ritual del Día de la Expiación, el día señalado para purificar de pecado todas las cosas y al pueblo. Esto era lo que tenía en mente e iba a explicar a continuación el autor de Hebreos. Pero también estaba pensando en otras cosas.

Todos los años había que repetir esta ceremonia. A todos les estaba prohibido entrar a la presencia de Dios menos al sumo sacerdote, y a él era algo que le producía terror. La purificación era meramente externa, con lavatorios de agua. El sacrificio consistía en animales y en su sangre. Todo aquello era un fracaso, porque tales cosas no pueden expiar el pecado. En todo ello, el autor de Hebreos ve un reflejo difuso de la realidad, una reproducción fantasmagórica del único Sacrificio verdadero: el de Cristo. Era un ritual impresionante, digno y hermoso; pero no era más que una sombra ineficaz. Jesucristo es el único Sacerdote y el único Sacrificio que pueden ofrecer el acceso a Dios a toda la humanidad.

El sacrificio que nos da acceso a Dios

Pero cuando apareció Cristo, Sumo Sacerdote de las cosas buenas por venir, por medio de un Tabernáculo mayor y más capaz de producir los resultados para los que fue diseñado, un Tabernáculo no hecho por manos humanas -es decir, un Tabernáculo que no pertenece a este mundo- , y no por la sangre de machos cabríos o de becerros, sino por la Suya propia, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, asegurándonos una Redención eterna. Porque, si la sangre de machos cabríos y becerros y las cenizas de una becerra podían, al rociarse, purificar a los inmundos para que sus cuerpos quedaran limpios, ¡cuánto más la sangre de Cristo, Que por el Espíritu eterno se ofreció a Sí mismo sin defecto a Dios, limpiará vuestra conciencia para que podáis dejar las obras que producen muerte y seáis servidores del Dios vivo!

Para entender este pasaje debemos tener presentes tres cosas qué eran básicas en el pensamiento del autor de Hebreos.

(i) Religión es acceso a Dios. Su misión es introducir al hombre a la presencia de Dios.

(ii) Este es un mundo de sombras difusas y de copias imperfectas; el mundo de las realidades está más allá. El propósito de toda clase de culto es poner a los seres humanos en contacto con las realidades eternas. Eso era lo que se suponía que podía hacer el culto del tabernáculo; pero el tabernáculo terrenal y su culto eran copias imperfectas del Tabernáculo real y de su Culto; y solamente el Tabernáculo y el Culto verdaderos pueden dar acceso a la realidad.

(iii) No puede haber religión sin sacrificio. La purificación ha de ser costosa; el acceso a Dios requiere pureza; el pecado humano tiene que ser expiado, y su inmundicia tiene que ser limpiada. Con estas ideas en mente, el autor de Hebreos prosigue a demostrar que Jesús es el Sumo Sacerdote que ofrece el único Sacrificio que puede dar acceso a Dios, que es el Sacrificio de Sí mismo en perfecta obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz (Cp. Filipenses 2:8).

Para empezar, se refiere a algunos de los grandes sacrificios que los judíos tenían costumbre de ofrecer a Dios en el Antiguo Pacto.

(i) Estaban los sacrificios de becerros y de machos cabríos. Aquí se está refriendo a dos de los grandes sacrificios del Día de la Expiación -el del becerro que tenía que ofrecer el sumo sacerdote por sus propios pecados, y el del chivo expiatorio que se llevaba al desierto cargado con los pecados del pueblo (Levítico 16:15, 21, 22).

(ii) Estaba el sacrificio de la vaca alazana. Este extraño ritual se nos describe en Números 19. Según la ley ceremonial judía, si alguien tocaba un cuerpo muerto, quedaba inmundo, excluido del culto; y todo lo que tocara o le tocara quedaba contaminado. Para purificarse se había prescrito un método: una vaca alazana se mataba fuera del campamento; el sacerdote salpicaba la sangre de la vaca delante del tabernáculo siete veces; luego se quemaba el cuerpo del animal con cedro, hisopo y un paño escarlata. Las cenizas que quedaban se dejaban fuera del campamento en un lugar limpio, y constituían una purificación del pecado. Este ritual debe de ser muy antiguo, porque no se explican ni su origen ni su significado. Los judíos de tiempos más recientes contaban que una vez le preguntó un gentil a Yojanán ben Zakkai qué quería decir ese rito, porque a él le parecía mera superstición; y el rabino le contestó que había sido establecido por el Santo Dios, y que no teníamos que preguntar las razones, sino dejar la cosa como estaba, aunque no lo entendiéramos. El hecho es que era uno de los grandes ritos de los judíos.

El autor de Hebreos hace referencia a estos sacrificios, y seguidamente declara que el Sacrificio que ofreció Jesús es incalculablemente mayor y más efectivo. Debemos preguntarnos antes qué entiende por el mayor y más efectivo Tabernáculo no hecho con manos humanas. Esa es una pregunta a la que no se puede dar una respuesta indiscutible; pero casi todos los teólogos de la antigüedad coincidieron en decir que este nuevo Tabernáculo que introduce a la humanidad a la misma presencia de Dios no es sino el Cuerpo de Cristo. Sería otra manera de decir: « El que Me ha visto ha visto al Padre» (Juan 14:9). El culto del antiguo tabernáculo tenía la finalidad de introducir al pueblo de Israel a la presencia de Dios, cosa que no podía hacer sino de una forma difusa e imperfecta. La venida de Jesús trajo a Dios realmente al mundo e hizo que los hombres estuvieran en presencia de Dios.

La gran superioridad del Sacrificio que ofreció Jesús radica en tres cosas.

(i) Los sacrificios antiguos limpiaban el cuerpo humano de la impureza ceremonial; el Sacrificio de Jesús limpia el alma. Debemos tener esto siempre presente: en teoría, los sacrificios no limpiaban más que de las transgresiones de la ley ritual; no otorgaban el perdón de los pecados del corazón rebelde. Fijaos en el sacrificio de la vaca alazana: no era una impureza moral la que se limpiaba con este sacrificio, sino la impureza ritual que se contraía al tocar un cuerpo muerto. El cuerpo de una persona podía estar ritualmente limpio, y su corazón estar lleno de suciedad moral. Esa persona se podía sentir libre para entrar en el tabernáculo, y sin embargo estar muy lejos de la presencia dé Dios. El Sacrificio de Jesús libera la conciencia humana del peso del pecado porque nos trae el perdón de Dios. Los sacrificios animales del Antiguo Pacto podían dejar a los que los ofrecían a una distancia insalvable de Dios; el Sacrificio de Jesús nos presenta a un Dios que nos espera siempre con los brazos abiertos y en Cuyo corazón no hay más que amor.

(ii) El Sacrificio de Jesús obtuvo una Redención eterna. La humanidad estaba bajo el dominio del pecado; y, de la misma manera que había que pagar un precio para liberar a un hombre de la condición de esclavo, así también había que pagar un precio para liberar a un hombre del dominio del pecado.

(iii) El Sacrificio de Cristo permite al hombre dejar las obras de muerte y llegar a ser servidor del Dios vivo. Es decir: no solamente gana el perdón de los pecados pasados, sino permite vivir en adelante una vida nueva, limpia y útil. El Sacrificio de Jesús hizo más que pagar una deuda; ganó la victoria sobre el pecado. Lo que hizo Jesús pone al hombre en la debida relación con Dios; y lo que Jesús hace le permite al hombre seguir en la debida relación con Dios. La Obra de la Cruz trae a los hombres el amor de Dios de tal manera que los libra del terror que Le tenían antes; la presencia del Cristo vivo les trae el poder de Dios que les permite ganarle la batalla al pecado diariamente y en todas las situaciones.

Westcott indica cuatro maneras en las que el Sacrificio de Sí mismo que ofreció Jesús difiere de los sacrificios animales del Antiguo Pacto.

(i) El Sacrificio de Jesús fue voluntario. A los animales se les quitaba la vida; Jesús dio Su vida. Voluntariamente la ofreció por sus amigos (Cp. Juan 10:18; 15:13, 14).

(ii) El Sacrificio de Jesús fue espontáneo. El sacrificio de los animales era el producto de la Ley; el Sacrificio de Jesús fue el producto del amor. Pagamos nuestras deudas a un comerciante porque tenemos que hacerlo; le hacemos un regalo a un ser querido porque le queremos. No era la Ley, sino el Amor lo que estaba detrás del Sacrificio de Cristo.

(iii) El Sacrificio de Jesús fue racional. La víctima animal no sabía lo que estaba sucediendo; Jesús sabía todo el tiempo lo que estaba haciendo. Murió, no como una víctima ignorante a merced de circunstancias que no entendía y sobre las cuales no tenía ningún control, sino con los ojos abiertos.

(iv) El Sacrificio de Jesús era moral. El sacrificio de los animales era mecánico; pero Jesús ofreció Su Sacrificio por el Espíritu eterno. Lo que sucedió en el Calvario no era una cuestión de ritual prescrito y llevado a cabo mecánicamente; era algo que Jesús hacía en obediencia a la voluntad. de Dios y por los hombres. Detrás estaba, no la mecánica de la Ley, sino la libre elección del Amor.

La única manera de obtener el perdón

Es por medio de ÉL como se instituye el Nuevo Pacto entre Dios y la humanidad; y el propósito que subyace detrás de este Nuevo Pacto es que los que han sido llamados reciban la herencia eterna que se les ha prometido; pero esto sólo podía suceder después de producirse una muerte, cuyo propósito sería rescatarlos de las consecuencias de las transgresiones que se habían cometido bajo las condiciones del Antiguo Pacto. Porque, tratándose de un testamento, es necesaria la evidencia de la muerte del testador para que entre en vigor. Es con la muerte de las personas como se confirma un testamento, porque no cabe duda de que no puede ser operativo mientras el testador continúe vivo. Por eso es por lo que hasta el Antiguo Pacto-Testamento no se inauguró sin sangre. Porque, después de anunciar Moisés a todo el pueblo todos y cada uno de los mandamientos que establece la Ley, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el libro mismo y también a todo el pueblo, mientras decía: « Esta es la sangre del Pacto cuyas condiciones Dios os manda que cumpláis.» Y también roció con sangre el tabernáculo y todos los instrumentos que se usaban en su culto. Bajo las condiciones que establece la Ley, se puede decir que casi todo se purifica con sangre. Sin derramamiento de sangre no puede haber perdón.

Este es uno de los pasajes más difíciles de toda la carta, aunque no lo sería para los primeros destinatarios, que estaban familiarizados con los detalles del ritual sacerdotal así como con estos métodos de exégesis y de expresión.

Como ya hemos visto, la idea del pacto es fundamental en el pensamiento del autor, que entiende por él la relación entre Dios y el hombre. El primer Pacto dependía del cumplimiento de la Ley por parte del hombre; en cuanto se quebrantaba la Ley, el Pacto quedaba sin efecto. Recordemos que, para nuestro autor, Religión quiere decir acceso a Dios. Por tanto, el significado básico del Nuevo Pacto que ha establecido Jesús es que el hombre puede tener acceso a Dios; o, para decirlo de otra manera, puede vivir en relación con Él. Pero aquí está la dificultad. Las personas ya llegan al Nuevo Pacto manchadas por los pecados que han cometido en el Antiguo Pacto, que el antiguo sistema sacrificial era impotente para expiar. Por tanto, el autor de Hebreos tiene una idea luminosa, y dice que el Sacrificio de Cristo es retroactivo; es decir, es eficaz para borrar los pecados que se cometieron bajo el Antiguo Pacto, y para inaugurar la relación que se promete en el Nuevo.

Todo eso parece muy complicado, pero detrás de ello hay dos grandes verdades eternas. La primera, que el Sacrificio de Jesús obtiene el perdón para los pecados pasados. Debería castigársenos por lo que hemos hecho e impedido hacer a Dios; pero, en virtud de lo que Jesús ha hecho, la deuda queda saldada, la desobediencia perdonada y la barrera retirada. La segunda verdad es que el Sacrificio de Jesús abre una nueva vida hacia el futuro: abre el acceso a la comunión con Dios.

El Dios al Que nuestro pecado había convertido en un extranjero, es ahora nuestro Amigo por el Sacrificio de Cristo. Gracias a Su Obra, la carga del pasado se nos ha quitado de encima, y ahora podemos vivir con Dios.

El siguiente paso del argumento nos parece una manera extraña de razonar. La cuestión que tenía en mente el autor es por qué esta nueva relación con Dios exigía la muerte de Cristo. Y la contesta de dos maneras.

(i) La primera respuesta se encuentra en el sentido de la palabra diathéké, que ha llegado a ser el más frecuente en la literatura cristiana. Todos nos hemos acostumbrado a hablar del Antiguo y Nuevo Testamento (Diathéké) en lugar de pacto o alianza, y debemos esta terminología a este pasaje de la Carta a los Hebreos. Hasta el versículo 16 se ha venido usando diathéké en el sentido bíblico corriente de pacto; pero a partir de aquí se le aplica el sentido de última voluntad o testamento. Como un testamento no llega a ser operativo hasta que muere el testador, el autor de Hebreos dice que el Nuevo Diathéké no puede darse por definitivo sin la muerte de Cristo.

(ii) La segunda respuesta se remonta al sistema sacrificial del Antiguo Testamento y a Levítico 17:11: « Porque la vida de la carne en la sangre está, y Yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; porqué es la sangre la que hace expiación.» « Sin derramamiento de sangre no puede haber expiación por el pecado», era un principio bien conocido entre los judíos. Así es que el autor de Hebreos se retrotrae a la inauguración del primer Pacto, en tiempos de Moisés; al momento en que el pueblo aceptó la Ley como la condición de su especial relación con Dios. Se nos dice que se hicieron sacrificios, y que Moisés «tomó la mitad de la sangre y la puso en vasijas; y esparció la otra mitad de la sangre sobre el altar.» Después de leer el libro de la Ley y que el pueblo lo aceptara, Moisés tomó la sangre que quedaba y la roció sobre el pueblo y dijo: « He aquí la sangre del pacto que el Señor ha hecho con vosotros de acuerdo con todas estas palabras» (Éxodo 24:1-8). A1 parecer aquí el autor de Hebreos iritroduce en la cita los becerros y machos cabríos y la lana escarlata y el hisopo que aparecen en el pasaje del Día de la Expiación, y menciona el tabernáculo, que todavía no se había construido; probablemente lo hace porque todo estaba presente en su mente y tiene relación con el tema que viene desarrollando. La idea fundamental es que no puede haber purificación ni ratificación de ningún pacto sin derramamiento de sangre. Por qué haya de ser así no hace falta explicarlo; basta con que lo afirme la Escritura. La razón que se implica y alude aquí es que la sangre es la vida, y la vida es lo más precioso que hay en el mundo, por lo que sólo se ha de ofrecer a Dios.

Todo esto se remonta al ritual del Antiguo Testamento, que no tiene más que un interés histórico; pero detrás de ello hay un principio eterno: El perdón es costoso. EL perdón humano es costoso. Un hijo o una hija se pueden descarriar, y puede que el padre o la madre los perdonen; pero ese perdón conlleva lágrimas, canas en el pelo, arrugas en el rostro, angustia y dolor de corazón. No se puede decir que no cueste nada. El perdón de Dios es costoso. Dios es amor, pero también es santo. Él es el Que menos puede quebrantar las grandes leyes morales sobre las que está construido el universo. El pecado debe recibir su castigo, o se desintegrará la misma estructura de la vida. Y Dios es el único que puede pagar el terrible precio que cuesta el perdón de la humanidad. Perdonar no es nunca decir: « Está bien. No importa.» Es lo más costoso del mundo. Sin el derramamiento de la sangre del corazón no puede haber perdón de pecados. Nada le hace a uno recapacitar con más fuerza que el ver el efecto que ha producido su pecado en alguien que le ama en este mundo, o en Dios, Que le ama por toda eternidad; y el decirse: «Eso es lo que costó perdonar mi pecado.» Donde ha de haber perdón, alguien ha de ser crucificado.

La purificación integral

Así que, si era necesario que las cosas que no son más que copias de las realidades celestiales se purificaran por tales procesos, es necesario que las realidades celestiales mismas se purifiquen por medio de sacrificios más excelentes que los que hemos venido estudiando. No ha sido a un santuario de fabricación humana donde ha entrado Cristo -cosa que no habría sido nada más que un mero símbolo de las cosas reales. ¡Ha sido en el mismo Cielo donde ha entrado, para presentarse esta vez como nuestro representante ante la misma presencia de Dios! Y no va a tener que ofrecerse repetidamente, como entra el sumo sacerdote año tras año en el Lugar Santísimo con sangre que no es suya propia. Si así fuera, Cristo habría tenido que sufrir una y otra vez desde que empezó el mundo. Ahora, de veras, una vez para siempre, al fin del tiempo presente, Él se ha presentado con el Sacrificio de Sí mismo, para cancelar la deuda de nuestros pecados. Y, de la misma manera que está establecido que los hombres no mueran más que una vez por todas para después presentarse ajuicio, así también Cristo, después de ser sacrificado de una vez para siempre para sobrellevar la carga de los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez, no ya para resolver el problema del pecado, sino para traer la Salvación a todos los que Le están esperando. El autor de Hebreos sigue pensando en la suprema eficacia del Sacrificio de Jesús; y comienza con un vuelo de pensamiento que es alucinante hasta para un escritor tan aventurero como él. Recordemos otra vez la idea básica de la carta, de que el culto de este mundo no es más que una copia confusa del Culto real. El autor dice que, en este mundo, los sacrificios levíticos estaban diseñados para purificar los medios del culto; por ejemplo: los sacrificios del Día de la Expiación purificaban el tabernáculo, el altar y el Lugar Santísimo. Ahora pasa a decir que la Obra de Cristo purifica no sólo la Tierra, sino también el Cielo. Tiene el pensamiento grandioso de una especie de Redención cósmica que purifica todo el universo, visible e invisible.

Así que procede a subrayar una vez más en qué son supremos la Obra y el Sacrificio de Cristo.

(i) Cristo no entró en ningún santuario de fabricación humana, sino en la misma presencia de Dios. Debemos pensar en el Evangelio, no en términos de membresía de una iglesia, sino en términos de íntima comunión con Dios.

(ii) Cristo entró a la presencia de Dios, no solamente por Sí mismo, sino también como nuestro Representante. Entró para abrirnos el camino a nosotros, y para defender nuestra causa. En Cristo se da la paradoja más grande del mundo: la paradoja de la más excelsa gloria y del más humilde servicio, la paradoja de Uno por Quien existe todo el universo y Que existe para el universo, la paradoja del Rey eterno y del eterno Servidor.

(iii) El Sacrificio de Cristo no es necesario que se repita nunca. Año tras año se tenía que seguir el ritual del Día de la Expiación, porque había que expiar nuevamente las cosas que bloqueaban el camino hacia Dios; pero ya, gracias al Sacrificio de Cristo, el camino que conduce a Dios está abierto para siempre. Los hombres siempre han sido pecadores, y siempre lo serán; pero eso no quiere decir que Cristo tenga que seguir ofreciéndose a Sí mismo una y otra vez. El acceso está abierto de una vez para siempre. Podemos poner un ejemplo sencillo: Hacía mucho tiempo que cierta operación quirúrgica se consideraba imposible; pero un buen día, un buen cirujano descubre la manera de salvar las dificultades, y desde ese día el camino está abierto, y la operación es posible. Podemos decir que nunca habrá nada que añadir a la Obra de Cristo para abrir el camino que conduce a los pecadores a la presencia de Dios.

Por último, el autor de Hebreos traza un paralelismo entre la vida del hombre y la vida de Cristo.

(i) El hombre muere, y después viene el juicio. Eso ya era un golpe para los griegos, que pensaban que todo terminaba con la muerte. «Una vez que la tierra bebe la sangre de una persona dijo Esquilo-, ya no hay más que muerte, sin resurrección.» Y Eurípides: « No puede ser que los muertos vuelvan a la luz.» Homero hace decir a Aquiles cuando llega a las sombras: «Preferiría vivir sobre la tierra como jornalero de otro, con alguien que no tenga tierras y que viva con poco, antes que estar a la cabeza de todos los muertos que ya no son.» Mimnermo escribe con desesperación: ¡Oh Amor dorado! ¿Qué vida, qué gozo hay como el tuyo? ¡Venga la muerte cuando te hayas ido! ¡Ponga punto final!

Hay un sencillo epitafio griego: ¡Adiós, tumba de Melité; aquí yace la mejor de las mujeres, que amó a su amante marido Onésimo; tú fuiste la más excelente, por tanto, él te anhela después de tu muerte, porque fuiste la mejor de las esposas! ¡Adiós a ti también, amado esposo! Sólo, ama a mis hijos…»

Como G. Lowes Dickinson hace notar, en griego, la primera y la última palabra de un epitafio es «¡Adiós!» La muerte es el fin. Cuando Tácito está escribiendo su tributo en la biografía del gran Agrícola, lo único que puede decir al final es « Si…»

Si hubiera alguna morada para los espíritus de los justos; si, como desean los sabios, las almas grandes no perecieran con el cuerpo, ¡descansa en paz! « Si» es la única palabra. Marco Aurelio decía que, cuando muere un hombre y su chispa vuelve a perderse en Dios, todo lo que queda es «polvo, cenizas, huesos y hedor.» Lo significativo de este pasaje de Hebreos es su certeza de que el hombre resucitará; y la advertencia de que resucita para ser juzgado.

(ii) Con Cristo es diferente: murió, resucitó y volverá otra vez, no para ser juzgado sino para juzgar. La Iglesia Primitiva no se olvidó nunca de la esperanza en la Segunda Venida. Latía en toda su fe. Pero para los incrédulos era una perspectiva terrible.

Como leemos en Enoc acerca del Día del Señor antes que Cristo viniera: «Para todos vosotros, pecadores, no hay salvación, sino que lo que vendrá sobre vosotros será la destrucción y la maldición.» De alguna manera habrá de venir la consumación. Ese día, si Cristo viene como Amigo, no puede ser más que un día glorioso; si viene como un extraño o como Uno al Que hemos considerado un enemigo, sólo puede ser un día de juicio. Uno puede esperar el fin de todas -las cosas con gozosa expectación, o con desesperado terror. La diferencia sólo depende de cómo estemos con Cristo.

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