Hebreos 6 La necesidad de progresar

Hebreos 6: La necesidad de progresar

Así que, dejemos ya atrás la enseñanza cristiana elemental, y dejémonos llevar adelante hacia la plena madurez; porque no nos podemos eternizar echando los cimientos, y enseñando acerca del arrepentimiento de las obras muertas, y dando información acerca de los lavatorios, la imposición de manos, la resurrección de los muertos y la sentencia que perdura por toda eternidad. Dios mediante, eso será lo que hagamos.

El autor de Hebreos está seguro de que el progreso es necesario en la vida cristiana. Ningún maestro llegaría a nada si no hiciera más que empezar por el principio una y otra vez cuando se pusiera a enseñar. El autor de Hebreos dice que sus alumnos deben proseguir adelante hacia lo que él llama teleiotés. La versión Reina-Valera traduce esta palabra por perfección. Pero téleios, el adjetivo, y las demás palabras de la misma familia, tienen un sentido técnico. Pitágoras dividía a sus alumnos en hoi manthanontes, los que están aprendiendo, y hoi téleioi, los mayores. Filón dividía a sus alumnos en tres clases diferentes: hoi arjomenoi, los principiantes; hoi prokoptontes, los que están avanzando, y hoi teleiómenoi, los que están empezando a alcanzar la mayoría de edad. Teléiotés no implica un conocimiento completo, sino una cierta mayoría de edad en la fe cristiana.

El autor de Hebreos quiere decir dos cosas por mayoría de edad.

(i) Algo que tiene que ver con la mente. Quiere decir que, conforme una persona va avanzando en edad, debe pensarse las cosas por sí misma. Por ejemplo: debe ser capaz de decir mejor Quién cree que es Jesús. Debe tener una comprensión más profunda, no sólo de los hechos, sino también del significado de la fe cristiana.

(ii) Algo que tiene que ver con la vida. Conforme uno se va haciendo mayor, debe haber más y más reflejo de Cristo en él. Tiene que estar desembarazándose todo el tiempo de viejas faltas, y adquiriendo nuevas virtudes. Deben amanecer cada día en su vida una nueva serenidad y una nueva nobleza. Como dice la Oración de una monja del siglo XVII, de fuente desconocida: SEÑOR: Tú sabes mejor que yo que me voy haciendo mayor, y algún día seré vieja. Guárdame del hábito fatal de creer que siempre tengo que decir algo sobre todos los asuntos y en todas las situaciones. Líbrame de empeñarme en arreglarles la vida a los demás. Hazme reflexiva, pero no maniática; dispuesta a ayudar, pero no a mangonear. Con un arsenal de sabiduría como el mío parece una lástima no usarlo todo; pero Tú sabes, Señor, que quiero conservar algunos amigos hasta el final.

Mantén mi mente libre del recital de detalles interminables; dame alas para ir derecha al grano. Sella mis labios a mis angustias y dolores. Crecen como los hongos, y el desplegarlos le va resultando a una cada vez más dulce con el paso de los años. No me atrevo a pedir la gracia suficiente para escuchar con interés las historias de los males de los demás, pero ayúdame a soportarlas con paciencia.

No me atrevo a pedir mejor memoria, pero sí una humildad creciente y no tanta seguridad cuando mis recuerdos parecen estar en conflicto con los de otros.

Enséñame la gloriosa lección de que a lo mejor estoy equivocada. Manténme razonablemente dulce; no quiero ser una santa -con algunos de ellos no se podía vivir-; pero una vieja gruñona es una de las más logradas obras maestras del diablo. Dame la capacidad de descubrir cosas buenas en lugares inesperados, y talentos en personas insospechadas. Y dame, Señor, la gracia de decírselo. AMÉN.

Uno no se puede parar en la vida cristiana. Se dice de Cromwell que tenía en su biblia de bolsillo un lema en latín: Qui cessat esse melior cessat esse bonus -El que deja de ser mejor, deja de ser bueno. Este pasaje nos permite ver qué era lo que la Iglesia Primitiva consideraba el Cristianismo básico.

(i) Está el arrepentimiento de las obras muertas. La vida cristiana empieza por el arrepentimiento; y el arrepentimiento (metánoia) es literalmente un cambio de mentalidad. Conlleva una nueva actitud para con Dios, la gente, la vida y el yo. Es un arrepentimiento de obras muertas. ¿Qué entiende el autor de Hebreos por esta extraña frase? Hay muchas cosas que puede que quiera decir, todas relevantes y sugestivas.

(a) Puede que las obras muertas sean acciones que traen la muerte. Puede que sean las acciones inmorales, egoístas, impías, desamadas, sucias, que conducen a la muerte.

(b) Puede que sean obras que contaminan. Para un judío, lo que más contaminaba era tocar un cuerpo muerto. El hacerlo le dejaba a uno en estado de impureza ritual, y le impedía el acceso al culto hasta que se purificara. Las obras muertas puede que sean las que contaminan el carácter y le separan a uno de Dios.

(c) Puede que sean obras que no tienen ninguna relación con el carácter. Para los judíos, la vida era el ritual; si observaban las debidas ceremonias a su debido tiempo, eran buenos. Pero ninguna de estas cosas tenía ninguna influencia en su carácter. Puede que el autor de Hebreos quisiera decir que el cristiano ha roto con los rituales sin sentido y con los convencionalismos de la vida para dedicarse a las cosas que ahondan el carácter y desarrollan el alma y la vida.

(ii) Está la fe que mira hacia Dios. La primera cosa esencial de la vida cristiana es mirar hacia Dios. El cristiano decide sus acciones, no por el veredicto de los hombres, sino por el de Dios. No busca la salvación en sus propios méritos, sino sólo en la Gracia de Dios.

(iii) Está la información acerca de los lavatorios. Esto quiere decir que el cristiano debe darse cuenta de lo que quiere decir de veras el bautismo. El primer libro de enseñanza cristiana para los que estaban a punto de entrar en la iglesia y el primer libro de orden de cultos se llama La Didajé, La enseñanza de los Doce Apóstoles. Se escribió alrededor del año 100 d.C., y establece las reglas para el bautismo cristiano. Para entonces todavía no había surgido el bautismo infantil. Las personas venían directamente del paganismo, y el bautismo era la entrada en la iglesia y la confesión de fe. La Didajé empieza por seis capítulos cortos acerca de la fe y de la vida cristiana. Empieza diciéndole al candidato al bautismo lo que debe creer y cómo debe vivir. Y luego, a partir del capítulo siete, prosigue: « Por lo que se refiere al bautismo, bautizarás de la siguiente manera: Cuando hayas instruido al candidato sobre todas estas cosas, bautízale en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo en agua corriente. Si no dispones de agua corriente, bautízale en cualquier clase de agua. Sino le puedes bautizar en agua fría, úsala caliente. Si no puedes obtener ninguna de las dos, derrama agua tres veces sobre la cabeza del candidato en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Antes de bautizarle, haz que ayunen el candidato y el que le va a bautizar, y que los que puedan hagan lo mismo. Debes exhortar al bautizando a que ayune dos o tres días antes de la ceremonia.»

Esto es interesante. Demuestra que el bautismo de la Iglesia Primitiva era, si se podía, por inmersión total. Nos cuenta que a la persona que iba a recibir el bautismo, o se la sumergía, o se le derramaba agua tres veces, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Tomamos nota de que al bautismo precedía un tiempo de instrucción, porque había que practicar la fe y la vida cristiana antes de recibir el sacramento del bautismo. El candidato tenía que preparar, no sólo su mente, sino también su espíritu, mediante el ayuno. En aquellos días nadie entraba en la iglesia sin saber lo que hacía. Por eso el autor de Hebreos dice: « Antes de recibir el bautismo, ya se os instruyó acerca de las cosas fundamentales de la fe cristiana. No debe haber necesidad de volver a ellas. Ahora tenéis que edificar una fe más plena sobre ese cimiento.»

(iv) Está la imposición de manos. En la práctica judía, esto tenía tres significados.

(a) Era la señal de la transferencia de la culpa. El sacrificador ponía las manos sobre la cabeza de la víctima para simbolizar el hecho de que transfería su culpa al
animal que ofrecía.

(b) Era la señal de la transferencia de la bendición. Cuando un padre bendecía a su hijo, ponía sus manos sobre la cabeza del hijo como una señal de que le transmitía su bendición.

(c) Era la señal de que se apartaba a una persona para una tarea especial. A un hombre se le imponían las manos cuando se le ordenaba para el ministerio.

En la Iglesia Primitiva se le imponían las manos al que había sido bautizado, para que recibiera el Espíritu Santo (Hechos 8:17; 19:6). Esto no se ha de entender en sentido material. En aquellos días se miraba a los apóstoles con reverencia porque habían sido los amigos de Jesús en la Tierra. Era realmente emocionante que le tocara a uno una persona que había estado con Jesús y había tocado Sus manos. El efecto de la imposición de manos no dependía de la posición del que las imponía, sino de su carácter y de lo cerca que estaba de Jesús.

(v) Está la resurrección de los muertos. Desde el principio, el Cristianismo fue una religión de inmortalidad. Le daba al hombre dos mundos en los que vivir; le enseñaba que lo mejor estaba todavía por venir, lo que hacía este mundo un lugar de entrenamiento para la eternidad.

(vi) Está la sentencia que perdura por toda eternidad. El Cristianismo fue desde el principio una religión de juicio. A ningún cristiano se le dejaba olvidar que, al final, tendría que encontrarse con Dios, y que lo que Dios pensara de él era infinitamente más importante que lo que pensara la gente, entre otras cosas porque sus consecuencias perdurarían por toda eternidad.

Crucificar a cristo otra vez

Porque los que fueron iluminados ya una vez, y saborearon el don gratuito del Cielo, y llegaron a participar del Espíritu Santo, y saborearon la maravillosa Palabra de Dios y los poderes de la era venidera… y se han vuelto atrás, es imposible que pasen otra vez por la renovación del arrepentimiento; porque lo que están haciendo ésos es crucificar por sí mismos otra vez al Hijo de Dios y hacer de Él un espectáculo grotesco. Porque, cuando la tierra ha bebido la lluvia que viene regularmente sobre ella y produce verduras que son útiles a los que la cultivan, participa de la bendición de Dios; pero, cuando no produce más que espinos y cardos, se la abandona y deja como cosa maldita, y al final se la destina al fuego.

Este es uno de los pasajes más terribles de la Escritura. Empieza con una especie de lista de los privilegios de la vida cristiana.

El cristiano ha sido iluminado. Esta es una de las ideas favoritas del Nuevo Testamento. Sin duda tiene su origen en la figura de Jesús como la Luz del mundo, la Luz que ilumina a todas las personas que vienen al mundo (Juan 1:9; 9:5). Como dijo el mártir Bilney: « Cuando oí las palabras: «Jesucristo vino al mundo a salvar pecadores», fue como si rompiera el día de pronto en medio de la más oscura noche.» La luz del conocimiento, del gozo y de la dirección amanece cuando se encuentra a Cristo. Tan íntimamente entretejida con el Cristianismo llegó a estar esta idea que la iluminación (fótismós) llegó a ser sinónima de bautismo, y el ser iluminado (fótízesthai), de ser bautizado. De hecho, eso es lo que muchos han entendido, y han considerado que este pasaje quiere decir que no hay posibilidad de perdón para los pecados que se cometen después de haber sido bautizado. De ahí que haya habido tiempos y lugares en los que el bautismo se ha pospuesto hasta el momento de la muerte para mayor seguridad. Más adelante discutiremos esa idea.

El cristiano ha saboreado el don gratuito que viene del Cielo. Sólo en Cristo podemos encontrar la paz con Dios. El perdón no es algo que se puede ganar; es un don gratuito. Sólo cuando venimos a la Cruz, nuestra carga rueda sima abajo. El cristiano conoce por experiencia el inconmensurable alivio que nos trae el perdón de Dios. Como cantó El Peregrino: Vine cargado con la culpa mía de lejos, sin alivio a mi dolor; mas en este lugar, ¡oh, qué alegría!, mi solaz y mi dicha comenzó.

Aquí cayó mi carga, y su atadura en este sitio rota yo sentí. . ¡Bendita Cruz, bendita sepultura! ¡Y más bendito Quien murió por mí! El cristiano participa del Espíritu Santo. Tiene en su vida una nueva dirección y un poder nuevo. Ha descubierto la presencia de un poder que no sólo le dice lo que tiene que hacer, sino que le ayuda a hacerlo.

El cristiano saborea la maravillosa Palabra de Dios. Esta es otra manera de decir que ha encontrado la verdad. Es característico de los seres humanos el buscar la verdad a tientas, como los ciegos. Es parte del castigo y del privilegio de ser seres humanos el no poder descansar hasta que hemos descubierto el sentido de la vida. En la Palabra de Dios encontramos la Verdad y el sentido de la vida.

El cristiano saborea los poderes de la era venidera. Los judíos creían que el tiempo se dividía en dos eras: la era presente (ho nyn aión), que era totalmente mala, y la era por venir (ho mellón aión), que sería totalmente buena. Algún día Dios intervendría; vendría una sacudida destructora, y el Día del Señor. Entonces terminaría esta era presente, y empezaría la era por venir. Pero el cristiano saborea ya, aquí y ahora, las bendiciones de la era por venir, del Reino de Dios. Aun en el tiempo prueba, saborea ya anticipadamente la eternidad. El autor de Hebreos completa así su brillante catálogo de las bendiciones del cristiano; y después, de pronto, resuena como un trueno: «¡Pero se vuelven apóstatas, se vuelven atrás!»

¿Qué quiere decir con eso de que es imposible que los que se han convertido en apóstatas no pueden ser renovados para arrepentimiento? Muchos pensadores han tratado de darle la vuelta a esta palabra imposible (adynaton). Erasmo sostuvo que había que tomarla en el sentido de «difícil hasta el punto de casi imposible.» Bengel adujo que lo que es imposible para el hombre es posible para Dios, y que debemos encomendar los que han caído en esta condición a la misericordia del amor singular de Dios. Pero, cuando leemos este pasaje, debemos recordar que se escribió en una época de persecución: y en tiempos así la apostasía es el pecado capital. En cualquier tiempo de persecución, uno puede «salvar la vida» renegando de Cristo; pero eso querría decir que estima su vida más que a Jesucristo, Que nos advirtió lealmente de ese peligro y de sus consecuencias, y nos dejó el ejemplo supremo: «Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de Mí y del Evangelio, la salvará» (Marcos 8:35).

Esta manera clara y tajante de decir las cosas siempre ha surgido en tiempos de persecución. Doscientos años después de escribirse esta carta tuvo lugar la terrible persecución de tiempos del emperador Diocleciano. Cuando llegó la calma después de la tempestad, la única prueba que se aplicaba a los miembros de la iglesia que habían sobrevivido era: « ¿Renegaste de Cristo para salvar la vida?» Si había renegado de su Señor, desde entonces tendría cerrada la puerta de la iglesia. Kermit Eby cuenta que un eclesiástico francés, cuando le preguntaron qué había hecho durante la Revolución Francesa, musitó: «Sobrevivir.»

Esta es la condenación del que ama su vida más que a Cristo. No se dijo para establecer la doctrina de que no hay perdón para los pecados que se cometan después del bautismo. ¿Quién es capaz de decirle a otro que está más allá del límite del perdón de Dios? Lo que se quería mostrar era la terrible seriedad de escoger la supervivencia en este mundo a costa de la lealtad a Cristo.

El autor de Hebreos dice a continuación una cosa terrible. Los que cometen apostasía crucifican a Cristo otra vez. Este es el tema de la gran leyenda de Quo vadis. Nos cuenta que la persecución de Nerón sorprendió a Pedro en Roma, y le falló el valor. Iba bajando la Vía Apia para escapar con vida, cuando, de pronto, se encontró con una figura en el camino. Era Jesús mismo.

«Quo vadis, Domine? -preguntó Pedro. Y Jesús contestó: «Vuelvo a Roma para ser crucificado otra vez; esta vez en tu lugar.»

Y Pedro, a quien la vergüenza le devolvió el valor, se dio la vuelta y se dirigió a Roma para morir como mártir. Más adelante en la historia de Roma hubo un emperador que trató de atrasar el reloj: Juliano quería acabar con el Cristianismo y traer otra vez a los dioses del paganismo. Ibsen le hace decir: «¿Dónde está Él ahora? ¿Ha estado trabajando en otra parte desde que sucedió aquello en Gólgota?… ¿Dónde está El ahora? ¿Y qué si eso, lo del Gólgota, cerca de Jerusalén, fue un suceso de cuneta, algo que pasó, por así decirlo, de pasada? ¿Qué si Él sigue, y sigue, sufriendo y muriendo y conquistando una y otra vez, mundo tras mundo?»

Hay aquí una verdad segura. Detrás del pensamiento del autor de Hebreos hay una concepción tremenda. Veía la Cruz como un acontecimiento que abría una ventana al corazón de Dios. La veía como revelando, en un momento del tiempo, el amor sufrido que hay siempre en ese corazón. La Cruz decía a los hombres: «Así es como Yo os he amado y os amaré siempre. Esto es lo que me hace vuestro pecado. Esta es la única manera en que puedo llegar a redimiros.»

En el corazón de Dios hay siempre, mientras exista el pecado, esta agonía de amor dolorido y redentor. El pecado no quebranta sólo la Ley de Dios; también quebranta Su corazón. En verdad, cuando renegamos, crucificamos otra vez a Cristo.

Además, el autor de Hebreos dice que cuando renegamos hacemos de Cristo un espectáculo grotesco. ¿Cómo puede ser eso? Si pecamos, el mundo dirá: «Así es que para eso es para lo que sirve el Cristianismo. Eso es todo lo que ese Cristo puede hacer. Eso es todo lo que consiguió la Cruz.» Ya está bastante mal el que, cuando un miembro de la iglesia cae en pecado, queda en una situación vergonzosa y desacredita a la iglesia; pero lo que es peor con mucho es que hace que la gente se burle de Cristo.

Por último, vamos a tomar nota de una cosa. Se ha indicado que en la Carta a los Hebreos hay cuatro cosas imposibles. Aparte de la imposibilidad de este pasaje, las otras tres son: (i) Es imposible que Dios mienta (6:18). (ii) Es imposible que la sangre de los becerros y de los chivos quite el pecado (10:4). (iii) Sin fe es imposible agradar a Dios (11:6).

El lado más luminoso

Queridos hermanos: Aunque os hemos hablado así, estamos convencidos de que hay cosas mejores para vosotros; sí, cosas que tienen que ver con la Salvación. Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra, y el amor que habéis desplegado poniéndoos activamente al servicio de los que están consagrados a Dios, en el pasado y en el presente. Esperamos de todo corazón que todos y cada uno de vosotros desplegaréis el mismo celo hasta hacer que lo que esperáis se haga realidad, y que seguiréis portándoos como ahora hasta el final, para no caer en un letargo inactivo, sino seguir el ejemplo de los que, a base de fe y paciencia, reciben en herencia lo que se les había prometido.

Hay una cosa que sobresale aquí. Este es el único pasaje de toda la carta en el que el autor se dirige a sus lectores llamándolos queridos hermanos. Y esto viene inmediatamente a continuación del pasaje más duro; como si dijera: «Si no os quisiera tanto como os quiero no os hablaría con tanta severidad.» Crisóstomo parafrasea la idea de la siguiente manera: « Es mejor que os haya metido miedo con mis palabras que tuvierais que lamentar los hechos.» Dice la verdad; pero, por muy dura que sea, la dice con amor.

Además, su misma manera de decirlo muestra lo individual que era su amor. «Esperamos -dice- que todos y cada uno de vosotros desplegaréis el mismo celo hasta hacer que lo que esperáis se haga realidad.» No está pensando en ellos como gente, sino como personas individuales. El doctor Paul Tournier, en su Libro de consulta de un médico, tiene un párrafo precioso sobre lo que él llama el personalismo de la Biblia. Dios le dice a Moisés: « Yo te conozco por nombre» (Éxodo 33:17). Y a Ciro: «Soy Yo, el Señor, el que te llamo por tu nombre» (Isaías 45:3). A uno le impacta, al leer la Biblia, la importancia que se da a los nombres personales. Se dedican capítulos enteros a largas genealogías. Cuando yo era pequeño pensaba que bien se hubieran podido omitir en el canon de la Sagrada Escritura; pero, desde entonces, me he dado cuenta de que estas ristras de nombres propios son un testimonio de que, en la perspectiva bíblica, el hombre no es ni una abstracción, ni una cosa, ni un fragmento de la masa como le consideran los marxistas, sino una persona. Cuando el autor de Hebreos escribió esas cosas tan serias no estaba reprendiendo a una iglesia, sino suspirando por hombres y mujeres, como hace Dios mismo.

Hay dos cosas interesantes que están implícitas en este pasaje.

(i) Se nos da a entender que, aun si estas personas a las que se escribe no han crecido en la fe cristiana y en el conocimiento como debían, y aun si han dejado que se les enfriara el primer entusiasmo, no han fallado en el servicio práctico a sus hermanos en la fe. Aquí hay una gran verdad práctica. A ‹veces, en la vida cristiana, pasamos por momentos áridos; no sacamos gran cosa de los cultos; nuestra participación en la enseñanza de la escuela dominical, o en el coro, o en diversos comités, se convierte en algo rutinario, sin alegría. En esas circunstancias tenemos dos alternativas: podemos dejar de asistir a los cultos y de colaborar; pero, si lo hacemos así, estamos perdidos. O podemos continuar con determinación, y la experiencia general es que la alegría y el entusiasmo y el gozo vuelven a su debido tiempo. En los momentos áridos, lo mejor que podemos hacer es seguir con los hábitos de la vida cristiana y de la iglesia. Si así lo hacemos, podemos estar seguros de que el Sol volverá a brillar.

(ii) Nuestro autor le dice a su público que sigan el ejemplo de los que, a base de fe y paciencia, reciben en herencia lo que se les había prometido. Lo que quiere decirles es: «No sois los primeros que se han embarcado en las glorias y los peligros de la fe cristiana. Otros arrostraron los peligros y soportaron las tribulaciones antes que vosotros, y vencieron.» Les está diciendo que sigan adelante, dándose cuenta de que otros han salido victoriosos de la lucha y han ganado la victoria. El cristiano no va por un camino totalmente desconocido, sino por el que han recorrido los santos.

La esperanza que no falla

Cuando Dios hizo la promesa a Abraham, como no podía jurar por otro mayor que Él, juró por Sí mismo: « Te aseguro -dijo- que te bendeciré y te multiplicaré.» Abraham, después de practicar la paciencia, recibió lo que Dios le había prometido. Los humanos juramos por alguien que es mayor que nosotros; y un juramento se acepta como garantía que no admite discusión. Pero en esta ocasión, Dios, con un deseo verdaderamente excepcional de dejarles bien claro a los herederos de la promesa el carácter inalterable de Su intención, añadió un juramento, para que por dos cosas inalterables, en las que es imposible que Dios mienta, los que hemos huido hacia El en busca de protección estemos firmemente animados a asirnos a la esperanza de lo que esperamos. Esta esperanza es para nosotros como un ancla segura y estable, que entra con nosotros al aposento interior que está detrás del velo, al que ya ha entrado Jesús como nuestro Precursor cuando asumió el cargo de Sumo Sacerdote para siempre de la orden de Melquisedec.

Dios le hizo más de una promesa a Abraham. Génesis 12: 7 nos relata la que le hizo cuando le llamó a salir de Ur y le envió a lo desconocido y a la tierra prometida. Génesis 17-5, 6 es la promesa de que muchos descendientes van a heredar su bendición. Génesis 18:18 es una repetición de esta última. Pero la promesa que Dios selló con un juramento se encuentra en Génesis 22:16-18. El sentido verdadero de esta primera frase es: «Dios le hizo muchas promesas a Abraham, y por último le hizo una que confirmó con un juramento.» Esa promesa era, por así decirlo, doblemente segura. Era la palabra de Dios, que en sí ya es segura; pero, además, Dios la confirmó con un juramento. Ahora bien, esa promesa era que todos los descendientes de Abraham serían benditos; por tanto era para la Iglesia Cristiana, que es el verdadero Israel de Dios y la verdadera descendencia de Abraham. Esa bendición se hizo realidad en Jesucristo. Es verdad que Abraham tuvo que practicar la paciencia antes de recibir lo prometido. No fue sino hasta veinticinco años después de salir de Ur cuando nació su hijo Isaac. Abraham era ya viejo, y Sara, estéril; la peregrinación fue larga, pero Abraham no perdió nunca la esperanza ni la confianza en la promesa de Dios.

En la antigüedad, el ancla era el símbolo de la esperanza.

Epicteto dijo: «Así como un barco no debe depender de una sola ancla, tampoco una vida de una sola esperanza.» Pitágoras dijo: «La riqueza es un ancla floja, y la fama, más floja todavía. ¿Cuáles son las anclas que son fuertes? La sabiduría, el gran corazón, el coraje: estas son las anclas que ninguna tempestad puede hacer vacilar.» El autor de Hebreos insiste en que el cristiano tiene la mejor ancla-esperanza del mundo.

Esa esperanza, dice, es una qué entra en la corte interior más allá del velo. En el templo, el lugar más sagrado de todos era el Lugar Santísimo. Tenía un velo que cubría la entrada. En el Lugar Santísimo se creía que moraba la misma presencia de Dios.

Sólo había un hombre que podía entrar allí, y era el sumo sacerdote; y aun él no podía entrar en el Lugar Santísimo nada más que una vez al año, el Día de la Expiación.

Entonces, estaba establecido, no debía detenerse mucho, porque era peligroso y terrible entrar en la presencia del Dios vivo. Lo que dice el autor de Hebreos es lo siguiente: «Bajo la vieja religión judía nadie podía entrar a la presencia de Dios nada más que el sumo sacerdote, y sólo una vez al año; pero ahora Jesucristo ha abierto el camino para todos los hombres.»

El autor de Hebreos usa una palabra muy expresiva acerca de Cristo. Dice que entró en la presencia de Dios como nuestro Precursor. La palabra griega es prodromos. Su significado pasa por tres etapas.

(i) Quiere decir uno que se apresura.

(ii) Un pionero.

(iii) Un explorador que se adelanta para ver si el terreno está bien para que puedan avanzar las tropas. Jesús entró en la presencia de Dios para que todos los seres humanos Le pudieran seguir a salvo.

Vamos a decirlo más sencillamente de otra manera. Antes de que viniera Jesús, Dios era el Extranjero distante al que muy pocos judíos se podían acercar a riesgo de sus vidas. Pero, gracias a lo que Jesús ha hecho, Dios es ahora Amigo de todo el mundo. Hubo un tiempo en que la gente pensaba que Dios les tenía cerrada la puerta; pero ahora sabemos que la tiene abierta, y quiere que la pasemos para encontrarnos con Él como nuestro Padre celestial.

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