Hebreos 12: La carrera y la meta

La disciplina de dios

¿Es que habéis olvidado ya lo que se os ha advertido? Una advertencia que se os dirige como a hijos: « Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina que te viene del Señor, ni te desanimes cuando Él te pone a prueba; porque el Señor disciplina al que ama, y castiga a todos los que recibe como hijos. » Debéis soportarlo todo como disciplina. Dios os envía estas cosas porque os trata como a hijos. ¿Qué clase de hijo sería el que no recibiera la educación de su padre? Si se os dejara sin disciplina, esa disciplina que corresponde a todos, sería porque no sois hijos legítimos. Sin duda es verdad que tenemos padres humanos que nos educan, y los respetamos. Pues, cuánto más debemos someternos al Padre de los espíritus humanos; porque ésa es la única manera de encontrar la vida real. Fue sólo durante un poco de tiempo cuando nuestros padres humanos nos educaron, y eso de la manera que les parecía mejor; pero Dios nos educa para nuestro bien supremo, para capacitarnos para que participemos de Su propia santidad. La disciplina no le parece agradable a nadie, especialmente cuando la está pasando; pero después produce un fruto que es para nuestro bien supremo: el fruto de una vida de integridad les está reservado a los que se entrenan con esa disciplina.

El autor de Hebreos establece aún otra razón por la que sus lectores deben estar dispuestos a soportar la aflicción cuando los alcanza. Les ha exhortado a soportarla porque así lo hicieron los grandes santos del pasado. Les ha exhortado a soportarla porque todo lo que tengan que sufrir es poco comparado con lo que Jesucristo sufrió por ellos. Y ahora dice que deben soportar las adversidades porque Dios nos las envía para nuestra educación, sin la que la vida no valdría gran cosa.

Al estudiar este pasaje debemos tener presente la íntima relación que existe entre las palabras disciplina y discípulo y discipulado. Su primer sentido es el de aprendizaje o educación. Es verdad que también tienen el sentido de castigo; pero, como se ve claramente por este pasaje, no es el castigo que la ley penal inflige a los malvados, sino el castigo paterno que tiene por objeto la corrección. En general podemos comprender que disciplina quiere decir educación; pero no una educación permisiva y consentidora, sino que recurre al castigo cuando es necesario para bien del hijo. Es también provechoso considerar el sentido militar y deportivo de la disciplina, que tantas veces se presenta como un ejemplo a considerar en la vida cristiana.

Un padre siempre disciplina a su hijo. No sería señal de amor dejarle hacer lo que le diera la gana sin preocuparse; más bien sería señal de que el padre no considera a esos chicos como sus propios hijos, de los que se siente responsable. Nos sometemos a la disciplina que un padre terrenal nos aplica por poco tiempo, hasta que llegamos a la mayoría de edad, y que a veces es bastante arbitraria. El padre terrenal es aquel al que le debemos nuestra vida física; pero, cuánto más debemos someternos a la disciplina de Dios, a Quien debemos nuestro espíritu, que es inmortal, y Que, en Su sabiduría, no busca sino nuestro bien supremo.

Hay un curioso pasaje en la Ciropedia de Jenofonte. Hay una discusión sobre cuál es más útil al mundo, si el que hace reír a los hombres o el que les hace llorar. Aglaitidas dice: « El que hace reír a sus amigos me parece que les hace un flaco servicio comparado con el que les hace llorar; si lo consideras detenidamente, tú también te darás cuenta de que estoy diciendo la verdad. En cualquier caso, los padres desarrollan el autodominio de sus hijos al hacerles llorar, y los maestros les enseñan buenas lecciones a sus discípulos de la misma manera, y las leyes también hacen que los ciudadanos sigan la justicia haciéndoles llorar. Pero, ¿podrías decir que los que nos hacen reír nos hacen más capaces el cuerpo o la mente para dirigir nuestros asuntos o los del estado?» El punto de vista de Aglaitidas era que es el hombre que impone la disciplina el que de veras hace bien a sus semejantes.

Sin duda este pasaje produciría un doble impacto a los que lo leyeran por primera vez, porque todo el mundo conocía esa cosa tan importante que era la patria potestad, el poder del padre. El padre romano tenía por ley un poder absoluto sobre su familia. Si el hijo se casaba, el padre seguía teniendo poder absoluto sobre él y sobre los nietos que nacieran. Esto empezaba desde el principio: un padre romano podía quedarse con el hijo recién nacido o rechazarle si quería. Podía atar y apalear a su hijo; o venderle como esclavo; o hasta quitarle la vida. Es verdad que, cuando un padre estaba a punto de adoptar serias medidas contra un miembro de su familia, normalmente convocaba una reunión de todos los miembros adultos varones; pero no tenía por qué hacerlo. También es verdad que, más adelante, la opinión pública no permitía que un padre ejecutara a su hijo; pero eso sucedió ya en los tiempos de Augusto. Salustio, el historiador latino, nos cuenta un incidente durante la conspiración de Catilina. Catilina se rebeló contra Roma, y entre los que salieron para unirse a sus fuerzas estaba Aulo Fulvio, hijo de un senador romano. A Aulo Fulvio le arrestaron y trajeron a Roma, y su propio padre le juzgó y condenó a muerte. Para la patria potestas un hijo no alcanzaba nunca la independencia; podía haberse dedicado a la carrera política, estar a cargo de altas magistraturas, ser honrado por todo el país… pero, nada de eso le hacía estar fuera, ni siquiera en parte, de la autoridad de su padre mientras éste viviera. Si ha habido un pueblo que supiera lo que era la disciplina paterna, eran los romanos; y cuando el autor de Hebreos escribía acerca de la disciplina de un padre terrenal, los destinatarios de su carta sabían muy bien de lo que estaba hablando.

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