Hebreos 12 La carrera y la meta

Hebreos 12: La carrera y la meta

Por tanto, puesto que estamos rodeados de tal nube de testigos, despojémonos de todo peso y desembaracémonos del pecado que nos asedia tan constantemente, ¡y corramos con entereza inalterable la carrera que se nos ha asignado!; y, al hacerlo así, mantengamos la mirada fija en Jesús, en Quien nuestra fe tiene su punto de partida y su meta; Quien, para ganar el gozo que tenía por delante, sufrió la Cruz con entereza, sin dejarse impresionar por la terrible vergüenza que implicaba, y ahora ha ocupado Su puesto ala diestra del trono de Dios.

Este es uno de los pasajes grandes y conmovedores del Nuevo Testamento, en el que su autor nos da un resumen casi perfecto de la vida cristiana.

(i) En la vida cristiana tenemos una meta. El cristiano no es un paseante que anda despreocupadamente por los senderos de la vida, sino un viandante que sabe adónde va. No es un turista que vuelve a pasar la noche a su punto de partida, sino un peregrino que siempre va de camino. La meta es nada menos que la semejanza con Cristo. La vida cristiana tiene un destino, y estaría bien que al final de cada día nos preguntáramos: « ¿Cuánto he avanzado?»

(ii) En la vida cristiana tenemos una inspiración. Estamos inmersos en una nube invisible de testigos; y son testigos en un doble sentido: porque han testificado de su fe en Jesucristo, y porque ahora son espectadores de nuestra actuación. El cristiano es como un corredor que compite a la vista del público. Cuando está echando el resto, los espectadores le miran con interés; y esos espectadores son los que han ganado la corona en ocasiones anteriores.

En la gran obra Tratado acerca de lo sublime, atribuida a Longino, hay una receta para la grandeza en la empresa literaria. «Es bueno formar en nuestras almas la pregunta: «¿Cómo habría dicho esto Homero? ¿Cómo lo habrían elevado Platón o Demóstenes al nivel de lo sublime? ¿Cómo lo habría incluido Tucídides en su Historia?» Porque, cuando los rostros de estas personas se nos representan en nuestro deseo de emularlos, como si dijéramos, iluminan nuestro camino y nos elevan el estándar de perfección que nos hemos imaginado en nuestras mentes. Y aún sería mejor que sugiriéramos a nuestra inteligencia: «¿Cómo le sonaría esto que he dicho a Homero si estuviera aquí presente, o a Demóstenes, y cómo habrían reaccionado?»

Realmente, sería la prueba suprema el imaginar tal tribunal y audiencia para nuestras producciones personales y, con la imaginación, someter muestras de nuestros escritos al criterio de tales maestros.»

Un actor representaría su papel con doble autenticidad si supiera que le está escuchando entre los espectadores un famoso maestro del arte dramático. Un atleta se esforzaría doblemente si supiera que el estadio estaba lleno de famosos campeones olímpicos que estaban allí para presenciar su actuación. Es algo esencial en la vida cristiana el hecho de que se vive ante la mirada de los héroes que vivieron, sufrieron y murieron por la fe en su generación. ¿Cómo vamos a dejar de esforzarnos para hacerlo lo mejor posible cuando nos está observando una audiencia tal?

(iii) En la vida cristiana tenemos algo en contra. Es verdad que estamos inmersos en la grandeza del pasado, pero también en los estorbos de nuestro propio pecado y las imperfecciones de nuestro tiempo. Nadie se pondría a escalar el Everest con la mochila cargada de toda clase de cosas pesadas e inútiles. Si queremos llegar lejos tendremos que viajar ligeros. En la vida tenemos muchas veces que desembarazarnos de cosas. Puede que sean hábitos, o placeres, o excesos, o contactos que nos condicionan. Debemos despojarnos de ellos como hace el atleta con el chándal cuando se dirige a la línea de salida; y no será raro que necesitemos la ayuda de Cristo para hacerlo.

(iv) En la vida cristiana necesitamos equilibrio. Eso es lo que quiere decir entereza inalterable. La palabra hypomoné no se refiere a la paciencia que acepta las circunstancias, sino a la que las domina. No es nada meramente romántico lo que nos da alas para sobrevolar las dificultades y los obstáculos, sin prisas pero sin indolencia, sino la determinación que persiste en el esfuerzo y rechaza el desánimo. Los obstáculos no la intimidan, y las dificultades no le quitan la esperanza. Es una entereza inalterable que se mantiene hasta alcanzar la meta.

(v) En la vida cristiana tenemos un ejemplo, que es el mismo Jesús. Para alcanzar la meta que se le había propuesto, lo soportó todo; para llegar a la victoria tenía que pasar por la Cruz. El autor de Hebreos tiene una gran intuición cuando dice de Jesús que no se dejó impresionar por la terrible vergüenza que implicaba la Cruz. Jesús era sensible; nunca ha habido una persona con un corazón más sensible. La Cruz era algo humillante, reservado para los peores criminales y para los que la sociedad consideraba escoria -pero Jesús la aceptó. Felipe Neri aconsejaba spernere mundum, spernere te ipsum, spernere te sperni- «despreciar el mundo, despreciarte a ti mismo y despreciar el hecho de que te desprecien.» Si Jesús lo pudo soportar, nosotros también podremos con Su ayuda.

(vi) En la vida cristiana tenemos una presencia, la presencia de Jesús, Que es al mismo tiempo la meta y el compañero de viaje, hacia el Que nos dirigimos y con Quien vamos. Lo maravilloso de la vida cristiana es que proseguimos adelante rodeados de santos, sin interés en nada más que en la gloria de la meta, y siempre en compañía del Que ha recorrido el camino y alcanzado la meta, Que nos espera para darnos la bienvenida cuando lleguemos al fin de la carrera.

El nivel de comparación

Tened presente al Que sufrió resueltamente tamaña oposición por parte de los pecadores, y comparad vuestra vida con la Suya, para no desmayar ni flojear en vuestro espíritu. En vuestra lucha contra el pecado no habéis llegado hasta el punto de morir por vuestra fe.

El autor de Hebreos usa dos palabras muy gráficas cuando habla de desmayar y flojear. Son las que usa Aristóteles refiriéndose a un atleta que se deja caer en el suelo de puro agotamiento después de alcanzar la meta; así es que aquí se nos dice: «No os rindáis antes de tiempo; no os hundáis hasta que hayáis pasado la línea de meta.»

Para animar a sus lectores usa dos argumentos.

(i) Para ellos la contienda cristiana no había llegado al punto de sacrificar la vida. Cuando habla de «resistir hasta la sangre» (R-V) usa la misma frase que los líderes macabeos cuando les decían a sus tropas que lucharan hasta la muerte. El autor de Hebreos se lo dice a sus lectores, comenta Moffatt, no para echarles nada en cara, sino para avergonzarlos. Cuando pensaran en lo que los héroes del pasado habían pasado para hacer su fe posible, no se sumirían en la pasividad ni se arredrarían ante el conflicto.

(ii) Los exhorta a que comparen lo que tienen que sufrir con lo que sufrió Jesús. El abandonó la gloria que Le pertenecía; se sumió en todas las estrecheces de la vida humana; arrostró la hostilidad de los hombres; por último, dio su vida en la Cruz. Así que, de hecho, el autor de Hebreos demanda: « ¿Cómo te atreves a comparar lo que tienes que sufrir con lo que sufrió Jesús? Él lo hizo todo por ti… ¿Qué estás tú dispuesto a hacer por Él?»

Estos dos versículos subrayan lo costoso de la fe cristiana. Costó la vida de los mártires, y costó la vida del Hijo de Dios. Una cosa que ha costado tanto no se puede tomar a la ligera. Una herencia así no se puede transmitir contaminada. Estos dos versículos expresan la demanda que recibe todo cristiano: «¡Muéstrate digno del Sacrificio que hicieron por ti tantos hombres y Dios mismo!»

La disciplina de dios

¿Es que habéis olvidado ya lo que se os ha advertido? Una advertencia que se os dirige como a hijos: « Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina que te viene del Señor, ni te desanimes cuando Él te pone a prueba; porque el Señor disciplina al que ama, y castiga a todos los que recibe como hijos. » Debéis soportarlo todo como disciplina. Dios os envía estas cosas porque os trata como a hijos. ¿Qué clase de hijo sería el que no recibiera la educación de su padre? Si se os dejara sin disciplina, esa disciplina que corresponde a todos, sería porque no sois hijos legítimos. Sin duda es verdad que tenemos padres humanos que nos educan, y los respetamos. Pues, cuánto más debemos someternos al Padre de los espíritus humanos; porque ésa es la única manera de encontrar la vida real. Fue sólo durante un poco de tiempo cuando nuestros padres humanos nos educaron, y eso de la manera que les parecía mejor; pero Dios nos educa para nuestro bien supremo, para capacitarnos para que participemos de Su propia santidad. La disciplina no le parece agradable a nadie, especialmente cuando la está pasando; pero después produce un fruto que es para nuestro bien supremo: el fruto de una vida de integridad les está reservado a los que se entrenan con esa disciplina.

El autor de Hebreos establece aún otra razón por la que sus lectores deben estar dispuestos a soportar la aflicción cuando los alcanza. Les ha exhortado a soportarla porque así lo hicieron los grandes santos del pasado. Les ha exhortado a soportarla porque todo lo que tengan que sufrir es poco comparado con lo que Jesucristo sufrió por ellos. Y ahora dice que deben soportar las adversidades porque Dios nos las envía para nuestra educación, sin la que la vida no valdría gran cosa.

Al estudiar este pasaje debemos tener presente la íntima relación que existe entre las palabras disciplina y discípulo y discipulado. Su primer sentido es el de aprendizaje o educación. Es verdad que también tienen el sentido de castigo; pero, como se ve claramente por este pasaje, no es el castigo que la ley penal inflige a los malvados, sino el castigo paterno que tiene por objeto la corrección. En general podemos comprender que disciplina quiere decir educación; pero no una educación permisiva y consentidora, sino que recurre al castigo cuando es necesario para bien del hijo. Es también provechoso considerar el sentido militar y deportivo de la disciplina, que tantas veces se presenta como un ejemplo a considerar en la vida cristiana.

Un padre siempre disciplina a su hijo. No sería señal de amor dejarle hacer lo que le diera la gana sin preocuparse; más bien sería señal de que el padre no considera a esos chicos como sus propios hijos, de los que se siente responsable. Nos sometemos a la disciplina que un padre terrenal nos aplica por poco tiempo, hasta que llegamos a la mayoría de edad, y que a veces es bastante arbitraria. El padre terrenal es aquel al que le debemos nuestra vida física; pero, cuánto más debemos someternos a la disciplina de Dios, a Quien debemos nuestro espíritu, que es inmortal, y Que, en Su sabiduría, no busca sino nuestro bien supremo.

Hay un curioso pasaje en la Ciropedia de Jenofonte. Hay una discusión sobre cuál es más útil al mundo, si el que hace reír a los hombres o el que les hace llorar. Aglaitidas dice: « El que hace reír a sus amigos me parece que les hace un flaco servicio comparado con el que les hace llorar; si lo consideras detenidamente, tú también te darás cuenta de que estoy diciendo la verdad. En cualquier caso, los padres desarrollan el autodominio de sus hijos al hacerles llorar, y los maestros les enseñan buenas lecciones a sus discípulos de la misma manera, y las leyes también hacen que los ciudadanos sigan la justicia haciéndoles llorar. Pero, ¿podrías decir que los que nos hacen reír nos hacen más capaces el cuerpo o la mente para dirigir nuestros asuntos o los del estado?» El punto de vista de Aglaitidas era que es el hombre que impone la disciplina el que de veras hace bien a sus semejantes.

Sin duda este pasaje produciría un doble impacto a los que lo leyeran por primera vez, porque todo el mundo conocía esa cosa tan importante que era la patria potestad, el poder del padre. El padre romano tenía por ley un poder absoluto sobre su familia. Si el hijo se casaba, el padre seguía teniendo poder absoluto sobre él y sobre los nietos que nacieran. Esto empezaba desde el principio: un padre romano podía quedarse con el hijo recién nacido o rechazarle si quería. Podía atar y apalear a su hijo; o venderle como esclavo; o hasta quitarle la vida. Es verdad que, cuando un padre estaba a punto de adoptar serias medidas contra un miembro de su familia, normalmente convocaba una reunión de todos los miembros adultos varones; pero no tenía por qué hacerlo. También es verdad que, más adelante, la opinión pública no permitía que un padre ejecutara a su hijo; pero eso sucedió ya en los tiempos de Augusto. Salustio, el historiador latino, nos cuenta un incidente durante la conspiración de Catilina. Catilina se rebeló contra Roma, y entre los que salieron para unirse a sus fuerzas estaba Aulo Fulvio, hijo de un senador romano. A Aulo Fulvio le arrestaron y trajeron a Roma, y su propio padre le juzgó y condenó a muerte. Para la patria potestas un hijo no alcanzaba nunca la independencia; podía haberse dedicado a la carrera política, estar a cargo de altas magistraturas, ser honrado por todo el país… pero, nada de eso le hacía estar fuera, ni siquiera en parte, de la autoridad de su padre mientras éste viviera. Si ha habido un pueblo que supiera lo que era la disciplina paterna, eran los romanos; y cuando el autor de Hebreos escribía acerca de la disciplina de un padre terrenal, los destinatarios de su carta sabían muy bien de lo que estaba hablando.

Así que el autor insiste en que debemos ver las pruebas de la vida como la disciplina de Dios, y como enviadas, no para nuestro daño, sino para nuestro bien supremo y último. Para demostrar su argumento cita Proverbios 3:11, 12. La disciplina que Dios nos manda se puede considerar de muchas maneras.

(i) Se puede aceptar resignadamente. Eso era lo que decían los estoicos. Mantenían que absolutamente nada sucede en el mundo fuera de la voluntad de Dios; por tanto, inferían, no podemos hacer más que aceptarla. Hacer otra cosa sería machacarse la cabeza contra los muros del universo. Es posible que sea ésta la decisión más sabia; pero no se puede negar que se trata de aceptar el poder, y no el amor, del Padre.

(ii) Se puede aceptar la disciplina con el sentido ceñudo de acabar con ella lo más pronto posible. Cierto famoso romano decía: «No voy a dejar que nada me interrumpa la vida.» Si se acepta así la disciplina, se la considera una imposición que hay que pasar a regañadientes, pero no con agradecimiento.

(iii) Se puede aceptar la disciplina con un complejo de víctima que conduce al derrumbamiento final. Hay personas que, cuando se encuentran en una situación difícil, dan la impresión de ser los únicos a los que la vida trata con dureza. Sólo piensan en compadecerse a sí mismos.

(iv) Uno puede aceptar la disciplina como un castigo que se le impone. Es curioso que, por aquel tiempo, los romanos veían en los desastres personales y nacionales simplemente la venganza de los dioses. Lucano escribió: « ¡Feliz sería Roma, y benditos serían sus habitantes, si los dioses estuvieran tan interesados en cuidar de los humanos como parecen estarlo en infligir venganza!» Tácito mantenía que los desastres de la nación eran prueba de que los dioses estaban más interesados en el castigo que en la seguridad de los humanos. Todavía hay quienes consideran vengativo a Dios. Cuando les sucede algo a ellos o a sus seres queridos, se preguntan: «¿Qué he hecho yo para merecer esto?» Y hacen la pregunta en un tono que delata su convicción de que Dios se ha equivocado o pasado en el castigo. Nunca se les ocurre preguntar: « ¿Qué está enseñándome Dios mediante esta experiencia?»

(v) Hemos llegado a la última actitud. Se puede aceptar la disciplina porque nos viene de un Padre amoroso. Jerónimo dijo una paradoja que encierra un gran verdad: « La peor ira de Dios sería que dejara de enfadarse con nosotros cuando pecamos.»

Quería decir que el supremo castigo sería que Dios nos dejara por imposibles. El cristiano sabe que « la mano del Padre nunca causará a Su hijo una lágrima innecesaria», y que todo vale para hacerle a uno más sabio y mejor persona.

Dejaremos de compadecernos de nosotros mismos si recordamos que no hay disciplina de Dios que no venga del manantial de Su amor y que no sea para nuestro bien.

Deberes, objetivos y peligros

Así que, ¡arriba esos brazos caídos! ¡Firmes esas rodillas temblonas! Encaminad vuestros pasos por senderos derechos para que no se os disloquen los huesos de tanto cojear, sino se curen. Haced de la paz vuestro objetivo, y todos a una; y proponeos esa santidad sin la que nadie puede ver al Señor. Guardaos de perder ninguno la Gracia de Dios.

Guardaos de que ninguna influencia perniciosa se desarrolle y os envuelva en problemas, y guardaos de que el cuerpo principal de vuestro pueblo se contagie de tal cosa. Guardaos de caer ninguno en impureza sexual o volver a la vida del mundo como hizo Esaú, que renunció a sus derechos de primogénito a cambio de una comida. Ya sabéis muy bien que, cuando quiso después reclamar la bendición que podría haber heredado, se le rechazó; es decir, que ya no tuvo oportunidad para cambiar de actitud aunque buscó esa bendición con lágrimas.

En este pasaje el autor de Hebreos trata de los problemas de la vida diaria del cristiano. Sabía que a veces se le concede a uno el remontarse con alas de águila; sabía que a veces le es posible a uno correr sin fatigarse para perseguir algún gran objetivo; pero también sabía que lo más difícil es recorrer fielmente la distancia de cada día sin desmayar (Isaías 40:31). Aquí está pensando en la lucha cotidiana del cristiano.

Empieza recordándoles a sus lectores sus deberes. En todas las iglesias y sociedades cristianas hay algunos que son más flojos y más propensos a despistarse y a abandonar la lucha. Es la obligación de los más fuertes el inyectar nuevo vigor en los brazos caídos y fuerza fresca en los pies vacilantes. La frase que se usa para brazos flojuchos es la misma que se usa para describir a los israelitas cuando querían abandonar los rigores del viaje por el desierto y volverse atrás, a lo que entonces les parecía la comodidad y la abundancia de Egipto.

Los Salmos de Salomón 6:14ss contienen una descripción del trabajo de los verdaderos servidores y ministros: Han humedecido los labios resecos, y han elevado la voluntad desmayada… y los miembros decaídos han fortalecido y confirmado.

Una de las mayores glorias de la vida es la de animar al que está al borde de la desesperación e infundirle fuerza al que se encuentra agotado. Para ayudar a estas personas tenemos que enderezarles y allanarles el camino. El cristiano tiene un doble deber: hacia Dios y hacia sus semejantes. EL testimonio de Simeón 5:2, 3, contiene una iluminadora descripción del deber del hombre bueno: «Haz que tu corazón sea bueno a la vista de Dios, y tus caminos derechos a la vista de los hombres; así hallarás favor a la vista de Dios y a la de los hombres.»

A Dios se Le debe presentar un corazón limpio; y, a los hombres, una vida íntegra. Es un deber cristiano el mostrarles a los hombres un camino recto para andar, mantenerlos en el buen camino mediante el ejemplo personal, quitar del camino todo lo que les pueda hacer tropezar, facilitarles la marcha a los que tienen pies débiles o inseguros. Uno debe ofrecer el corazón a Dios, y su servicio y ejemplo a sus semejantes.

(ii) El autor de Hebreos pasa luego a los objetivos que se debe proponer siempre el cristiano.

(a) Debe proponerse como objetivo la paz. En la lengua y el pensamiento hebreos la paz no era una condición negativa, sino intensamente positiva. No era sólo la ausencia de guerra, sino dos cosas. La primera, todo lo que contribuye al sumo bien del hombre. Como lo veían los hebreos, el sumo bien era el encontrarse en obediencia a Dios. Proverbios dice: «Hijo mío, no te olvides de Mi Ley, sino guarde tu corazón Mis mandamientos: porque te añadirán abundancia de días y longitud de vida y paz» (3:1, 2). Uno de los objetivos del cristiano debe ser esa completa obediencia a Dios en la que la vida encuentra la mayor felicidad y bien y realización: su paz. La segunda cosa que quiere decir la paz es la perfecta relación entre las personas.

Representa un estado del que se ha desterrado el odio y todos buscan el bien de los demás. Hebreos dice: «Proponeos la perfecta convivencia que debe ser característica de los cristianos, en la unidad real y verdadera que viene de vivir en Cristo.»

La paz que buscamos es la que viene de la obediencia a la voluntad de Dios, la que eleva la vida humana a su más alta realización y nos permite vivir en perfecta relación con los demás, y hacer que esta relación se desarrolle.

Hay otra cosa en que debemos fijarnos: hay que estudiar detenidamente esa clase de paz. Esto requiere un esfuerzo; no es una cosa que se da sin más ni más. Requiere esfuerzo y sudor mental y espiritual. Dios nos da Sus dones, pero no por nada; tenemos que ganárnoslos, porque sólo los podemos recibir si cumplimos las condiciones de Dios, y la condición suprema es la obediencia.

(b) Debe proponerse como objetivo la santidad (haguiasmris). Haguiasmós es de la misma familia que el adjetivo háguios, que se suele traducir por santo. La raíz significa diferencia y separación. Aunque vive en el mundo, el que es háguios siempre es diferente de él en algún sentido, y está separado de él. Sus categorías no son las de este mundo, ni tampoco su conducta. Su objetivo no es quedar bien con los hombres, sino con Dios. Haguiasmós, según la precisa definición de Westcott, es « la preparación para la presencia de Dios.» La vida del cristiano tiene como meta suprema entrar y estar en la presencia de Dios.

(iii) El autor de Hebreos prosigue señalando los peligros que amenazan a la vida cristiana.

(a) Está el peligro de perder la Gracia de Dios. La palabra que usa se podría parafrasear por fallar o dejar de mantenerse en la Gracia de Dios. El antiguo comentarista griego Teofilacto lo interpreta en términos del viaje de una compañía que comprueba de cuando en cuando: « ¿Se nos ha perdido alguno? ¿Se ha quedado alguien atrás?» (Cp. Reina-Valera: « no sea que alguno deje de alcanzar»). En Miqueas 4:6 tenemos un texto gráfico: «En aquel día, dice el Señor, juntaré la que cojea, y recogeré la descarnada.» Moffatt traduce: «Recogeré a los rezagados». Es fácil despistarse o rezagarse en vez de proseguir la marcha, y así perder la Gracia de Dios como el que pierde el tren. En esta vida no hay oportunidad que no se pueda perder. La Gracia de Dios nos presenta la oportunidad de hacernos a nosotros mismos lo que Dios quiere que seamos, y la vida lo que Dios quiere que sea. Puede que uno, por letargo, despiste, imprevisión o procrastinación, pierda las oportunidades que le ofrece la Gracia. Contra tal peligro debemos mantenernos siempre en guardia.

(b) Está el peligro de lo que la versión Reina-Valera expresa diciendo: «que brotando alguna raíz de amargura os estorbe, y por ella muchos sean contaminados», y otras traducciones la llaman «una raíz que produce fruto venenoso y amargo.» La frase procede de Deuteronomio 29:18, y allí describe al que se aparta tras dioses extraños y anima a otros a hacer lo mismo, convirtiéndose en una influencia perniciosa para la vida de la comunidad. El autor de Hebreos advierte del peligro de las malas influencias. Hay algunos que piensan que los principios cristianos son innecesariamente estrictos y minuciosos, y que no ven por qué no hemos de aceptar los criterios del mundo. Esto sucedía también en la Iglesia Primitiva. Era una islita de Cristianismo rodeada de un mar de paganismo. Sus miembros eran en muchos casos cristianos de la primera generación. Era fácil retroceder a los viejos niveles. Esta es una advertencia del peligro de infección del mundo que se puede introducir y extender, deliberada o inconscientemente, en la sociedad cristiana.

(c) Está el peligro de caer en la inmoralidad o volver ala manera de vivir del mundo (bébélos, R-V «profano»). La palabra original tiene un trasfondo interesante. Se aplicaba al terreno que era profano, en oposición al terreno consagrado. En el mundo antiguo había religiones en las que solamente los iniciados podían participar. Bébélos era cualquier persona que no estuviera iniciada ni interesada, en contraposición con el que era devoto. Se aplicaba a hombres como Antíoco Epífanes, que se dedicó sistemáticamente a acabar con la verdadera religión; y también se aplicaba a los judíos apóstatas que habían renegado de Dios.

Westcott resume esta palabra diciendo que describe al hombre cuya mente no reconoce la existencia de nada por encima de la Tierra, para el que nada es sagrado, que no tiene respeto a lo invisible. Una vida profana es la que no tiene en cuenta a Dios ni tiene interés en El. En sus pensamientos, proyectos y placeres se limita exclusivamente a lo material. Debemos tener cuidado, no sea que nos dejemos llevar a la deriva a una actitud de mente y de corazón que no tiene más horizontes que los de este mundo, porque por ese camino sucumben la castidad y la dignidad humana.

Para resumir lo dicho, el autor de Hebreos cita el ejemplo de Esaú. Realmente pone dos historias juntas: Génesis 25:2834 y Génesis 27:1-39. En la primera se nos presenta a Esaú volviendo del campo con un hambre atroz, y vendiendo la primogenitura a Jacob por una parte de la comida que estaba preparando. La segunda historia nos cuenta cómo se las arregló Jacob para robarle astutamente a Esaú la primogenitura haciéndose pasar por él cuando Isaac estaba viejo y ciego, ganando así la bendición que pertenecía a Esaú por haber nacido el primero de los dos. Fue cuando Esaú buscó la bendición que Jacob le había usurpado, y supo que ya no podía ser suya, cuando se puso a gritar y a llorar (Génesis 27:38).

Hay aquí más de lo que aparece en la superficie. En las leyendas hebreas y en las elaboraciones de los rabinos se había llegado a considerar a Esaú un hombre absolutamente sensual que no ponía nada por encima de sus necesidades y apetencias corporales. Una leyenda hebrea dice que, mientras Jacob y Esaú, que eran mellizos, estaban en el vientre de su madre, Jacob le dijo a Esaú: «Hermano mío, hay dos mundos delante de nosotros, éste y el por venir. En este mundo la gente come y bebe y comercia y se casa y cría hijos e hijas, pero todo eso no tiene parte en el mundo venidero. Si quieres, quédate con este mundo, y yo me quedaré con el otro.» Y Esaú se dio por contento de quedarse con este mundo, porque no creía que había otro. Aquel mismo día que Jacob le usurpó la bendición de Isaac, dice la leyenda que Esaú había cometido cinco pecados: «Había tomado parte en un culto idolátrico; había derramado sangre inocente; había perseguido a una joven que estaba comprometida; había negado la vida del mundo venidero y había despreciado su primogenitura.»

La interpretación hebrea veía a Esaú como un hombre sensual, que no reconocía más placeres que los groseros de este mundo. Cualquier hombre así vende su primogenitura, porque uno rechaza su herencia cuando rechaza la eternidad. El autor de Hebreos dice, según la versión Reina-Valera, que Esaú « no hubo oportunidad para el arrepentimiento.» La palabra griega para arrepentimiento es metánoia, que quiere decir literalmente un cambio de actitud, o de mentalidad. Es mejor decir que a Esaú le era imposible cambiar de opinión o de mentalidad. No es que se le impidiera el acceso al perdón de Dios, sino, sencillamente, que es un hecho inexorable que hay ciertas decisiones de las que no se puede volver atrás, y ciertas consecuencias que no se pueden evitar. Un ejemplo sencillo: si un hombre pierde su pureza, o una mujer su virginidad, voluntariamente, esa pérdida no se puede reponer. Se ha tomado una decisión, y queda una situación irreversible. Dios quiere y puede perdonar, pero no volver atrás el reloj. Haremos bien en tener presente que hay cosas que son decisivas en la vida. Si, como Esaú, seguimos el camino de este mundo y consideramos que lo único que cuenta son las cosas del cuerpo; si escogemos los placeres del tiempo por encima de las bendiciones eternas, Dios puede y quiere perdonar, pero habrá cosas que se han hecho y que no se pueden deshacer. Hay ciertas situaciones en las que ya no se puede cambiar de mentalidad, y se ha de seguir en la línea de las decisiones que se han tomado.

El terror del antiguo pacto y la gloria del nuevo

No es a algo que se puede tocar a lo que habéis venido, ni al fuego llameante, la niebla y la oscuridad y la tempestad terrible, ni a los trompetazos, ni a la voz que decía tales cosas que los que la oían suplicaban que no se les dijera ni una palabra más, porque no podían soportar la orden: «Al que toque el monte, aunque sea sólo un animal, hay que apedrearlo. » Tan aterrador era lo que se veía que Moisés dijo: «Estoy temblando de miedo.» Por el contrario, habéis venido al Monte de Sión y a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, con sus miríadas de ángeles reunidos en jubilosa asamblea; habéis venido a la asamblea de los distinguidos cuyos nombres figuran en los registros del Cielo, al Dios que es el Juez de todos, a los espíritus de los justos que han alcanzado la meta para la que fueron creados… ¡y a Jesús, el Mediador del Nuevo Testamento, y a la Sangre rociada, que pregona un Mensaje más glorioso que la sangre de Abel!

En este pasaje se nos presenta el contraste entre el Antiguo Pacto, que se estableció con la promulgación de la Ley en el Monte Sinaí, y el Nuevo Pacto, del que Jesús es Mediador. Hasta el versículo 21 nos llega un eco tras otro de la historia de la promulgación de la Ley, que Deuteronomio 4:11 nos describe diciendo: «Y os acercasteis y os pusisteis al pie del monte; y el monte ardía en fuego hasta en medio de los cielos con tinieblas, nube y oscuridad. Y el Señor habló con vosotros desde en medio del fuego.» Éxodo 19:12, 13 habla de aquella terrible montaña inasequible: « Y señalarás término al pueblo en derredor, diciendo: Guardaos, no subáis al monte, ni toquéis sus límites; cualquiera que tocare el monte, de seguro morirá. No lo tocará mano, porque será apedreado o asaeteado; sea animal o sea hombre, no vivirá. Cuando se haga un toque largo de trompeta, subirán al monte.» Deuteronomio 5:23-27 cuenta que el pueblo temía tanto oír la voz de Dios directamente, que le pidieron a Moisés que fuera él y les trajera el mensaje de Dios: « Si oímos otra vez la voz del Señor nuestro Dios, nos moriremos.»

Deuteronomio 9:19 alude al terror de Moisés, pero el autor de Hebreos ha transferido estas palabras a la escena de la promulgación de la Ley, aunque en la historia original las pronunció Moisés cuando bajó de la montaña y se encontró con que el pueblo estaba adorando el becerro de oro. Todo el pasaje hasta el versículo 21 incluye reminiscencias de la historia del Monte Sinaí; y todos los detalles subrayan el horror de la escena. En tres cosas se hace hincapié.

(i) La majestad soberana de Dios. Es Su poder lo que se manifiesta, no Su amor.

(ii) La absoluta inaccesibilidad de Dios. Lejos de estar abierto el acceso a Dios, el
que intente acercarse a Él encontrará la muerte.

(iii) El absoluto terror de Dios. Aquí no hay más que un temor sobrecogedor que tiene miedo de mirar y aun de oír.

Y entonces, a partir del versículo 22, vemos la diferencia. La primera sección trata de todo lo que el hombre podía esperar bajo el Antiguo Pacto: un Dios de majestad solitaria, separado absolutamente del hombre y que inspira un terror demoledor.

Pero el cristiano ha entrado en un Nuevo Pacto y en una relación nueva con Dios que es amor.

Hebreos hace una especie de lista de las nuevas glorias que esperan al cristiano.

(i) Le espera la Nueva Jerusalén. Se acaba este mundo, con toda su transitoriedad, sus miedos, sus misterios y sus separaciones, y al cristiano se le ofrece una vida nueva.

(ii) Le esperan los ángeles, reunidos en jubilosa asamblea. La palabra es panéguyris, que se usaba para hablar de una jubilosa asamblea nacional en honor de los dioses. Describía para los griegos un día de fiesta muy alegre en el que todo el mundo se lo pasaba estupendamente. Para el cristiano, el gozo del Cielo es tal que hace que hasta los ángeles se pongan jubilosos.

(iii) Le espera el pueblo escogido de Dios. El autor de Hebreos usa dos palabras para describirlo. Dice literalmente que son los primogénitos. Lo que caracteriza al primogénito es que le corresponden la herencia y el honor. Dice que son aquellos cuyos nombres figuran en los registros del Cielo. En la antigüedad, los reyes guardaban un registro de los ciudadanos fieles. Así es que al cristiano le esperan todos los que Dios ha distinguido y ha considerado súbditos fieles de Su Reino.

(iv) Le espera Dios el Juez. El autor de Hebreos no olvida nunca que, al final de todo, el cristiano tendrá que presentarse ante el tribunal de Dios. Allí está la gloria; pero permanece el temor de Dios. El Nuevo Testamento no corre nunca peligro de convertir la idea de Dios en algo sensiblero.

(v) Le esperan los espíritus de los justos que han alcanzado su meta. Antes le rodeaban como una nube invisible; al fin, el cristiano será uno de ellos; se habrá reunido con aquellos cuyos nombres están en el cuadro de honor de Dios.

(vi) Por último, el autor de Hebreos dice que allí le espera Jesús, el Que inició este Nuevo Pacto e hizo posible esta nueva relación con Dios. Fue Él, el Sumo Sacerdote perfecto y el perfecto Sacrificio, el que hizo accesible lo inaccesible, y eso al precio de Su Sangre. Así es que la sección termina con el curioso contraste entre la sangre de Abel y la de Jesús. Cuando Abel fue asesinado, su sangre pedía venganza desde la tierra (Génesis 4:10); pero cuando Jesús fue asesinado, Su Sangre abrió el camino de la reconciliación. Su Sacrificio hizo que los hombres pudieran ser amigos de Dios.

La humanidad había vivido bajo el terror de la Ley; Dios estaba a una distancia infranqueable de terror paralizador. Pero, cuando Jesús vino y vivió y murió, el Dios tan distante se hizo cercano, y se abrió el acceso a Su presencia.

La obligación suprema

Cuidaos mucho de resistiros a escuchar Su voz; porque, si los que se resistieron a escuchar al que traía los oráculos de Dios a la Tierra no escaparon impunes, con mucha más razón no escaparemos nosotros si prestamos oídos sordos al Que nos habla desde el Cielo. En aquella ocasión Su voz sacudió la Tierra; pero ahora, la palabra de la promesa dice: «Aún una vez gis, y sacudiré no sólo la Tierra, sino también el Cielo.» La frase «aún una vez más, etc.» se refiere a la mutación de las cosas que se pueden sacudir, porque no son más que cosas creadas, para que queden las que son inconmovibles. Por tanto, démosle gracias a Dios porque hemos recibido un Reino que no se puede hacer vacilar, un Reino en el que debemos adorar a Dios de una manera que Le sea aceptable, con reverencia y con temor; porque nuestro Dios es también fuego devorador.

Aquí el autor empieza con un contraste que es también una advertencia. Moisés trajo a la Tierra los oráculos de Dios. La palabra que usa (jrématizein) implica que Moisés fue sólo el que transmitió aquellos oráculos, el instrumento que Dios usó para hablar; pero, a pesar de todo, el que quebrantaba aquellos mandamientos no escapaba al castigo. Por otra parte, está Jesús. La palabra que se usa en relación con Él (lalein) implica una comunicación directa de Dios. Jesús no era simplemente un transmisor de la voz de Dios, sino la misma voz de Dios. Siendo así, ¡con cuánta más razón recibirá castigo el que se niega a obedecerle! Si una persona merecía la condenación por no prestar atención al mensaje incompleto de la Ley, ¡cuánto más la merecerá el que no presta atención al perfecto mensaje del Evangelio! Como el Evangelio es la plena revelación de Dios, el que lo oye tiene una doble y seria responsabilidad; y su condenación será tanto mayor si lo rechaza.

Hebreos sigue desarrollando otro pensamiento. Cuando se promulgó la Ley, la Tierra fue conmovida. «Todo el Monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera» (Éxodo 19:18). « ¡Tiembla, Tierra, en la presencia del Señor!» (Salmo 114:7). « La Tierra tembló, y los cielos derramaron lluvia ante la presencia del Señor» (Salmo 68:8). «La voz de tu trueno estaba en el torbellino; tus relámpagos iluminaron el mundo; se estremeció y tembló la Tierra» (Salmo 77:18).

El autor de Hebreos encuentra otra referencia a un temblor de tierra en Hageo 2:6. Allí, la traducción griega del Antiguo Testamento dice: «Una vez más, dentro de algún tiempo -el texto hebreo dice «muy pronto»-, sacudiré los cielos y la Tierra y el mar y la tierra seca.» El autor de Hebreos lo toma como un anuncio del día en que esta Tierra pasará y empezará la nueva era.

Ese día se destruirá todo lo mutable; lo único que quedará serán las cosas inmutables, entre las que ocupa el primer lugar nuestra relación con Dios.

Todas las cosas pueden ser destruidas; el mundo, tal como lo conocemos, puede ser desarraigado; la vida, como la experimentamos, puede llegar a su fin; pero una cosa permanecerá eternamente: la relación que el cristiano tiene con Dios.

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