Hebreos 12: La carrera y la meta

Categorías: Hebreos y Nuevo Testamento.

Por tanto, puesto que estamos rodeados de tal nube de testigos, despojémonos de todo peso y desembaracémonos del pecado que nos asedia tan constantemente, ¡y corramos con entereza inalterable la carrera que se nos ha asignado!; y, al hacerlo así, mantengamos la mirada fija en Jesús, en Quien nuestra fe tiene su punto de partida y su meta; Quien, para ganar el gozo que tenía por delante, sufrió la Cruz con entereza, sin dejarse impresionar por la terrible vergüenza que implicaba, y ahora ha ocupado Su puesto ala diestra del trono de Dios.

Este es uno de los pasajes grandes y conmovedores del Nuevo Testamento, en el que su autor nos da un resumen casi perfecto de la vida cristiana.

(i) En la vida cristiana tenemos una meta. El cristiano no es un paseante que anda despreocupadamente por los senderos de la vida, sino un viandante que sabe adónde va. No es un turista que vuelve a pasar la noche a su punto de partida, sino un peregrino que siempre va de camino. La meta es nada menos que la semejanza con Cristo. La vida cristiana tiene un destino, y estaría bien que al final de cada día nos preguntáramos: « ¿Cuánto he avanzado?»

(ii) En la vida cristiana tenemos una inspiración. Estamos inmersos en una nube invisible de testigos; y son testigos en un doble sentido: porque han testificado de su fe en Jesucristo, y porque ahora son espectadores de nuestra actuación. El cristiano es como un corredor que compite a la vista del público. Cuando está echando el resto, los espectadores le miran con interés; y esos espectadores son los que han ganado la corona en ocasiones anteriores.

En la gran obra Tratado acerca de lo sublime, atribuida a Longino, hay una receta para la grandeza en la empresa literaria. «Es bueno formar en nuestras almas la pregunta: «¿Cómo habría dicho esto Homero? ¿Cómo lo habrían elevado Platón o Demóstenes al nivel de lo sublime? ¿Cómo lo habría incluido Tucídides en su Historia?» Porque, cuando los rostros de estas personas se nos representan en nuestro deseo de emularlos, como si dijéramos, iluminan nuestro camino y nos elevan el estándar de perfección que nos hemos imaginado en nuestras mentes. Y aún sería mejor que sugiriéramos a nuestra inteligencia: «¿Cómo le sonaría esto que he dicho a Homero si estuviera aquí presente, o a Demóstenes, y cómo habrían reaccionado?»

Realmente, sería la prueba suprema el imaginar tal tribunal y audiencia para nuestras producciones personales y, con la imaginación, someter muestras de nuestros escritos al criterio de tales maestros.»

Un actor representaría su papel con doble autenticidad si supiera que le está escuchando entre los espectadores un famoso maestro del arte dramático. Un atleta se esforzaría doblemente si supiera que el estadio estaba lleno de famosos campeones olímpicos que estaban allí para presenciar su actuación. Es algo esencial en la vida cristiana el hecho de que se vive ante la mirada de los héroes que vivieron, sufrieron y murieron por la fe en su generación. ¿Cómo vamos a dejar de esforzarnos para hacerlo lo mejor posible cuando nos está observando una audiencia tal?

(iii) En la vida cristiana tenemos algo en contra. Es verdad que estamos inmersos en la grandeza del pasado, pero también en los estorbos de nuestro propio pecado y las imperfecciones de nuestro tiempo. Nadie se pondría a escalar el Everest con la mochila cargada de toda clase de cosas pesadas e inútiles. Si queremos llegar lejos tendremos que viajar ligeros. En la vida tenemos muchas veces que desembarazarnos de cosas. Puede que sean hábitos, o placeres, o excesos, o contactos que nos condicionan. Debemos despojarnos de ellos como hace el atleta con el chándal cuando se dirige a la línea de salida; y no será raro que necesitemos la ayuda de Cristo para hacerlo.

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