Hebreos 11 La fe de la ofrenda aceptable

Hebreos 11: La fe de la ofrenda aceptable

Fue por la fe por lo que Abel Le ofreció a Dios un sacrificio más completo que Caín, y por ello obtuvo el veredicto de ser un hombre justo; porque Dios mismo dio testimonio de ese hecho sobre la base de los dones que presentó: y aunque murió a causa de su fe, todavía nos habla.

El autor de Hebreos empieza la lista de honor de la fe con el nombre de Abel, cuya historia se encuentra en Génesis 4:115. Caín era labrador, y Le trajo a Dios una ofrenda de los productos de la tierra; Abel era pastor, y Le trajo a Dios una ofrenda de sus ganados. Dios prefirió la de Abel a la de Caín y éste, amargado por la envidia, mató a su hermano y se convirtió en un paria.

En el original, el sentido de la historia es difícil. Nada indica por qué Dios prefirió la ofrenda de Abel a la de Caín. Puede muy bien ser porque lo único que una persona puede ofrecer a Dios es su más preciada posesión, y ésta es la vida misma; para los hebreos la vida estaba en la sangre. Podemos entenderlo; porque, cuando la sangre se derrama, la vida se apaga. Según ese principio, el único verdadero sacrificio a Dios era un sacrificio cruento, es decir, de sangre: Abel ofreció el sacrificio de una criatura viviente, y Caín no; por tanto, el sacrificio de Abel era más aceptable.

Tal vez el autor de Hebreos esté pensando en las leyendas de la tradición judía. Los judíos encontraron sorprendente esta historia, y la elaboraron para encontrar la razón por la que Dios rechazó el sacrificio de Caín y éste mató a su hermano Abel. La leyenda más antigua nos cuenta que siempre que Eva daba a luz tenía mellizos, un niño y una niña, que a su tiempo formaban pareja como marido y mujer. En el caso de Abel y Caín, Adán intentó hacer un cambio y decidió darle a Abel como esposa a la hermana melliza de Caín. Caín se mostró sumamente disgustado con la decisión. Para zanjar la cuestión les dijo Adán: «Id, hijos míos, a hacerle un sacrificio al Señor; y el que ofrezca el sacrificio que sea agradable a Dios, se quedará con la chica.

Llevad cada uno vuestras ofrendas e id, sacrificad al Señor, y Él decidirá.» Así que Abel, que era pastor, llevó su mejor cordero al lugar del sacrificio; pero Caín, que era agricultor, llevó la peor gavilla de trigo que pudo encontrar y la puso encima del altar. Entonces descendió fuego del cielo que consumió la ofrenda de Abel sin dejar ni las cenizas, y ni tocó la ofrenda de Caín. Entonces Adán dio la muchacha como esposa a Abel, y Caín se quedó totalmente frustrado. Un día estaba Abel dormido en una montaña, y Caín le aplastó la cabeza con un pedrusco. Luego se echó el cadáver a los hombros y se puso a llevarlo, porque no sabía qué hacer con él. Vio dos cuervos que estaban peleándose, y que uno mató al otro; luego hizo un hoyo con el pico y lo enterró. Caín se dijo: « No tengo ni el sentido de este pájaro. Yo también enterraré a mi hermano en la tierra.» Y así lo hizo.

Los judíos tenían otra historia para explicar el primer asesinato. Caín y Abel no se podían poner de acuerdo sobre lo que había de poseer cada uno. Abel tuvo una idea para poner fin al desacuerdo. Caín se quedó con la tierra y todos los bienes inmuebles, y Abel tomó para sí todo lo que se movía. Pero la envidia seguía amargando el corazón de Caín. Un día le dijo a su hermano: « Quita el pie de ahí. Estás pisando mi propiedad, el llano es mío.» Abel huyó a las colinas; pero Caín le persiguió gritando: «¡Las colinas son mías!» Abel se refugió en las montañas; pero Caín seguía persiguiéndole y gritando: « ¡Las montañas también son mías!» Y así, por envidia, Caín fue persiguiendo a su hermano hasta que le mató.

Esta historia encierra dos grandes verdades.

(a) La primera, la envidia. Los griegos también reconocían su horror. Demóstenes decía: «La envidia es la señal de una naturaleza que es totalmente mala.» Eurípides dijo: «La envidia es la peor de todas las enfermedades humanas.» Había un proverbio griego que decía: « La envidia no cabe en el coro de Dios.» La envidia conduce a la amargura; la amargura, al odio; el odio, al asesinato. La envidia es una cosa que puede envenenar toda la vida y matar todo lo bueno.

(b) La segunda verdad es que se tiene la impresión horripilante de que Caín descubrió un nuevo pecado. Uno de los antiguos padres griegos dijo: «Hasta ese momento no había muerto ningún ser humano para que Caín supiera matar. El diablo se lo enseñó en un sueño.» Fue Caín el que introdujo en el mundo el asesinato. Hay condenación para el pecador; pero hay una condenación aún mayor para el que enseña a otros a pecar. El tal, como le sucedió a Caín, es desterrado de la presencia de Dios.

El autor de Hebreos dice: «Aunque murió Abel a causa de su fe, todavía nos habla.» Moffatt comenta bellamente: «La muerte no es nunca la última palabra de la vida del justo.» Cuando una persona sale de este mundo, deja algo en él. Puede que sea algo malo que crezca y se extienda como un cáncer; o algo hermoso que brota y florece sin fin. Deja una influencia para bien o para mal; todos, cuando morimos, seguimos hablando. Que Dios nos conceda dejar, no un germen de maldad, sino algo precioso que produzca bendición en las vidas de los que vengan detrás.

Caminando con Dios

Fue por su fe por lo que Enoc fue trasladado de este mundo al otro sin pasar por la muerte, sino simplemente desapareciendo de la vista de las demás personas; y esto porque fue Dios Quien le llevó de esta vida a la otra. Porque, antes de experimentar ese cambio, se dio testimonio de que había agradado a Dios. De otra manera que no sea mediante la fe es imposible agradar a Dios; porque, el que busca a Dios tiene que empezar por creer que Dios existe, y que recompensa a los que Le buscan en su vida.

En el Antiguo Testamento se nos resume la vida de Enoc en una frase: «Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios» (Génesis 5:24). Muchas leyendas se han reunido en torno a su nombre. Se decía que había sido el primer hombre experto en costura y sastrería, y que enseñó a la humanidad a cortar las pieles debidamente para hacer ropa. También se decía que había sido el primero que había enseñado a hacer calzado para proteger los pies. Y también que había sido el inventor de la escritura, y de los libros que sirven para instruir a los demás.

Una leyenda nos dice que el ángel de la muerte hizo un trato de amistad con Enoc. Enoc le hizo tres peticiones: la primera, morir y volver otra vez a la vida, para saber cómo era la muerte; la segunda, ver la morada de los malvados, para saber cuál era el castigo del mal. Ambas se le concedieron. La tercera era que se le dejara ver el Paraíso para saber lo que disfrutaban los bienaventurados. También esto se le concedió; y, una vez que se encontró en el Paraíso, se quedó allí y ya no volvió.

La sencilla afirmación de Génesis tiene una cierta calidad mística. En sí no nos dice que Enoc no murió, sino simplemente que, cuando a Dios le pareció, Enoc desapareció de la Tierra.

De esto hay dos interpretaciones especialmente famosas.

(i) En el libro de la Sabiduría 4:10ss se expone la idea de que Dios se llevó a Enoc consigo cuando todavía era joven, para librarle de las contaminaciones de este mundo. «Fue llevado mientras vivía entre pecadores… Fue arrebatado para que el mal no cambiara su entendimiento, o la astucia engañara su alma.» Es una manera de expresar lo del antiguo dicho clásico: «Los amados de los dioses mueren jóvenes.» Considera la muerte como una recompensa. Quiere decir que Dios amó tanto a Enoc que se le llevó antes de que la edad y la degeneración se le echaran encima.

(ii) Filón de Alejandría, vio en Enoc el gran ejemplo del arrepentimiento. El arrepentimiento le cambió de una vida separada de Dios a una vida de caminar con Dios.

De la sencilla afirmación del pasaje del Antiguo Testamento el autor de Hebreos deduce la idea de que Enoc no murió, sino que Dios le llevó consigo sin que pasara por la muerte. Es posible que el significado sea aún más sencillo, y encierre una lección para todos nosotros: En una generación corrompida y malvada, Enoc caminó con Dios de tal manera que, cuando llegó al final de su vida en este mundo, no hubo para él una interrupción ni un cambio radical; la muerte simplemente le trasladó a una presencia más íntima con Dios. Como Enoc caminaba con Dios cuando la otra gente se alejaba de Él, diariamente se encontraba más cerca de Dios, y la muerte no fue más que el último paso que le introdujo a la presencia del Dios con el Que siempre había caminado.

No podemos pensar en Enoc sin considerar las diferentes actitudes que hay sobre la muerte. La tersa serenidad del pasaje del Antiguo Testamento, tan sencillo y conmovedor, señala hacia la actitud cristiana.

(i) Hay algunos que piensan en la muerte como algo misterioso e inexplicable. Bacon decía: « A muchos les da miedo la muerte, como a los niños la oscuridad.» Para algunos es algo terrible y desconocido que inspira lo que llamaba Hamlet « el temor de lo que pueda haber después de la muerte.»

(ii) Hay quienes ven la muerte sólo como lo más inevitable de ía vida. Como dice Quevedo en la segunda parte de un famoso soneto: Todo corto momento es paso largo que doy a mi pesar en tal jornada, pues parado y durmiendo siempre aguijo. Breve suspiro, y último, y amargo, es la muerte forzada y heredada; mas, si es ley y no pena, ¿qué me aflijo? La muerte es inevitable, y no se gana nada luchando contra ella. Lo mejor que uno puede hacer es aceptarla y rendirse.

(iii) Muchos han visto la muerte como la liberación. Keats dijo que había estado «medio enamorado de la liberadora muerte.» Shakespeare dice en uno de sus sonetos: «Cansado de todo esto clamo por el reposo de la muerte.» Y Nicholas Rowe: «La muerte es el privilegio de la naturaleza humana.» Los estoicos mantenían que los dioses habían dado a los humanos el don de la vida, y el derecho aún más grande de quitársela cuando se convertía en una carga insoportable. Hay algunos para los que la muerte es un bien, porque es el final de una vida que les resulta insoportable.

(iv) Algunos ven en la muerte una transición -no un final, sino una etapa del camino; no una puerta que se cierra, sino una que se abre. Longfellow dijo poéticamente: «Esta vida de aliento mortal es sólo un suburbio del Cielo, cuyo portal llamamos muerte.» Y George Meredith escribió que, cuando le salió al paso la muerte, vio al otro lado el amanecer. Para éstos la muerte ha sido siempre una invitación a subir más arriba, a cruzar de las tinieblas al amanecer.

(v) Algunos han visto la muerte como una aventura. Como Barrie, el creador de Peter Pan, le hizo decir a su personaje: «Morir será una aventura estupenda.» Charles Frohman, que tan bien conociera a Barrie, se hundió con el Lusitania en el desastre del 7 de mayo de 1915. Sus últimas palabras fueron: « ¿Por qué temer la muerte? Es la mejor aventura de la vida.» Un antiguo pensador, cuando estaba muriendo, se volvió hacia sus amigos y les dijo: «¿Os dais cuenta de que dentro de una o dos horas voy a saber todas las respuestas que hemos estado buscando toda la vida?» Para los tales la muerte es la aventura del descubrimiento supremo.

(vi) Por encima de todo, hay algunos que, como Enoc, han visto la muerte como la entrada en la más íntima presencia con Aquel con Quien han vivido siempre. Si hemos vivido con Cristo, moriremos con la seguridad de que vamos a estar para siempre con nuestro Señor.

En este pasaje, el autor de Hebreos establece además los dos hechos fundamentales de la fe cristiana.

(i) Tenemos que creer en Dios. No puede haber tal cosa como una religión sin esa fe. La religión empezó cuando los seres humanos se dieron cuenta de que existe Dios, y cesa cuando viven una vida en la que no se Le tiene en cuenta.

(ii) Tenemos que creer que Dios tiene interés en nosotros. El autor de Hebreos lo expresa diciendo que Dios recompensa a los que Le buscan insistentemente.

En el mundo antiguo había quienes creían en los dioses, pero creían que vivían allá lejos, en el espacio entre los mundos, totalmente desapercibidos de estos extraños animales llamados humanos. «Dios -dijo Epicuro como uno de sus principios- no hace nada.» Hay muchos que creen que hay Dios, pero que no creen que Le importamos. Se ha dicho que ningún astrónomo puede ser ateo; pero también se ha dicho que el Dios en el Que tienen que creer los astrónomos es un Matemático. O, como dicen los masones, es «el Arquitecto del Universo». Un Dios así no tiene por qué preocuparse. Se ha llamado a Dios « El Primer Principio», «La Primera Causa», « La Energía Creadora», «La Fuerza Vital». Todos estos nombres y muchos más Le dan las personas que creen en Él, pero no necesariamente como el Dios que se preocupa de nosotros. Cuando le preguntaron a Marco Aurelio por qué creía en los ‹dioses, dijo: « Es verdad: los dioses no se pueden discernir con la vista humana, pero tampoco he visto yo mi propia alma, y sin embargo la respeto. Así es que creo en los dioses y los honro, porque he experimentado su poder una y otra vez.» No había sido la lógica, sino la vida lo que le había convencido. Séneca decía: « La primera condición para dar culto a los dioses es creer que existen… y conocer a esos dioses que presiden el mundo, porque controlan el universo con su poder al mismo tiempo que conocen a cada persona individual.» Y Epicteto decía: « Debéis saber que lo más importante de la reverencia a los dioses es tener una creencia correcta acerca de su existencia y de que ellos son los que ordenan todo bien y justamente.»

Si aquellos que no conocían al único Dios tenían ese certero instinto religioso, mucho más debemos nosotros creer, no solamente que Dios existe, sino también que está implicado en la situación humana. Para nosotros es fácil, porque Dios ha venido al mundo en Jesucristo para decirnos lo mucho que Le importamos y nos ama.

Uno que creyó lo que dios le dijo

Fue por la fe por lo que Noé, una vez que Dios le informó de cosas que todavía no se veían, aceptó con reverencia el mensaje y construyó el arca para que se pudiera salvar su familia. Por la fe se dio cuenta de que el mundo estaba sentenciado, y llegó a recibir la herencia de la justicia que es el resultado de la fe.

La historia de Noé se encuentra en el libro del Génesis, capítulos 6 a 8. La humanidad estaba tan corrompida que Dios decidió que había que destruirla. Le comunicó a Noé Su propósito de juicio y le dio instrucciones para que construyera un arca en la que se pudieran salvar su familia y representantes de toda la creación animal. Con respeto y obediencia Noé le tomó la palabra a Dios, y así se salvó y salvó a su familia.

Como en otros casos, la leyenda añade muchos detalles a esta historia. El autor de Hebreos debe de haber conocido estas leyendas, que completarían su cuadro mental. Una de esas nos cuenta que Noé estaba en duda acerca de la forma que debía darle al arca, y Dios le reveló que tenía que modelarla como el cuerpo de un ave y hacerla de madera de teca. Noé plantó una teca que creció lo suficiente en veinte años para construir de ella toda el arca. Otra historia nos cuenta que, después que Dios le advirtió, Noé se construyó una campana de madera de metro y medio de altura, y la tocaba todos los días por la mañana, al mediodía y por la tarde. Cuando le preguntaron por qué lo hacía respondió: «Para advertiros de que Dios va a mandar un diluvio para destruiros a todos.» Otra historia nos cuenta que, cuando Noé estaba construyendo el arca, la gente se reía de él y le tenía por loco; pero él les decía: «Aunque os riáis de mí ahora, llegará el día en que sea yo el que me ría de vosotros; porque os daréis cuenta a vuestra costa de Quién es el que castiga a los malvados en este mundo y les reserva más castigo en el mundo venidero.» Tal vez por esto se llama a Noé «pregonero de justicia» en 2 Pedro 2:5. Aún más que Abel y Enoc, Noé es hombre de fe.

(i) Noé Le tomó la palabra a Dios. Creyó el mensaje que Dios le comunicó. De momento podía parecer una tontería; pero Noé lo creyó y se jugó el todo por el todo. Está claro que para tomar en serio la palabra de Dios tenía que dejar de lado sus actividades normales para concentrarse en lo que Dios le había dicho que hiciera. La vida de Noé se convirtió en una continua y concentrada preparación para lo que Dios le había dicho que sucedería. A todos nos llega la ocasión de prestar o no prestar atención al Mensaje de Dios. Podemos vivir como si ese Mensaje no tuviera la menor importancia, o como si fuera la cosa más importante del mundo para nosotros. O, para decirlo de otra manera: Noé fue el hombre que prestó atención a la advertencia de Dios, y gracias a ello se salvó del desastre. Nos puede venir la advertencia de Dios de muchas maneras: de nuestra propia conciencia; de alguna palabra de Dios que nos llega derecha al alma; del consejo o la reprensión de alguna persona buena y piadosa, o saltándonos del Libro de Dios o desafiándonos en algún sermón. Si la desoímos será a nuestro riesgo.

(ii) A Noé no le desanimaron las burlas de la gente. Cuando brillaba el Sol, su conducta tiene que haber parecido una locura. ¿Quién sino un loco de remate acometería la construcción de tal carcamán en tiempo seco y lejos de la mar? El que Le toma la palabra a Dios puede que emprenda a veces una actividad que parezca una locura. No tenemos más que pensar en los primeros días de la Iglesia. Uno se encuentra con un amigo, y le dice: « He decidido hacerme cristiano.» El otro le contesta: « ¿Pero es que no sabes lo que les pasa a los cristianos? ¡Están fuera de la ley! Los meten en la cárcel, se los echan a los leones, los crucifican, los queman vivos…» El primero dice: «Sí, ya lo sé.» Y el otro: «¡Estás loco de remate!» Tenemos que estar preparados a que nos tomen por locos por causa de Jesús. No debemos olvidar que hubo un tiempo en que Sus amigos vinieron a buscarle para llevársele a casa, porque pensaban que estaba mal de la cabeza. La sabiduría de Dios muchas veces le parece locura a la gente.

(iii) La fe de Noé fue el juicio de los otros. Por eso es por lo que, por lo menos en un sentido, es peligroso ser cristiano. No es que los cristianos se crean más justos que nadie, o que sean criticones; ni que vayan por ahí fijándose en lo que los demás hacen mal; ni que digan: «Yate lo decía yo.» A menudo lo que sucede es que, sencillamente por ser cristianos, traemos juicio sobre los que no lo son. Alcibíades, aquel joven brillante pero salvaje de Atenas, le decía a Sócrates: «Sócrates, te odio, porque siempre que me encuentro contigo me haces verme tal como soy.» Uno de los atenienses más simpáticos y ejemplares fue Arístides, al que llamaban « el Justo»; pero le condenaron al ostracismo. Cuando le preguntaron a uno por qué lo había votado, contestó: « Porque estoy harto de que le llamen «el Justo».» Ante la bondad, el mal queda condenado.

(iv) Noé fue justo por la fe. Sucede que es el primero al que se llama dikaios, justo, en la Biblia (Génesis 6:9). Su bondad consistió en que Le tomó la palabra a Dios. Cuando otros quebrantaban los mandamientos de Dios, Noé los cumplía; cuando otros se hacían los sordos a las advertencias de Dios, Noé les hacía caso; cuando otros se reían de Dios, Noé Le respetaba. Se ha dicho de Noé que, «con su luminosa fe en Dios, puso al descubierto el sombrío escepticismo del mundo.» En un tiempo cuando la gente pasaba de Dios, Noé Le honraba y Le consideraba la suprema Realidad del mundo.

La aventura y la paciencia de la fe

Fue por su fe por lo que Abraham, cuando Dios le llamó, demostró su obediencia al marcharse al lugar que iba a recibir en herencia, aunque marchó sin saber adónde había de ir. Fue por su fe por lo que vivió como forastero en la tierra que se le había prometido, como si se tratara de una tierra extranjera, viviendo en tiendas de campaña, lo mismo que hicieron después Isaac y Jacob, que fueron sus coherederos en aquella promesa; porque esperaba una ciudad con fundamentos cuyo arquitecto y constructor es Dios.

La vocación de Abraham se nos cuenta con sencillez dramática en Génesis 12:1. En torno al nombre de Abraham se fueron tejiendo leyendas judías y orientales, algunas de las cuales debe de haber conocido el autor de Hebreos. Esas leyendas nos cuentan que Abraham era el hijo de Téraj (R-V, Thare o Taré), general del ejército de Nemrod (R-V Nimrod). Cuando nació Abraham apareció en el cielo una estrella tan brillante que parecía borrar todas las otras. Nemrod trató de matar al niño Abraham, pero le escondieron en una cueva y le salvaron la vida. Fue precisamente en esa cueva donde tuvo la primera visión de Dios. Cuando era joven salió de la cueva y se quedó mirando el desierto a lo lejos. Salía el Sol en toda su gloria, y Abraham dijo: « ¡No cabe duda de que el Sol es Dios, el Creador!» Y entonces se arrodilló y adoró al Sol. Pero, cuando llegó la tarde, el Sol se puso por el Oeste y Abraham dijo: «¡ No! ¡El Autor de la creación no se puede poner!» Salió la Luna por el Este, y aparecieron las estrellas. Entonces Abraham dijo: «¡La Luna debe de ser Dios, y las estrellas su ejército!» Así que se arrodilló y adoró a la Luna; pero, cuando pasó la noche, la Luna se puso y apareció otra vez el Sol; y Abraham dijo: «Está claro que éstos no son más que cuerpos celestes, y que no son dioses, porque obedecen una ley. Adoraré al Que les impuso la ley.»

Los árabes tienen una leyenda diferente. Cuentan que Abraham vio muchos ganados y manadas, y le preguntó a su madre: «¿Quién es el señor de todo esto?» Su madre le dijo: «Tu padre, Téraj.» « ¿Y quién es el señor de Téraj?», volvió a preguntar el muchacho. « Nemrod» -le contestó su madre. « ¿Y quién es el Señor de Nemrod?» -volvió a preguntar Abraham. Su madre le dijo que dejara de preguntar tanto; pero Abraham ya estaba buscando con el pensamiento al Que es el Señor de todo. Las leyendas nos siguen contando que Téraj no sólo adoraba doce ídolos, uno por cada mes del año, sino que además era fabricante de ídolos. Un día, Abraham se quedó a cargo de la tienda, atendiendo a los que venían a comprar ídolos. Abraham les preguntaba cuántos años tenían, y le contestaban que cincuenta, o sesenta. «¡Pobre hombre el de tal edad -dijo Abraham-, que adora lo que se hace en un día!» Un hombre fuerte y robusto de setenta años entró. Abraham le preguntó su edad y le dijo: «¡Eres un tonto en adorar a un dios que es más joven que tú!» Una mujer trajo un plato de carne para los dioses. Abraham cogió un palo y destrozó todos los ídolos menos uno, en cuyas manos dejó el palo. Cuando Téraj volvió, se enfadó mucho; y Abraham le dijo: « Padre, una mujer trajo este plato de carne para tus dioses; como todos lo querían, el más fuerte les quitó la cabeza de un golpe a los demás, no fuera que no le dejaran nada.» «¡Eso es imposible -dijo Téraj-, porque no son más que pedazos de madera o de piedra!» Y Abraham le contestó: « ¡Deja que oiga tu oído lo que ha dicho tu boca!»
Todas estas leyendas nos dan una imagen gráfica de Abraham buscando a Dios, insatisfecho con la idolatría de su pueblo.

Así es que, cuando recibió la llamada de Dios, ¡estaba dispuesto a adentrarse en lo desconocido para encontrarle! Abraham es el ejemplo supremo de la fe.

(i) La fe de Abraham era la fe que está dispuesta para la aventura. La llamada de Dios suponía dejar hogar y familia y ocupación; y sin embargo fue. Tenía que salir a lo desconocido, y fue. Hasta los mejores de nosotros tenemos algo de timoratos. Nos da miedo lo que nos pueda suceder si nos atrevemos a tomarle la palabra a Dios y obramos de acuerdo con Sus mandamientos y promesas.

El obispo Newbigin nos cuenta los trámites que llevaron a la formación de la Iglesia Unida del Sur de la India. Él mismo tomó parte en las negociaciones y largas discusiones que fueron necesarias. A menudo las cosas se detenían por la «prudencia»

de algunos que querían saber a qué conduciría cada paso; hasta que el moderador recordó a todos que un cristiano no tiene derecho a preguntar adónde va.

Muchos de nosotros vivimos una vida cautelosa de acuerdo con el principio de que la seguridad es lo primero; pero, para vivir la vida cristiana, hace falta estar dispuestos a arriesgarse a la aventura. Si la fe pudiera prever todos los pasos del camino, no sería realmente fe. A veces el cristiano tiene que ponerse en camino adonde la voz de Dios le llama sin saber cuáles serán las consecuencias. Como Abraham, tiene que salir sin saber adónde va.

(ii) La fe de Abraham era la fe que tiene paciencia. Cuando llegó a la Tierra Prometida, no se le permitió tomarla como suya. Tuvo que vivir en ella como forastero, en tienda de campaña, como sus descendientes habían de vivir después en el desierto. En la vida de Abraham las promesas de Dios nunca se hicieron realidad; y, sin embargo, nunca perdió la fe.

Es característico de casi todos nosotros que siempre tenemos prisa. Esperar nos es más difícil que aventurarnos. Y el tiempo más difícil es el de en medio. En el momento de la decisión hay entusiasmo y emoción; al llegar a la meta está el resplandor y la gloria de la satisfacción; pero en el tiempo intermedio hay que saber esperar y velar y trabajar, aunque parece que no pasa nada.

Es entonces cuando se abandonan tantas esperanzas, y se reducen tantos ideales, y nos hundimos en la apatía de los sueños muertos. La persona de fe es la que mantiene viva la esperanza y el esfuerzo a tope hasta en los días grises en los que parece que no se puede hacer nada más que esperar.

(iii) La fe de Abraham era la fe que mira más allá de este mundo. Leyendas más tardías creían que a Abraham se le había concedido vislumbrar la Nueva Jerusalén. En el Apocalipsis de Baruc Dios dice: « Se la mostré a mi siervo en la noche» (4:4). En 4 Esdras dice su autor: «Sucedió que, cuando estaban practicando la impiedad delante de Ti, escogiste a uno entre ellos cuyo nombre era Abraham; le amaste y le revelaste a él solo el fin de los tiempos, secretamente, de noche» (4:13). Nadie ha hecho nunca nada que valiera la pena sin una visión que le permitiera arrostrar las dificultades y los desalientos del camino. A Abraham se le concedió la visión; y, hasta cuando su cuerpo estaba deambulando por Palestina, su alma estaba en comunión con Dios. Dios no puede darnos una visión si no Le dejamos que nos la dé; pero, si esperamos en Él, aunque sea en los desiertos de la Tierra, nos enviará la visión; y, con ella, la faena y la lucha del camino de cada día valdrán la pena.

Creer lo increíble

Fue por su fe por lo que Sara también recibió poder para quedarse embarazada y dar a luz aunque ya se le había pasado el tiempo con mucho; porque creyó que se podía confiar plenamente en el Que lo había prometido. Y así, de un solo hombre, y un hombre cuyo cuerpo había perdido ya toda la vitalidad, nació una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo y tan incontable como la arena de las playas.

La historia de la promesa que Dios les hizo a Abraham y Sara de que tendrían un hijo se cuenta en Génesis 17:15-22; 18:9-15; 21:1-8. Lo maravilloso es que Abraham y Sara eran muy ancianos, y hacía mucho que se les había pasado la edad de engendrar y concebir hijos; pero, según la antigua historia, Dios les hizo la promesa, y la cumplió.

La reacción de Abraham y Sara tuvo tres etapas.

(i) Empezó por la más completa incredulidad. Cuando Abraham oyó la promesa se llevó las manos a la cabeza y se echó a reír (Génesis 17:17). Cuando la oyó Sara se rió para sus adentros (Génesis 18:12). Al escuchar por primera vez las promesas de Dios, la reacción humana esa menudo pensar que son demasiado buenas para ser verdad. No hay misterio en toda la creación que se pueda comparar con el amor de Dios. Que ame a la humanidad y sufra y muera por ella es algo que nos mueve a la más absoluta incredulidad. Por eso el Mensaje de Cristo es Evangelio, Buena Noticia; tan buena que nos parece increíble.

(ii) De ahí pasó al amanecer del darse cuenta. Después de la incredulidad vino el amanecer de que era Dios el Que les había hablado, y Dios no puede mentir. Los judíos solían establecer como ley primaria para un maestro que no debe prometerles nunca a sus alumnos lo que no tiene intención o posibilidad de cumplir; el hacerlo sería enseñarles a faltar a su palabra. Cuando recordamos que el que hace la promesa es Dios, nos damos cuenta de que tiene que ser cierta.

(iii) Y culminó en la capacidad de creer lo imposible. El que Abraham y Sara tuvieran un hijo, humanamente hablando era imposible. Como dijo Sara: « ¿Quién iba a decir que Sara iba a dar de mamar a hijos?» (Génesis 21:7). Pero, por la gracia y el poder de Dios, lo imposible se hizo realidad. Hay algo aquí que eleva y ablanda cualquier corazón. Cavour dijo que lo más esencial de un estadista es « el sentido de lo imposible.» Cuando oímos a los hombres planificar y discutir y pensar en voz alta, nos da la impresión de que un gran número de cosas de este mundo que son deseables tienen que descartarse como imposibles.

La gente se pasa la mayor parte de la vida poniéndole trabas al poder de Dios. La fe es la capacidad de echar mano de esa Gracia que es suficiente para todas nuestras necesidades, de tal manera que lo que era humanamente imposible se vuelve divinamente posible. Todo es posible para Dios y, por tanto, la palabra imposible no figura en el diccionario del cristiano ni de la Iglesia Cristiana.

Forasteros y apátridas

Todos éstos murieron sin llegar a poseer lo prometido. Solamente lo oteaban en la distancia y lo saludaban desde lejos, confesándose apátridas y forasteros en la Tierra. Ahora bien, los que hablan así dejan bien claro que están buscando una patria; y, si estuvieran pensando en la que dejaron atrás, tiempo tenían de volver a ella. Pero, está claro que lo que buscaban era algo mejor; quiero decir, la patria celestial. Por eso mismo a Dios no Le daba vergüenza que Le llamaran su Dios, porque les tenía preparada esa ciudad que estaban buscando.

Ninguno de los patriarcas llegó a tomar posesión de la Tierra Prometida. Fueron nómadas toda la vida, y no vivieron nunca como residentes en ningún sitio. De aquí sacamos ciertas lecciones de carácter permanente.

(i) Vivieron siempre como extranjeros. El autor de Hebreos les aplica tres palabras griegas muy gráficas.

(a) En 11:13 los llama xenoi (pl.). Xenos (sing.) es la palabra griega para un extraño o extranjero, de la que deriva la española xenofobia entre otras. La suerte de los tales era dura en el mundo antiguo. Se los miraba con desprecio, con suspicacia y hasta con odio. En Esparta xenos equivalía a bárbaro. Uno escribe quejándose de que le despreciaban «porque soy un xenos». Otro escribe que, por muy pobre que sea su hogar, es mejor que vivir epi xenés, en el extranjero. Cuando los clubes celebraban sus comidas, los comensales se dividían en miembros y xenoi. Xenos quería decir a veces refugiado. Los patriarcas se pasaron la vida como extranjeros en una tierra que no era la suya.

(b) En 11:9 usa la palabra paroikein, «habitar como extranjero» (R-V60), de Abraham. Un pároikos era un residente extranjero. Se aplica esta palabra a los judíos que fueron deportados a Babilonia y a Egipto. Un pároikos no era mucho más que un esclavo en la escala social. Tenía que pagar un impuesto como extranjero. Siempre era un extraño, y sólo si pagaba formaba parte de la comunidad hasta cierto punto.

(c) En 11:13 usa la palabra parepídémos. Un parepídémos era uno que estaba parando temporalmente, pero que tenía la residencia permanente en algún otro sitio. A veces su estancia era limitada estrictamente. Un parepídémos estaba de pensión, no tenía hogar propio donde le había echado la vida. Los patriarcas fueron toda la vida personas que no tenían un lugar fijo que pudieran llamar su hogar. Eso era una cosa humillante en los tiempos antiguos, y aún lo sigue siendo en muchos lugares. Era llevar siempre un estigma. En la Carta de Aristea se dice: «Es magnífico vivir y morir en la tierra donde se ha nacido; una tierra extranjera produce desprecio a los pobres y vergüenza a los ricos, porque siempre se tiene la sospecha de que los habrán desterrado por algo malo que han hecho.» En Eclesiástico 29:22-28 hay un pasaje lleno de añoranza: Mejor vive un pobre que se cobija en un pajar que el que se aloja suntuosamente en casa de extraños.

Conténtate con lo poco como con lo mucho: y no tendrás que soportar el oprobio de la vida nómada. Mala vida es ir de casa en casa, y donde eres extranjero no puedes abrir la boca.

En caso de que seas extranjero beberás desprecios; y además tendrás que escuchar cosas amargas: -¡Ven aquí, forastero, y ponme la mesa, y sírveme lo que tengas! -¡Lárgate, forastero, de este lugar respetable; ha venido mi hermano y necesito la casa! ¡Cosas dolorosas para hombre entendido, censuras en cuanto al alojamiento, y las burlas del prestamista!

En cualquier tiempo es una desgracia ser forastero en tierra extraña; pero en los tiempos antiguos se añadía a las incomodidades naturales la amargura de la humillación: Los patriarcas fueron toda la vida forasteros en tierra ajena. La figura del forastero se ha convertido en la representación de la vida cristiana. Tertuliano dijo del cristiano: «Sabe que en la Tierra no es más que un peregrino; pero su dignidad está en el Cielo.» Y Clemente de Alejandría: « No tenemos patria en la Tierra.» Y Agustín: «Somos transeúntes exilados de nuestra patria.» Eso no quería decir que los cristianos eran unos estúpidos que vivían en las nubes, desconectados de la vida y el trabajo de este mundo; sino que siempre tenían presente que eran un pueblo de caminantes. Hay un dicho atribuido a Jesús que no se conserva en los Evangelios: « El mundo es un puente. El sabio pasará por él, pero no construirá sobre él su morada.» El cristiano se considera un peregrino de la eternidad.

(ii) A pesar de todo, estos hombres no perdieron nunca la visión ni la esperanza. Aunque tuviera que pasar mucho tiempo para que esa esperanza se hiciera realidad, su luz brillaba siempre en sus ojos. Aunque el camino fuera muy largo, no se detenían nunca. Robert Louis Stevenson decía: «Es mejor viajar esperanzadamente que llegar.» Nunca se rindieron; vivían en esperanza y murieron en expectación.

(iii) A pesar de todo, nunca quisieron volver atrás. Sus descendientes, cuando estaban en el desierto, a menudo querían volverse « a las ollas de Egipto.» Pero no los patriarcas. Habían emprendido el camino, y ni se les ocurría volver atrás. En el vuelo existe lo que se llama el punto sin retorno. Cuando el avión ha llegado a ese punto, ya no puede volver atrás. Su reserva de combustible ha llegado a un nivel que no le permite más que seguir adelante. Una de las tragedias de la vida es el número de personas que se vuelven atrás un poquito demasiado pronto. Otro esfuerzo, una pequeña espera de otro poquito, harían que el sueño se hiciera realidad. En el momento en que un cristiano se lanza a alguna empresa que Dios le envía, debe considerar que ha pasado el punto sin retorno.

(iv) Estos hombres podían seguir adelante porque los atraía lo que estaba todavía más allá. El que quiere ver mundo se siente atraído por los países que no conoce. A1 gran artista o compositor le impulsa la idea de una interpretación o una producción como nunca se ha hecho, y se pregunta si lo logrará. Stevenson nos cuenta que un viejo vaquero que pasaba todos los días limpiando la basura de los establos. Alguien le preguntó si no se cansaba nunca de hacer siempre lo mismo, y él respondió: « El que tiene algo más allá no tiene por qué cansarse.» Los patriarcas tenían algo más allá… y nosotros también.

(v) Como estos hombres eran como eran, Dios no se avergonzaba de que Le llamaran su Dios. Por encima de todo, Dios es el Dios del noble aventurero. Le encantan los que están dispuestos a aventurarse por Su Nombre. El prudente comodón es lo opuesto del hombre de Dios. El que se lanza a lo desconocido y sigue adelante llegará a Dios al final.

El sacrificio supremo

Fue por su fe por lo que Abraham estuvo dispuesto a ofrecer en sacrificio a Isaac cuando Dios le puso a prueba. Estaba dispuesto a ofrecer en sacrificio hasta a su hijo único, aunque se le había dicho: «Será por la línea de Isaac por la que tendrás descendencia. » Estuvo dispuesto a hacer aquello porque consideraba que Dios podía devolverle a su hijo. Yasí fue como le recibió otra vez, lo que es una parábola de la Resurrección.

La historia de Isaac, que se nos cuenta en Génesis 22:1-18, es el relato sumamente dramático de cómo Abraham asumió la prueba suprema de que se le demandara la vida de su único hijo. En cierto sentido esta historia ha caído en descrédito. Se la excluye de programas de educación cristiana porque se considera que enseña algo inaceptable de Dios. O se mantiene que todo sucedió solamente para que Abraham aprendiera que Dios no quiere sacrificios humanos. No cabe duda de que eso es verdad; pero, si queremos ver esta historia en toda su grandeza y como la vio el autor de Hebreos, tenemos que tomarla en su valor facial. Fue la respuesta de un hombre al que se pidió que Le ofreciera a Dios a su propio hijo.

(i) Esta historia nos enseña que debemos estar dispuestos a sacrificar lo que nos es más querido por nuestra fidelidad a Dios. Ha habido muchos que le han sacrificado la carrera a lo que consideraban que era la voluntad de Dios. J. P. Struthers era pastor de la Iglesia Reformada Presbiteriana en Greenock, una congregación pequeña que, no es ni falso ni descortés decir, tenía un gran pasado pero no tenía futuro. Si hubiera estado dispuesto a dejar la iglesia de sus padres, hubiera podido escoger el mejor púlpito del país, con las más considerables ventajas económicas; pero lo sacrificó todo por lo que consideraba su fidelidad a la voluntad de Dios. A veces uno tiene que sacrificar sus relaciones personales. Puede que se sienta llamado por Dios a una tarea en una esfera difícil y en un lugar poco atractivo, y tal vez su novia no está dispuesta a arrostrarlo con él. Él tiene que escoger entre lo que cree la voluntad de Dios y unas relaciones que significan mucho para él. Cuando Bunyan estaba en la cárcel, le preocupaba lo que sería de su familia si le ejecutaban. Especialmente, no le dejaba el recuerdo de su hijita ciega, a la que quería tanto. « ¡Oh! -decía-, me veía en aquellas circunstancias como un hombre que tuviera que derribar su propia casa sobre las cabezas de su mujer y de sus hijos; y creía que tenía que hacerlo, que tenía que hacerlo.» Abraham era un hombre que estaba dispuesto a sacrificarle a Dios hasta lo que le era más querido. Esto sucedía una y otra vez en la Iglesia Primitiva. En una familia, uno de los miembros se hacía cristiano y los otros no; los hijos se convertían a Cristo, y los padres no. La espada descendía sobre aquella casa; y, a menos que hubiera habido personas que amaban a Cristo más que a todo lo demás, hoy no existiría la Iglesia. Dios debe ocupar el primer puesto en nuestras vidas, o no estará en ellas. Se cuenta de dos niños a los que dieron como regalo un arca de Noé de juguete. Habían oído contar la historia del Antiguo Testamento, y decidieron que ellos también querían hacer un sacrificio. Pasaron revista a los animales del arca de juguete, y por último se decidieron por una oveja que tenía una pata rota. Lo único que estaban dispuestos a darle a Dios era un juguete roto que no les importaba. Así es como mucha gente está dispuesta a sacrificarle algo a Dios; pero sólo lo más querido y lo mejor es bastante bueno para dárselo a Él.

(ii) Abraham es el modelo del que acepta lo que no puede entender. Dios le hizo aquella demanda incomprensible. Dios le había prometido que, por medio de Isaac, sus descendientes se multiplicarían hasta llegar a ser una nación poderosa por la que vendría bendición a todas las demás. El cumplimiento de la promesa dependía de la vida de Isaac; y parecía que Dios quería acabar con esa vida. Como dijo Crisóstomo: «Las cosas de Dios parecían luchar con las cosas de Dios, y la fe luchar con la fe, y el mandamiento luchar con la promesa.» A todos nos llega alguna vez algo que parece que no tiene razón de ser y que desafía toda explicación. Es entonces cuando uno pelea la batalla más difícil: el aceptar lo que no puede entender. Entonces a uno no le queda más que obedecer, y decir: « ¡Dios, Tú eres amor! En eso afianzo mi fe.»

(iii) Abraham es el modelo del hombre que, en la prueba, encontró la salida. Si le tomamos la palabra a Dios y nos lo jugamos todo por Él, hasta cuando parezca que nos encontramos ante un muro negro se abrirá una salida.

La fe que vence a la muerte

Fue por la fe por lo que Isaac bendijo a Jacob y a Esaú en lo referente al futuro. Fue por la fe por lo que Jacob, cuando se sentía morir, bendijo a cada uno de los hijos de José y oró apoyándose en el puño de su bordón. Fue por la fe por lo que José, cuando estaba llegando al final de su vida, tuvo en cuenta los días cuando los israelitas saldrían de Egipto, y dejó instrucciones de lo que tenían que hacer con sus huesos.

Hay algo que enlaza estos ejemplos de fe: en cada caso se trata de la fe de uno que está a punto de morir. La bendición que dio Isaac está en Génesis 27:28, 29, 39, 40. La dio poco después de decir: «Mirad, yo ya soy viejo, y no sé cuándo me voy a morir» (Génesis 27:2). Y fue: «Dios te dé del rocío del cielo, y de las grosuras de la tierra, y abundancia de trigo y de vino. Que haya pueblos que te sirvan, y naciones que se te sometan.» La bendición de Jacob se encuentra en Génesis 48: 922. Se nos acaba de decir que «llegó el tiempo de la muerte de Israel» (Génesis 47:29). La bendición fue: « Sea perpetuado en ellos mi nombre, y el nombre de mis padres Abraham e Isaac, y multiplíquense en gran manera en medio de la tierra» (Génesis 48:15, 16). El incidente de la vida de José se encuentra en Génesis 50:22-26. Cuando José estaba al final de su vida, hizo que los israelitas le juraran que no dejarían sus huesos en Egipto, sino que se los llevarían con ellos cuando marcharan para poseer la Tierra Prometida, cosa que a su tiempo cumplieron (Éxodo 13:19, y Josué 24:32).

Lo que el Autor de Hebreos quiere subrayar es que aquellos tres hombres murieron sin que se cumpliera la promesa que Dios había hecho de darles la Tierra de Promisión y de hacer de Israel una gran nación. Isaac fue un nómada toda la vida; Jacob estaba exiliado en Egipto; José había alcanzado una posición importante, pero seguía siendo un forastero en tierra extranjera; y, sin embargo, nunca pusieron en duda que la promesa se cumpliría. No murieron desesperados, sino esperanzados. Su fe venció a la muerte.

Aquí hay algo de permanente grandeza. Todos estos hombres tenían en mente la misma verdad: « La promesa de Dios es verdad, porque Él jamás incumple Sus promesas. Puede que yo no lo vea, y que muera antes de que se haga realidad; pero soy un eslabón para su cumplimiento. El que se cumpla o no depende de mí.» Aquí tenemos una de las razones supremas de la vida.

Puede que nuestras esperanzas no se realicen durante nuestra vida, pero debemos vivir de tal manera que apresuremos su cumplimiento. Puede que no se le conceda a todo el mundo el entrar a gozar de todas las promesas de Dios; pero se le concede vivir con tal fidelidad que se acerque el día en que otros las experimenten. A todos nosotros nos corresponde la tarea de ayudar a Diosa hacer realidad Sus promesas.

La fe y sus secretos

Fue por la fe por lo que a Moisés, cuando nació, sus padres le tuvieron escondido tres meses, porque vieron lo bonito que era; y no se dejaron atemorizar por el edicto del faraón. Fue por la fe por lo que Moisés, cuando se hizo hombre, rechazó que le consideraran hijo de la hija del faraón, y prefirió sufrir penalidades con el pueblo de Dios a disfrutar de los placeres transitorios del pecado; porque consideraba que una vida de oprobio por causa del Mesías valía más que todos los tesoros de los egipcios, y es que tenía la mirada fija en la verdadera recompensa. Fue por la fe por lo que salió de Egipto, impasible ante la rabia inflamada del faraón; porque podía arrostrar lo que fuera como si pudiera ver al Que es invisible. Fue por la fe por lo que llevó a cabo la Pascua y marcó las casas con la sangre para que el ángel destructor no tocara a los primogénitos de su pueblo. Fue por la fe por lo que atravesaron el mar Rojo como si fuera tierra seca, cosa que intentaron los egipcios pero se los tragó el mar.

Moisés era la figura suprema de la historia de los judíos. Fue el líder que los rescató de la esclavitud y que recibió la Ley de manos del mismo Dios. Para el autor de la Carta a los Hebreos Moisés fue, por encima de todo, un hombre de fe. En esta historia, como señala Moffatt, hay cinco actos de fe distintos. Como con los otros grandes personajes cuyos nombres figuran en este cuadro de honor de los fieles de Dios, muchas leyendas y elaboraciones se reunieron en torno al nombre de Moisés, que es posible que conociera y tuviera presentes el autor de esta carta.

(i) Estaba la fe de los padres de Moisés. Su parte en la historia se encuentra en Exodo 2:1-10. Éxodo 1:15-22 nos cuenta que el faraón, en su odio, trató de acabar con el pueblo de Israel matando a los que iban naciendo. Una leyenda nos cuenta que Amram y Jocabed, los padres de Moisés (Éxodo 6:20), tuvieron problemas por culpa del decreto del faraón. Amram se divorció de su mujer, no porque dejara de quererla, sino para evitarle el dolor de ver morir a sus hijos. Estuvieron divorciados tres años; pero entonces Miriam profetizó: «Mis padres tendrán otro hijo, que libertará a Israel de manos de los egipcios.» Y le dijo a su padre: « ¿Qué has hecho? Has despedido a tu mujer porque no podías confiar en el Señor Dios, Que protegería al hijo que te naciera.» Así es que Amram, sintiendo vergüenza de su incredulidad, recuperó la confianza en Dios y volvió a convivir con su mujer; y a su debido tiempo nació Moisés. Era un niño tan precioso que sus padres decidieron esconderle en su casa, lo que hicieron durante tres meses. Entonces, cuenta la leyenda, los egipcios organizaron una trama horrible. El faraón había decidido que se buscaran los niños que estuvieran escondidos, y se mataran. Es un hecho que, cuando un niño oye llorar a otro, se pone a llorar también. Así es que mandaron madres egipcias con sus bebés a las casas de los israelitas, y allí los pellizcaban para que lloraran. Esto hacía que los niños israelitas también lloraran, y así los descubrían y mataban. En vista de esto, Amram y Jocabed decidieron hacer una arquilla y confiar a su hijo al río Nilo.

El que Moisés llegara a nacer ya fue un acto de fe; y el que siguiera viviendo, otro. Empezó por ser un hijo de la fe.

(ii) El segundo acto de fe fue la lealtad de Moisés a su pueblo. La historia se nos cuenta en Éxodo 2:11-14. De nuevo nos encontramos con leyendas que iluminan el cuadro. Cuando confiaron a Moisés a las aguas del Nilo, le encontró la hija del faraón, que se dice que se llamaba Bithia, o más corrientemente Thermutis. Se quedó alucinada con la belleza del niño. La leyenda dice que, cuando sacaron del agua la arquilla, el arcángel Gabriel le dio unos cachetitos al bebé para que llorara, y se le ablandara el corazón a Thermutis al ver aquella carita tan preciosa con pucheritos y con lágrimas en los ojillos.

Thermutis, bien a su pesar, era estéril; el caso es que se llevó a casa al bebé Moisés, y le cuidó como si fuera suyo. Moisés iba creciendo tan bonito que la gente se volvía en la calle, y hasta paraba de trabajar para mirarle. Era tan listo que superaba con mucho a todos los otros chicos en conocimientos y en inteligencia. Cuando todavía era pequeño, Thermutis le llevó al faraón, y le contó cómo le había encontrado. Le colocó en los brazos de su padre, que se mostró tan encantado con el niño que le abrazó; y, a petición de Thermutis, prometió hacerle su sucesor. En broma, se quitó la corona y se la puso a Moisés en la cabeza; pero el niño se la quitó y la tiró al suelo y se puso a pisotearla. Los sabios del faraón presagiaron que aquel niño pisotearía algún día el poder real de Egipto, y querían matarle allí mismo. Pero se propuso una prueba: le pusieron delante al niño Moisés un cacharrito lleno de piedras preciosas y otro lleno de ascuas. Si extendía la mano y tocaba las joyas, eso demostraría que era peligroso por ser demasiado listo; y, si tocaba las ascuas, eso probaría que era suficientemente tonto para no ser ningún peligro. El niño Moisés estaba a punto de tocar las joyas cuando Gabriel le cogió la mano y se la desvió hacia los carbones. Se quemó un dedito; se lo metió en la boca y se quemó la boca; por eso se decía más tarde que no era buen orador (Éxodo 4:10), y que fue tartamudo toda la vida.

El caso es que Moisés siguió con vida. Se crió con toda clase de lujos. Era el heredero del reino. Se convirtió en uno de los mayores.generales egipcios; conquistó a los etíopes, que eran una amenaza para Egipto, y después se casó con una princesa etíope. Pero nunca se olvidó de sus compatriotas; y llegó el día en que decidió solidarizarse con los israelitas oprimidos y despedirse del futuro de riquezas y realeza que le esperaba en Egipto.

Moisés renunció a la gloria terrenal por amor al pueblo de Dios. Cristo dejó Su gloria por amor a la humanidad; aceptó los azotes, y la vergüenza y la muerte más terrible. Moisés, en su día y generación, compartió los sufrimientos de Cristo, escogiendo la lealtad que conducía a los sufrimientos en lugar de las facilidades que conducían a la gloria terrenal. Sabía que los premios de la Tierra eran despreciables comparados con la última recompensa de Dios.

(iii) Llegó el día en que Moisés, por haber intervenido a favor de su pueblo, tuvo que salir de Egipto y refugiarse en Madián (Éxodo 2:14-22). Por el orden que se viene siguiendo debe de ser a eso a lo que se refiere el versículo 27. Algunos intérpretes encuentran dificultades aquí, porque la narración de Éxodo dice que Moisés huyó a Madián porque tuvo miedo del faraón (Éxodo 2:14), mientras que Hebreos dice que se marchó « impasible ante la rabia incendiaria del faraón.» No tiene por qué haber una contradicción. El autor de Hebreos sencillamente profundizó en la historia. Para Moisés, el retirarse a Madián no fue un acto de n-fiedo, sino de valor. Muestra el valor de un hombre que ha aprendido a esperar. Los estoicos eran sabios; decían que una persona no debe arriesgar innecesariamente su vida provocando la ira de un tirano.

Séneca escribió: «El sabio no provocará jamás la ira de los poderosos; antes la esquivará, de la misma manera que los marineros no juegan a sabiendas con el peligro de la tempestad.» En aquella ocasión, Moisés habría podido lanzarse, pero el pueblo no estaba preparado. El haberlo hecho temerariamente habría supuesto perder la vida, y la liberación de Egipto no habría podido llevarse a cabo. Tuvo la grandeza y el valor de esperar a que Dios dijera: «Ahora es el momento.»

Moffatt cita un dicho de A. S. Peake: « El valor de abandonar una acción en la que se ha puesto el corazón y de aceptar alegremente la inacción como la voluntad de Dios es de la más elevada e infrecuente calidad, y lo puede crear y sostener solamente la visión espiritual más clara.» Cuando nuestro instinto de pelea dice: « ¡Adelante!», hay que ser grande y valiente para esperar. Es humano el temer perder la oportunidad; pero es grande esperar el momento de Dios -¡hasta cuando parece que es desaprovechar la oportunidad!

(iv) Llegó el día en que Moisés tenía que hacer todos los preparativos para la primera Pascua. El relato se encuentra en Éxodo 12:12-48. Había que hacer el pan sin levadura; había que matar el cordero pascual; había que pintar el dintel de las puertas con la sangre del cordero para que el ángel de la muerte la viera y pasara de largo sin matar al primogénito de aquella familia. Pero lo más alucinante fue que, según el relato de Éxodo, Moisés no sólo hizo todos los preparativos para la noche en que los israelitas habían de salir de Egipto, sino que también dispuso que tenían que observarlos anualmente en el futuro. Es decir: que no tenía la menor duda de que aquella empresa tendría éxito, el pueblo sería librado de la esclavitud de Egipto y algún día llegarían a la Tierra de Promisión. Ahí tenemos a una multitud de infelices esclavos hebreos a punto de emprender un viaje por un desierto desconocido a una tierra desconocida que se les había prometido, y ahí estaba todo el ejército de Egipto a sus talones; y sin embargo, Moisés nunca puso en duda que Dios los conduciría hasta el final sanos y salvos. Moisés era, por encima de todo, el hombre que tuvo fe en que, si Dios le había dado a Su pueblo una orden, también le daría la fuerza para llevarla a cabo. Moisés estaba seguro de que Dios no encarga a Sus siervos una tarea para luego dejarlos en la estacada, sino que va con ellos cada paso del camino.

(v) Llegó el gran acto del cruce del mar Rojo. La historia se nos cuenta en Éxodo 14. Ahí leemos que los israelitas pudieron cruzar milagrosamente, y los egipcios se ahogaron cuando intentaron hacer lo mismo. Fue en aquel momento cuando la fe de Moisés se le comunicó a todo el pueblo, guiándolos hacia adelante cuando hubieran podido volverse atrás. Aquí tenemos la fe de un líder y de un pueblo dispuestos a intentar lo imposible al mandato de Dios, dándose cuenta de que el mayor obstáculo del mundo no es tal si Dios está presente para ayudarnos a superarlo. El libro Como en Adán contiene esta frase: «El sentido de la vida consiste en saltar vallas, no en tumbarse a lamentarse al lado de acá.» Para Moisés correspondía a la fe intentar superar las que parecían barreras insuperables en la seguridad de que Dios ayudaría al que se hiciera el propósito de seguir adelante. Por último, este pasaje no sólo nos habla de la fe de Moisés, sino también de la fuente de esa fe. El versículo 27 nos dice que pudo arrostrar todo aquello «como si viera al Que es invisible.» La característica sobresaliente de Moisés era la íntima relación que tenía con Dios. En Éxodo 33:9-I1 leemos cómo entraba en el tabernáculo: «El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como -el que habla con un amigo.» En Números 12:7, 8 leemos el veredicto de Dios cuando algunos se querían rebelar contra Moisés: «Con él Yo hablo de boca a boca.» Para decirlo claramente: el secreto de la fe de Moisés era que conocía personalmente a Dios.

Salía a enfrentarse con cualquier tarea de la presencia de Dios. Se dice que, antes de una gran batalla, Napoleón se quedaba solo en su tienda; mandaba a buscar a sus comandantes, uno a uno; cuando entraban, él no les decía palabra, pero los miraba a los ojos y les daba la mano; y ellos salían dispuestos a morir, por el general al que amaban. Eso era lo que pasaba con Moisés y Dios. Moisés tenía la fe que tenía porque conocía a Dios como Le conocía. Cuando salimos de la presencia de Dios, no hay nada que nos pueda vencer. Nuestro fracaso y nuestro miedo se deben a menudo a que tratamos de hacer las cosas solos. El secreto de una vida victoriosa es estar cara a cara con Dios antes de estar cara a cara con los hombres.

La fe que desafía a los hechos

Fue por la fe por lo que se derrumbaron las murallas de Jericó después de rodearlas siete días. Fue por su fe por lo que la prostituta Rahab no pereció entre los desobedientes, porque había ofrecido hospitalidad a los exploradores israelitas.

El Autor de Hebreos ha venido citando la fe de las grandes figuras de antes de que entrara Israel en la Tierra de Promisión.

Ahora pone dos ejemplos del período de la lucha, cuando los israelitas estaban conquistando aquella tierra.

(i) El primero es el de la toma de Jericó. Esta historia inusitada se encuentra en Josué 6:1-20. Jericó era una ciudad amurallada y fortificada. Parecía imposible conquistarla. Dios mandó que el pueblo marchara en silencio alrededor de ella, siguiendo a siete sacerdotes con trompetas de cuerno de carnero, seis días, una vez al día. El séptimo día tenían que darle siete vueltas a la ciudad, y entonces los sacerdotes tocarían las trompetas y la gente gritaría a pleno pulmón, «y las murallas se derrumbarían». Y así sucedió.

Aquella historia dejó una huella indeleble en la memoria de Israel. Siglos después, Judas Macabeo y sus hombres se encontraban ante la ciudad de Caspis, tan segura de su fuerza que los defensores se reían de los atacantes. «Ante lo cual, Judas y su compañía, invocando al gran Señor del Universo Que sin arietes ni máquinas de guerra derribó Jericó en el tiempo de Josué, asaltaron las murallas y tomó la ciudad por la voluntad de Dios» (2 Macabeos 12:13-16). Israel no olvidó nunca del todo lo que Dios había hecho por ellos y, cuando se requería valor y esfuerzo, se animaban recordándolo.

Aquí tenemos el detalle que el autor de Hebreos quería resaltar. La toma de Jericó fue el resultado de un acto de fe. La realizaron hombres que pensaban, no en lo que ellos podían hacer, sino en lo que Dios podía hacer por ellos. Estaban preparados a creer que Dios podía hacer que obtuvieran resultados increíbles, a pesar de su indiscutible pequeñez y debilidad. Después de la derrota de la Armada Invencible se erigió en Plymouth Hoe un monumento con la siguiente inscripción: «Dios envió su viento, y fueron desparramados.» Cuando los ingleses vieron la manera en que la tormenta había hecho añicos la Armada Invencible, dijeron: «Dios fue el Que lo hizo.» Cuando nos tenemos que enfrentar con una tarea grande, arriesgada y decisiva, Dios es el Aliado del Que no podemos prescindir. Lo que para nosotrossolos es imposible es siempre posible con Él.

(ii) La segunda historia a la que hace referencia aquí el autor de Hebreos es la de Rahab, que se nos cuenta en Josué 2:121, y continúa en Josué 6:25. Cuando Josué envió a unos espías para que observaran la situación de Jericó, encontraron alojamiento en casa de una prostituta que se llamaba Rahab, que los protegió y les facilitó la huida; más tarde, cuando tomaron Jericó, Rahab y su familia se libraron de la matanza general. Es extraordinario cómo se grabó Rahab en la memoria del pueblo de Israel. Santiago 2:25 la cita como ejemplo de las buenas obras que demuestran la fe. Los rabinos estaban orgullosos de decir que eran sus descendientes; y es admirable comprobar que el suyo es uno de los pocos nombres femeninos que aparecen en la genealogía de Jesús (Mateo 1:5). Clemente de Roma la cita como caso extraordinario de una persona que se salvó « por la fe y la hospitalidad.»

Cuando el autor de Hebreos la menciona, lo que quiere subrayar es que Rahab, a la vista de los hechos, creyó en el Dios de Israel. Dijo a los espías que acogió y escondió: «Sé que el Señor os ha dado esta tierra… porque el Señor vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la Tierra» (Josué 2: 9-11). Cuando estaba diciendo eso parecía que no había una probabilidad en un millón de que los israelitas conquistaran Jericó. Aquellos nómadas del desierto no tenían artillería ni arietes. Y sin embargo, Rahab creyó, y se jugó la vida y el futuro a que Dios haría posible lo imposible. Cuando el sentido común sentenciaba aquella situación como desesperada, ella tenía el sentido poco común de ver más allá de la situación. La fe verdadera y el verdadero valor están en los que se ponen del lado de Dios cuando parece que es el que está condenado al fracaso. El cristiano cree que nadie que esté de parte de Dios va a salir perdiendo; porque, aunque sufra derrotas en la Tierra, le espera la victoria definitiva en el Cielo.

Los héroes de la fe

¿Y qué más púedo decir? Me faltaría tiempo para contar las historias de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas, que por la fe dominaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron lo que Dios les había prometido, cerraron bocas de leones, extinguieron el poder del fuego, se libraron del filo de las espadas, sacaron fuerzas de flaqueza, se hicieron fuertes en batallas, derrotaron a ejércitos extranjeros.

En este pasaje, nuestro autor recorre la historia de su pueblo; y de ella se le presentan a la memoria unas figuras emblemáticas tras otras. No las pone en ningún orden especial; pero, cuando consideremos las cualidades sobresalientes de cada una, advertiremos la línea de pensamiento que las enlaza. La historia de Gedeón se nos cuenta en Jueces 6 y 7. Con sólo trescientos hombres Gedeón venció a los madianitas, que tenían atemorizado a Israel, obteniendo una victoria que quedó grabada indeleblemente en la memoria de su pueblo. La historia de Barac está en Jueces 4 y 5. Bajo la inspiración de la profetisa Débora, Barac reunió a diez mil hombres jóvenes, y se enfrentó con los terribles cananeos con sus novecientos carros de hierro, y obtuvo una victoria casi increíble. Fue algo así como si una compañía de infantería casi desarmada hubiera derrotado a una división de tanques. La historia de Sansón, el que siempre peleó solo, se encuentra en Jueces 13 a 16. En la soledad de su espléndida fuerza, una y otra vez arrostró las situaciones más adversas, y siempre salió vencedor. Fue el azote de los filisteos.

La historia de Jefté está en Jueces 11 y 12. Era hijo ilegítimo, lo que le redujo a una situación de destierro y a una vida fuera de la ley; pero cuando los amonitas tenían atemorizado a Israel, se le pidió que volviera, y obtuvo una tremenda victoria, aunque su voto le costó la vida de su hija. Luego se menciona a David que, para sorpresa de muchos y suya propia, de zagalejo llegó a ser preferido a sus hermanos y ungido rey (1 Samuel 16:1-13). Luego se menciona a Samuel, que le nació a su madre como respuesta a la oración y después de larga esterilidad (I Samuel 1), y que una y otra vez aparece solo como el único hombre de Dios fuerte y fiel en medio de un pueblo atemorizado, descontento y rebelde. Y luego vienen los profetas, que uno tras otro dieron fiel testimonio personal de Dios.

La lista completa nos presenta a hombres que arrostraron dificultades increíbles en su fidelidad a Dios. Eran hombres que no creían que Dios estaba de parte de los grandes batallones, y que estaban dispuestos a asumir riesgos tremendos y hasta aterradores por Él. Se trataba de hombres que aceptaron alegre, valiente y confiadamente, las tareas que Dios les encomendó, que eran irrealizables en términos humanos. Eran hombres que no tenían miedo de quedarse solos y de arrostrar dificultades tremendas por ser leales a Dios. El cuadro de honor de la Historia incluye a los que prefirieron estar en la minoría con Dios antes que en la mayoría con el mundo.

En la segunda parte del pasaje, el autor de Hebreos dice, en frases que parecen una ráfaga de ametralladora, lo que hicieron estos hombres y otros como ellos. Para la mayor parte de nosotros se pierde gran parte del impacto porque no nos damos cuenta de que cada una de estas frases es un epígrafe. Para los que conocían bien las Escrituras en la versión griega, cada una de estas frases haría sonar la campanilla del recuerdo. La palabra que usa para dominar reinos es la que usa el historiador judío Josefo refiriéndose a David. La frase para hacer justicia es la descripción de David en 2 Samuel 8:15. La expresión para cerrar bocas de leones es la que se usa de Daniel en Daniel 6:18, 23. La frase extinguieron el poder del fuego se refiere directamente a Sadrac, Mesac y Abed-pego en Daniel 3:19-28. Cuando dice que se libraron del filo de las espadas dirige el pensamiento a la forma en que se libró Elías de la amenaza de muerte según 1 Reyes 19:1 ss, y Eliseo según 2 Reyes 6:31 ss. El clarinazo se hicieron fuertes en batallas, derrotaron a ejércitos extranjeros, retrotraería el pensamiento inmediatamente a las hazañas inolvidables de los macabeos.

La frase sacar fuerzas de flaqueza traería a la pantalla de la memoria muchas escenas. Nos recuperaría la de la extraordinaria curación de Ezequías, cuando ya se había vuelto de cara a la pared para morir (2 Reyes 20:1-7). Y, tal vez más probablemente cuando estaba escribiendo nuestro autor, sus lectores se acordarían del épico y sangriento incidente de Judit, uno de los libros del Antiguo Testamento griego. Hubo un tiempo cuando Israel estaba amenazado por los ejércitos de Nabucodonosor al mando de su general Holofernes. El pueblo judío de Betulia había decidido rendirse al cabo de cinco días, porque se le habían acabado las reservas de comida y de agua. En el pueblo vivía una viuda judía llamada Judit. Era muy rica y muy hermosa, pero había vivido en luto solitario desde que murió su marido Manasés. Se puso su ropa más vistosa, y convenció a su pueblo para que la dejara ir al campamento de los asirios. Consiguió entrar a la presencia de Holofernes, y le hizo creer que estaba convencida de que la derrota de su pueblo era el castigo por sus pecados. Se ofreció a introducirle subrepticiamente en Jerusalén; y, una vez que se había ganado su confianza, cuando él se quedó dormido después de mucho beber, ella le mató con su propia daga, le cortó la cabeza y se la llevó a su pueblo. Los traidores fueron silenciados, y la derrota inminente se transformó en una victoria tumultuosa. La debilidad femenina se había tomado fortaleza.

El autor de Hebreos está tratando aquí de inspirar nuevo valor y un sentido de responsabilidad nuevo recordándoles a sus lectores su pasado. No lo hace de una manera obvia, sino con un arte exquisito. No les recuerda abiertamente las cosas, sino les da pistas para que las recuerden por sí mismos. Cuando Oliver Cromwell estaba haciendo los preparativos para la educación de su hijo Richard, dijo: «Me gustaría que aprendiera un poco de Historia.» Cuando estemos desanimados, recordemos, y nos animaremos. A Dios no se Le ha achicado el brazo, ni se Le ha disminuido el poder. Lo que hizo una vez, puede hacerlo de nuevo; porque el Dios de la Historia es el mismo que adoramos hoy.

El desafío del sufrimiento

A las mujeres se les devolvieron los suyos que habían perdido resucitados de los muertos. Otros fueron crucificados al negarse a aceptar el rescate; porque esperaban una mejor resurrección. Otros soportaron burlas y palizas; sí, y cadenas y cárceles. A otros los apedrearon; a otros, los serraron vivos; otros pasaron por toda clase de pruebas; y otros murieron asesinados a espada. Algunos fueron vestidos de pieles de ovejas o de cabras; pasaron necesidades, fueron oprimidos, maltratados por un mundo que no era digno de ellos… Vagaron por los desiertos y por las montañas viviendo en cuevas y en cavernas de la tierra. Y todos estos, aunque tenían la confirmación por la fe, no recibieron lo que estaba prometido; porque Dios tenía algo mejor para nosotros, de forma que ellos, sin nosotros, no habrían podido alcanzar el cumplimiento de los propósitos de Dios.

El autor de Hebreos mezcla en este pasaje diferentes períodos de la historia de Israel. Algunas veces toma sus ilustraciones del Antiguo Testamento hebreo; pero más a menudo del período de los macabeos, que se encuentra entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

En primer lugar vamos a fijarnos en las cosas que se pueden explicar desde el trasfondo del Antiguo Testamento. En las vidas de Elías (1 Reyes 17:17ss) y de Eliseo (2 Reyes 4:8ss) leemos cómo, por el poder y la fe de los profetas, hubo mujeres que recuperaron a sus hijos que ya se habían muerto.

2 Crónicas 24:20-22 nos dice que el profeta Zacarías fue apédreado por su propio pueblo porque les dijo la verdad. Una leyenda nos cuenta que a Jeremías le apedrearon sus compatriotas en Egipto. Otra leyenda nos cuenta que a Isaías le serraron vivo. Cuando Ezequías, el buen rey, murió, le sucedió en el trono Manasés, que dio culto a los ídolos y trató de obligar a Isaías a que tomara parte en su idolatría y la aprobara. Isaías se negó, y el rey le condenó a que le serraran vivo con una sierra de madera. Mientras sus enemigos intentaban hacerle renegar de su fe, él seguía desafiándolos y profetizando su destrucción. « Y, mientras la sierra le iba cortando la carne, Isaías no profería quejas ni derramaba lágrimas; pero no dejó de mantenerse en comunión con el Espíritu Santo hasta que la sierra le llegó a la mitad del cuerpo.»

Pero el autor de Hebreos recorre con el pensamiento aún más los días terribles y heroicos de la lucha de los macabeos. Ese es un período que los cristianos debemos estudiar; porque, si sus enemigos hubieran destruido la fe de Israel, Jesús no habría podido venir. La historia es como sigue.

Hacia el año 170 a.C. ocupaba el trono de Siria un rey que se llamaba Antíoco Epífanes. Fue un buen político; pero tenía un amor casi anormal a todo lo griego, y se consideraba un misionero de la manera griega de vivir. Intentó introducir todo esto en Palestina, no sin éxito, porque había algunos que querían aceptar la cultura griega, con sus obras dramáticas y juegos atléticos.

Los atletas griegos se entrenaban y competían desnudos, y algunos sacerdotes llegaron hasta a operarse para quitarse del cuerpo la señal de la circuncisión y helenizarse del todo. Hasta entonces, lo único que había conseguido Antíoco había sido causar una división en el pueblo de Israel. La mayor parte de los judíos permanecían inalterablemente fieles a su religión, y no se los podían cambiar. Todavía no se habían usado la fuerza y la violencia.

Entonces, hacia 168 a.C., el problema alcanzó su clímax. Antíoco tenía interés en Egipto. Preparó un ejército e invadió ese país. Para su humillación, los romanos le hicieron que se volviera a su tierra. No mandaron un ejército para resistirle; el poder de Roma era tal que no tenían necesidad de llegar a eso.

Enviaron a un senador que se llamaba Popilio Lena, con un pequeño séquito sin armas. Popilio y Antíoco se encontraron cerca de la frontera de Egipto. Como ya se conocían de Roma y habían sido amigos, hablaron. Y entonces, muy gentilmente, Popilio le dijo a Antíoco que Roma quería que no prosiguiera con la campaña y que se volviera a casa. Antíoco dijo que ya se lo pensaría. Popilio cogió el bastón, trazó un círculo en la arena alrededor de Antíoco y le dijo tranquilamente: « Piénsatelo de prisa; tienes que darme la respuesta antes de salir de este círculo.» Antíoco se lo pensó un momento, y se dio cuenta de que era imposible desafiar a Roma; así es que dijo: « Me vuelvo a casa.» Era una humillación demoledora para un rey.

Antíoco se volvía a su tierra, medio loco de rabia, y de camino se desvió y atacó a Jerusalén, capturándola casi sin esfuerzo. Se dice que murieron 80.000 judíos, y otros 10.000 fueron vendidos como esclavos. Pero aún tenían que ponerse peor las cosas. Saqueó el templo. Se llevó los altares de oro de los panes de la proposición y del incienso, el candelabro de oro, los instrumentos y vasijas de oro y hasta los velos y las cortinas. Saqueó el tesoro del templo. Y aún peor: en el altar de los holocaustos ofreció a Júpiter sacrificios de puerco, y convirtió en burdeles las salas del templo. No omitió ningún sacrilegio imaginable. Y todavía peor: prohibió la circuncisión y la posesión de las Escrituras y de la Ley. Ordenó que obligaran a los judíos a comer carne que consideraban inmunda y a ofrecer sacrificios a los dioses griegos. Puso inspectores que recorrieran todo el país comprobando que se cumplían estas órdenes; y, si se encontraba gente que las desafiara, «le hacían pasar grandes miserias y crueles tormentos; porque los azotaban con varas y les destrozaban el cuerpo; los crucificaban mientras estaban todavía vivos y respirando; estrangulaban a las mujeres y a sus hijos circuncidados como había mandado el rey, colgándoles los hijos por el cuello como si estuvieran en cruces. Y si encontraban algún libro de la Ley, lo destruían miserablemente, juntamente con los que lo poseyeran» (Josefo, Antigüedades de los Judíos, 12:5,4). Probablemente este es el plan más sádico que ha habido para acabar con una religión.

Es fácil comprender que este pasaje se podía leer en relación con los terribles acontecimientos de aquellos días. El Cuarto Libro de los Macabeos tiene dos historias famosas que estarían sin duda en la mente del autor de Hebreos cuando escribió esta lista de lo que habían tenido que sufrir los hombres de fe.

La primera historia es la del anciano sacerdote Eleazar (4 Macabeos 5-7). Le trajeron ante Antíoco, que le mandó comer carne de cerdo bajo amenaza de las peores torturas si se negaba. Él se negó. «Nosotros, Antíoco -le dijo-, que estamos convencidos de que vivimos bajo una Ley divina, no consideramos que haya nada que nos obligue más que la obediencia a nuestra Ley.» El no cumpliría las órdenes del rey. «Ni aunque me saques los ojos o me abrases las entrañas.» Le desnudaron y le azotaron con látigos, mientras un heraldo le repetía: « ¡Obedece las órdenes del rey!» Le rasgaron la carne con látigos de forma que la sangre le corría por, todo el cuerpo y tenía los costados abiertos de heridas. Cayó al suelo, y uno de los soldados le dio de patadas en el estómago para obligarle a levantarse. Por último, hasta los guardias se sintieron movidos a compasión, y le sugirieron traerle carne que no fuera de cerdo para que la comiera como si lo fuera. El rehusó. «Así nos convertiríamos en un ejemplo de impiedad ante los jóvenes, si les diéramos una excusa para comer lo inmundo.» Por último le llevaron, y le arrojaron al fuego, «quemándole con instrumentos de sofisticada crueldad y echándole líquidos hediondos por la nariz.» Así murió, declarando: «Muero en tormentos rabiosos por amor a la Ley.»

La segunda historia es la de los siete hermanos (4 Macabeos 8-14). También a ellos les presentaron la misma alternativa y les advirtieron con las mismas amenazas. Les presentaron « ruedas y potros y garfios y catapultas y braseros y sartenes y torniquetes de dedos y manos de hierro y cuñas y brasas.» El primer hermano se negó a comer cosas inmundas. Le azotaron con látigos y le ataron a la rueda hasta dislocarle y fracturarle todos los miembros. «Hicieron un montón de leña y le prendieron fuego mientras le estiraban aún más en la rueda. Y la rueda estaba toda embadurnada de sangre, y el fuego se extinguió del goteo de sangre coagulada, y trozos de carne volaban por los ejes de la máquina.» Pero él soportó las torturas y murió fiel.

Ataron al segundo hermano a las catapultas. Se pusieron guantes de pinchos de hierro. «Aquellas bestias salvajes, fieras como panteras, primero le rasgaron toda la carne que cubre los tendones con los guantes de hierro hasta las mandíbulas y le arrancaron la piel de la cabeza.» También él murió fiel. Hicieron avanzar al tercer hermano. «Los oficiales, impacientes ante su firmeza, le dislocaron las manos y los pies con aparatos de tortura, y lo mismo hicieron con todos sus miembros. Luego le fracturaron los dedos, las manos, las piernas y los codos.» Por último le partieron el cuerpo en la catapulta y le despellejaron vivo. También él murió fiel. Al cuarto hermano le cortaron la lengua antes de someterle a torturas semejantes. Al quinto hermano le ataron a la rueda y le doblaron hasta el límite; luego le sujetaron con grilletes a la catapulta y le destrozaron completamente. Al sexto quebrantaron en la rueda «mientras un fuego le abrasaba por debajo. Luego calentaban espetones agudos y se los aplicaban a la espalda; y atravesándole los costados le quemaban las entrañas.» A1 séptimo hermano asaron vivo en una sartén inmensa. Éstos murieron fieles también.

Estas eran las cosas que el autor de Hebreos tenía en mente, y que nosotros haremos bien en recordar. Fue la fe de estas personas lo que hizo que la religión judía no fuera destruida totalmente. Si esa religión hubiera desaparecido, ¿qué habría sido del propósito de Dios? ¿Cómo podría haber nacido Jesús en el mundo si la religión judía hubiera dejado de existir? En un sentido muy real debemos el que el Evangelio se pudiera cumplir a estos mártires de los tiempos cuando Antíoco Epífanes se propuso acabar con la religión judía a toda costa.

Llegó un día cuando la situación explotó. Los agentes de Antíoco habían ido a un pueblo llamado Modín, y habían erigido un altar para obligar a los habitantes a que ofrecieran sacrificios a los dioses griegos. Los emisarios de Antíoco trataron de convencer a un cierto Matatías para que diera ejemplo ofreciendo sacrificio, porque era un hombre distinguido y respetado, pero él se negó, enfurecido. Pero otro judío, tratando de congraciarse y salvar la vida, salió al frente y estaba a punto de sacrificar. Matatías cogió una espada y mató al apóstata, y al emisario del rey también.

La bandera de la rebelión se desplegó. Matatías, sus hijos y todos los que pensaban como ellos, se echaron a las montañas; y aquí también las frases que se usaron para describir su vida estaban en la mente del autor de Hebreos, que las transmite como un eco una y otra vez. «Así es que Matatías y sus hijos huyeron a las montañas, dejando en la ciudad todo lo que tenían» (1 Macabeos 2:28). «Judas Macabeo y sus amigos se retiraron al desierto y vivieron en las montañas, como viven los animales salvajes» (2 Macabeos 5:27). «Otros, que se habían reunido en cuevas por allí cerca para guardar el sábado a escondidas, fueron descubiertos… y quemados vivos todos juntos» (2 Macabeos 6:11). «Vivieron en las montañas, y en guaridas como las fieras» (2 Macabeos 10:6). Por último, bajo Judas Macabeo y sus hermanos, los judíos recuperaron su independencia, y el templo fue purificado y la fe floreció otra vez.

En este pasaje, el autor de Hebreos hace lo que otras veces. No menciona las cosas abiertamente; era mucho mejor el que sus lectores las recordaran por sí mismos al oír ciertas frases.

Al final dice una cosa muy importante. Todos esos héroes de la fe murieron antes de que se cumpliera la promesa de Dios y viniera Su Mesías al mundo. Fue como si Dios hubiera arreglado las cosas de tal manera que el pleno resplandor de Su gloria no se revelara hasta que nosotros y ellos lo pudiéramos disfrutar juntos. El autor de Hebreos está diciendo: « ¡Mirad! La gloria de Dios ha venido, pero fijaos en lo que costó el que pudiera venir. Esa fe preparó el camino del Evangelio. ¿Qué otra cosa podéis hacer sino ser fieles a una herencia así?»

Ahora Puedes adquirir los Libros de Estudio

Al adquirir tus libros de estudios estarás ayudando este Ministerio para cumplir con la Gran Comisión de «Id y llevad el Evangelio a toda criatura en todo lugar. Contamos con tu ayuda. Dios te Bendice rica, grande y abundantemente.

Comparte esta publicacion en tus redes favoritas

También hemos publicado para ti

El científico y la Muerte

Había una vez un científico que descubrió el arte de reproducirse a sí mismo tan perfectamente que resultaba imposible distinguir el original de la reproducción. Un día se enteró de que andaba buscándole el

Seguir Leyendo »

Job 16: Lamentaciones de Job

Sin esperanzas de recibir consuelo de sus amigos y convencido de que no estaban dispuestos a entender sus razones, la cuarta respuesta de Job apela a Dios para que éste confirme su inocencia. Dios

Seguir Leyendo »

El verdadero valor del anillo

Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar?

Seguir Leyendo »