Gálatas 5: La relación personal

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Fijaos bien en que soy yo, Pablo, el que os estoy hablando; y os digo que, si os circuncidáis, Cristo no os sirve para nada. De nuevo, doy mi palabra a todo el que se circuncide, que está obligado a cumplir toda la Ley. Vosotros, los que tratáis de poneros en relación con Dios mediante el legalismo, os habéis colocado en una posición en la que habéis hecho que sea totalmente ineficaz todo lo que Cristo hizo por vosotros. Habéis caído de la Gracia. Porque es por el Espíritu y por la fe por lo que nosotros aguardamos anhelantes la esperanza de estar en la debida relación con Dios. Porque en Jesucristo, no tiene la menor importancia el que uno esté circuncidado o no. Lo que realmente importa es la fe que actúa por medio del amor. Vosotros corríais bien. ¿Quién os ha comido el coco para que dejéis de obedecer a la verdad? Esa persuasión a la que se os está sometiendo ahora mismo no procede del Que os llama. Un poco de levadura leuda toda la masa. Tengo confianza en vosotros y en el Señor, y estoy seguro de que no vais a seguir otro sistema. El que os está inquietando -quienquiera que seatendrá que asumir su responsabilidad en el juicio. Y, por lo que a mí respecta, hermanos, si yo sigo predicando que la circuncisión es necesaria, ¿por qué me siguen persiguiendo? Así se habría eliminado el escándalo de la Cruz, ¿no es eso? ¡Ojalá que los que os están inquietando llegaran, no solo a circuncidarse, sino a castrarse!

La postura de Pablo era que el camino de la Gracia y el de la Ley se excluían mutuamente. El camino de la Ley hace que la salvación dependa exclusivamente del esfuerzo humano; el que toma el camino de la Gracia simplemente se abandona incondicionalmente a la misericordia de Dios. Pablo pasa a exponer que si uno acepta la circuncisión, que es una parte de la Ley, lógicamente tiene que aceptar toda la Ley.

Supongamos que una persona desea llegar a ser ciudadana naturalizada de un país, y cumple rigurosamente todas las reglas y normas de ese país que se refieren a la adquisición de la nacionalidad. No puede pararse ahí, sino que está obligada a aceptar todas las otras leyes y disposiciones también. Así demostraba Pablo que, si un hombre se circuncidaba, adquiría el compromiso de cumplir toda la Ley a la que la circuncisión era la entrada; y, si aceptaba ese camino, le había vuelto la espalda automáticamente al camino de la Gracia y, por lo que a él le concernía, Cristo podría no haber muerto nunca por él.

Para Pablo, lo único que importaba era la fe que actúa por medio del amor. Esa es sencillamente otra manera de decir que la esencia del Cristianismo no es la Ley, sino una relación personal con Jesucristo. La fe cristiana no se basa en un libro, sino en una Persona; su dinámica no es la obediencia a ninguna ley, sino el amor a Jesucristo. Antes, los gálatas habían sabido eso; pero ahora estaban volviendo a la Ley. «Un poco de levadura -decía Pabloleuda toda la masa.» Para los judíos, la levadura representaba casi siempre una mala influencia. Lo que Pablo quiere decir es: «Este movimiento legalista puede que no haya llegado todavía demasiado lejos, pero tenéis que desarraigarlo antes de que destruya toda vuestra vida espiritual.»

Pablo acaba con un dicho muy atrevido. Galacia estaba cerca de Frigia, y el gran culto de esa parte del mundo era el de la diosa Cibeles. Los sacerdotes y los adoradores realmente devotos de Cibeles tenían la costumbre de mutilarse mediante la castración. Pablo dice: «Si seguís por el camino que empieza en la circuncisión, bien podéis acabar castrándoos como esos sacerdotes paganos.» Es una ilustración hosca que hace que una sociedad cortés frunza las cejas; pero todo sería inmensamente real para los gálatas, que sabían todo eso acerca de los sacerdotes de Cibeles.

La libertad cristiana

Por lo que respecta a vosotros, hermanos, fue a la libertad a lo que fuisteis llamados; solamente que no debéis usar esta libertad como una cabeza de puente por la que os pueda invadir el peor lado de la naturaleza humana, sino que debéis serviros por amor los unos a los otros; porque la totalidad de la Ley se compendia en una palabra y en una frase: «Tienes que amar a tu prójimo como te amas a ti mismo.» Pero si os arañáis y os devoráis unos a otros, cuidaos de no acabar por aniquilaros los unos a los otros.

En este párrafo, la carta de Pablo cambia de énfasis. Hasta este punto, ha sido teológica; ahora pasa a ser intensamente ética. Pablo tenía una mentalidad característicamente práctica. Hasta cuando ha estado escalando las cimas más elevadas del pensamiento, siempre termina sus cartas con una nota práctica. Para él, la teología no servía para nada a menos que pudiera vivirse. En Romanos escribió uno de los más grandes tratados teológicos del mundo; pero al llegar al capítulo 12, casi de repente, la teología aterriza y se proyecta hacia cuestiones prácticas. Vincent Taylor dijo una vez: «La prueba de un gran teólogo es si puede escribir un tratadito.» Es decir: Después de sus vuelos de pensamiento, ¿es capaz de reducirlo todo a algo que la gente normal y corriente pueda entender y poner én práctica? Pablo siempre saca la nota máxima en ese examen, como vemos aquí, donde todo el asunto se reduce a la piedra de toque del vivir cotidiano.

Su teología siempre corría un peligro. Cuando proclamaba que el reinado de la Ley había llegado a su fin y que el de la Gracia había comenzado, siempre era posible que alguien le dijera: «Entonces eso quiere decir que yo puedo hacer lo que me dé la gana; todas las restricciones se han anulado, y puedo seguir mis inclinaciones hasta donde me lleven. La Ley ha dejado de existir, y la Gracia me asegura el perdón de todas maneras.» Pero para Pablo quedaban dos obligaciones que eran inamovibles.

(i) Una no la menciona aquí, pero está implícita en todo su pensamiento. Es la obligación para con Dios. Si Dios nos amó hasta tal punto, entonces el amor de Cristo nos constriñe. Yo no puedo ensuciar ni malgastar una vida por la que Dios pagó con su propia vida.

(ii) Está la obligación para con nuestros semejantes. Somos libres, pero nuestra libertad ama a su prójimo como a sí misma. Los nombres de las distintas formas de gobierno son sugestivos. Monarquía es el gobierno a cargo de uno solo, y se origina en el interés por la eficacia, porque el gobierno a cargo de comités y juntas siempre ha tenido sus pegas.

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