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Gálatas 1: El esclavo de Cristo no busca la aprobación de la gente

Estoy de lo más sorprendido de que hayáis desertado tan rápidamente del Que os llamó por la Gracia de Cristo y os hayáis pasado tan pronto a un evangelio diferente, que no es en realidad un evangelio ni nada que se le parezca. Lo que ha sucedido de hecho es que algunos hombres han trastocado toda vuestra fe, y se proponen darle la vuelta al Evangelio de Cristo. Pero si alguien os predicara un evangelio distinto del que habéis recibido, aunque fuéramos nosotros mismos o hasta un ángel del Cielo, ¡que se vaya al infierno! ¿Es que estoy tratando de congraciarme con la gente, o con Dios? ¿O estoy tratando de complacer a la gente? Si después de todo lo que me ha sucedido todavía estuviera buscando la aprobación de la gente, no llevaría en mi cuerpo la divisa de esclavo de Cristo.

La verdad fundamental que se esconde en esta epístola es que el Evangelio de Pablo era el Evangelio de la Gracia. Él creía con todo su corazón que una persona no podía hacer nada para ganar el amor de Dios; y, por tanto, lo único que uno podía hacer era rendirse a merced de Dios en un acto de fe. Lo único que uno podía hacer era aceptar con admirada gratitud lo que Dios le ofrecía; lo importante no es lo que podamos hacer por nosotros mismos, sino lo que Dios ha hecho por nosotros.

Lo que Pablo había predicado a los gálatas había sido el Evangelio de la Gracia de Dios. Después de él habían llegado unos predicando una versión judía del Evangelio. Proclamaban que si se quería agradar a Dios había que circuncidarse y consagrarse a cumplir todas las reglas y normas de la Ley. Siempre que uno realizara una obra de la ley, decían, se apuntaba algo positivo en su cuenta corriente con Dios. Estaban enseñando que una persona necesitaba ganarse el favor de Dios. Para Pablo eso era imposible.

Los oponentes de Pablo declaraban que él ponía la religión demasiado fácil para congraciarse con la gente. De hecho, esa acusación era lo contrario de la verdad. Después de todo, si la religión consistiera en cumplir un conjunto de reglas y normas sería posible, por lo menos en teoría, satisfacer sus exigencias; pero Pablo presentaba la Cruz diciendo: « Así os ha amado Dios.» La religión se convierte en un asunto, no de satisfacer las exigencias de la ley, sino de cumplir las demandas del amor. Una persona puede satisfacer las exigencias de la ley, porque tienen límites estrictos y estatutarios; pero nunca podrá cumplir las demandas del amor, que son infinitas. Si una persona pudiera darle al ser querido el Sol, la Luna y las estrellas, seguiría sintiendo que todo eso era una ofrenda demasiado pequeña. Pero lo único que podían ver los oponentes judíos de Pablo era que había enseñado que la circuncisión ya no era necesaria, ni la ley pertinente.

Pablo negaba estar intentando congraciarse con la gente. No era a la gente a la que servía, sino a Dios. No le importaba lo más mínimo lo que la gente pensara o dijera de él: su único Amo era el Señor. Y entonces presentó una prueba concluyente: «Si yo estuviera tratando de congraciarme con la gente no sería esclavo de Cristo.» Lo que tenía en mente era que un esclavo llevaba marcado en el cuerpo con un hierro candente el nombre de su amo; y él llevaba en su cuerpo las cicatrices de sus sufrimientos, que eran la marca de ser esclavo de Jesucristo. «Si -decía- no me propusiera más que ganar el favor de los seres humanos, ¿llevaría estas señales en el cuerpo?» El hecho de que estuviera marcado era la prueba definitiva de que su propósito era servir a Cristo, y no agradar a los demás.

John Gunther nos dice que los primeros comunistas de Rusia habían estado en la cárcel bajo el régimen zarista y llevaban en el cuerpo las cicatrices de lo que habían sufrido; y nos dice que, lejos de avergonzarse de sus desfiguraciones, las exhibían con el mayor orgullo. Puede que pensemos que estaban equivocados y equivocando a otros, pero no podemos poner en duda lo genuino de su lealtad a la causa comunista.

Es cuando los demás ven que estamos dispuestos a sufrir por la fe que decimos tener cuando empiezan a creer que la tenemos de veras. Si la fe no nos costara nada, los demás no la valorarían en nada.

Detenido por la mano de Dios

En cuanto al Evangelio que os he predicado, quiero que sepáis, hermanos, que no se basa en un cimiento puramente humano; porque, yo no lo recibí de ninguna persona, ni me lo enseñó nadie, sino que llegó a mí por medio de una revelación directa de Jesucristo. Si necesitáis que os lo demuestre, ahí va eso: Vosotros habéis oído la clase de vida que yo llevaba antes, cuando practicaba la religión judía; una vida que me condujo a perseguir a la Iglesia de Dios más allá de todos los límites para eliminarla. Yo les llevaba la delantera en la fe judía a muchos de mis contemporáneos y compatriotas, porque era un superfanático de las tradiciones de mis antepasados. Fue en esa situación cuando Dios, Que me había apartado para una tarea especial antes de mi nacimiento y Que me llamó mediante Su Gracia, decidió revelar a Su Hijo por medio de mí para que yo diera la Buena Noticia acerca de Él entre los gentiles. Entonces yo no lo consulté con ningún ser humano, ni subí a Jerusalén a ver a los que eran apóstoles desde antes que yo, sino que me retiré a Arabia, y luego volví otra vez a Damasco.

Pablo estaba seguro y aseguraba que el Evangelio que predicaba no era algo de segunda mano; le había llegado directamente de Dios. Esa era una pretensión extraordinaria, y exigía alguna clase de prueba. Como prueba, Pablo tuvo el valor de referirse al cambio radical que había tenido lugar en su propia vida.

(i) Había sido un superfanático de la Ley; y ahora, el centro dominante de su vida era la Gracia. Este hombre, que había tratado de ganarse el favor de Dios con un apasionamiento intenso, estaba ahora contento de tomar humildemente por la fe lo que se le ofrecía amorosamente. Había dejado de presumir de lo que pudiera hacer por sí mismo, y había empezado a encontrar su gloria en lo que Dios había hecho por él.

(ii) Había sido el superperseguidor de la Iglesia. Había «asolado» la Iglesia. La palabra que usa es la que describe la devastación total de una ciudad. Había tratado de hacerle imposible la vida a la Iglesia; y ahora, su único objetivo, por el que estaba dispuesto a consumir su vida hasta la muerte, era extender esa misma Iglesia por todo el mundo. Todo efecto debe tener una causa proporcionada. Cuando una persona va lanzada en un sentido, y de pronto se da la vuelta y se lanza con igual ímpetu en sentido contrario; cuando repentinamente invierte todos sus valores de tal manera que cambia su vida de arriba abajo, tiene que haber alguna explicación. Para Pablo, la explicación era la intervención directa de Dios. Dios le había puesto Su mano en el hombro a Pablo, y le había detenido en medio de su carrera. «Esa -decía Pablo- es la clase de efecto que solo Dios puede producir.» Es algo digno de mención en Pablo el que no tuviera reparo en presentar el informe de su propia vergüenza para mostrar el poder de Dios.

Tenía dos cosas que decir acerca de esa intervención.

(i) No fue una cosa improvisada; formaba parte del plan eterno de Dios. A. J. Gossip cuenta lo que predicó Alexander Whyte cuando él, Gossip, fue ordenado al ministerio. El mensaje de Whyte era que, a lo largo de todo el tiempo y de toda la eternidad Dios había estado preparando a este hombre para esta congregación y a esta congregación para este hombre; y, en el minuto exacto, los había unido.

Dios manda a todas las personas al mundo con una misión que cumplir en Su plan. Puede que sea un papel muy importante, o un papel secundario o pequeño. Puede que sea para hacer algo que sabrá todo el mundo y que pasará a la Historia, o algo que solo sabrán unos pocos. Epicteto (2:16) dice: «Ten valor para elevar la mirada hacia Dios y decirle: “Trátame como quieras desde ahora. Soy uno contigo. Soy tuyo; no rechazo nada que Tú consideres bueno. Guíame por donde Tú quieras; vísteme con el ropaje que quieras. ¿Quieres que tenga un alto cargo, o que lo rechace; que me mantenga en mi puesto, o que huya; que sea rico, o pobre? Por todo esto Te defenderé delante de la gente.”» Si un filósofo pagano podía darse tan totalmente a un Dios al Que conocía de una manera tan nebulosa, ¡cuánto más nosotros!

(ii) Pablo sabía que había sido escogido para una tarea. Se sabía escogido, no para un honor, sino para un servicio; no para una vida fácil, sino para la lucha. Un general elige sus mejores soldados para las campañas más difíciles; y un profesor asigna a sus mejores estudiantes los temas más difíciles. Pablo sabía que había sido salvado para servir.

La carrera de los elegidos

Tres años más tarde subí a Jerusalén para visitar a Cefas, y pasé con él una quincena. No vi a ningún otro apóstol, salvo a Santiago, el hermano del Señor. En cuanto a lo que os estoy escribiendo Dios me es testigo de que no os estoy engañando. Después pasé a las regiones de Siria y de Cilicia, pero seguía siendo. un desconocido para las iglesias cristianas de Judea. Lo único que sabían de mí era la noticia que les había llegado: «¡El que era antes nuestro perseguidor, ahora está predicando la fe que antes trataba de erradicar!» Así que ellos encontraban en mí una causa para glorificar a Dios.

Cuando leemos este pasaje a continuación de la sección anterior vemos lo que Pablo hizo cuando la mano de Dios le detuvo.

(i) Primero, se retiró a Arabia. Se retiró para estar a solas, y por dos razones. La primera, porque tenía que pensar a fondo eso tan tremendo que le había sucedido. La segunda, tenía que hablar con Dios antes de hablar a los hombres.

Desgraciadamente son los menos los que se toman tiempo para ponerse cara á cara ante sí mismos y ante Dios; ¿cómo puede uno enfrentarse con las tentaciones, los estreses y las tensiones de la vida, a menos que se haya pensado las cosas a fondo e intensamente?

(ii) Segundo, volvió a Damasco. Eso requería coraje. Había ido a Damasco la vez anterior para acabar con la Iglesia, y entonces Dios le detuvo; y todo Damasco lo sabía. Volvió lo antes posible para darles su testimonio a las personas que conocían muy bien su pasado.

Kipling tiene un poema famoso que se llama Mulholland’s Vow -El voto de Mulholland. Se trata de uno que trabajaba en un barco que transportaba ganado. Se desencadenó una tormenta, y los toros se desencadenaron también. Mulholland hizo un trato con Dios: Si le salvaba de los cuernos y las pezuñas amenazantes, Le serviría desde aquel momento toda su vida. Cuando se encontró a salvo en tierra, se propuso cumplir su parte del trato. Pero su idea era predicar la religión donde nadie le conociera. Pero la orden de Dios le llegó con toda claridad: «Vuelve a los barcos del ganado, y predica Mi Evangelio allí.» Dios le envió de vuelta al lugar que conocía y donde le conocían. Nuestro testimonio cristiano, como nuestra caridad, debe empezar en casa.

(iii) Tercero, Pablo fue a Jerusalén. De nuevo le vemos exponiendo su vida. Sus amigos judíos de antes, estarían buscando su vida, porque le consideraban un renegado. Sus víctimas de antes, los cristianos, no le querrían recibir, porque les costaría creer que fuera un hombre cambiado. Pablo tuvo el valor de enfrentarse con su pasado. No nos libramos realmente de nuestro pasado huyendo de él; tenemos que asumirlo y vencerlo.

(iv) Pablo fue a Siria y Cilicia. Allí era donde estaba Tarso, donde se había criado. Allí estaban los amigos de su niñez y juventud. De nuevo escogió el camino más difícil. Sin duda le tendrían por loco; se enfrentarían con él con ira o, con algo aun peor, con sarcasmo. Pero él estaba preparado a que le tomaran por loco por causa de Cristo.

En estos versículos, Pablo estaba tratando de defender y demostrar la independencia de su Evangelio. No lo había recibido de ningún hombre, sino de Dios. No lo consultó con ninguna persona, sino con Dios. Pero, mientras escribía, se retrató a sí mismo inconscientemente como un hombre que tenía valor para testificar de su cambio y predicar su Evangelio en los lugares más difíciles.

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