Filipenses l: De un amigo a sus amigos

Categorías: Filipenses.

Pablo y Timoteo, esclavos de Jesucristo, escriben esta carta a todos los que están en Filipos que están consagrados a Dios por medio de su relación con Jesucristo, juntamente con los supervisores y los diáconos: ¡Que la gracia y la paz que proceden de nuestro Padre Dios y de nuestro Señor Jesucristo sean con vosotros!

Las palabras introductorias definen el tono de toda la carta. Se trata de la carta de un amigo a sus amigos. Con la excepción de las cartas a los tesalonicenses y la nota personal a Filemón, Pablo empieza todas sus cartas presentándose como apóstol; por ejemplo, empieza su carta a los romanos diciendo: «Os manda esta carta Pablo, esclavo de Jesucristo, llamado para ser apóstol» (cp. el primer versículo de 1 Corintios, 2 Corintios, Gálatas, Efesios y Colosenses). Empieza las otras cartas presentando las credenciales oficiales que le confieren el derecho a escribir, y a los destinatarios el deber de prestar atención; pero no lo hace cuando escribe a los filipenses. No hacía falta. Sabía que le atenderían, y con mucho cariño. De todas sus iglesias, la de Filipos era la que estaba más en su corazón; y escribe, no como un apóstol a los miembros de su iglesia, sino como un amigo a sus amigos.

Pero hay un título del que no prescinde. Se presenta como siervo (dulos) de Jesucristo, como lo pone la Reina-Valera; pero dulos es más que servidor: es esclavo. Un servidor es libre para ir y venir; pero un esclavo es posesión exclusiva de su amo para siempre. Cuando Pablo se llama esclavo de Jesucristo hace tres cosas.

(i) Asegura que es posesión exclusiva de Cristo, Que le amó y compró por un precio (1 Corintios 6:20), y ya no puede pertenecer nunca a otro amo.

(ii) Establece que debe absoluta obediencia a Cristo. El esclavo no tiene voluntad propia; la voluntad de su amo es la suya. Así también Pablo no tiene más voluntad que la de Cristo, y no obedece sino a su Salvador y Señor.

(iii) En el Antiguo Testamento el título regular de los profetas es el de siervos de Dios (Amós 3:7; Jeremías 7:25). Ese fue el título que se dio a Moisés, a Josué y a David (Josué 1:2; Jueces 2:8; Salmo 78:70; 89:3,20). De hecho el máximo título de honor es siervo de Dios; y cuando Pablo se aplica ese título se coloca humildemente en la línea de sucesión de los profetas y de los hombres de Dios.

La esclavitud del cristiano a Jesucristo no es una sumisión humillante. Como expresaba el dicho latino: Illi servire regnare est, ser Su esclavo es ser un rey.

La distinción cristiana

La carta va dirigida, como lo pone la Reina-Valera, a todos los santos en Cristo Jesús. La palabra que se traduce por santos es háguios; y santos es una traducción que confunde. A oídos modernos presenta una imagen o un cromo de una piedad otromundista. Nos habla más de las vidrieras de colores que de la plaza del mercado. Aunque es fácil comprender el sentido de háguios es difícil traducirlo.

Háguios, como su equivalente hebreo qadósh, se suelen traducir por santo. En el pensamiento hebreo, si algo se define como santo, la idea básica que sugiere es que es diferente de todo lo demás, que es algo aparte. Para entenderlo mejor, veamos cómo se usa en el Antiguo Testamento. Cuando se establecieron las reglas referentes al sacerdocio se escribió: « Santos serán para su Dios» (Levítico 21:6). Los sacerdotes habían de ser diferentes de los demás hombres, porque habían sido apartados para una función especial. El diezmo era la décima parte de todos los productos, que se apartaba para Dios, y se establece: «El diezmo será santo para el Señor, porque pertenece al Señor» (Levítico 27:30,32). El diezmo era diferente de todo lo demás que se podía usar para unes ordinarios. La parte central del Templo era el lugar santo (Éxodo 26:33); era distinto de los otros lugares. La palabra se usaba especialmente en relación con la nación de Israel. Los judíos eran una nación santa (Éxodo 19:6). Eran santos porque pertenecían a Dios de una manera especial; Dios los había apartado de las demás naciones para que fueran Suyos (Levítico 20:26); Dios los había conocido -es decir, había tenido una relación personal con ellos- entre todas las naciones del mundo (Amós 3:2). Los judíos eran diferentes de todas las demás naciones porque ocupaban un lugar especial en el propósito de Dios.

Pero Israel se negó a hacer el papel que Dios le había asignado. Cuando vino Su Hijo al mundo, no Le reconocieron, Le rechazaron y Le crucificaron. Los privilegios y las responsabilidades que deberían haber tenido se les quitaron y se le dieron a la Iglesia, que llegó a ser el nuevo Israel, el verdadero Pueblo de Dios del Nuevo Testamento. Por tanto, de la misma manera que los judíos habían sido háguioi, santos, diferentes, ahora deben serlo los cristianos. Así es que Saulo, antes de llegar a ser Pablo, era un perseguidor declarado de los santos, los haguíoi (Hechos 9:13); Pedro fue a visitar a los santos, los haguíoi, de Lida (Hechos 9:32).

El decir que los cristianos son santos quiere decir por tanto que son diferentes de las demás personas. ¿En qué consiste la diferencia?

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