Ezequiel 8: Visión de las abominaciones en Jerusalén

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Los exilados, a la vista de las extrañas acciones simbólicas de Ezequiel, llegaron a barruntar que un profeta había surgido ante ellos. Su misión era anunciar la triste suerte reservada a los judíos que aún permanecían en Palestina y la rehabilitación de los exilados. La suerte de la Ciudad Santa estaba echada, y Judá sólo volvería a recuperarse después de largos años de cautividad. Ante una concurrencia de exilados, encabezados por los ancianos de Judá, el profeta cayó en éxtasis, asistiendo mentalmente a unas escenas que se desarrollaban en el templo de Jerusalén. Esto tuvo lugar un año después de su visión inaugural junto al gran canal.

Los exilados creían que Yahvé debía necesariamente velar por Jerusalén y que no podía permitir que los caldeos entrasen en la Ciudad Santa, pues Yahvé habitaba allí, en su templo. Pero el profeta va a mostrar con una visión que precisamente el castigo destructor empezará por el santuario de Yahvé, porque en él se están cumpliendo actos de abominación idolátrica, y, en consecuencia, la justicia divina debe manifestarse dentro del recinto sagrado.

Ezequiel 8:1 Visión de las abominaciones en Jerusalén. En el sexto año, en el mes sexto, a los cinco días del mes, aconteció que estaba yo sentado en mi casa, y los ancianos de Judá estaban sentados delante de mí, y allí se posó sobre mí la mano de Jehová, el Señor.

Esta profecía está fechada en 592 a.C. El mensaje de los capítulos 8 al 11 está dirigido específicamente a Jerusalén y a sus líderes. En el capítulo 8 se registra que Ezequiel es llevado en visiones desde Babilonia al templo de Jerusalén para ver la gran maldad que ahí se practicaba. Tanto el pueblo como sus líderes religiosos eran totalmente corruptos. Si bien la primera visión  de Ezequiel mostraba que el castigo provenía de Dios, esta visión demostró que la razón de este castigo era el pecado de Israel.

Ezequiel 8:2 Miré, y vi una figura con aspecto de hombre; desde sus caderas para abajo, fuego, y desde sus caderas para arriba parecía resplandor; el aspecto era como de bronce refulgente.

Esta persona pudo haber sido un ángel o una manifestación de Dios mismo. En la visión previa de Ezequiel, dicho hombre estaba descrito como Dios en su trono

Ezequiel 8:3 Aquella figura extendió la mano y me tomó por las guedejas de mi cabeza; y el espíritu me alzó entre el cielo y la tierra y me llevó en visiones de Dios a Jerusalén, a la entrada de la puerta de adentro que mira hacia el norte, donde estaba la habitación de la imagen del celo, la que provoca a celos.

Esta imagen “que provoca a celos” pude referirse a Asera, la diosa cananea de la fertilidad cuyo carácter alentaba la inmoralidad sexual y la gratificación personal. El rey Manasés había colocado un ídolo de estos en el templo. El rey Josías lo quemó, pero ciertamente había muchos otros ídolos alrededor.

Ezequiel 8:4 Allí estaba la gloria del Dios de Israel, como la visión que yo había visto en el campo.

El año sexto de la deportación del rey Joaquín, de donde parece partir el profeta en sus cómputos, es el 592. El sexto mes es el de Ebul, correspondiente a agosto-septiembre. Esta visión, pues, tuvo lugar poco más de un año después de la primera inaugural. En su casa recibió a un grupo de exilados presididos por los ancianos de Judá. Sus acciones simbólicas desacostumbradas habían logrado despertar la atención de aquellas gentes. Unos iban a verle con espíritu de fe, considerándole como heredero del espíritu de los profetas, y otros por pura curiosidad. Estando, pues, Ezequiel en medio de ellos, se sintió poseído de una gracia carismática especial del Señor: se posó sobre mí la mano de Yahvé. La expresión indica la manifestación sensible o imaginaria de Dios al profeta. La aparición (sensible o imaginaria) del Señor reviste las mismas características que la narrada en el capítulo 1. Yahvé se manifiesta en toda su majestad fulgurante y esplendente como el fuego o el bronce brillante. Ninguna otra descripción más expresiva para indicar el carácter santo y puro de Dios.

El profeta se siente transportado imaginariamente por el espíritu del Señor a Jerusalén. El “espíritu” de Dios en el A.T., actuando carismáticamente sobre los profetas, es la energía divina manifestándose de un modo especial como principio dinámico preternatural. Fuera del curso natural, Dios tiene intervenciones directas sobre sus siervos en orden a las manifestaciones especiales de su providencia. Todo esto que narra Ezequiel hay que entenderlo como ocurrido en visión imaginaria; como la tercera tentación de Jesús en el desierto, según la cual Jesucristo fue transportado por el diablo sobre el pináculo del templo de Jerusalén. Así Ezequiel es transportado a la puerta del atrio interior del templo, que estaba en el lado del septentrión, es decir, a la izquierda del altar de los holocaustos, que estaba en el centro del atrio interior. El templo de Jerusalén tenía un atrio exterior, o explanada amplísima, que rodeaba lo que propiamente era santuario, al que tenían acceso las mujeres. Después, franqueando una puerta, se entraba en el atrio interior, en el que estaba el altar de los holocaustos y al que tenían acceso sólo los varones.

Es allí donde el profeta asiste en visión a ciertas escenas idolátricas que va a describir minuciosamente. Allí está el ídolo que provoca el celo, probable alusión a la estatua de Astarté, la Istar asiría o Venus o la estela de Ashera que había erigido allí el impío rey Manases un siglo antes 6, y que, quitada en la reforma de Josías, debió de volver a ocupar su antiguo lugar bajo el ecléctico rey Sedecías, El ídolo es llamado provocador del celo, quizá aludiendo al celo que tiene Yahvé de su culto en el templo de Jerusalén, ya que Israel era considerada como esposa de Yahvé. Se dan otras explicaciones, pero parece que en la frase hay manipulaciones de un redactor posterior. El profeta se siente escandalizado por la presencia de estos ídolos en el santuario, donde estaba la gloria del Dios de Israel, es decir, Yahvé, como protector de su pueblo, manifestándose en toda su gloria y esplendor.

Ezequiel 8:5 Me dijo: «Hijo de hombre, alza ahora tus ojos hacia el lado del norte». Alcé mis ojos hacia el norte, y vi al norte, junto a la puerta del altar, aquella imagen del celo en la entrada.

Ezequiel 8:6 Me dijo entonces: «Hijo de hombre, ¿no ves lo que estos hacen, las grandes abominaciones que la casa de Israel hace aquí para alejarme de mi santuario? Pero vuélvete, y verás aún mayores abominaciones».

Escena tras escena, Dios revela a Ezequiel el grado en el que el pueblo había abrazado la idolatría y la maldad. El Espíritu de Dios trabaja en nosotros en forma similar, revelando el pecado que está latente en nuestras vidas. ¿Se sentiría cómodo usted si Dios llevara a cabo una “clase abierta al público” en su vida ahora?

Ezequiel 8:7 Me llevó a la entrada del atrio, y miré, y vi un agujero en la pared.

Ezequiel 8:8 Me dijo: «Hijo de hombre, cava ahora en la pared». Yo cavé en la pared, y he aquí una puerta.

Ezequiel 8:9 Me dijo luego: «Entra, y ve las malvadas abominaciones que estos hacen allí».

Ezequiel 8:10 Entré, pues, y miré, y vi toda forma de reptiles y bestias abominables, y todos los ídolos de la casa de Israel, que estaban pintados por toda la pared en derredor.

Ezequiel 8:11 Y delante de ellos había setenta[h] hombres de entre los ancianos de la casa de Israel, y Jaazanías hijo de Safán, en medio de ellos, cada uno con su incensario en su mano; y subía una nube espesa de incienso.

Ezequiel 8:12 Me dijo: «Hijo de hombre, ¿has visto las cosas que los ancianos de la casa de Israel hacen en tinieblas, cada uno en sus cámaras pintadas de imágenes? Porque dicen ellos: “Jehová no nos ve.[i] Jehová ha abandonado la tierra”».

Ezequiel 8:13 Me dijo después: «Vuélvete, verás que estos hacen aún mayores abominaciones».

El lamento anual por Tammuz era acompañado de costumbres infames; y se supone que los adoradores del sol aquí retratados, eran sacerdotes. El Señor apela al profeta en cuanto a la odiosidad del pecado; “he aquí que aplican el ramo a sus narices”denotando con eso una costumbre usada por los idólatras en honor a los ídolos que servían.

Mientras más examinamos la naturaleza humana y nuestros corazones, más abominaciones descubriremos; mientras más tiempo se examine el creyente, más se humillará ante Dios y más valorará la fuente abierta para el pecado y procurará lavarse en ella.

El profeta ve en la parte norte el ídolo del celo, probablemente, como decíamos antes, la estatua o estela de Astarté, diosa fenicia, esposa de Baal, que era el trasunto de la Istar asiro-babilónica, diosa de la fecundidad y del amor, como la Venus de los griegos. Su culto iba normalmente acompañado de excesos sexuales en sus santuarios. Estas abominaciones debían de existir en el templo de Jerusalén, al que se había dado acceso el culto de Istar desde los tiempos de Manases, con el pequeño intervalo de la reforma de Josías. Todo ello era una invitación a Yahvé para que se alejase de su morada de Jerusalén. Yahvé no puede compartir el culto con dioses paganos.

Pero Yahvé mismo invita al profeta a que penetre en el santuario para ser testigo de mayores abominaciones; así, después de recorrer los corredores del atrio, el profeta, forzando una pequeña abertura, se encuentra con cámaras secretas, en las que hay imágenes de reptiles y bestias abominables. Las cámaras deben de ser las celdas de los sacerdotes, que estaban construidas a lo largo del muro que separaba el atrio interior del exterior. En ellas hay imágenes de reptiles. Probablemente son dioses egipcios: el cocodrilo, el buey Apis, etc. La influencia egipcia en la corte de Jerusalén era muy profunda a causa de las alianzas políticas, ya que Egipto era considerado como la nación protectora contra Babilonia bajo el rey Sedecías (598-586). Precisamente los que hacen actos de adoración a estas abominaciones de animales son los ancianos de la casa de Israel, la aristocracia judía. Uno de ellos es llamado Jezonías, que debía de ser conocido de los exilados, pero desconocido para nosotros. El profeta quiere hacer ver a sus compañeros de destierro que los judíos que han quedado en Jerusalén siguen ofendiendo a Dios con sus cultos idolátricos, y, por tanto, el castigo definitivo no se puede dejar esperar. Los ancianos de Israel se creían desamparados de Yahvé: Yahvé no nos ve, se ha alejado de la tierra. La deportación del 598 y las constantes incursiones de los babilonios, amenazando con entrar en la Ciudad Santa, les ha hecho pensar que habían perdido la gracia de su Dios, y por eso se volvían hacia las divinidades de otros pueblos, como las de Egipto. En su mentalidad sincretista creían poder conjurar los males que amenazaban con actos de acatamiento a los dioses de los otros pueblos; por eso, con incensarios en las manos, les ofrecían incienso según la costumbre del templo de Jerusalén.

Ezequiel 8:14 Me llevó a la entrada de la puerta de la casa de Jehová, que está al norte; y vi a unas mujeres que estaban allí sentadas llorando a Tamuz.

Tamuz era el dios babilonio de la primavera. El esposo o amante de la diosa Istar. Los seguidores de este culto creían que la vegetación verde se marchitaba y moría en el ardiente verano debido a que Tamuz había muerto y descendido al otro mundo. Por lo tanto los adoradores lloraban y guardaban luto por su muerte. En la primavera, cuando aparecía la nueva vegetación se alegraban creyendo que había vuelto a la vida. Dios le estaba mostrando a Ezequiel que muchas personas ya no estaban adorando al verdadero Dios de la vida y la vegetación. También nosotros debemos tener cuidado de no pasar tanto tiempo pensando en los beneficios de la creación que perdamos de vista al Creador.

Ezequiel 8:15 Luego me dijo: «¿No ves, hijo de hombre? Vuélvete, verás aún mayores abominaciones que estas».

Ezequiel 8:16 Me llevó al atrio de adentro de la casa de Jehová, y vi que junto a la entrada del templo de Jehová, entre la entrada y el altar, había unos veinticinco hombres, con sus espaldas vueltas al templo de Jehová y con sus rostros hacia el oriente, y adoraban al sol, postrándose hacia el oriente.

Ezequiel 8:17 Me dijo: «¿No has visto, hijo de hombre? ¿Es cosa ligera para la casa de Judá cometer las abominaciones que cometen aquí? Después que han llenado de maldad el país, se volvieron a mí para irritarme; y aplican el ramo a sus narices.

“El ramo a sus narices” podría referirse tanto a la práctica de adoración idólatra o al hecho de que los pecados de Judá se habían vuelto un hedor para Dios.

Ezequiel 8:18 Pues también yo procederé con furor: mis ojos no mirarán con piedad, no tendré compasión. Gritarán a mis oídos con gran voz, pero no los escucharé».

Conducido el profeta hacia la salida del atrio exterior en la parte norte, encontró a dos mujeres sentadas llorando a Tammuz. Es el clásico duelo de las mujeres a la divinidad asiro-babilónica Tammuz (as. tamuzu: derivado del sumerio Du-muz1), dios de la vegetación. En el solsticio de verano, al empezar a agostarse la vegetación y cuando las hoces empezaban a cortar las espigas (junio-julio), se celebraba en Babilonia un día de duelo en honor del dios de la vegetación, como pidiéndole perdón por la desaparición de la misma. En Fenicia había un rito similar dedicado a Adonis, que es la versión fenicia del Tammuz mesopotámico. También, pues, el culto sincretista de Tammuz había entrado en el templo de Jerusalén. Es una nueva abominación. A ésta se une la del culto solar precisamente en el atrio interior, frente al santuario (el Santo), por parte de 25 sujetos que de espaldas a la morada santa de Yahvé miran hacia el oriente postrados en adoración al sol. Es el culto al dios solar asirio Samash, introducido también por el impío rey Manases 11. Quizá estos adoradores pertenecieran a la clase sacerdotal, pues estaban entre el vestíbulo (entrada al Santo) y el altar de los holocaustos.

El Señor añade a estas abominaciones el pecado de violencias contra los fieles yahvistas, que predicaban un retorno al culto puro y único de Yahvé. La última frase es enigmática: Hasta se llevan el ramo a las narices. Generalmente se suele explicar como alusión a una conocida costumbre de los persas, los cuales llevaban a las narices un ramo de dátiles para purificar el aliento y no contaminar la atmósfera y los rayos solares con él. Sin embargo, las versiones dan diversos sentidos, lo que prueba que la frase hebrea era oscura y enigmática, quizá por estar el texto corrompido. En todo caso se alude a ritos idolátricos que provocan la ira divina

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Lionel Valentin Calderón

Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco, Puerto Rico. Ha publicado varios libros entre los que destacan Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV, Bendiciones Cristianas Vols I-II y La Biblia comentada de Génesis a Apocalipsis.

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