Efesios-1-El-propósito-de-Dios

Efesios 1: El propósito de Dios

Esta es una carta de Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, a todos los consagrados a Dios que viven en Éfeso y que son fieles a Jesucristo: ¡Gracia sea a vosotros y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo! Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con todas las bendiciones espirituales que no se pueden encontrar nada más que en el Cielo, de la misma manera que nos eligió en Sí mismo antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e irreprensibles delante de Él. El decidió en Su amor antes que empezara el tiempo adoptarnos por medio de Jesucristo como Suyos, en el buen propósito de Su voluntad, para que todos alaben la gloria del don generoso que nos ha dado gratuitamente en el Amado. Porque es en Él en Quien tenemos la liberación que costó Su vida; en ÉL hemos recibido el perdón de los pecados, que solamente la riqueza de Su gracia podía dar, una gracia que Él nos otorgó en abundante provisión, y que nos confirió toda la sabiduría y todo el sentido saludable. Esto sucedió porque Él nos dio a conocer el secreto de Su voluntad que había estado una vez escondido, pero que ahora es revelado, porque así Le ha placido en Su bondad. Este secreto era un propósito que El Se había formado en Su propia mente antes que empezara el tiempo, para que los períodos de tiempo fueran controlados y administrados hasta que llegaran a su pleno desarrollo, un desarrollo en el que todas las cosas en el Cielo y en la tierra sean reunidas en unidad en Jesucristo. Fue en Cristo en Quien se nos asignó nuestra porción en este esquema, que fue determinado por decisión del Que controla todas las cosas según el propósito de Su voluntad; que nosotros, que fuimos los primeros en poner nuestra esperanza en la venida del Ungido de Dios, llegáramos a ser el medio por el cual Su gloria fuera alabada. Y fue en Cristo en Quien se determinó que vosotros también llegarais a ser el medio por el que la gloria de Dios fuera alabada, después que oyerais la Palabra que nos trae la verdad, la Buena Noticia de vuestra salvación -esa Buena Noticia en la cual, una vez que llegasteis a creer, fuisteis sellados con el Espíritu Santo Que se os había prometido, el Espíritu Que es el anticipo y la garantía de todo lo que un día heredaremos, hasta que entremos a participar de la plena redención que conlleva una posesión definitiva.

Saludos al pueblo de Dios

Esta es una carta de Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, a todos los consagrados a Dios que viven en Éfeso y son fieles a Jesucristo: ¡Gracia sea a vosotros y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo!

Pablo empieza esta carta con las dos únicas credenciales que poseía.

(i) Es apóstol de Cristo. Cuando Pablo decía eso, tenía en mente tres cosas.

(a) Quería decir que pertenecía a Cristo. Su vida no le pertenecía para hacer con ella lo que quisiera; era propiedad de Jesucristo, y tenía que vivir siempre como Jesucristo quería que viviera.

(b) Quería decir que Jesucristo le había enviado. La palabra apóstolos procede del verbo apostellein, que quiere decir enviar. Se puede usar, por ejemplo, de un escuadrón naval que se envía en una expedición. Se puede usar de un embajador enviado por su país de origen. Describe a un hombre que es enviado con alguna misión especial. El cristiano se ve en todos los momentos de su vida como miembro de la comunidad que está al servicio de Cristo. Es un hombre con una misión: la de servir a Cristo en este mundo. (c) Quería decir que todo el poder que tuviera la tenía por delegación. El sanedrín era el tribunal supremo de los judíos. En cuestiones de religión, el sanedrín tenía autoridad sobre todos los judíos del mundo. Cuando el sanedrín llegaba a una decisión, esa decisión se le encomendaba a un apóstolos para que se la comunicara a las personas a las que concernía y para que comprobara que se cumplía. Cuando un apóstolos así era enviado, detrás de él y en él se hallaba la autoridad del sanedrín, cuyo representante era. El cristiano es el representante de Cristo en el mundo, pero no se le deja llevar a cabo esa tarea dependiendo de su propia fuerza y poder; la fuerza y el poder de Jesucristo están con él.

(ii) Pablo continúa diciendo que es apóstol por la voluntad de Dios. El tono de su voz no es aquí de orgullo, sino de simple admiración. Hasta el final de su vida Pablo estaba maravillado de que Dios hubiera escogido a un hombre como él para hacer Su obra. Un cristiano no debe nunca llenarse de orgullo por la tarea que Dios le asigna, sino llenarse de admiración de que Dios le haya tenido por digno de participar en Su obra.

Pablo pasa a dirigir su carta a los que viven en Éfeso y son fieles a Jesucristo. Un cristiano es una persona que vive siempre una doble vida. Los amigos de Pablo eran personas que vivían en Éfeso y en Cristo. Un cristiano tiene una dirección humana y otra divina; y ese es precisamente el secreto de la vida cristiana. Alister MacLean cuenta la historia de una señora del Noroeste de Gran Bretaña, que llevaba una vida muy dura pero vivía siempre en una serenidad perpetua.

Cuando le preguntaban cuál era su secreto contestaba: «Mi secreto consiste en navegar todos los mares manteniendo siempre el corazón en el puerto.» Dondequiera que esté el cristiano, está en Cristo.

Pablo empieza con su saludo de costumbre: «Gracia sea a vosotros y paz.» Aquí tenemos dos grandes palabras de la fe cristiana.

Gracia tiene siempre dos connotaciones principales, como en español. La palabra griega es jaris, que puede querer decir encanto. Tiene que haber algo precioso en la vida cristiana. Cuando el Cristianismo deja de ser atractivo, deja de ser cristiano. La gracia describe siempre un regalo, y un regalo que le habría sido imposible a una persona el procurarse, y que nunca habría podido ganar o merecer de ninguna manera. Siempre que mencionamos la palabra gracia, debemos pensar en la absoluta amabilidad de la vida cristiana, y la absoluta generosidad inmerecida del corazón de Dios.

Cuando pensamos en la palabra paz en relación con la vida cristiana debemos tener cuidado. En griego la palabra es eiréné, que traduce la palabra hebrea shalóm. En la Biblia paz no es nunca una palabra puramente negativa. Nunca describe a secas la ausencia de guerra o de problemas. Shalóm quiere decir todo lo que contribuye al bien supremo de una persona.

La paz cristiana es algo totalmente independiente de las circunstancias exteriores. Una persona puede que viva en abundancia y lujo y disfrutando de todo lo bueno de este mundo, puede que tenga las mejores casas imaginables, y las cuentas corrientes más abultadas, y sin embargo no tenga paz. Por otra parte, una persona puede que esté pasando necesidad en la cárcel, o muriendo en el patíbulo, o viviendo una vida carente de toda comodidad y tranquilidad, y estar en perfecta paz. La explicación es que no hay más que una fuente de paz en todo el mundo, y está en hacer la voluntad de Dios. Cuando estamos haciendo algo que sabemos que no deberíamos hacer, siempre hay una inquietud acechándonos en el fondo de nuestra mente. Pero, si estamos haciendo algo realmente difícil, hasta algo que no queremos hacer, o que no nos ha de reportar ningún beneficio material pero que sabemos que es lo que Dios quiere que hagamos, tenemos una profunda calma en el corazón. «En Su voluntad está nuestra paz.»

Los escogidos de Dios

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con todas las bendiciones espirituales que no se pueden encontrar nada más que en el Cielo, de la misma manera que nos eligió en Sí mismo antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e irreprensibles delante de Él.

En griego, el largo pasaje del versículo 3 al 14 es una sola oración. Es tan larga y complicada porque representa, no tanto una exposición razonada, como un poema lírico de alabanza. La mente de Pablo sigue adelante y adelante, no porque esté pensando en períodos lógicos, sino porque pasan delante de sus ojos don tras don y maravilla tras maravilla.

Para entender este pasaje tenemos que descomponerlo y estudiarlo por secciones breves. En esta sección Pablo está pensando en los cristianos como pueblo escogido de Dios, y su mente discurre por tres líneas.

(i) Piensa en el hecho de la elección de Dios. Pablo no pensaba nunca que había sido él el que había escogido hacer la obra de Dios. Siempre pensó que había sido Dios Quien le había escogido a él. Jesús les dijo a Sus discípulos : «No Me elegisteis vosotros a Mí, sino que fui Yo Quien os escogí a vosotros» (Juan 15:16). Aquí es donde está precisamente la maravilla. No sería tan maravilloso si fuera el hombre el que escogiera a Dios; la maravilla es que Dios escoja al hombre.

(ii) Pablo piensa en la generosidad de la elección de Dios. Dios nos escogió para bendecidnos con las bendiciones que no se pueden encontrar nada más que en e1 Cielo. Hay ciertas cosas que una persona puede descubrir por sí misma; pero hay otras que están totalmente fuera de su capacidad. Una persona puede adquirir por sí misma una cierta habilidad; puede llegar a una cierta posición; puede poseer una cierta cantidad de bienes de este mundo; pero, por sí misma, nunca puede alcanzar la bondad y la paz interior. Dios nos escogió para darnos esas cosas que solo Él puede dar.

(iii) Pablo piensa en el propósito de la elección de Dios. Dios nos escogió para que fuéramos santos e irreprensibles. Aquí tenemos dos grandes palabras. Santo es en griego haguios, que siempre conlleva la idea de diferencia y de separación. Un templo es santo porque es diferente de los otros edificios; un sacerdote es santo porque es diferente de las demás personas; una víctima es santa porque es diferente de los otros animales; el sábado es santo por que es diferente de los otros días; Dios es supremamente santo porque es supremamente diferente de todos las criaturas. Así que Dios escogió a los cristianos para que fueran diferentes de las demás personas.

Aquí tenemos un desafío que las iglesias modernas se resisten a arrostrar. En la Iglesia original, los cristianos no tenían nunca la menor duda de que tenían que ser diferentes de la gente, del mundo. De hecho sabían que tenían que ser tan diferentes que lo más probable sería que el mundo los odiara, y hasta quisiera acabar con ellos. Pero la tendencia de las iglesias modernas es difuminar su diferencia con el mundo. De hecho, muchas veces se les dice a los creyentes: «Mientras vivas una vida decente y respetable, está bien que seas miembro de iglesia y que te consideres cristiano. No tienes por qué ser tan diferente de las demás personas.» De hecho, a un cristiano se le debería poder distinguir siempre en el mundo.

Tenemos que recordar siempre que esta diferencia en la que Cristo insiste no es la que saca a una persona del mundo; le hacen diferente dentro de él. Debería ser posible identificar al cristiano en la escuela, la tienda, la fábrica, el hospital, en cualquier sitio. Y la diferencia está en que el cristiano se comporta, no de acuerdo con las normas humanas, sino como le exige la ley de Cristo. Un profesor cristiano trata de cumplir la normativa, no de las autoridades educacionales o del director de su centro, sino de Cristo; y eso representa una actitud muy diferente de la corriente para con los estudiantes que tiene a su cargo.

Un obrero cristiano no se conforma con cumplir las consignas del sindicato, sino las directrices de Jesucristo; y eso le hará ser sin duda una clase muy diferente de obrero, lo que puede muy bien hacer que le echen -pero siempre como persona, como obrero. Un empresario cristiano se preocupará de mucho más que de pagar el salario mínimo, o de crear las condiciones laborales mínimas. Es el simple hecho del asunto que, si los cristianos fuéramos haguios, diferentes, produciríamos la mayor revolución en la sociedad.

Irreprensibles es la palabra griega amómos. Su interés radica en que es una palabra del lenguaje de los sacrificios. Bajo la ley judía, antes de ofrecer un animal en sacrificio había que inspeccionarlo; y, si se le encontraba algún defecto, se rechazaba como impropio para ofrecerlo a Dios. Solamente lo mejor era adecuado para ofrecerse a Dios. Amómos indica que la persona total debe ser una ofrenda a Dios. Considera todos los aspectos de nuestra vida -trabajo, placer, deporte, vida familiar, relaciones personales-, y nos dice que deben ser tales que se los podamos ofrecer a Dios. Esta palabra no quiere decir que los cristianos deben ser respetables; quiere decir mucho más que eso: que deben ser perfectos. Decir que un cristiano tiene que ser ámómos es descartar conformarse con algo menos que lo mejor; quiere decir que el baremo del cristiano no es nada menos que la perfección.

El plan de Dios

Él decidió en Su amor antes que empezara el tiempo adoptarnos por medio de Jesucristo como Suyos, en el buen propósito de Su voluntad, para que todos alaben la gloria del don generoso que nos ha dado gratuitamente en el Amado.

En este pasaje Pablo nos habla del plan de Dios. Una de las alegorías que usa más de una vez acerca de lo que Dios hace por los hombres es la de la adopción (Cp. Romanos 8:23; Gálatas 4:5). Dios nos ha adoptado en Su familia como hijos.

En el mundo antiguo, donde estaba en uso la ley romana, esto resultaría todavía más claro que entre nosotros. Porque allí la familia se basaba en lo que se llamaba la patria potestas, la autoridad del padre. Un padre tenía poder absoluto sobre sus hijos durante toda su vida. Podía vender a un hijo suyo corno esclavo, y hasta matarle. Dión Casio nos dice que «la ley de los romanos le confiere al padre una autoridad absoluta sobre sus hijos, y sobre la totalidad de la vida de sus hijos.

Le confiere autoridad, si así lo desea, de meterle preso, azotarle, hacerle trabajar en sus propiedades como esclavo encadenado y hasta matarle. Ese derecho continúa existiendo aunque el hijo sea lo suficientemente mayor como para cumplir una parte activa en asuntos políticos, aunque se le haya tenido por digno de ocupar el puesto de magistrado, y aunque le tengan respeto todas las personas.» Es absolutamente cierto que, cuando un padre estaba juzgando a su hijo, se suponía que convocara a los varones adultos de la familia a consulta; pero no lo tenía que hacer por obligación.

Se daba el caso de que un padre condenara a su hijo a muerte. Salustio (La conspiración de Catilina, 39) dice que Aulo Fulvio se unió al rebelde Catilina. Fue apresado durante un viaje, y devuelto a su lugar de origen. Y su padre dio orden de que se le matara. El padre. lo hizo aplicando su autoridad privada, dando como razón que «él le había engendrado, no para Catilina contra su país, sino para su país contra Catilina.»

Según la ley romana, un hijo no podía poseer nada; y cualquier herencia que se le legara o cualquier regalo que se le hiciera eran propiedad de su padre. No importaba la edad del hijo, ni los honores y responsabilidades que hubiera alcanzado; estaba siempre totalmente bajo el poder de su padre.

En tales circunstancias, es obvio que la adopción era una decisión muy seria. Era, sin embargo, bastante frecuente, porque se adoptaban hijos muchas veces para asegurarse de que no se extinguiera la familia. El ritual de la adopción tiene que haber sido muy impresionante. Se llevaba a cabo mediante una venta simbólica, en la que se usaban monedas y balanzas.

El padre real vendía a su hijo dos veces, y dos veces le recuperaba simbólicamente; finalmente le vendía por tercera vez, y a la tercera iba la vencida. Después, el padre adoptivo tenía que ir al praetor, uno de los magistrados romanos principales, y solicitar la legalización de la adopción. Solamente después de completar todo esto se consideraba definitiva la adopción.

Cuando la adopción se había realizado, era totalmente vinculante. La persona que había sido adoptada tenía todos los derechos de un hijo legítimo en la nueva familia, y perdía todos los derechos que le correspondieran por su familia anterior. A los ojos de la ley era una nueva persona; hasta tal punto que hasta todas las deudas y obligaciones que le pudieran corresponder por su familia anterior quedaban abolidas como si no hubieran existido nunca.

Eso es lo que Pablo dice que Dios ha hecho por nosotros. Estábamos totalmente en poder del pecado y del mundo.

Dios, por medio de Jesús, nos ha liberado de ese poder, y Su adopción borra el pasado y nos hace nuevas criaturas.

Los dones de Dios

Porque es en Él en Quien tenemos una liberación que costó Su vida; en Él hemos recibido el perdón de los pecados, que solamente podía otorgarnos la magnanimidad de Su gracia, una gracia que Él nos dio con abundante provisión y que nos confiere toda sabiduría y toda prudencia.

En esta breve sección nos encontramos cara a cara con tres de las concepciones más grandes de la fe cristiana.

(i) Está la liberación. La palabra original es apolytrósis. Viene del verbo lytrún, que quiere decir redimir. Es la palabra que se usa para redimir a un prisionero de guerra o a un esclavo, o del continuo rescate que Dios otorga a Su pueblo en tiempos de prueba. Cada caso la concepción es la liberación de una persona de una condición de la que ella misma es incapaz de liberarse, o de un castigo que no habría podido evitar de ninguna manera.

Así que, en primer lugar, Pablo dice que Dios ha libertado a los hombres de una situación de la que ellos no se habrían podido nunca libertar a sí mismos. Precisamente eso es a lo que Cristo ha hecho por nosotros. Cuando Cristo vino a este mundo, la humanidad estaba agobiada por el sentimiento de su propia impotencia. Sabía que estaba viviendo una vida totalmente desquiciada; y también que era impotente para hacer ninguna otra cosa.

Séneca está lleno de esta clase de sentimiento de frustración irremediable. Los hombres, decía, eran abrumadoramente conscientes de su incapacidad en las cosas necesarias. Decía de sí mismo que era un homo non tolerabilis, una persona inaguantable. Los hombres, decía con una especie de desesperación, aman sus vicios y los odian al mismo tiempo. Lo que los hombres necesitan, clamaba, es que se les tienda una mano para levantarlos. Los pensadores más grandes del mundo pagano sabían que estaban en las garras de algo de lo que eran incapaces de librarse a sí mismos. Necesitaban liberación.

Fue precisamente esa liberación la que trajo Jesucristo; y sigue siendo verdad que Él puede liberar a las personas de la esclavitud a las cosas que las atraen y las repelen al mismo tiempo, de la que no se pueden librar a sí mismas. Para decirlo más sencillamente: Jesús todavía puede hacer que los malos se hagan buenos.

(ii) Está el perdón. El mundo antiguo estaba asediado por el sentimiento de pecado. Bien se podría decir que todo el Antiguo Testamento es un desarrollo del dicho «El alma que pecare, morirá» (Ezequiel 18:4). Las personas eran conscientes de su propia culpabilidad y vivían en constante terror de su dios o dioses. Se dice algunas veces que los griegos no tenían sentimiento de pecado. Nada podría estar más lejos de la verdad. «Los hombres -decía Hesíodo- deleitan sus almas en la contemplación de lo que es su ruina.» Todos los dramas de Esquilo se basan en un solo texto: « El que la hace, la paga.» Una vez que una persona había hecho algo malo, tenía a Némesis a sus talones; y el castigo seguía al pecado tan irremisiblemente como la noche seguía al día. Como dice Shakespeare en Ricardo Tercero: Mi conciencia tiene mil lenguas diferentes, y cada una de ellas cuenta su propia historia, y cada historia me delata como villano.

Si había una cosa que la gente conociera era el sentimiento de pecado y el miedo a Dios. Jesús cambió todo eso. Enseñó, no a odiar a Dios, sino a amar a Dios. Porque Jesús vino al mundo, las personas, aun en su pecado, descubrieron el amor de Dios.

(iii) Hay sabiduría y prudencia. Las dos palabras en griego son sofía y fronésis, y Cristo nos las trajo las dos. Esto es muy interesante. Los griegos escribieron mucho sobre estas dos palabras. Si una persona tenía ambas cosas, estaba perfectamente equipada para la vida.

Aristóteles definía sofíá como el conocimiento de las cosas más preciosas. Cicerón la definía como el conocimiento de todo lo divino y lo humano. Sofia correspondía a la inteligencia investigadora. Sola era la respuesta a los eternos problemas de la vida y de la muerte, de Dios y del hombre, del tiempo y de la eternidad.
Aristóteles definía frónésis como el conocimiento de los asuntos humanos y de las cosas que es necesario planificar.

Plutarco lo definía como el conocimiento práctico de todo lo que nos concierne. Cicerón lo definía como el conocimiento de las cosas que se han de buscar y de las que se han de evitar. Platón lo definía como la disposición de ánimo que nos permite juzgar qué cosas han de hacerse y cuáles no. En otras palabras, frónésis es el sentido práctico que permite a las personas enfrentarse con los problemas prácticos de la vida diaria, y resolverlos.

Pablo afirma que Jesús nos trajo sofía, el conocimiento intelectual que satisface la mente, y frónésis, el conocimiento práctico que nos permite resolver los problemas de la vida cotidiana. El carácter cristiano se presenta así como algo completo. Hay una clase de persona que está en su ambiente en el estudio, que se mueve con soltura entre los problemas filosóficos y teológicos, y que sin embargo se pierden en los asuntos ordinarios de la vida de cada día. Y hay otra clase de persona que se considera muy práctica, que se afana en los negocios de la vida, pero que no tiene interés en los asuntos del más allá. A la luz de los dones que Dios nos da por medio de Cristo, ambos caracteres son imperfectos. Cristo nos trae la solución de los problemas tanto de la eternidad como del. tiempo.

La meta de la historia

Esto sucedió porque Él nos dio a conocer el secreto de Su voluntad que había estado una vez oculto, pero que ahora es revelado, porque así Le ha placido en Su bondad. Este secreto era un propósito que Él se había formado en Su propia mente antes que empezara el tiempo, para que los períodos de tiempo fueran controlados y administrados hasta que llegaran a su pleno desarrollo, un desarrollo en el que todas las cosas, en el Cielo y en la Tierra, sean reunidas en unidad en Jesucristo.

Es en este punto cuando Pablo se enfrenta de veras con su tema. Dice, como lo traduce la versión Reina-Valera, que Dios nos ha dado a conocer «el misterio de Su voluntad.» El Nuevo Testamento usa la palabra misterio en un sentido especial. No es que sea algo misterioso en el sentido de que sea difícil de entender, sino más bien algo que se ha mantenido secreto durante mucho tiempo y que ahora se ha revelado, aunque sigue siendo incomprensible para los que no han sido iniciados en su significado.

Tomemos un ejemplo. Supongamos que llevamos a uno que no sabe absolutamente nada del Cristianismo a un culto de comunión. Para esa persona sería un completo misterio; no se enteraría ni lo más mínimo de lo que está teniendo lugar.

Pero para el que conoce la historia y el significado de la última Cena, todo el culto tiene un significado que está totalmente claro. Así que en el sentido del Nuevo Testamento un misterio es algo que está oculto para los no creyentes, pero claro para los cristianos.

¿Cuál era para Pablo el misterio de la voluntad de Dios? Que el Evangelio era también para los gentiles. Dios ha revelado en Jesús que Su amor y cuidado, Su gracia y misericordia, no son solamente para los judíos, sino para todo el mundo.

En este punto, Pablo presenta en una sola frase todo su gran pensamiento. Hasta este momento, los hombres han estado viviendo en un mundo dividido. Había división entre la naturaleza animal y la naturaleza humana; entre judíos y gentiles, entre griegos y bárbaros. Por todo el mundo hay tensión y lucha. Jesús vino al mundo para borrar las divisiones. Ese era para Pablo el secreto de Dios. Era el propósito de Dios que todos los cabos y los elementos que están en guerra en este mundo fueran unidos en Jesucristo.

Aquí tenemos otro pensamiento tremendo. Pablo dice que toda la Historia ha sido el desarrollo de este proceso. Dice que a través de todas las edades ha habido una ordenación y una administración de cosas para que en este día se produjera la unidad. La palabra que usa Pablo para esta preparación es oikonomía, que quiere decir literalmente la administración de la casa. El oikonomos era el mayordomo que estaba a cargo de que los asuntos de la familia fueran bien.

Los cristianos estamos convencidos de que la Historia es el desarrollo de la voluntad de Dios. Eso no es ni mucho menos lo que piensan todos los historiadores y filósofos. Oscar Wilde, en uno de sus epigramas, decía: «Les dais a vuestros hijos el calendario criminal de Europa, y a eso le llamáis Historia.» G. N. Clark, en su primera clase en Cambridge, dijo: «No hay ningún secreto ni ningún plan que descubrir en la Historia. No creo que ninguna consumación futura pueda dar sentido a todas las irracionalidades de las eras precedentes. Aunque se pudieran explicar, no se podrían justificar jamás.» En la introducción a su Una Historia de Europa, H. A. L. Fisher escribe: «Sin embargo, a mí se me ha negado una emoción intelectual. Otros más sabios y eruditos que yo han descubierto en la Historia una trama, un ritmo, un propósito predeterminado. Estas armonías me están ocultas. Lo único que yo puedo ver son sucesos que se siguen unos a otros como las olas siguen a las olas; solamente hay un gran hecho en relación con el cual, puesto que es único, no se pueden hacer generalizaciones; solamente hay una regla segura para el historiador: que debe reconocer en el desarrollo de los destinos humanos el juego de lo contingente y de lo imprevisto.» André Maurois dice: «El universo es indiferente. ¿Quién lo creó? ¿Por qué estamos aquí nosotros, en este insignificante puñado de barro que gira en el espacio infinito? Yo no tengo ni la más ligera idea, y estoy convencido de que nadie tiene ni la más mínima idea.»

Así es que resulta que estamos viviendo en una edad en la que la gente ha perdido la fe en que el mundo tenga ningún sentido. Pero los cristianos creemos y estamos convencidos de que en este mundo, se está desarrollando el propósito de Dios; y Pablo estaba convencido de que ese propósito es que un día todas las cosas y todas las personas formarán una familia en Cristo. Según Pablo, ese misterio no se intuyó hasta que vino Jesús, y ahora la gran tarea de la Iglesia consiste en desarrollar el propósito de unidad que Dios nos ha revelado en Jesucristo.

Judíos y gentiles

Fue en Cristo en Quien se nos asignó nuestra porción en este esquema, que fue determinado por decisión de Aquel Que controla todas las cosas según el propósito de Su voluntad; que nosotros, que fuimos los primeros en poner nuestra esperanza en la venida del Ungido de Dios, llegáramos a ser el medio por el cual Su gloria fuera alabada. Y fue en Cristo en Quien se determinó que vosotros también llegarais a ser el medio por el que la gloria de Dios fuera alabada, después que oyerais la Palabra que nos trae la verdad, la Buena Noticia de vuestra salvación -esa Buena Noticia en la cual, una vez que llegasteis a creer, fuisteis sellados con el Espíritu Santo, Que es el anticipo y la garantía de todo lo que un día heredaremos, hasta que entremos a participar de la plena redención que conlleva una posesión definitiva.

Aquí nos da Pablo el primer ejemplo de la unidad que trajo Cristo. Cuando habla de nosotros quiere decir su propia nación, los judíos; cuando habla de vosotros, quiere decir los gentiles a los que se dirige; y cuando, en la última frase, dice nosotros, está pensando en los judíos y los gentiles juntos.

En primer lugar, Pablo habla de los judíos. A ellos también, se les había asignado una porción en el plan de Dios. Fueron los primeros en creer en la venida del Ungido de Dios. A lo largo de toda su historia habían esperado y anhelado al Mesías. Su porción en el esquema de las cosas fue el ser la nación de la que habría de venir el Escogido de Dios.

El gran economista Adam Smith sostenía que todo el propósito de la vida se basaba en lo que él llamaba el reparto del trabajo. Quería decir que la vida solo puede proseguir cuando cada persona tiene un trabajo y lo cumple, y cuando los resultados de todos los trabajos se relacionan y forman un acervo común. El zapatero hace zapatos; el panadero cuece pan; el sastre hace ropa; cada uno tiene su propio trabajo, y cada uno se dedica a lo suyo; y cuando cada uno cumple su trabajo eficazmente se produce una situación de bienestar de toda la comunidad.

Lo que es verdad de las personas también lo es de las naciones. Cada nación tiene su parte en el orden de Dios. Los griegos enseñaron lo que es la belleza del pensamiento y de la forma. Los romanos enseñaron la ley y la ciencia del gobierno y de la administración. Los judíos enseñaron la religión. Los judíos fueron el pueblo preparado especialmente para que de ellos viniera el Mesías de Dios.

Eso no es decir que Dios no preparara también a los otros pueblos. Dios había estado preparando a personas y a naciones en todo el mundo para que sus mentes estuvieran dispuestas para recibir el mensaje del Evangelio cuando llegara a ellos. Pero el gran privilegio de la nación judía fue que fueron los primeros en esperar la venida al mundo del Ungido de Dios.

A continuación Pablo se vuelve hacia los gentiles. Ve dos etapas en su desarrollo.

(i) Recibieron la Palabra; los predicadores cristianos les trajeron el mensaje del Evangelio. Esa Palabra era dos cosas. Primera, era la Palabra de la verdad; les trajo la verdad acerca de Dios y acerca del mundo en que vivían y acerca de sí mismos. Segunda, era una Buena Noticia; era el mensaje del amor y de la gracia de Dios.

(ii) Fueron sellados con el Espíritu Santo. En el mundo antiguo -y en nuestro tiempo también- cuando se enviaba un saco o un cajón o un paquete, se lacraba con un sello para indicar de dónde procedía y a quién pertenecía. El Espíritu Santo es el sello que muestra que una persona pertenece a Dios. El Espíritu Santo al mismo tiempo nos muestra la voluntad de Dios y nos capacita para cumplirla.

Aquí Pablo dice una gran verdad acerca del Espíritu Santo. Llama al Espíritu Santo, como dice la versión Reina-Valera, «las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida.» La palabra griega, de la que deriva la española, es arrabón. El arrabón era una característica regular en el mundo griego de los negocios. Era una parte del precio de la compra o del contrato que se pagaba anticipadamente como garantía de que la operación se hacía en firme. Se han conservado muchos documentos comerciales griegos en los que aparece la palabra. Una mujer vende una vaca, y recibe tantas dracmas como arrabón. Se contratan algunas bailarinas para la fiesta de un pueblo, y se les paga tanto como arrabón. Lo que Pablo está diciendo es que la experiencia del Espíritu Santo que tenemos en este mundo es un adelanto de la bendición del Cielo, y es la garantía de que algún día entraremos en la plena posesión de la bendición de Dios.

Las experiencias más elevadas de paz y gozo cristiano que se pueden disfrutar en este mundo no son más que leves primicias o adelantos del gozo y de la paz en que entraremos un día. Es como si Dios nos hubiera dado lo bastante para aguzarnos el apetito para más, y suficiente para asegurarnos que algún día nos lo dará todo.

Las señales distintivas de la Iglesia

Como he sabido de vuestra fe en Jesucristo y de vuestro amor a todos los que están consagrados a Dios, no dejo nunca de dar gracias por vosotros y de recordaron en mis oraciones. El propósito de mis oraciones al Dios de nuestro Señor Jesucristo, Padre glorioso, es que os dé Espíritu de sabiduría, el Espíritu que os traiga una nueva revelación para que lleguéis a conocerle cada vez más plenamente. El propósito de mis oraciones es que se os iluminen los ojos del entendimiento para conocer la esperanza que os ha traído Su llamamiento, qué riqueza de gloria hay en nuestra herencia entre los santos, qué grandeza insuperable hay en Su poder para con nosotros los que creemos con una fe que produjo el poder de Su fuerza, aquel poder que obró en Cristo resucitándole de entre los muertos y situándole a la diestra de Dios en los lugares celestiales, sobre todos los gobernadores y autoridades y poderes y señoríos, sobre todas las dignidades que se honran no sólo en esta era sino también en la por venir. Dios Le ha sujetado todas las cosas y Le ha dado por Cabeza suprema a la Iglesia, la Iglesia que es Su complemento Cuerpo, la Iglesia que pertenece al Que está ocupando todas las cosas en todos los lugares.

La parte supremamente importante, el segundo gran paso del pensamiento de Pablo, está al final de este pasaje; pero hay ciertas cosas que debemos notar en los versículos precedentes.

Aquí se nos presentan en un perfecto resumen las características de la verdadera Iglesia. Pablo ha oído de la fe en Jesucristo de los destinatarios de su carta, y del amor que tienen a todas las personas que están consagradas a Dios. Las dos cosas que deben caracterizar a cualquier verdadera Iglesia son la lealtad a Cristo y el amor a todos los hombres.

Hay una lealtad a Cristo que no desemboca en el amor a nuestros semejantes. Los monjes y los ermitaños tenían una cierta lealtad a Cristo que les hacía abandonar las actividades normales de la vida haciéndoles vivir solos en lugares desiertos. Los cazadores de herejías de la Inquisición española y de otros muchos lugares y tiempos tenían una cierta lealtad a Cristo que les hacía perseguir a todos los que no pensaban como ellos. Antes de que viniera Cristo, los fariseos daban muestras de una cierta lealtad a Dios que les hacía despreciar olímpicamente a todos los que ellos consideraban menos leales a Dios que ellos.

El verdadero cristiano ama a Cristo y ama a sus semejantes. Y todavía más: sabe que no puede mostrarle su amor a Cristo de ninguna otra manera que mostrándoselo a sus semejantes. Por muy ortodoxa que sea una iglesia, por muy pura que sea su teología y por muy noble que sea su liturgia, no es una iglesia verdadera en el sentido real del término a menos que se caracterice por su amor a sus semejantes. Hay iglesias que rara vez hacen pronunciamientos públicos a menos que sea para censurar o criticar. Puede que sean ortodoxas, pero no son cristianas. La verdadera Iglesia se caracteriza por un doble amor: amor a Cristo, y amor a sus semejantes.

F W Boreham cita un pasaje de La sombra de la espada de Robert Buchanan, en el que este autor describe la Capilla del Odio: «Estaba situada en un monte inhóspito y desierto de la Bretaña francesa hace cien años. Estaba en ruinas; los muros estaban negros y sucios con el légamo de los siglos; alrededor del altar derruido había ortigas y otras malas hierbas de crecían hasta la altura del pecho; mientras una niebla negra preñada de lluvia se cernía noche y día sobre el lúgubre escenario. Por encima de la entrada de la capilla, pero medio borrado, estaba su nombre. Estaba dedicada a Nuestra Señora del Odio. «Aquí -dice Buchanan-, en horas de pasión y dolor, venían hombres y mujeres a lanzar maldiciones a sus enemigos: la moza a su amor falso, el amante a su querida infiel, el marido a su esposa traidora -pidiendo todos a una que nuestra Señora del Odio los oyera, y que la persona odiada muriera dentro de aquel año.»» Y entonces el novelista añade: «¡Con tal brillo y profundidad había brillado la tierna luz cristiana dentro de sus mentes!»

Una capilla del odio es una concepción horrible; y sin embargo, ¿estamos siempre tan lejos como debemos de ella? Odiamos a los comunistas o a los capitalistas; a los fundamentalistas o a los modernistas; a la persona que tiene una teología diferente de la nuestra; al católico romano o al protestante, según los casos. Hacemos declaraciones que se caracterizan, no por su amor cristiano, sino por una especie de amargura condenatoria. Haríamos bien en recordar de vez en cuando que el amor a Cristo y el amor a nuestros semejantes no pueden existir el uno sin el otro. Nuestra tragedia es que es verdad a menudo lo que dijo Swift una vez: «Tenemos suficiente religión para odiar, pero no para amar.»

La oración de Pablo por la Iglesia

En este pasaje vemos lo que Pablo pide a Dios para la Iglesia que ama y que va bien.

(i) Pide el Espíritu de sabiduría. La palabra que usa para sabiduría es sofía, que ya hemos visto que es el conocimiento de las cosas profundas de Dios. Pide que la Iglesia sea conducida a mayores y mayores profundidades en el conocimiento de las verdades eternas. Para que eso suceda hacen falta ciertas cosas.

(a) Es necesario contar con personas que piensan. Boswell nos cuenta que Goldsmith le dijo una vez: «De la misma manera que adquiero mis zapatos del zapatero, y mi ropa del sastre, así adquiero mi religión del sacerdote.» Hay muchos que son así; y sin embargo la religión no es nada a menos que sea un descubrimiento personal. Como decía Platón hace mucho: «Una vida sin examen de conciencia no vale la pena vivirla,» y una religión que no se ha examinado personalmente y a conciencia no es una religión que valga la pena tener. Es una obligación de toda persona pensante el pensar en su camino hacia Dios.

(b) Es necesario contar con un ministerio de enseñanza. William Chillingworth decía: « La Biblia, y la Biblia a secas, es la religión de los protestantes.» Eso puede que sea verdad, pero muchas veces no lo parece. La exposición de la Escritura desde el púlpito es una primera necesidad para un despertar espiritual.

(c) Es necesario que tengamos un sentido autoajustable de proporción. Es uno de los hechos extraños de la vida de la Iglesia que, en los comités eclesiásticos como las juntas de iglesia, los presbiterios y hasta las asambleas generales, se dedican veinte horas a la discusión de problemas mundanos de administración por cada hora que se dedica a cuestiones espirituales.

(ii) Pablo pide a Dios para la Iglesia una revelación y un conocimiento más plenos de Dios. Para el cristiano, el crecimiento en el conocimiento y en la gracia es esencial. Cualquier persona que tenga una profesión sabe que no se puede permitir dejar de estudiar. Ningún médico piensa que ha acabado de aprender cuando deja de asistir a las aulas de su facultad. Sabe que semana tras semana, y casi día a día, se descubren nuevas técnicas y tratamientos, y, si quiere seguir siendo de servicio a los que tienen enfermedades y sufren dolores, tiene que mantener el ritmo con ellos. Así sucede con los cristianos. La vida cristiana se podría describir como conocer mejor a Dios día a día. Una amistad que no crece en intimidad con el tiempo tiende a desvanecerse con el tiempo, y eso es lo que sucede entre nosotros y Dios.

(iii) Pide a Dios para la Iglesia una nueva concienciación de la esperanza cristiana. Es casi una característica de la edad en que vivimos que es una edad de desesperación. Thomas Hardy escribía en Tess: «Algunas veces pienso que los mundos son como las manzanas de nuestro árbol enfermo: algunas tienen un aspecto estupendo, y otras, de pena.» Y entonces llega la pregunta: «¿En qué clase de mundo vivimos? ¿En un mundo espléndido o en uno irremisiblemente malo?» La respuesta de Tess es: « En uno de pena.» Entre las guerras, sir Philip Gibbs escribía: « Si huelo a gases asfixiantes en Edgeware Road, no voy a ponerme la máscara antigás, o a meterme en un refugio antigás. Me saldré a aspirarlo a pleno pulmón, porque me daré cuenta de que la partida ha terminado.» H. G. Wells escribió una vez lúgubremente: «El ser humano, que empezó en una cueva soleada a cubierto del viento, terminará en un suburbio contaminado en ruinas.» Por todas partes resuenan las voces de los pesimistas; nunca hizo más falta que ahora el sonido de trompeta de la esperanza cristiana. Si el mensaje cristiano es verdad, el mundo no va de camino a su disolución, sino a su consumación.

(iv) Pide a Dios una nueva concienciación del poder de Dios. Para Pablo, la prueba suprema de ese poder había sido la Resurrección. Fue la demostración de que el propósito de Dios no se puede detener por ninguna acción humana. En un mundo que parece caótico, es bueno darse cuenta de que Dios sigue en control.

(v) Pablo acaba hablando de la conquista de Cristo en una esfera que no quiere decir gran cosa para mucha gente hoy. La versión Reina-Valera dice que Dios ha elevado a Jesucristo «sobre todo principado y autoridad, poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra.» En los días de Pablo se creía sin la menor duda tanto en los demonios. como en los ángeles; y estas palabras que usa Pablo son los títulos de diferentes grados de ángeles. Está diciendo que no hay ningún ser en el Cielo ni en la Tierra al que Jesucristo no sea superior. En esencia la oración de Pablo es que los creyentes nos demos cuenta de la grandeza del Salvador que Dios nos ha dado.

El cuerpo de Cristo

Llegamos a los dos últimos versículos de este capítulo, en los que Pablo expone uno de los pensamientos más aventureros y elevados que haya tenido nadie jamás. Llama a la Iglesia por su título supremo: El Cuerpo de Cristo.

A fin de entender lo que Pablo quiere decir, volvamos al pensamiento clave de esta epístola. El mundo tal como se nos presenta es una desunión total. Hay desunión entre judíos y gentiles, entre griegos y bárbaros; hay desunión entre diferentes personas de la misma nación; hay desunión dentro de cada persona, porque en cada uno de nosotros el bien lucha con el mal; hay desunión entre la humanidad y la naturaleza, y, sobre todo, hay desunión entre el hombre y Dios. La tesis de Pablo era que Jesús había muerto para unir en uno todos los elementos discordantes de este universo, borrar las separaciones, reconciliar al hombre con el hombre y al hombre con Dios. Jesucristo era por encima de todo el instrumento de Dios para la reconciliación.

Fue para reunir todas las cosas y a todas las personas en una sola familia para lo que Cristo murió. Pero está claro que esa unidad no existe todavía. Echemos mano de una analogía humana. Supongamos que un gran médico descubre la cura del cáncer. Una vez que se ha descubierto, la cura existe; pero antes de que esté disponible para todos los enfermos que la necesitan tiene que salir al mundo. Los médicos y los cirujanos deben tener conocimiento de ella y entrenarse para usarla. La cura existe, pero una sola persona no puede llevarla a todos los que la necesitan; un cuerpo de médicos tiene que ser el agente que se encargue de que llegue a todos los pacientes del mundo. Eso es precisamente lo que es la Iglesia de Jesucristo. Es en Jesús en Quien todos los seres humanos y todas las naciones pueden llegar a ser una sola cosa; pero antes de que eso suceda tienen que conocer a Jesucristo, y esa es la tarea de la Iglesia. Cristo es la Cabeza; la Iglesia es el Cuerpo. La cabeza tiene que tener un cuerpo para actuar. La Iglesia es literalmente las manos para hacer la obra de Cristo, los pies para ir por Él a todas partes y la voz para proclamar Su palabra.

En la frase final del capítulo, Pablo expone dos pensamientos tremendos. Dice que la Iglesia es el complemento de Cristo. De la misma manera que las ideas de la mente no se pueden realizar sin el cuerpo, la gloria maravillosa que Cristo trajo a este mundo no se puede hacer efectiva sin la obra de la Iglesia. Pablo pasa a decir que Jesús está llenando paulatinamente todas las cosas en todos los lugares, y que esa acción la está desarrollando la Iglesia. Este es uno de los pensamientos más alucinantes del Evangelio. Quiere decir nada menos que el plan de Dios de un mundo unido depende de la Iglesia.

Hay una leyenda antigua que nos cuenta lo que pasó cuando Jesús volvió al Cielo después de haber pasado un tiempo en la Tierra. Aun en el Cielo seguía llevando las cicatrices de Su pasión. Los ángeles estaban hablando con Él, y Gabriel dijo: «Maestro, tienes que haber sufrido terriblemente por los humanos de allí abajo.» «Es verdad,» le contestó Jesús. «Y -siguió diciéndole Gabriel-, ¿ya saben todos cuánto los has amado y lo que has hecho por ellos?» «Oh no -dijo Jesús-,todavía no. Hasta ahora solo lo saben unos pocos en Palestina.» «¿Y qué plan has hecho dijo Gabriel- para que todos lo sepan?» Jesús dijo: «Les he pedido a Pedro y a Santiago y a Juan y a otros pocos que dediquen sus vidas a hablarles a otros de Mí; y los otros se lo dirán a otros, y así a otros, hasta que el último ser humano en el último rincón de la Tierra sepa lo que Yo he hecho.» Gabriel parecía dudar, porque sabía muy bien lo poco de fiar que somos los humanos.

«Sí -dijo-, ¿pero qué si Pedro y Santiago y Juan se olvidan? ¿Y si no cumplen los que vayan detrás? ¿Qué si allá abajo, en el siglo veinte, la gente no sigue hablando de Ti? ¿Es que no has hecho ningún otro plan?» Y Jesús respondió: «Pues no, no he hecho ningún otro plan. Cuento con ellos.» Decir que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo quiere decir que Jesús cuenta con nosotros.

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