Gálatas 3: El don de la gracia

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¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os ha echado mal de ojo, precisamente a vosotros, ante cuyos ojos Jesucristo fue presentado sobre Su Cruz? Decidme simplemente esto: ¿Recibisteis el Espíritu por hacer las obras que establece la Ley, o porque escuchasteis y creísteis? ¿Es que os habéis vuelto tan torpes? Después de empezar vuestra experiencia de Dios en el Espíritu, ¿ahora vais a tratar de completarla haciendo que dependa de lo que pueda hacer la naturaleza humana? ¿Es que no os ha servido para nada la experiencia tremenda que habéis tenido, que vais a desprenderos de ella sin recibir nada a cambio? El que os dio tan generosamente el Espíritu y obró maravillas entre vosotros, ¿lo hizo porque vosotros producíais las obras que establece la Ley, o porque oísteis y creísteis? ¿No os sucedió exactamente lo mismo que a Abraham? Abraham confió en Dios, y fue eso lo que se le contó como si hubiera sido justo.

Así que debéis daros cuenta de que son los que emprenden la aventura de la fe los que son los verdaderos hijos de Abraham. La Escritura previó que sería por la fe por lo que Dios traería a los gentiles a la correcta relación consigo Mismo, y le comunicó la Buena Noticia a Abraham antes de que sucediera: «En ti serán benditas todas las naciones.»

Así que son los que se embarcan en la misma aventura de la fe los que son benditos juntamente con el creyente Abraham.

Pablo usa todavía otro argumento para mostrar que es la fe lo que pone a una persona en relación con Dios, y no las obras de la Ley. En la Iglesia original, los convertidos casi siempre recibían el Espíritu Santo de una manera sensible. Los primeros capítulos de Hechos muestran como sucedió una y otra vez (Cp. Hechos 8:14-17; 10:44). Venía a ellos un nuevo brote de vida y de poder que todos podían constatar. Esa experiencia la habían tenido los gálatas; y no, decía Pablo, porque hubieran obedecido las disposiciones de la Ley, porque en aquel tiempo ni siquiera habían oído hablar de la Ley; sino porque habían escuchado la Buena Nueva del amor de Dios, y habían respondido con un acto de perfecta confianza. La manera más fácil de captar una idea es verla encarnada en una persona. En cierto sentido, toda gran idea tiene que hacerse carne. Así que Pablo les señaló a los gálatas a un hombre que encarnaba la fe: Abraham. El hombre al que Dios había hecho la gran promesa de que todas las familias de la Tierra serían benditas en él (Génesis 12:3). Fue el hombre que Dios escogió especialmente como el que Le agradó. ¿En qué fue en lo que Abraham agradó a Dios especialmente? No fue por hacer las obras de la Ley, porque en aquel tiempo la Ley ni siquiera existía; fue por tomarle la Palabra a Dios en un gran acto de fe.

Ahora bien, la promesa de bendición se les hizo a los descendientes de Abraham. En eso confiaban los judíos; mantenían que el hecho escueto de ser descendientes naturales de Abraham los colocaba en una relación con Dios totalmente distinta de la de los otros pueblos. Pablo declara que el ser un auténtico descendiente de Abraham no es cosa de la naturaleza física; el verdadero descendiente es el que hace la misma aventura de la fe que hizo Abraham. Por tanto, no son los que tratan de obtener méritos por medio de la Ley los que heredan la promesa que se le hizo a Abraham, sino los de cualquier nación que reproducen su acto de fe en Dios. Fue sin duda con un acto de fe como empezaron los gálatas. ¿Cómo iban ahora a retroceder al legalismo, y perder- su herencia?

Esta pasaje está lleno de palabras griegas con historia; palabras que transmitían un cierto ambiente y una cierta experiencia.

En el versículo 1, Pablo habla acerca del mal de ojo. Los griegos le tenían mucho miedo al embrujo causado por el mal de ojo.

Una y otra vez las cartas privadas terminan con una frase como: «Por encima de todo, rezo para que disfrutes de salud sin sufrir daño del mal de ojo, y que te vaya bien» (Milligan, Selections from the Greek Papyri, N° 14).

En el mismo versículo dice que Jesucristo les fue presentado sobre Su Cruz. Es la palabra griega prografein, que se usaba con el sentido de poner un cartel. Se usaba de hecho de una noticia que ponía un padre en un sitio visible para hacer saber que ya no se hacía responsable de las deudas de su hijo; también se usaba con el sentido de poner el anuncio de una subasta. En el versículo 4, Pablo habla de empezar la experiencia en el Espíritu, y acabar en la carne. Las palabras que usa son los términos griegos normales para iniciar y completar un sacrificio. La primera, enárjesthai, es la palabra para echar granos de cebada por encima y alrededor de la víctima, que era lo primero que se hacía en un sacrificio; y la segunda, epiteleisthai, es la palabra que se usaba para completar el ritual de cualquier sacrificio. A1 usar estas dos palabras, Pablo muestra que considera la vida cristiana como un sacrificio que se ofrece a Dios.

El versículo 5 habla de la manera tan generosa como Dios había tratado a los gálatas. La raíz de esta palabra es la griega joreguía de joros, coro. En los días antiguos de Grecia, en los grandes festivales, los dramaturgos como Eurípides y Sófocles presentaban sus dramas; las obras dramáticas griegas requerían un coro; el equipar y preparar un coro era caro, y algunos griegos con conciencia pública se ofrecían generosamente a cubrir todos los gastos del coro. (Ese regalo se llamaba joreguía).

Más tarde, en tiempo de guerra, los ciudadanos concienzudos daban aportaciones al estado, y a estas también se las designaba con el nombre de joreguía. Y, todavía en un griego posterior, en los papiros, esta palabra se usa corrientemente en contratos matrimoniales, y describe el mantenimiento que un marido, en su amor, se comprometía a darle a su mujer. Joreguía subraya la generosidad de Dios; una generosidad que nace del amor, de la que son pálidos reflejos el amor de un ciudadano a su ciudad y de un hombre a su mujer.

La maldición de la ley

Todos los que dependen de las obras que establece la Ley están bajo una maldición, porque escrito está: «Maldito sea todo el que no obedezca y cumpla concienzudamente todas las cosas que están escritas en el libro de la Ley. » Está claro que nadie alcanza jamás la debida relación con Dios por medio de este legalismo; porque, como dice la Biblia: «Es el hombre que está en relación con Dios mediante la fe el que vivirá.» Pero la Ley no está basada en la fe. Y sin embargo la Escritura dice: «El hombre que haga estas cosas tendrá que vivir por ellas.» Cristo nos redimió de la maldición de la Ley asumiéndola por nosotros porque está escrito: «Maldito sea todo aquel que es colgado de un madero.» Y todo esto sucedió para que la bendición de Abraham alcanzara en Cristo a los gentiles, y para que nosotros pudiéramos recibir por medio de la fe el Espíritu prometido.

El razonamiento de Pablo trata de colocar a sus oponentes en un tincón del que no se puedan escapar. « Supongamos -les dice- que decidís que vais a tratar de obtener la aprobación de Dios aceptando y obedeciendo la Ley, ¿cuáles serán las consecuencias inevitables?» En primer lugar, el que dé ese paso tendrá que mantenerse o caer por su decisión; si escoge la Ley, tiene que vivir por ella. Segundo, ninguna persona ha conseguido, ni conseguirá jamás, guardar siempre la Ley a rajatabla.

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