Hechos 2: El aliento de Dios

Todos los creyentes se habían reunido para pasar juntos el día de Pentecostés. De repente vino del cielo un estruendo como si se hubiera desencadenado una gran tempestad de viento que llenó toda la casa donde estaban alojados; y se les presentaron como lenguas de fuego que se iban repartiendo, y cada una se posaba sobre un discípulo. Entonces el Espíritu Santo inundó a todos, y se pusieron a hablar en otras lenguas según el Espíritu los iba capacitando. Estaban parando por entonces en Jerusalén judíos y personas piadosas que habían venido a la fiesta de todas las naciones bajo el cielo. Cuando se oyó aquel estruendo se juntó allí mucha gente; y estaban que no sabían qué pensar, porque cada uno de ellos oía hablar en su lengua materna a los discípulos; así que todos estaban admirados y alucinados. – ¡Fijaos! ¿Es que no son galileos estos que están hablando? -decían- . ¿Cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua materna? Aquí hay partos, medos, elamitas, de Mesopotamia, de Judea, de Capadocia, del Ponto, de Asia, de Frigia, de Panfilia, de Egipto y de África más allá de Cirene, y romanos residentes aquí, tanto judíos de nacimiento como convertidos de otras naciones, cretenses y árabes… ¡y todos los oímos contar en nuestra lengua las cosas maravillosas que Dios ha hecho! No podían entender lo que estaba pasando, y estaban alucinados; unos a otros se decían: -¿Qué querrá decir todo esto? Otros lo tomaban a chunga, y decían: – ¡Están como cubas!

Había tres grandes fiestas en las que todos los judíos que vivieran a no más de treinta kilómetros de Jerusalén estaban obligados a ir: la Pascua, Pentecostés y la fiesta de los Tabernáculos. El nombre de pentecostés quiere decir el quincuagésimo, y también se llamaba «La Fiesta de las Semanas», porque caía en el quincuagésimo día, una semana de semanas después de la Pascua. Esta caía -como entre nosotros su versión cristiana, la Semana Santa- en el primer plenilunio después del equinoccio de primavera; y Pentecostés, cincuenta días después. Para entonces ya eran mejores las condiciones para viajar. Por lo menos tantos como para la Pascua iban a Jerusalén para Pentecostés. Eso explica la lista de países que se mencionan en este capítulo, porque en ninguna otra ocasión se juntaría un gentío tan internacional en Jerusalén.

La fiesta misma tenía dos significados. Uno histórico: conmemoraba la promulgación de la Ley en el monte Sinaí; y otro agricultural: en la Pascua se ofrecía a Dios el primer gomer de la cosecha de la cebada, y en Pentecostés se ofrecían dos panes como acción de gracias por la cosecha completa que se había recogido. Pentecostés tenía otra característica: la Ley establecía que ese día no se podía hacer ningún trabajo servil (Levítico 23:21; Números 28:26); de modo que era un día de vacación, por lo que habría más gente que nunca en la calle.

Lo que sucedió el día de Pentecostés no se puede explicar con palabras. Lo cierto es que los creyentes tuvieron la experiencia del poder del Espíritu Santo Que inundaba su ser.

Debemos darnos cuenta de que no se trataba de que hubieran adquirido una capacidad especial para hablar lenguas extranjeras. En la Iglesia Primitiva se manifestaba un don que nunca ha desaparecido del todo de la Iglesia y que ha vuelto a surgir especialmente en las iglesias pentecostales y carismáticas este siglo, que se llama glóssolalía o hablar en lenguas (ver Hechos, 10:46; 19:6). El principal pasaje en el que se nos describe y da enseñanza sobre este don es 1 Corintios 14. El apóstol Pablo dice que, aunque él habla en lenguas más que nadie en Corinto, en el culto público considera preferible usar una lengua que todos puedan entender, para que sean edificados; y recomienda que se reserve el hablar en lenguas para la edificación personal; o, si se usa este don en público, que haya también interpretación; porque si no, alguien nuevo que entre podría pensar que los que hablan en lenguas están locos (1 Corintios 14:23). Esa parece haber sido la reacción de algunos de los oyentes en Pentecostés, que tomaron a los discípulos por borrachos. Sin embargo, el don de lenguas que se manifestó en Pentecostés no requería interpretación. Es posible que los discípulos hablaran su dialecto, y el Espíritu hacía que los oyentes recibieran simultáneamente la interpretación, cada uno en su propia lengua materna. El caso es que en Pentecostés el poder del Espíritu era tal que daba a aquellos sencillos discípulos la capacidad de presentar el Evangelio de forma que calaba hasta lo más íntimo del corazón.

La primera predicación cristiana: Hechos 2:14-42

Es uno de los pasajes más interesantes de todo el Nuevo Testamento, porque contiene el primer sermón cristiano. Ahora bien: en la Iglesia Primitiva había cuatro clases de predicación.

(i) Había lo que se llama el kérygma, que quiere decir literalmente el anuncio de un pregonero, y consiste en la exposición de los hechos clave del Evangelio que no se pueden negar ni discutir, como vieron claro los primeros predicadores.

(ii) Había lo que se llama la didajé, que quiere decir literalmente enseñanza, y que dilucida y desarrolla el significado y las implicaciones de los hechos que se han proclamado. Para decirlo en términos actuales, es como si, después que el predicador ha expuesto los hechos incontestables, los oyentes le preguntaran: « ¿Y ahora qué?» La didajé sería la respuesta a esa pregunta.

(iii) Había lo que se llama la paráklésis, que quiere decir literalmente exhortación. Esta clase de predicación presentaba a los oyentes la obligación de ajustar su vida al kérygma y a la didajé que ya les habían dado.

(iv) Había lo que se llama la homilía, que quiere decir el desarrollo de un tema o departamento de la vida a la luz del Evangelio.

Una predicación integral tiene algo de los cuatro elementos: contiene la proclamación de los hechos clave del Evangelio; la explicación del significado de tales hechos; la exhortación a ajustar a ellos la vida, y el desarrollo de todas las actividades de la vida a la luz del Evangelio.

Ahora bien: en Hechos nos encontramos especialmente con el kérygma, porque este libro nos relata la proclamación de los hechos del Evangelio que se dirige a los que no los conocen. Este kérygma sigue el esquema que se encuentra en todo el Nuevo Testamento.

(i) Contiene las pruebas de que Jesús, y todo lo que Le sucedió, son el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. En los tiempos modernos cada vez se hace menos hincapié en el cumplimiento de las profecías. Se ven los profetas, más como proclamadores de la voluntad de Dios a los hombres, que como pronosticadores de acontecimientos futuros. Pero el hincapié de la predicación original en la profecía nos conserva y presenta una gran verdad: la de que la Historia no es mera casualidad sin razón ni propósito, sino que tiene sentido, y que hay una ley moral en el universo. Creer en la posibilidad de la profecía es creer que Dios está en control, y que está llevando a cabo su propósito.

(ii) Jesús de Nazaret es el Mesías prometido y esperado. En Él se han cumplido las profecías mesiánicas y ha amanecido la Nueva Era. La Iglesia Primitiva tenía la convicción de que toda la Historia se centraba en Jesús; con su venida, la Eternidad había invadido el tiempo, y Dios había aparecido en la escena humana. Por tanto, ni la vida ni el mundo podían ser ya lo que eran antes. Con la venida de Jesús se había hecho presente algo crucial, irrepetible y definitivo.

(iii) La predicación original continuaba exponiendo que Jesús era descendiente del rey David; que había impartido enseñanza y obrado milagros; que Le habían crucificado; que había resucitado, y que estaba a la diestra de Dios. La Iglesia Primitiva estaba completamente segura de que el Evangelio dependía de la vida terrenal de Cristo, y de que había que relatar esa vida. Pero también estaba convencida de que aquella vida y muerte terrenales no eran el final de la historia, sino que las había seguido la Resurrección. Jesús no era para ellos alguien acerca del que leían o escuchaban una historia, sino Alguien con Quien se habían encontrado y a Quien conocían en su experiencia personal. No era el personaje de un libro, alguien que había vivido y muerto; era una presencia viva para siempre.

(iv) Los primeros predicadores pasaban entonces a insistir en que Jesús iba a volver otra vez en gloria para establecer su Reino en la Tierra. En otras palabras: la Iglesia Primitiva creía intensa y apasionadamente en la Segunda Venida. De nuevo nos encontramos con una enseñanza que aparece rara vez en la predicación moderna, pero que conserva una gran verdad: que la Historia tiene una meta, y que algún día llegará su culminación.

(v) La predicación terminaba con la afirmación de que sólo en Jesús está la salvación, que el que crea en Él recibirá el Espíritu Santo, y que al que no crea no le queda esperanza. Es decir, que terminaba con una seria advertencia; la que oyó John Bunyan, el autor de EL Peregrino, como si Alguien se lo estuviera diciendo al oído: «¿Quieres dejar tus pecados e ir al Cielo, o seguir con tus pecados e ir al Infierno?»

Si leemos de una sentada el sermón de Pedro en Pentecostés veremos cómo se entrelazan en él estos cinco temas.

Ha llegado el día del Señor: Hechos 2:14-21

Pedro se puso en pie con los otros once apóstoles, y empezó a hablarles en voz bien alta para que todos pudieran oírle: – ¡Eh, vosotros judíos y todos los que estáis en Jerusalén: enteraos bien y prestad atención a lo que os voy a decir! Estos no están borrachos como decís vosotros, puesto que no son más que las 9 de la mañana. Lo que pasa es que se está cumpliendo lo que dijo el profeta Joel: «En los días finales -dice Diosderramaré de mi Espíritu sobre toda la humanidad. Vuestros hijos e hijas darán profecías; vuestros jóvenes tendrán visiones, y vuestros ancianos, sueños. En esos días derramaré de mi Espíritu sobre los hombres y las mujeres que me sirven, y ellos serán mis profetas. Mostraré maravillas arriba en los cielos, y pruebas visibles de mi poder divino abajo en la Tierra: sangre, y fuego, y vapor de humo. El Sol se convertirá en tinieblas, y la Luna en sangre, antes que llegue el gran Día del Señor en todo su esplendor. Y será un hecho que todos los que invoquen el Nombre del Señor estarán a salvo.»

En el versículo 15, Pedro insiste en que esas personas no pueden estar borrachas, porque es la hora tercera del día (Versión Reina-Valera). Las horas del día contaban desde la salida hasta la puesta del Sol, es decir, poco más o menos, desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde; por tanto, la hora tercera eran las 9 de la mañana.

Todo el pasaje nos presenta una de las ideas dominantes y básicas del Antiguo y del Nuevo Testamento: El Día del Señor. Hay mucho en la Biblia que nos resultará difícil de entender a menos que conozcamos los principios que subyacen bajo esta concepción. Los judíos nunca perdían de vista que eran el pueblo escogido de Dios, e interpretaban que Dios los había elegido para una gloria y un privilegio especiales entre todos los pueblos de la Tierra. Sin embargo, eran una nación pequeña. Su historia había sido una sucesión de desastres. Estaba claro que, por medios humanos, nunca alcanzarían la gloria que les estaba destinada como pueblo escogido. Así es que, poco a poco, llegaron a la conclusión de que, lo que los hombres no podían, Dios lo haría. Y empezaron a esperar el día en que Dios intervendría directamente en la Historia y los elevaría al honor que soñaban. El día de esa intervención divina sería El Día del
Señor. La Historia quedaría dividida en dos edades: La Edad Presente, y La Edad por Venir, que sería El Siglo de Oro de Dios.

Entre las dos Edades estaría El Día del Señor, que sería el doloroso alumbramiento de la Nueva Era. Vendría tan por sorpresa como el ladrón nocturno; los cimientos de la Tierra serían sacudidos, y el universo entero se desintegraría. Sería un día de juicio y de terror. A lo largo de los libros proféticos del Antiguo Testamento y en gran parte del Nuevo encontramos descripciones de ese Día. Los pasajes más característicos son: Isaías 2:12; 13:6ss; Amós 5:18; Sofonías 1:7; Joel 2; 1 Tesalonicenses 5:2ss; 2 Pedro 3:10. Aquí Pedro les está diciendo a los judíos: «Hace generaciones que estamos soñando con el Día del Señor, el gran Día en que Dios intervendrá en la Historia. Ahora, con Jesús, ha llegado ese Día.» Detrás de todo ese escenario estaba la gran verdad de que, en la Persona de Jesús, Dios mismo había entrado en la escena de la Historia humana.

Señor y Cristo: Hechos 2:22-36

-¡Hombres de Israel, escuchadme bien! – siguió diciéndoles Pedro- . Jesús de Nazaret ha sido un Hombre al Que Dios ha acreditado ante vosotros por medio de milagros y obras que eran señales inequívocas del poder de Dios en acción. Dios estaba actuando por medio de Él, y vosotros lo habéis visto todo y no lo podéis negar. De acuerdo con lo que Dios tenía planificado y sabía de antemano que iba a suceder, ese Hombre os fue entregado, y vosotros le matasteis haciendo que le crucificaran los paganos que no tienen ni idea de la Ley de Dios. Pero Dios le desató las ligaduras de la muerte y le devolvió a la vida otra vez, porque era imposible que quedara bajo el control de la muerte. Porque David dice de Él: «Tengo siempre presente al Señor; porque le tengo a mi diestra soy inconmovible. Por tanto, mi corazón se mantiene alegre, y el júbilo brota en mi lengua, y mi vida transcurre en esperanza; porque Tú no abandonarás mi alma en la tierra de los muertos, ni permitirás que tu Santo experimente la corrupción del sepulcro. ¡Tú me has dado a conocer los senderos que conducen a la vida verdadera! ¡Tú me llenarás de alegría cuando me concedas tu presencia!» Queridos hermanos: Se os puede decir sin ambages que el patriarca David murió, y le enterraron, y seguimos conservando su tumba. Pero, como era profeta y sabía que Dios le había dado su palabra y le había jurado que Uno de sus descendientes se sentaría en su trono para siempre, previó la Resurrección del Mesías y habló acerca de Él; porque es al Mesías al Que Dios «no ha abandonado en la tierra de los muertos», y su cuerpo el que «no experimentó la corrupción del sepulcro.» Que Dios ha resucitado a este Jesús es el hecho del que tenemos conocimiento personal. En prueba de que ha sido exaltado ala diestra de Dios y de que ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, ha dado esta demostración del Espíritu que estáis viendo y oyendo. Porque David no ascendió al Cielo en persona; y sin embargo dice: «Dijo el SEÑOR a mi Señor: «Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos como un estrado bajo tus pies. «» ¡Que se dé por enterada toda la nación de Israel de que Dios ha puesto a este Jesús a Quien vosotros crucificasteis como Señor y Mesías!

Aquí tenemos un pasaje que está lleno de la esencia del pensamiento de los primeros predicadores.

(i) Insiste en que la Cruz no fue ningún accidente. Formaba parte del plan eterno de Dios (versículo 23), que es algo que se afirma con frecuencia en Hechos (véase 3:18; 4:28; 13:29). El pensamiento de Hechos nos salvaguarda de dos serios errores sobre la muerte de Jesús.

(a) La Cruz no fue una salida de emergencia porque a Dios le hubieran fallado otros planes. Forma parte de la vida misma de Dios.

(b) No debemos pensar nunca que nada de lo que hizo Jesús cambiara la actitud de Dios hacia los hombres. No debemos oponer un Jesús dulce y amable a un Dios airado y vengativo. Fue Dios el Que envió a Jesús, el Que planificó la venida de Jesús al mundo. Podemos decir que la Cruz es una ventana en el tiempo por la que podemos ver el amor sufriente que hay eternamente en el corazón de Dios.

(ii)Hechos insiste en que lo dicho anteriormente no aminora en nada el crimen de la humanidad que crucificó a Jesús.

Siempre que se menciona la Cruz en Hechos se hace con un sentimiento de horror ante el crimen que se cometió (véanse Hechos 2:23; 3:13; 4:10; 5:30). Aparte de otras cosas, la Cruz es el mayor crimen de la Historia. Muestra supremamente hasta dónde pudo llegar el pecado, que tomó la vida más maravillosa que haya habido jamás, y la estampó en la Cruz.

(iii) Hechos se propone demostrar que la pasión y muerte de Cristo fueron el cumplimiento de las profecías. Los primeros predicadores tenían que hacerlo así, porque la idea de un mesías crucificado era inconcebible y hasta blasfema para los judíos.

La Ley decía: «Maldito el que muere colgado de un madero» (Deuteronomio 21:23). Para los judíos ortodoxos, la Cruz era lo único que hacía absolutamente imposible que Jesús pudiera ser el Mesías. Por eso los enemigos de Jesús se propusieron darle, no una muerte cualquiera, sino la muerte de cruz. Los primeros predicadores respondían: «Si leéis las Escrituras con atención, veréis que estaba profetizado.»

(iv) Hechos hace hincapié en la Resurrección como la prueba definitiva de que Jesús era el Escogido de Dios. Algunas veces se ha llamado a Hechos el Evangelio de la Resurrección. Para la Iglesia Primitiva la Resurrección era de suprema importancia.

Debemos tener presente que sin la Resurrección no existiría la Iglesia Cristiana. Cuando los discípulos predicaban la centralidad de la Resurrección lo hacían movidos por su propia experiencia. La Cruz los había dejado totalmente destrozados, sin esperanza ni razón para seguir viviendo. Fue la Resurrección lo que lo cambió todo y los transformó de seres desamparados en hombres y mujeres henchidos de vida; de cobardes en héroes. Una de las razones por las cuales algunas iglesias están como están es que la predicación de la Resurrección se limita al Domingo de Resurrección, si acaso. Todos los domingos son el Día del Señor, como su nombre indica. Los cristianos celebramos el domingo en vez del sábado en recuerdo de la Resurrección del Señor; y, si no es eso lo que celebramos, ¿qué es entonces? El Domingo de Resurrección en la Iglesia Oriental, cuando se encuentran dos creyentes, se saludan diciendo uno: «¡Ha resucitado el Señor!» Y el otro contesta: « ¡Es verdad que ha resucitado!» Un cristiano no debe olvidarse nunca de que vive y anda con el Señor Resucitado.

¡Poneos a salvo!: Hechos 2:37-41

Lo que Pedro les dijo les atravesó el corazón, y les hizo preguntarles a Pedro y a los demás apóstoles: -Hermanos, ¿y qué podemos hacer ahora? -¡Arrepentíos ahora mismo -les contestó Pedro- , y que se bautice cada uno de vosotros en el Nombre de Jesucristo! Así recibiréis el perdón de vuestros pecados y la dádiva gratuita del Espíritu Santo que Dios había prometido que os daría a vosotros y a vuestros descendientes, los de cerca y los de lejos, a todos los que respondan a la llamada del Señor nuestro Dios.

Pedro les expuso extensamente los hechos referentes a Jesús, y los exhortó muy en serio: – ¡Poneos a salvo de la perversa edad en que vivís! Los que se convirtieron fueron bautizados; y aquel día se sumaron al número de los creyentes como otros tres mil.

(i) En primer lugar, este pasaje nos muestra con una claridad meridiana el efecto de la Cruz. Cuando se le hizo ver a la gente lo que habían hecho cuando crucificaron a Jesús, se les partió el corazón. «Yo -había dicho Jesús-, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia Mí» (Juan 12:32). Si el pecado de la humanidad fue el responsable de la Cruz de Cristo, entonces nuestro pecado es el responsable. Todos los seres humanos hemos tomado parte en ese crimen. Se dice que una vez un misionero contó la historia de Jesús en una aldea india. Después la proyectó en diapositivas en una de las paredes blancas de la casa; y cuando llegó a una en la que se veía la Cruz, un hombre se puso en pie y vino corriendo al frente, y dijo con voz conmovida: « ¡Baja de la Cruz, Hijo de Dios! ¡Soy yo y no Tú el que tiene que colgar de ahí!» Cuando llegamos a comprender lo que pasó en la Cruz, no podemos evitar que se nos parta el corazón.

(ii) Esta experiencia requiere una reacción. Pedro dijo: « ¡Lo primero y principal es que os arrepintáis!» ¿Qué quiere decir arrepentirse? La palabra original quería decir en un principio cambiar de pensamiento; y cuando se cambia de pensamiento es porque el que se tenía antes era equivocado; de ahí que la palabra pasó a significar un cambio de mentalidad, o de actitud; y si la persona es honrada, el cambio de mentalidad requiere un cambio de acción, o de vida. Así que el arrepentimiento supone un cambio de mentalidad y un cambio de vida. Podría darse el caso de que alguien cambiara de mentalidad, y se diera cuenta de que sus obras no son como deben ser, pero que estuviera tan atado por los viejos hábitos que no quisiera cambiar de vida. O podría ser que uno cambiara de manera de obrar, pero que su mentalidad siguiera siendo la misma; su cambio sería motivado por el temor, o por razones de prudencia, pero su corazón todavía amaría las cosas viejas y, si tuviera oportunidad, volvería a ellas. El verdadero arrepentimiento incluye un cambio de mentalidad y un cambio de acción.

(iii) Cuando llega el arrepentimiento, algo pasa con el pasado. Hay perdón de pecados. El perdón de Dios cubre el pasado; pero tenemos que comprender que esto no quiere decir que se anulan las consecuencias del pecado. Cuando pecamos, nos hacemos algo a nosotros mismos y a otros que no podemos deshacer. Vamos a considerarlo de otra manera: cuando éramos pequeños y habíamos hecho algo malo, había una barrera invisible entre nosotros y nuestros padres. Pero, cuando íbamos a ellos y les decíamos que lo sentíamos y pedíamos perdón, nuestros padres nos abrazaban, y nos dábamos cuenta de que la relación se había restablecido y había desaparecido la barrera. El perdón no eliníina las consecuencias de lo malo que hayamos hecho, pero nos pone otra vez en la debida relación con Dios. El alejamiento y el temor desaparecen, y nos encontramos otra vez en paz con Dios.

(iv) Cuando llega el arrepentimiento pasa algo con el futuro. Recibimos el don del Espíritu Santo. Aunque nos hayamos arrepentido, ¿cómo vamos a evitar cometer los mismos errores una y otra vez? Viene a nuestra vida un poder que no teníamos antes, que es del Espíritu Santo; y con él podemos ganar las batallas que siempre perdíamos antes, y resistir todo lo que por nosotros mismos seríamos incapaces de resistir.

En el momento en que nos arrepentimos de veras somos liberados del alejamiento y del temor del pasado, y equipados para enfrentarnos con las responsabilidades y las batallas del futuro.

Las características de la Iglesia: Hechos 2:42-47

Los creyentes dedicaban tiempo a recibir la enseñanza de los apóstoles, a estar en comunión con los hermanos, a participar juntos de las comidas y a la oración. Todos tenían una actitud reverente, y el poder de Dios se manifestaba en muchas cosas que hacían los apóstoles. Todos los creyentes se mantenían unidos, y lo tenían todo en común. Solían vender sus bienes y posesiones, y repartir el producto según la necesidad de cada uno. Iban juntos todos los días a participar del culto en el Templo, y compartían los alimentos comiendo juntos en las casas con alegría y generosidad de corazón. Siempre estaban alabando a Dios, y a todo el pueblo le caían bien. Y el Señor iba añadiendo a su número los que se iban salvando cada día.

En este pasaje tenemos un resumen sucinto de las características de la Iglesia Primitiva.

(i) Era una iglesia que aprendía. La palabra doctrina del versículo 42 en la versión Reina-Valera no es pasiva, sino activa. La frase quiere decir que dedicaban tiempo y prestaban atención a lo que los apóstoles enseñaban. Uno de los grandes peligros de la Iglesia es caer en una religiosidad estática que mira hacia atrás en lugar de adelante. Precisamente porque las riquezas de Cristo son inescrutables e inagotables debemos ir siempre hacia adelante. El cristiano se dirige, como la luz de la aurora, hacia una plenitud que no se alcanza en esta vida (Proverbios 4:18). Debemos considerar que hemos perdido el día si no hemos aprendido en él nada nuevo ni hemos profundizado en la sabiduría y en la gracia de Dios.

(ii) Era una iglesia en comunión. Estaba como indica la expresión, de consuno. Nelson atribuyó una de sus victorias al hecho de que «tuvo el privilegio de dirigir a una compañía de
hermanos.» La iglesia es sólo lo que debe ser cuando es una compañía de hermanos unidos en el amor de nuestro Padre Dios.

(iii) Era una iglesia que oraba. Los primeros cristianos sabían que no podían, ni tenían por qué enfrentarse con la vida dependiendo exclusivamente de sus propias fuerzas. Siempre hablaban con Dios antes de hablar con los hombres; siempre buscaban a Dios antes de salir al mundo; podían arrostrar los problemas de la vida porque habían estado en la presencia de Dios.

(iv) Era una iglesia reverente. En el versículo 43, la palabra que la versión Reina-Valera traduce correctamente temor encierra la idea de respeto y reverencia. Se decía de un griego famoso, que se movía por el mundo como el que está en un templo.

El cristiano vive reverentemente porque sabe que siempre está en la presencia de Dios, y que cualquier lugar es «casa de Dios y puerta del Cielo» (Génesis 28:17).

(v) Era una iglesia en la que sucedían cosas. Había señales y maravillas (versículo 43). Si esperamos grandes cosas de Dios y emprendemos grandes cosas por Dios, sucederán cosas. Cuando muere la fe mueren también los resultados. Sucederían más cosas en la iglesia si creyéramos que Dios puede y quiere hacer con nosotros que sucedan.

(vi) Era una iglesia solidaria (versículos 44 y 45). Aquellos primeros cristianos tenían un fuerte sentido de responsabilidad mutua. Se decía de William Morris que no podía ver a un borracho sin sentirse personalmente responsable. El que es cristiano de veras no puede soportar tener demasiado cuando otros pasan necesidad.

(vii) Era una iglesia que daba culto a Dios (versículo 46). No se olvidaban los primeros cristianos de frecuentar la casa de Dios. Debemos recordar que «Dios no reconoce una religión solitaria.» La mitad de la emoción que sentimos en un concierto o en una competición deportiva es porque nos encontramos entre mucha gente con la que compartimos el interés y la experiencia.

El Espíritu de Dios se mueve sobre el pueblo de Dios que Le da culto.

(viii) Era una iglesia feliz (versículo 46). Tenía regocijo. Una iglesia lúgubre es una contradicción. El gozo cristiano no tiene por qué ser un jaleo; pero en lo íntimo del corazón de los cristianos hay un gozo que nadie ni nada nos puede quitar.

(ix) Era una iglesia de personas simpáticas. Hay dos palabras en griego para bueno. Una es agathós, que describe una cosa o persona simplemente como buena. Y hay otra, que es kalós, que quiere decir que la cosa o persona no sólo es buena, sino agradable; que tiene una gracia que conquista el alma. En español decimos a veces de alguien que es «una bellísima persona.»

El verdadero cristiano es alguien así. Hay bastantes personas que son buenas pero tienen una veta antipática de dureza. Uno no iría a llorar en su hombro. Son lo que alguien llamaba «cristianos iceberg». Struthers solía decir que lo que ayudaría a la iglesia más que ninguna otra cosa sería que los cristianos tuvieran de vez en cuando detalles simpáticos. En la Iglesia Primitiva el pueblo de Dios tenía esa gracia.

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