Efesios-5-Siguiendo-el-ejemplo-de-Dios

Efesios 5: Siguiendo el ejemplo de Dios

Debéis seguir el ejemplo de Dios de la manera que los hijos bien amados siguen el de sus padres. Debéis vivir en el amor de la manera que Cristo os amó y Se dio a Sí mismo a Dios en sacrificio y ofrenda, un sacrificio que fue el aroma de un perfume agradable a Dios. De la inmoralidad sexual y de la manera sucia de vivir y de los deseos insaciables, ni siquiera habléis entre vosotros; no trae ningún provecho al pueblo consagrado a Dios el hablar de esas cosas. Así que ni se mencione una conducta vergonzosa. Que no haya entre vosotros conversaciones intrascendentes ni chistes que no tienen ninguna gracia, porque estas son cosas que no corresponden a ‹ personas como vosotros. Sea vuestro hablar más bien una agradecida alabanza a Dios. Ya sabéis muy bien y estáis percatados de que ninguno que sea inmoral sexual, o que viva suciamente, o que dé rienda suelta a deseos insaciables (que es idolatría) tiene parte en el Reino de Cristo y de Dios. Que nadie os engañe con palabras vacías. Es a causa de estos vicios por lo que viene sobre los hijos desobedientes la ira de Dios. No os asociéis con ellos.

Pablo les pone a sus amigos cristianos el listón más alto del mundo: les dice que deben seguir el ejemplo de Dios. Clemente de Alejandría habría de decir más tarde sin ambages que el verdadero sabio cristiano practica el ser Dios.

Cuando Pablo hablaba de seguir el ejemplo estaba usando un lenguaje que debían entender muy bien los sabios de Grecia. Mímésis, imitación, era lo más importante del aprendizaje de un orador. Los maestros de retórica enseñaban que el aprendizaje de la oratoria dependía de tres cosas: teoría, imitación y práctica. La parte principal de su entrenamiento era el estudio y la imitación de los maestros que los hubieran precedido. Es como si Pablo dijera: « Si os estuvierais preparando para ser oradores, se os diría que imitarais a los maestros de la palabra. Como os estáis preparando para la vida, debéis seguir el ejemplo del Señor de la verdadera vida.»

Por encima de todo, el cristiano debe imitar el amor y el perdón de Dios. Pablo usa una frase típica del Antiguo Testamento: « aroma de perfume,» que se remonta a una idea muy antigua, tanto como el sacrificio mismo. Cuando se ofrecía un sacrificio en el altar, el olor de la carne quemada subía al cielo, y el dios al que se le ofrecía el sacrificio se suponía que se deleitaba con ese olor. Un sacrificio que tuviera el aroma de un perfume era especialmente agradable y aceptable al dios al que se le ofrecía.

Pablo toma la frase que el tiempo había consagrado –casi cincuenta veces aparece en el Antiguo Testamento- y se la aplica al Sacrificio que Jesús Le presentó a Dios en la Cruz.

El Sacrificio de Jesús Le fue sumamente agradable a Dios.

¿Cuál fue ese Sacrificio? Fue una vida de perfecta obediencia a Dios y de perfecto amor a los hombres; una obediencia tan absoluta y un amor tan infinito que aceptaron la Cruz. Lo que dice Pablo es :«Seguid el ejemplo de Dios. Eso lo podéis hacer solamente amando a los hombres con el mismo amor sacrificial con que nos amó Jesús, y perdonándolos por amor como ha hecho Dios con nosotros.»

Pablo pasa a otro tema. Se ha dicho que la castidad fue la única virtud nueva que introdujo el Cristianismo en el mundo. Desde luego, es verdad que el mundo antiguo miraba la inmoralidad con tal ligereza que no la consideraba pecado. Se daba por sentado que un hombre tuviera una querida. En lugares como Corinto, los grandes templos contaban con un personal de centenares de sacerdotisas que eran en realidad prostitutas sagradas, y cuyas ganancias contribuían al mantenimiento del templo.

En su discurso Pro éaelio, Cicerón decía: « Si hubiera alguien que creyera que a los jóvenes había que prohibirles totalmente él amor de las cortesanas, se consideraría que se pasaba de severo. Yo no negaría su principio, pero estaría en desacuerdo, no solamente con la permisividad de nuestra edad, sino también con las costumbres y concesiones de nuestros antepasados. ¿Cuándo no se ha consentido? ¿Cuándo se ha encontrado reprobable? ¿Cuándo se ha negado esa licencia? ¿Cuándo fue ilegal lo que ahora es legal?»

Los griegos decían que Solón había sido el primero que había permitido la introducción de las prostitutas en Atenas, y luego la construcción de burdeles. Y con las ganancias del nuevo negocio se construyó un templo a Afrodita, la diosa del amor. Bien claro deja el punto de vista griego en este asunto el hecho de que no les pareciera mal construir un templo a sus dioses con las ,ganancias de la prostitución.

Cuando Pablo hacía hincapié en la pureza moral, estaba colocando el listón a una altura que los paganos normales no habían soñado jamás. Por eso es por lo que los exhorta tan en serio, y establece la ley de la pureza con tal severidad.

Debemos tener presente la clase de sociedad de la que procedían estos conversos cristianos, y la clase de sociedad que los circundaba. No hay nada en toda la Historia semejante al milagro moral que obró el Cristianismo.

Bromeando con el pecado

Debemos fijarnos en otras dos advertencias que hace Pablo.

(i) Dice que de estos pecados vergonzosos no se debe ni hablar. Los persas, según Heródoto, tenían la regla de « no permitir hablar de las cosas que no estaba permitido hacer.» El hacer chistes de algo, o el usarlo como un tema corriente de conversación es introducirlo en la mente y acercarlo a la práctica. Pablo advierte que algunas cosas son peligrosas hasta en la conversación y en los chistes. Es un hecho sombrío de la naturaleza humana el que muchos libros y comedias y películas se hayan hecho famosos simplemente porque trataban de cosas prohibidas y sucias.

(ii) Dice que sus conversos no se debían dejar engañar con palabras vacías. ¿Qué quiere decir? Había voces en el mundo antiguo, y hasta en la Iglesia Cristiana, que le enseñaban a la gente a pensar con ligereza en los pecados del cuerpo.

En el mundo antiguo hubo una línea de pensamiento llamada el gnosticismo, que partía de la base de que solo el espíritu es bueno, y la materia es siempre mala. En ese caso, resulta que.solo hay que valorar el espíritu, y que la materia no es sino despreciable. Ahora bien, una persona se compone de dos partes: es cuerpo y espíritu. Según este punto de vista, el espíritu es lo único que importa; el cuerpo no tiene ninguna importancia. Por tanto, por lo menos algunos de los gnósticos pasaron a defender que no importaba lo que uno hiciera con su cuerpo. No influía para nada el seguir sus caprichos. Los pecados corporales y sexuales no tenían ninguna importancia, porque eran cosas del cuerpo y no del espíritu.

El Cristianismo se enfrentó con esa enseñanza afirmando que tanto el cuerpo como el alma son importantes. Dios es el Creador de ambos, Jesucristo santificó para siempre la carne humana al asumirla, el cuerpo es el templo del Espíritu Santo, y él Cristianismo trata de la salvación de la persona completa, cuerpo, espíritu y alma.

(iii) Ese ataque le llegó a la Iglesia desde fuera; pero otro ataque aún más peligroso vino de dentro. Hubo algunos en la Iglesia que pervirtieron la doctrina de la gracia.

Escuchamos los ecos de la discusión de Pablo con ellos en Romanos 6. La discusión sería algo así:

Objetor.- Acabas de decir que la Gracia de Dios es suficientemente grande para perdonar cualquier pecado.

Pablo.- Y lo mantengo.

Objetor.- Estás diciendo que la Gracia de Dios es la cosa más maravillosa del mundo.

Pablo.- Eso es.

Objetor.- Pues entonces, ¡sigamos pecando! Cuanto más pequemos, más abundará la Gracia. El pecado no importa, porque Dios lo va a perdonar de todas maneras. De hecho, aún podríamos decir más: que el pecado es algo excelente, porque le ofrece a la Gracia una oportunidad de manifestarse. La conclusión de tu razonamiento es que el pecado produce la Gracia; y por tanto tiene que ser una cosa buena, ya que produce la cosa más grande del mundo.

El Cristianismo se enfrentó con ese argumento insistiendo en que la gracia era, no solamente un privilegio y un don; era también una responsabilidad y una obligación. Era verdad que el amor de Dios podía perdonar y perdonaría; pero el mismo hecho de que Dios nos ame nos impone la obligación de hacer todo lo posible por merecer Su amor. El más grave perjuicio que cualquier persona puede hacerle a un semejante es inducirle a considerar el pecado con ligereza. Pablo exhorta a sus conversos a que no se dejen engañar con palabras vacías que despojan al pecado de su horror.

Los hijos de la luz

Porque vosotros erais antes tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Debéis comportaros como hijos de la luz; porque el fruto de la luz consiste en toda clase de benevolencia e integridad y verdad. Debéis decidir lo que es totalmente del agrado del Señor. No debéis participar de las obras estériles de la oscuridad. Más bien debéis exponerlas; porque uno se avergüenza hasta de mencionar las cosas ocultas que hacen en secreto tales personas. Todo lo que se expone a la luz, se ilumina. Y todo lo que se ilumina, se convierte en luz. Por eso se dice: «¡Despierta,
durmiente, y levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo!»

Pablo veía la vida pagana como algo tenebroso; y la vida cristiana, como una vida radiante. Tan claro lo quería poner, que no decía que los paganos son hijos de la oscuridad, y los cristianos hijos de la luz; dice que los paganos son oscuridad, y los cristianos son luz. Tiene ciertas cosas que decir acerca de la luz que Jesucristo trae a las personas.

(i) La luz produce buen fruto. Produce benevolencia, integridad y verdad. La benevolencia (agathósyné) es una cierta generosidad de espíritu. Los griegos definían la integridad (dikaiosyné) como «dar a las personas y a Dios lo que les es debido.» La verdad (alétheia) no es en el pensamiento del Nuevo Testamento meramente algo intelectual que se capta con la mente; es más bien una verdad moral; no solamente algo que se conoce, sino algo que se hace. La luz que Cristo trae nos hace ciudadanos útiles de este mundo; nos hace hombres y mujeres que no faltan nunca a su deber, humano o divino; nos hace fuertes para hacer lo que sabemos que es verdadero.

(ii) La luz nos permite distinguir entre lo que es del agrado de Dios y lo que no. Es a la luz de Cristo como se han de poner a prueba todos los motivos y todas las acciones. En los bazares orientales las tiendas no son más que pequeños espacios cubiertos, sin ventanas. Uno puede que quiera comprar un trozo de seca o un artículo de bronce. Antes de comprarlo, lo saca a la calle para verlo a la luz del día, para que la luz revele los defectos que pueda tener. Es el deber del cristiano el exponer todas las acciones, las decisiones y los motivos a la luz de Cristo.

(iii) La luz expone lo que es malo. La mejor manera de desembarazar al mundo de cualquier especie de mal es sacándolo a la luz. Mientras una cosa se haga en secreto, seguirá haciéndose; pero cuando se saca a la luz del día, muere de muerte natural. La manera más eficaz de limpiar los rincones de nuestros corazones y de cualquier sociedad en la que estemos involucrados es exponerlos a la luz de Cristo.

Por último, Pablo dice: «Todo lo que se ilumina se convierte en luz.» Lo que parece que quiere decir es que la luz tiene en sí una cualidad purificadora. En nuestra propia generación sabemos que muchas enfermedades desaparecen simplemente cuando se las expone a la luz del sol. Así es la luz de Cristo. No debemos pensar que la luz de Cristo no trae más que la condenación; también tiene una virtud sanadora.

Pablo acaba con una cita poética. Podríamos traducirla así: ¡Despiértate, durmiente, – y surge de los muertos, de manera que Cristo – te alumbre por entero!

Pablo introduce esta cita como si todo el mundo la conociera, pero no se sabe de dónde procede. Se han hecho algunas sugerencias interesantes.

Como está en verso, es casi seguro que se trata de un himno cristiano antiguo. Puede que sea parte de un himno de bautismo. En la Iglesia Primitiva casi todos los bautismos eran de adultos, que confesaban su fe al pasar del paganismo al Cristianismo.

Tal vez estas palabras se cantaban cuando salían del agua los bautizados, simbolizando el paso del sueño tenebroso del paganismo a la vida radiante del Cristianismo. También se ha sugerido que estos versos son parte de un himno que expresaba la llamada del arcángel cuando sonara la trompeta final sobre la Tierra. En este caso trataría del gran despertar de la Resurrección final para recibir la vida eterna.

Estas no son más que suposiciones; pero parece seguro que en estas líneas tenemos un fragmento de uno de los primeros himnos de la Iglesia Cristiana.

La comunión cristiana

Tened mucho cuidado con cómo vivís. No viváis como los insensatos, sino como los que son prudentes. Aprovechad el tiempo con toda economía, porque vivimos en días malos. Esa es la razón por la que no debéis ser insensatos, sino debéis comprender cuál es la voluntad de Dios. No os emborrachéis de vino, que es destructor, sino llenaos del Espíritu Santo. Comunicaos entre voso tros con salmos e himnos y cánticos que el Espíritu os enseñe. Que las palabras y la música de vuestras alaban zas a Dios os salgan del corazón. Dadle gracias por todas las cosas en todo momento a Dios Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Someteos los unos a los otros como expresión de vuestra sumisión a Cristo.

La exhortación general de Pablo termina con una llamada a sus conversos a vivir como sabios. Los tiempos en los que vivían eran malos; debían rescatar todo el tiempo que pudieran del mal uso que le daba el mundo.

Pablo pasa a presentar un contraste entre una reunión pagana y otra cristiana. Una reunión pagana solía degenerar en orgía. Es significativo que seguimos usando la palabra simposio con el sentido de «Conferencia o reunión en que se examina y discute determinado tema» (D.R.A.E.). La palabra griega sympósion quiere decir literalmente un guateque para beber. Una vez A. C.

Welch estaba predicando sobre el texto «Sed llenos del Espíritu,» y empezó con una frase impactante: « ¡Uno tiene que llenarse de algo!» Los paganos encontraban lo que buscaban emborrachándose de vino y entregándose a placeres mundanos; el cristiano encuentra la felicidad en estar lleno del Espíritu Santo.

De este pasaje podemos deducir ciertos hechos acerca de las reuniones cristianas originales.

(i) La Iglesia Primitiva era una iglesia que cantaba. Se caracterizaba por los salmos e himnos y canciones espirituales; estaba tan feliz que no podía por menos de cantar.

(ii) La Iglesia Primitiva era una iglesia que daba gracias a Dios. Le resultaba natural el darle gracias a Dios por todas las cosas, en todos los lugares y en todas las circunstancias. Crisóstomo, el gran predicador de la Iglesia un poco posterior, expone la idea curiosa de que el cristiano puede dar gracias hasta por el infierno; porque el infierno es una advertencia que nos ayuda a mantenernos en el buen camino. La Iglesia Original era una Iglesia que daba gracias porque sus miembros estaban alucinados con la maravilla de que el amor de Dios los hubiera buscado y salvado; y porque sus miembros estaban seguros de que estaban en las manos de Dios.

(iii) La Iglesia Original era una iglesia en la que los miembros se honraban y se respetaban mutuamente. Pablo dice que la razón de este mutuo honor y respeto era que honraban a Cristo. Se veían los unos a los otros, no a la luz de sus profesiones o niveles sociales, sino a la luz de Cristo; y por tanto veían la dignidad de cada persona.

El vínculo precioso

Esposas, someteos a vuestros maridos como al Señor; porque el marido es el cabeza de la esposa como Cristo es el Cabeza de la Iglesia, aunque existe esta gran diferencia: que Cristo es el Salvador de todo el Cuerpo.

Pero, aun concediendo esta diferencia, como la Iglesia está bajo la autoridad de Cristo, así las esposas deben estar bajo la autoridad de sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras esposas como Cristo amó a la Iglesia y Se entregó a Sí mismo por ella, para poder purificarla y consagrarla por el lavamiento del agua al hacer ella confesión de su fe, para hacer que la Iglesia esté en Su presencia en toda su gloria, sin ninguna mancha que afee ni ninguna arruga que desfigure ni ninguna otra imperfección, sino para que pueda ser consagrada e impecable.

Así deben los maridos amar a sus esposas: amarlas como aman a sus propios cuerpos. El que ama a su esposa realmente es como si se amara a sí mismo. Porque nadie aborrece nunca su propia carne; más bien la alimenta y cuida.

Así es como Cristo ama a la Iglesia, porque somos parte de Su Cuerpo. Por esta causa deja un hombre a su padre y a su madre, y se une con su esposa, y los dos forman una sola carne.

Esto es un símbolo que es sumamente grande -quiero decir, cuando se ve como un símbolo de la relación entre Cristo y la Iglesia. Pero tómese como se tome, que todos y cada uno de vosotros ame a su esposa como a vosotros mismos, y que la esposa respete a su marido.

Leyendo este pasaje en el siglo XX uno no se puede dar cuenta plenamente de lo maravilloso que es. A lo largo de los años, el sentido cristiano del matrimonio se ha llegado a aceptar ampliamente. La mayoría todavía lo reconocen como un ideal aun en estos día permisivos. Incluso cuando en la práctica se está muy lejos de alcanzar ese ideal; siempre ha estado presente en las mentes y en los corazones de las personas que viven en un ambiente cristiano. El matrimonio se considera la unión perfecta de cuerpo, mente y espíritu entre un hombre y una mujer. Pero las cosas eran muy diferentes cuando Pablo escribía. En este pasaje Pablo estaba proponiendo un .ideal que brillaba con una pureza radiante en un mundo inmoral.

Consideremos brevemente la situación en que Pablo escribió este pasaje. Los judíos tenían una opinión baja de las mujeres. En la oración de la mañana se incluía una frase en la que el varón judío daba gracias a Dios por no haberle hecho «gentil, esclavo o mujer.» Para la ley judía una mujer no era una persona, sino una cosa. No tenía ningunos derechos legales; era posesión absoluta de su marido, que podía hacer con ella lo que quisiera.

Los judíos tenían en teoría el ideal más alto del matrimonio. Los rabinos tenían algunos dichos como estos. «Un judío debe entregar su vida antes que cometer idolatría, asesinato o adulterio.» « El mismo altar vierte lágrimas cuando un hombre se divorcia de la mujer de su juventud.» Pero en los días de Pablo el divorcio se había generalizado trágicamente.

La ley del divorcio se resume en Deuteronomio 24:1. «Cuando alguien toma una mujer y se casa con ella, si no le agrada por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá carta de divorcio, se la entregará en mano y la despedirá de su casa.» Está claro que todo dependía de cómo se interpretara la frase alguna cosa indecente. Los rabinos más estrictos, siguiendo al famoso Shammay, mantenían que quería decir adulterio, y nada más; y declaraban que, aunque la mujer fuera tan malvada como Jezabel, su marido no se podía divorciar de ella nada más que por adulterio. Los rabinos más liberales, siguiendo al igualmente famoso Hillel, interpretaban la frase de la manera más amplia posible. Decían que quería decir que un hombre se podía divorciar de su mujer si ella le echaba a perder la comida poniendo demasiada sal, o si salía a la calle con la cabeza descubierta, o si hablaba con otros hombres en la calle, o si hablaba mal de los padres de su marido, o si era alborotadora o rencillosa o pendenciera. Un cierto Rabí Aqiba interpretaba la frase si ella no encuentra gracia en sus ojos en el sentido de que el marido podía divorciarse de su mujer simplemente porque había encontrado otra más atractiva. Es fácil suponer cuál de las dos escuelas de pensamiento tuvo mayor seguimiento. Dos hechos ponían las cosas peor en la ley judía. El primero, que la mujer no tenía posibilidad legal de divorciarse, excepto si su marido contraía la lepra, o era apóstata, o se dedicaba a un negocio repugnante, como el de curtidor, que conllevaba el recoger y usar excremento de perro. Hablando en general, el marido, bajo la ley judía, podía divorciarse de su mujer por cualquier razón, pero la esposa no podía divorciarse de su marido por ninguna razón. Segundo, el procedimiento del divorcio era desastrosamente fácil. La ley de Moisés decía que el hombre que quisiera divorciarse de su mujer no tenía que hacer más que entregarle una notificación escrita que dijera: «Que esto sea la nota de divorcio y la carta de despedida y el documento de liberación para que puedas casarte con quien quieras.» Todo lo que el marido tenía que hacer era entregarle en mano a su mujer en presencia de dos testigos esa nota de divorcio, y el divorcio quedaba consumado. La otra única condición era que tenía que devolver la dote de su mujer. En el tiempo de Jesucristo, el vínculo matrimonial estaba en peligro hasta entre los judíos hasta tal punto que la misma institución del matrimonio estaba amenazada, porque las jóvenes judías se negaban a casarse, ya que su posición como esposas era tan incierta.

La situación era todavía mucho peor en el mundo griego La prostitución era una parte esencial de la vida griega. Demóstenes había establecido lo que era una norma de vida aceptada por todos: « Tenemos cortesanas para el placer, concubinas para la cohabitación diaria, y esposas para tener hijos legítimos y una guardiana en los asuntos de nuestro hogar.»

La mujer llevaba una vida totalmente seclusa en las clases respetables. No tomaba parte en la vida pública; no salía nunca sola a la calle; no aparecía en banquetes o en ocasiones sociales; tenía sus habitaciones privadas a las que no tenía acceso nada más que su marido. Y todo esto, como decía Jenofonte, « para que viera lo menos posible, oyera lo menos posible y preguntara lo menos posible.»

Una mujer griega respetable estaba educada de tal manera que resultaban, imposibles la compañía y la conversación en el matrimonio con ella. Sócrates decía: « ¿Hay alguien a quien le confíes cuestiones más serias que a tu mujer? ¿Y hay alguien con quien hables menos?» Vero fue el colega imperial del gran Marco Aurelio. Su mujer le echaba en cara el que se relacionara con otras mujeres, y la respuesta de él era que ella tenía que darse cuenta de que la posición de esposa tenía que ver con el honor, no con el placer. Los griegos esperaban que la esposa gobernara el hogar y se cuidara de los hijos legítimos, pero ellos se buscaban el placer y la compañía en otro sitio.

Lo que ponía las cosas todavía peor era que no había en Grecia un procedimiento legal de divorcio. Como decía alguien, el divorcio era cuestión de capricho. La única seguridad que tenía la esposa era que había que devolver la dote. La vida de hogar y de familia estaba a punto de extinguirse, y la fidelidad ya no existía.

Las cosas estaban todavía peor en Roma; la degeneración era trágica. Durante los primeros quinientos años de la república romana no se había dado ni un solo caso de divorcio. El primero del que se tiene noticia fue el de Spurius Carvilius Ruga, el año 234 a.C. Pero en los días de Pablo la vida romana de familia estaba deshecha. Séneca escribe que -las mujeres se casaban para divorciarse y se divorciaban para casarse. Los habitantes de Roma no fechaban los años con números, sino con los nombres de los cónsules. Séneca dice que las mujeres fechaban los años por los nombres de sus maridos. Marcial cuenta que una mujer había tenido diez maridos; Juvenal refiere que una había tenido ocho maridos en cinco años; Jerónimo dice que era verdad que en Roma había una mujer que se había casado con su vigésimo tercer marido, y ella era su vigésima primera esposa. Nos encontramos con que una mujer le pedía al emperador romano Augusto que se divorciara de Livia porque ella iba a tener un hijo suyo. Encontramos que hasta Cicerón, en su ancianidad, se divorció de su mujer Terencia para casarse con una heredera joven cuyo albacea era él mismo, para disponer de la herencia de ella para pagar sus propias deudas. Eso no es decir que no existiera la fidelidad. Suetonio cuenta que una dama romana llamada Mallonia se suicidó antes que rendirse al emperador Tiberio. Pero no es demasiado decir que el ambiente general era de adulterio. El vínculo matrimonial estaba en vías de desaparecer.

Ese era el trasfondo cuando Pablo escribía. En este precioso pasaje no estaba exponiendo ideas que todo el mundo aceptara. Estaba llamando a las personas a una nueva pureza y a una relación nueva en su vida matrimonial. No se puede exagerar el efecto purificador del Cristianismo en el hogar en el mundo antiguo, ni los beneficios que trajo a las mujeres.

Desarrollo del pensamiento de Pablo

En este pasaje encontramos la idea final de Pablo acerca del matrimonio. Hay cosas que había escrito acerca del matrimonio que nos sorprenden y nos hacen desear que no las hubiera escrito. Y lo peor es que son esos pasajes los que se suelen citar para mostrar lo que Pablo pensaba del matrimonio.

Uno de los capítulos más extraños es 1 Corintios, 7. Allí Pablo está hablando acerca del matrimonio y de las relaciones entre hombre y mujer. La verdad es que Pablo enseña allí que el matrimonio se permite meramente para evitar algo peor. «A causa de la tentación de la inmoralidad -escribe-, que cada uno tenga su propia mujer, y que cada mujer tenga su propio marido» (1 Corintios 7:2). Permite que las viudas se casen otra vez, pero sería mejor si se quedaran como están (1 Corintios 7:39s). Preferiría que los solteros y las viudas no se casaran; «pero si no se pueden aguantar, deben casarse; porque es mejor casarse que estar ardiendo de pasión» (1 Corintios 7:9).

Había una razón para que Pablo escribiera eso. Era porque esperaba la Segunda Venida de Jesús en cualquier momento. Por tanto, estaba convencido de que los creyentes no debían comprometerse con ningún asunto terrenal, a fin de concentrarse en usar todo el tiempo disponible para prepararse para la vuelta del Señor. «El hombre soltero está entregado a los asuntos del Señor, y cómo agradarle; pero el casado está involucrado en los asuntos del mundo, cómo agradar a su mujer» (1 Corintios 7:32s).

Entre 1 Corintios y Efesios hay un espacio de tiempo de unos nueve años. En esos años, Pablo se dio cuenta de que la Segunda Venida no iba a ser tan pronto como él había creído, que de hecho él y su pueblo estaban viviendo, no en una situación temporal, sino en una situación más o menos permanente. Y es en Efesios donde encontramos la auténtica enseñanza de Pablo sobre el matrimonio: que el matrimonio cristiano es la relación más preciosa de la vida, cuyo único paralelo es la relación entre Cristo y la Iglesia.

También es posible que el pasaje de Corintios esté coloreado por la experiencia personal de Pablo. Parece que cuando era un celoso judío fue miembro del sanedrín. Cuando nos habla de su conducta con los cristianos dice: « Yo daba mi voto contra ellos» (Hechos 26:10). También parece que una de las cualificaciones para ser miembro del sanedrín era estar casado, y que, por tanto, Pablo debe de haber sido casado. Nunca menciona a su mujer. ¿Por qué? Bien puede ser que ella se pusiera en contra suya cuando él se hizo cristianó. Bien puede ser que cuando Pablo escribió Corintios estuviera hablando desde una situación en la que no solo esperaba la vuelta de- Cristo, sino también se encontraba sumido en uno de sus mayores problemas y más dolorosos conflictos en su propio matrimonio; así que veía el matrimonio como un problema para el cristiano.

El fundamento del amor

Alunas veces se descoloca totalmente el énfasis de este pasaje, y se ve como si su esencia fuera la subordinación de la mujer al marido. La frase: « El marido es el cabeza de la mujer,» se cita a menudo aisladamente. Pero la base del pasaje no es el dominio, sino el amor. Pablo dice ciertas cosas acerca del amor que debe tenerle un marido a su mujer.

(i) Debe ser un amor sacrificial. Debe amarla como Cristo amó a la Iglesia y Se dio a Sí mismo por ella. No debe ser nunca un amor egoísta. Cristo amó a la Iglesia, no para que la Iglesia hiciera cosas por Él, sino para hacer Él cosas por ella. Crisóstomo hace un desarrollo maravilloso de este pasaje: «¿Te has dado cuenta de cuál es la medida de la obediencia? Presta atención también a la medida del amor. ¿Te gustaría que tu mujer te obedeciera como obedece la Iglesia a Cristo? Ten de ella el mismo cuidado que tiene Cristo de la Iglesia. Y, si fuera necesario que dieras tu vida por ella, o que se te descuartizara mil veces, o sufrir lo que fuera por ella, no lo rechaces… Cristo trajo a la Iglesia a Sus pies por medio del gran cuidado que tuvo de ella, no con amenazas ni con temor ni con cosas parecidas; compórtate tú así con tu mujer.»

El marido es el cabeza de la mujer -cierto, Pablo lo dice; pero también dice que el marido debe amar a su mujer como Cristo amó a la Iglesia, con un amor que nunca ejerce una tiranía de control sino que está dispuesto a hacer cualquier sacrificio por el bien de la esposa.

(ii) Debe ser un amor purificador. Cristo limpió y consagró a la Iglesia por medio del agua del Bautismo el día en que cada miembro de la Iglesia hizo su confesión de fe. Bien puede ser que Pablo tuviera en mente una costumbre griega. Una de las costumbres griegas del matrimonio era que, antes de que la esposa fuera llevada a su marido, se bañaba en el agua de una corriente consagrada a algún dios o diosa. En Atenas, por ejemplo, la novia se bañaba en las aguas del Calirroe, que estaba consagrado a la diosa Atenea. Pablo está pensando en el Bautismo. Mediante el agua del Bautismo y la confesión de fe, Cristo buscó hacer una Iglesia para Sí, limpia y consagrada, de tal manera que no le quedara ninguna mancha que la ensuciara ni arruga que la afeara. Cualquier amor que arrastra a una persona .hacia abajo es falso.

Cualquier amor que insensibiliza en lugar de suavizar el carácter, que recurre al engaño, que debilita la fibra moral, no es amor. El verdadero amor es el gran purificador de la vida.

(iii) Debe ser un amor que cuida. Un hombre debe amar a su mujer como ama su propio cuerpo. El verdadero amor no ama para obtener servicios, ni para asegurarse la satisfacción de sus necesidades físicas; se preocupa de la persona amada.

Hay algo que no es como es debido cuando un hombre considera a su mujer, consciente o inconscientemente, simplemente como la que le hace la comida y le lava la ropa y le limpia la casa y le cuida a los hijos.

(iv) Es un amor inquebrantable. Por este amor un hombre deja padre y madre y se une a su mujer. Ambos llegan a ser una cola carne. Él está unido a ella como los miembros del cuerpo están unidos entre sí; y el separarse de ella sería para él como el desgarrar los miembros de su cuerpo. Aquí tenemos sin duda un ideal para una edad en la que se cambiaba -o se cambia- de cónyuge tan fácilmente como se cambia de ropa.

(v) Toda la relación se realiza en el Señor. En el hogar cristiano Jesús es el Huésped siempre presente, aunque invisible. En un matrimonio cristiano no están implicadas dos personas, sino tres -y la tercera es Cristo.

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