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Efesios 4: Fieles a nuestra vocación

Así es que yo, el prisionero del Señor, os insisto en que os comportéis de una manera que sea digna de la vocación que habéis recibido. Os exhorto a que os conduzcáis con toda humildad, y amabilidad, y paciencia. Os exhorto a que os soportéis unos a ‹otros con amor. Os exhorto encarecidamente a que conservéis esa unidad que el Espíritu Santo puede producir, uniendo las cosas en paz. Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, de la misma manera que habéis sido llamados con una sola y misma esperanza de vuestra vocación. No hay más que un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, Que está por encima de todos y a través de todos y en todos. A cada uno de vosotros se le ha dado la gracia según la medida del don gratuito de Cristo. Por eso dice la Escritura: «Ascendió a las alturas, y llevó a Sus cautivos consigo, y dio dones a los hombres. (Cuando dice que ascendió, ¿qué otra cosa puede querer decir sino que Él también había descendido a lo más bajo de la tierra? El que descendió es la misma Persona que ascendió por encima de todos los cielos para llenarlo todo con Su presencia).

Las virtudes cristianas

Así es que yo, el prisionero del Señor, os insisto en que os comportéis de una manera que sea digna de la vocación que habéis recibido. Os exhorto a que os conduzcáis con toda humildad, y amabilidad, y paciencia. Os exhorto a que os soportéis unos a otros con amor.

Os exhorto encarecidamente a que conservéis esa unidad que el Espíritu Santo puede producir, uniendo las cosas en paz.

Cuando una persona ingresa en cualquier sociedad, asume la obligación de vivir una cierta clase de vida; y si incumple esa obligación, entorpece los objetivos de esa sociedad y la desacredita. Aquí Pablo hace la descripción de la clase de vida que debe vivir una persona cuando entra en la comunión de la Iglesia Cristiana. Los primeros tres versículos relucen como joyas. Aquí tenemos cinco de las palabras más grandes de la fe cristiana.

(i) La primera y principal es la humildad. En griego es tapeinofrosyné, que es una palabra que acuñó por primera vez la fe cristiana. En griego no hay una palabra para humildad que no contenga algun atisbo de mezquindad. Posteriormente, Basilio había de describirla como « el joyero de todas las virtudes;» pero antes del Cristianismo la humildad no se consideraba ni siquiera como una virtud. El mundo antiguo consideraba la humildad despreciable.

En griego hay un adjetivo para humilde, que está íntimamente relacionado con el nombre, tapeinós. Una palabra se conoce siempre por las que lleva en su compañía, y la de esta era despreciable. Solía encontrase en compañía de los adjetivos griegos que quieren decir servil (andrapodódés, dulikós, duloprepés), innoble (aguenés), despreciable (ádoxos), rastrero (jamaizélos, que es el adjetivo que describe esa clase de plantas). En los días antes de Jesús la humildad se consideraba una cualidad cobarde, rastrera, servil e innoble; sin embargo, el Cristianismo la colocó a la cabeza de todas las virtudes.

Entonces, ¿de dónde procede esta humildad cristiana, y qué conlleva?

(a) La humildad cristiana viene del conocimiento propio. Bernardo decía de ella: « Es la virtud por la que una persona llega a ser consciente de su propia indignidad, como resultado del más íntimo conocimiento de sí misma.»

El vernos a nosotros mismos tal como somos es la cosa más humillante del mundo. La mayor parte de nosotros nos atribuimos un papel importante en la vida. En alguna parte se cuenta la historia de un hombre que, antes de acostarse, soñaba despierto sus sueños de grandeza. Se veía como el héroe de rescates emocionantes del mar o de las llamas; como un orador que tenía alucinada a una numerosa audiencia; como un futbolista que, marcara el gol de oro en una final; siempre estaba en el centro de atención de muchos. Así somos casi todos. Y la verdadera humildad se produce cuando nos miramos a nosotros mismos, y vemos nuestras debilidades, nuestro egoísmo, nuestros fracasos en el trabajo y en las relaciones personales, etcétera.

(b) La humildad cristiana se produce cuando nos colocamos al lado de Cristo, y cuando consideramos lo que Dios espera de nosotros.

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