Efesios-2-La-vida-sin-Cristo-y-la-gracia-de-Dios

Efesios 2: La vida sin Cristo y la gracia de Dios

Cuando estabais muertos en vuestros pecados y transgresiones, esos pecados y transgresiones en los que vivíais en un tiempo, viviendo la vida de la manera que la vive esta edad presente del mundo, viviendo la vida como dicta el que gobierna el poder del aire, ese espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia y en un tiempo todos nosotros también vivíamos la misma clase de vida que esos hijos de desobediencia, una vida en la que nos encontrábamos a merced de los deseos de nuestra naturaleza inferior, una vida en la que seguíamos los deseos de nuestra naturaleza inferior y nuestros propios designios, una vida en la que, por lo que se refiere a la naturaleza humana, no merecíamos nada más que la ira de Dios, lo mismo que todos los demás- . Aunque éramos todos así, digo, Dios, Que es rico en misericordia, y a causa del gran amor con que nos ha amado, nos dio la vida en Jesucristo, aun cuando estábamos muertos en transgresiones (es por gracia por lo que habéis sido salvados), y nos resucitó con Cristo, y nos concedió sentarnos en los lugares celestiales con Cristo, gracias a lo que Jesucristo hizo por nosotros. Esto hizo para que en la edad por venir pudieran demostrarse las riquezas extraordinarias de Su gracia en Su amabilidad hacia nosotros en Jesucristo. Porque es por gracia, apropiada mediante la fe, como habéis sido salvados. No ha sido por nada que vosotros hicierais. Fue un regalo que Dios os hizo. No fue el resultado de obras, porque había sido el designio de Dios que nadie tuviera motivos para enorgullecerse. Porque somos Su obra, creados en Jesucristo para buenas obras, obras que Dios preparó de antemano para que nos condujéramos en ellas.

En este pasaje, el pensamiento de Pablo fluye prescindiendo de las reglas de la gramática; empieza oraciones y no las acaba; empieza con una construcción, y a mitad de camino se desliza a otra. Esto es así porque se trata más bien de un poema del amor de Dios que de una exposición teológica sistemática. El canto del ruiseñor no se puede analizar con las reglas de la composición musical. La alondra canta por el gozo de cantar. Eso es lo que hace aquí Pablo. Está derramando el corazón, y las exigencias de la gramática tienen que ceder el paso a la maravilla de la gracia.

La vida sin Cristo

Cuando estabais muertos en vuestros pecados y transgresiones, esos pecados y transgresiones en los que vivíais en un tiempo, viviendo la vida de la manera que la vive esta edad presente del mundo, viviendo la vida como dicta el que gobierna el poder del aire, ese espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia y en un tiempo todos nosotros también vivíamos la misma clase de vida que esos hijos de desobediencia, una vida en la que nos encontrábamos a merced de los deseos de nuestra naturaleza inferior, una vida en la que seguíamos los deseos de nuestra naturaleza inferior y nuestros propios designios, una vida en la que, por lo que se refiere a la naturaleza humana, no merecíamos nada más que la ira de Dios, lo mismo que todos los demás.

Cuando Pablo habla de vosotros, se está refiriendo a los gentiles; cuando habla de nosotros, se refiere a los judíos, que eran sus compatriotas. En este pasaje muestra lo terrible que era la vida sin Cristo tanto para los gentiles como para los judíos juntamente.

(i) Dice que esta vida se vive en pecados y transgresiones. Las palabras que usa son interesantes. La palabra para pecado es hamartía; y hamartía es una palabra de la caza y del tiro deportivo o guerrero, y quiere decir no dar en el blanco. Cuando un tirador lanza la flecha y falla el tiro, eso es hamartía. El pecado es el fracaso en el intento de alcanzar una meta en la vida. Por eso precisamente es por lo que el pecado es tan universal.

Por lo general, tenemos una idea equivocada del pecado. Estaríamos de acuerdo sin duda en que el ladrón, el asesino, el violador, el borracho, el terrorista, son pecadores; pero, puesto que la mayor parte de nosotros somos ciudadanos respetables, en lo más íntimo de nuestro corazón creemos que el pecado no nos concierne gran cosa. Más bien nos ofenderíamos si se nos dijera que somos pecadores que merecemos el infierno. Pero hamartía nos pone cara a cara con lo que es realmente el pecado: el fracaso en ser lo que debemos y podemos ser.

¿Es un hombre tan buen marido como puede ser? ¿Trata de hacerle la vida más fácil y agradable a su esposa? ¿Le hacen sufrir a su familia sus cambios de humor? ¿Es una mujer tan buena esposa como puede? ¿Se toma de veras interés en el trabajo de su marido y trata de comprender sus problemas y preocupaciones? ¿Somos tan buenos padres como podríamos ser? ¿Dirigimos y entrenamos a nuestros hijos para la vida como es nuestro deber, o esquivamos esa responsabilidad a veces o a menudo? A medida que van creciendo nuestros hijos, ¿nos acercamos más a ellos, o los dejamos que se distancien hasta tal punto que resulta difícil la conversación, y que ellos y nosotros somos prácticamente extraños? ¿Somos tan buenos hijos como podríamos ser? ¿Tratamos de alguna manera de mostrarnos agradecidos por lo que se ha hecho por nosotros? ¿Vemos alguna vez el dolor en los ojos de nuestros padres, y sabemos que somos nosotros los que se lo hemos causado? ¿Somos tan buenos trabajadores como podríamos ser? ¿Llenamos cada hora de trabajo con una labor concienzuda y responsable, y hacemos cada tarea todo lo bien que podemos?

Cuando nos damos cuenta de lo que es el pecado vemos que no es algo que se han inventado los curas o los pastores, sino que es algo que inunda la vida. Es el fracaso en cualquier esfera de la vida de ser como debemos y podemos ser.

La otra palabra que usa Pablo, que traducimos por transgresiones, es paróptóma. Quiere decir literalmente resbalón o caída. Se usa de una persona que yerra el camino, y que cada vez se aleja más de lo que debería ser su destino; se usa de un hombre qúe se despista, y se desliza por terrenos peligrosos lejos de la verdad. Transgresión es seguir un camino equivocado cuando podríamos seguir el correcto; es faltar a la verdad que debemos conocer. Por tanto es el fracaso en alcanzar la meta que deberíamos habernos propuesto.

¿Estamos en la vida donde debemos estar? ¿Hemos alcanzado la meta de eficacia y habilidad que podían hacernos alcanzar nuestras condiciones? ¿Hemos alcanzado la meta de servicio a los demás que teníamos la obligación de alcanzar? ¿Hemos alcanzado la meta de bondad que podríamos haber alcanzado?

La idea central de pecado es el fracaso, fracaso de acertar en la intención, fracaso de mantenernos en el camino debido, fracaso de hacer la vida lo que podríamos haberla hecho; y esa definición nos incluye a cada uno de nosotros.

La muerte en vida

Pablo habla de personas que están muertas en pecados. ¿Qué quería decir? Algunos lo han tomado en el sentido de que sin Cristo las personas viven en un estado de pecado que en la vida por venir produce la muerte del alma. Pero Pablo no está hablando de la vida venidera; está hablando de la vida presente. Hay tres direcciones en las que el efecto del pecado es mortal.

(i) El pecado mata la inocencia. Nadie sigue siendo el mismo después de cometer un› pecado. Los psicólogos nos dicen que nunca olvidamos realmente nada.

Puede que no quede en nuestra memoria consciente, pero todo lo que hemos hecho o visto u oído o experimentado de alguna manera alguna vez queda enterrado en nuestra memoria inconsciente. El resultado es que el pecado produce un efecto permanente en la persona.

En la novela Trilby de Du Maurier se nos presenta un ejemplo de esto. Por primera vez en su vida, Little Billee ha tomado parte en una juerga de borrachos, y se ha emborrachado. « ¡Y cuando, después de dormir durante cuarenta y ocho horas o algo así los humos de ese memorable exceso navideño, descubrió que le había sucedido una cosa triste y extraña!

Era como si un aliento fétido hubiera empañado su espejo del recuerdo, dejando una pequeña película por detrás, de forma que ninguna cosa del pasado que quisiera ver en él se reflejara exactamente con la misma claridad prístina. Como si el agudo, rápido filo de navaja de su poder para alcanzar y evocar el anterior encanto y el atractivo y la esencia de las cosas se le hubiera mellado y estropeado. Como si la floración de esa alegría especial, el don que él tenía de recuperar emociones y sensaciones y situaciones pasadas, y de actualizarlas de nuevo mediante un sencillo esfuerzo de voluntad, se le hubiera desvanecido para siempre. Y ya nunca recuperó el uso completo de esa facultad tan preciosa de la juventud y de la niñez feliz, y de lo que había poseído antes sin darse cuenta de una manera tan singular y excepcional.»

La experiencia del pecado le había dejado una especie de película opaca en la mente, y las cosas ya no podrían ser tan luminosas como antes. Si manchamos un traje o una alfombra, podemos mandarlos al tinte, pero no se quedan realmente como antes. El pecado hace algo a la persona; mata la inocencia; y la inocencia, una vez que se pierde, ya no se puede recuperar. Como decía el poeta:

Morirá la primavera: suene la gaita, – ruede la danza; mas cada año en la pradera tornará el manto – de la esperanza. La inocencia de la vida (calle la gaita – pare la danza) no torna una vez perdida. ¡Perdí la mia 1, – ¡hay, mi esperanza! (Pablo Piferrer, Canción de la Primavera).

(ii) El pecado mata los ideales. En las vidas de muchos hay una especia de proceso trágico. Al principio, una persona considera una mala acción con horror; la segunda etapa llega cuando tiene la tentación de hacerlo, pero, aun cuando lo está haciendo, se siente todavía desgraciado e inquieto y muy consciente de la está mal; la tercera etapa llega cuando ya ha hecho aquello tantas veces que ya se hace sin remordimientos. Cada pecado hace más fácil el siguiente. El pecado es una especie de suicidio, porque mata los ideales que hacen que valga la pena vivir la vida.

(iii) Por último, el pecado mata la voluntad. En un principio, uno se entrega a algún placer prohibido porque quiere; al final, se entrega a él porque no lo puede evitar. Una vez que algo se convierte en un hábito, no está lejos de ser una necesidad.

Cuando uno ha permitido que le domine algún hábito, alguna permisividad, alguna práctica prohibida, llega a ser su esclavo. Como recoge un antiguo dicho: «Siembra un hecho, y cosecharás un hábito; siembra un hábito, y cosecharás un carácter; siembra un carácter, y cosecharás un destino.»

El pecado tiene un cierto poder asesino. Mata la inocencia; el pecado se puede perdonar, pero sus efectos permanecen.

Como decía Orígenes: «Quedan las cicatrices.» El pecado mata los ideales; las personas empiezan a hacer sin remordimientos lo que en un principio les producía horror. El pecado mata la voluntad; acaba por dominar a una persona de tal manera que ya no se puede librar de él.

Las señales de la vida sin Cristo

En este pasaje Pablo presenta una especie de lista de las características de la vida sin Cristo.

(i) Es la vida que se vive de acuerdo con esta edad presente. Es decir: es la vida que se vive de acuerdo con los baremos y los valores del mundo. El Evangelio exige perdonar, pero los escritores antiguos decían que era una señal de debilidad el tener la posibilidad de vengarse de una injuria y no hacerlo. El Evangelio demanda amar aun a nuestros enemigos; pero Plutarco decía que la señal de un buen hombre era ser útil a sus amigos y terrible a sus enemigos. El Evangelio demanda servir; pero el mundo no puede comprender al misionero, por ejemplo, que va a alguna tierra extranjera para enseñar en una escuela o colaborar en un hospital por la cuarta parte del sueldo que le pagarían en su país en cualquier trabajo secular. La esencia de los baremos del mundo es que colocan al yo en el centro; la esencia del baremo cristiano es que pone a Cristo y a los demás en el centro. La esencia de una persona mundana es, como ha dicho alguien, que « conoce el precio de todo y el valor de nada.» La motivación del mundo es la ganancia; la dinámica del cristiano es el deseo de servir.

(ii) Es la vida que se vive bajo los dictados del príncipe del aire. Aquí nos encontramos de nuevo con algo que era muy real en los días de Pablo, pero que no lo es tanto para muchos ahora. El mundo antiguo creía a pies juntillas en los demonios. Creía que el aire estaba tan abarrotado de estos demonios que no había espacio ni para introducir la punta de un alfiler entre ellos. Pitágoras decía: «Todo el aire está lleno de espíritus.»

Filón decía: « Hay espíritus volando por todas partes en el aire.» « El aire es la morada de los espíritus desencarnados.» Esos espíritus no eran todos malos, pero muchos sí, y se proponían propagar el mal frustrando los propósitos de Dios, y arruinar a las almas humanas. Los que estaban bajo su influencia se encontraban en oposición a Dios.

(iii) Es una vida que se caracteriza por la desobediencia. Dios tiene muchas maneras de revelarles Su voluntad a las personas. Lo hace por medio de la conciencia, la voz del Espíritu Santo que nos habla en nuestro interior; o dándoles a las personas la sabiduría y los mandamientos de Su Libro; o por medio del consejo de personas buenas y piadosas. Pero el que vive la vida sin Cristo sigue su propio camino, aun cuando sabe cuál es el de Dios.

(iv) Es una vida que está a merced del deseo. La palabra para deseo es epithymía, que quiere decir expresamente el deseo de lo que es malo y nos está prohibido. El sucumbir a ello es llegar irremisiblemente al desastre.

Una de las tragedias del siglo XIX fue la carrera de Oscar Wilde. Tenía una inteligencia excepcional, y obtuvo los honores académicos más altos; era un escritor ingenioso, y obtuvo las más altas recompensas en literatura. Tenía todo el encanto del mundo, y era un hombre simpático por naturaleza; sin embargo, cayó en la tentación, y acabó en la cárcel y en la deshonra.

Cuando estaba sufriendo las consecuencias de su caída escribió su libro De profundis, en el que decía: «Los dioses me habían dado casi todo. Pero yo me dejé seducir por largos períodos de abandono insensato y sensual… Cansado de estar en las cimas, descendí a las simas en busca de nuevas sensaciones. Lo que era para mí la paradoja en la esfera del pensamiento llegó a serme la perversidad en la esfera de la pasión. Dejaron de importarme las vidas de los demás. Asumí el placer donde se me antojó, y seguí adelante. Olvidé que todas las pequeñas acciones de la vida corriente hacen o deshacen el carácter, y que, por tanto, lo que uno ha hecho en la cámara secreta tendrá algún día que proclamarlo desde los tejados.

Dejé de tener control sobre mí mismo. Ya no era el capitán de mi propia alma, aunque no lo sabía. Me dejé dominar por el placer. Acabé en una horrible deshonra.»

El deseo es un mal amo, y el estar a merced del deseo es la peor esclavitud. Y el deseo no es simplemente una debilidad del cuerpo; es el ansia de la cosa prohibida.

(v) Es la vida que sigue lo que la Reina-Valera llama « los deseos de nuestra carne.» Debemos tratar de entender lo que Pablo quiere decir con esta expresión. Quiere decir mucho más que los pecados sexuales. En Gálatas 5:19-21, Pablo hace una lista de «las obras de la carne.» Es verdad que empieza por el adulterio y la fornicación, pero seguidamente incluye la idolatría, el odio, la ira, la rivalidad, las envidias, las sediciones, las divisiones heréticas. La carne es la parte de nuestra naturaleza que le ofrece una cabeza de puente al pecado.

El significado de « la carne» será diferente para personas diferentes. Uno puede que tenga su talón de Aquiles en el cuerpo, y su riesgo sea el pecado sexual; otro puede que lo tenga en las cosas espirituales, y su riesgo sea el orgullo; el de otro puede estar en las cosas de este mundo, y su riesgo en la ambición indigna; otro puede que lo tenga en el temperamento, y su riesgo en las envidias y las rivalidades. Todos estos son pecados de la carne. Que nadie crea que, porque se ha librado de los pecados más groseros del cuerpo ha evitado los pecados de la carne. La carne es todo lo que hay en nosotros que le ofrece una oportunidad al pecado; es la naturaleza humana sin Dios. El vivir de acuerdo con los dictados de la carne es sencillamente vivir de tal manera que nuestra naturaleza inferior, la peor parte de nosotros, domine nuestra vida.

(vi) Es una vida que no merece más que la ira de Dios. Muchas personas están amargadas porque creen que no se les ha dado nunca lo que merecen sus talentos y esfuerzos. Pero, a la vista de Dios, ninguna persona merece nada más que la condenación. Ha sido solo Su amor en Cristo lo que ha perdonado a las personas que no merecen más que Su castigo, personas que habían ofendido Su amor y quebrantado Su ley.

La obra de Cristo

Aunque todos nosotros estábamos en esa condición, digo yo, Dios, porque es rico en misericordia y porque nos ha amado con un amor tan grande, nos dio. la vida en Jesucristo, aun cuando estábamos muertos en transgresiones (es por gracia como habéis sido salvados, y nos resucitó con Cristo, y nos aposentó en los lugares celestiales con Cristo, en virtud de lo que Jesucristo había hecho por nosotros. Esto lo hizo para que en la edad por venir se demostrara la riqueza superabundante de Su gracia en Su benevolencia para con nosotros en Jesucristo. Porque habéis sido salvados por gracia, recibiéndola por la fe, no por nada que hubierais hecho vosotros. Fue una don gratuito de Dios. No fue el resultado de vuestras obras, porque era el designio de Dios que ninguno tuviera motivos para enorgullecerse. Porque nosotros somos Su obra, creados en Jesucristo para buenas obras, obras que Dios preparó de antemano para que nosotros nos condujéramos por ellas.

Pablo había empezado diciendo que nos encontrábamos en una condición de muerte espiritual en pecados y transgresiones; ahora dice que Dios, en Su amor y misericordia, nos ha dado la vida en Jesucristo. ¿Qué quiere decir exactamente con eso? Ya vimos que estaban implicadas tres cosas en estar muertos en pecados y transgresiones. Jesús tiene algo que hacer con cada una de estas cosas.

(i) Ya hemos visto que el pecado mata la inocencia. Ni siquiera Jesús puede devolverle a una persona la inocencia que ha perdido, porque ni siquiera Jesús puede atrasar el reloj; pero lo que sí puede hacer Jesús, y lo hace, es librarnos del sentimiento de culpabilidad que conlleva necesariamente la pérdida de la inocencia.

Lo primero que hace el pecado es producir un sentimiento de alejamiento de Dios. Cuando una persona se da cuenta de que ha pecado, se siente oprimida por un sentimiento de que no debe aventurarse a acercarse a Dios. Cuando lsaías tuvo la visión de Dios, su primera reacción fue decir: «¡Ay de mí, que estoy perdido! Porque soy un hombre de labios inmundos, y vivo entre personas que tienen los labios inmundos» (Isaías 6:5). Y cuando Pedro se dio cuenta de Quién era Jesús, su primera reacción fue: «¡Apártate de mí, porque yo soy un hombre pecador, oh Señor!» (Lucas 5:8).

Jesús empieza por quitar ese sentimiento de alejamiento. Él vino para decirnos que, estemos como estemos, tenemos la puerta abierta a la presencia de Dios. Supongamos que hubiera un hijo que hubiera hecho algo vergonzoso, y luego hubiera huido porque estaba seguro de que no tenía sentido volver a casa, porque la puerta estaría cerrada para él. Y entonces, supongamos que alguien le trae la noticia de que la puerta la tiene abierta, y le espera una bienvenida cálida en casa. ¡Qué diferentes haría las cosas esa noticia! Esa es la clase de noticia que nos ha traído Jesús. Él vino para quitar el sentimiento de alejamiento y de culpabilidad, diciéndonos que Dios nos quiere tal como somos.

(ii) Ya vimos que el pecado mata los ideales por los que viven las personas. Jesús despierta el ideal en el corazón humano.

Se cuenta de un maquinista negro que trabajaba en un transbordador de un río de Américá, que su embarcación era vieja, y el motor estaba descuidado y asqueroso. Este maquinista experimentó una auténtica conversión. Lo primero que hizo fue volver a su transbordador y limpiar la maquinaria hasta dejarla tan reluciente como un espejo. Uno de los pasajeros habituales comentó el cambio. « ¿A qué te has dedicado?» -le dijo al maquinista. « ¿Qué te ha hecho limpiar y sacarle brillo a tu vieja maquinaria?» «Señor -respondió el maquinista-, ahora tengo la gloria.» Eso es lo que Cristo hace por nosotros: nos da la gloria.› ,

Se cuenta que en la congregación de Edimburgo que pastoreaba George Mattheson había una mujeruca que vivía en un sótano en unas condiciones de la mayor sordidez. Al cabo de algún tiempo de estar allí Matheson, estaba próximo el culto de comunión (que en Escocia se solía celebrar bastante de tarde en tarde), y un anciano fue a visitar a aquella mujer en su sótano; y descubrió que ya no estaba allí. Le siguió la pista, y la encontró en una guardilla pobre y sin lujos, pero tan bien iluminada y ventilada y limpia como oscuro y maloliente y sucio había estado el antiguo sótano. «Ya veo que ha cambiado usted de casa» -le dijo. « ¡Pues claro que sí! -le contestó ella-. Una no puede oír predicar a George Matheson y vivir en un sótano asqueroso.» El mensaje cristiano había encendido de nuevo el ideal. Como dice un himno: En el hondón del corazón humano pisoteados todos por el mal yacen los sentimientos enterrados y la gracia los viene a restaurar.

La gracia de Jesucristo enciende de nuevo los ideales que habían extinguido las caídas sucesivas en pecado. Y al encenderse de nuevo, la vida se convierte otra vez en una escalada.

(iii) Por encima de otras cosas, Jesucristo aviva y restaura la voluntad perdida. Ya vimos que el efecto mortífero del pecado es que destruía lento pero seguro la voluntad de la persona, y que la indulgencia que había empezado por un placer se había convertido en una necesidad. Jesús crea otra vez la voluntad.

Eso es de hecho lo que hace siempre el amor. El resultado de un gran amor es siempre purificador. Cuando uno se enamora de veras, el amor le impulsa a la bondad. Su amor al ser amado es tan fuerte que quebranta su antiguo amor al pecado.

Eso es lo que Cristo hace por nosotros. Cuando Le amamos a Él, ese amor recrea y restaura nuestra voluntad hacia la bondad. Como dice el coro: Cristo rompe las cadenas›y nos da la libertad.

La obra y las obras de la gracia

Pablo cierra este pasaje con una gran exposición de aquella paradoja que siempre subyace en el corazón de esta visión del Evangelio. Esta paradoja tiene dos caras.

(i) Pablo insiste en que es por gracia como somos salvos. No hemos ganado la salvación ni la podríamos haber ganado de ninguna manera. Es una donación de Dios, y nosotros no tenemos que hacer más que aceptarla. El punto de vista de Pablo es innegablemente cierto. Y esto por dos razones.

(a) Dios es la suprema perfección; y por tanto, solo lo perfecto es suficientemente bueno para él. Los seres humanos, por naturaleza, no podemos añadir perfección a Dios; así que, si una persona ha de obtener el acceso a Dios, tendrá que ser siempre Dios el Que lo conceda, y la persona quien lo reciba.

(b) Dios es amor; el pecado es, por tanto, un crimen, no contra la ley, sino contra el amor. Ahora bien, es posible hacer reparación por haber quebrantado la ley, pero es imposible hacer reparación por haber quebrantado un corazón. Y el pecado no consiste tanto en quebrantar la ley de Dios como en quebrantar el corazón de Dios. Usemos una analogía cruda e imperfecta. Supongamos que un conductor descuidado mata a un niño. Es detenido, juzgado, declarado culpable, sentenciado a la cárcel por un tiempo y/o a una multa. Después de pagar la multa y salir de la cárcel, por lo que respecta a la ley, es asunto concluido. Pero es muy diferente en relación con la madre del niño que mató. Nunca podrá hacer compensación ante ella pasando un tiempo en la cárcel y pagando una multa. Lo único que podría restaurar su relación con ella seria un perdón gratuito por parte de ella. Así es como nos encontramos en relación con Dios. No es contra las leyes de Dios solo contra lo que hemos pecado, sino contra Su corazón. Y por tanto solo un acto de perdón gratuito de la racia de Dios puede devolvernos a la debida relación con 11.

(ii) Esto quiere decir que las obras no tienen nada que ver con ganar la salvación. No es correcto ni posible apartarse de la enseñanza de Pablo aquí -y sin embargo es aquí donde se apartan algunos a menudo. Pablo pasa a decir que somos creados de nuevo por Dios para buenas obras. Aquí tenemos la paradoja paulina. Todas las buenas obras del mundo no pueden restaurar nuestra relación con Dios; pero algo muy serio le pasaría al Cristianismo si no produjera buenas obras.

No hay nada misterioso en esto. Se trata sencillamente de una ley inevitable del amor. Si alguien nos ama de veras, sabemos que no merecemos ni podemos merecer ese amor. Pero al mismo tiempo tenemos la profunda convicción de que debemos hacer todo lo posible para ser dignos de ese amor.

Así sucede en nuestra relación con Dios. Las buenas obras no pueden ganarnos nunca la salvación; pero habría algo que no funcionaría como es debido en nuestro cristianismo si la salvación no se manifestara en buenas obras. Como decía Lutero, recibimos la salvación por la fe sin aportar obras; pero la fe que salva va siempre seguida de obras. No es que nuestras buenas obras dejen a Dios en deuda con nosotros, y Le obliguen a concedernos la salvación; la verdad es más bien que el amor de Dios nos mueve a tratar de corresponder toda nuestra vida a ese amor esforzándonos por ser dignos de él.

Sabemos lo que Dios quiere que hagamos; nos ha preparado de antemano la clase de vida que quiere que vivamos, y nos lo ha dicho en Su Libro y por medio de Su Hijo. Nosotros no podemos ganarnos el amor de Dios; pero podemos y debemos mostrarle que Le estamos sinceramente agradecidos, tratando de todo corazón de vivir la clase de vida que produzca gozo al corazón de Dios.

A.C. Y D.C.

Así que acordaos de que antes, por lo que se refiere a la descendencia humana, vosotros erais gentiles; los que blasonan de esa circuncisión que es una cosa física que se hace con las manos os llamaban incircuncisos. Acordaos de que entonces no teníais esperanza de un Mesías; erais extranjeros a la comunidad de Israel y ajenos a los pactos en los que se basaban las promesas de Dios; no teníais ninguna esperanza; vivíais en un mundo sin Dios. Pero, tal como ahora están las cosas, en virtud de lo que Jesucristo ha hecho, los que antes estabais lejos habéis sido acercados al precio de la sangre de Cristo. Porque es Él el Que ha hecho la paz entre nosotros; es Él el Que ha hecho de los judíos y los gentiles un solo pueblo, y el Que ha derribado la muralla intermedia de separación, y acabado con la enemistad al venir en la carne, y abolido la ley de los mandamientos con todos sus decretos. Esto lo hizo para formar con los dos una nueva humanidad haciendo la paz entre ellos para reconciliar a ambos con Dios en un solo cuerpo por medio de la Cruz, después de haber dado muerte por medio de lo que Él hizo a la enemistad que había entre ellos. Así es que vino a predicaros la paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estábamos cerca; porque por medio de Él los dos tenemos derecho de acceso a la presencia del Padre, porque venimos en un solo Espíritu. Así que ya no sois extranjeros ni residentes forasteros en una tierra que no es la vuestra, sino compatriotas del pueblo consagrado a Dios y miembros de la familia de Dios. Habéis ido levantándoos como un edificio sobre la cimentación de los profetas y de los apóstoles; y la piedra angular es Cristo mismo. Todo el edificio que se está edificando está trabado en Él, y continuará creciendo hasta que llegue a ser un templo santo del Señor, un templo de cuya edificación vosotros también formáis parte, para que lleguéis a ser la morada de Dios por obra del Espíritu.

Antes de que viniera Cristo

Así que acordaos de que antes, por lo que se refiere a la descendencia humana, vosotros erais gentiles; los que blasonan de esa circuncisión que es una cosa fisica que se hace con las manos os llamaban incircuncisos. Acordaos de que entonces no teníais esperanza de un Mesías; erais extranjeros a la comunidad de Israel y ajenos a los pactos en los que se basaban las promesas de Dios; no teníais ninguna esperanza; vivíais en un mundo sin Dios.

Pablo habla de la condición de los gentiles antes de que Cristo viniera. Pablo era el apóstol de los gentiles, pero nunca olvidó el lugar exclusivo de los judíos en el designio y la revelación de Dios. Aquí está trazando el contraste entre la vida de los gentiles y la de los judíos.

(i) A los gentiles los llamaban « la incircuncisión» los que basaban sus derechos en esa circuncisión física y hecha por los hombres.. Esta era la primera de las grandes diferencias. Los judíos sentían un inmenso desprecio hacia los gentiles.
Algunos hasta decían que Dios había creado a los gentiles para usarlos como leña para los fuegos del infierno; que Dios no amaba nada más que a Israel de todas las naciones que había hecho; que como se debía aplastar la mejor de las serpientes había que matar al mejor de los gentiles. No era ni siquiera legal el prestar ayuda a una gentil en el momento del parto, porque eso no serviría nada más que para traer a otro gentil al mundo.

La barrera entre los judíos y los gentiles era absoluta. Si un judío . se casaba con una gentil, se llevaba a cabo su funeral como si hubiera muerto. Tal contacto con un gentil era el equivalente de la muerte; hasta entrar en la casa de un gentil era contraer la impureza ritual. Antes de Cristo, la barrera estaba levantada; después de Cristo, se ha suprimido.

(ii) Los gentiles no esperaban ningún Mesías. La versión Reina-Valera traduce que estaban sin Cristo. Esa es una traducción perfectamente posible; pero la palabra Jristós no es un nombre propio en primer lugar, aunque ha llegado a serlo; es un adjetivo que quiere decir el ungido. A los reyes se los ungía cuando se los coronaba; así que Jristós, la traducción literal griega del hebreo Mashiaj, llegó a significar El Ungido de Dios, el Rey esperado a Quien Dios mandaría al mundo para vindicar lo que era Suyo, y para introducir la edad de oro. Aun en los días más amargos de su historia, los judíos nunca dudaron de que el Mesías vendría. Pero nos gentiles no tenían tal esperanza.

Veamos los resultados de esa diferencia. Para los judíos, la Historia siempre tenía una meta; independientemente de lo que fuera el presente, el futuro sería glorioso; el punto de vista judío de la Historia era esencialmente optimista. Por otra parte, la Historia no iba a ninguna parte para los gentiles. Para los estoicos era cíclica. Creían que se desarrollaba durante tres mil años, pasados los cuales se producía una conflagración en la que todo el universo se consumía en llamas; seguidamente, todo el proceso comenzaba de nuevo, y se repetían exactamente los mismos acontecimientos y las mismas personas. Para los gentiles, la Historia era una marcha que no iba a ninguna parte; para los judíos era una marcha hacia Dios. Para los gentiles, la vida no valía la pena; para los judíos era el camino a una vida mejor. Con la venida de Cristo, los gentiles entraron en ese nuevo punto de vista de la Historia según la cual uno está siempre de camino hacia Dios.

Sin ayuda ni esperanza

(iii) Los gentiles eran forasteros a la sociedad de Israel. ¿Qué quiere decir eso? El nombre que se le daba a Israel era ho haguios laos, el pueblo santo. Ya hemos visto que el sentido fundamental de haguios es diferente. ¿En qué sentido era diferente el pueblo de Israel de los otros pueblos? En el sentido de que su único Rey era Dios. Otras naciones podían gobernarse por democracia o aristocracia; Israel era una teocracia; su gobernador era Dios. Después de las victorias de Gedeón, se le acercó el pueblo y le ofreció el trono de Israel. La respuesta de Gedeón fue: « No seré señor sobre vosotros, ni lo será mi hijo. EL SEÑOR será vuestro Señor» (Génesis 8: 23). Cuando el salmista cantaba: « Te exaltaré, Dios mío y Rey mío» (Salmo 145:1), eso era realmente lo que quería decir.

Ser israelita era ser miembro de la sociedad de Dios; era tener una ciudadanía que era divina. Está claro que la vida sería completamente diferente de la de cualquier otra nación que no fuera consciente de tal destino. Se dice que cuando Pericles, el más grande de los atenienses, iba a dirigirse a la asamblea de Atenas, solía decirse a sí mismo: « Pericles, recuerda que eres ateniense, y que hablas a los atenienses.» Para el judío era posible decir: «Recuerda que eres un ciudadano de Dios, y que estás hablando al pueblo de Dios.» No se podría encontrar una conciencia semejante de grandeza en todo el mundo.

(iv) Los gentiles eran ajenos a los pactos en los que se basaban las promesas. ¿Qué quiere decir eso? Israel era por encima de todo el pueblo del pacto. ¿Qué quiere decir eso? Los judíos creían que Dios Se había dirigido a su nación con un ofrecimiento especial: « Os tomaré como Mi pueblo y seré vuestro Dios» (Éxodo 6:7). Esta relación del pacto implicaba, no solo un privilegio, sino también una obligación. Conllevaba la obediencia a la ley. Éxodo 24:1-8 nos da una descripción dramática de cómo aceptó el pacto y sus condiciones el pueblo judío: « Cumpliremos todos los mandamientos que EL SEÑOR nos ha dado» (Éxodo 24: 3, 7).

Si el designio de Dios tenía que desarrollarse, tendría que ser mediante una nación. El que Dios escogiera a Israel no fue por favoritismo, porque no fue una elección para un honor especial, sino para una responsabilidad especial. Pero hizo que los judíos fueran conscientes de ser el pueblo escogido de Dios. Pablo no podía olvidar, porque era un hecho histórico, que los judíos eran por encima de todo el instrumento en las manos de Dios.

(v) Los gentiles estaban sin esperanza y sin Dios. A menudo se habla de los griegos como el pueblo más luminoso de la Historia; pero había tal cosa como la melancolía griega. Acechando tras todas las circunstancias había una especie de desesperación esencial.

Esto era verdad aun en los remotos tiempos de Homero. En la Ríada (6:146-149), Glauco y Diomedes se enfrentan en combate singular. Antes de iniciar la lucha, Diomedes quiso conocer el linaje de Glauco, que le replicó: «¿Por qué inquieres sobre mi generación? Tál como son las generaciones de las hojas son las generaciones humanas; las .hojas que son, el viento las dispersa sobre la tierra, y el bosque florece y reverdece otra vez, cuando está próxima la estación primaveral; así las generaciones de los hombres, una brota y otra cesa.» Un griego podía decir: Brotamos y florecemos como las hojas del árbol, y nos ajamos y perecemos… Pero no podía añadir triunfalmente: Pero nada Te cambia a Ti.

Teognis podía escribir: Yo me regocijo y.disfruto de mi juventud; por largo tiempo yaceré bajo la tierra, privado de la vida, tan mudo como una piedra, y abandonaré la luz del Sol que he amado; aunque soy un buen hombre, entonces ya no veré nada más. ¡Regocíjate, alma mía, en tu juventud! Pronto ocuparán otros tu puesto en la vida, y yo seré tierra negra en la muerte.

No hay ningún mortal que sea feliz entre todos los que contempla el Sol desde su altura. En los Himnos homéricos, la asamblea del Olimpo está encantada con las musas que cantan « de los dones inmortales de los dioses y los dolores de los humanos, con todo lo que soportan por la voluntad de los inmortales, viviendo sin sentido y sin ayuda, sin poder encontrar un remedio para la muerte, ni una defensa contra la vejez.»

En Sófocles encontramos algunos de los versos más preciosos y tristes de toda la Literatura. La belleza de la juventud se aja, y la gloria de la virilidad se seca. La fe muere, y la infidelidad florece como una planta; y tampoco encontrarás nada nunca sobre las calles abiertas de los hombres, o los lugares secretos del propio amor del corazón, un único viento es seguro que los disperse para siempre.

Era verdad que los gentiles estaban sin esperanza, porque estaban sin Dios. Israel había tenido siempre la radiante esperanza en Dios, que brillaba clara e inextinguiblemente hasta en sus días más aciagos y terribles; pero los gentiles solamente conocían la desesperación en lo más íntimo de su corazón antes de que llegara Cristo a darles esperanza.

El final de las barreras

Pero, tal como ahora están las cosas, en virtud de lo que Jesucristo ha hecho, los que antes estabais lejos habéis sido acercados al precio de la sangre de Cristo. Porque es Él el Que ha hecho la paz entre nosotros; es Él el Que ha hecho de los judíos y los gentiles un solo pueblo, y el Que ha derribado la muralla intermedia de separación, y acabado con la enemistad al venir en la carne, y abolido la ley de los mandamientos con todos sus decretos. Esto lo hizo para formar con los dos una nueva humanidad haciendo la paz entre ellos para reconciliar a ambos con Dios en un solo Cuerpo por medio de la Cruz, después de haber dado muerte por medio de lo que Él hizo a la enemistad que había entre ellos. Así es que vino a predicar la paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estábamos cerca; porque por medio de Él los dos tenemos derecho de acceso a la presencia del Padre, porque venimos en un solo y mismo Espíritu.

Ya hemos visto que los judíos despreciaban y odiaban a los gentiles. Ahora Pablo usa dos ilustraciones que serían claras para los judíos, para mostrar cómo surge una nueva unidad.

Dice que los que estaban lejos han sido hechos cercanos. Isaías había oído decir a Dios: «Paz, paz para el que está lejos y para el que está cerca» (Isaías 57:19). Cuando los rabinos hablaban de recibir a un converso en el judaísmo, decían que había sido traído cerca. Los escritores rabínicos judíos cuentan que una mujer gentil se dirigió a rabí Eliezer. Confesaba que era pecadora, y pedía ser admitida a la fe judía. «Rabí -le dijo ella-,tráeme cerca.» El rabino se negó: le cerró la puerta en la cara a la mujer. Pero en Cristo la puerta está abierta. Los que habían estado lejos de Dios eran traídos cerca, y la puerta no se le cerraba a ninguno.

Pablo usa una ilustración aún más gráfica. Dice que se ha suprimido la barrera intermedia de separación.

Esta es una figura tomada del templo. El recinto del templo consistía en una serie de atrios, cada uno un poco más elevado que el anterior, con el templo propiamente dicho en el patio más interior. En primer lugar se encontraba el Atrio de los Gentiles; luego, el Atrio de las Mujeres; después, el Atrio de los Israelitas; después, el Atrio de los Sacerdotes, y finalmente el Lugar Santo propiamente dicho.

Los gentiles no podían entrar nada más que al primero de esos atrios, entre el cual y el de las mujeres había un muro, o más bien una especie de celosía de mármol, hermosamente trabajada, en la que se encontraban a intervalos tabletas que anunciaban que si un gentil pasaba más al interior se exponía a la muerte inmediata. Josefo dice en su descripción del templo: « Cuando se pasaba de estos primeros claustros al segundo atrio del templo, había una partición todo alrededor hecha de piedra, de tres codos (metro y medio) de altura. Su construcción era muy elegante; sobre ella había pilares a distancias regulares entre sí, con carteles en los que se exponía la ley de la pureza, algunos en letras griegas y otros en romanas, de que ningún forastero podía entrar en el santuario. (Las guerras de los judíos, 5, 5, 2). En otra descripción dice del segundo atrio del templo: « Este estaba rodeado de un muro de piedra a manera de partición con una inscripción que prohibía a todos los forasteros las entrada bajo pena de muerte» (Antigüedades de los judíos, 15, 11, 5). En 1871 se descubrió una de esas tablas de prohibición, en la que se puede leer: «Que nadie de ninguna otra nación se acerque a la verja o a la barrera alrededor del Lugar Santo. Quienquiera que sea sorprendido haciéndolo responderá con su propia vida.»

Pablo conocía muy bien esa barrera. Cuando le arrestaron en Jerusalén se debió al hecho de que le acusaran falsamente de introducir a Trófimo, un gentil efesio, más allá de esa barrera del templo (Hechos 21:28s). Así que el muro intermedio, con su barrera, excluía a los gentiles de la presencia de Dios.

Las discriminaciones de la naturaleza humana sin Cristo

No se debe pensar que los judíos fueran el único pueblo que pusiera barreras y excluyera a otros. El mundo antiguo estaba lleno de barreras. Hubo un tiempo, más de cuatrocientos años antes del de Pablo, cuando Grecia estuvo en peligro de una invasión persa. Era la edad de oro de la ciudad-estado. Grecia estaba formada por ciudades famosas como Atenas, Tebas, Corinto y las demás. Y estuvo a punto de acabar en un desastre porque las ciudades se negaron a cooperar para enfrentarse al común enemigo. « El peligro estaba -escribía T R. Glover- en cada generación en el mismo hecho de las ciudades aisladas, empeñadas en su independencia a toda costa.»

Cicerón pudo ‹escribir mucho más tarde: «Como dicen los griegos, toda la humanidad se divide en dos partes: los griegos, y los bárbaros.» Los griegos llamaban bárbaros a todos los que no sabían griego; y los despreciaban y les ponían barreras. Cuando Aristóteles estaba discutiendo la bestialidad, decía: « Se encuentra de lo más frecuentemente entre los bárbaros.» Y por bárbaros quería decir simplemente los que no eran griegos. Habla de « las tribus remotas de bárbaros que pertenecen a la- clase bestial.» La forma más vital de religión entre los griegos eran los misterios, de muchos de los cuales estaban excluidos los bárbaros. Livio escribe: «Los griegos mantienen una guerra sin cuartel contra los pueblos de otras razas, contra los bárbaros.» Platón decía que los bárbaros son «nuestros enemigos por naturaleza.»

Este problema de las barreras no se limita al mundo antiguo ni mucho menos. Rita Snowden cita dos dichos muy pertinentes. El padre Taylor de Boston solía decir: « En el mundo hay sitio para todos los pueblos que hay en él, pero no queda sitio para más barreras de esas que los separan.» Sir Philip Gibbs, en La cruz de la paz, escribía: « El problema de las barreras se ha convertido en uno de los más acuciantes que tiene que arrostrar el mundo. Hoy en día hay toda clase de vallas separatorias en zigzag que pasan por todas las razas y los pueblos del mundo. El progreso moderno ha convertido el mundo en una gran vecindad: Dios nos ha dado la tarea de convertirlo en una fraternidad. En estos días de muros divisorios de raza y clase y credo, nosotros tenemos que sacudir la Tierra otra vez con el mensaje del Cristo que nos incluye a todos, en Quien no hay ni siervos ni libres, ni judíos ni griegos, ni escitas ni bárbaros, sino que todos somos uno.»

El mundo antiguo tenía sus barreras. Lo mismo sucede en el nuestro. En cualquier sociedad sin Cristo no puede haber nada más que paredes intermedias de separación.

La unidad en Cristo

Así que Pablo pasa a decir que en Cristo desaparecen esas barreras. ¿Cómo las ha echado abajo Cristo?

(i) Pablo dice de Jesús: « Él es nuestra paz.» ¿Qué quería decir con eso? Usemos una analogía humana. Supongamos que dos personas tienen una diferencia y acuden con ella a los tribunales; y los expertos en la ley redactan un documento que establece los derechos del caso, y piden a las dos partes contendientes que se pongan de acuerdo sobre esa base.

Todas las posibilidades están en contra de que se resuelva así el problema, porque rara vez se consigue la paz por medio de documentos legales. Pero supongamos que alguien a quien aman las dos partes en conflicto se interpone, y les habla: entonces sí es posible la reconciliación. Cuando dos partes están en conflicto, la única manera en que pueden llegar a hacer las paces es mediante la intervención de alguien a quien aman los dos.

Eso es lo que Cristo ha hecho. Él es nuestra paz. Es en un común amor a Él como las personas llegan a amarse entre sí. Esa paz se ganó al precio de Su sangre, porque no hay nada que despierte el amor como la Cruz. La vista de esa Cruz despierta el amor a Cristo en los corazones de las personas de todas las naciones, y solamente cuando todos amen a Cristo se amarán entre sí. La paz no se produce mediante tratados y ligas. Sólo puede haber paz en Jesucristo.

(ii) Pablo dice que Jesucristo abolió la ley de los mandamientos con todos sus decretos. ¿Qué es lo que quería decir?

Los judíos creían que una persona solo podía alcanzar la amistad de Dios guardando la ley judía. Esa ley se había desarrollado en miles y miles de mandamientos y decretos. Había que lavarse las manos de una cierta manera; había que limpiar los cacharros de una cierta manera; había página tras página acerca de lo que se podía y de lo que no se podía hacer en sábado; este y ese y aquel sacrificios se tenían que ofrecer en relación con esta y esa y aquella situaciones de la vida. Los únicos que pretendían cumplir plenamente la ley judía eran los fariseos, que no sumaban más que unos seis mil. Una religión basada en toda clase de reglas y normas acerca de los rituales y sacrificios y días santos no puede nunca llegar a ser una religión universal. Pero, como dijo Pablo en otro lugar: « Cristo es el fin de la ley» (Romanos 10:4). Jesús acabó con el legalismo como principio de religión.

En su lugar Cristo puso el amor a Dios y a nuestros semejantes. Jesús vino a decirnos que no podemos ganar la aprobación de Dios guardando una ley ceremonial, sino que tenemos que aceptar el perdón y la comunión que Dios nos ofrece gratuitamente en Su misericordia. Una religión basada en el amor puede convertirse un seguida en una religión universal.

Rita Snowden cuenta una historia de la guerra. En Francia, algunos soldados y su sargento trajeron el cuerpo de un camarada muerto para enterrarle en un cementerio francés. El sacerdote les dijo amablemente que estaba obligado a preguntar si su camarada era un católico romano bautizado. Dijeron que no lo sabían. El sacerdote dijo entonces que lo sentía mucho, pero, en ese caso, no podía permitir que le enterraran en terreno sagrado. Así que los soldados se llevaron el cuerpo de su camarada entristecidos, y le enterraron al otro lado de la valla. A1 día siguiente volvieron a ver si la tumba estaba bien; y, para su gran sorpresa, no la pudieron encontrar. Por mucho que buscaron no dieron con las señales de tierra removida. Ya estaban a punto de marcharse confusos, cuando se les acercó el sacerdote. Les dijo que había tenido el corazón inquieto por haberles negado el permiso de enterrar a su camarada muerto en su cementerio; así que, de madrugada, se había levantado y había movido la valla para incluir el cuerpo del soldado que había muerto por Francia. Eso es lo que el amor puede hacer. Las reglas y las normas ponen barreras; pero el amor las quita. Jesús removió las barreras entre las personas porque abolió toda religión fundada en reglas y normas, y trajo a las personas una religión cuyo fundamento es el amor.

Los dones de la unidad en Cristo

Pablo pasa a hablar de los dones de valor incalculable que nos trae la unidad en Cristo.

(i) Él unió a judíos y gentiles en una nueva humanidad.

En griego hay dos palabras para nuevo. Hay la palabra néos, que quiere decir sencillamente nuevo en relación con el tiempo. Una cosa que es néos ha empezado a existir hace poco, pero puede que hubiera antes en existencia millares de la misma cosa.

Un lapicero que sale de una fábrica esta semana es néos, pero ya existían millones exactamente iguales. La otra palabra es kainós, que quiere decir nuevo en cuanto a su cualidad. Una cosa que es kainós es nueva en el sentido de que trae al mundo una nueva especie de cosa que no existía antes.

La palabra que usa Pablo aquí es kainós; dice que Jesús une a judíos y a gentiles, y produce con ellos una nueva clase de humanidad. Esto es muy interesante y muy significativo; no es que Jesús convierta a todos los judíos en gentiles, ni a todos los gentiles en judíos; produce de ambos una nueva especie de persona, aunque siguen siendo gentiles y judíos. Crisóstomo, el famoso predicador de la Iglesia Primitiva, dice que es como si uno fundiera una estatua de plata y otra de plomo, e hiciera de las dos una de oro.

Jesús no logra la unidad haciendo desaparecer todas las características raciales, sino haciendo hijos de Dios a todos los hombres y mujeres de todas las naciones. Bien puede ser que tengamos que aprender algo aquí. En muchos casos se han mandado misioneros a los países paganos para hacer que los de allí vivan como los del país que los manda. Hay algunas iglesias resultantes de la obra misionera que tienen la misma forma de culto de las iglesias madre. Sin embargo, no es el propósito de Jesús el que hagamos de toda la humanidad una sola nación, sino que haya cristianos africanos, e indios, y de todos los pueblos y razas, cuya unidad radique exclusivamente en su cristianismo. La unidad en Cristo es en Cristo y no en cambios externos.

(ii) Él reconcilió con Dios a los dos. La palabra que usa Pablo (apokatallassein) quiere decir hacer volver a la amistad a personas que han estado enemistadas. La obra de Cristo consiste en mostrar a todos que Dios es su amigo, y por tanto deben ser amigos los unos de los otros. La reconciliación con Dios conlleva y hace realidad la reconciliación entre los seres humanos.

(iii) Por medio de Jesús, tanto los judíos como los gentiles tenemos el derecho de acceso a Dios. La palabra que usa Pablo para acceso es prosagógué, una palabra con muchos matices. Es la palabra que se usa para presentarle a Dios un sacrificio; para introducir a personas a la presencia de Dios para que se consagren a Su servicio; para presentar a un conferenciante o a un embajador a una asamblea; y, sobre todo, es la palabra que se usa para introducir a una persona a la presencia del rey. Había de hecho en la corte real persa un funcionario que se llamaba el prosagógueus, cuya función era introducir a las personas que deseaban una audiencia personal con el rey. Es una posibilidad que no tiene precio el tener el derecho de acudir a cualquier persona amable y sabia y santa en cualquier momento; el tener el derecho de contar con su atención para presentarle nuestros problemas, nuestra soledad y nuestro dolor. Ese es exactamente el derecho que nos da Jesús en relación con Dios.

La unidad en Cristo produce cristianos cuyo cristianismo trasciende todas las diferencias locales y raciales; produce personas que son amigas entre sí porque son amigas de Dios; produce hombres que son uno porque se reúnen en la presencia de Dios, a Quien todos tienen acceso.

La familia y la morada de Dios

Así es que ya no sois extranjeros ni residentes forasteros en una tierra que no es la vuestra, sino compatriotas del pueblo consagrado a Dios y miembros de la familia de Dios. Es sobre el cimiento-de los profetas y de los apóstoles sobre el que estáis edificados, y la Piedra angular es Jesucristo mismo. Todo el edificio que se está levantando tiene su trabazón en Él, y seguirá creciendo hasta que llegue a ser un templo santo del Señor, un templo de cuya edificación vosotros también formáis parte, para que lleguéis a ser la morada de Dios por obra del Espíritu.

Pablo usa dos ilustraciones gráficas. Dice que los gentiles ya no son extraños, sino miembros en plenitud de derechos de la familia de Dios.

Pablo usa la palabra xenos para extranjero. En todas las ciudades griegas había xenoi (plural), a los que no se les hacía la vida muy fácil que digamos. Uno escribía a su país de origen: «Lo mejor para uno es estar en su propia casa, sea como sea, en vez de en un país extraño.» Al extranjero se le miraba siempre con sospecha y desagrado. No tenemos más que fijar nos en lo que nos sugiere a nosotros la palabra xenofobia, odio al extranjero, y en sus manifestaciones actuales. Pablo usa la palabra pároikos para forastero. El paroikos estaba todavía más lejos de ser aceptado. Era un residente extranjero, uno que vivía en un lugar, pero que no se había nacionalizado; pagaba un impuesto por el privilegio de existir en una tierra que no era la suya. Tanto el xenos como el pároikos siempre eran margi nados.

Así es que Pablo les dice a los gentiles: « Ya no estáis sin derechos en el pueblo de Dios; ahora sois miembros de la familia de Dios en plenitud de derechos.» Podemos decirlo todavía más sencillamente: por medio de Jesús estamos en casa con Dios.

A. B. Davidson nos cuenta que estaba de pensión en una ciudad extraña. Se sentía muy solo. Solía pasearse por las calles por la tarde. A veces, por una ventana sin visillos veía una familia reunida alrededor de la mesa o cerca de la chimenea; luego se corrían los visillos, y él se sentía solo y excluido.

Eso es lo que no puede suceder en la familia de Dios. Y lo que no debería suceder nunca en la iglesia. Gracias a Jesús hay sitio en la familia de Dios para todo el mundo. Puede que el mundo y la gente levanten barreras; las iglesias puede que celebren la comunión exclusivamente para sus miembros; pero Dios no hace eso nunca. Lo malo es que la iglesia es a menudo exclusivista cuando Dios no lo es.

El segundo ejemplo que usa Pablo es el de un edificio. Ve cada iglesia como una parte de un gran edificio, y a cada cristiano como una piedra de esa iglesia. La Piedra angular de toda la Iglesia es Jesucristo; y la piedra angular es lo que le da unidad al conjunto.

Pablo ve que este edificio se sigue edificando, y que cada parte se va incorporando a Cristo. Figuraos una gran catedral: entre los cimientos puede que haya una cripta visigótica; alguna puerta o ventana será románica; otras, góticas, y otras partes serán de la época renacentista o barroca o aún más recientes. Se combinan toda clase de estilos; pero el edificio es una unidad, porque todo él se ha usado para dar culto a Dios y encontrarse con Jesucristo.

Eso es lo que debe ser la Iglesia. Su unidad no depende de la organización, ni del ritual, ni de la liturgia, sino de Cristo: Ubi Christus, ibi Ecclesia, Donde está Cristo, allí está la Iglesia. La Iglesia solo presentará su unidad cuando se dé cuenta de que no existe para propagar las ideas de un grupo de personas, sino para ofrecer un hogar en el que pueda morar el Espíritu de Cristo y en el que todas las personas que aman a Cristo se puedan reunir en ese Espíritu.

Ahora Puedes adquirir los Libros de Estudio

Al adquirir tus libros de estudios estarás ayudando este Ministerio para cumplir con la Gran Comisión de «Id y llevad el Evangelio a toda criatura en todo lugar. Contamos con tu ayuda. Dios te Bendice rica, grande y abundantemente.

Comparte esta publicacion en tus redes favoritas

También hemos publicado para ti

El arte de la Amistad

La amistad es el arte de olvidarse por completo de uno mismo. Para llegar a conocer la personalidad y el carácter de otro también hay que olvidarse de todos los deseos y las necesidades egoístas. La amistad es

Seguir Leyendo »

Isaías 38: Dios sana a Ezequías

Isaías 38:1  Enfermedad de Ezequías[a] (2 R 20.1-11; 2 Cr 32.24-26) En aquellos días Ezequías enfermó de muerte. Y el profeta Isaías hijo de Amoz, vino a él y le dijo: «Esto dice Jehová:

Seguir Leyendo »