Efesios 2: La vida sin Cristo y la gracia de Dios

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Cuando estabais muertos en vuestros pecados y transgresiones, esos pecados y transgresiones en los que vivíais en un tiempo, viviendo la vida de la manera que la vive esta edad presente del mundo, viviendo la vida como dicta el que gobierna el poder del aire, ese espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia y en un tiempo todos nosotros también vivíamos la misma clase de vida que esos hijos de desobediencia, una vida en la que nos encontrábamos a merced de los deseos de nuestra naturaleza inferior, una vida en la que seguíamos los deseos de nuestra naturaleza inferior y nuestros propios designios, una vida en la que, por lo que se refiere a la naturaleza humana, no merecíamos nada más que la ira de Dios, lo mismo que todos los demás- . Aunque éramos todos así, digo, Dios, Que es rico en misericordia, y a causa del gran amor con que nos ha amado, nos dio la vida en Jesucristo, aun cuando estábamos muertos en transgresiones (es por gracia por lo que habéis sido salvados), y nos resucitó con Cristo, y nos concedió sentarnos en los lugares celestiales con Cristo, gracias a lo que Jesucristo hizo por nosotros. Esto hizo para que en la edad por venir pudieran demostrarse las riquezas extraordinarias de Su gracia en Su amabilidad hacia nosotros en Jesucristo. Porque es por gracia, apropiada mediante la fe, como habéis sido salvados. No ha sido por nada que vosotros hicierais. Fue un regalo que Dios os hizo. No fue el resultado de obras, porque había sido el designio de Dios que nadie tuviera motivos para enorgullecerse. Porque somos Su obra, creados en Jesucristo para buenas obras, obras que Dios preparó de antemano para que nos condujéramos en ellas.

En este pasaje, el pensamiento de Pablo fluye prescindiendo de las reglas de la gramática; empieza oraciones y no las acaba; empieza con una construcción, y a mitad de camino se desliza a otra. Esto es así porque se trata más bien de un poema del amor de Dios que de una exposición teológica sistemática. El canto del ruiseñor no se puede analizar con las reglas de la composición musical. La alondra canta por el gozo de cantar. Eso es lo que hace aquí Pablo. Está derramando el corazón, y las exigencias de la gramática tienen que ceder el paso a la maravilla de la gracia.

La vida sin Cristo

Cuando estabais muertos en vuestros pecados y transgresiones, esos pecados y transgresiones en los que vivíais en un tiempo, viviendo la vida de la manera que la vive esta edad presente del mundo, viviendo la vida como dicta el que gobierna el poder del aire, ese espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia y en un tiempo todos nosotros también vivíamos la misma clase de vida que esos hijos de desobediencia, una vida en la que nos encontrábamos a merced de los deseos de nuestra naturaleza inferior, una vida en la que seguíamos los deseos de nuestra naturaleza inferior y nuestros propios designios, una vida en la que, por lo que se refiere a la naturaleza humana, no merecíamos nada más que la ira de Dios, lo mismo que todos los demás.

Cuando Pablo habla de vosotros, se está refiriendo a los gentiles; cuando habla de nosotros, se refiere a los judíos, que eran sus compatriotas. En este pasaje muestra lo terrible que era la vida sin Cristo tanto para los gentiles como para los judíos juntamente.

(i) Dice que esta vida se vive en pecados y transgresiones. Las palabras que usa son interesantes. La palabra para pecado es hamartía; y hamartía es una palabra de la caza y del tiro deportivo o guerrero, y quiere decir no dar en el blanco. Cuando un tirador lanza la flecha y falla el tiro, eso es hamartía. El pecado es el fracaso en el intento de alcanzar una meta en la vida. Por eso precisamente es por lo que el pecado es tan universal.

Por lo general, tenemos una idea equivocada del pecado. Estaríamos de acuerdo sin duda en que el ladrón, el asesino, el violador, el borracho, el terrorista, son pecadores; pero, puesto que la mayor parte de nosotros somos ciudadanos respetables, en lo más íntimo de nuestro corazón creemos que el pecado no nos concierne gran cosa. Más bien nos ofenderíamos si se nos dijera que somos pecadores que merecemos el infierno. Pero hamartía nos pone cara a cara con lo que es realmente el pecado: el fracaso en ser lo que debemos y podemos ser.

¿Es un hombre tan buen marido como puede ser? ¿Trata de hacerle la vida más fácil y agradable a su esposa? ¿Le hacen sufrir a su familia sus cambios de humor? ¿Es una mujer tan buena esposa como puede? ¿Se toma de veras interés en el trabajo de su marido y trata de comprender sus problemas y preocupaciones? ¿Somos tan buenos padres como podríamos ser? ¿Dirigimos y entrenamos a nuestros hijos para la vida como es nuestro deber, o esquivamos esa responsabilidad a veces o a menudo? A medida que van creciendo nuestros hijos, ¿nos acercamos más a ellos, o los dejamos que se distancien hasta tal punto que resulta difícil la conversación, y que ellos y nosotros somos prácticamente extraños? ¿Somos tan buenos hijos como podríamos ser? ¿Tratamos de alguna manera de mostrarnos agradecidos por lo que se ha hecho por nosotros? ¿Vemos alguna vez el dolor en los ojos de nuestros padres, y sabemos que somos nosotros los que se lo hemos causado? ¿Somos tan buenos trabajadores como podríamos ser? ¿Llenamos cada hora de trabajo con una labor concienzuda y responsable, y hacemos cada tarea todo lo bien que podemos?

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