Archivos para Primera de Juan

1 Juan 5: El Amor en la familia de Dios

Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha experimentado el nacimiento que viene de Dios; y todo el que ama al padre, ama al hijo. Así es como sabemos que debemos amar a los hijos de Dios, siempre que amemos a Dios y guardemos Sus mandamientos. Cuando Juan escribía este pasaje tenía dos cosas en el trasfondo de la mente. (i) Estaba el gran hecho que era la base de todo su pensamiento: el hecho de que el amor a Dios y el amor al hombre son partes inseparables de la misma experiencia. En respuesta a la pregunta del escriba, Jesús había dicho que había dos grandes mandamientos: el primero establecía que debemos amar a Dios con todo nuestro corazón y alma y fuerzas; y el segundo, que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. No hay ningún mandamiento mayor que estos (Marcos 12:28-31). Juan tenía en mente esta palabra de su Señor. (ii) Pero también tenía en mente una ley natural de la vida humana. El amor de la familia es parte de la naturaleza. El hijo ama naturalmente a sus padres; y también naturalmente, a sus hermanos. La segunda parte del versículo 1 dice literalmente: «Todo el que ama al que ha engendrado, ama al que es engendrado por él.» Para decirlo más sencillamente: « Si amamos a un padre, también amamos a su hijo.» Juan está pensando en el amor que vincula naturalmente a una persona al padre que la engendró y a los otros hijos que el padre ha engendrado. Juan transfiere esto al reino de la experiencia y del pensamiento cristianós. El cristiano pasa por la experiencia de nacer de nuevo; el Padre es Dios, y el cristiano está obligado a afinar a Dios por todo lo que ha hecho por su alma. Pero uno nace siempre en una familia, y el cristiano nace de nuevo en la familia de Dios. Como sucedió con Jesús, así ha sucedido con él -los que hacen la voluntad de Dios, como él mismo, llegan a ser su madre, sus hermanas y sus hermanos (Marcos 3:35). Así que, si el cristiano ama a Dios Padre Que le engendró, también debe amar a los otros hijos que Dios ha engendrado. Su amor a Dios y su amor a sus hermanos y hermanas en
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1 Juan 4: Los privilegios de la vida exhuberante del espíritu

Así es como sabemos que Él mora en nosotros: por el Espíritu Que Él nos ha dado. Amados, no creáis a cualquier espíritu; sino probad los espíritus para ver si proceden de Dios; porque han salido por el mundo muchos falsos profetas. Detrás de esta advertencia se encuentra una situación de la que sabemos muy poco o nada en muchas iglesias modernas. En la Iglesia original hubo un brotar vigoroso de la vida del Espíritu que conllevaba sus propios principios. Había tantas y tan diversas manifestaciones espirituales que se necesitaba alguna clase de comprobación. Tratemos de trasladarnos con el pensamiento a aquella atmósfera eléctrica. (i) Ya en los tiempos del Antiguo Testamento se detectaron los peligros de los falsos profetas, que eran hombres con un cierto poder espiritual. Deuteronomio 13:1-5 demanda que el falso profeta que trató de seducir al pueblo para que se apartara del verdadero Dios fuera muerto; pero admite franca y abiertamente que este puede prometer señales y milagros, y realizarlos. El poder espiritual podía ser malvado y mal dirigido. (ii) En la Iglesia original, el mundo considerado espiritual estaba muy cerca. Todo el mundo creía en un universo abarrotado de demonios y espíritus. Cada roca, y árbol, y río, y bosquecillo, y lago, ,y montaña tenían su poder espiritual; y estos poderes espirituales estaban siempre tratando de introducirse en los cuerpos y mentes de las personas. En los tiempos de la Iglesia original se vivía en un mundo obsesionado con los fenómenos espirituales en el que todos se sentían rodeados y acechados por poderes espirituales. (iii) Ese mundo antiguo era muy consciente de la existencia del poder personal del mal. No especulaba acerca de su origen, pero estaba convencido de que existía, y de que estaba buscando personas para usarlas como instrumentos a su servicio. En consecuencia, no solamente el universo, sino también las mentes humanas eran el campo de batalla en el que contendían el poder de la luz y el poder de las tinieblas. (iv) En la Iglesia original la venida del Espíritu era un fenómeno mucho más visible de lo que es corriente para muchos en nuestros días. Se relacionaba generalmente con el bautismo; y cuando el Espíritu venía, sucedían cosas que cualquiera podía constatar. La persona que recibía el Espíritu era afectada visiblemente. Cuando los apóstoles bajaron a Samaria
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1 Juan 3: Recuerda los privilegios de la vida cristiana

¡Fijaos qué clase de amor nos ha concedido el Padre: que se nos llamara los hijos de Dios! -Y eso es lo que somos en realidad. La razón por la que el mundo no nos reconoce es que no Le reconoció a Él. Amados, aun tal como están las cosas, somos los hijos de Dios; y todavía no se ha aclarado lo que seremos. Sabemos que, cuando se aclaren, seremos como Él, porque Le veremos como Él es. Juan empieza demandando que los suyos recuerden sus privilegios. Es un privilegio el que nos llamen los hijos de Dios. Hay algo importante hasta en el nombre. Crisóstomo, en un sermón sobre Criar hijos, aconseja a los padres que den a su hijo algún gran nombre bíblico, y que le enseñen insistentemente la historia del que llevó originalmente ese nombre, y así le den un modelo al que ajustar su vida cuando se haga mayor. Así que el cristiano tiene el privilegio de ser llamado hijo de Dios. De la misma manera que el pertenecer a una gran escuela, a un gran regimiento, a una gran iglesia, a una gran familia es una inspiración para vivir dignamente, así también, y aún más, el llamarse con el nombre de la familia de Dios es algo que debe ayudar a mantener los pies en el buen camino, y a seguir adelante y hacia arriba. Pero, como Juan señala, no se trata solamente de que se nos llame los hijos de Dios; somos los hijos de Dios. Hay aquí algo que debemos notar. Es don de Dios el que una persona llegue a ser hija de Dios por naturaleza. Uno es criatura de Dios, pero por gracia llega a ser hijo de Dios. Hay dos palabras lingüísticamente relacionadas, pero semánticamente diferentes: paterno y paternal. Paterno describe una relación en la que un hombre es responsable de la existencia física de un hijo; y paternal describe una relación íntima amorosa. En el sentido de la paternidad, todos los seres humanos son hijos de Dios; pero en cuanto a la paternalidad, solo son hijos de Dios cuando Él inicia en Su gracia la relación con ellos, y ellos responden. Hay dos imágenes, una en el Antiguo Testamento y la otra en el Nuevo, que presentan esta relación clara y gráficamente. En el Antiguo Testamento
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1 Juan 2: La preocupación de un pastor

Hijitos míos, estoy escribiéndoos estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos al Que defenderá nuestra causa ante el Padre, Jesucristo el Justo. Porque Él es el sacrificio propiciatorio por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por todo el mundo. La primera cosa que debemos notar en este pasaje es el afecto sincero. Juan empieza por llamar a sus lectores «hijitos míos.» Tanto en latín y griego como en español los diminutivos denotan un afecto especial. Son palabras que se usan, como si dijéramos, con una caricia. Juan es un hombre muy anciano; debe de ser de hecho el último superviviente de su generación, el último hombre vivo de los que habían andado y hablado con Jesús en los días de Su carne. Desgraciadamente, muy a menudo los ancianos no simpatizan con los jóvenes, y hasta desarrollan una irritabilidad impaciente frente a las maneras nuevas y más libres de la generación más joven. Pero no Juan; en su ancianidad no da muestras nada más que de ternura para con los que son sus hijitos en la fe. Les está escribiendo para decirles que no deben pecar, pero no les echa la bronca. No tienen filo sus palabras; quiere conducirlos a la bondad a fuerza de amarlos. En estas palabras introductorias se ve el anhelo, la ternura afectiva de un pastor hacia las personas a las que ha conocido largo tiempo en todas sus debilidades y flaquezas, y sigue amando. Su propósito al escribirles es que no pequen. Hay aquí una doble línea de pensamiento -con lo que precede y con lo que sigue. Hay un doble peligro de que piensen con ligereza en el pecado. Juan dice dos cosas acerca del pecado. La primera, acaba de decir que el pecado es universal; cualquiera que diga que no ha cometido ningún pecado, es un mentiroso. Segunda, que hay perdón para los pecados en lo que Jesucristo ha hecho y sigue haciendo por los hombres. Ahora bien, sería posible usar estas dos afirmaciones como una excusa para pensar en el pecado con ligereza. Si todos hemos pecado, ¿por qué armar tanto jaleó acerca de ello, y de qué sirve luchar contra algo que es en cualquier caso una parte inevitable de la condición humana? Además, si hay perdón de pecados, ¿para qué
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1 Juan: El propósito del pastor

Lo que os estamos diciendo es lo que fue desde el principio, lo que oímos, lo que vimos con nuestros propios ojos, lo que observamos y tocamos con nuestras propias manos. Os estamos hablando acerca de la Palabra de Vida. (Y la Vida se nos apareció, y La vimos y testificamos; y os estamos ahora trayendo el Mensaje de esta Vida eterna Que estaba con el Padre y Que Se nos ha presentado). El Mensaje que os traemos es acerca de lo que hemos visto y oído, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; porque nuestra comunión es con el Padre y con Jesucristo, el Hijo. Y os estamos escribiendo estas cosas para que vuestro gozo llegue a su plenitud. Cualquier persona, cuando se sienta para escribir una carta o se levanta para predicar un sermón, tiene algún objetivo a la vista, quiere producir algún efecto en las mentes y corazones y vidas de su audiencia. Y aquí, al principio de su carta, Juan especifica sus objetivos al escribir a su pueblo. (i) Es su deseo producir comunión entre los hombres y comunión con Dios (versículo 3). El propósito del pastor siempre debe ser traer a las personas a una comunión más íntima entre sí, y también con Dios. Cualquier mensaje que produzca división, es un mensaje falso. El mensaje cristiano puede resumirse por sus dos grandes objetivos: el amor al prójimo y el amor a Dios. (ii) Es su deseo traerle gozo a los suyos (versículo 4). El gozo es la esencia del Cristianismo. Un mensaje cuyo único efecto sea deprimir y desanimar a los que lo oigan se ha quedado a menos de la mitad del camino. Es completamente cierto que a menudo la finalidad del predicador y del maestro debe ser despertar un sano reconocimiento doloroso que conduzca a un verdadero arrepentimiento. Pero después de producir el sentimiento de pecado, hay que conducir a los oyentes al Salvador en Quien se perdonan los pecados. La nota definitiva del mensaje cristiano es el gozo. (iii) Con ese fin a la vista, su propósito es presentarles a Jesucristo. Un gran maestro solía siempre decirles a sus estudiantes que su único objetivo como predicadores debía ser «decir algo bueno de Jesucristo.» Y se decía de otro gran santo que dondequiera que empezara su conversación, siempre se
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Introducción a la primera carta de Juan

Una carta personal y su trasfondo Primera de Juan se llama una carta, aunque no tiene nombre de destinatarios ni acaba con saludos como las cartas de Pablo. Y hasta nuestros días nadie puede leerla sin percibir su carácter intensamente personal. No cabe la menor duda que el que la escribió tenía presente una situación concreta y a un grupo definido de personas. Tanto la forma como el carácter personal de Primera de Juan se explican si la consideramos como lo que ha llamado alguien « un sermón cariñoso y preocupado» escrito por un pastor que amaba a su pueblo y enviado a las iglesias que tenía a su cargo. Una carta de estas características se escribe en relación con una situación puntual fuera de la cual no se puede entender totalmente. Entonces, si queremos entender Primera de Juan, tenemos antes que tratar de reconstruir la situación en que se produjo, recordando que se escribió en Éfeso algo después del año 100 d.C. La deserción Hacia el año 100 d.C. habían ocurrido ciertas cosas en la Iglesia, sobre todo en una ciudad como Éfeso. (i) Muchos de los miembros de la Iglesia eran ya cristianos de la segunda o la tercera generación. La ilusión de los primeros días había pasado, por lo menos hasta cierto punto. Wordsworth dijo de uno de los grandes momentos de la historia moderna: Fue una bendición estar vivo en aquella aurora. En los primeros días del Cristianismo había gloria y esplendor; pero hacia el año 100 d.C. el Cristianismo se había convertido en una costumbre «tradicional, medio sincera, nominal.» Los cristianos se habían acostumbrado al Evangelio, y algo de su maravilla se había perdido. Jesús conocía a las personas, y había dicho: « El amor de muchos se enfriará» (Mateo 24:12). Juan estaba escribiendo en un tiempo cuando, por lo megos para algunos, la primera emoción había pasado, y el pábilo de la devoción humeaba pero no iluminaba. (ii) Una de las consecuencias era que había miembros de la iglesia que encontraban los estándares que exigía el Cristianismo pesados y fatigosos. No querían ser santos en el sentido del Nuevo Testamento. En el Nuevo Testamento la palabra para santo es haguios, que se traduce corrientemente por santo, pero su verdadero sentido es diferente. El Templo era haguios porque era diferente de los
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