Apocalipsis 6: El caballo blanco de la conquista

Apocalipsis 6: El caballo blanco de la conquista

Y vi cuando el Cordero abrió el primero de los siete sellos, y oí decir a uno de los cuatro seres vivientes con una voz tan potente que parecía el rugido del trueno: «¡Adelante!» Y miré, y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba llevaba arco, y se le dio una corona de vencedor, y salió conquistando en toda la línea. Cuando cada uno de los siete sellos se cortaba y abría, un nuevo terror caía sobre la Tierra. El primer terror se simboliza bajo la forma de un caballo blanco con su jinete. ¿Qué o a quién representan? Se han sugerido dos explicaciones, una de las cuales no puede ser acertada.

(i) Se ha sugerido que el jinete del caballo blanco es el mismo Cristo victorioso. A esta conclusión se llega porque algunos comentadores conectan esta figura con la de Apocalipsis 19:11 s, que nos presenta un caballo blanco sobre el que cabalga Uno llamado Fiel y Verdadero y coronado con muchas coronas, Que es el Cristo victorioso. Ha de notarse que la corona de nuestro pasaje es diferente de la del capítulo 19. Aquí la corona es stéfanos, que es la corona del vencedor, mientras que la de Apocalipsis 19 es diádéma, la corona real. El pasaje que estamos estudiando presenta un ay tras otro y un desastre tras otro; una presentación del Cristo victorioso estaría aquí fuera de lugar. Esta imagen nos habla, no de la venida del Cristo victorioso sino de la de los terrores de la ira de Dios.

(ii) No cabe duda que el caballo blanco y su jinete representan la conquista de la guerra. Cuando un general romano celebraba un triunfo, es decir, cuando desfilaba por las calles de Roma con su ejército y sus cautivos y su botín después de una gran victoria, eran caballos blancos, el símbolo de la victoria, los que estaban uncidos a su carroza.

Pero como ya hemos dicho en la introducción a este pasaje, Juan reviste sus predicciones del futuro con imágenes del presente que sus lectores podían reconocer. El jinete del caballo blanco llevaba en la mano un arco. En el Antiguo Testamento el arco siempre representa poder militar, como ha seguido sucediendo en España hasta recientemente. En la derrota final de Babilonia, sus valientes serían llevados cautivos, y sus arcos quebrados -es decir, su poder militar sería destruido (Jeremías 51:56). «Aquel día quebraré el arco de Israel en el valle de Jezreel» (Oseas 1:5). Dios quiebra el arco, destroza la lanza e incendia los carros; es decir: no Le puede resistir ningún poder militar humano (Salmo 46:9). El arco, entonces, siempre representaría un poder militar. Pero hay una figura en particular que los romanos y todos los habitantes de Asia reconocerían al instante. El único enemigo que temían los romanos era el poder de Partia. Los partos habitaban en las fronteras del lejano Oriente del Imperio Romano, y eran el azote de Roma. El año 62 d.C. tuvo lugar un acontecimiento sin precedentes: un ejército romano había sometido a Vologeso, el rey de los partos. Los partos montaban caballos blancos, y eran los arqueros más famosos de la antigüedad. «Disparar la flecha del parto» sigue siendo en muchas lenguas el golpe final, irresistible y devastador, que alude tal vez a la habilidad de los jinetes partos de acribillar al enemigo disparando sus arcos por encima del hombro cuando fingían una retirada.

Así es que el caballo blanco y su jinete con arco representan el militarismo y la conquista.

Aquí tenemos algo que los hombres han tardado mucho en aprender. La conquista militar se ha representado como una gran hazaña; pero es siempre una tragedia. Cuando Eurípides quería describir la guerra en el teatro, no se traía un ejército con sus banderas, sino a una anciana encorvada y aturdida que llevaba de la mano a un niño llorando porque había perdido a sus padres. Durante la Guerra Civil española contó un reportero cómo se había dado cuenta de pronto de lo que era la guerra: estaba en una ciudad española en la que las partes contendientes llevaban a cabo una guerra de guerrillas. Vio andando por una acera a un chiquillo, que sin duda se había perdido, aturdido y aterrado, arrastrando un juguete que había perdido las ruedas. De pronto resonó el disparo de un fusil, y el niño cayó al suelo, muerto. Eso es la guerra. El primero de los trágicos terrores de los tiempos terribles, Juan coloca al caballo blanco con su jinete con arco, la visión de la tragedia de la conquista militarista.

El caballo rojo de la contienda

Y cuando abrió el segundo sello le oí decir al segundo ser viviente: «¡Adelante!» Y salió al frente otro caballo de color rojo de sangre, y al que lo montaba se le permitió despojar de paz a la Tierra y hacer que los hombres se mataran .entre sí, y se le dio una gran espada.

La función del segundo caballo y su jinete es despojar de la paz a la Tierra. Representan esa rivalidad destructiva que pone a las personas y a las naciones unas contra otras en un caos de trágica destrucción. Esto tiene dos trasfondos.

(i) Juan estaba escribiendo en un tiempo en el que la guerra de aniquilación mutua estaba diezmando el mundo. En los treinta años antes del reinado de Herodes el Grande, 67 a 37 a.C., solamente en Palestina no menos de 100,000 hombres perecieron en revoluciones fracasadas. En el año 61 d.C. se suscitó una rebelión en relación con el nombre de la reina Boadicea.

Los romanos la aplastaron. Boadicea se quitó la vida, y perecieron 150,000 hombres.

(ii) En las figuras judías del fin del mundo, uno de los elementos esenciales es la desintegración completa de todas las relaciones humanas: « Cada uno peleará contra su hermano, y cada uno contra su prójimo; ciudad contra ciudad y reino contra reino» (lsaías 19:2). «Cada uno llegará a las manos con su compañero, y se levantarán las manos unos contra otros» (Zacarías 14:13). Se asesinarán unos a otros desde el amanecer hasta el ocaso (Henos 100:12). El amigo le hará la guerra a su amigo; los amigos se atacarán repentinamente mutuamente (4 Esdras 5: 9; 6:24). Algunos caerán en el combate, otros morirán de angustia, y a otros los destruirán los suyos (2 Baruc 70:2-8). Muchos se inflamarán de ira para hacer daño a muchos, y levantarán a todos los hombres para derramar sangre, y todos acabarán por perecer juntos (2 Baruc 48:37).

La visión del fin describía un tiempo en el que se destruirían todas las relaciones humanas y el mundo sería un caldero hirviente de odios crueles.

Sigue siendo verdad que una nación en la que hay divisiones entre las personas y las clases sociales y el odio se basa en ambiciones competitivas y deseos egoístas está condenado a desaparecer; y el mundo en el que las naciones pelean a muerte las unas con las otras se apresura a su final.

El caballo negro del hambre

Y cuando abrió el tercer sello le oí decir al tercer ser viviente: «¡Adelante!» Y he aquí salió un caballo negro, y el que lo montaba llevaba una balanza en la mano. Y oí decir a algo que parecía una voz en medio de los cuatro seres vivientes: «Una medida de trigo por un denario, y tres medidas de cebada por un denario. Pero no estropees ni el aceite ni el vino. »

Nos ayudará a entender la idea que subyace bajo este pasaje el recordar que Juan se refiere, no al fin del mundo, sino a las señales y acontecimientos que lo precederán. Así es que aquí el caballo negro y su jinete representan el hambre, una hambruna severa y de graves consecuencias, pero que no es tan extrema como para matar. Hay trigo -aun precio prohibitivo; y no son afectados ni el vino ni el aceite.

Las tres cosechas principales de Palestina eran los cereales, el aceite y el vino, que son las que se mencionan siempre cuando se habla del producto de la tierra (Deuteronomio 7:13; 11:14; 28:51; Oseas 2:8,22). El jinete del caballo llevaba en la mano una romana. En el Antiguo Testamento, la frase comer pan al peso indica la mayor escasez. Dios amenaza que, si el pueblo es desobediente, « os devolverán el pan (que os hayan horneado) al peso» (Levítico 26:26). Dios amenaza a Ezequiel: «Quebrantaré el sustento de pan en Jerusalén; comerán el pan por peso y con angustia» (Ezequiel 4:16). No era extraño que hubiera aceite y vino cuando faltaban los cereales. El olivo y la vid tienen las raíces más profundas que el trigo, y pueden resistir una sequía que destruye los cereales. Cuando Jacob tuvo que mandar a sus hijos a Egipto por trigo en los días del hambre de tiempos de José, todavía podía mandar frutos escogidos de la tierra (Génesis 43:11). Pero es cierto que una situación en la que no faltaran el aceite y el vino pero el pan estuviera prohibitivamente caro sería la equivalente a una en la que hubiera lujos abundantes pero escaseara lo más necesario.

Podemos ver la gravedad de la escasez por la afirmación de la voz de entre los cuatro seres vivientes. Una medida de trigo o tres de cebada costaban un denarius. La medida era un joinix, que equivalía a un litro, y que se definía corrientemente en el mundo antiguo como la ración diaria de un hombre. Un denarius era el jornal de un obrero, que solo se podría comparar con el de los países más pobres. Normalmente un denarius era el precio de entre ocho y dieciséis medidas de trigo, y tres o cuatro veces más de cebada. Lo que Juan está pronosticando es una situación en la que todo el jornal de un obrero se necesitaría para comprar lo absolutamente necesario para su subsistencia personal, sin que quedara nada para las otras necesidades de la vida o para la familia. Si en vez de trigo compraba cebada podía arreglárselas para darle algo a su mujer y familia, pero no le quedaría para comprar ninguna otra cosa.

Podemos ver que, aunque Juan estaba hablando de las señales que precederían al tiempo del fin, estaba pintándolas realmente en términos de situaciones históricas que muchos reconocerían. Había habido hambres desesperadas en tiempos de Nerón que no habían afectado al lujo de los ricos. Hubo una ocasión en que llegó un barco de Alejandría a Italia. El gentío hambriento creyó que era un barco de trigo, porque todos los barcos de trigo procedían de Alejandría, y se amotinaron cuando descubrieron que el cargamento no era trigo sino una clase especial de arena del Delta del Nilo para extenderla en el circo para el espectáculo de los gladiadores. Esta pasaje tiene un eco sorprendente en ciertos sucesos del reinado de Domiciano, por el tiempo en que estaba escribiendo Juan. Hubo una escasez muy seria de grano y un exceso de vino. Domiciano adoptó la medida drástica de decretar que no se plantaran nuevas viñas y que se desarraigaran la mitad de las ya existentes en las provincias. En consecuencia de ese edicto, los de la provincia de Asia, que era donde vivía Juan, estuvieron a punto de rebelarse, porque sus viñas eran una de sus fuentes principales de ingresos. En vista de la reacción violenta del pueblo de Asia, Domiciano rescindió el edicto y mandó que se procesara a los que dejaran de cultivar sus viñas. Aquí tenemos una situación en que escaseó el trigo y sin embargo estaba prohibido reducir la producción de vino y aceite. Así es que esta descripción del hambre coincidía con la del lujo. Siempre ha habido algo trágicamente lamentable en una situación en la que algunos tienen demasiado y otros carecen de lo más esencial. Eso es siempre una señal de que la sociedad en la que se da está abocada a la ruina.

Hay otro detalle interesante que se ha sugerido que hay en este pasaje. Es de entre los cuatro seres vivientes de donde viene la voz hablando de los precios de hambre. Ya hemos visto que los cuatro seres vivientes puede que simbolicen lo mejor de la naturaleza; y se puede tomar esto como la protesta de la naturaleza contra el hambre en la sociedad. Lo trágico es casi siempre que la naturaleza produce bastante; y más de lo necesario, pero que hay muchas personas a las que nunca llega la abundancia.

Es como si Juan indicara simbólicamente que la misma naturaleza protesta cuando sus dones se usan de manera egoísta e irresponsable contribuyendo al lujo de los pocos y a la estrechez de los más.

El caballo pálido de la peste y la muerte

Y cuando abrió el cuarto sello le oí decir al cuarto ser viviente: «¡Adelante!» Y vi salir un caballo de color pálido, y el que lo montaba se llamaba la Muerte, y le seguía el Hades; y se les dieron poderes sobre una cuarta parte de la Tierra para matar a espada, de hambre y por medio de la peste y de las fieras.

Al considerar este pasaje debemos seguir teniendo presente que no trata del fin del mundo sino de las señales que lo precederán. Por eso es la cuarta parte de la Tierra la que está implicada en la muerte y el desastre. Se trata de un tiempo terrible, pero todavía no ha llegado el momento de la destrucción total.

La descripción es sombría. El caballo tiene un color pálido. La palabra original es jlórós, que quiere decir pálido en el sentido de lívido, y se usa de un rostro lívido de terror. El pasaje se complica por el hecho de que la palabra griega thánatos se usa con un doble sentido. En el versículo 8 quiere decir tanto muerte como peste.

Juan estaba escribiendo en un tiempo en el que el hambre y la peste devastaban el mundo; pero en este caso está pensando en términos del Antiguo Testamento, que habla más de una vez de «los cuatro juicios terribles.» Ezequiel oyó decir a Dios que se acerca el tiempo en que Él mandará Sus «cuatro juicios terribles contra Jerusalén» -espada, hambre, fieras y peste (Ezequiel 14:21).

En Levítico hay un pasaje que habla de los castigos que Dios mandará sobre Su pueblo a causa de su desobediencia. Las fieras les arrebatarán a sus hijos y destruirán su ganado y los reducirán en número. La espada vengará su infidelidad al pacto.

Cuando se reúnan en sus ciudades, se encontrarán con la peste. Les quebrantará el sustento del pan, y cuando coman no se saciarán. (Levítico 26:21-26).

Aquí Juan está usando un cuadro tradicional de lo que sucede cuando Dios lanza Su ira sobre Su pueblo desobediente. Tras él se encuentra la verdad permanente de que ninguna persona o nación puede escapar las consecuencias de su propio pecado.

Las almas de los mártires

Cuando abrió el quinto sello vi debajo del altar las almas de los que habían sido ajusticiados por causa de la Palabra de Dios y por el testimonio que habían dado. Y gritaban alzando la voz: -¿Hasta cuándo, Señor Santo y Verdadero, Te vas a contener de juzgar y vengar nuestra sangre sobre los que habitan en la Tierra?

Y se le dio a cada uno de ellos una túnica blanca, y se les dijo que descansaran todavía otro poco hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos que habían de ser muertos. Al romperse el quinto sello se presenta la visión de las almas de los que han muerto por la fe. Jesús no dejó a Sus seguidores en la menor duda en cuanto a los sufrimientos y el martirio que serían llamados a sufrir. «Entonces os entregarán a tribulación, os matarán y seréis odiados por todos por causa de Mi nombre» (Mateo 24:9; Marcos 13:9-13; Lucas 21: 12, 18). Llegaría el día en que los que mataran a los cristianos creerían que estaban prestándole un servicio a Dios (Juan 16:2).

La idea de un altar en el Cielo se encuentra más de una vez en Apocalipsis (8:5; 14:18). No era ni mucho menos una idea nueva. Cuando se hizo el mobiliario del Tabernáculo, cada pieza se hizo conforme al modelo que Dios poseía y le mostró a Moisés (Éxodo 25:9,40; Números 8:4; Hebreos 8:5; 9:23). Los que escribieron acerca del Tabernáculo y del Templo estaban convencidos de que el modelo de todas las cosas santas existía en el Cielo.

Las almas de los que habían sido ajusticiados estaban allí, debajo del altar. La imagen está tomada directamente del ritual de los sacrificios del Templo. Para un judío, lo más santo de cualquier sacrificio era la sangre, porque la sangre se identificaba con la vida, y la vida pertenecía a Dios (Levítico 17: Il -14).

Por esa razón, se estipulaba específica la ofrenda de la sangre. « Echará el resto de la sangre del becerro al pie del altar del holocausto» (Levítico 4:7). Es decir: la sangre se ofrecía al pie del altar.

Esto nos da el sentido de este pasaje. Las almas de los mártires están debajo del altar. Es decir: su sangre vital se ha derramado como una ofrenda a Dios. La idea de que la vida de los mártires es un sacrificio ofrecido a Dios estaba en la mente de Pablo. Dice que se regocijará si es ofrecido en el sacrificio y el servicio de la fe de los filipenses (Filipenses 2:17). « Yo ya estoy a punto de ser sacrificado,» le dice a Timoteo (2 Timoteo 4:6). En tiempos de los Macabeos los judíos sufrieron terriblemente a causa de su fe. Hubo una madre cuyos siete hijos fueron amenazados de muerte por su lealtad a la fe judía. Ella los animó a no ceder, y les recordó que Abraham no se había negado a ofrecer a Isaac. Les dijo que, cuando llegaran a la gloria, tenían que decirle a Abraham que él había construido un altar de sacrificio, pero la madre de ellos había construido siete. En el judaísmo posterior se decía que el arcángel Miguel sacrificaba en el altar del Cielo las almas de los íntegros y de los que habían sido fieles en el estudio de la Ley. Cuando Ignacio de Antioquía iba de camino a Roma para sufrir el martirio, pedía en oración ser hallado digno de ser un sacrificio para Dios.

Hay aquí una verdad grande y alentadora. Cuando una persona buena muere por causa de la bondad, puede que parezca una tragedia, o el desperdicio de una vida noble, o la acción de los malos, y por supuesto que puede que sea todas esas cosas; pero cada vida que se ofrece por el bien y por la verdad y por Dios es a fin de cuentas más que cualquiera de esas cosas: es una ofrenda que se hace a Dios.

El clamor de los mártires

Hay tres cosas en esta sección que debemos notar.

(i) Tenemos el grito eterno de los justos dolientes -«¿Hasta cuándo?» Este era el grito del salmista. ¿Hasta cuándo se les iba a permitir a los paganos afligir al justo pueblo de Dios? ¿Hasta cuándo se les iba a consentir burlarse de Su pueblo preguntándole dónde estaba su Dios y qué estaba haciendo? (Salmo 79:5-10). Lo que debemos recordar es que cuando los santos de Dios lanzaron este. grito estaban sorprendidos ante la aparente inactividad de Dios, pero no tenían la menor duda de que Él habría de intervenir definitivamente para vindicar a los justos.

(ii) Tenemos aquí una actitud que nos es fácil criticar. Los santos deseaban de hecho ver que sus perseguidores recibían su justo castigo. Nos es difícil comprender la idea de que parte del gozo del Cielo fuera ver el castigo de los pecadores en el Infierno. Un autor judío escribió en La asunción de Moisés (10:10) que oyó decir a Dios: Y tú mirarás desde las alturas, y verás a tus enemigos en Gehena. Y los reconocerás y te regocijarás, y Le darás gracias a tu Creador y Le confesarás. Y algo después, Tertuliano (En relación con los espectáculos 30) había de burlarse de los paganos con su amor a los espectáculos, y decirles que el espectáculo que esperaban los cristianos con más ilusión era ver a sus perseguidores retorcerse en el Infierno: Os encantan los espectáculos; pero esperad el mayor de todos los espectáculos, el juicio final y eterno del universo. ¡Cómo admiraré, cómo me reiré, cómo me regocijaré, cómo celebraré cuando contemple a tantos monarcas orgullosos, y supuestos dioses, gimiendo en el más profundo abismo de tinieblas; a tantos magistrados que persiguieron el nombre del Señor, retorciéndose en llamas más feroces que las que ellos encendieron contra los cristianos; a tantos filósofos sabihondos tostándose en rojas llamas con sus ilusos discípulos; a tantos poetas célebres temblando ante el tribunal, no de Minus, sino de Cristo; a tantos actores, más a tono en la expresión de sus propios sufrimientos; a tantos bailarines haciendo cabriolas en las llamas.

Es fácil sentir asco ante el espíritu de venganza que podía escribir cosas así; pero debemos recordar por lo que pasaron aquellos hombres: la agonía de las llamas, la arena del circo con sus fieras, las torturas sádicas que tuvieron que sufrir. Solo tenemos derecho a criticarlo si hemos pasado por la misma agonía.

(iii) Los mártires deben descansar en paz un poco más de tiempo hasta que se complete su número. Los judíos tenían la convicción de que el drama de la Historia se tenía que representar hasta su final antes de que llegara el fin. Dios no intervendría hasta que la medida señalada se hubiera alcanzado (2 Esdras 4:36). Se tenía que completar el número de los justos que habían de ser ofrecidos (Henoc 47:4). El Mesías no vendría hasta que hubieran nacido todas las almas que hubieren de nacer. El eco de la misma idea resuena en el Oficio de Sepultura del Libro de Oraciones de la Iglesia Anglicana -párrafo que no figura en el lugar correspondiente de la liturgia de la I.E.R.E.-: «Te suplicamos que sea Tu voluntad en Tu generosa bondad que se cumpla en breve el número de Tus elegidos y se apresure la venida de Tu Reino.» Es una idea curiosa, pero conlleva la de que toda la Historia está en las manos de Dios, y de que en ella y a través de toda ella Dios está cumpliendo Su propósito hacia un fin indudable.

La sacudida del universo

Y vi cuando abrió el sexto sello que hubo un terremoto tremendo, y el Sol se puso negro como si se cubriera de cilicio, y la Luna se puso toda como sangre; y las estrellas de los cielos cayeron sobre la Tierra como cuando una higuera deja caer los higos cuando la sacude el vendaval; y los cielos se replegaron como cuando se enrolla un volumen, y las colinas y las islas fueron removidas de sus lugares. Juan usa imágenes que eran muy familiares en la literatura apocalíptica. Los judíos creían que el fin del mundo la Tierra sería sacudida y habría catástrofes y cataclismos cósmicos. En esta descripción hay, como si dijéramos, cinco elementos que aparecen repetidamente en el Antiguo Testamento y en la literatura intertestamentaria.

(i) Hay un terremoto. A la venida del Señor, la Tierra temblará (Amós 8:8). Habrá una gran sacudida en la tierra de Israel (Ezequiel 38:19). La Tierra temblará delante de Él y los cielos se estremecerán (Joel 2:10). Dios hará temblar los cielos y la Tierra, el mar y la tierra seca (Hageo 2:6). La tierra temblará y se sacudirá hasta sus cimientos; las colinas serán sacudidas y caerán (Asunción de Moisés 10:4). La tierra se abrirá y arrojará fuego (2 Esdras 5:8). El que sobreviva a la guerra morirá en el terremoto; y el que salga del terremoto morirá en el fuego, y el que escape del fuego perecerá de hambre (2 Baruc 70:8). Los profetas y videntes judíos previeron un tiempo en que la Tierra sería sacudida y la marea destructiva barrería el mundo viejo para que naciera el nuevo.

(ii) Hay oscurecimiento del Sol y de la Luna. El Sol se pondrá al mediodía, y la Tierra se oscurecerá en el día claro (Amós 8:9). No brillarán las estrellas; el Sol se oscurecerá al nacer, y la Luna no dará su resplandor (lsaías 13:10). Dios vestirá de oscuridad los cielos y los cubrirá de cilicio (Isaías 50:3). Dios hará oscurecer las estrellas de los cielos, y cubrirá el Sol de nublado (Ezequiel 32:7). El Sol se volverá tinieblas, y la Luna, sangre (Joel 2:31). Los cuernos del Sol se quebrarán, y se volverá tinieblas; la Luna no dará su luz, y se convertirá en sangre; y el círculo de las estrellas se trastocará (Asunción de Moisés 10:4s). El Sol se oscurecerá, y la Luna dejará de dar luz (Mateo 24:29; Marcos 13:24; Lucas 23:45).

(iii) Hay una lluvia de estrellas. Para los judíos, esta era una idea especialmente terrible, porque el orden de los cielos era la garantía de la fidelidad inalterable de Dios. Si quitamos la fiabilidad de los cielos, no queda más que el caos. El ángel le dice a Henoc que contemple los cielos y vea que los cuerpos celestes nunca alteran sus órbitas ni transgreden el orden establecido (Henoc 2:1). Henoc vio las cámaras del Sol y de la Luna, cuando salen y cuando se ponen, que nunca abandonan sus órbitas ni les añaden ni les restan nada (Henoc 41:5). Para los judíos era el colmo del caos un universo en el que se caían las estrellas. Pero al fin de los tiempos el ejército del Cielo se disolvería y caería como las hojas de la vid y los higos de la higuera (Isaías 34:4). Las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas (Mateo 24:29). El firmamento caerá sobre el mar, y una catarata de fuego reducirá los cielos y las estrellas a una masa fundida (Oráculos sibilinos 3:83). Las estrellas transgredirán su orden y alterarán sus órbitas (Henoc 80:5s). La salida de las estrellas cambiará (2 Esdras 5:4). El fin del mundo será un tiempo cuando las cosas más estables del universo se convertirán en un caos desorganizado y aterrador.

(iv) Hay la recogida de los cielos. La figura en este pasaje es la de un volumen desenrollado de extremo a extremo, que se rasga por en medio y cada mitad se repliega y enrolla en su extremo. Dios hará estremecer los cielos (Isaías 13:13). Los cielos se enrollarán como un volumen (Isaías 34:4). Se quitarán y doblarán como se muda un vestido (Salmo 102:25s). Al final, hasta los mismos cielos eternos se rasgarán por en medio.

(v) Hay el desplazamiento de las colinas y de las islas del mar. Los montes temblarán y todos los collados serán destruidos (Jeremías 4:24). Temblarán los montes y los collados se derretirán (Nahúm 1:5). Juan vio un tiempo en el que las cosas más inamovibles serían desplazadas, y las islas rocosas como Patmos serían arrancadas de sus cimientos. Por muy extraña que nos parezcan las figuras de Juan no hay en ellas ni un solo detalle que no figurara en las descripciones del fin de los tiempos en el Antiguo Testamento y en los libros que se escribieron entre los dos Testamentos. No debemos pensar que estas figuras se han de tomar literalmente. Juan toma todas las cosas aterradoras que se pueden imaginar, y las amontona para dar una impresión de los terrores del fin de los tiempos. Hoy, con nuestro creciente interés científico; puede que pintáramos el cuadro de manera diferente; pero no son los colores lo que importa, sino los terrores que Juan y los videntes judíos previeron para cuando Dios invadiera la Tierra cuando se acercara el final del tiempo.

El tiempo del terror

Los reyes de la Tierra, y los grandes, y los capitanes, y los ricos, y los fuertes, lo mismo que todos los esclavos y todos los libres, se escondieron en las cuevas y en las peñas de los collados, y dijeron a las montañas y a las rocas: -¡Caed sobre nosotros y escondednos del rostro del Que está sentado en el trono y de la ira del Cordero! Porque ha llegado el gran día de Su ira, ¿y quién podrá mantenerse en pie?

Tal como lo vio Juan en su visión, el tiempo del fin había de ser de terror universal. Aquí está también manejando imágenes que les resultarían familiares a todos los que conocieran el Antiguo Testamento y los últimos escritos judíos. Cuando llegara el Día del Señor, todo el mundo estaría aterrado; angustias y dolores se apoderarían de ellos como de la mujer de parto; y se asombraría cada cual de su compañero (Isaías 13:6,8). Entonces, hasta los valientes gritarían de terror (Sofonías 1:14). Temblarían todos los habitantes de la Tierra (Joel 2:1). Estarían aterrados; no tendrían adónde huir ni dónde esconderse; las criaturas de la Tierra temblarían de miedo (Henoc 102:1,3). Dios Se presentaría como testigo contra Su pueblo pecador (Miqueas 1:1-4). Sería como fuego purificador, ¿y quién podría soportar el tiempo de Su venida? (Malaquías 3:1-3). El Día del Señor sería grande y terrible, ¿y quién podría soportarlo? (Joel 2:11). La gente le diría a los montes: « ¡Cubridnos!» y a los collados: « ¡Caed sobre nosotros!» (Oseas 10:8), palabras que citó Jesús cuando iba de camino hacia la Cruz (Lucas 23:30).

Este pasaje tiene dos cosas significativas que decir acerca de este terror.

(i) Es universal. El versículo 15 menciona a los reyes, los capitanes, los grandes, los ricos, los fuertes, los esclavos y los libres. Se ha hecho notar que estas siete palabras incluyen « toda la gama de la sociedad humana.» Nadie estará exento del juicio de Dios. Los grandes puede que fueran los gobernadores romanos que persiguieron a la Iglesia; los capitanes, las autoridades militares. Por muy grandes que fueran eran hombres, y por mucho poder que manejaran estaban sujetos al juicio de Dios. Por muy rica que sea una persona, por muy fuerte, por muy libre que se considere, por muy insignificante que fuera un esclavo, no escaparía al juicio de Dios.

(ii) Cuando llega el Día del Señor, Juan ve a la gente buscando dónde esconderse. Aquí tenemos la gran verdad de que el primer instinto del pecado es esconderse. En el Jardín del Edén, Adán y Eva trataron de esconderse (Génesis 3:8). H. B. Swete dice: « Lo que más temen los pecadores no es la muerte sino la presencia reveladora de Dios.» Lo terrible del pecado es que convierte al hombre en un fugitivo de Dios; y lo supremo de la obra de Jesucristo es que pone al hombre en una relación con Dios en la que ya no necesita esconderse, sabiendo que puede confiarse al amor y la misericordia de Dios.

(iii) Notemos una última cosa. De lo que huye la gente es de la ira del Cordero. Aquí tenemos una paradoja; no asociamos fácilmente la ira con el Cordero, sino más bien la benignidad y la amabilidad. Pero la ira de Dios es la ira del amor, que no trata de destruir, sino que hasta en la indignación trata de salvar al que ama.

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