Apocalipsis-1-La-revelación-de-Dios-a-los-hombres

Apocalipsis 1: La revelación de Dios a los hombres

Esta es la revelación que reveló Jesucristo, la revelación que Dios Le dio para que la mostrara a Sus siervos, la revelación que se refiere a las cosas que deben suceder próximamente. Esta revelación la envió y explicó Jesucristo por medio de Su ángel a Su siervo Juan, que dio testimonio de todo lo que vio de acuerdo con la palabra enviada por Dios y atestada por el testimonio que dio Jesucristo.

¡Bendito sea el que lea, y los que escuchen las palabras de esta profecía, y los que guarden las cosas que están escritas en ella! Porque el tiempo está cerca.

Este libro se llama en algunas versiones Revelación y en otras Apocalipsis. Empieza con las palabras «La revelación de Jesucristo,» lo que quiere decir, no la revelación acerca de Jesucristo, sino la revelación hecha por Jesucristo. La palabra griega para revelación es apokálypsis, que tiene una larga historia.

(i) Apokálypsis se compone de dos partes. Apo quiere decir lejos de, y kálypsis es un velo. Apokálypsis quiere decir, por tanto, desvelar, revelar. No era en un principio una palabra religiosa; quería decir sencillamente el descubrimiento de cualquier hecho. Plutarco la usa de una manera interesante en Cómo distinguir a un adulador de un amigo, 32. Cuenta que una vez Pitágoras regañó mucho en público a un discípulo suyo muy fiel, y este fue y se ahorcó. «Desde aquel momento Pitágoras no volvió a regañar nunca a nadie cuando había alguien más presente. Porque el error se ha de tratar como una enfermedad repulsiva, y toda amonestación y revelación (apokálypsis) debe hacerse en secreto.» Pero apokálypsis llegó a ser una palabra especialmente cristiana.

(ii) Se usa para la revelación de la voluntad de Dios en relación con lo que tenemos que hacer en un momento dado. Pablo dice que subió a Jerusalén por apokálypsis. Es decir, que fue porque Dios le hizo saber que eso era lo que Él quería que hiciera (Gálatas 2:2).

(iii) Se usa de la revelación de la verdad de Dios a los hombres. Pablo no había recibido su Evangelio de los hombres, sino por apokálypsis de Jesucristo (Gálatas 1:12). En la asamblea cristiana, el mensaje del predicador es una apokálypsis (1 Corintios 14:6).

(iv) Se usa de la revelación que hace Dios a los hombres de Sus propios misterios, especialmente en la Encarnación de Jesucristo (Romanos 16:25; Efesios 3:3).

(v) Se usa específicamente de la revelación del poder y de la santidad de Dios que ha de venir en los últimos tiempos. Ese será un desvelamiento de juicio (Romanos 2:5); pero para los cristianos lo será de alabanza y de gloria (1 Pedro 1:7); de gracia (1 Pedro 1:13); de gozo (1 Pedro 4:13).

Antes de recordar usos más técnicos de apokálypsis debemos notar dos cosas.

(i) Esta revelación está conectada especialmente con la obra del Espíritu Santo (Efesios 1:17).

(ii) No podemos por menos de ver que aquí tenemos un cuadro de la totalidad de la vida cristiana. No hay parte de ella que no sea iluminada por la revelación de Dios. Dios nos revela lo que hemos de decir y hacer; en Jesucristo, Él Se nos revela a Sí mismo, porque el que ha visto a Jesucristo ha visto al Padre (Juan 14:9); y la vida discurre hacia la gran revelación final en la que habrá juicio para los que no se hayan sometido a Dios, pero gracia y gloria y gozo para los que estén en Jesucristo. La revelación no es una idea técnica teológica; es lo que Dios está ofreciéndoles a todos los que Le quieran escuchar.

Veamos ahora el sentido técnico de apokálypsis, que está especialmente conectado con este libro. Los judíos hacía mucho que habían dejado de esperar que serían vindicados como el pueblo escogido por medios humanos. En este tiempo ya no esperaban nada menos que una directa intervención de Dios. En ese sentido dividían la historia del tiempo en dos edades -esta edad presente, totalmente entregada al mal; y la edad por venir, la edad de oro de Dios. Entre las dos habría de haber un tiempo de prueba terrible. Entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos, los judíos escribieron muchos libros que eran visiones del tiempo terrible del fin, y de la bendición que vendría después. Estos libros se llamaban Apokálypses; y eso es lo que es el Apocalipsis. Aunque no hay otro como él en el Nuevo Testamento, pertenece a una clase de literatura que fue muy abundante entre los Testamentos. Todos esos libros son peregrinos e ininteligibles, porque tratan de describir lo indescriptible.

El mismo tema del Apocalipsis nos da la razón de su dificultad.

Los intermediarios de la revelación de Dios

Esta breve sección nos presenta un relato conciso acerca de cómo llega a los hombres la revelación de Dios.

(i) La revelación tiene su origen en Dios, fuente de toda verdad. Toda verdad que descubren las personas es dos cosas: un descubrimiento de la mente humana, y un don de Dios. Pero se debe tener presente siempre que las personas no crean la verdad sino que la reciben de Dios. Y también debemos tener presente que esa recepción se realiza de dos maneras. Es el resultado de una búsqueda sincera. Dios nos ha dado la mente a las personas, y es a menudo a través de la mente como nos habla. No le concede Su verdad al que es demasiado perezoso para pensar. Y viene tras una espera reverente. Dios envía Su verdad a la persona que, no solo piensa intensamente, sino que también espera reposadamente en oración y devoción. Pero hay que recordar que la oración y la devoción no son meramente pasivas. Consisten en estar consagradamente a la escucha de la voz de Dios.

(ii) Dios da Su revelación a Jesucristo. La Biblia nunca, como si dijéramos, hace de Jesús un segundo Dios; más bien subraya Su absoluta dependencia de Dios. « Mi enseñanza -dijo Jesús-, no es mía, sino del Que Me envió» (Juan 7:16). «Yo no hago nada por Mí mismo, sino que, según Me enseñó el Padre, así hablo» (Juan 8:28). «Yo no hablo por Mi propia cuenta; el Padre, Que Me envió, Él Me dio mandamiento de lo que he de decir y de lo que he de hablan» (Juan 12:49). Es la verdad de Dios lo que Jesús trae a los hombres; y por eso Su enseñanza es única y definitiva.

(iii) Jesús envía Su revelación a Juan por medio de Su ángel (Apocalipsis 1:1). Aquí se muestra el autor de Apocalipsis como un hijo de su tiempo. En aquel tiempo de la Historia los hombres eran especialmente conscientes de la trascendencia dé Dios. Es decir, les impresionaba sobre todas las cosas la diferencia que hay entre Dios y el hombre. Hasta tal punto que creían que era imposible la comunicación directa entre Dios y el hombre, y que siempre había de haber algún intermediario. En la historia del Antiguo Testamento, Moisés recibió la Ley directamente de las manos de Dios (Éxodo 19 y 20); pero dos veces se nos dice en el Nuevo Testamento que la Ley fue dada por medio de ángeles (Hechos 7:53; Gálatas 3:19).

(iv) Por último, la revelación se le da a Juan. Es muy alentador recordar el papel que representan las personas en la llegada de la revelación de Dios. Dios tiene que encontrar una persona para confiarle Su verdad y usarla como Su boca.

(v) Notemos ahora el contenido de la revelación que viene a Juan. Es la revelación de «las cosas que deben suceder próximamente» (Apocalipsis 1:1). Hay aquí dos palabras importantes. Está la palabra deben. La Historia no es un mero azar; tiene un propósito. Y está la palabra próximamente. Aquí tenemos la prueba de que es totalmente equivocado usar el Apocalipsis como una especie de horario misterioso de lo que fuera a ocurrir miles de años después. Según lo ve Juan, las cosas de que trata están para desarrollarse inmediatamente. El Apocalipsis debe interpretarse sobre el trasfondo de su propio tiempo.

Los siervos de Dios

Dos veces aparece la palabra siervo en este pasaje. La revelación de Dios les fue enviada a Sus siervos por medio de Su siervo Juan. En griego es dulos, y en hebreo `ébed, que son difíciles de traducir satisfactoriamente. La traducción normal de dulos es siervo, esclavo. El verdadero obrero de Dios es de hecho Su esclavo. Un obrero puede dejar su empleo cuando quiera; tiene horas fijas de trabajo y también fuera del trabajo; trabaja por un sueldo; tiene una mente propia, y puede llegar a un convenio en cuanto a cuándo y a qué dedicar su trabajo. Un siervo no puede hacer ninguna de esas cosas: es la posesión absoluta de su amo, y no tiene ni voluntad ni tiempo propios. Dulos y `ébed expresan lo absolutamente que debemos rendirle nuestra vida a Dios.

Es de sumo interés notar a quiénes se aplican estas palabras en la Escritura. Abraham era un siervo de Dios (Génesis 26:24; Salmo 105:26; Daniel 9:11). Jacob era un siervo de Dios (lsaías 44: 1 s; 45:4; Ezequiel 37: 25). Caleb y Josué eran siervos de Dios (Números 14:24; Josué 24:29; Jueces 2:8; 2 Crónicas 24:6; Nehemías 1: 7; 10:29; Salmo 105:26; Daniel 9:11). David ocupa el segundo lugar, inmediatamente después de Moisés, como siervo típico de Dios (Salmo 132:10; 144:10; 1 Reyes 8:66; 11:36; 2 Reyes 19:34; 20:6; 1 Crónicas 17:4; en los epígrafes de los Salmos 18 y 36; Salmo 89:3; Ezequiel 34:24). Elías era un siervo de Dios (2 Reyes 9:36; 10:10). Isaías era un siervo de Dios (Isaías 20:3). Job era un siervo de Dios (Job 1:8; 42:7). Los profetas eran siervos de Dios (2 Reyes 21:10; Amós 3: 7). Los apóstoles eran siervos de Dios (Filipenses 1:1; 7lto 1:1; Santiago 1:1; Judas 1:1; Romanos 1:1; 2 Corintios 4:5). Un hombre como Epafras era un siervo de Dios (Colosenses 4:12). Todos los cristianos son también siervos de Dios (Efesios 6:6).

De esto se deducen dos cosas.

(i) Los hombres más importantes consideraban su más alto honor el hecho de ser siervos de Dios.

(ii) Debemos notar la amplitud de este servicio: Moisés, el legislador; Abraham, el aventurero peregrino; David, el zagal, el dulce cantor de Israel, el rey de la nación; Josué y Caleb, soldados y hombres de acción; Elías e Isaías, profetas y hombres de Dios; Job, fiel en la adversidad; los apóstoles, que comunicaron a la humanidad la historia de Jesús; todos los cristianos – somos todos siervos de Dios. No hay nadie a quien Dios no pueda usar si se somete a Su servicio.

Los benditos de Dios

Este pasaje finaliza con una bendición triple.

(i) La persona que lea estas palabras será bienaventurada o bendita. El lector que se menciona aquí no es el lector privado, sino el que lee públicamente la Palabra de Dios en presencia de la congregación. La lectura de la Escritura era el centro de cualquier culto judío (Lucas 4:16; Hechos 13:15). La Escritura se leía en las sinagogas judías a la congregación por siete miembros normales de la misma, aunque si estaban presentes un sacerdote o un levita se les concedía prioridad. La Iglesia Cristiana adoptó esta costumbre del orden de la sinagoga, y la lectura de la Escritura siguió ocupando una parte central del culto. Justino Mártir nos ha dejado la descripción más antigua de cómo era un culto en la Iglesia Primitiva; e incluía la lectura de «las memorias de los apóstoles (es decir, los evangelios) y los escritos de los profetas» (Justino Mártir 1:67). El de lector llegó a ser con el tiempo un cargo oficial en la Iglesia. Una de las quejas de Tertuliano sobre las sectas heréticas era la manera en que una persona podía llegar demasiado pronto a un cargo sin tener la debida formación. Escribe: «Así es que sucede que hoy hace uno de obispo, y mañana otro; hoy es uno diácono, y mañana lector (Tertuliano, Sobre la prescripción contra los herejes, 41).

(ii) La persona que oiga estas palabras será bendita. Haremos bien en recordar cuán gran privilegio es escuchar la palabra de Dios en nuestra propia lengua, privilegio por el que se ha pagado un precio muy elevado. Ha habido quienes han muerto para que pudiéramos tenerlo; y el clero profesional luchó mucho tiempo para reservárselo. Hasta el día de hoy se sigue luchando para dar las Escrituras en su propia lengua a todo el mundo.

(iii) El que guarde estas palabras será bendito. Oír la Palabra de Dios es un privilegio; obedecerla, es un deber. No es un cristiano verdadero el que oye la Palabra y la olvida o descuida deliberadamente. (Cp. Mateo 7:26s). Esto es mucho más relevante porque el tiempo es corto. El tiempo del cumplimiento está cercano (versículo 3). La Iglesia Original vivía en la expectación de la Segunda Venida de Jesucristo, y esa expectación era «la base de la esperanza en la adversidad y de la constante llamada a mantenerse alerta.» Totalmente aparte de eso, nadie sabe cuando recibirá la llamada para salir de este mundo; y, para encontrarse con Dios con confianza, se ha de añadir al escuchar con el oído el obedecer con toda la vida.

Hay siete benditos o bienaventurados en Apocalipsis.

(i) Están los bienaventurados que acabamos de estudiar. Podemos llamar a esta la bendición de leer, escuchar y obedecer la Palabra de Dios.

(ii) Son bienaventurados los que mueran en el Señor desde ahora en adelante (14:13). Podríamos llamar a esta la bienaventuranza en el Cielo de los amigos de Cristo en la Tierra.

(iii) Es bienaventurado el que se mantiene alerta y guarda sus vestiduras (16:15). Podríamos llamarla la bienaventuranza del peregrino vigilante.

(iv) Son bienaventurados los que están invitados a la cena de bodas del Cordero (19:9). Podríamos llamarla la bienaventuranza de los convidados de Dios.

(v) Es bienaventurada la persona que forma parte de la primera resurrección (20:6). Podríamos llamarla la bienaventuranza de la persona a la que no la puede tocar la muerte.

(vi) Es bienaventurado el que guarde las palabras de la profecía de este libro (22:7). Podríamos llamarla la bienaventuranza del lector sabio de la Palabra de Dios.

(vii) Son bienaventurados los que lavan sus ropas para tener derecho al árbol de la vida y entrar por las puertas de la ciudad celestial (22:14). Podríamos llamarla la bienaventuranza de los que viven con limpieza conforme a la voluntad de Dios.

Esta bendición se ofrece a todos los cristianos.

El mensaje y sus destinatarios

Aquí Juan, escribiendo a las siete iglesias que hay en Asia: Que la gracia sea con vosotros, y la paz, de El Que Es y Era y Ha De Venir, y de los siete Espíritus que están delante de Su trono, y de Jesucristo, el Testigo fidedigno, el Primogénito de entre los muertos, el Soberano de los reyes de la tierra. AL Que nos ama, y nos ha hecho libres de nuestros pecados al precio de Su propia sangre, y nos ha constituido en un reino de sacerdotes para Su Dios y Padre, a Él sean la gloria y el dominio para siempre. Amén.

Apocalipsis es una carta, escrita a las siete iglesias que hay en Asia. En el Nuevo Testamento, Asia no es el continente, sino la provincia romana. Había sido en tiempos el reino de Atalo 111, que se lo había legado a los romanos en su testamento.

Incluía la costa occidental de Asia Menor, a orillas del Mediterráneo, limitando con Frigia, Misia, Caria y Licia hacia el interior; y su capital era la ciudad de Pérgamo.

Las siete iglesias se nombran en el versículo 11: Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Estas no eran las únicas iglesias que había en Asia. Había también en Colosas (Colosenses 1:2); Hierápolis (Colosenses 4:13); Tróade (2 Corintios 2:12; Hechos 20: S); Mileto (Hechos 20:17); Magnesia y Tralles, como se ve por las cartas de Ignacio, obispo de Antioquía. ¿Por qué especificó Juan solamente estas siete? Puede que haya más de una razón para esta selección.

(i) Estas iglesias se podrían considerar los centros de siete distritos postales, colocadas en una especie de carretera circular que recorría el interior de la provincia. Tróade estaba fuera de las rutas comentes; pero Hierápolis y Colosas estaban a una distancia de a pie de Laodicea; y Tralles, Magnesia y Mileto estaban cerca de Éfeso. Las cartas que llegaran a estas siete ciudades podrían circular fácilmente por las zonas circundantes; y como las cartas se tenían que escribir a mano, cada una se mandaría adonde pudiera alcanzar más fácilmente al mayor número de lectores.

(ii) Una lectura, aunque sea de corrido, de Apocalipsis, muestra la preferencia que tiene Juan por el número siete. Aparece cincuenta y cuatro veces. Hay siete candelabros (1:12), siete estrellas (1:16), siete lámparas (4:5), siete sellos (5:1), siete cuernos y siete ojos (5:6), siete truenos (10:3), siete ángeles, siete plagas y siete copas (15:6-8). Los pueblos antiguos consideraban el siete como el número perfecto; y se encuentra por todo Apocalipsis.

De este hecho sacaron algunos de los primeros intérpretes una conclusión interesante. Siete es el número perfecto porque representa la plenitud. Por tanto, se sugiere que cuando Juan escribió a las siete iglesias, de hecho estaba escribiendo a toda la Iglesia en general. La primera lista que ha llegado a nosotros de los libros del Nuevo Testamento, que es el Canon de Muratori, dice de Apocalipsis: «Porque también Juan, aunque escribió en Apocalipsis a siete iglesias, sin embargo habla a todas ellas.»

Esto resulta aún más probable si recordamos lo que Juan repite: «El que tenga oído, que oiga lo que el Espíritu les dice a las iglesias» (2:7, 11, 17, 29; 3:6, 13, 22).

(iii) Aunque las razones que hemos aducido para esta elección de siete iglesias pueda ser válida, todavía puede serlo más el que las escogiera porque tuviera una responsabilidad especial en ellas; que fueran, en un sentido especial, sus iglesias, y que al dirigirse a ellas en primer lugar mandaba su mensaje a los que más conocía y amaba, y a partir de ellos a todas las iglesias de todos los tiempos.

La bendición y su origen

Empieza mandándoles la bendición de Dios.

Les manda la gracia, que quiere decir todos los dones inmerecidos del amor maravilloso de Dios. Les envía la paz, que R. H. Charles describe hermosamente como « la armonía entre Dios y el hombre restaurada mediante Cristo.» Pero hay dos cosas extraordinarias en este saludo.

(i) Juan envía la bendición de El Que Era, y Es, y Ha De Venir. Ese es ya en sí un título corriente de Dios. En Éxodo 3:14, la palabra de Dios a Moisés es: « Yo soy el Que soy.» Los rabinos judíos explicaban esta frase diciendo que Dios quería decir: «Yo fui; Yo sigo siendo, y seré en el futuro.» Los griegos decían de «Zeus que fue, que es, y que será.» Los adoradores órficos decían: « Zeus es el primero y Zeus es el último; Zeus está a la cabeza y Zeus está en el centro; y de Zeus proceden todas las cosas.» Eso es lo que Hebreos dice tan hermosamente: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos» (Hebreos 13:8).

Pero para obtener el significado total de esto debemos considerarlo en griego, porque Juan revienta aquí los límites de la gramática para mostrar su reverencia hacia Dios. Traducimos la primera frase por de El Que Es; en español es bastante correcto, pero no en griego. Un nombre o pronombre griego está en caso nominativo cuando es el sujeto de la oración; pero, cuando lleva delante una preposición, cambia de caso y de forma, como sucede en español con yo, que se cambia en me o mí cuando es complemento. Cuando Juan dice que la bendición viene de El Que Es -ho ón, participio del verbo ser- , debería haberlo puesto en genitivo después de la preposición de; pero, contra la ley de la gramática, lo deja en la forma del nominativo. Es como si pusiéramos en español de yo, en vez de mí. Juan tiene tal respeto a Dios que se niega a alterar Su nombre aunque lo exijan las reglas gramaticales.

Y no acaba aquí el uso alucinante que hace Juan del lenguaje. La segunda frase es de El Que Era. Lo mismo que en la frase anterior, El Que Era debería ser en griego un participio; pero lo curioso es que el verbo eimí, ser, no tiene participio pasado, en lugar del cual se usa guenómenos, del verbo guígnomai, que quiere decir no solo ser sino también llegar a ser. Llegar a ser implica cambio, y Juan se niega en redondo a aplicarle a Dios una palabra que implique cambio; así es que usa una frase griega que es gramaticalmente imposible y que no se había usado nunca.

En los días terribles en que estaba escribiendo, Juan afirmaba su corazón en la inmutabilidad de Dios, y desafiaba la gramática para hacer hincapié en su fe.

El espíritu séptuplo

Cualquiera que lea este pasaje no podrá por menos de sorprenderse de la manera en que se nos presenta aquí la Trinidad. Hablamos de Padre, Hijo y Espíritu Santo. Aquí tenemos a Dios el Padre, y a Jesucristo el Hijo; pero en vez del Espíritu Santo nos encontramos con los siete Espíritus que están delante de Su trono. Estos siete Espíritus se mencionan más de una vez en Apocalipsis (3:1; 4:5; 5:6). A esto se han ofrecido tres explicaciones principales.

(i) Los judíos hablaban de los siete ángeles de la presencia, a los que daban el bonito nombre de «los primeros siete blancos» (1 Henoc 90:21). Eran lo que solemos llamar los arcángeles, que «están al servicio de Dios y tienen acceso ante el Señor de la gloria» (Tobías 12:15, N.B.E.). No siempre se les dan los mismos nombres, pero los más corrientes son Uriel, Rafael, Ragüel, Miguel, Gabriel, Saicael y Jeremiel. Estaban a cargo de los elementos del mundo -fuego, aire y agua- y eran los ángeles de la guarda de las naciones. Eran los más ilustres y los más íntimos servidores de Dios. Algunos intérpretes creen que son los siete Espíritus que se mencionan aquí; pero eso no puede ser, porque, por muy grandes que fueran los arcángeles, eran seres creados.

(ii) La segunda explicación los relaciona con el famoso pasaje de Isaías 11:2, que decía en la Septuaginta, la versión griega del Antiguo Testamento: «El Espíritu del Señor reposará sobre Él, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de piedad; por este Espíritu estará lleno del temor de Dios.» Este pasaje es la base de la gran concepción de los séptuplos dones del Espíritu que aparece en la liturgia y en la himnología cristiana.

El Espíritu, como decía Beato, es uno en nombre pero séptuplo en virtudes. Si pensamos en el séptuplo don del Espíritu no nos es difícil pensar en el Espíritu como siete Espíritus, cada uno el dador de un gran. don a la humanidad. Así es que se ha sugerido que la concepción de los séptuplos dones del Espíritu fue el origen de la idea de los siete Espíritus que están delante del trono de Dios.

(iii) La tercera explicación conecta la idea de los siete Espíritus con las siete iglesias. En Hebreos 2:4 leemos que Dios da «repartimientos del Espíritu Santo.» La palabra original ahí es merismós, que quiere decir porciones, como si la idea fuera que Dios reparte Su Espíritu entre las personas. Así es que la idea aquí sería que los siete Espíritus representan la porción del Espíritu que Dios dio a cada una de las siete iglesias. Querría decir qué no se deja a ninguna comunión cristiana sin la presencia y el poder y la iluminación del Espíritu Santo.

Los títulos de Jesús

En el presente pasaje se Le aplican a Jesucristo tres grandes títulos.

(i) Es el Testigo al que podemos dar crédito. Es una idea favorita del Cuarto Evangelio que Jesús es testigo de la verdad de Dios. Jesús le dijo a Nicodemo: « De cierto, de cierto te digo que de lo que sabemos, hablamos, y de lo que hemos visto, testificamos» (Juan 3:11). Y a Pilato: «Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Juan 18:37). Un testigo es esencialmente una persona que habla de algo que conoce de primera mano. Por eso Jesús es el testigo de Dios. Es la Persona que tiene un conocimiento exclusivo y de primera mano de Dios.

(ii) Es el Primogénito de entre los muertos. La palabra original para primogénito es prótótokos, que puede tener dos significados.

(a) Puede querer decir literalmente primer nacido. Si se usa en este sentido, se refiere a la Resurrección. Mediante Su Resurrección Jesús obtuvo una victoria sobre la muerte de la que pueden participar todos los que creen en Él.

(b) Como el primogénito era el hijo que heredaba el honor y el poder del padre, prótótokos viene a querer decir Uno con poder y honor, Que ocupa el primer lugar, un príncipe entre los seres humanos. Cuando Pablo Le llama a Jesús el Primogénito de toda la Creación (Colosenses 1:15), quiere decir que Le corresponde a Él el primer lugar de honor y de gloria. Si tomamos la palabra en este sentido -como probablemente debemos quiere decir que Jesús es el Señor de los que ya han muerto como lo es de los que todavía están vivos. No hay parte del universo, de este mundo ni de ningún otro, ni de la vida ni de la muerte, de la que Jesucristo no sea Señor.

(iii) Es el Soberano de los reyes de la tierra. Aquí debemos notar dos cosas. (a) Hay aquí una reminiscencia del Salmo 89:27: « Yo también Le pondré por Primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra.» Los eruditos judíos siempre consideraron que aquí se hacía referencia al Mesías por venir; y por consiguiente, decir que Jesús es el Soberano de los reyes de la tierra es proclamarle el Mesías. (b) Swete señala hermosamente la conexión entre este título de Jesús y el relato de Sus tentaciones en el desierto, en el que se nos dice que el Diablo subió a Jesús a una montaña muy alta y Le mostró todos los reinos de la tierra y su gloria, y Le dijo: « Te los daré todos si Te postras y me rindes pleitesía» (Mateo 4:8s; Lucas 4:6s). El Diablo pretendía que se le habían entregado a él todos los reinos de la tierra (Lucas 4:6); y Le hacía la propuesta a Jesús que, si hacía un trato con él, le daría una parte, en ellos. Lo alucinante es que lo que Le propuso el Diablo a Jesús -que no habría podido cumplir-, lo ganó Jesús para Sí por el sufrimiento de la Cruz y el poder de la Resurrección. Sin componendas con el mal, sino mediante la lealtad inquebrantable y el amor indefectible con que aceptó la Cruz, Jesús llegó al señorío universal.

Lo que hizo Jesús por la humanidad

Pocos pasajes presentan con igual esplendor lo que hizo Jesús por la humanidad.

(i) El nos ama y nos hace libres de nuestros pecados al precio de Su propia sangre. La Reina-Valera comete aquí un error. Dice: «Al que nos ama, nos ha lavado de nuestros pecados con Su sangre…» Las palabras para lavar y libertar son muy semejantes en griego. Lavar es lúein, y libertar es lyein; pero no cabe duda de que los manuscritos griegos más antiguos y mejores ponen lyein. También con Su sangre es una traducción defectuosa. La palabra que se traduce por con es en griego en, que aquí es una traducción del hebreo be, que quiere decir al precio de lo que Jesús hizo, según lo veía Juan, es que nos libertó de nuestros pecados al precio de Su propia sangre. Esto es exactamente lo que dice más adelante cuando habla de los que fueron redimidos por Dios por la sangre del Cordero (5:9). Es exactamente lo que Pablo quería decir cuando hablaba de que hemos sido redimidos de la maldición de la Ley (Gálatas 3:13); y cuando hablaba de redimir a los que estaban bajo la Ley (Gálatas 4:5). En estos casos la palabra que se usa es exagorázein, que quiere decir sacar algo comprándolo, es decir, pagar el precio para comprar a una persona o cosa sacándola de la posesión del que la tenía bajo su poder.

Esta es una corrección muy interesante e importante a la versión Reina-Valera. Se encuentra en todas las traducciones más recientes -N.B.E.›75; R-V›77 CLIE; R.VA.›1989, etc., etc.- lo que quiere decir que las frases trilladas como «ser lavados en la sangre del Cordero» tienen poca base escritural. Esas frases pintaban un cuadro inquietante; y puede que traiga un cierto alivio a muchos el saber que lo que dijo Juan fue que somos libertados del poder de nuestros pecados al precio de la sangre, es decir, de la vida ofrendada de Jesucristo.

Aquí hay otra cosa muy significativa. Debemos poner aténción en los tiempos de los verbos. Juan dice que Jesús nos ama y nos libertó. Ama está en el presente, y quiere decir que el amor de Dios en Jesucristo es constante e invariable. Nos libertó está en el pasado, el aoristo en griego, lo que indica que es una acción completada en el pasado, y quiere decir que en el único acto de la Cruz se logró nuestra liberación del pecado. Es decir, que lo que sucedió en la Cruz fue una acción definitiva y eficaz en el tiempo, que era la expresión del amor eterno de Dios.

(ii) Jesús nos ha constituido en un reino y nos ha hecho sacerdotes de Dios. Esta es una cita de Éxodo 19:6: « Vosotros Me seréis un reino de sacerdotes y gente santa.» Jesús ha hecho dos cosas por nosotros.

(a) Nos ha conferido la realeza. Por medio de Él llegamos a ser verdaderos hijos de Dios; y si somos hijos del Rey de los reyes, pertenecemos a un linaje de realeza sin igual.

(b) Nos ha constituido sacerdotes. El tema es el siguiente. Bajo la antigua dispensación, el sacerdote era el único que tenía derecho de acceso a Dios. Cuando un judíos entraba en el Templo, podía atravesar el Atrio de los Gentiles, el Atrio de las Mujeres y el Atrio de los Israelitas -pero allí se tenía que detener; no podía entrar en el Atrio de los Sacerdotes, ni acercarse más al Lugar Santísimo. En la visión de los grandes días por venir, Isaías había dicho: «Se os llamará sacerdotes del Señor» (ísaías 61:6). Ese día, todos los del pueblo serían sacerdotes y tendrían acceso a Dios. Eso es lo que Juan quería decir; en virtud de lo que Jesucristo ha hecho, está abierto el acceso a la presencia de Dios para todas las personas. Existe el sacerdocio de todos los creyentes. Podemos acudir con confianza al Trono de la Gracia (Hebreos 4:16), porque tenemos un camino nuevo y vivo a la presencia de Dios (Hebreos 10:19-22).

La gloria por venir

He aquí que viene con las nubes, y todo ojo Le verá, y Le verán los que Le traspasaron; y todas las tribus de la tierra se lamentarán por Él. ¡Sí! ¡Amén!

Desde ahora en adelante tendremos que notar en casi todos los pasajes el uso que hace Juan constantemente del Antiguo Testamento. Estaba tan empapado del Antiguo Testamento que casi no podía escribir un párrafo sin citarlo. Esto es interesante y significativo. Juan vivía en un tiempo cuando ser cristiano era estar en constante peligro de muerte. Él mismo experimentó el destierro y la cárcel y los trabajos forzados; y muchos experimentaron la muerte en sus formas más crueles. La mejor manera de mantener el coraje y la esperanza en tal situación era recordar que Dios no había fallado nunca en el pasado; y que Su poder no había disminuido en el presente.

En este pasaje presenta Juan el lema y el texto de todo su libro, su confianza en el glorioso retorno de Cristo, Que había de rescatar a los angustiados cristianos de la crueldad de sus enemigos.

(i) Para los cristianos, el retorno de Cristo es una promesa con la que alimentan sus almas. Juan toma su imagen del retorno de la visión de Daniel de los cuatro poderes bestiales que han mantenido el mundo en sus garras (Daniel 7:1-14). Estaban Babilonia, la potencia que era como un león con alas de águila (7:4); Persia, la potencia que era como un oso salvaje (7:5); Grecia, la potencia que era como un leopardo con cuatro alas (7:6). Y estaba Roma, la bestia de dientes de hierro, realmente indescriptible (7:7). Pero el día de estas potencias bestiales llegó a su fin, y se le dio el dominio a un poder benigno como un hijo de hombre. «Miraba yo en la visión de la noche, y vi que con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre; vino hasta el Anciano de Días, y le hicieron acercarse delante de Él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran» (7:13s). Es de ese pasaje de Daniel de donde procede la frecuente imagen del Hijo del Hombre que viene en las nubes (Marcos 13:26; 14:62; Mateo 24:30; 26:64). Cuando lo despojamos de sus aderezos puramente temporales -por ejemplo, ya no pensamos en el Cielo como un lugar ubicado por encima de los cielos- nos quedamos con la verdad inalterable de que llegará un día cuando Jesucristo será el Señor de todo el universo. En esa esperanza ha estado la fuerza y el consuelo de los cristianos para los que la vida era difícil y su fe los llevaba a la muerte.

(ii) Para Sus enemigos, el retorno de Cristo es una amenaza. Para aclarar este punto, Juan cita otra vez el Antiguo Testamento, en Zacarías 12:10: «Cuando miren al que traspasaron, harán duelo por él como se haría por un hijo único, y le llorarán amargamente como se llora a un primogénito.» La historia que hay detrás del dicho de Zacarías es que Dios le había dado a Su pueblo un buen pastor; pero el pueblo, en su desobediente locura, le mató, y se buscaron pastores malvados y egoístas. Pero llegaría un día cuando, por la gracia de Dios, se arrepentirían con dolor, y ese día se acordarían del buen pastor al que habían traspasado, y lamentarían apesadumbrados su pérdida y lo que le habían hecho. Juan toma esta imagen, y se la aplica a Jesús. Los hombres Le crucificaron; pero llegará el día cuando Le vean otra vez, y entonces Él no será una figura quebrantada en una cruz, sino una figura regia a la que se haya entregado el dominio universal.

La primera referencia de estas palabras es a los judíos y a los romanos que crucificaron de hecho a Jesús. Pero en todo tiempo, todos los que pecan Le crucifican otra vez. Llegará el día cuando los que despreciaron y se opusieron a Jesucristo Le verán como Señor del universo y juez de sus almas.

Juan cierra el pasaje con dos exclamaciones: « ¡Sí, desde luego! ¡Que sea así!» A1 usar la expresión tanto en griego como en hebreo, Juan subraya su terrible solemnidad.

El Dios en quien confiamos

Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios, el Que es y el Que era y el Que ha de venir, el Todopoderoso.

Aquí tenemos una descripción maravillosa del Dios en Quien confiamos y al Que adoramos.

(i) Es el alfa y la omega. Alfa es la primera letra, y omega la última del alfabeto griego; y la frase de alfa a omega expresa plenitud. La primera letra del alfabeto hebreo es el álef, y la última la tau; y los hebreos tenían un dicho paralelo. Los rabinos decían que Adán transgredió la Ley del álef ala tau, y que Abraham la cumplió del álef ala tau. Decían que Dios había bendecido a Israel del álef ala tau. Esta expresión indica que Dios es absolutamente completo: tiene en Sí lo que llamaba H. B. Swete «la vida ilimitada que lo abarca y lo transciende todo.»

(ii) Dios es el Que es y el Que era y el Que ha de venir. Es decir: es el Eterno. Era antes de que empezara el tiempo; es ahora, y seguirá siendo cuando acabe el tiempo. Ha sido el Dios de todos los que han confiado en Él; es el Dios en Quien podemos poner nuestra confianza en el momento presente, y no puede haber ningún acontecimiento ni tiempo en el futuro que nos pueda separar de Su amor. «Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados ni potestades, ni lo presente ni lo porvenir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor que Dios nos ha mostrado en Jesucristo nuestro Señor» (Romanos 8:38s).

(iii) Dios es Todopoderoso. La palabra griega para Todopoderoso es Pantokrátór, que describe al Que tiene dominio sobre todas las cosas.

Es un hecho sugestivo que esta palabra aparece siete veces en el Nuevo Testamento. Se encuentra una vez en 2 Corintios 6:18 en una cita del Antiguo Testamento, y las otras seis en Apocalipsis. Esta palabra es característica de Juan. Pensemos en las circunstancias en que estaba escribiendo. El poder aguerrido de Roma se había erguido para aplastar a la Iglesia Cristiana.

Ningún imperio había podido resistir a Roma; ¿qué posibilidad podía tener «el rebañito jadeante y acurrucado cuyo crimen era Cristo?» Humanamente hablando, la Iglesia Cristiana no podía sobrevivir; pero, si los hombres pensaban de esa manera era porque dejaban fuera de sus cálculos el Factor más importante: Dios el Pantokrátór, en Cuya mano están absolutamente todas las cosas.

Esta es la palabra que describe en el Antiguo Testamento griego al Señor de Sabaot, el Señor de los Ejércitos (Amós 9:5; Oseas 12:5). Es la palabra que usa Juan en el texto extraordinario: «¡El Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!» (Apocalipsis 19:6).

A las personas que están en las manos de Dios, nada ni nadie Se las puede arrebatar. Si tal Dios está detrás de la Iglesia Cristiana, mientras la Iglesia sea fiel a Su Señor nada ni nadie la podrá destruir. Castillo fuerte es nuestro Dios – defensa y buen escudo; con Su poder nos librará – en este trance agudo. Con furia y con afán – acósanos Satán. Por armas deja ver – astucia y gran poder, cual él no hay en la Tierra. Nuestro valor es nada aquí, – por él todo es perdido, mas por nosotros luchará – de Dios el Escogido. ¿Sabéis Quién es? ¡Jesús, – el Que venció en la Cruz, Señor de Sabaot! – Y pues Él solo es Dios, Él triunfa en la batalla.

Por la tribulación al reino

Yo Juan, vuestro hermano y camarada en la tribulación, en el Reino y en esa resistencia inalterable que sólo la vida en Cristo puede dar, estaba en la isla que se llama Patmos por causa de la Palabra que Dios nos dio y que Jesucristo nos confirmó.

Juan se presenta, no con títulos oficiales sino como vuestro hermano y camarada en la tribulación. Basaba su derecho a hablar en el hecho de haber pasado por todo lo que estaban pasando los destinatarios de su mensaje. Ezequiel escribe en su libro: « Y vine a los cautivos en Tel-Aviv, que moraban junto al río Quebar, y me senté allí atónito junto a ellos» (Ezequiel 3:15). Nadie escuchará a uno que predique resistencia desde un cómodo sillón, o coraje heroico desde una prudente seguridad. Sólo puede ayudar a los que están pasando pruebas el que las ha pasado en persona. Como dicen los indios: «Nadie puede criticar a otro hasta andar un día en sus mocasines» -«hasta estar en su pellejo.» Juan y Ezequiel podían hablar porque se habían sentado donde sus hermanos.

Juan agrupa tres palabras: tribulación, reino y resistencia inalterable. Tribulación es en griego thlípsis. Originalmente quiere decir sencillamente presión, y podría describir, por ejemplo, el peso de una losa sobre el cuerpo de una persona. En un principio se usaba literalmente, pero en el Nuevo Testamento llegó a significar la presión de acontecimientos tales como la persecución. La resistencia inalterable es hypomoné, que no se refiere a la paciencia que se somete pasivamente a la marea de los acontecimientos, sino que describe el espíritu de coraje y conquista que impulsa a la caballerosidad y que transforma aun el sufrimiento en gloria. La situación de los cristianos era tal que estaban en thlípsis y, según lo veía Juan, en medio de los acontecimientos que precedían al fin del mundo. Estaban esperando ilusionadamente el Reino, basileía, en el que deseaban entrar y en el que habían puesto el corazón. No había más que un camino de thlípsis a basileía, de la aflicción a la gloria, y era hypomoné, la resistencia conquistadora. Jesús había dicho: «El que resista hasta lo último se salvará» (Mateo 24:13). Pablo les decía a los suyos: « Si resistimos, reinaremos con Él» (2 Timoteo 2:12).

El camino al Reino es el camino de la resistencia. Pero antes de dar por terminado este pasaje debemos notar una cosa. Esa resistencia se encuentra en Cristo. Él resistió hasta el fin, y por tanto puede capacitar a los que caminan con Él a alcanzar la misma resistencia y la misma meta que Él.

La isla del destierro

Juan nos dice que cuando tuvo las visiones de Apocalipsis estaba en Patmos. Era una tradición unánime de la Iglesia Primitiva que había sido desterrado a Patmos en el reinado de Domiciano. Jerónimo dice que Juan fue desterrado en el año decimocuarto después de Nerón, y liberado a la muerte de Domiciano (Sobre los hombres ilustres, 9). Esto querría decir que fue desterrado a Patmos el año 94 y liberado hacia el 96.

Patmos, una isleta rocosa desértica que forma parte del archipiélago de las Espóradas, tiene 15 kilómetros de largo por 8 de ancho, y una forma de media luna con los cuernos hacia el Este. Su forma la hace un buen puerto natural. Se encuentra a cuarenta millas de la costa de Asia Menor, y era importante porque era el último puerto de la travesía de Roma a Éfeso y el primero en sentido contrario.

El destierro a una isla remota era una condena corriente en los tiempos del Imperio Romano. Se les imponía a los presos políticos en lugar de castigos peores. Tales destierros conllevaban la pérdida de los derechos civiles y de las propiedades a excepción de las necesarias para la mera existencia. Los así desterrados no sufrían malos tratos ni estaban metidos en la cárcel en la isla que les correspondiera, y tenían libertad de movimiento dentro de ciertos límites. Tal habría sido el destierro de los presos políticos; pero sería muy otra cosa para Juan: él era un dirigente de los cristianos, y los cristianos eran delincuentes comunes. Lo extraño es que no le ajusticiaran inmediatamente. El destierro para él supondría trabajos forzados en las canteras.

Sir William Ramsay dice que su castigo «iría precedido de azotes, marcado con constantes cadenas, poca ropa, comida insuficiente, dormir en el suelo desnudo, una prisión oscura y trabajar bajo el látigo de supervisores militares.» Patmos dejó sus marcas en la escritura de Juan. Hasta este día se enseña a los visitantes una cueva en el acantilado que da al mar en la que se dice que se escribió Apocalipsis. Hay una vista magnífica del mar desde Patmos y, como dice Strahan, Apocalipsis está lleno «las perspectivas y los sonidos del mar infinito.» La palabra thálassa, mar, aparece en Apocalipsis no menos de veinticinco veces. Strahan escribe: «En ningún sitio es «el sonido de las muchas aguas» más musical que en Patmos; en ningún lugar forma el sol naciente y poniente un espejo más espléndido de «mar de vidrio mezclado con fuego;» pero tampoco hay en ningún otro sitio un anhelo natural semejante de que el mar separador deje de ser.»

Fue a todas las angustias y al dolor y al agotamiento del destierro y a los trabajos forzados de Patmos adonde fue desterrado Juan por causa de la Palabra que Dios nos dio. Por lo que se refiere al original, esa frase puede tener tres interpretaciones. Podría querer decir que Juan fue a Patmos a predicar la Palabra de Dios; o que se retiró a la soledad de Patmos para recibir la Palabra de Dios y las visiones de Apocalipsis; pero es casi seguro que quiere decir que fue por su lealtad inquebrantable a la Palabra de Dios y por su insistencia en predicar en Evangelio de Jesucristo por lo que se le impuso la condena del destierro a Patmos.

En el espíritu en el día del Señor

Estaba yo en el Espíritu en el Día del Señor, cuando oí detrás de mí una voz tan fuerte que parecía un toque de trompeta que me decía: « Escribe en un libro lo que vas a ver, y envíaselo a las siete iglesias: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Datira, Sardis, Filadelfia y Laodicea.» Históricamente este es un pasaje muy interesante, porque es la primera vez que se hace referencia al Día del Señor.

Ya nos hemos referido varias veces al Día del Señor como el día de ira y de juicio en que esta era presente con todos sus males terminará definitivamente para dejar paso a la era por venir. Algunos creen que Juan está diciendo que se sintió transportado en una visión al Día del Señor, y que vio anticipadamente todas las cosas maravillosas que sucederán entonces.

Son pocos los que sustentan esa interpretación, que no nos parece que hace justicia a las palabras. No cabe duda que cuando Juan usa esta expresión del Día del Señor lo hace con el mismo sentido que le damos nosotros -el domingo, del latín dominicus [dies, día] del Señor-. Es la primera vez que se menciona así en la literatura.

¿Cómo dejó de observar el sábado la Iglesia Cristiana, y pasó a observar el domingo? El sábado conmemoraba el descanso de Dios después de completar la obra de la Creación; y el domingo conmemora la Resurrección de Jesucristo. Las tres referencias más tempranas al Día del Señor bien puede ser que sean las siguientes. La Didajé, La Doctrina de los Doce Apóstoles, el primer manual de cultos y enseñanza cristiana, dice de la Iglesia: « El Día del Señor nos reunimos y partimos el pan» (Didajé 14:1). Ignacio de Antioquía, escribiendo a los magnesios describe a los cristianos como los que « ya no viven para el sábado, sino para el Día del Señor» (Ignacio, A los magnesios, 9:1). Melitón de Sardes escribió un . tratado Acerca del Día del Señor. A primeros del siglo II ya se había sustituido el sábado por el domingo cristiano.

Una cosa parece cierta. Todas estas referencias proceden de Asia Menor, donde se introdujo la observancia del Día del Señor. Pero, ¿qué fue lo que sugirió a los cristianos que guardaran semanalmente el primer día de la semana? En el Oriente había un día del mes y un día de la semana llamado Sebasté, que quiere decir El Día del Emperador; fue sin duda esto lo que hizo que los cristianos decidieran dedicar a su Señor el primer día de la semana.

Juan estaba en el Espíritu. Esta frase quiere decir que estaba en un éxtasis en el que se sintió elevado de las cosas del espacio y el tiempo al mundo de la eternidad. «El Espíritu me elevó -dijo Ezequiel (3:12)-, y oí detrás de mí el ruido de un gran terremoto.» Para Juan era como el toque de una trompeta. El toque de trompeta está entrelazado en el lenguaje del Nuevo Testamento (Mateo 24:31; 1 Corintios 15:52; 1 Tesalonicenses 4:16). Sin duda Juan tenía aquí en mente otra figura del Antiguo Testamento. En el relato de la promulgación de la Ley se dice: « Hubo truenos y relámpagos, una espesa nube cubrió el monte y se oyó un sonido como un toque de trompeta muy fuerte» (Éxodo 19:16). La voz de Dios sonaba con la claridad inconfundible e impelente de un toque de trompeta. « Si el toque de trompeta no fuera claro, ¿quién se prepararía para la batalla?» (1 Corintios 14:8).

A Juan se le dice que escriba la visión que vea. Su obligación es compartir el mensaje que Dios le dé: Uno debe primero oír, y luego transmitir a cualquier precio. Puede que uno tenga que retirarse para recibir la visión, pero también debe salir a comunicarla.

Dos frases van juntas. Juan estaba en Patmos, y estaba en el Espíritu. Ya hemos visto cómo era Patmos, y lo que Juan tuvo que soportar allí. No importa dónde esté uno, ni lo difícil que le sea la vida, ni lo que esté pasando; siempre le es posible estar en el Espíritu. Y si está en el Espíritu, aun en Patmos, le alcanzarán la gloria y el mensaje de Dios.

El mensajero divino

Entonces me volví para ver la voz que me había hablado; y al volverme vi siete candelabros de oro en medio de los cuales estaba uno que parecía un hijo de hombre vestido de una túnica que le llegaba a los pies y con el pecho ceñido con un cinto de oro.

Ahora empezamos con la primera de las visiones de Juan; y veremos que su mente estaba tan saturada de las Sagradas Escrituras que uno tras otro de los elementos del cuadro tiene un trasfondo y una contrapartida del Antiguo Testamento.

Dice que se volvió para ver la voz. Nosotros diríamos: «Me volví para ver de quién era la voz que me hablaba.»

Cuando se volvió, vio siete candelabros de oro. Juan no se limita a aludir al Antiguo Testamento, sino que toma porciones de muchas de sus partes y las compone en su escena. La imagen de los siete candelabros de oro tiene tres fuentes.

(a) Procede de la imagen del candelabro de oro puro que había en el Tabernáculo. Había de tener seis brazos, tres a cada lado, y siete lámparas para alumbrar (Éxodo 25:31-37).

(b) Procede de la imagen del Templo de Salomón. En él había de haber cinco candelabros de oro puro a la derecha y cinco a la izquierda (1 Reyes 7:49).

(c) Procede de la visión de Zacarías, que vio «un candelabro de oro macizo, con un depósito arriba, con sus siete lámparas» (Zacarías 4:2).

Cuando Juan tiene una visión, la ve en términos de escenas de los lugares y ocasiones del Antiguo Testamento en que Dios Se reveló a Su pueblo. Sin duda hay aquí una lección. La mejor manera de prepararse para una revelación nueva de la verdad es estudiar la revelación que ha dado Dios en el pasado.

En medio de los candelabros vio a uno que parecía un hijo de hombre. Aquí nos encontramos en la descripción de Daniel 7:13, en la que el reino y el poder y el dominio se los da el Anciano de Días a uno semejante a un hijo de hombre. Como sabemos por el uso que hace Jesús de este título, Hijo de Hombre llega a ser nada menos que un título del Mesías; y al usarlo aquí Juan deja bien claro que la revelación que va a recibir procede del mismo Jesucristo.

Esta figura estaba vestida con una túnica que le llegaba a los pies y con el pecho ceñido con un cinto de oro. Aquí tenemos otras tres referencias al Antiguo Testamento.

(a) La palabra que describe la túnica es podérés, que le llegaba a los pies. Esta es la palabra que usa el Antiguo Testamento griego para describir la túnica del sumo sacerdote (Éxodo 28:4; 29:5; Levítico 16:4). Josefo también describe detalladamente las vestiduras que usaban los sacerdotes y los sumos sacerdotes cuando ejercían su ministerio en el Templo. Llevaban «una túnica larga que les llegaba a los pies,» y al pecho «por encima de los codos,» llevaban un cinto suelto que les daba varias vueltas. Este cinto estaba bordado con colores y flores entrelazados de oro (Josefo, Las antigüedades de los judíos, 3.7:2,4).

Todo esto quiere decir que la descripción de la túnica y el cinto del Cristo glorificado se corresponden casi exactamente con las vestiduras de los sacerdotes y los sumos sacerdotes. Así es que aquí tenemos el símbolo del carácter sumosacerdotal de la obra del Señor Resucitado. Un sacerdote, y especialmente el sumo sacerdote, eran hombres que tenían acceso a Dios y que les abrían el camino a los demás hombres para que pudieran dirigirse a Él; hasta en los lugares celestiales Jesús, el gran Sumo Sacerdote de nuestra profesión, está llevando a cabo Su ministerio, abriéndoles el camino a todas las personas a la presencia de Dios.

(b) Pero había otras personas además de los sacerdotes que llevaban túnicas largas hasta los pies y un cinto alto. Eran las vestiduras de los nobles, los príncipes y los reyes. Podérés es la descripción de la túnica de Jonatán (1 Samuel 18:4); de Saúl (1 Samuel 24:5, Il ); de los soberanos del mar (Ezequiel 26:16). La túnica que llevaba el Cristo Resucitado representaba Su realeza. Ya no era un delincuente en una cruz; estaba vestido como Rey.

Cristo, nuestro Sacerdote y Rey.

(c) Y aun nos falta otra referencia. En la visión de Daniel, la figura divina que se le dirigió para decirle la verdad acerca de Dios estaba vestida de lino fino (el Antiguo Testamento griego llama esta vestidura podérés) y ceñida de oro fino (Daniel 10:5).

Así es que esta era la vestidura del mensajero de Dios, que nos presenta a Jesucristo como el supremo Mensajero de Dios. Aquí tenemos una figura impresionante. Cuando trazamos los orígenes del pensamiento de Juan vemos que mediante la descripción de las vestiduras del Señor Resucitado nos Le está presentando como revestido de Su triple ministerio eterno de Profeta, Sacerdote y Rey, el Que trae la verdad de Dios, el Que nos permite entrar a la presencia de Dios y el Que ha recibido de Dios el poder y el dominio para siempre.

La figura del Cristo resucitado

Tenía la cabeza y el pelo blancos, tan blancos como la lana, o más, como la nieve; los ojos, como fuego llameante; los pies, como bronce pulido refinado a fuego en un crisol; y Su voz era como el estruendo de muchas aguas; tenía en Su diestra siete estrellas, y Le salía de la boca una espada aguda de doble filo; Su rostro era como el Sol cuando está en la plenitud de su resplandor.

Cuando Le vi, caí como muerto a Sus pies. Y Él me puso encima Su mano derecha y me dijo: Deja de tener miedo. Yo soy el Primero y el Último; y soy el Viviente, aunque estuve muerto; y he aquí que estoy vivo para siempre jamás; y tengo las llaves de la muerte y del Hades.

Antes de empezar a estudiar este pasaje en detalle, hay dos hechos generales que debemos considerar.

(i) Es fácil dejar de ver lo cuidadosamente elaborado que está Apocalipsis. No es un libro que se compusiera precipitadamente; es un conjunto íntimamente entrelazado y literariamente artístico. En este pasaje tenemos toda una serie de descripciones del Cristo Resucitado; y lo interesante es que cada una de las cartas a las Siete Iglesias que aparecen en los dos próximos capítulos, con la sola excepción de la carta a Laodicea, empieza con una descripción del Cristo Resucitado tomada de este capítulo. Es como si en él resonara una serie de temas que llegaran a ser después los textos de las cartas a las Iglesias.

Pongamos por orden los principios de las primeras seis cartas para ver cómo se corresponden con la descripción del Cristo Resucitado de este pasaje.

Escribe al ángel de la Iglesia de Éfeso: «Loas palabras del Que sostiene las siete estrellas en Su mano derecha» (2:1).

Escribe al ángel de la Iglesia de Esmirna: «Las palabras del Primero y el último, Que murió y volvió a la vida» (2:8).»

Escribe al ángel de la Iglesia de Pérgamo: «Las palabras del Que tiene la espada aguda de doble filo» (2:12).

Escribe al ángel de la Iglesia de Tiatira: «Las palabras del Hijo de Dios, Que tiene ojos coma fuego llameante y

Cuyos pies son como bronce bruñido» (2:18).

Escribe al ángel de la Iglesia de Sardis: «Las palabras del Que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas» (3:1).

Escribe al ángel de la Iglesia de Filadelfia: «Las palabras del Santo y Verdadero Que tiene la llave de David, Que abre y nadie puede cerrar, Que cierra y nadie puede abrir» (3:7).

Esta es artesanía literaria de la mejor calidad.

(ii) La segunda cosa que debemos notar es que Juan toma títulos en este pasaje que se aplican a Dios en el Antiguo Testamento y se los adscribe al Cristo Resucitado. Tenía la cabeza y el pelo blancos, tan blancos como la lana, o más, como la nieve. En Daniel 7:9 esa descripción corresponde al Anciano de Días. Su voz era como el estruendo de muchas aguas. En Ezequiel 43:2 se describe así la voz del mismo Dios. Tenía en Su diestra siete estrellas. En el Antiguo Testamento es Dios mismo Quien controla las estrellas. Dios mismo le pregunta a Job: «¿Podrás tú anudar los lazos de las Pléyades, o desatar las ligaduras de Orión?» (Job 38:31). Yo soy el Primero y el último. Isaías oyó decir a Dios: «Yo soy el Primero, y Yo soy el último» (Isaías 44:6; cp. 48:12). Yo soy el Viviente. En el Antiguo Testamento Dios es «el Dios vivo» por antonomasia (Josué 3:10; Salmo 42:2; Oseas 1:10). Tengo las llaves de la muerte y del Hades. Los rabinos decían que había tres llaves que Le pertenecían a Dios y que Él no compartiría con ningún otro: las del nacimiento, la lluvia y la resurrección. No tenía Juan mejor manera de demostrar la reverencia que sentía por Jesucristo. Le aplica nada menos que los títulos que se dan a Dios en el Antiguo Testamento. De gloria coronado está el Rey y Vencedor Que hubo un día de llevar corona de dolor.

No habrá más digno ni alto honor que el Cielo pueda dar que el que a Jesús correspondió: eterno Rey de Paz. (Thomas Kelley – Tr. Federico J. Pagura).

Los títulos del Señor Resucitado

Consideremos brevemente cada uno de los títulos que corresponden al Señor Resucitado. Tenía la cabeza y el pelo blancos, tan blancos como la lana, o más, como la nieve. Esto, tomado de la descripción del Anciano de Días de Daniel 7: 9, representa dos cosas. (a) Representa una gran edad; y nos habla de la existencia eterna de Jesucristo. (b) Nos habla de Su pureza divina. La nieve y la lana blanca son los emblemas de la pureza inmaculada. «Aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana» (Isaías 1:18). Aquí tenemos los símbolos de la preexistencia y la impecabilidad de Cristo. Tenía los ojos como fuego llameante.

Juan tiene siempre en mente a Daniel, y esta es parte de la descripción de la figura divina que le trajo la visión a Daniel. «Sus ojos antorchas de fuego» (Daniel 10:6). Cuando leemos la historia evangélica sacamos la impresión de que el que había visto una vez los ojos de Jesús ya no los podía olvidar. Una y otra vez se nos describen recorriendo un círculo de personas (Marcos 3:34; 10:23; 11: Il ); a veces, llameando de ira (Marcos 3: S); a veces, fijándose con amor en alguien (Marcos 10:21); y a veces inundados de dolor por las heridas que Le habían infligido en lo más íntimo Sus amigos (Lucas 22:61).

Tenía los pies, como bronce pulido refinado a fuego en un crisol. La palabra que traducimos por bronce pulido es jalkola?banon.1Vo se sabe a ciencia cierta qué metal era. Tal vez se trataba del fabuloso compuesto llamado electrum, que los antiguos creían que era una aleación de oro y plata, y más preciosa que cualquiera de los dos. Aquí de nuevo es el Antiguo Testamento el origen de la visión de Juan. En Daniel se nos dice del mensajero divino que eran «sus pies -¿o piernas?como de color de bronce bruñido» (Daniel 10:6); en Ezequiel se dice de los seres angélicos que les centelleaban los pies a manera de bronce muy bruñido (Ezequiel 1:7). Puede ser que debamos ver dos cosas en esta figura. El bronce representa la fuerza, la estabilidad de Dios; y los rayos resplandecientes, la velocidad, la prontitud de Dios para venir en ayuda de los Suyos o para castigar el pecado.

Su voz era como el estruendo de muchas aguas. Esta descripción corresponde a la voz de Dios en Ezequiel 43:2. Pero puede ser que podamos captar un eco de la isleta de Patmos. Como dice H. B. Swete: «El rugido del Egeo estaba en los oídos del vidente.» Y añade a continuación que la voz de Dios no se reduce a una sola nota. Aquí es como el rugido del mar, pero también puede ser como «el silbo apacible y delicado» (1 Reyes 19:12), o, como lo interpretó la versión griega del Antiguo Testamento, como una brisa benigna. Puede tronar una reprensión; o musitar consuelo tranquilizador como una nana materna a un bebé inquieto.

Tenía en Su diestra siete estrellas.

De nuevo tenemos aquí algo que es prerrogativa exclusiva de Dios. Pero es también algo precioso. Cuando el vidente cayó de temor reverente ante la visión, el Cristo Resucitado le tendió Su diestra y la puso suavemente sobre él diciéndole que no tuviera miedo. La mano de Cristo es suficientemente poderosa para sostener los cielos, y suficientemente benigna para enjugar nuestras lágrimas.

Le salía de la boca una espada aguda de doble filo.

La espada a la que se hace referencia no era larga y estrecha como la de un esgrimidor, sino corta, con la forma de la lengua, que se usaba en el combate cuerpo a cuerpo. De nuevo vemos que el vidente ha acudido aquí y allá al Antiguo Testamento para encontrar la figura. Isaías decía de Dios: «Herirá la tierra con la vara de Su boca» (Isaías 11:4); y de Su Siervo: «Puso mi boca como espada afilada» (Tsaías 49:2). Este símbolo nos, habla de la cualidad penetrante de la Palabra de Dios. Si la escuchamos, no habrá escudo de autodecepción que la pueda resistir; desnuda nuestros propios engaños y nuestros pecados, y nos conduce al perdón. « La Palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que ninguna espada de doble filo: penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien, todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de Aquel a Quien tenemos que dar cuenta» (Hebreos 4:12s).

Su rostro era como el Sol cuando está en la plenitud de su resplandor. En Jueces tenemos un cuadro imponente que bien puede ser que Juan tuviera en mente aquí. Los enemigos de Dios han de perecer, «pero Tus amigos serán como el sol cuando sale en su esplendor» (Jueces 5:31). Si eso es verdad de los que aman a Dios, ¡cuánto más lo será del amado Hijo de Dios! Swete ve aquí algo todavía más hermoso, nada menos que un recuerdo de la Transfiguración. En aquella ocasión, Jesús se transfiguró en presencia de Pedro, Santiago y Juan, « y resplandeció Su rostro como el sol» (Mateo 17:2). Nadie que Le hubiera contemplado entonces podría olvidar Su resplandor; y, si el autor de este libro es el mismo Juan, tal vez vio otra vez en el rostro del Cristo Resucitado la gloria que había intuido en el Monte de la Transfiguración.

Cuando Le vi, caí como muerto a Sus pies. Esta fue también la experiencia de Ezequiel cuando Dios le habló (Ezequiel 1:28; 3:23; 43:3). Pero también podemos recordar otra historia evangélica de la que puede ser reflejo. Aquel día en Galilea cuando pescaron tantos peces y Pedro intuyó Quién era Jesús, cayó de rodillas ante Él abrumado por el sentimiento de que él no era más que un pecador (Lucas 5:111). Hasta el fin de nuestro camino no podemos sentir más que reverencia en la presencia de la santidad y la gloria del Cristo Resucitado.

Deja de tener miedo.

Sin duda aquí nos encontramos también con ren-finiscencias de la historia evangélica, porque estas fueron palabras que los discípulos oyeron más de una vez de los labios de Jesús. Fueron las que les dirigió cuando se dirigió a ellos por el agua (Mateo 14:27; Marcos 6:50); y sobre todo fueron las que les habló en el Monte de la Transfiguración, cuando estaban aterrados por haber escuchado la voz divina (Mateo 17:7). Hasta en el Cielo, cuando lleguemos cerca de la gloria inaccesible, Jesús nos dirá: «Estoy aquí, no tengáis miedo.»

Yo soy el Primero y el último.

En el Antiguo Testamento esta no es sino la descripción que hace Dios de Sí mismo (Isaías 44:6; 48:12). Jesús nos promete que Él está al principio y al final, en el momento del nacimiento y en el de la muerte, cuando iniciamos nuestro camino cristiano y cuando terminamos la carrera.

Soy el Viviente, aunque estuve muerto; y he aquí que estoy vivo para siempre jamás. Aquí hay tanto la credencial como la promesa de Cristo, la credencial del Que ha conquistado la muerte y la promesa del Que está vivo para siempre para estar con Su pueblo. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades. La muerte tiene sus puertas (Salmo 9:13; 107.18; Isaías 38:10); y Cristo tiene las llaves de esas puertas. Ha habido algunos, y todavía los hay, que han tomado estas palabras como una referencia al descendimiento a los infiernos (1 Pedro 3:1820). La Iglesia antigua tenía la idea de que, cuando Jesús descendió al Hades, abrió sus puertas y sacó de allí a Abraham y a todos los fieles de Dios que habían vivido y muerto en generaciones pasadas; pero nosotros lo tomamos en el sentido aún más amplio de que Jesucristo ha abolido la muerte y sacado a luz la inmortalidad por el Evangelio (2 Timoteo 1:10); de que porque Él vive, nosotros también viviremos (Juan 14:19), y de que, por tanto, para los que Le amamos ya ha pasado para siempre la amargura de la muerte.

Las iglesias y sus ángeles

Aquí está el sentido secreto de las siete estrellas que has visto en Mi diestra y de los siete candelabros de oro. Las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candelabros son las siete iglesias. Este pasaje empieza con una palabra que se usa en todo el Nuevo Testamento con un sentido específico. La versión Reina- Valera, y otras muchas, habla del misterio de las siete estrellas y de los siete candelabros de oro. La palabra griega mystérion no quiere decir misterio en el sentido que le damos corrientemente, sino algo que no tiene sentido para el que está fuera, pero sí lo tiene, y mucho, para el que está iniciado y tiene la clave. Así es que aquí el Cristo Resucitado pasa a dar el sentido íntimo de las siete estrellas y de los siete candelabros de oro.

Los siete candelabros son las siete estrellas. Uno de los grandes títulos del cristiano es la luz del mundo (Mateo 5:14; Filipenses 2:15). Pero uno de los antiguos comentadores griegos ofrece una interpretación aguda en este punto. Dice que las iglesias son llamadas a ser, no la luz misma, sino la palmatoria en la que se coloca la luz. No son las mismas iglesias las que producen la luz; el Que da la luz es Jesucristo, y las iglesias no son más que las vasijas en las que brilla la luz. La luz cristiana es siempre una luz prestada.

Uno de los grandes problemas del Apocalipsis es decidir lo que Juan quiere decir con los ángeles de las iglesias. Se han propuesto varias explicaciones.

(i) La palabra ánguelos tiene dos sentidos. Puede querer decir ángel; pero mucho más frecuentemente quiere decir mensajero. Se ha sugerido que los mensajeros de todas las iglesias se habían reunido para recibir un mensaje de Juan y transmitírselo a sus congregaciones. Si es así, cada carta empezaba: «Al mensajero de la Iglesia de…» Por lo que se refiere al original esto es perfectamente posible; y hace buen sentido; pero la dificultad está en que ánguelos se usa en Apocalipsis unas cincuenta veces aparte de aquí y en las cartas a las siete iglesias, y siempre quiere decir ángel.

(ii) Se ha sugerido que ánguelos quiere decir el obispo de cada iglesia. Se ha sugerido, o que los obispos de las iglesias se habían reunido para tener un encuentro con Juan, o que Juan les está dirigiendo a ellos estas cartas. A favor de esta teoría se citan las palabras de Malaquías: «Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque es mensajero del Señor de los Ejércitos» (Malaquías 2:7). En el Antiguo Testamento griego mensajero es ánguelos; y se sugiere que el título se podría haber aplicado a los obispos de las iglesias. Son los mensajeros de Dios a las iglesias, y es a ellos a los que se dirige Juan. Esta explicación también da buen sentido; pero está expuesta a la misma objeción que la primera: aplica ánguelos a una persona humana, que es algo que Juan no hace en el resto del libro.

(iii) Se ha sugerido que tiene relación con la idea de los ángeles de la guarda. Según el pensamiento hebreo, cada nación tenía su ángel (cp. Daniel 10:13,20s). Miguel, por ejemplo, era el ángel de la guarda de Israel (Daniel 12:1). Las personas también tenían cada una su ángel de la guarda. Cuando Rode llegó con la noticia de que Pedro había salido de la cárcel, no la creyeron y dijeron que sería su ángel (Hechos 12:15). El mismo Jesús habló de los ángeles que están al cuidado de los niños (Mateo 18:10). Si lo tomamos en ese sentido, la dificultad está en que se reprende y advierte de castigo a los ángeles guardianes por los pecados de sus iglesias respectivas. De hecho, Orígenes creía que de eso se trataba. Decía que el ángel de la guarda de una iglesia era como el tutor de un niño: si este se descarriaba, el responsable eran el tutor; y si una iglesia se desviaba, Dios en Su misericordia culpaba de ello a su ángel. La dificultad subyace en que, aunque se menciona al ángel de la iglesia en la dirección de cada mensaje, este se dirige sin duda a los miembros de la iglesia.

(iv) Tanto los griegos como los judíos creían que todas las cosas terrenales tenían una contraparte celestial; y se sugiere que el ángel es el ideal de la iglesia; y que los mensajes se dirigen a las iglesias en su ser ideal para llevarlas al camino verdadero.

Ninguna de las explicaciones satisface plenamente; pero puede que la mejor sea la última, porque no cabe duda que en las cartas el ángel y la iglesia son una misma cosa. Ahora vamos a estudiar las cartas a las Siete Iglesias. En cada caso daremos un bosquejo de la historia y el trasfondo contemporáneo de la ciudad en la que estaba la iglesia, y una vez que hayamos estudiado ese trasfondo general procederemos al estudio de cada carta en detalle.

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