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Apocalipsis 5: El libro de Dios acerca del destino

Y vi un ángel poderoso que proclamaba a gran voz: -¿Quién es capaz de abrir el rollo y de desatar los sellos? Y no había nadie en el Cielo ni en la Tierra ni debajo de la Tierra que pudiera abrir el rollo, ni siquiera mirarlo; y yo lloraba amargamente, porque no se encontraba a nadie que fuera capaz de abrir el rollo ni de verlo.

Cuando Juan estaba mirando a Dios con el rollo en la mano se presentó un ángel imponente para lanzar un gran desafío. Un ángel poderoso aparece otra vez en 10:1 y en 18:21. En este caso el ángel tenía que ser extraordinario para que el desafío de su voz llegara hasta los últimos confines del universo. Citaba a que se presentara para abrir el libro a cualquiera que fuera capaz de acometer la empresa.

No cabe duda de que el contenido del libro era lo que había de suceder en los últimos tiempos. Que existía tal libro era firme creencia entre los judíos. Se encuentra corrientemente en el Libro de Henoc. El arcángel Uriel le dice a Henoc en los lugares celestiales: «¡Oh Henoc, observa la escritura de las tablas celestiales y lee lo que hay escrito en ellas y marca cada hecho individual!» Y Henoc prosigue: « Y yo observé todo lo que había en las tablas celestiales, y leí todo lo que había escrito en ellas, y lo comprendí todo, y leí el libro de todas las acciones de los humanos y de todas las criaturas que habrá sobre la tierra hasta las últimas generaciones» (1 Henoc 81:1 s). En el mismo Libro de Henoc se cuenta que Henoc tuvo una visión de la Cabeza de los Días en Su trono glorioso, «y los libros de los vivientes se abrieron en Su presencia» (1 Henoc 47:3).

Henoc afirma conocer el misterio de los santos, porque « el Señor me mostró y me informó, y he leído las tablas celestiales» (1 Henoc 106:19). En esas tablas vio la historia de las generaciones todavía por venir (1 Henoc 107:1). La idea es que Dios tiene un libro en el que ya está escrita la historia del tiempo por venir.

Cuando estemos tratando de interpretar esta idea será conveniente tener presente que se nos presenta como una visión y en forma poética. Sería cometer una grave equivocación el tomarla demasiado literalmente. No quiere decir que todo «esté escrito» de antemano, y que nos encontremos en las garras de un fatalismo inevitable. Lo que sí quiere decir es que Dios tiene un plan para el universo, y que el propósito de Dios no fracasará.

Nadie se presentó al desafío del ángel; no había nadie que fuera capaz de abrir el rollo, por lo que Juan se echó a llorar amargamente. Había dos razones para sus lágrimas.

(i) En 4:1, la Voz le había hecho una promesa: «Yo te mostraré lo que ha de tener lugar desde ahora en adelante.» Parecía como si la promesa se hubiera frustrado.

(ii) Pero había una razón aún más profunda para su tristeza. Le parecía que no había nadie en todo el universo a quien Dios pudiera revelar Sus secretos. Esto, sin duda, era terrible. Hacía mucho que había dicho Amós: «No hará nada el Señor Dios sin revelarles Su secreto a Sus siervos los profetas» (Amós 3: 7). Pero aquí el mundo estaba tan lejos de Dios que no había nadie capaz de recibir Su mensaje.

Para Juan, aquel problema se resolvería triunfalmente con la llegada del Cordero. Pero detrás de este problema hay una verdad imponente y desafiante: Dios no puede comunicarle a la humanidad Su mensaje a menos que haya una persona que sea apta para recibirlo. Aquí tenemos la quintaesencia del problema de la comunicación. Es el problema de todo maestro: no puede enseñar nada que los alumnos no estén capacitados para recibir. Es también el problema del predicador: no puede comunicar un mensaje a una congregación que no esté dispuesta a asumirlo. Es el eterno problema del amor: no puede decir sus verdades ni dar sus dones a los que no sean capaces de escuchar y de recibir. Lo que necesita el mundo son hombres y mujeres que se mantengan sensibles a Dios. Él tiene un mensaje para el mundo en cada generación; pero ese mensaje no se puede dar hasta que se encuentre la persona capaz de recibirlo. Y día a día, o nos capacitamos o nos incapacitamos para recibir el mensaje de Dios.

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