Segunda de Juan: La señora elegida

Categorías: Nuevo Testamento y Segunda de Juan.

Del Anciano, a la Señora Elegida y a sus hijos, a los que amo en la verdad (y no soy yo el único que os ama a ti y a ellos, sino también todos los que aman la verdad) por la verdad que habita en nosotros que estará con nosotros para siempre. La gracia, la misericordia y la paz estarán con nosotros de Dios Padre y de Jesucristo el Hijo del Padre, en la verdad y en el amor.

El autor se identifica sencillamente con el título de El Anciano. Anciano puede tener tres sentidos diferentes.

(i) Puede querer decir sencillamente un hombre más viejo, que por razón de sus años y experiencia merece afecto y respeto. Aquí la palabra tiene algo de ese sentido. El autor y remitente de esta carta era un siervo de edad avanzada en Cristo y en la Iglesia.

(ii) En el Nuevo Testamento los ancianos son los responsables de las iglesias locales. Fueron los primeros de todos los cargos eclesiásticos, y Pablo ordenaba ancianos en sus iglesias en sus viajes misioneros tan pronto como le era posible (Hechos 14:21-23). La palabra no es posible que se use en ese sentido aquí, porque esos ancianos eran responsables locales, cuya autoridad y obligaciones no rebasaban la propia congregación, mientras que El Anciano de esta carta tenía una autoridad que se extendía a un área mucho más amplia. Se abroga el derecho de aconsejar a las congregaciones en lugares donde él mismo no reside.

(iii) Es casi seguro que esta carta se escribió en Éfeso, en la provincia romana de Asia. En aquella iglesia anciano se usaba con un sentido especial. Los ancianos eran hombres que habían sido discípulos directos de los apóstoles; Papías e Ireneo, que vivieron y trabajaron y escribieron en Asia, nos dicen que fue de los ancianos de los que recibieron su información. Los ancianos eran los nexos directos entre los que habían conocido a Cristo en la carne y los cristianos de la segunda generación. Es indudable que es en este sentido en el que se usa aquí el término. El autor de la carta es uno de los últimos nexos directos con Jesucristo; y de ahí le viene su derecho a hablar.

Como hemos dicho en la Introducción, La Señora Elegida presenta un cierto problema. Se han hecho dos sugerencias.

(i) Hay algunos que mantienen que la carta iba dirigida a una persona determinada. En griego se usa la frase Eklekté Kyria. Kyrios (la forma masculina) es una expresión de respeto, y Eklekté podría ser -aunque no es probable- un nombre propio, en cuyo caso la carta iría dirigida a Mi querida Eklekté. Kyria, además de ser una expresión de respeto, también podría ser un nombre propio, en cuyo caso eklekté sería un adjetivo, y la carta iría dirigida a La Elegida Kyria. Es también posible que ambas palabras fueran nombres propios, en cuyo caso la carta iría dirigida a una señora llamada Eklekté Kyria.

Pero, si esta carta fuera para una sola persona, es mucho más probable que ninguna de las dos palabras fuera un nombre propio, y que la versión Reina-Valera sea correcta al traducir la frase como la señora elegida. Se ha especulado mucho acerca de quién podría ser La Señora Elegida. Veremos solo dos sugerencias. (a) Se ha sugerido que La Señora Elegida es María, la Madre de nuestro Señor. Ella había de ser como una madre para Juan, y él su hijo (Juan 19:26s), y bien podría ser que se tratara de una carta personal de Juan a María. (b) Kyrios quiere decir Señor; y Kyria, aun como nombre propio, querría decir Señora, en latín Domina, y en arameo Marthcí. También se ha sugerido que se trata de Marta de Betania.

(ii) Es mucho más probable que fuera dirigida a una iglesia. Es mucho más probable que fuera una iglesia que amaban todos los que conocían la verdad (versículo 1). El versículo 4 dice que algunos de sus hijos se conducían en la verdad. En los versículos 6, 8, 10 y 12 se usa el pronombre vosotros, lo que sugiere una iglesia. Pedro también usa casi exactamente la misma frase cuando envía saludos de La Elegida (en femenino) que está en Babilonia (1 Pedro 5:13).

Bien puede ser que el nombre del destinatario se dejara indefinido intencionadamente. La carta se escribió cuando se podía producir una persecución repentina. Si fuera a parar a otras manos, podría haber problemas. Y bien puede ser que la carta fuera dirigida de tal manera que su destino estuviera claro para los de dentro, pero que a los de fuera les sonara como una carta de un amigo a una amiga.

El amor y la verdad

Es sumamente interesante notar que en este pasaje el amor y la verdad están inseparablemente entrelazados. Es en la verdad como el Anciano ama a la Señora Elegida. Es a causa de la verdad como ama y escribe a la iglesia. En el Cristianismo aprendemos dos cosas acerca del amor.

(i) La verdad cristiana nos dice la manera como debemos amar. Agapé es la palabra que se usa en el original para el amor cristiano. Agapé no es una pasión con sus altos y bajos, su llamarada y su rescoldo; ni ninguna sensiblería facilona. No es fácil de adquirir ni de poner en práctica. Agapé es una buena voluntad invencible; es la actitud hacia los demás que, independientemente de lo que le hagan, nunca se convierte en amargura ni dejará de buscar lo que sea para ellos el sumo bien. Hay un amor que trata de poseer; hay un amor que ablanda y excita; hay un amor que le hace a uno retirarse de la lucha; hay un amor que cierra los ojos a las faltas y las cosas que conducen a la ruina. Pero el amor cristiano siempre busca el mayor bien para los demás, y arrostra todas las dificultades, todos los problemas y todo el trabajo que suponga esa búsqueda. Es significativo que Juan escriba por amor para advertir.

(ii) La verdad cristiana nos dice la razón para la obligación del amor. Juan la establece claramente en su primera carta. Ha hablado del amor doliente, sacrificado, increíblemente generoso de Dios; y entonces dice: « Queridos, si Dios nos ha amado así, nosotros también debemos amarnos unos a otros» (1 Juan 4: I1). El cristiano debe amar porque es amado. No puede aceptar el amor de Dios sin mostrar amor a las personas que Dios ama. Porque Dios nos ama es por lo que debemos amar a los otros con el mismo amor generoso y sacrificial.

Antes de dejar este pasaje tenemos que notar otra cosa. Juan empieza esta carta con un saludo bastante particular. Dice: «La gracia, la misericordia y la paz estarán con nosotros.» En todas las otras cartas del Nuevo Testamento el saludo tiene la forma de un deseo u oración. Pablo suele poner: « La gracia sea con nosotros y la paz.» Pedro pone: «Que la gracia y la paz se os multipliquen» (1 Pedro 1:2). Judas dice: «Que la misericordia, la paz y el amor se os multipliquen» (Judas 2). Pero aquí el saludo es una afirmación: «La gracia, la misericordia y la paz estarán con nosotros.» Juan está tan seguro de los dones de la gracia de Dios en Jesucristo que no pide que sus amigos los reciban; les asegura que los recibirán. Aquí está la fe que no duda nunca de las promesas de Dios en Jesucristo.

El problema y el remedio

Me dio una gran alegría descubrir que algunos de tus hijos se conducen en la verdad según el mandamiento que hemos recibido del Padre. Y ahora, Señora, no como si te estuviera escribiendo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento que hemos tenido desde el principio, te ruego que nos amemos unos a otros. Y esto es el amor: que nos conduzcamos según Sus mandamientos; y este es el mandamiento, como lo habéis oído desde el principio: que nos conduzcamos de acuerdo con él.

En la iglesia a la que está escribiendo Juan hay cosas que le alegran el corazón y cosas que se lo entristecen. Le produce alegría saber que algunos de sus miembros viven de acuerdo con la verdad; pero esa misma afirmación supone que algunos no.

Es decir, que en la iglesia hay división, porque se han escogido caminos diferentes. Juan tiene el remedio para todas las cosas, que es el amor. No es ningún remedio nuevo, ni un mandamiento nuevo; es la palabra del mismo Jesús: « Os doy un nuevo mandamiento: Que os améis unos a otros; que también vosotros os améis entre vosotros como Yo os he amado; en esto es en lo que todos reconocerán que sois discípulos Míos: Si existe ese amor entre vosotros» (Juan 13:34s). Solo el amor puede remediar una situación en la que se han roto las relaciones personales. La reprensión y la crítica es probable que ,no despierten más que el resentimiento y la hostilidad; la discusión y la controversia puede que no hagan más que ensanchar la división; el amor es lo único para restañar la brecha y restaurar la relación perdida.

Pero es posible que digan los que han escogido el camino equivocado para Juan: «Nosotros por supuesto que amamos a Dios.» Los pensamientos de Juan se retrotraen inmediatamente a otro dicho de Jesús: «Si Me amáis, guardaréis Mis mandamientos » (Juan 14:1 S). El mandamiento concreto de Jesús era el del amor mutuo; y, por tanto, cualquiera que no guarde este mandamiento no ama realmente a Dios, por mucho que lo pretenda. La única prueba de nuestro amor a Dios es nuestro amor a los hermanos. Este es el mandamiento, dice Juan, que hemos oído desde el principio, y en el que debemos andar.

Conforme vayamos adelante veremos que esto tiene otra cara, y que no hay ninguna sensiblería blandengue en la actitud de Juan hacia los que están seduciendo a otros para apartarlos de la verdad; pero es significativo que su primera cura para todos los problemas de la iglesia es el amor.

La amenaza del peligro

Hay mucha más razón para hablar así porque han salido por el mundo muchos engañadores, hombres que no confiesan que Jesús es el Cristo, ni Su venida en -la carne. Una persona así es el engañador y el Anticristo. Mirabs bien que no arruinéis lo que hemos trabajado, sino aseguraos de recibir una recompensa completa. EL que pretenda avanzar demasiado sin permanecer en la enseñanza de Cristo, no tiene a Dios; es el que permanece en esa enseñanza el que tiene tanto al Padre como al Hijo.

Ya, en 1 Juan 4: 2, Juan ha tratado de los herejes que niegan la realidad de la Encarnación. Hay una dificultad. En 1 Juan. 4:2 el original dice que Jesús ha venido en la carne. La idea se expresa con el participio en el tiempo pasado. Es el hecho de que la Encarnación ha tenido lugar lo que se subraya. Aquí hay una diferencia: el participio está en el tiempo presente: la traducción literal sería que Jesús viene en la carne. Esto podría querer decir una de dos cosas.

(i) Podría querer decir que Jesús siempre está viniendo en la carne, que la Encarnación tiene una especie de permanencia, que no fue solamente un hecho que terminó en treinta años durante los cuales Jesús estuvo en Palestina, sino que es algo fuera del tiempo. Esa podría ser una gran idea, y querría decir que ahora y siempre Jesucristo, y Dios por medio de Él, se introduce en la situación y en la vida humana.

(ii) Podría ser una referencia a la Segunda Venida, y podría querer decir que Jesús viene otra vez en carne. Bien puede ser que hubiera la creencia en la Iglesia Primitiva que había de haber una Segunda Venida de Jesús en la carne, una especie de encarnación en gloria que seguiría a la Encarnación de la humillación. Esa sería también una gran idea. Pero bien puede ser que C. H. Dodd tenga razón cuando dice que en un escritor griego posterior al período clásico, como Juan, que no conocía el griego de los grandes escritores, no podamos hacer tanto hincapié en los tiempos de los verbos, y que lo mejor sea interpretar que quiere decir lo mismo que en 1 Juan 4:2. Es decir, que estos engañadores niegan la realidad de la Encarnación, y por tanto niegan que Dios pueda entrar plenamente en la vida humana.

Es intensamente significativo notar que los grandes pensadores de la Iglesia Cristiana se han aferrado siempre con todas sus fuerzas a la realidad de la Encarnación. En el siglo II d.C., Ignacio insiste una y otra vez en sus escritos en que Jesús nació de veras, que se hizo hombre de veras, que sufrió de veras y que murió de veras. Vincent Taylor, en su libro sobre La persona de Cristo, nos recuerda dos grandes afirmaciones acerca de la Encarnación. Martín Lutero decía de Jesús: «Él comía, bebía, dormía, andaba; se cansaba, se apenaba, se alegraba; lloraba y reía; experimentaba hambre y sed y sudor; hablaba, trabajaba, oraba… de tal manera que no había diferencia entre Él y otros hombres salvo solamente en esto: en que Él era Dios, y no tenía pecado.» Emil Brunner cita ese pasaje de Lutero, y prosigue: «El Hijo de Dios en Quien podemos creer tenía que ser Tal que fuera posible confundirle con una persona corriente.»

Si Dios hubiera entrado en la vida solamente como un fantasma desencarnado, el cuerpo seguiría siendo despreciado para siempre; entonces no podría haber verdadera comunión entre lo divino y lo humano; entonces no podría haber una verdadera Salvación. Tenía que hacerse lo que somos para hacernos lo Que Él es. En los versículos 8 y 9 escuchamos tras las palabras de Juan las pretensiones de los falsos maestros.

Pretendían desarrollar el Cristianismo. Juan insiste en que estaban destruyéndolo, y destrozando los cimientos que se habían echado y sobre los que debía construirse todo.

El versículo 9 es interesante y significativo. Hemos traducido la primera frase por El que pretenda avanzar demasiado. En griego encontramos proagón. Ese verbo quiere decir proseguir hacia adelante. Los falsos maestros pretendían ser progresistas, avanzados, personas de mente abierta y aventurera. El mismo Juan era uno de los pensadores más aventureros del Nuevo Testamento; pero insiste en que, por mucho que una persona pueda avanzar, debe permanecer en la enseñanza de Jesucristo, o perderá contacto con Dios. Así es que aquí tenemos una gran verdad. Juan no está condenando el pensamiento avanzado; lo que dice es que Jesucristo debe ser la piedra de toque de todo pensamiento, y que todo lo que pierda contacto con Él no se puede mantener en la verdad. Juan diría: «Pensad -pero llevad vuestro pensamiento a la piedra de toque de Jesucristo y de la presentación que se nos hace de Él en el Nuevo Testamento.» El Cristianismo no es ninguna teosofía nebulosa e inaprehensible; está anclado en la figura histórica de Jesucristo.

Sin componendas

Si os llega alguien que no lleva esta enseñanza, no le recibáis en vuestra casa ni le saludéis por la calle; porque si lo hacéis os hacéis cómplices de sus malas acciones.

Aunque tengo muchas cosas que escribiros, no quiero depender del papel y la tinta, sino que espero ir a veros y hablar con vosotros cara a cara para que tengamos una alegría completa.

Los hijos de tu Hermana Elegida te envían saludos.

Aquí vemos con toda claridad el peligro que veía Juan en aquellos falsos maestros. No se les debía ofrecer hospitalidad; el que se les negara sería la manera más eficaz de detener su influencia. Juan llega más lejos: no hay ni que saludarlos en la calle. El hacerlo sería dar señales de que se los reconocía en cierta medida. Debe dejarse bien claro a todo el mundo que la Iglesia no tolera a los que destruyen la fe con su enseñanza. Este pasaje puede que parezca contradecir el amor cristiano; pero C. H. Dodd tiene algunas cosas muy sabias que decir acerca de él.

No faltan paralelos. Cuando el santo Policarpo se encontró con el hereje Marción, este le dijo: « ¿Me reconoces?» «Reconozco al primogénito de Satanás,» respondió Policarpo. El propio Juan salía huyendo de los baños públicos cuando llegaba el hereje Cerinto. « ¡Salgamos de aquí a toda prisa, no sea que se nos hunda el edificio decía-, porque Cerinto, el enemigo de la verdad está aquí!»

Tenemos que recordar la situación. Hubo un tiempo cuando parecía que faltaba poco para que las especulaciones de los herejes pseudofilosóficos destruyeran la fe cristiana. Estaba en peligro su misma existencia. La Iglesia no se atrevía ni a parecer que corría peligro de hacer componendas con esta corrosiva destrucción de la fe.

Esta era, como indica C. H. Dodd, una norma de emergencia, y «las normas de emergencia nunca hacen buenas leyes.» Puede que reconozcamos la necesidad de esta actitud en la situación en que se encontraban Juan y los suyos, sin mantener en lo más mínimo que debamos tratar de la misma manera a los pensadores equivocados. Y sin embargo, para volver a C. H. Dodd, una tolerancia de buen humor nunca puede resultar suficiente. «El problema está en encontrar una manera de vivir con personas cuyas convicciones difieren de las nuestras sobre las cuestiones más fundamentales, sin ni faltar a la caridad ni ser infieles a la verdad.» Ahí es donde el amor debe encontrar un camino. La mejor manera de destruir a nuestros enemigos, como decía Abraham Lincoln, es hacerlos nuestros amigos. Nunca podemos llegar a un acuerdo con los maestros equivocados, pero nunca estamos libres de la obligación de tratar de conducirlos a la verdad.

Así llega Juan al final de su carta. No quiere escribir más, porque espera ir a ver a sus amigos y hablar con ellos cara a cara. Tanto en griego como en hebreo se dice, no cara a cara, sino boca a boca. En el Antiguo Testamento Dios dice de Moisés: «Cara a cara -literalmente «boca a boca»- hablaré con él» (Números 12:8). Juan era sabio, y sabía que las cartas pueden ser motivo para que se tergiverse una situación; y que se puede conseguir más en cinco minutos de conversación de corazón a corazón que con una pila de cartas. En muchas relaciones de iglesia y personales las cartas no han conseguido más que exacerbar una situación; porque la carta escrita más cuidadosamente puede interpretarse mal, mientras que una breve conversación directa puede arreglar las cosas. Cromwell no entendió nunca al cuáquero John Fox, y no le caía nada bien. Pero cuando se encontró con él, y después de hablar con él personalmente, le dijo: «Si tú y yo pasáramos una hora juntos seríamos los mejores amigos.» Los comités eclesiásticos y los cristianos haríamos bien en hacernos el propósito de no escribir cuando podemos hablar.

La carta se cierra con saludos de la iglesia de Juan a los amigos a los que escribe; saludos, como si dijéramos, de los hijos de una hermana a los de otra; porque todos los cristianos somos miembros de la familia de la fe.[/private][/private][/private][/private]

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