2 de Reyes 4: Milagros de Elias y Eliseo

2 de Reyes 4: Milagros de Elias y Eliseo

2 de Reyes 4:1 Una mujer, de las mujeres de los hijos de los profetas, clamó a Eliseo, diciendo: Tu siervo mi marido ha muerto; y tú sabes que tu siervo era temeroso de Jehová; y ha venido el acreedor para tomarse dos hijos míos por siervos.

El historiador judío Josefo explica que esta mujer en necesidad era la viuda del profeta Abdías.

A la gente pobre o a los deudores se les permitía pagar sus deudas vendiéndose a sí mismos o a sus hijos como esclavos. Dios ordenó a los ricos y a los acreedores que no se aprovecharan de esta gente en sus momentos de necesidad extrema. El acreedor de esta mujer no estaba actuando en el espíritu de la ley de Dios. El acto bondadoso de Eliseo demuestra que la compasión va más allá del simple cumplimiento de una ley. Nosotros también debemos mostrar compasión.

Este capítulo registra los cuatro milagros de Eliseo: suministró dinero para una pobre viuda; resucitó a un niñox; purificó un alimento envenenadox; y proveyó comida para cien hombres (4.42-44). Estos milagros muestran la ternura de Dios y el cuidado sobre aquellos que son fieles.

Cuando leemos el Antiguo Testamento, es fácil centrar nuestra atención en el juicio severo de Dios sobre los rebeldes y minimizar su cuidado amoroso para aquellos que lo aman y lo sirven. El verlo obrando, proveyendo provisiones diarias para sus seguidores nos ayuda a mantener en una perspectiva adecuada su juicio severo para el que no se arrepiente.

2 de Reyes 4:2 Y Eliseo le dijo: ¿Qué te haré yo? Declárame qué tienes en casa. Y ella dijo: Tu sierva ninguna cosa tiene en casa, sino una vasija de aceite.

La vasija de aceite parece que contenía aceite de oliva, usado para cocinar y como combustible.

2 de Reyes 4:3 El le dijo: Ve y pide para ti vasijas prestadas de todos tus vecinos, vasijas vacías, no pocas.

En el antiguo Medio Oriente las mujeres eran consideradas inferiores. Pero el milagro realizado por Eliseo demuestra el cuidado y la provisión de Dios para los desamparados y discriminados. La provisión era proporcional a la fe de la mujer y a su necesidad.

2 de Reyes 4:4 Entra luego, y enciérrate tú y tus hijos; y echa en todas las vasijas, y cuando una esté llena, ponla aparte.

2 de Reyes 4:5 Y se fue la mujer, y cerró la puerta encerrándose ella y sus hijos; y ellos le traían las vasijas, y ella echaba del aceite.

2 de Reyes 4:6 Cuando las vasijas estuvieron llenas, dijo a un hijo suyo: Tráeme aún otras vasijas. Y él dijo: No hay más vasijas. Entonces cesó el aceite.

La mujer y sus hijos recogieron vasijas de sus vecinos y comenzaron a llenarlos con el aceite de una única vasija que poseían. El aceite probablemente era de oliva. Se usaba para cocinar, y como combustible para las lámparas. El aceite dejó de salir sólo cuando ya no tuvieron más recipientes. El número de vasijas que reunieron fue un indicio de su fe. La provisión de Dios fue tan grande como su fe y disposición a obedecer. Tenga cuidado de no limitar las bendiciones de Dios por falta de fe y de obediencia. Dios es capaz de dar mucho más abundantemente de lo que pedimos o imaginamos.

2 de Reyes 4:7 Vino ella luego, y lo contó al varón de Dios, el cual dijo: Ve y vende el aceite, y paga a tus acreedores; y tú y tus hijos vivid de lo que quede.

2 de Reyes 4:8 Aconteció también que un día pasaba Eliseo por Sunem; y había allí una mujer importante, que le invitaba insistentemente a que comiese; y cuando él pasaba por allí, venía a la casa de ella a comer.

En sus viajes, Eliseo pasaba frecuentemente por Sunem que estaba ubicada cerca de Jezreel. En contraste con la pobre viuda de Abdías (vv. 1-7), esta sunamita era una mujer importante (lo cual implicaba que era muy influyente) y tenía marido.

2 de Reyes 4:9 Y ella dijo a su marido: He aquí ahora, yo entiendo que éste que siempre pasa por nuestra casa, es varón santo de Dios.

La mujer sunamita se dio cuenta de que Eliseo era un hombre de Dios, de modo que preparó una habitación para que él utilizara cada vez que estuviera en la ciudad. Ella hizo esto por su bondad y porque sintió que había una necesidad, no por motivos egoístas. Pronto, sin embargo, su generosidad sería recompensada mucho más allá de sus sueños más remotos. ¿Cuán sensible es usted a aquellos que pasan por su hogar y fluyen a través de su vida, especialmente aquellos que enseñan y predican la Palabra de Dios? ¿Qué necesidades especiales tienen ellos que podría satisfacer? Busque formas en que pueda servir y ayudar.

2 de Reyes 4:10 Yo te ruego que hagamos un pequeño aposento de paredes, y pongamos allí cama, mesa, silla y candelero, para que cuando él viniere a nosotros, se quede en él.

Al igual que Dios hizo con Sara, Raquel y Ana, así milagrosamente permitió a esta hospitalaria mujer y a su esposo tener un hijo.

2 de Reyes 4:11 Y aconteció que un día vino él por allí, y se quedó en aquel aposento, y allí durmió.

2 de Reyes 4:12 Entonces dijo a Giezi su criado: Llama a esta sunamita. Y cuando la llamó, vino ella delante de él.

2 de Reyes 4:13 Dijo él entonces a Giezi: Dile: He aquí tú has estado solícita por nosotros con todo este esmero; ¿qué quieres que haga por ti? ¿Necesitas que hable por ti al rey, o al general del ejército? Y ella respondió: Yo habito en medio de mi pueblo.

2 de Reyes 4:14 Y él dijo: ¿Qué, pues, haremos por ella? Y Giezi respondió: He aquí que ella no tiene hijo, y su marido es viejo.

2 de Reyes 4:15 Dijo entonces: Llámala. Y él la llamó, y ella se paró a la puerta.

2 de Reyes 4:16 Y él le dijo: El año que viene, por este tiempo, abrazarás un hijo. Y ella dijo: No, señor mío, varón de Dios, no hagas burla de tu sierva.

2 de Reyes 4:17 Mas la mujer concibió, y dio a luz un hijo el año siguiente, en el tiempo que Eliseo le había dicho.

2 de Reyes 4:18 Y el niño creció. Pero aconteció un día, que vino a su padre, que estaba con los segadores;

Se cree que el hijo de la mujer sunamita murió de una inflamación cerebral producida por una insolación.

2 de Reyes 4:19 y dijo a su padre: ¡Ay, mi cabeza, mi cabeza! Y el padre dijo a un criado: Llévalo a su madre.

2 de Reyes 4:20 Y habiéndole él tomado y traído a su madre, estuvo sentado en sus rodillas hasta el mediodía, y murió.

2 de Reyes 4:21 Ella entonces subió, y lo puso sobre la cama del varón de Dios, y cerrando la puerta, se salió.

2 de Reyes 4:22 Llamando luego a su marido, le dijo: Te ruego que envíes conmigo a alguno de los criados y una de las asnas, para que yo vaya corriendo al varón de Dios, y regrese.

2 de Reyes 4:23 El dijo: ¿Para qué vas a verle hoy? No es nueva luna, ni día de reposo. Y ella respondió: Paz.

2 de Reyes 4:24 Después hizo enalbardar el asna, y dijo al criado: Guía y anda; y no me hagas detener en el camino, sino cuando yo te lo dijere.

Tanto la conducta de Eliseo como la de la mujer sunamita, en este relato, ilustra la importancia de la fe y la perseverancia.

2 de Reyes 4:25 Partió, pues, y vino al varón de Dios, al monte Carmelo. Y cuando el varón de Dios la vio de lejos, dijo a su criado Giezi: He aquí la sunamita.

2 de Reyes 4:26 Te ruego que vayas ahora corriendo a recibirla, y le digas: ¿Te va bien a ti? ¿Le va bien a tu marido, y a tu hijo? Y ella dijo: Bien.

2 de Reyes 4:27 Luego que llegó a donde estaba el varón de Dios en el monte, se asió de sus pies. Y se acercó Giezi para quitarla; pero el varón de Dios le dijo: Déjala, porque su alma está en amargura, y Jehová me ha encubierto el motivo, y no me lo ha revelado.

2 de Reyes 4:28 Y ella dijo: ¿Pedí yo hijo a mi señor? ¿No dije yo que no te burlases de mí?

2 de Reyes 4:29 Entonces dijo él a Giezi: Ciñe tus lomos, y toma mi báculo en tu mano, y ve; si alguno te encontrare, no lo saludes, y si alguno te saludare, no le respondas; y pondrás mi báculo sobre el rostro del niño.

2 de Reyes 4:30 Y dijo la madre del niño: Vive Jehová, y vive tu alma, que no te dejaré.

2 de Reyes 4:31 El entonces se levantó y la siguió. Y Giezi había ido delante de ellos, y había puesto el báculo sobre el rostro del niño; pero no tenía voz ni sentido, y así se había vuelto para encontrar a Eliseo, y se lo declaró, diciendo: El niño no despierta.

2 de Reyes 4:32 Y venido Eliseo a la casa, he aquí que el niño estaba muerto tendido sobre su cama.

La oración de Eliseo y su método para resucitar al muchacho muerto muestra el cuidado personal de Dios para la gente que sufre. Debemos expresar nuestra preocupación genuina por los demás cuando les llevamos el mensaje de Dios. Sólo entonces representaremos fielmente a nuestro compasivo Padre celestial.

2 de Reyes 4:33 Entrando él entonces, cerró la puerta tras ambos, y oró a Jehová.

2 de Reyes 4:34 Después subió y se tendió sobre el niño, poniendo su boca sobre la boca de él, y sus ojos sobre sus ojos, y sus manos sobre las manos suyas; así se tendió sobre él, y el cuerpo del niño entró en calor.

2 de Reyes 4:35 Volviéndose luego, se paseó por la casa a una y otra parte, y después subió, y se tendió sobre él nuevamente, y el niño estornudó siete veces, y abrió sus ojos.

2 de Reyes 4:36 Entonces llamó él a Giezi, y le dijo: Llama a esta sunamita. Y él la llamó. Y entrando ella, él le dijo: Toma tu hijo.

2 de Reyes 4:37 Y así que ella entró, se echó a sus pies, y se inclinó a tierra; y después tomó a su hijo, y salió.

2 de Reyes 4:38 Eliseo volvió a Gilgal cuando había una grande hambre en la tierra. Y los hijos de los profetas estaban con él, por lo que dijo a su criado: Pon una olla grande, y haz potaje para los hijos de los profetas.

2 de Reyes 4:39 Y salió uno al campo a recoger hierbas, y halló una como parra montés, y de ella llenó su falda de calabazas silvestres; y volvió, y las cortó en la olla del potaje, pues no sabía lo que era.

2 de Reyes 4:40 Después sirvió para que comieran los hombres; pero sucedió que comiendo ellos de aquel guisado, gritaron diciendo: ¡Varón de Dios, hay muerte en esa olla! Y no lo pudieron comer.

Hay muerte en esa olla : La hierba que echaron en el guisado no hacía daño en pequeñas cantidades, pero en grandes dosis era fatal. Eliseo demostró el mismo cuidado en proveer a las necesidades diarias de la gente como había visto hacer a Elías.

«Muerte en esa olla» significa que la comida era venenosa. Quizás verduras o hierbas silvestres venenosas habían sido mezcladas con plantas comestibles.

2 de Reyes 4:41 El entonces dijo: Traed harina. Y la esparció en la olla, y dijo: Da de comer a la gente. Y no hubo más mal en la olla.

2 de Reyes 4:42 Vino entonces un hombre de Baal-salisa, el cual trajo al varón de Dios panes de primicias, veinte panes de cebada, y trigo nuevo en su espiga. Y él dijo: Da a la gente para que coma.

Este milagro de Eliseo es similar al realizado por Jesús cuando multiplicó lo panes y los peces.

2 de Reyes 4:43 Y respondió su sirviente: ¿Cómo pondré esto delante de cien hombres? Pero él volvió a decir: Da a la gente para que coma, porque así ha dicho Jehová: Comerán, y sobrará.

2 de Reyes 4:44 Entonces lo puso delante de ellos, y comieron, y les sobró, conforme a la palabra de Jehová.

Milagros de Elias y Eliseo

Baal, el dios falso adorado por muchos israelitas, era el dios de la lluvia, del fuego y de la cosecha. Además demandaba sacrificio de niños. Los milagros de Elías y de Eliseo mostraron en repetidas ocasiones el poder del Dios verdadero sobre el supuesto reino de Baal, como así también el valor que tiene para Dios la vida de un niño.

La viuda endeudada de la comunidad profética

Una viuda de uno de los profetas fieles al Señor consultó a Eliseo sobre un serio problema: su difunto esposo había muerto sin pagar una deuda. Según la costumbre de la época, para sufragar la deuda el acreedor podría hacer esclavos a sus dos hijos. La ley de Moisés permitía también la esclavitud con el fin de sufragar una deuda pero a la vez reglamentaba la práctica de prestar dinero. La privación a sus dos hijos significaría para la viuda la pérdida de su único sostén en la vejez. Para socorrerla, Eliseo no prescindió de ella, al darse cuenta que tenía un frasco de aceite en su casa (como los usados en la ceremonia de unción). Le mandó que pidiera prestadas de los vecinos todas las vasijas que pudiera conseguir y luego, en privado, las llenara de aceite. En seguida, la viuda obedeció la palabra profética y solo después de llenar la última vasija se detuvo el aceite.

La cantidad de bendición recibida por ella era proporcional a su fe en la palabra profética y su diligencia en conseguir todas las vasijas de la comunidad. La orden de llenar las vasijas después de cerrar la puerta hace claro que el milagro no fue un espéctaculo público, ya que el profeta no estuvo presente; no pudo haber sido un truco mágico, sino un acto portentoso de un Dios y Creador amoroso que satisface la necesidad personal en privado. Así su participación personal y la ausencia de Eliseo servían para que ella se diera cuenta de que el poder para resolver su problema procedía de Dios y así aumentaría aún más su fe.

En una segunda consulta, Eliseo le dijo que vendiera el aceite y la ganancia les daría para pagar la deuda y para vivir juntos los tres. Esta viuda, que se caracterizaba por su obediencia a la palabra de Dios, se parece a la de Sarepta en 1 de Reyes 17:8-16.

La mujer acomodada, pero generosa, de Sunem y su único hijo

Eliseo manifestó una preocupación también por la unidad y felicidad de la familia de una mujer acomodada. En cuanto a la condición socioeconómica, estaba en el polo opuesto a la pobre viuda anterior; pero las dos estaban unidas en una fe anclada en Jehová y en la práctica de la misma.

En su circuito profético, el hombre de Dios pasaba con frecuencia por Sunem, pero debido a su cercanía al monte Carmelo normalmente no se quedaba allí; por eso la sunamita, una mujer acomodada que probablemente era de la nobleza y que ocupaba un lugar destacado en la sociedad, se vio obligada a insistir que el profeta comiera con ella y su esposo en cada viaje, demostrando de ese modo la virtud importante de la hospitalidad. Sunem, una aldea de la tribu de Isacar a unos 7 km. al norte del pueblito de Jezreel en la falda del collado de Moré, tenía una vista panorámica desde el norte hacia la parte este del valle de Jezreel.

Con el tiempo, la señora convenció a su esposo de ayudar aún más a este profeta santo por medio de la construcción de un cuarto en el techo de la casa. También lo amuebló con lo más esencial para darle un hospedaje adecuado. Esta es la única referencia a un profeta como santo. El uso de esta palabra en el AT es típico para describir a los celebrantes del culto, a los nazareos, y al pueblo de Israel como “reino de sacerdotes”, sin necesariamente sugerir una moralidad superior.

Al sentirse agradecido por su hospitalidad y generosidad, Eliseo quería demostrar su gratitud. Guejazi, su ayudante nombrado por primera vez aquí pero que tiene un papel prominente además en los capítulos 5 y 8, mandó traer a la señora. Sin hablarle directamente a ella sino a través de su siervo, Eliseo ofreció aprovechar de su influencia con los poderosos del país para ayudarla. Pero con dignidad y completa seguridad la señora indicó que a ella no le hacía falta nada, porque vivía con sus parientes que vigilarían por sus intereses. Luego, cuando el profeta preguntó a Guejazi si tenía idea de cómo ayudarla, se le informó que no tenía ni un solo hijo. Cuando mandó traer a la señora otra vez, Eliseo le prometió que tendría un hijo dentro del año. Como Sara, esposa del gran patriarca Abraham, ella resistió la idea y respondió con duda. Como quiera, antes de pasar un año se cumplió cabalmente la palabra profética.

Después de varios años, cierto día en la finca donde el niño de probablemente cinco o seis años estaba curioseando y jugando, se enfermó repentinamente, es muy probable que de un ataque debido al calor del sol (insolación). Se le llevó a su madre, y junto a ella murió al mediodía.

En ese mismo momento, la total seguridad y autosuficiencia del día antes cuando no necesitaba del profeta, terminó por completo para la señora. Como en el caso de Job en unos cuantos minutos todo se desmoronó. Pero también como Job, con mesura y autocontrol sin nada de histeria, como si todo fuera fríamente calculado, llevó el cadáver del muchacho a la habitación del santo hombre de Dios, posiblemente para mantener en secreto su muerte, y ensilló una asna a pesar de la presencia de un siervo. Ni las preguntas de su esposo o las posteriores tres de Guejazi pudieron desviarla de su firme propósito de conseguir cuanto antes la ayuda del profeta, que estaba a 40 km. de distancia. Con un siervo, la valiente mujer llena de angustia pero también de fe y esperanza viajó al monte Carmelo buscando a Eliseo. Este la reconoció de lejos y envió a Guejazi a saludarla. La negativa firme pero cortés de la mujer de confiar su problema en este, ¿sugiere desconfianza en él o el rechazo y resentimiento hacia una comunicación a través de un mediador? Cuando estos llegaron donde el hombre de Dios, con angustia casi incontrolable la señora le agarró por los pies, signo de respeto y de deferencia (en Mateo 28:9, otra mujer en humiliación y veneración, repite el mismo acto pero con el profeta de los profetas). Luego, con enojo y amargura comenzó a revelarle con palabras cortantes y acusatorias el desenlace de su hijo junto con una petición de parte de ella. Le recordó que ella no había pedido un hijo de él y aun cuando él lo había prometido, advirtió al profeta que no se burlara de ella. De esa manera estaba acusando de engaño a él y a Dios.

Eliseo se sintió desconcertado y sin reprenderla admitió francamente que Dios no le había comunicado el problema de la señora contrario a otras ocasiones. Es evidente que está a punto de ocurrir una injusticia crasa. ¿Cómo podría él ser menos generoso que ella? Así el varón de Dios reinterpretó las amargas acusaciones de la agobiada señora como peticiones desesperantes.

Al percatarse de la condición del niño, inmediatamente mandó a su siervo con su bastón para colocarlo sobre la cara del niño. Debido a la urgencia extrema de la situación y la profunda preocupación del varón de Dios, éste ordenó a Guejazi que no saludara a nadie en el camino, un proceder descortés. Hay que entender que “saludar” implicaba en el Oriente entrar en la casa para comer, conversar y aun pasar la noche. Quizá Eliseo sospechaba que Guejazi haría tal cosa si no se lo prohibía expresamente. Este uso del bastón no implicaba una creencia en él como una vara mágica. Su uso pudo haber sido un gesto simbólico indicando su intención de ir más tarde y el envío adelante con su siervo aliviría parte del dolor de la señora y serviría para prevenir que comenzaran a preparar el cadáver para el entierro y a detener la degeneración física del cuerpo. No obstante, con presunción Guejazi evidentemente intentó usarlo para levantar al muchacho (compare como los discípulos de Jesús tampoco lograron curar a otro niño, Mateo 17:14-21). Como quiera se demuestra con claridad que el milagro no se logró por medio de un truco mágico porque no se efectuó hasta la llegada del varón de Dios.

El envío inmediato de Guejazi no satisfizo a la obstinada señora, que insistió en que el mismo profeta Eliseo la acompañara a la habitación en Sunem; de la misma manera Eliseo había rehusado tres veces dejar a Elías usando la misma expresión. Cuando el profeta llegó a la casa, todavía el niño no daba señales de vida. Eliseo entró solo a la habitación con el cadáver del difunto. (Los milagros de este profeta frecuentemente ocurrieron detrás de puertas cerradas, en secreto y privacidad. Primero oró personalmente a Jehová y luego se agachó sobre el niño tocando varias partes de su cuerpo; pasaron unos momentos de ansiedad para Eliseo o de actos de relajamiento después de una concentración intensa física y espiritual; y solamente después del tercer esfuerzo el calor de vida le entró, estornudó el muchacho y abrió los ojos. Es notable que este varón de Dios estaba dispuesto a arriesgar su propia santidad para satisfacer la demanda de la señora. El estornudar del niño demuestra que el alma o espíritu había vuelto. Ya tiene vida de nuevo y ocurre uno de dos ejemplos de resucitación de muertos en el AT.

Eliseo hizo llamar a la señora para devolverle a su hijo. En esta ocasión, en vez de regañarlo, ella hizo un gesto de agradecimiento y alabanza. En toda esta narración Guejazi hace los contactos con la mujer. Esto no es solamente una indicación de la posición prestigiosa del profeta sino tenía el propósito de envolverlo en el ministerio profético de manera que tuviera la oportunidad de madurar la fe.

La hospitalidad

Los orientales creen que la persona que viene a su casa es enviada por Dios. Su hospitalidad se transforma en una obligación sagrada, cuando un huésped entraba en el hogar se le hacía reverencia levantando la mano al corazón, la boca y la frente. Con esto querían decir: “Mi corazón, mi voz y mi cerebro están a vuestra disposición”. Se saludaba con un “Paz a vosotros”. También tenían la costumbre de saludarse con besos. Jesús reclamó a Simón el que no le hubiera dado un beso.

Esto se puede ver cuando Jacob besó a su padre, Esaú besó a Jacobx, José besó a sus hermanos, etc. El huésped se quitaba el calzado antes de entrar a su cuarto. Después de esto al huésped se le ofrecía agua para lavar sus pies. Para esto se contrataban a algunos siervos. También se acostumbraba ungir con aceite de oliva a los huéspedesx. Una de las primeras cosas que se ofrecía a un huésped era un vaso de agua. El compartir pan significaba hacer un pacto de paz y fidelidadx. Era falta de hospitalidad dejar al huésped solo aun a la hora de dormir, pues dormía con su ropa puesta. La hospitalidad en el Oriente también significaba que el huésped estaba seguro en ese lugar de todo peligro. El Salmista al entender que Jehová era su hospedador se sentía seguro y confiadox.

El matrimonio y la falta de hijos

Toda pareja hebrea se casaba con la idea de tener hijos. Especialmente esperaban tener un hijo varón. Se tomaba muy en serio el mandamiento de Dios en Genesis 1:28. Uno de los sabios judíos decía: “Si uno no se empeña en incrementar la especie, es como si derramara sangre o disminuyera la imagen de Dios”. La falta de hijos era considerada como un castigo de Dios. Antes de la boda, los parientes discutían acerca de los hijos que les nacerían a los que se iban a casar.

La familia de la esposa se reunía para pronunciar una bendición sobre ella, y le declaraban el deseo de que tuvieran muchos hijos. Los judíos creían que los hijos eran un don de Dios, “como flechas en la mano del valiente”. La falta de hijos, en el mundo del tiempo bíblico, era considerada solo culpa de la mujer, salvo en Deuteronomio 7:14. La pareja estéril vivía examinando su vida pasada para ver si había algún pecado no confesado. Cuando se descartaba el pecado como causa del problema, la esposa podía buscar remedio para su esterilidad. Un remedio que se utilizaba en la poca patriarcal era las mandrágoras. Se usaban como amuletos de amor. Otros pensaban que con un cambio de dieta, comiendo manzanas y pescado, podían llegar a concebir.

Muerte y sepultura

Cuando una persona moría, sus parientes, amigos y todo el pueblo que lo conocía expresaban su dolor con lamentaciones como: “¡Ay hermano mío!”, ¡Ay, mi Señor!. Entre los hebreos tenían la costumbre de pagar a mujeres para que llorasen a sus muertos.

El llanto y las lamentaciones se efectuaban desde que recibían la noticia de la muertex, y se repetían durante siete díasx.

Para mostrar la aflicción y la tristeza se utilizaban sacos de cilicio. Se rompían sus vestidos para mostrar a la gente cuán profunda era su aflicción. El golpearse el pecho era otra demostración de tristeza. El ayuno era parte del duelo. Los vecinos traían comida y bebida a los parientes del difunto. Al llegar la muerte, los ojos del fallecido eran cerrados como si fuera a dormir y los familiares abrazaban el cuerpo. Luego el cuerpo era lavado, ungido y envuelto. El embalsamiento no era practicado por los hebreos.

Solamente Jacob y José recibieron un servicio fúnebre egipcio. Tampoco se practicaba la cremación, se consideraba inhumano quemar un difunto pagano. Se practicaba solamente contra personas consideradas muy pecadorasx. Se quemaba incienso. El entierro era la forma normal de disponer del cuerpo. La falta de entierro era considerado una tragedia. El proveer entierro era considerado una virtud. El cadáver era llevado en un ataúd a la tumba. Era depositado sin el ataúd. Eran enterrados vestidos con sus ropas.

La comida envenenada de la comunidad profética

Durante un tiempo de hambre en la región de Gilgal, la comunidad de profetas estaba reunida con Eliseo. En un sentido, éstos eran estudiantes que se preparaban para ser profetas; no era una comunidad de ascetas, pues vivían en familia como indica. El profeta principal les mandó preparar un guisado en una olla grande. Un novato recogió unas calabazas silvestres para el guisado sin reconocerlas; probablemente se trataba de una fruta del tamaño y forma de una naranja o pequeño melón pero con un sabor en extremo amargo, con un olor pungente; eran purgantes fuertes y en cantidades grandes podrían causar la muerte. Cuando los profetas se dieron cuenta al probar el guisado, dijeron que la olla estaba envenenada y dejaron de comer. Eliseo mandó traer harina, la echó en la olla y les ordenó que siguieran comiendo, porque ya no había nada malo con la comida. La harina simbolizaba vida, como la sal en 2:21, y como consecuencia de la ayuda del profeta había abundancia de comida en vez de hambre y muerte.

La multiplicación de los panes para los profetas

Evidentemente, durante el tiempo de hambre del acontecimiento anterior ocurrió este ejemplo de las provisiones especiales de Dios para sus escogidos. La providencia divina se demuestra tanto en el regalo de 20 panes de cebada y los granos de trigo como su ofrenda de primicias por el hombre de Baalsalisa, un lugar cerca de Gilgal en las colinas del oeste de las montañas de Efraín y unos 20 km. al este de Siquem, como en su multiplicación de manera que hubo suficiente para alimentar a 100 personas, y además sobró. El milagro ocurrió sólo después de la pronunciación de la palabra profética por Eliseo. Nos recuerda de Jesús al multiplicar los panes para las multitudes en Galilea. No nos debe sorprender que el Mesías hiciera actos similares, pero más impresionantes que los varones de Dios del antiguo pacto. Pueden ser interpretados como anticipaciones o como repeticiones y cumplimientos. Como quiera, está claro en ambos casos que el reino de Dios ha despedazado el orden antiguo de miseria y desesperación.

Cada una de las cuatro narraciones en este capítulo comienza con un problema que se resuelve por medio de la intervención del hombre de Dios que emite la palabra profética. Todas demuestran cómo Dios y su palabra mejoran la vida: de pobreza extrema a libertad de toda deuda, de la muerte a la vida, de alimento envenenado a comida saludable y de hambre a sobreabundancia. En cada caso se trata de la vida rescatada de la muerte; la desesperación se transforma en esperanza. En cada caso la vida es amenazada por algo: por tragedia económica y esclavitud, por la muerte del unigénito nacido por la intervención de Dios, por hambre y veneno y por la escasez de alimentos. En cada caso el poder de Dios a través del profeta Eliseo penetra la desesperanza y la rompe en pedazos con la palabra de vida. Dios suple lo que cada uno necesita más: dinero para el pobre, un hijo para un matrimonio sin hijos, pan y guisado para los hambrientos.

Es muy notable que hay un interés especial de Dios por los pobres, pero existe igual preocupación por personas ricas con casas grandes. De modo que el varón de Dios no se asocia exclusivamente con los marginados de la sociedad. Eliseo no se encontraba al frente de una campaña religiosa contra un segmento de la sociedad. Estaba dispuesto a aceptar la hospitalidad de los ricos y aun ofrecía usar su influencia con los poderosos del país. En todo caso, la esperanza para cualquier clase de la sociedad no se encontraba en algún líder político o en una revolución, sino en el poder del Dios creador, que a través de su palabra profética viva acababa con la máxima desesperación que era la muerte. La restauración a la vida rompía en pedazos el momento más desesperante de todos: la muerte.

Es importante notar la motivación del hombre de Dios en este capítulo. Es la de compasión y de ternura, a pesar de tres posibles excepciones: su celo excesivo que lo lleva a insistir en dar el regalo de un hijo a una mujer renuente, un sentido de insuficiencia al tratar de resucitar a su hijo y su orgullo tribal o nacionalista, pues siendo un leal gadita posiblemente pronunció una profecía extremadamente severa contra Moab. Su compasión se ve especialmente en su contacto con la viuda y sus hijos, la mujer afligida y en las dos ocasiones con sus compañeros hambrientos. Su ternura y compasión para la gente necesitada indudablemente vislumbraba el futuro modo de ser del Mesías cuando atendía a las necesidades de mujeres desdichadas; resucitaba a los muertos; y alimentaba a las multitudes hambrientas.

El ministerio de Eliseo se caracterizaba por sus pequeños favores, gentilezas y atenciones individuales a la gente común y corriente. Su estilo de ministerio era uno que se enfocaba en personas necesitadas de todos los niveles de la sociedad; era un ministerio que demostraba gentileza y sensibilidad para el sufrimiento humano, que cuidaba personalmente de otros. Caminaba con los hombres y les llevaba valentía y felicidad para con las almas desalentadas y confusas. Como un varón de Dios, ganaba la confianza de otros y probó serles confiable. Se le podía acercar con confianza en momentos de apuro como lo hizo la señora de Sunem, sabiendo que él tomaría la iniciativa para tenderle la mano aun cuando no era el día normal para recibir visitantes y aconsejarles —que era la luna nueva, un día con sus sacrificios y fiestas sagradas familiares— y el día de reposo. Este hombre de Dios no pretendía ser o saber más de la cuenta; admitía con sinceredad, humildad y honestidad los límites de su conocimiento. Así, también cumplió con la ley.

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