2 Corintios 9: El dador voluntario

Es superfluo el que yo os escriba acerca de este servicio diseñado para la ayuda del pueblo dedicado a Dios, porque conozco vuestra buena disposición, de la que he presumido al hablarles de vosotros a los de Macedonia; porque les he dicho que Acaya está preparada desde el año pasado, y la noticia de vuestro celo ha inflamado a la mayoría de ellos. Pero, de todas maneras, mando a los hermanos para que, en este asunto concreto, lo que he presumido de vosotros no se quede en nada, y para que estéis preparados debidamente como he dicho que estáis. Lo hago para prevenir el caso de que los macedonios lleguen conmigo y no os encuentren preparados; y para que no suceda eso, que haría que nosotros, y no digamos vosotros, quedáramos mal. Creo que es necesario invitar a los hermanos a que sigan adelante con el asunto y obtengan la generosidad que habéis prometido con orden y a tiempo, para que esté todo listo como si fuerais vosotros los que estáis deseando dar, y no como si fuera yo el que os estoy obligando.

Como notaron muchos de los padres de la Iglesia, hay un detalle humano delicioso en el trasfondo de este pasaje. Pablo está tratando de la colecta para los santos de Jerusalén. Pero ahora resulta que ha estado animando a los corintios para que sean generosos citándoles el ejemplo de los macedonios (8:15), ¡y al mismo tiempo ha animado a los macedonios citándoles a los corintios! ¡Y ahora tiene un poco de miedo de que los corintios le dejen mal! Es típico de Pablo, y de su gran corazón. Porque lo importante es que él no criticaba nunca a una iglesia ante las demás, sino, por el contrario, alababa a todas y contaba lo bueno que tenían todas. Es una buena regla que se puede aplicar para conocer el calibre de cualquier persona el saber si se complace en contar los defectos o las virtudes de unos ante otros.

Hay por lo menos cuatro maneras en que se puede hacer un regalo.

(i) Se puede hacer por obligación. Se pueden cumplir las exigencias de la generosidad, pero haciéndolo como el que paga una deuda o ingresa lo que le exige la contribución. Se puede hacer como un trágico deber, como una triste gracia, de una manera que casi sería mejor que no se hiciera.

(ii) Se puede hacer sencillamente por propia satisfacción, pensando más en el sentimiento agradable que se tiene cuando se queda bien que en la persona que lo va a recibir. Hay personas que le darán una moneda a un pordiosero más por el sentimiento de propia satisfacción que por deseo de ayudarle. Esa manera de dar es en esencia egoísta; en el fondo, se dan más a sí mismos que a ninguna otra persona.

(iii) Se puede hacer por motivos de prestigio. La verdadera causa de ese dar no es el amor, sino el orgullo; no se da lo que sea para ayudar al necesitado, sino para glorificar al dador. De hecho, es probable que no se llegue a dar si no hay espectadores que lo vean y lo alaben después. Puede ser que se dé para tener más crédito con Dios. ¡Como si fuera posible hacer que Dios esté en deuda con nosotros!

(iv) Ninguna de estas maneras de dar son irremisiblemente malas. Como decía alguien al oír que «se pueden repartir todos los bienes para dar de comer a los pobres; pero, si no se tiene amor, no le sirve a uno de nada.» «¡No le servirá de nada al que lo da; pero sí a los pobres, a los que algo remediará!» Pero no cabe duda de que el verdadero móvil del dar es el amor. Es dar, no por obligación ni porque no se tiene más remedio, sino porque no se puede por menos de seguir el impulso del corazón, porque el saber de un alma en necesidad despierta un impulso que no se puede silenciar. Esta es la manera de dar de Dios: fue porque
Dios amó al mundo de tal manera por lo que dio a Su Hijo.

El gran deseo de Pablo era que la aportación de los corintios a aquella colecta estuviera lista, para que no hubiera que andar con precipitaciones en el último minuto. Un antiguo proverbio latino decía: « El que da pronto, da dos veces.» Eso es siempre cierto -y no sólo ni principalmente refiriéndose, como se suele aplicar, a «dar el primer puñetazo». Los mejores regalos son los que se hacen antes de que se pidan y hasta de que se esperen. Fue cuando no éramos más que Sus enemigos cuando Cristo murió por nosotros. Dios escucha nuestra oración antes de que Se la dirijamos. Y debemos portarnos con los demás como Dios se ha portado con nosotros.

Los principios de la generosidad

Además, pasa lo siguiente: Con el que es tacaño a la hora de sembrar también la tierra es tacaña a la hora de producir; y la cosecha es generosa con el que es generoso en la siembra. Que cada cual aporte lo que haya decidido de corazón; no como si le doliera el dar o como si se le obligara a hacerlo, porque es el dador alegre el que Le encanta al Señor. Dios puede supliros con medida rebosante todas las gracias, para que de todo y en todo tiempo tengáis suficiente deforma que podáis prosperar en todo lo que está bien. Como está escrito: «Lanzó su semilla; dio de comer a los pobres; su integridad es inalterable.» Así seréis enriquecidos en todos los sentidos para que podáis seguir siendo generosos en todo con esa generosidad que, por medio de vosotros, produce una cosecha abundante de acciones de gracias a Dios.

Porque la administración de este acto de servicio voluntario, no sólo suple lo que le falta al pueblo consagrado a Dios, sino que también contribuye a la gloria de Dios con las acciones de gracias que produce. Y además, mediante vuestra generosidad dais prueba de la autenticidad de vuestro servicio a Dios de una manera tan señalada que otros glorificarán a Dios por vuestra manera de obedecer al Evangelio por la manera en que habéis compartido con ellos y con todo el mundo. Además, entonces ellos orarán por vosotros y os tendrán buena voluntad a causa de la gracia desbordante de Dios que hay en vosotros.

¡Gracias a Dios por el Don gratuito que nos ha dado, que es algo que no se puede decir con palabras! Este pasaje nos presenta un resumen de los principios generales de la generosidad en el dar.

(i) Pablo insiste en que nadie sale perdiendo por ser generoso. Dar es como sembrar. El que es mezquino a la hora de sembrar no puede esperar más que una cosecha mezquina, mientras que el que es generoso en la siembra, a su debido tiempo recogerá una cosecha generosa. El Nuevo Testamento es un libro tremendamente práctico, y una de sus características es que no le tiene ningún miedo al tema de las recompensas. Nunca dice que la bondad no sirve para nada. Nunca se olvida de que hay algo nuevo y maravilloso que llega a la vida del que acepta la voluntad de Dios como su ley.

Pero las recompensas que prevé el Nuevo Testamento no son nunca materiales. No nos promete la riqueza del dinero, sino la del corazón y el espíritu. Entonces, ¿qué es lo que puede esperar la persona generosa?

(a) Será rica en amor. Más adelante volveremos a este punto. Siempre será verdad que a nadie le gustan. los tacaños, y que la generosidad puede tapar muchos defectos. La gente prefiere un corazón cálido, aunque su misma temperatura le pueda llevar a excesos, a un corazón frío y calculador.

(b) Será rica en amigos. «El que quiera tener amigos tendrá que empezar por ser un buen amigo» (Proverbios 18:24). Una persona inamable no puede esperar nunca que la amen. El hombre cuyo corazón sale al encuentro de los demás siempre encontrará otros corazones que le salgan al encuentro.

(c) Será rico en ayuda. Siempre llega el día en que se necesita la ayuda que otros le puedan prestar a uno. Por cierto: eso de prestar, aunque no se tome literalmente, conlleva la idea de «Hoy por ti, mañana por mí.» Si hemos sido insensibles cuando otros necesitaban nuestra ayuda, es probable que, cuando nos haga falta la suya, nos paguen con la misma moneda. La medida que usemos al ayudar a otros determinará la que se nos aplique, como dijo Jesús (Lucas 6:38).

(d) Será rico para con Dios. Jesús nos ha enseñado que lo que hagamos por los demás es como si Se lo hiciéramos a Él; y llegará el Día en que todas las veces que abrimos nuestro corazón y nuestra mano darán testimonio a nuestro favor, y todas las veces que los cerramos, darán testimonio en contra nuestra (Mateo 25: 31 ss y Lucas 12:21).

(ii) Pablo insiste en que es el dador feliz el que Le agrada al Señor. Deuteronomio 15:7-11 establece el deber de la generosidad para con el hermano pobre, y el versículo 10 dice: «Y no serás de mezquino corazón cuando le des.» Había un dicho rabínico que decía que recibir a un amigo poniéndole buena cara pero no darle nada era mejor que darle todo lo que fuera con cara de pocos amigos. Séneca decía que dar con duda y retraso es casi peor que no dar en absoluto.

Aquí Pablo cita el Salmo 112:3, 9, versículos que toma como una descripción de la persona buena y generosa. Lanza su semilla, es decir, no es tacaño sino generoso en la siembra; da a los pobres, y sus acciones son su crédito y su alegría para siempre. Carlyle cuenta que una vez, cuando era niño, vino a su puerta un mendigo. Los padres de Carlyle no estaban en casa, y él estaba solo. Movido por un impulso digno de su edad, rompió su hucha y le dio al mendigo todo lo que tenía; y nos dice que nunca antes ni después de aquello experimentó una felicidad comparable a la que le visitó entonces. No cabe duda de que hay un gozo especial en el dar.

(iii) Pablo insiste en que Dios le puede dar a una persona tanto lo que tiene que dar como el espíritu en que debe darlo. En el versículo 8 habla de la suficiencia que Dios nos otorga. La palabra que usa es autárkia. Era uno de los términos característicos de los estoicos. No describe la suficiencia del que tiene toda clase de cosas en abundancia, sino el estado del que dirige su vida, no a amasar riquezas, sino a eliminar necesidades. Describe a la persona que ha aprendido a contentarse con el mínimo. Está claro que esa persona podrá dar mucho más a otros porque necesita muy poco para sí. A menudo la cosa es que queremos tanto para nosotros que no nos queda nada para los demás.

Y no sólo eso. Dios nos puede dar también el espíritu en que debemos dar. Los servidores nativos de Samoa de Robert Louis Stevenson le querían mucho. Uno de los muchachos solía despertarle por las mañanas con una taza de té. En cierta ocasión vino otro chico, que le despertó, no sólo con la taza de té, sino, además, con una tortilla apetitosa. Stevenson le dio las gracias y le dijo: «¡Grande es tu previsión!» «No, mi amo -le contestó el muchacho-: Grande es mi amor.» Dios es el único que puede ponernos en el corazón el amor que es la esencia del espíritu generoso.

Pero Pablo dice más en este pasaje. Si nos introducimos en su pensamiento, descubrimos que mantiene que el dar hace cosas maravillosas para tres personas diferentes.

(i) Hace algo por los demás.

(a) Alivia su necesidad. Muchas veces, cuando una persona está en las últimas, el regalo de otro parece nada menos que un regalo del Cielo.

(b) Restablece su confianza en sus semejantes. A menudo sucede que, cuando uno está en necesidad, le parece que todo el mundo es insensible, y se siente abandonado. Entonces, esa ayuda le dice que el amor y la amabilidad no han desaparecido del mundo.

(c) Les hace dar gracias a Dios. Una ayuda en tiempo de necesidad es algo que lleva, no sólo nuestro amor, sino también el de Dios a las vidas de otros.

(ii) Hace algo por nosotros.

(a) Autentica nuestra profesión cristiana. En el caso de los corintios, eso era especialmente importante. No cabe duda de que la iglesia de Jerusalén, que sería casi totalmente judía, miraría todavía con recelo a los gentiles, y se preguntaría para sus adentros si el Evangelio podía ser para ellos de veras. El hecho de la colecta de las iglesias gentiles debe haberles asegurado la autenticidad del cristianismo gentil. Si una persona es generosa, eso les hace ver a los demás que pone su cristianismo no sólo en palabras sino también en hechos.

(b) Nos hace acreedores al amor y a las oraciones de otros. Lo que más se necesita en el mundo es algo que enlace a cada uno con sus semejantes. No hay nada tan precioso como la solidaridad, y la generosidad es un paso esencial en el camino de la unión real entre las personas.

(iii) Hace algo por Dios. Hace que se Le dirijan oraciones de acción de gracias. Los que ven nuestras buenas obras no nos glorifican a nosotros sino a Dios. Es algo imponente el que podamos hacer algo para que los corazones se vuelvan hacia Dios, porque eso Le produce alegría.

Por último, Pablo dirige el pensamiento de los corintios y de todos los lectores de su carta al Don de Dios en Jesucristo, un Don tan maravilloso que no se agota jamás y cuya magnitud no se puede expresar con palabras ni cifras; y, al hacerlo, les dice y nos dice Pablo: «¿Cómo vais a poder vosotros, a quienes Dios ha tratado de una manera tan generosa, dejar de ser generosos con vuestros

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