2 Corintios 7: Quitaos de en medio

Categorías: Segunda de Corintios.

Así que, ya que tenemos tales promesas, purifiquémonos de toda contaminación de carne o de espíritu, y mantengamos una completa santidad en el temor de Dios.

Llegamos ahora al pasaje que omitimos anteriormente. No cabe duda que no encaja debidamente donde se encuentra. La seriedad de su tono disiente del amor alegre y jubiloso de los versículos que lo preceden y siguen. Ya vimos en la Introducción que Pablo había escrito una carta anterior a 1” Corintios. En 1 Corintios 5:9 dice: «Os escribí en mi carta que no os asociarais con personas inmorales.» Esa carta puede que se haya perdido; pero puede que este pasaje formara parte de ella. Tal vez, cuando se coleccionaron las cartas de Pablo, una hoja se encontraba fuera de su sitio. Eso no sucedió hasta allá por el año 90 d.C., y para entonces puede que ya nadie conociera el orden original. En esencia, este pasaje parece estar de acuerdo con el tema de la carta que se menciona en 1 Corintios 5:9.

Hay algunas figuras del Antiguo Testamento detrás de este pasaje. Pablo empieza exhortando a los corintios que no se unzan con los no creyentes en yugos extraños. Sin duda hay aquí un reflejo del antiguo mandamiento de Deuteronomio 22:10: «No ararás con buey y con asno juntamente» (cp. Levítico 19:19). La idea es que hay ciertas cosas que son incompatibles por naturaleza y no se pueden asociar provechosamente. Es imposible que la pureza cristiana y la inmoralidad pagana formen juntas una yunta.

En la pregunta: «¿Qué pacto puede haber entre el templo de Dios y los ídolos?», el pensamiento de Pablo se retrotrae a incidentes como el de Manasés trayendo una imagen de fundición al templo de Dios (2 Reyes 21:1-9), o, en tiempo posterior, Josías destruyendo cosas semejantes (2 Reyes 23:3ss). O puede estar pensando en las abominaciones que se describen en Ezequiel 8:3-18. Se había intentado a veces asociar el templo de Dios con el culto a los ídolos, y las consecuencias habían sido siempre funestas.

Todo el pasaje es una llamada de atención para que no se tengan relaciones con los no creyentes. Es un desafío a los cristianos corintios para que se guarden de las contaminaciones del mundo. Se ha hecho notar que la misma esencia de la historia de Israel se resume en las palabras « ¡Salid de ahí!» Esa fue la palabra del Señor que vino a Abraham: « ¡Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre!» (Génesis 12:1). Esa fue la advertencia que recibió Lot antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra (Génesis 19:12-14). Hay cosas en el mundo con las que los cristianos ni deben ni pueden asociarse.

Es difícil darse cuenta de cuántas separaciones conllevaba el Evangelio para los que lo aceptaban en aquel tiempo.

(i) A menudo quería decir que una persona tenía que abandonar su profesión. Supongamos que se trataba de un mampostero.

¿Qué le pasaría si a su empresa le salía un trabajo de construir un templo pagano? O supongamos que era sastre. ¿Qué le pasaría si se le contratara para hacer las vestiduras de sacerdotes paganos? 0 supongamos que fuera soldado. A la entrada de todos los cuarteles y campamentos ardía la llama del altar consagrado a la divinidad del césar. ¿Qué le pasaría cuando le correspondiera el servicio de quemar la pizquita de incienso en ese altar en señal de adoración? Una y otra vez en la Iglesia Primitiva le llegaba al cristiano la opción entre su permanencia en el empleo y su lealtad a Jesucristo. Se dice que vino uno a Tertuliano, le contó su problema y luego dijo: «Pero, después de todo, tengo que vivir.» «¿Estás seguro de que tienes que vivir?», le contestó Tertuliano.

En la Iglesia Primitiva, como en algunos otros lugares y tiempos, el hacerse cristiano suponía tener que dejar el trabajo. Uno de los ejemplos más famosos de los tiempos modernos fue F. W. Charrington. Era heredero de una fortuna amasada en destilerías de whisky. Pasaba por delante de la taberna una noche. Había una mujer esperando a la puerta. Un hombre, sin duda su marido, salió, y ella hizo todo lo posible para que no volviera a entrar. El hombre la tiró al suelo de un puñetazo. Charrington se adelantó y levantó la vista. El nombre que tenía la taberna era el suyo, y Charrington dijo: «Con aquel puñetazo, aquel hombre no sólo dejó fuera de combate a su mujer, sino me puso a mí fuera de aquel negocio para siempre.» Y entregó la fortuna que era legalmente suya, para no tocar más un dinero que se ganaba de aquella manera.

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