2 Corintios 5:Gloria y juicio por venir

Porque sabemos que cuando se desmorone esta casa terrenal nuestra, esta tienda de campaña que es el cuerpo, tendremos un edificio que procede de Dios, una casa que no será obra de manos humanas, eterna y en el Cielo. Porque está claro que mientras estemos como estamos ahora, anhelamos ardientemente encontrarnos en nuestra morada o cuerpo celestial para no sentirnos como desnudos. Porque, mientras estemos en esta tienda de campaña que es el cuerpo físico, gemimos bajo el peso de la vida presente; porque no es tanto que deseemos vernos despojados de esta casa, sino más bien deseamos ponernos el cuerpo celestial encima del actual, para que lo que está sometido a la muerte sea absorbido por la vida. Pero el Que nos ha diseñado para esa trasformación es Dios, y El nos ha dado el Espíritu como fianza de la vida venidera. Por eso no perdemos jamás el ánimo aunque sabemos que, mientras estemos peregrinando aquí en el cuerpo, estamos ausentes del Señor; porque vamos siguiendo nuestra ruta por la fe, no porque ya veamos nada. Pero estamos animados, y deseando partir del cuerpo y estar con el Señor. Mientras tanto, nuestra única ambición es, estemos ausentes o presentes con Él, ser la clase de personas que Le agradan. Porque todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir, cada cual, el resultado de lo que hicimos mientras estábamos en el cuerpo; es decir, el veredicto que corresponda a lo que cada cual haya hecho, sea bueno o malo.

Hay en este pasaje una progresión de pensamiento muy significativa, que nos da la esencia del pensamiento de Pablo.

(i) Para él, será un gran día cuando haya acabado con el cuerpo humano. Lo considera como una tienda de campaña, es decir, un alojamiento provisional en el que se vive temporalmente hasta que llegue el día que se disuelva y entremos en la residencia verdadera de nuestras almas.

Ya hemos tenido ocasión antes de ver hasta qué punto despreciaban el cuerpo los pensadores griegos y romanos. « El cuerpo -decían- es una tumba.» Plotino llegaba a decir que le daba vergüenza tener un cuerpo. Epicteto decía de sí mismo: «Tú eres una pobre alma cargando con un cadáver.» Séneca escribía: «Soy un ser superior, nacido para asuntos más elevados que el ser esclavo de un cuerpo al que está englilletada mi libertad… En tan detestable habitación mora un alma libre.» A veces, también el pensamiento judío coincidía con esta actitud: «Porque el cuerpo corruptible oprime el alma, y el tabernáculo terrenal abruma la mente que se ocupa de muchas cosas» (Sabiduría 9:1-8).

Pero en Pablo hay una diferencia. No está buscando un nirvana que le traiga la paz de la extinción; ni la absorción en lo divino; no está buscando la libertad de un espíritu desencarnado; está esperando el día en que Dios le dé un cuerpo nuevo, espiritual, en el que todavía podrá servir y adorar a Dios en los lugares celestiales.
Kipling escribió una vez un poema acerca de todas las grandes cosas que una persona podría hacer en el mundo venidero: Cuando se haya pintado el último cuadro de la Tierra, y los tubos estén secos y arrugados, cuando los antiguos colores se hayan desvanecido y haya muerto el más joven de los críticos, descansaremos, y a fe que lo necesitaremos, acostados una era o dos, hasta que el Maestro de Todos los Buenos Obreros nos ponga a trabajar otra vez.

Y los que fueron buenos estarán felices; se sentarán en sillas de oro, salpicarán un lienzo de diez leguas con pinceles de pelo de cometa. Encontrarán santos auténticos en que inspirarse, Magdalena, Pedro y Pablo; trabajarán una era de una sentada sin sentir el más mínimo cansancio.

Y sólo el Maestro los alabará, y sólo el Maestro los corregirá; y no trabajará ninguno por dinero, ni ninguno para obtener la fama, sino sólo por el gozo de trabajar; cada cual en su estrella independiente pintará todo tal como lo vea, para el Dios de las cosas como son.

Ese era el sentir de Pablo. Veía la eternidad, no como una jubilación para estar permanentemente inactivo, sino como la entrada en un cuerpo en el que se pudiera realizar un servicio completo.

(ii) Con todo su anhelo de la vida por venir, Pablo no despreciaba la presente. Está, nos dice, entusiasmado. La razón es que, aun aquí y ahora, poseemos el Espíritu Santo de Dios, Que es el arrabón (cp. 1:22), la fianza que nos asegura la vida venidera. Pablo está convencido de que el cristiano ya puede disfrutar un adelanto de la vida eterna. Al cristiano se le ha concedido la ciudadanía de dos mundos; y en consecuencia, no desprecia este mundo, sino lo ve cubierto con el lustre de gloria que es un reflejo de la mayor gloria por venir.

(iii) Y entonces aparece la nota grave. Aun cuando estaba pensando en la vida por venir, Pablo no se olvidaba nunca de que vamos de camino, no solamente hacia la gloria, sino también hacia el juicio. « Porque todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo.» La palabra para tribunal es béma. Puede que Pablo estuviera pensando sencillamente en el tribunal del magistrado romano ante el que él había estado, o en el sistema griego de administración de la justicia.

Todos los ciudadanos griegos eran elegibles como jueces o, como diríamos ahora, para formar parte de un jurado. Cuando un ateniense era nombrado miembro de un jurado, se le daban dos disquitos de bronce que tenían un eje cilíndrico. Uno de los ejes era hueco, y ese disco representaba la condenación; y el otro era macizo, y representaba la absolución. En el béma había dos urnas. Una, de bronce, se llamaba « la urna decisiva,» porque era en ella en la que se metía el disco que representaba el veredicto. La otra, de madera, se llamaba «la urna inoperativa,» porque era donde se echaba el disco que se descartaba. Así que, al final, el jurado echaba en la urna de bronce el disco de la condenación o el de la absolución. A los espectadores les parecían exactamente iguales, y no podían adivinar cuál sería el veredicto final de los jueces. Entonces se contaban los discos y se dictaba sentencia, condenatoria o absolutoria.

Así esperaremos un día el veredicto de Dios. Cuando nos acordamos de ello, la vida se nos presenta como algo tremendamente serio y emocionante, porque en ella estamos logrando o fallando nuestro destino, ganando o perdiendo una corona. El tiempo es el campo de pruebas de la eternidad.

La nueva creación

Por tanto, es porque sabemos lo que es el temor de Dios por lo que seguimos haciendo lo posible por persuadir a las personas; pero Dios ya nos conoce totalmente, y espero que también vosotros nos llegaréis a conocer igualmente en conciencia. No estamos tratando otra vez de recomendarnos a nosotros mismos, sino de daros ocasión para que estéis orgullosos de nosotros, para que podáis responder a los que se enorgullecen de las apariencias externas y no de las cosas del corazón.

Porque, si nos hemos comportado como locos, ha sido por causa de la obra de Dios; y si como personas sensatas, ha sido por mor de vosotros. Porque lo que nos controla es el amor de Dios; porque hemos llegado a la conclusión de que, si Uno murió por todos, eso no puede querer decir más que que todos hemos muerto. Y es indudable que Él murió por todos para que los que viven no sigan viviendo para sí mismos sino para Aquel Que murió y resucitó.

En consecuencia, desde ahora en adelante no apreciamos a las personas según la escala de valores del mundo. Hubo un tiempo cuando aplicamos ese estándar a Cristo; pero ahora ya no es así como Le conocemos. Por tanto, si una persona es cristiana -es decir, está en Cristo- , ha sido creada totalmente de nuevo. Todo lo viejo ha desaparecido; y, ¡fijaos!, todo se ha hecho nuevo. Y todo esto ha sido obra de Dios, Que nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación, cuyo mensaje es que Dios, por medio de Cristo, estaba reconciliando el mundo consigo mismo, no imputándole sus pecados, y nos ha confiado la proclamación de esta reconciliación.

Este pasaje continúa directamente el pensamiento del anterior. Pablo ha estado hablando de comparecer ante el tribunal de Cristo. Toda la vida mantuvo esa perspectiva a la vista. No es del terror a Cristo de lo que nos habla, sino del santo temor y reverencia que Él debe inspirarnos. En el Antiguo Testamento aparece con frecuencia la idea del temor purificador. Job habla del «temor del Señor que es la sabiduría» (Job 28:28). « ¿Qué pide el Señor tu Dios de ti -pregunta el autor del Deuteronomio, y contesta-,sino que temas al Señor tu Dios?» (Deuteronomio 10:12). « El temor del Señor -dice Proverbios- es el principio de la sabiduría» (Proverbios 1: 7; 9:10). «Con el temor del Señor los hombres se apartan del mal» (Proverbios 16:6). No se trata del miedo al castigo que puede sentir un esclavo, sino del sentimiento que puede hacer que hasta una persona insensata se abstenga de profanar un lugar santo, o que nos hace evitar una acción que sabemos que ha de quebrantar el corazón de alguien a quien amamos. «El temor del Señor es limpio» (Salmo 19:9). Hay un temor purificador sin el que no es posible vivir como es debido.

Pablo está tratando de convencer a sus lectores de su sinceridad. No tiene la menor duda de que, a los ojos de Dios, tiene las manos limpias y el corazón puro; pero sus enemigos han hecho todo lo posible para desacreditarle, y ahora quiere darles muestras de su sinceridad a sus amigos corintios. No por ningún deseo de vindicación egoísta, sino porque sabe que, si se pone en duda su sinceridad, se dañará el impacto de su mensaje. El mensaje de una persona se escuchará siempre en el contexto de su carácter. Por eso tienen que estar libres de toda sospecha los pastores y los maestros. Tenemos que evitar, no sólo el mal, sino todo lo que se le parezca, para que nada haga que nadie piense mal, no de nosotros, sino del Evangelio que predicamos o enseñamos.

En el versículo 13, Pablo insiste en que detrás de su conducta no ha habido nunca nada más que un motivo: servir a Dios y ayudar a los hermanos corintios. En más de una ocasión tomaron a Pablo por loco (Hechos 26:24). Había sido objeto del mismo malentendido que Jesús (Marcos 3:21). El entusiasmo auténtico siempre corre peligro de parecer locura a los observadores tibios.

Kipling nos cuenta que, en uno de sus viajes, el general Booth del Ejército de Salvación se embarcaba en cierto puerto, y fue a despedirle una banda de tamborileros salvacionistas. Todo aquello le reventaba a Kipling, que tenía una idea más solemne de la religión. Más tarde conoció al General, y le dijo lo mucho que desaprobaba ese tipo de cosas.

-Joven -le contestó Booth-, si creyera que puedo ganar algún alma para Cristo haciendo el pino y tocando los platillos con los pies, aprendería a hacerlo.»

El entusiasmo auténtico no se preocupa de que le tomen por loco. Si uno quiere seguir la enseñanza de Cristo sobre la generosidad, el perdón o la lealtad suprema, siempre habrá «sabios-según-el-mundo» que no tengan pelos en la lengua para llamarle chiflado. Pablo sabía que hay un tiempo para la conducta sensata y tranquila, y también para el comportamiento que el mundo toma por locura; y estaba dispuesto a seguir cualquiera de los dos por causa de Cristo y de las personas. Pablo llega, como acostumbraba, de una situación concreta y determinada a un principio básico de toda la vida cristiana: Cristo murió por todos. Para Pablo, un cristiano es, en su frase favorita, una persona en Cristo; y por tanto, la vieja personalidad del cristiano murió con Cristo en la Cruz y resucitó con Él a una nueva vida, de forma que ahora es una nueva persona, tan nueva como si Dios la acabara de crear. En esta novedad de vida, el cristiano ha adquirido una nueva escala de valores. Ya no aplica a las cosas el baremo del mundo. Hubo un tiempo en el que Pablo mismo había juzgado a Cristo según su tradición, y se había propuesto eliminar Su recuerdo del mundo. Pero ya no. Ahora tenía una escala de valores diferente. Ahora, el Que había tratado de borrar era para él la Persona más maravillosa del mundo, porque le había dado la amistad de Dios que había anhelado toda la vida.

Embajador de Cristo

Así es que nosotros estamos actuando como embajadores de Cristo, porque Dios os hace llegar Su invitación por medio de nosotros. Por tanto, os rogamos de parte de Cristo: ¡Reconciliaos con Dios! Él hizo que el Que no tenía nada que ver con el pecado fuera la ofrenda por nuestros pecados para que nosotros pudiéramos entrar en la debida relación con Dios. Porque lo que estamos tratando de hacer nosotros es ayudarle a ganar a las personas es por lo que os exhortamos a que no recibáis el ofrecimiento de la gracia de Dios para luego no hacerle ningún caso. Porque por eso dice la Escritura: «En el momento oportuno te oí, y en el día de la salvación te ayudé. » ¡Pues ahora es ese «momento oportuno»! ¡Ahora es «el día de la salvación»!

El cargo que Pablo dice que Dios le ha asignado para su gloria y trabajo es el de embajador de Cristo. El término griego que usa (presbeutés) es una gran palabra. Tenía dos acepciones que correspondían a la palabra latina de la que era traducción (legatus).

(i) Las provincias romanas se dividían en dos clases. Algunas estaban bajo el control directo del senado, y otras bajo el del emperador. La diferencia dependía de lo siguiente: las provincias pacíficas en las que no había tropas romanas eran las
senatoriales; las levantiscas, en las que se estacionaban tropas, eran las imperiales. En estas últimas, el que administraba cada una de ellas de parte del emperador era el legatus o presbeutés. Así es que la palabra representaba en primer lugar a la figura del que había sido comisionado personalmente por el emperador, y Pablo se consideraba designado por Jesucristo para la obra de la Iglesia.

(ii) Pero presbeutés y legatus tenían un sentido todavía más interesante. Cuando el senado romano decidía que un país había de convertirse en provincia, le enviaban de entre sus miembros a diez legati o presbeutai, es decir, delegados, que, juntamente con el general victorioso, concertaban los términos de la paz con el país vencido, fijaban los límites de la nueva provincia, trazaban una constitución para su nueva administración, y por último volvían para someter sus acuerdos a la ratificación final del senado. Eran responsables de introducir nuevos pueblos en la familia del imperio romano. Así era como se consideraba Pablo: el que presentaba a otros las condiciones de Dios para que entraran a formar parte como ciudadanos de Su Reino y como miembros de Su familia.

No hay mayor responsabilidad que la del embajador.

(i) Un embajador de España es un español que reside en otro país. Pasa la vida entre personas que en muchos casos hablan una lengua diferente, tienen tradiciones diferentes y tienen otra manera de vivir. El cristiano se encuentra en ese caso: vive en el mundo; toma parte en la vida y las actividades del mundo; pero es ciudadano del Cielo. En este sentido, es un extranjero. El que no esté dispuesto a ser diferente no puede ser cristiano.

(ii) El embajador habla en nombre de su propio país. Cuando el embajador español habla como tal, su voz es la voz de España. Hay situaciones en las que un cristiano tiene que hablar en nombre de Cristo. En las decisiones y consejos del mundo, la suya debe ser la voz de Cristo que presenta Su mensaje en aquella situación.

(iii) El honor de su país está en las manos del embajador. Por él se juzga a su país. Se escuchan sus palabras y se observan sus acciones y se dice: «Eso es lo que dice y hace tal o cual país.» Lightfoot, el famoso obispo de Durham, dijo en un culto de ordenación: «El embajador cuando actúa, no actúa sólo como agente, sino como representante de su Soberano… El deber del embajador no se limita a comunicar un mensaje determinado o a seguir una cierta política, sino que también está obligado a vigilar las coyunturas, a estudiar los caracteres, a buscar las oportunidades, para presentárselas a su audiencia de la manera más atractiva posible.» La gran responsabilidad del embajador es representar y presentar a su país a aquellos entre los que vive.

Aquí tenemos el privilegio más honroso del cristiano y su responsabilidad más sobrecogedora. El honor de Cristo y de Su Iglesia están en sus manos. Con sus palabras y con sus acciones puede hacer que se estime -o desestime- a su Iglesia y a su Soberano.

Tenemos que fijarnos en el mensaje de Pablo: « ¡Reconciliaos con Dios!» El Nuevo Testamento nunca nos habla de que Dios tenga que reconciliarse con la humanidad, sino siempre de que la humanidad tiene que reconciliarse con Dios. No se trata de aplacar a un Dios airado. Todo el plan de salvación tiene su origen en Dios. Fue porque Dios amaba al mundo de tal manera por lo que envió a Su Hijo. No es que Dios no tenga interés en la humanidad, sino viceversa. El mensaje de Pablo, el Evangelio, es la invitación de un Padre amante a Sus hijos descarriados para que vuelvan a casa, donde los espera el amor.

Pablo les suplica que no acepten el ofrecimiento de la gracia de Dios sin sentido. Hay tal cosa como -y es la tragedia de la eternidad- la frustración de la gracia. Pensemos en términos humanos. Supongamos que un padre o una madre se sacrifican y trabajan para darles a sus hijos las mejores oportunidades, rodearlos de amor, planificar su futuro con cuidado y hacen, en fin, todo lo posible para equiparlos para la vida. Y supongamos que esos hijos no sienten lo más mínimo su deuda de gratitud ni ninguna obligación de devolver algo de lo mucho que han recibido siendo dignos de ello. Y supongamos que los hijos fracasan, no por falta de capacidad, sino por falta de interés y de voluntad, porque no consideran el amor que les dio tanto. Eso es lo que quebranta el corazón de los padres. Cuando Dios le da a la humanidad toda Su gracia, y la humanidad la pisotea para seguir su propio camino equivocado, frustrando la gracia que podía haberla renovado y recreado, una vez más Cristo es crucificado, y quebrantado el corazón de Dios.

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