2 Corintios 3: Cartas personales de Cristo

¿Es que estamos empezando a recomendarnos a nosotros mismos? No creeréis que necesitamos -como algunos que andan por ahí- cartas de recomendación para vosotros o de vosotros. Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, que todo el mundo puede conocer y leer. Está a la vista que sois cartas que Cristo ha escrito, expedidas por medio de nuestro ministerio, no escritas con tinta sino con el Espíritu del Dios vivo, no en tablas de piedra sino en las entretelas de corazones humanos que viven y laten.

Detrás de este pasaje subyace la idea de una costumbre muy corriente en el mundo antiguo y en el mundo moderno: la de enviar o dar cartas de recomendación a las personas. Si alguien iba a una comunidad extraña, un amigo suyo que conociera a alguien en esa comunidad le daría una carta de recomendación para presentarle y dar fe de sus buenas cualidades.

Aquí tenemos una de esas cartas, encontrada entre los papiros, escrita por un cierto Aurelio Arquelao, que era beneiciarius, es decir, soldado privilegiado que estaba exento de todos los servicios de cuartel; iba dirigida al comandante en jefe, un tribuno militar llamado Julio Domitio, presentando y recomendando a un cierto Theón: « A Julio Domitio, tribuno militar de la legión, de Aurelio Arquelao, su benefcciarius: ¡Salud! Yate he recomendado antes a mi amigo Theón; y ahora te pido otra vez, señor, que le tengas bajo tu cuidado como harías conmigo. Porque es un hombre que merece que se le quiera; porque ha dejado a su gente, sus bienes y su negocio para venirse conmigo, y me ha mantenido a salvo en todas las circunstancias. Por tanto te ruego que le des permiso para ir a verte. Te podrá contar todo lo de nuestro negocio… Yo le he cogido cariño… Te deseo, señor, mucha felicidad y larga vida con tu familia y buena salud. Ten presente esta carta para que te acuerdes de lo que te digo. Que te vaya bien. Adiós.»

Ese era el tipo de cartas de recomendación, o referencias, que quería decir Pablo. Hay algunos ejemplos de ellas en el Nuevo Testamento. El capítulo 16 de Romanos se escribió para presentar a Febe, miembro de la iglesia de Cencreas, a la iglesia de Roma. Y, por supuesto, aunque es única en su género, la carta de recomendación que escribió Pablo a Filemón a favor del esclavo de éste, Onésimo. En el mundo antiguo, como en el actual, a veces estos testimonios escritos no querían decir gran cosa. Un individuo le pidió una vez una de esas cartas al filósofo cínico Diógenes, y éste le contestó: « Que eres un hombre, se ve a la legua; pero el que seas bueno o malo ya lo descubrirá la persona a la que te diriges si tiene caletre; y si no lo tiene, no descubrirá la verdad aunque yo se la escriba mil veces.»

Pero en la iglesia cristiana se necesitaban esas cartas; porque hasta Luciano, el satírico pagano, se dio cuenta de que cualquier charlatán podía hacer una fortuna visitando a los ingenuos cristianos que se dejaban engañar tan fácilmente.

Las frases anteriores de la carta de Pablo sonaban un poquito a una recomendación de Pablo a Pablo; así es que declara que no tiene necesidad de tales recomendaciones. Luego echa una ojeada a los que han estado causando problemas en Corinto.

«Puede que haya algunos -dice- que os trajeron cartas de recomendación o que os las pidieron.» Es más que probable que se tratara de emisarios de los judíos que habían llegado a deshacerla obra de Pablo y que habían presentado cartas de introducción del sanedrín que los acreditaban. En el pasado, el mismo Pablo, entonces Saulo, había llevado esas cartas cuando estaba haciendo todo lo posible para erradicar la Iglesia (Hechos 9:2). Ahora dice que su única carta de recomendación son los mismos corintios. El cambio que han experimentado en su vida y carácter es la única recomendación que necesita.

De ahí pasa a hacer una gran afirmación: Cada uno de ellos es una carta de Cristo. Mucho antes, Platón había dicho que un buen maestro no escribe su mensaje con tinta que se pueda borrar; lo escribe en las personas. Eso era lo que había hecho Jesucristo: había escrito Su Mensaje en los corintios por medio de Su amanuense Pablo, no con tinta que se pudiera borrar sino con el Espíritu; no en tablas de piedra como las primeras en que se escribió la ley, sino en las entretelas del corazón.

Hay aquí una gran verdad que es al mismo tiempo una inspiración y una seria advertencia: todos somos cartas abiertas de Jesucristo. Todos los cristianos, nos guste o no, somos un anuncio del Evangelio. El honor de Cristo está en las manos de Sus seguidores. Juzgamos al tendero por la clase de mercancías que vende; al artesano, por los artículos que fabrica; a la iglesia, por la clase de gente que produce; por tanto, juzgamos a Cristo por las personas que se declaran Sus seguidoras. Dick Sheppard, después de años de estar predicando al aire libre a gente de fuera de la iglesia, declaró que «la mayor pega que muchos le encuentran a la iglesia son las vidas contrahechas de muchos que se confiesan cristianos.» Cuando salimos al mundo, tenemos la aterradora responsabilidad de ser cartas abiertas de recomendación de Cristo y Su Iglesia.

La gloria superable y la insuperable

Podemos creer esto con toda confianza porque lo creemos mediante Jesucristo y ala vista de Dios. No es que seamos idóneos por nuestros propios recursos para atribuirnos como mérito propio el impacto que hayamos hecho, sino que nuestra idoneidad procede de Dios, Que nos ha hecho idóneos para ser ministros de la nueva relación que ha entrado en vigor entre Dios y la humanidad. Esta nueva relación no depende de un documento escrito, sino del Espíritu. Un documento escrito puede ser letra muerta, pero el Espíritu es un poder que genera vida.

Si el ministerio que no podía producir más que muerte, que dependía de documentos escritos grabados en la piedra, se inició con tal gloria que los israelitas no podían soportar ni el mirar por un tiempo el rostro de Moisés a causa de la gloria que reverberaba, aunque era una gloria que se desvanecía al poco tiempo, es indudable que el ministerio del Espíritu estará aún más revestido de gloria. Porque, si el ministerio que no podía producir más que la condenación fue algo glorioso, el ministerio que produce la debida relación entre Dios y la humanidad lo superará en gloria. Porque, está claro que lo que estuvo cubierto de gloria ya no la tiene debido a que ha surgido algo que lo sobrepasa en gloria. Si lo que estaba abocado a desaparecer surgió con gloria, mucho más lo que está destinado a permanecer existe con gloria.

Este pasaje se divide naturalmente en dos partes. A1 principio, Pablo piensa que tal vez su afirmación de que los corintios son cartas vivas de Cristo expedidas durante su ministerio podría sonar a autoelogio. Así es que se apresura a insistir en que, lo que él haya podido hacer, no es en realidad su propia obra, sino la de Dios. Ha sido Dios Quien le ha capacitado para la tarea a la que le ha llamado. Puede que estuviera pensando en el sentido fantástico que le daban los judíos a veces a uno de los títulos de Dios, El Shaddai, que quiere decir Todopoderoso, pero que los judíos interpretaban a veces como El Todosuficiente. Es Él, Quien es todosuficiente, Quien ha hecho a Pablo suficiente para su labor. (La antigua Reina-Valera usaba la palabra suficiente en este pasaje).

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