2 Corintios 1 Confortado para confortar

2 Corintios 1: Confortado para confortar

Pablo, apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Timoteo, el hermano que todos conocéis, enviamos esta carta a la iglesia de Dios que hay en Corinto, y a todo el pueblo consagrado a Dios que hay por toda Acaya: ¡Que la gracia y la paz de nuestro Padre Dios y de nuestro Señor Jesucristo estén siempre con vosotros! ¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre siempre compasivo y el Dios que manda toda confortación, que nos conforta en todas nuestras aflicciones para que podamos confortar a los que estén en cualquier tipo de pruebas por medio de la confortación con que Dios nos conforta! Porque, si los padecimientos que nos alcanzan son los que rebosan de los que Cristo padeció, también la confortación que os podemos comunicar nos llega rebosando de Cristo. Si pasamos tribulación es para poder confortaros mejor y aportaros salvación. Si somos confortados, es para poder comunicaros mejor esa confortación cuya efectividad se demuestra en vuestra capacidad para sufrir victoriosamente los experiencias duras por las que nosotros también estamos pasando. Así que nuestra esperanza en relación con vosotros está bien fundada; porque sabemos que, así como participáis en los sufrimientos que pasamos nosotros, también participáis de la fuente de confortación que nosotros poseemos.

Detrás de este pasaje se esconde todo un sumario de la vida cristiana.

(i) Pablo escribe a los que están pasando pruebas como hombre experimentado en pruebas. La palabra que usa para aflicción es thlípsis. En griego corriente esta palabra describe siempre la presión física que tiene que soportar una persona. R. C. Trench escribe: «Cuando, según la antigua ley de Inglaterra, a los que se negaban a confesar se les colocaban grandes pesos en el pecho hasta el punto de morir aplastados, eso era literalmente thlípsis.»

A veces cae sobre el espíritu de una persona la carga y el misterio de este mundo ininteligible. En los primeros años del Cristianismo, los que se hacían cristianos se exponían a toda clase de pruebas. Podría sucederles que los abandonaran sus propios familiares, que los rechazaran sus vecinos paganos y que los persiguieran los poderes públicos. Samuel Rutherford le escribió a uno de sus amigos: «Dios te ha llamado al lado de Cristo, y la tempestad sopla ahora sobre el rostro de Cristo en esta tierra; y, puesto que estás con Él, no puedes esperar estar al socaire o en la ladera soleada del cerro.» Siempre es costoso ser cristiano de verdad, porque no hay Cristianismo sin Cruz.

(ii) La respuesta a este sufrimiento está en la resistencia. La palabra griega para resistencia o aguante es hypomoné. La clave de hypomoné no está en la ceñuda, hosca aceptación de la dificultad, sino en la victoria. Describe el espíritu que puede, no sólo aceptar el sufrimiento, sino triunfar sobre él. Alguien le dijo a uno que estaba sufriendo: « El dolor le pone color a la vida, ¿verdad?» « Sí -respondió el sufriente-, pero yo me reservo elegir el color.» Como la plata sale del fuego más pura, así el cristiano surge más real y fuerte de los días aciagos. El cristiano es un atleta de Dios cuyos músculos espirituales se fortalecen con la disciplina de la dificultad.

(iii) Pero no se nos deja arrostrar esta prueba ni aportar el aguante por nosotros mismos. Viene en nuestra ayuda la confortación de Dios. Entre los versículos 3 y 7, el nombre confortación o el verbo confortar aparecen no menos que nueve veces. Con confortación el Nuevo Testamento siempre quiere decir mucho más que lástima. Esta palabra es fiel a su etimología: deriva de la raíz latina fortis, que quiere decir valeroso. La confortación cristiana es la que infunde valor, y le permite a una persona resistir o asumir lo que sea. Pablo estaba seguro de que Dios no le envía a nadie una misión que no vaya acompañada del poder para realizarla.

Aun aparte de eso, hay siempre una cierta inspiración en cualquier sufrimiento al que le conduzca a uno su fe; porque tal sufrimiento, como dice Pablo, es lo que nos llega del rebosamiento de los sufrimientos de Cristo. Es una participación en los padecimientos de Cristo. En los tiempos de la caballería andante, los caballeros llegaban solicitando alguna tarea especialmente difícil mediante la cual pudieran demostrar su devoción a su dama. Sufrir por Cristo es un privilegio. Cuando llega la adversidad, el cristiano puede decir lo que dijo Policarpo, el anciano obispo de Esmirna, cuando le estaban atando al patíbulo: «Te doy gracias porque me has juzgado digno de esta hora.»

(iv) El resultado supremo de todo esto es que obtenemos la capacidad de confortar a otros que estén pasando pruebas. Pablo afirma que las cosas que le han sucedido y la confortación que ha recibido le han capacitado para ser una fuente de confortación para otros. Barrie, el creador de Peter Pan, nos cuenta que su madre perdió un hijito muy querido, y luego nos dice: «Así es como mi madre obtuvo sus ojos tiernos, y por lo que otras madres acudían a ella cuando perdían un hijo.» Se nos dice de Jesús: «Porque, en cuanto Él mismo fue tentado y sufrió, puede ayudar a los que están pasando pruebas» (Hebreos 2:18). Vale la pena experimentar el sufrimiento y el dolor si esa experiencia nos capacita para ayudar a otros cuando sean combatidos por las tempestades de la vida.

Impulsados de vuelta a Dios

Quiero que sepáis, hermanos, que en Asia pasamos por una experiencia terrible en la que estuvimos abatidos más allá de lo soportable, hasta el punto de que desesperábamos de salir con vida. El único veredicto que se podía dar de nuestra condición era la condena de muerte; pero todo esto nos sucedió para que no confiáramos en nosotros mismos, sino en el Dios que resucita a los muertos. Fue ÉL Quien nos rescató; y esperamos que Él nos siga rescatando en respuesta a vuestras oraciones, para que se den gracias por nosotros desde muchos sitios y por muchas personas por el don de la gracia de Dios que nos alcanzó.

Lo más extraordinario de este pasaje es que no tenemos absolutamente ninguna información acerca de esa terrible experiencia que pasó Pablo en Éfeso. Algo le sucedió que le condujo al último límite de su resistencia. Estaba en un peligro tan inminente que ya se consideraba condenado a muerte sin posible salida; y, sin embargo, esta alusión de pasada y algunas otras por el estilo en otras cartas suyas contienen todo lo que sabemos.

Hay una tendencia muy humana a sacar el mayor partido posible de todo lo que se tiene que pasar. A menudo una persona que ha sufrido una operación muy sencilla la usará como tema predilecto de conversación mucho tiempo. H. L. Gee nos cuenta que dos hombres se encontraron durante los días de la guerra para cierto asunto. Uno no hablaba más que del ataque de aviación que había sufrido el tren en que viajaba: lo aterrada que estaba la gente, el peligro en que se encontraban y cómo habían salido con vida por los pelos. El otro al fin dijo: «Vamos a acabar con nuestro asunto. Quisiera marcharme pronto, porque una bomba me arrasó la casa anoche.»

Los que han sufrido de veras no suelen hablar mucho de ello. El rey Jorge V de Inglaterra tenía como una de sus reglas: « Si tengo que sufrir, dejad que me retire a la soledad en silencio como un animal bien educado.» Pablo no hacía gala de sus sufrimientos; así que nosotros, que no tendremos que sufrir tanto como él, debemos seguir su ejemplo.

Pero Pablo veía que la experiencia terrible que había pasado había resultado tremendamente útil: le había arrojado a los brazos de Dios y le había demostrado su absoluta dependencia de Él. Los árabes tienen un proverbio: «La luz del Sol acaba por producir un desierto.» El peligro de la prosperidad es que produce una falsa independencia; nos hace creer que podemos pilotar la vida solos. Por cada oración que se eleva a Dios en los días de prosperidad se elevan diez mil en los días de adversidad.

Como Lincoln decía: «Muchas veces he tenido que caer de rodillas en oración porque no tenía adónde acudir.» A menudo es en la desgracia cuando se descubre quiénes son los verdaderos amigos, y a menudo necesitamos un tiempo de adversidad para comprender cuánto necesitamos a Dios. El resultado fue que Pablo adquirió una confianza inalterable en Dios. Ahora sabía sin la menor duda lo que Dios podía hacer por él. Si pudo sacarle con vida de aquello, podía sacarle de lo que fuera. El grito gozoso del salmista era: «¡Tú has librado mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas y mis pies de resbalar!» (Salmo 116:8). Lo que más contribuyó a la conversión de John Bunyan fue oír a unas ancianas sentadas al sol «que hablaban de lo que Dios había hecho por sus almas.» La confianza del cristiano en Dios no es cosa de teoría ni especulación; es de hecho y de experiencia. Sabe lo que Dios ha hecho por él, y por tanto no tiene miedo.

Por último, Pablo pide las oraciones de los corintios. Como ya hemos notado antes, el mayor de los santos no se avergüenza de pedir las oraciones del más pequeño de sus hermanos. Puede que podamos hacer muy poco por nuestros amigos; pero, aunque tengamos pocos bienes de este mundo, podemos dedicarles el tesoro incalculable de nuestras oraciones.

Lo único de que podemos presumir

Lo único de lo que podemos presumir es de algo en lo que también nos respalda el testimonio de nuestra conciencia: de que nos hemos conducido en el mundo, y mucho más entre vosotros, en santidad y transparencia de Dios; no con una sabiduría dominada por motivos meramente humanos, sino con la gracia de Dios. No os hemos escrito nada más que lo que podéis leer y entender, y espero que seguiréis profundizando más y más en el sentido y significado de lo que ya habéis empezado a entender por lo menos en parte. Porque estamos orgullosos de vosotros, como vosotros lo estáis de nosotros, con el Día de Cristo a la vista.

Aquí empezamos a captar los matices de las acusaciones que estaban dirigiendo los corintios contra Pablo y de las calumnias con las que estaban tratando de desacreditarle.

(i) Deben de haber estado diciendo que había más en la conducta de Pablo de lo que se veía. Su respuesta es que se ha conducido siempre en la santidad y transparencia de Dios. No había nada escondido en la vida de Pablo. Podríamos añadir a la lista otra bienaventuranza: «Bienaventurados los que no tienen nada que ocultar.» Hay una antigua historia de uno que iba de puerta en puerta diciendo: «¡Huid! ¡Todo se ha descubierto!», y uno se sorprendía de ver que salían huyendo los que no se habría figurado. Se cuenta que una vez un arquitecto se ofreció a construirle a un filósofo griego una casa en la que era imposible ver desde ningún sitio lo que había dentro; y el filósofo le dijo: « Te pagaré el doble de tus honorarios si me construyes una en la que todo el mundo pueda ver lo que hay en todas las habitaciones.» La palabra que hemos traducido por transparencia es eilikrinía, y es sumamente interesante. Puede describir algo que puede soportar la prueba de ser expuesto a la luz del Sol y que se vea el Sol a través ‹ de ello. Bendita la persona cuyas acciones puedan soportar la luz del día y que, como Pablo, pueda asegurar que no hay segundas intenciones ocultas en su vida.

(ii) Había algunos que le estaban atribuyendo motivaciones ocultas a Pablo. Su respuesta es que toda su conducta está motivada, no por una astucia calculada, sino por la gracia de Dios. No había motivaciones ocultas en la vida de Pablo. El poeta escocés Robert Bums, en otra relación, señala la dificultad de descubrir « Lo que los movió a hacerlo.» Si somos honestos, tendremos que admitir que rara vez hacemos nada sin mezcla de motivos. Hasta cuando hacemos algo bien, puede estar enredado en motivos de prudencia, prestigio, exibicionismo, temor o cálculo. La gente puede que nunca vea esos motivos; pero, como decía Tomás de Aquino, «los humanos vemos la acción, pero Dios ve la intención.» La pureza de acción puede que sea difícil, pero la pureza de intención lo es todavía más. Sólo podemos tener tal pureza cuando podemos decir como Pablo que nuestro viejo yo ha muerto, y Cristo vive en nosotros.

(iii) Había algunos que decían que Pablo no quería decir en sus cartas lo que parecía. Su respuesta fue que no había ninguna segunda intención en sus palabras. Las palabras son criaturas extrañas. Se pueden usar para revelar el pensamiento, o para ocultarlo. Pocos son los que pueden decir honradamente que quieren decir exactamente lo que dicen. Puede que digamos algo porque es lo que hay que decir en esa situación; puede que lo digamos para cumplir, o para quedar bien; o para no meternos en líos. Santiago, que veía los peligros de la lengua mejor que nadie, decía: « El que no comete errores en lo que dice es una persona perfecta» (Santiago 3:2).

En la vida de Pablo no había cosas ocultas, ni motivos ocultos, ni sentidos ocultos. Vale la pena proponerse ser así.

El sí de Dios en Jesucristo

Fue con esta confianza como hice planes anteriormente para visitaros, para llevaros algo agradable por segunda vez, y luego seguir para Macedonia desde vosotros para que me ayudarais a ganar tiempo para ir a Judea. Así que, cuando hice ese plan, ¡no diréis que lo hice veleidosamente! ¿O podéis creer de veras que cuando hago los planes los hago como los haría un mundano diciendo que sí y que no a la vez? Podéis fiaros de Dios. Podéis estar completamente seguros de que el Mensaje que os llevamos no vacilaba entre el sí y el no; porque el Hijo de Dios, Jesucristo, a Quien proclamamos entre vosotros Silvano, Timoteo y yo mismo, no era algo que vacilaba entre el sí y el no. ¡Era un rotundo sí! El es el sí a todas las promesas de Dios. Por eso podemos decir ¡Amén! por medio de Él cuando hablamos de ello para la gloria de Dios. Pero es Dios el Que os garantiza a vosotros con nosotros en Cristo, el Dios que nos ha ungido y sellado y nos ha puesto el Espíritu Santo en el corazón como adelanto y prenda de la vida por venir.

A primera vista, este parece un pasaje difícil. Detrás de él se esconde otra acusación o calumnia contra Pablo. Pablo había dicho que les haría una visita a los corintios; pero la situación se había enrarecido tanto que él pospuso la visita para no causarles disgusto (versículo 23). Sus enemigos aprovecharon rápidamente la ocasión para acusarle de ser la clase de hombre que hacía promesas frívolas que luego no cumplía, y que nunca decía claro sí o no. Eso ya era bastante malo; pero de ahí pasaban a decir que, « Si no podemos confiar en las promesas de Pablo en cosas cotidianas, ¿cómo vamos a creer lo que nos ha dicho acerca de Dios?» La respuesta de Pablo es que podemos fiarnos de Dios, y que Jesucristo no está cambiando de posición constantemente entre el sí y el no.

Y entonces comprime todo este asunto en una frase epigramática: « Jesucristo es el Sí a todas las promesas de Dios.» Lo que quiere decir esto es que, si Jesús no hubiera venido, podríamos haber dudado de las maravillosas promesas de Dios. Pero un Dios que nos ama tanto Que nos ha dado a Su Hijo es seguro que cumplirá todas las promesas que nos ha hecho. Jesús es la garantía personal que Dios nos da de que todas Sus promesas, desde las más grandes hasta las más pequeñas, son verdad.

Aunque los corintios estaban calumniando a Pablo, queda esta verdad saludable: la fidelidad del mensajero confirma la fiabilidad del mensaje. Predicar, se dice, es « verdad a través de personalidad;» y, si no se puede confiar en el mensajero, tampoco se puede confiar en su mensaje. Entre las normas judías en relación con la conducta y el carácter de un maestro, se establecía que no debía nunca prometerle nada a sus alumnos que no tuviera intención de cumplir. Porque eso sería acostumbrarlos a la falsedad. Aquí tenemos la advertencia de que no se deben hacer promesas a la ligera, porque se dejarían de cumplir con la misma ligereza. Antes de hacer una promesa se debe calcular lo que costará cumplirla, y estar seguro de que se puede y se quiere pagar ese precio.

Pablo pasa a decir dos cosas importantes.

(i) Es a través de Jesucristo como decimos «Amén» a las promesas de Dios. Solemos terminar nuestras oraciones diciendo: «Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.» Cuando concluimos una lectura bíblica también decimos a veces: «Amén.» Amén quiere decir Así sea, y la gran verdad es que no se trata de una fórmula ni de algo ritual; es la palabra que expresa nuestra convicción de que podemos ofrecer nuestras oraciones con confianza a Dios, y podemos apropiarnos con confianza todas Sus grandes promesas porque Jesús es la garantía de que nuestras oraciones serán oídas, y de que las grandes promesas de Dios son verdad.

(ii) Por último, Pablo habla de lo que la versión ReinaValera llama las arras del Espíritu. La palabra griega es arrabón, que en griego moderno quiere decir anillo de boda. Arrabón era la cantidad inicial de un pago, que se abonaba como garantía de que se pagaría el resto. Es una palabra muy corriente en documentos legales griegos. Leemos en uno de ellos que una mujer que vendía una vaca recibió 1,000 dracmas como arrabón de que la operación era en firme y se le pagaría el resto. En otro, unas bailarinas que se habían contratado para la fiesta de una aldea, recibieron un tanto como arrabón, que sería deducido del total, pero que era una garantía de momento de que el contrato se mantendría y se les pagaría lo estipulado. En otro, un cierto siervo le escribe a su amo que le ha pagado a Lampón el ratonero un arrabón de 8 dracmas en señal de que empezará a cazar los ratones mientras tienen las crías. Era un adelanto y una señal de que se le pagaría el resto. Todo el mundo conocía esta palabra.

Cuando Pablo habla del Espíritu Santo como el arrabón que Dios nos ha dado quiere decir que la clase de vida que vivimos con la ayuda del Espíritu Santo es el primer plazo de la vida del Cielo, y la garantía de que algún día recibiremos la totalidad de esa vida. El don del Espíritu Santo es la señal y la garantía de algo todavía más maravilloso que está por venir.

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