11 de septiembre de 2001

11 de septiembre de 2001

En el mes de agosto de 2001, Moshe –nombre ficticio–, un exitoso empresario de Nueva York viajó por negocios a Israel. El jueves 9, entre una reunión y otra, el empresario aprovechó para comer algo en una pizzería de la esquina, en el centro de Jerusalem. El lugar estaba llenísimo. Moshe se dio cuenta que iba a tener que esperar mucho en una gran fila si quisiese comer algo, pero realmente no tenía tanto tiempo. Indeciso e impaciente, se acercó al mostrador esperando un milagro. Viendo la angustia del extranjero, un israelí le ofreció que pasara primero que él. Muy agradecido, Moshe aceptó. Hizo su pedido, comió rápidamente y se dirigió a su próxima reunión. Menos de dos minutos después de haber salido, oyó un barullo terrible. Asustado, le preguntó a un muchacho que venía por el mismo camino que él, qué había pasado. Este le dijo que un hombre bomba había detonado una bomba en la pizzería Sbarros.

Moshe se puso blanco. Por apenas dos minutos, escapó del atentado. Inmediatamente se acordó del israelí que le ofreció su lugar en la fila…, seguramente todavía estaba en la pizzería. Aquel hombre le salvó la vida y ahora podría estar muerto. Asustado, corrió para el local del atentado para ver si aquel hombre necesitaba ayuda. Pero encontró un caos total. La Jihad Islámica había colocado muchos clavos en la bomba para aumentar su poder destructivo. Además del terrorista de 23 años, otras 18 personas murieron, entre ellas 6 chicos. Otras 90 estaban heridas, algunas gravemente. Las sillas de la pizzería estaban desparramadas por la calle, las personas gritaban y lloraban y algunas trataban de ayudar. Policías y voluntarios socorrían a todos los que estaban ensangrentados, heridos y muertos por la calle. Una mujer con su bebé lleno de sangre gritaba por ayuda.

Un dispositivo adicional ya estaba siendo desarmado por el ejército. Moshe buscó a su salvador entre los ruidos de las sirenas, pero no consiguió encontrarlo. Decidió que intentaría por todos los medios saber lo que ocurrió con su salvador. Estaba vivo gracias a él y necesitaba saber si estaba vivo o no, para ayudarlo y sobre todo, agradecerle por su vida. Su gratitud hizo que se olvidara de la reunión que tenía. Comenzó a recorrer los hospitales, y finalmente lo encontró herido pero fuera de peligro. Conversó con el hijo de este israelí que ya estaba al lado de su padre y le contó lo que había ocurrido. Le dijo que le debía su vida, por eso podían contar con él para cualquier ayuda que necesitasen. Le dejó su tarjeta personal e insistió que le avisaran en caso de que precisaran algo. Un mes después, Moshe recibe un llamado de este muchacho en Nueva York, diciendo que su padre necesita hacerse una operación de emergencia y según el médico, el mejor hospital para ese tipo de cirugía estaba en Boston. Moshe no lo pensó dos veces y organizó todo para poder operarlo en pocos días. Además, insistió en ir a recibirlo y acompañarlo hasta Boston personalmente. Tal vez otra persona no hubiese hecho tanto, pero Moshe se sentía en la obligación de devolver el gran favor.

Ese martes por la mañana, Moshe dejó de ir a trabajar para viajar a Boston y recibir a su amigo. Era el 11 de septiembre de 2001, y él, no estaba en su oficina del piso 101 de las Torres Gemelas…

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